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Opniones

"Las perturbaciones de su señoría" por Javier Gómez De Liaño

Por Narrador - 31 de Octubre, 2006, 6:00, Categoría: Opniones

Supone bien el lector si piensa que a estas alturas de mi vida escribir de Baltasar Garzón no es cosa que me entusiasme. Sin embargo, como soy hombre que procura alejar de sí los malos recuerdos y son muchos los años que vengo sosteniendo que la falta de independencia judicial es la madre de todos los males de nuestra Justicia -aparte de que en esto de escribir apuesto por el más difícil cada día-, hoy me propongo cavilar, no sin cierto optimismo, acerca de las perturbaciones que el juez Garzón ha podido sufrir a cuenta de su intervención en el conocido como caso del ácido bórico.

El asunto es que, a raíz de esas actuaciones, el magistrado se plantó ante el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en súplica de amparo al sentirse perturbado en su independencia por lo que él denominaba «brutal y desmedido ataque» de algunos medios de comunicación, de un diputado y hasta de un miembro del propio órgano de gobierno de los jueces. A la solicitud, el CGPJ respondió con un no, pues consideró que faltaban las condiciones exigidas en la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ). Pocas horas después, un periódico editorializaba que la actitud del CGPJ era un lavado de manos ante una imputación explícita de prevaricar, que es lo que significaba acusarle de montaje para criminalizar a unos inocentes y satisfacer los intereses del Gobierno. Otros hablaron de un CGPJ compuesto por una mayoría -la que decidió no conceder el amparo- dispuesta a prostituirse por no querer salir al paso de una miserable ofensiva. Algunos colegas partidarios suyos sostuvieron que la toga del compañero juez estaba siendo colgada en la picota más alta. Incluso un profesor de Sociología -el catedrático Enrique Gil Calvo- llegó a escribir que tras las críticas se escondía el antaño sindicato del crimen y que «hoy Garzón es mucho más Garzón», aunque la verdad es que el señor Gil tiene declarado que «una vez publicado, casi siempre me arrepiento de lo que escribo».

Perturbación es acción y efecto de perturbar o perturbarse. Perturbar es trastornar la quietud o el sosiego de algo o de alguien. Según el diccionario de la RAE, independencia -que es palabra que proviene del latín pendeo/pendere, un intransitivo equivalente a estar colgado-, significa, en su tercera acepción, entereza, firmeza de carácter, cualidad que se da cuando no se es tributario de otro. Hecha la anterior precisión, la pregunta es si acaso no se ha hablado demasiado de ataques por parte de la prensa, los políticos y otros instrumentos de presión y, al contrario, muy poco de las emociones y pasiones que el juez puede llevar en su cartera. Si la independencia judicial, subjetivamente considerada, es una virtud y todo juez que quiere ser independiente ha de serlo hasta de sus íntimas convicciones -como dijo un magistrado norteamericano en 1801, el juez ha de ser independiente también de sí mismo-, ¿quién perturba la independencia judicial de su señoría, el juez Garzón?

A mí me parece que, puesto a presumir, el juez Garzón puede hacerlo de bastantes cosas, pero no de ser realmente independiente. Quede claro que en este lance no estoy haciendo una crítica de su trabajo ni estoy emitiendo un juicio sobre sus aptitudes profesionales. Me estoy refiriendo a que si hay algo que en verdad puede definirle es su insobornable pasión por la política y su fidelidad a las siglas de un partido al que abiertamente confesó su adscripción cuando se presentó a las elecciones generales como candidato número dos por Madrid, sirviendo luego en el Ministerio del Interior. De las penúltimas cosas que he sabido de él fue su participación en un acto de protesta contra la Guerra de Irak, en el que aparecía subido a un estrado junto a actores y cantantes disfrazados de Aznar con casco, que llamaban asesino al presidente del Gobierno.

El juez Garzón sabe, o debería saber, que ese tipo de acciones están prohibidas por la LOPJ y que una profesión de fe ideológica de esa naturaleza, tan cargada, además, de indiscreción, es una confesión de parcialidad. No digo que en un juez la ideología política sobre, sino que el señor Garzón la derrocha hasta la prodigalidad. Nos lo advertía Pedro G. Cuartango en una de sus espléndidas Vidas paralelas: «(...) Garzón es la única persona de este país que ha pertenecido a los tres poderes: ha sido diputado, secretario de Estado y juez.»

Insisto para que se entienda bien. Con este perfil de su señoría sólo me limito a recordar que en ese humano rincón que decimos Justicia hay jueces políticos de quienes los ciudadanos desconfían y se temen lo peor. Para mí, la historia de Baltasar Garzón es la de una trayectoria que pudo empezar honesta para torcerse en el momento que se convirtió en la figura del superjuez y por tanto, pasó ser una muesca carnavalesca muy alejada del Derecho. Vuelvo a las hemerotecas. Esta vez, a la del diario El País. En su ejemplar del 19 de enero de 1995, a propósito del sumario que Garzón instruía por el secuestro de Segundo Marey, además de dudar de su idoneidad de juez por haber protagonizado el salto espectacular a la política, el editorialista decía que «la notoriedad pública del personaje dificulta la diferenciación por parte de la opinión pública de las dos imágenes superpuestas: la del juez y la del político.»

Respecto a las últimas críticas al juez -algunas auténticas diatribas-, vaya por delante que siempre estuve a favor de la censura razonable de las resoluciones judiciales y, por tanto, en contra de la descalificación rotunda e inmisericorde. Ahora bien, también digo que los que hoy sacan pecho a favor de su señoría son los mismos que durante muchos años han jugado con entusiasmo al deporte de guillotinar jueces, sobre todo a quienes no estuvieron dispuestos a dejarse acollonar. Tomo licencia para proponer unas cuantas interrogantes que nos sirvan de orientación. ¿Qué dijeron algunos periódicos cuando un ex presidente del Gobierno calificó a dos jueces -uno de ellos era Garzón, el otro quien esto escribe- de «descerebrados» por atreverse a investigar el crimen de Estado? ¿Quién no se acuerda de aquellos jueces de la horca que llevaron al cadalso al juez Marino Barbero, encargado de la instrucción del caso Filesa? ¿Dónde se escondían los que ahora se echan manos a la cabeza cuando unas hienas hicieron de él la diana de todos los denuestos posibles? ¿Acaso no fue la década de los años 90 el paraíso de la difamación judicial, en el que periodistas y no periodistas patentaron la calumnia y la injuria como método de destrucción sistemática del honor de los jueces? Si el hombre no fuera, por naturaleza, un animal olvidadizo -a veces, también ingrato y mezquino- ante las últimas perturbaciones que denuncia el señor Garzón muchos deberían sentir vergüenza y callarse. Allá cada uno con sus contradicciones e incongruencias. En todo caso, me sumo a lo que el magistrado Javier Gómez Bermúdez decía en este periódico, en su entrevista del pasado 23 de octubre: «Muchísimos magistrados han sido insultados, ofendidos y criticados y no se han sentido perturbados en su independencia».

En cuanto al fondo del asunto, es decir, qué es lo que pueda haber en las diligencias procesales del caso del ácido bórico, desconozco los detalles. Sin embargo, a la vista de lo resuelto por la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, declarando la incompetencia de su señoría y ordenando la remisión de las diligencias a los juzgados de instrucción de Madrid, a mí me parece que es una prueba más de ese «(...) afán de acaparamiento de asuntos que caracteriza al juez Garzón. (...) Pero no es ésta la primera resolución negativa (...) en contra de sus pretensiones. Ya le ocurrió con el caso Laos cuando compitió por asumir todo lo relativo a la detención de Roldán. (...) La Justicia es un poder difuso, repartido entre diversas instancias jurisdiccionales que se controlan mutuamente y cuyo ejercicio está sometida a estrictas reglas de procedimiento. Lo que el juez Garzón considera que es suyo, de acuerdo con sus competencias, no tiene por qué serlo necesariamente si esas instancias de control que están por encima le dicen que no le corresponde. La Justicia no se paraliza por ello. Pensar otra cosa sería tanto como admitir que la Justicia se identifica con un determinado juez, en este caso Garzón. Un mensaje que algunos no se privan de lanzar por más disparatado y pretencioso que resulte».

Como el lector habrá advertido -la mejor pista es el entrecomillado-, estas palabras no son mías. Una vez más, las he tomado prestadas del archivo de El País. En concreto, de un editorial publicado el 26 de octubre de 1996, a propósito del conflicto de jurisdicción suscitado por el sumario de los papeles del CESID y que el Tribunal Supremo resolvió a favor de la jurisdicción militar.

Lo malo no es no tener razón, sino ignorar que carecemos de ella y, a renglón seguido, caer en la hueca sinrazón. A salvo ulteriores decisiones jurisdiccionales, en mi opinión la actuación de su señoría, el juez Garzón, en este asunto sólo tiene una apariencia de juridicidad. Nada más. Las diligencias de toma de declaración a los peritos, previa imputación, su señoría las llevó a cabo -lo mismo que las que, según leo, sigue empeñado en practicar- con manifiesta incompetencia, a sabiendas de que estaba actuando así, con unos fines quizá demasiado evidentes y, desde luego, no permitidos por la Ley. Esta es mi opinión que expongo con los debidos respetos y que gustosamente someto a otras más autorizadas.

Yo no soy quien para dirigir recomendaciones a nadie. En el Guzmán de Alfarache puede leerse que «consejo sin remedio es cuerpo sin alma» y no tengo a mano recurso alguno con el que socorrer a su señoría de las perturbaciones que puede padecer. Ahora bien, me da la impresión de que al juez Garzón la vida no le ha sacudido a modo. También intuyo que no sabe asimilar el sufrimiento y convertirlo en eficaz método de aprendizaje. Yo, que en eso sí me considero experto y distingo a la perfección entre los golpes en el espinazo y en el corazón, sé que de todos los palos se pueden obtener saludables frutos si se aciertan a encajar con serenidad. Ser juez no es sólo una carrera sino también un viaje interminable en el que hay que batallar con los condicionamientos personales que laten continuamente presionándote los pensamientos.

El hombre público y el juez Garzón lo es, jamás debe quejarse; menos aún, ante la concurrencia. El gimoteo es una rara suerte de perturbación que puede llevarte a perder el juicio. Se me ocurre si acaso no es hora ya de que su señoría piense si no es el anonimato lo más recomendable y que a lo mejor acertaría de lleno si se decidiese a trabajar con discreción y alejado de la política. Hasta en soledad, si fuera menester. En un rapto de nostalgia, mi todavía viva conciencia de juez me lleva a exhortarle que ese juez que es, necesitado de mirarse el ombligo todos los días, recuerde a Víctor Hugo cuando advierte que la fama, echadas las oportunas cuentas, no es más que gloria en calderilla. Hay jueces que no saben a ciencia fija si son justos, jueces dubitativos y llenos de resquemores que a veces creen que hacen justicia y a veces no acaban de creerlo; a eso se le suele llamar problemas de conciencia y así, súbitamente, empiezan muchas y profundas perturbaciones del alma.

Javier Gómez de Liaño es abogado y magistrado en excedencia

Publicado por el diario EL MUNDO el martes 31 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"La España de Federico" por José María Marco

Por Narrador - 16 de Octubre, 2006, 18:00, Categoría: Opniones

Él está contribuyendo como nadie a crear una cultura popular, nacional, liberal y democrática

El éxito del último libro de Federico Jiménez Losantos es atribuible a su éxito en «La Mañana» de la COPE. Cabe preguntarse entonces por la razón del éxito de Federico en «La Mañana». Es lo mismo, claro. En primer lugar, decir lo que piensa, lo que casi nadie se atreve a decir o a escribir. Una de las novedades de este libro es que Federico se nos ha convertido en historiador auténtico, minucioso y nada complaciente. Pero hay algo más. Federico ha llegado a ser la megaestrella de hoy porque se ha hecho portavoz de una sociedad acosada por la violencia, además de la chapucería y la incompetencia del gobierno de Rodríguez Zapatero. La gente que no se resigna a ver pisoteados sus derechos, sus convicciones y sus creencias por los postmodernos neototalitarios que nos gobiernan se siente reflejada, quizá no en todo pero siempre en alguna medida, en lo que dice y escribe Federico. Hay quien se empeña en ver en la actitud de Federico un obstáculo para que la derecha o el centro derecha vuelvan al gobierno. Es un error. Federico está contribuyendo como pocos, o mejor dicho como nadie, a crear una cultura popular, nacional, liberal y democrática. (Y de base cristiana, por si todo eso fuera menor.) Los gobiernos del Partido Popular no hicieron casi nada por fomentarla. No salen bien parados en el libro de Federico, menos que nadie Aznar. Pero la crítica retrospectiva no debería llevar a engaño a los actuales responsables políticos. Aznar creó un gran partido nacional, un legado, entre otros, que Federico reconoce en lo que vale. Los sucesores de Aznar cuentan todavía con ese gran partido. Y tienen además, gracias a gente como Federico, un movimiento de base auténticamente popular, con objetivos articulados, de una fortísima consistencia intelectual (en progreso, además) y unas convicciones morales templadas en la defensa de la democracia y la libertad. España ha cambiado. ¿Tendrán los políticos de la derecha imaginación bastante para responder al desafío? No les debería ser muy difícil, la verdad.

Publicado por el diario LA RAZON el lunes 16 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

«Zapatero va a dejar un Estado inviable si la deriva nacionalista actual no se detiene»

Por Narrador - 11 de Octubre, 2006, 8:30, Categoría: Opniones

Pedro J. Ramírez afirma que EL MUNDO seguirá investigando el 11-M, al margen de lo que digan los partidos políticos y la sentencia judicial

MADRID.- «José Luis Rodríguez Zapatero va a dejar un Estado inviable si la deriva nacionalista actual no se detiene». Ésta fue la advertencia que lanzó ayer el director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, ante el auditorio del Club Rotario de Madrid, reunido en el hotel Palace.

Pedro J. realizó un pormenorizado análisis sobre la delicada situación que atraviesa la nación española tras la aprobación del Estatuto de Cataluña y la presión de los nacionalismos catalán y vasco: «Veremos si la España constitucional es capaz de sobrevivir a las concesiones que está haciendo Zapatero en materia de soberanía». Ante esta situación, Pedro J. Ramírez mostró su esperanza en que el Tribunal Constitucional rechace finalmente parte del articulado del Estatuto catalán.

Durante la conferencia, el director de EL MUNDO recordó que, tras los continuos escándalos de corrupción durante los gobiernos de Felipe González, la sociedad española fue capaz de reponerse y «de esa enfermedad no han quedado secuelas». Sin embargo, a su juicio, los graves errores de la gestión de Zapatero se van a arrastrar durante varias generaciones, hasta el punto de que está en peligro el Estado constitucional de 1978. «Esto va a distinguir el legado de Zapatero del de sus predecesores», indicó el periodista durante el almuerzo del Club Rotario, una asociación internacional dedicada a realizar labores altruistas.

Durante el acto, el director de EL MUNDO impuso la distinción Paul Harris -fundador de los rotarios- al director general del Banco Santander Enrique García Candela como agradecimiento a las contribuciones solidarias de esta entidad bancaria.

Para Pedro J. Ramírez, el vaso se está desbordando. Como botón de muestra, puso el ejemplo del sanguinario etarra José Ignacio de Juana Chaos, un episodio que ha disparado todas las alarmas. Según informó ayer EL MUNDO, el Ejecutivo negoció con Batasuna el fin de la huelga de hambre del etarra y la Fiscalía anunció además que estudia reducir la petición de pena para De Juana de 96 hasta seis años. «Un gobierno puede y debe hablar con una banda terrorista, pero depende de qué. Lo que no puede hacer ningún gobierno es ceder al chantaje o a la coacción realizados por una banda terrorista», manifestó.

En cuanto a la investigación del 11-M, el periodista lanzó un aviso a navegantes: «No hay fuerza en esta tierra que vaya a impedir que, mientras España sea una democracia, EL MUNDO siga investigando los hechos y los enigmas del 11-M. Y eso es independiente de lo que digan los partidos políticos y de lo que diga la propia sentencia».

De hecho, el presidente del tribunal, Javier Gómez Bermúdez, ha reconocido que lo que se va a dictaminar en el juicio es únicamente si los 29 procesados están implicados en los trágicos sucesos.

Además, Ramírez destacó que este diario no sostiene ninguna teoría de la conspiración ni que ETA intervino en el 11-M. «Lo que sí sostiene es que hay una decisión política para impedir que se investigue si ETA participó en los atentados. El Gobierno tiene pánico a que esa hipótesis pueda llegar a ser verdad. Hay un veto político a que la Policía haga su trabajo y proporcione todos los datos en el juicio», afirmó el periodista. Suceda lo que suceda al final de la investigación, el director de EL MUNDO quiso dejar bien claro que nada de lo que se descubra invalidará los resultados de las elecciones de 2004, en las que Rodríguez Zapatero alcanzó el poder.

Pedro J. Ramírez también aseguró que respetaba la actitud conformista de otros medios de comunicación con la versión oficial sobre los atentados del 11-M, pero pidió el mismo respeto para «la opinión disidente, analítica y de búsqueda permanente que caracteriza el comportamiento de EL MUNDO».

Una información de A. D. B. publicada por el diario EL MUNDO el miércoles 11 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Opiniones sobre la Nación Española

Por Narrador - 9 de Octubre, 2006, 9:00, Categoría: Opniones

La Nación, agredida” por Ignacio Sánchez Cámara

Una de las maneras de agredir a una nación consiste en infamar y falsificar su pasado

El miércoles pasado se presentó en Madrid la Fundación para la Defensa de la Nación Española, generosa, valiosa e imprescindible iniciativa de Santiago Abascal, diputado del PP en el Parlamento vasco.

Su objetivo queda ya explícito en su denominación, y pretende ejercitar iniciativas jurídicas en defensa de la Nación española y su unidad. Al parecer, ya ha emprendido algunas. Su presentación pública despierta, al menos en mí, un sentimiento ambivalente: de alegría y satisfacción ante la iniciativa, y de melancolía y amargura ante su urgente necesidad. ¿Tendría sentido y sería necesaria una fundación semejante en naciones como Alemania, Francia o Estados Unidos? Vuelve a planear sobre nosotros, con la concordia nacional rota, el falso mito de las dos Españas y el decrépito fantasma de la anomalía española.

Si nación es empresa y tradición, cabe acometer la defensa de una nación en sus tres dimensiones temporales: pasado, presente y futuro. Una de las maneras de agredir a una nación consiste en infamar y falsificar su pasado. En lo que muchos, torpemente, llaman territorio del Estado español, no ha habido ni hay otra nación que la española. Todos los reinos y territorios medievales se sintieron siempre parte de España, hasta que culminó el proceso de integración nacional.

Nuestra nación ha sido desmesurada en sus gestas y virtudes, y también en algunos errores y vicios, pero el saldo sólo se puede repudiar desde la ignorancia o el resentimiento. Su diversidad ni es mayor que la de otras naciones europeas, ni deteriora o impide su unidad. España no es inteligible sin el cristianismo y sin la dimensión europea y americana. Sin ellos, podrá ser otra cosa, pero no España. Sólo los necios y los ignorantes consideran que la defensa de la tradición española es propia de la derecha, incluso de la extrema.

Si cierta izquierda, anoréxica de neuronas, olvida sus raíces y desprecia a sus predecesores que tanto amaron a España, es su problema. Lo malo sería que se encontrara ejerciendo el gobierno.

De ahí derivan las agresiones que sufre en el presente, males que no por viejos son menos dolorosos: el separatismo y el terrorismo; la política autonómica anticonstitucional que reconoce, en contra del derecho y de la historia, y sin convocar al titular de la soberanía, el falso pulular de varias realidades nacionales que reduce a España a Estado anoréxico o residual; la dejación de obligaciones históricas en el conflicto de Gibraltar, cuya descolonización fue hace muchos años avalada por Naciones Unidas; la desorientación de una política exterior que se aleja de Occidente y coquetea con las dictaduras de izquierda.

No hay que cansarse de proclamar que hoy la causa de la libertad política marcha íntimamente unida a la de la unidad de la Nación. El referente bien podría ser Cádiz de 1812.

El patriotismo constitucional sólo puede asentarse en un patriotismo nacional y liberal. Sin Nación española no puede haber ni Constitución, ni libertades públicas. Acaso la prueba pueda encontrarse en que los enemigos de la unidad nacional lo son, casi sin excepción, también de la libertad política y de los derechos de los ciudadanos. Donde campa el nacionalismo secesionista, retroceden las libertades y avanzan las identidades totalitarias. Asistimos quizá a un proceso insólito en el que es el propio Gobierno el que hace dejación de sus obligaciones de defensa de la Nación. Lo normal es que las amenazas sean exteriores, y sin duda, las hay, y también interiores, pero no lo es que se adueñen de las instituciones.

Por último, si nación es también proyecto y empresa, su supervivencia dependerá de la voluntad de sus miembros de convivir o no juntos. En cualquier caso, quienes aspiren a romper la unidad nacional, incurriendo en grave responsabilidad moral y política, deberán, al menos, hacerlo respetando la Constitución y las leyes. En este sentido, cabe apelar a los dirigentes y militantes del PSOE que, es seguro que los hay, disientan de la dirección actual de su partido en defensa de la supervivencia nacional para que contribuyan a la rectificación de un proceso extraviado. Mucho es lo que hay que hacer para revitalizar el proyecto nacional español.

No le faltará, por desgracia, duro trabajo a la nueva Fundación. Sólo cabe desearle entusiasmo y éxito en la empresa, y quizá también que pronto su fin fundacional resulte innecesario porque haya sido vencida la agresión. Su mayor triunfo consistiría en que en poco tiempo pudiera disolverse como consecuencia de que la nación española no necesitara ya defensa. Sólo necesita defensa quien es agredido y atacado. Pero mucho me temo que no vaya a ser así. Se avistan tiempos difíciles para la nación española, a menos que reaccionen, pronto y enérgicamente, la mayoría de los españoles.

Publicado por el diario LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“En defensa de España” por José María Marco

A diferencia de otras grandes naciones europeas, hoy somos españoles sin conciencia de lo que eso quiere decir

La Fundación para la Defensa para la Nación Española, recién presentada en Madrid, es de las más valiosas iniciativas para defender lo que parece una causa perdida. Los extranjeros se sorprenden de que un país con tantos éxitos recientes como España necesite instituciones como ésta. Muchos españoles, sencillamente, no lo entienden. Y ahí está la cuestión, previa, en realidad, a la acción política. Se trata por lo esencial de un problema cultural y moral. Desde hace más de un siglo, muchos de los mejores profesores, escritores, intelectuales, artistas y políticos españoles han dedicado su vida entera, todo su esfuerzo, a destruir sistemáticamente la idea de España como una entidad positiva, viva, integradora. Y después de demolerla con saña, con resentimiento, han sembrado de sal lo que quedaba de lo que una vez fue una tierra extraordinariamente fértil, capaz de dar a luz a una cultura asombrosa en su riqueza y dinamismo. El resultado de este trabajo sistemático llevado a cabo durante más de un siglo es la ruptura completa de la continuidad. A diferencia de lo que ocurre en otras grandes naciones europeas, hoy somos españoles sin conciencia de lo que eso quiere decir. El legado infinitamente rico de sueños, de proyectos y de sacrificios del que somos fruto nos resulta ajeno. Apenas nadie se identifica con él, pocos son capaces de comprenderlo e interpretarlo, casi nadie lo enseña. En un siglo, las élites españoles esterilizaron la raíz de su propia nación. Cierto que nos seguimos llamando españoles, pero es como quien lleva un nombre arbitrario, una cáscara cuya almendra y significado desconocemos. Por eso, porque se ha destruido la continuidad, cualquier proyecto de defensa de la nación española encara un futuro tan difícil. Y como nos falla el suelo en el que apoyarnos, estamos en manos del primer cínico sin escrúpulos dispuesto a aprovecharse de la situación. Cualquier proyecto destinado a defenderla, como sería la reforma de una ley electoral delirante, parece condenado de antemano. No nos rendiremos, aun así. Bienvenida sea la nueva Fundación. Y a ayudarla.

Publicado por el diario LA RAZON el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Un silencio casi insoportable" por Charo Zarzalejos

Por Narrador - 9 de Octubre, 2006, 7:00, Categoría: Opniones

«En estos casos nada es lo que parece. Hay escenificación, ganas de protagonismo, vértigo y todo son medias verdades y medias mentiras». Éste es el análisis que hace un veterano dirigente del PNV, muy ajeno a la política diaria, pero buen conocedor del mundo de ETA y con una dilatada experiencia política. Cree que Zapatero «es frío y calculador pero sin historia suficiente para conocer a esta gente», y «esta gente, aunque ahora sean otros a los que fueron en los ochenta, son los mismos. Tienen el mismo discurso y además no son tontos».

Y hay un punto en el que los acontecimientos le dan la razón, y es que en este proceso nada es lo que parece. Parece que Batasuna está muy enfadada y que el proceso está en crisis. Parece que el presidente tiene todas las cartas en la mano, todo bajo control y que, incluso, tiene el dibujo final del laberinto. Parece que la quema de cajeros, incendios de sedes y juzgados es «kale borroka» pura y dura, pero no hay que condenarlo porque no es para tanto y, además, se trata de poner palos en la rueda, que es lo que dijo el portavoz socialista José Antonio Pastor en el Parlamento vasco. Ayer mismo, cuando todos condenaron el ataque al juzgado de Pasajes, ¿no dramatizaron? ¿Dónde se encuentra la verdad? ¿En el rechazo del Parlamento vasco a condenar la violencia callejera o en las condenas de cada cual? Pase lo que pase, lo correcto es hacer como el Parlamento vasco. No condenar, no dramatizar.

El silencio del presidente comienza a ser casi insoportable. «Los agoreros no van a tener razón», le gusta decir, pero aquí no hay agoreros, hay desconcertados ante el silencio del presidente, porque sus palabras son, para los demócratas, las importantes. Pero el presidente no dice nada, salvo que el proceso está en marcha. No dice nada a nadie y cuando a alguien le toca decir algo es la vicepresidenta, que cuando habla del proceso su sonrisa se queda tan sonriente como helada.

Pero, ojo, que el presidente tampoco dice nada del candidato a la Alcaldía de Madrid, salvo que «Rafa y yo decidiremos» sobre el asunto. Naturalmente, nadie se cree que Simancas vaya a ser voz decisiva. Quien está desbrozando el camino es Pepe Blanco, que como bastante tiene con las municipales, del «proceso» quiere saber lo justo. Cuanto menos mejor. Entre los socialistas el lema es «eso es cosa del presidente». Hasta hace poco se referían sólo al proceso, ahora también al rival de Gallardón.

Cada vez más cuestiones rozan el misterio. Lo que no es misterio alguno es que hasta hace unas semanas CiU ganaba con holgura las elecciones catalanas, pero en septiembre los datos que tienen el PSOE aseguran que acortan distancias. En cuanto Montilla se deje, le van a aconsejar que «arriesgue». No se concreta en qué consiste el riesgo. Lo que sí es seguro es que no va a apostar por hacer de Cataluña una autonomía generosa y solidaria con la inmigración. «Tenemos muchos, muchísimos», dicen al unísono socialistas y convergentes, que ahora con los Presupuestos se van a ver las caras. En el PP creen que mantienen posiciones en Cataluña, que conservan Madrid -«la joya de la corona»- y que ganan posiciones en todas las capitales andaluzas y en pocas localidades gallegas. Insisten en que pueden ganar las generales si la participación no supera el 72 por ciento.

Hoy Mariano Rajoy reúne a la dirección de su partido. Ve con satisfacción que los líderes regionales cada vez están más afianzados y en la periferia intuye una excelente cantera para los tiempos venideros, para cualquiera que sea la suerte electoral mantener el proyecto, «el único que es capaz de ser contrapunto al socialismo». Hasta los más críticos con Aznar, que en el PP también los hay, creen que el gran acierto del expresidente fue organizar la derecha en un proyecto «duradero». «Siempre hemos sido un desastre y ahora somos y seguiremos siendo un proyecto consolidado».

Zapatero de su partido viene a decir lo mismo. «Somos un partido unido en el que se convive». Y callan. Muchos socialistas siguen con las manos en la cabeza, pero callan. Y callados deberán seguir si las cosas no van bien. Todos han unido su suerte a la del presidente y por seguirle se le dice al PP, «ale, os chincháis. No apoyamos vuestra propuesta de condena a la kale borroka, porque queréis incordiar y además dramatizáis». Después de escuchar al portavoz socialista en el Parlamento vasco, los nacionalistas se quedaron sin palabras. Pastor, socialista, lo había dicho todo y más.

Publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Suscriptor" por Alfonso Ussía

Por Narrador - 3 de Octubre, 2006, 15:00, Categoría: Opniones

Un periódico, como el nuestro, que crece día tras día empujado por el entusiasmo de cuantos lo hacen, no puede traicionar a los suyos

Escribo en LA RAZÓN y soy suscriptor de LA RAZÓN. Es una forma de identificarme con el periódico que me ha devuelto la libertad, y en el que pienso permanecer hasta que se cansen de mis colaboraciones. Cuando escribía en ABC me suscribí también. Y he seguido suscrito hasta la semana pasada. Veinte años, más o menos. ABC era un periódico de suscriptores, y recuerdo una esquela divertida. Bajo la cruz y el nombre y apellidos del fallecido se leía: «Suscriptor de ABC». El motivo del mantenimiento de la suscripción a mi viejo periódico, que fue admirable y es parte de mi vida, no ha sido otro que el cariño, respeto y admiración que siento por uno de los más grandes de mis amigos, Antonio Mingote. Pero le he pedido permiso para dejar de ser suscriptor de ABC y Antonio, a regañadientes, me lo ha concedido.

Volaron rumores de una posible fusión de ABC con LA RAZÓN. En tal caso dejaría de escribir en LA RAZÓN. Un periódico, como el nuestro, que crece día tras día empujado por el entusiasmo de cuantos lo hacen, no puede traicionar a los suyos. Los empresarios no están capacitados moralmente para unir dos conceptos diametralmente opuestos -en la actualidad, quiero decir-, de orientar y hacer periodismo. Un periódico joven que crece y se refuerza no puede cargar con el lastre de un gran diario envejecido y decreciente por una equivocada, ambigua y algo paleta acción empresarial. ABC ya no es el periódico de los Luca de Tena, aunque mantengan una alta participación accionarial. ABC es un periódico perdido en un grupo periodístico muy fuerte y respetable que hace muy bien los diarios de provincias, esos que tienen que estar siempre al lado de todos los poderes sin que se note excesivamente. ABC ya no es mi ABC, a pesar de haber mantenido mi fidelidad no compartida en los últimos tiempos. Y ahí he dejado a Mingote, y en Sevilla a Antonio Burgos, y a muchos amigos que viven alarmados por su desmoronamiento. La suscripción, y vuelvo al principio, es una identificación. Y yo he dejado de sentirme identificado.

Me gusta lo que va hacia arriba, lo que promete. No he sido nunca esquiador porque el esquí es una actividad que sólo entiende de los descensos. Y me he suscrito a «El Mundo» porque ofrece talento y valentía. No entro en la guerra de sus diferentes posturas respecto al 11 de marzo, pero «El Mundo» tiene y defiende la suya, y ABC sigue lastimosamente la de «El País». Me conmueve que ABC se haya convertido en «El Paisito». Ese periódico fue certero, leal y escrupulosamente fiel a su verdad. Y a la libertad. Y a la singularidad frente el aborregamiento ante el Poder. Y lo fue en tiempos difíciles y ásperos, consecuencia del compromiso de una familia con sus ideales. Hoy mandan ahí los que piensan un día desde La Moncloa, otro desde «Ajuria Enea» y el tercero desde no se sabe dónde. Y la identificación se hace difícil en esas condiciones.

Abandonar la suscripción al ABC no es un paso agradable para quien ha escrito durante más de veinte años en esas páginas. Escribo de mi renuncia para intentar reavivar el orgullo perdido de un periódico que se hunde. Y ese periódico está hecho por unos profesionales extraordinarios que no merecen ser víctimas del naufragio. ABC jamás ha sido un seguidor del Poder. Luchaba y vencía, como hace ahora LA RAZÓN. Me voy de entre sus lectores por convicción y con melancolía.

Publicado por el diario LA RAZON el martes 3 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Zapatero en la cumbre" por Luis Maria Anson

Por Narrador - 3 de Octubre, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

Gloria a Zapatero en las alturas y paz en el Líbano a los hombres de buena voluntad. El presidente por accidente ha conseguido la aspiración máxima de todos los políticos del mundo: el elogio de Chávez. El caudillo venezolano se abrió en la cumbre de La Habana para cantar las glorias de Zapatero, que está edificando la España de García Lorca. Todos los grandes dirigentes de Oriente y Occidente, el Papa Benedicto XVI, la reina de Inglaterra, el emperador del Japón, los presidentes de la India y China, han pagado lobbies internacionales para alcanzar la máxima distinción a la que se puede aspirar en el mundo actual: el elogio del caudillo Chávez. Sólo Castro y Zapatero han conquistado tamaño honor. Ahmadineyad, el persa, está haciendo méritos. En los pasillos del Palacio de la Moncloa, los bedeles, escoltas, ayudantes y secretarias aplauden ya al presidente cada vez que le ven. Zapatero I el de las mercedes no cabe en sí de satisfacción. «¡Chúpate esa!», le ha dicho delicadamente a Felipe González, enarcando sus cejas de acento circunflejo. Ni Prieto ni Besteiro ni Pablo Iglesias se pueden comparar con él. Zapatero es ya Padilla, Bravo y Maldonado en una pieza; es un Olivares sin epístolas cabronas de Quevedo; un Aranda a caballo sobre la Puerta de Alcalá y la Conferencia Episcopal. Su gloria no es de este mundo. Hay que remontarse al Siglo de Oro para establecer comparaciones. Mejor aún, a la Edad Media, porque el Cid cabalga de nuevo.

Y ¿a qué se debe que el gran Chávez haya elogiado a nuestro presidente sonrisas? A que por primera vez, tras siglos de decadencia, la política exterior española ha sabido elegir aliados. González se estrechó con la Europa a la deriva de Francia y Alemania. Aznar fue el delirio, del bracete con seres deleznables, dirigentes de naciones menores como Inglaterra y Estados Unidos. Zapatero ha conseguido superar la decadencia, el precipicio que bordeaba España, y se ha aliado con el tirano Castro, el malvado Kirchner, el caudillo bufón Chávez, el elegante Evo, el autócrata Ahmadineyad, formando contra Estados Unidos el eje del bien, desde el que se agravia a Israel, se enaltece a Hizbulá, se defiende a Hamas y se elogia la política nuclear de Corea del Norte o Irán.

Frente a la pusilanimidad de la débil política de años pasados, Zapatero ha encontrado el camino de la gloria y de la estabilidad en medio del aplauso general de los pueblos verdaderamente libres, como el cubano y el venezolano. Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo. Ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo, ya viene oro y hierro el cortejo de los paladines. Es la marcha triunfal de Rubén con el gran timonel español escoltado por Rubalcaba y Pepiño, por Trinidad y Suso de Toro, por Montilla y el ministro Moratinos, que cometió el desatino de enviar a un secretario de Estado a la cumbre de La Habana en lugar de aparecerse él en persona.

Menuda putada, en fin, que en España se reaccione cicateramente ante la gloria de Zapatero y no caiga de hinojos ni Jesús de Polanco. Vivimos en el país de la envidia y la cicatería, en la nación de los periodistas que quieren investigar, los muy cabroncetes, el 11-M; en esta España absurda que mantiene la unidad nacional desde los Reyes Católicos como si eso fuese un acierto, incapaz todavía el pueblo español de entender la clarividencia de Zapatero, que, junto a la grandiosa política internacional merecedora del elogio de Chávez, nos prepara la dicha de trocear a España y devolvernos a la Edad Media, superando así la breve etapa de cinco siglos que abrieron los mencionados Reyes Católicos, los cuales, la verdad, como afirma Pepiño, no eran más que unos reaccionarios y, además, un poco fascistas.

Publicado por el diario EL MUNDO el martes 3 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"¡Qué mal defiende ZP!" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 10 de Septiembre, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

Hace casi 20 años que colgué las botas y, teniendo en cuenta que mi porcentaje de aciertos en lanzamientos triples ya rondaba por entonces un patético 10%, ni siquiera una invitación a jugar en La Moncloa me llevaría a volver a hacer el ridículo sobre una cancha de baloncesto. No hablo, por tanto, con el conocimiento de causa de aquellos tiempos en que el pádel me servía de pretexto e instrumento para bucear en el enigmático carácter del Faraón hecho Esfinge. Esta vez toco de oídas. Pero también todo es mucho más obvio y patente. Por eso, me limitaré a poner un contundente tapón -un gorro dialéctico cuando el balón presidencial está aún en plena trayectoria ascendente- frente a la extraviada pretensión de Zapatero de proyectar sobre la laureada selección española sus propios atributos políticos.

Porque no sólo no es cierto que una de las claves de su invicta trayectoria en el Mundial fuera «un gran talante», al modo blandiblú como él lo entiende, sino que estoy dispuesto a argumentar que el verdadero cemento de los nueve triunfos japoneses fue un sentido del compromiso y un bloque de valores humanos prácticamente opuestos a los que vienen impregnando su conducta como gobernante.

No se trata de acudir en defensa de unos baloncestistas, que han demostrado bastarse por sí mismos para definir ante propios y extraños su identidad colectiva, sino de salir al paso de la impostura oportunista, indemnizando ipso facto al alero leonés con una cordial asistencia dentro de la zona: mucho más le valdría a Zapatero que, en lugar de sacar pecho y ufanarse de ese falso contagio de «talante», dedicara algún tiempo a analizar las razones sustanciales de los éxitos de los hombres de Pepu Hernández, con el propósito de copiarlas. Otro gallo nos cantaría a los españoles si las reglas de la nación fueran las mismas que las de esta abnegada selección.

¡Claro que a todos se nos hizo la mirada almíbar cuando Rudy Fernández se citó en pleno vuelo con el paquete que Sergio Rodríguez le enviaba por correo aéreo y consumó el deslumbrante alley oop que supuso la guinda de ese inaudito primer cuarto en el que nos situamos 29-11 por encima de Lituania! Pero, como bien saben ZP y cualquier conocedor cabal del baloncesto, no fue ese alarde de genialidad, ni los prodigiosos rectificados de Pau Gasol entre un bosque de defensores, ni las bombas de La Bomba, ni las rachas triplistas de Garbajosa lo que nos hizo conquistar ese partido y los siguientes. El que los Harlem Globe Trotters perderían la mayoría de los encuentros si compitieran en la NBA es mucho más que un tópico. No, lo decisivo no era que en sólo 10 minutos les hubiéramos enchufado casi 30 puntos a los sobrinos de Sabonis, sino que ellos se habían quedado en 11.

Así lo explicó el propio Gasol analizando al final un partido en el que España forzó hasta 28 pérdidas de balón de los lituanos: «Debemos estar felices sobre todo con nuestra defensa. Este equipo tiene un montón de jugadores capaces de encestar. Hoy ha sido Juan Carlos (Navarro), mañana pueden ser Garbajosa, Calderón o cualquiera. Pero la clave fue la agresividad con que empezamos a jugar, demostrando que tenemos hambre de victorias».

Por eso, si haber dejado a los bálticos en 67 puntos tenía su aquel, más impresionante aun resultaba para los connaisseurs que en su propio partido de cuartos de final Grecia no hubiera permitido a Francia pasar de 56. Especialmente porque, como todo buen cocinero antes que fraile, su entrenador Panagiotis Yannakis lo tenía clarísimo: «Sabíamos que si defendíamos duro los franceses no podrían aguantar más de 30 o 35 minutos. Lo esencial del baloncesto no es driblar y tirar sino defender. En mi equipo todos los jugadores son capaces de dejar su propio ego a un lado».

Afortunadamente para España eso no fue así y algunas de las estrellas griegas -Spanoulis, Papaloukas- con el ego disparado por el mágico correcalles en el que se fueron a 101 puntos frente a los 95 de los archifavoritos Estados Unidos, abordaron la final con la sensación de que el trabajo más difícil ya estaba hecho y pensando casi más en el entorchado individual de Most Valuable Player que en terminar de cazar a ese oso lisiado cuya piel llevaban dos días vendiendo mentalmente. ¿Si habían podido con un gran combinado NBA, cómo no iban a dominar a una España que concurría inesperadamente castrada de su máximo encestador, intimidador y -sobre todo- reboteador?

Pero si la condición de finalista de los griegos se había engendrado entre las burbujas de champán de una espectacular serie de aciertos desde la línea de tres puntos, la supervivencia de España era el fruto de la abnegación, entre la sangre, el sudor y las lágrimas de la adversidad que estuvo a punto de noquearla ante Argentina. Si alguien me pregunta cuál debe ser el lance a recordar de este Mundial inolvidable, mi elección serán dos simples tiros libres: los que Gasol encestó con el quinto metatarsiano roto, con plena conciencia de que sería lo último que podría hacer antes de troncharse, herido por el dolor, la rabia y la impotencia, sobre un banquillo en el que un entrenador que ocultaba a sus pupilos el agravamiento de la enfermedad que, al día siguiente, acabaría con la vida de su padre, tenía que improvisar alternativas tácticas tras la fatídica lesión.

Lo esencial de la certera comparación que Cayetana Alvarez de Toledo hizo el pasado domingo entre la estampa de Gasol sujeto sobre los hombros de Garbajosa y su hermano Marc y una tabla flamenca inspirada en el descendimiento de Cristo de la cruz no era la constancia de que el Mesías de los Memphis Grizzlies había sido noqueado por el rayo del destino, sino el sobrecogido estupor de sus discípulos. En esa diferencia de estado de ánimo colectivo estuvo la clave de la final: Grecia se sentía empujada hacia el oro por las alas de la inercia, España sabía que le aguardaba la más empinada de las cuestas y que ya sólo quedaban cirineos para cargar con la cruz.

Lo hicieron de la forma más heroica imaginable: apretando los dientes y aguantando el compás abierto de las piernas en los uno contra uno hasta sentir las agujetas a la vez en las mandíbulas y en la juntura entre el cóccix y el sacro; encogiendo la pista con una abnegada zona presionante que, invirtiendo las tornas, hacía de cada ataque del rival un drama griego en el que sólo cabía matar o morir; volando solidariamente en ayuda del hermano que movía sus brazos ante el poseedor del balón, cual aspas de molino quijotesco; palpitando en cuerpo y alma con cada avance del reloj hacia el anhelado segundo 24 en el que la bocina de la recuperación era el bálsamo de Fierabrás que trocaba en dicha todos los padecimientos.

Y una vez que la cárcel en la que encerramos a los griegos no fue ni la de los 67, ni la de los 56, sino la de unos misérrimos 47 puntos, el saldo encestador propio ya no era sino una anécdota dentro de la necesariamente holgada victoria de España.

Fue un triunfo más adecuado a la idiosincrasia de una Final Four del campeonato universitario norteamericano que a la de un torneo mundial. Y a quien desee profundizar tanto en el concepto deportivo como en la crítica a la actual forma de gobernar España que esa comparación y este artículo entrañan, no puedo sino recomendarle la lectura del capítulo titulado Chapel Hill, dentro de la biografía de Michael Jordan escrita por el gran reportero de guerra y agudo analista político David Halberstam.

Chapel Hill es el nombre del campus de la Universidad de Carolina del Norte en el que durante 37 años forjó su leyenda e impartió sus lecciones el entrenador Dean Smith. «Unas lecciones que -como escribe Halberstam- tenían más que ver con la vida en su conjunto que con el baloncesto, porque detrás de ellas había una escala de viejos valores, casi calvinistas, cada vez más en peligro dentro del materialismo creciente de la cultura deportiva en América».

¿Cuáles eran esos valores? «Respeto hacia el equipo, respeto hacia la autoridad, respeto hacia el juego, respeto hacia el oponente». Dominándolo todo, quedaba el precepto definitivo: «Cuanto más te esfuerces para alcanzar una meta, cuanto mayores sean los sacrificios personales que estés dispuesto a hacer, mayor será el significado que todo ello tendrá algún día para ti». Allí nadie hablaba de dinero, ni de sondeos de intención de voto.

Caracterizado por sus buenos modales, incansable partidario de la integración racial y nada tímido en su toma de postura en contra de la guerra de Vietnam, el estilo de Dean Smith supeditaba, sin embargo, ese buen talante progresista a una implacable ética del esfuerzo. «Todo estaba construido entorno al concepto de equipo y en contra de los peligros del invidualismo y el ego. En el fondo era un sistema muy disciplinado».

En ese caldo de cultivo en el que el acierto era fruto de la incansable repetición, en el que el mérito se compartía obligando a quien encestaba a señalar con el dedo a quien le había proporcionado la asistencia, en el que los más veteranos siempre eran los titulares en el último partido que se jugaba en casa, en el que lo más importante era defender, luego defender y después defender, es en el que se pulió el extraordinario diamante en bruto que era Michael Jordan. Y hasta el mismo día de su retirada él reconoció que los verdaderos cimientos que sujetaban el rascacielos de sus mates imposibles, de sus entradas deslumbrantes, de sus encestes inauditos en el último segundo y de sus estadísticas estratosféricas estaban en las aulas de Chapel Hill.

Que nadie alegue ahora que para cabriola circense esta extrapolación, pues ni siquiera creo que haga falta recurrir a lo que dice Homero en La Odisea para argumentar que el deporte siempre ha sido percibido como la mejor metáfora para el entendimiento del homo ludens que late bajo cualquier trayectoria pública. Y basta repasar su política territorial, con la dejadez que supuso permitir que de Cataluña llegara el Estatuto que llegó -¿por qué el PSOE no presionó al PSC en esa parte de la cancha?-, con la condescendencia con la que se consintió a Artur Mas meterse hasta la cocina para arrancar todas sus pretensiones clave en aquella aciaga sabatina de patio de colegio monclovita, con la irresponsable apatía con la que se está tolerando que ETA y su mundo vayan ganando posiciones, centímetro a centímetro, dentro de la bombilla desde la que intentan perforar la canasta de nuestra soberanía, y con la abulia de lánguido gigantón con la que mantiene las manos abajo, incluso ante la humillante reiteración de rebotes tan denigrantemente ofensivos como los de los presos que exhiben su verdadera faz intimidatoria ante el mismísimo aro de la Audiencia Nacional, para concluir que ZP es el más insulso defensor que se ha enfundado la camiseta de presidente del Gobierno desde que se empezó a disputar la liga ACB de la democracia.

Es verdad que el juego en ataque a veces lo borda con fulgurantes carreras como la de la retirada de las tropas de Irak, penetraciones inesperadas por estrechos resquicios como la de la legalización de las bodas gays, ganchos oportunistas e ingeniosos como el de la Alianza de Civilizaciones, o incluso remotos tiros de tres como éste del mal llamado proceso con el que pretende burlar a la vez a ETA, al PNV y al PP. Pero por mucho que mantenga la renta acumulada por más de una década de ortodoxia en la política económica, su falta de intensidad defensiva en torno al perímetro de la integridad del Estado terminará pasándole factura y volviendo baldío todo lo demás.

Lo hemos visto también con la crisis de los cayucos en la que ha dejado a De la Vega la misión imposible de intentar interceptarlos sin hacer falta intencionada, con el asunto de los incendios en el que encima se ha ofendido porque Rajoy le proponga el equivalente a una eficaz defensa de ayudas en forma de Centro Nacional de Emergencias y, por supuesto, con nuestras investigaciones del 11-M ante las que se ha cruzado de brazos, mientras Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y compañía no cesaban de encestar, hasta que no ha tenido más remedio que mandar al banquillo de la sospecha a quienes, entre tanto, se habían ido cargando de personales a base de todo tipo de marrullerías.

La cuestión es si todos quienes, habiéndole votado o no, formamos parte, mal que a algunos les pese, de una misma plantilla y de un único club vamos a permanecer también pasivos ante unos planteamientos tácticos equivocados que pueden dilapidar una trayectoria de casi 30 años durante los que nuestros éxitos, mundialmente reconocidos, han sido el fruto del duro entrenamiento, la constancia y la sacrificada disposición a darlo todo por defender los valores constitucionales. De momento, con las elecciones aún lejanas, sólo se me ocurre suscribir o incluso promover una declaración de intenciones como la que se encontró en su habitación Bobby Knight -el otro entrenador de referencia del baloncesto universitario norteamericano- el día en que como seleccionador nacional encaraba la final olímpica de Los Angeles tras unos meses de complicadas relaciones con sus jugadores: «Nos hemos tenido que tragar demasiada mierda como para permitirnos el lujo de perder ahora». Aunque la nota aparecía firmada por El Equipo su autor era Michael Jordan quien ya antes del descanso dejó sentenciada la medalla de oro, liderando la apertura de una brecha de 27 puntos frente a una acogotada España. Yo estaba allí, aquella tarde de verano del 84, fijándome en cómo defendía.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"La larga mano de ZP" por Victoria Prego

Por Narrador - 10 de Septiembre, 2006, 11:00, Categoría: Opniones

Jordi Pujol asegura que el Estatuto ha dejado hondas heridas y que «ese incendio no está apagado». CiU cree que ZP no dejará a Montilla reeditar el tripartito pero, si lo hiciera, perdería su apoyo en Madrid. Zapatero, como el César, tendrá en su mano la vida y la muerte políticas de quienes aspiran a gobernar

Pujol está preocupado. Sabe desde hace tiempo, aunque no ha querido reconocerlo hasta ahora, una vez que el Estatuto ha conseguido salir adelante de mala manera, que las cosas se han hecho muy mal desde Cataluña. Y, aunque insiste en que el resto de España tiene también la responsabilidad de haber reaccionado airadamente ante lo que ha percibido como una provocación y un ataque directo a España, el líder nacionalista es consciente de los serios desgarros y de las hondas heridas abiertas en los sentimientos de la población con motivo de este Estatuto que tantos problemas va a seguir generando en cuanto empiece a aplicarse de verdad.

«Aún no se ha hecho un estudio que permita calibrar los efectos de lo ocurrido», decía Pujol a los periodistas con los que se reunió en Madrid, ante los que reconocía que ignora si los daños que él percibe van a cicatrizar pronto o van a ser demasiado duraderos. La víspera de este encuentro, el patriarca nacionalista había pronunciado en Barcelona una conferencia en la que hizo una cruda descripción de lo que en su opinión es el estado de ánimo de la sociedad catalana a día de hoy. Aclaremos antes de seguir adelante que, cuando los nacionalistas catalanes hablan de «país», ya sólo se refieren a Cataluña. A España la llaman España o Estado español, pero de país, nada. País el suyo. Sigamos.

«En el país», dijo Pujol, «hay desconcierto, desorientación y, en términos políticos, una cierta frustración. Ha habido desgaste interno, heridas y pérdida de autoestima. También ha habido pérdida del prestigio de cara afuera. Y un fuerte deterioro de la relación de Cataluña con el resto de España. O sea, que el balance de todo el proceso -con todo lo positivo que haya tenido porque el nuevo Estatuto es mejor- no nos permite estar satisfechos. Ni tranquilos». ¿Por qué no está tranquilo Pujol? Porque «el incendio del Estatuto está durmiente. Quedan activos los rescoldos», dice. No se equivoca.

Y, sin embargo, todas estas reflexiones de quien intenta ver más allá del horizonte y por encima de la línea de flotación, le son perfectamente ajenas a los contendientes de la batalla electoral que ha empezado ya en Cataluña. Nada de todo esto parece preocupar lo más mínimo a la clase política catalana que se dispone a volver a engancharse con motivo de las elecciones autonómicas anticipadas, hijas del desastre de la gestión y negociación estatutarias, además de consecuencia de la profunda inoperancia del gobierno tripartito presidido por el políticamente asesinado Maragall.

Y, una vez más, lo mismo que cuando se negociaba aquel primer Estatuto infame en el Parlamento catalán, todos los ojos están vueltos en dirección al Palacio de la Moncloa, donde se sienta el todopoderoso ZP. Porque los contendientes saben que al final va a ser el presidente del Gobierno quién tenga en su larga mano, como el César la tenía en su dedo pulgar, la decisión sobre la vida o la muerte política de quienes aspiran a la victoria.

Desde Convergència i Unió, cuyos sondeos les dan unos resultados francamente prometedores, los estrategas electorales se preguntan desconfiados si, al final, Zapatero va a consentir que Montilla reedite el nefasto tripartito y le vuelva a hurtar a CiU el poder. Porque ya han visto que una cosa es ganar y otra gobernar y que, si los electores no les dan una victoria clarísima en escaños y en votos, las componendas finales pueden dejar de nuevo al ganador a las puertas del palacio de la Generalitat, cosa que los convergentes no podrían materialmente resistir por segunda vez en su historia.

«¡Y tanto que estamos inquietos!», confiesa un miembro del aparato convergente. «Porque si, después de lo que hemos apoyado al PSOE en el Congreso, después de haber sacado adelante el Estatuto a pulso, Zapatero permite que Montilla rehaga el tripartito en Cataluña y se ponga a gobernar, a nosotros se nos caerá el lápiz en Madrid». Traducción de lo del lápiz: «Que les den morcilla, que no les votaremos nada en toda la legislatura. Pero no creo que esa posibilidad le interese a ZP».

En mitad de las dudas, a este diputado de CiU aún le queda una raspa de inocencia y aventura tímidamente que «Zapatero no sería capaz de hacer eso. No se ha hablado con él pero no creo que lo hiciera. Y la verdad», dice para tranquilizarse, «es que tampoco Montilla ha tenido nunca entre sus prioridades ser el número uno de la Generalitat». Claro que a continuación relata amoscado cómo el candidato Montilla, todavía ministro de Industria según el BOE, lleva varias semanas haciéndose una autopropaganda preelectoral de muchísimas campanillas.

«TV3 ha emitido hoy [por el viernes] una especie de NO-DO con la noticia de la visita de Montilla en Iznájar [el pueblo natal del ministro, en Córdoba]», cuenta. «Llegaba en una comitiva de coches negros, le recibía la alcaldesa y luego iban todos juntos al Ayuntamiento andando, con la banda municipal tocando detrás. Y al final sacan una foto suya enorme con un marco dorado horroroso y dicen que esa foto va a presidir la sala de plenos del Ayuntamiento. ¡Aquello parecía 'Bienvenido Mister Marshall?!.Pero lo más increíble es que después se escucha una voz en off de una señora que dice: 'Bueno, ahora hace falta que le voten los catalanes'. Y ese reportaje, que era pura publicidad, lo emiten en la televisión pública catalana. ¿Dónde lo iban a emitir si no?».

Desde luego, ni esta precampaña, ni el vuelco brutal que Montilla le ha dado ya al discurso catalanista de Maragall permiten suponer que el ya ex ministro de Industria se presenta a las elecciones con la idea asumida de ir de sobrero de Mas.

Mucho menos crédulos que los dirigentes de CiU se muestran los dirigentes del PP de Cataluña sobre las buenas intenciones del presidente del Gobierno. «Zapatero ya ha traicionado a Mas y ya le ha comprado a Montilla la tesis de reeditar el tripartito» dicen. «Si no fuera así, si Zapatero estuviera pensando en facilitarle a CiU la presidencia de la Generalitat, habría puesto de candidato a Castells para que, en caso de una coalición PSC-CiU, Castells se quedara de conseller en cap con Artur Mas de presidente. Pero no ha hecho nada de eso y hay que tener muy claro que Montilla no renuncia a ser ministro del Gobierno de España para ir de número dos de Mas en Cataluña». Tampoco se podría asegurar hoy que, por mucho que le conviniera al presidente tener contentos a los de CiU y asegurados sus votos en el Congreso, el cordobés se dejara birlar la presidencia del Govern en aras de la estabilidad del Gobierno de Zapatero. En una palabra, que Montilla ha dejado la mesa del consejo de Ministros porque viene con la intención de gobernar. «En ese caso», advierte un dirigente de CiU, «ninguno de nuestros diputados va a votar a Montilla para presidente, porque eso sería tanto como cargarse a Mas. Pero yo espero que Zapatero hará como que se empeña en la victoria pero que, una vez que compruebe que las encuestas no favorecen al PSC, les dejará caer».

Lo cierto es que las encuestas realizadas hasta el momento no favorecen a los socialistas. Ni tampoco a ERC. Favorecen esencialmente a CiU en lo que los expertos interpretan como una reacción de hartazgo y prudencia de los electores, escaldados por los sobresaltos vividos con el gobierno tripartito. Algo así como «volvamos a lo de antes y dejémonos de experimentos, que mejor estábamos en la época Pujol».

Si las previsiones de ahora mismo se cumplen, lo que puede suceder es que el voto burgués y catalanista de izquierdas que solía respaldar al PSC huya de sus filas y se refugie en las filas convergentes. También es de suponer que, visto lo sucedido en el referéndum del Estatuto, las alarmas se hayan disparado en el PSC: en los distritos electorales de voto tradicionalmente socialista hubo casos en que el índice de abstención superó el 60%, una prueba inapelable de lo poquísimo que les interesaba a los electores socialistas que Cataluña fuera o no una nación o que el Estado llegara a ser «algo residual» como explicó crudamente Maragall.

Es decir que, a menos que los resultados dejen absolutamente claro el nombre del vencedor, volverá a estar en manos de Zapatero el destino político del gobierno catalán. Y lo que es seguro es que ese cálculo lo hará el presidente mirando sus propios intereses para cerrar una legislatura que sigue abierta en canal y para la que va a necesitar el apoyo cerrado de todos sus satélites.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Escrito a la sombra de la cárcel" por Javier Gómez De Liaño

Por Narrador - 28 de Agosto, 2006, 6:30, Categoría: Opniones

Escribo a las puertas de la prisión de Alhaurín de la Torre, en la bella Andalucía. Lo hago al aire libre y bajo un cielo azul. El sol cae a plomo sobre la corteza de la cárcel. También sobre la piel de los más de mil internos.

Hoy, en el penal, donde el tiempo se mide por los latidos de la amargura y el tic-tac de la desesperanza, es un mal día. Para la población reclusa y no reclusa, que a Rafael Vera le hayan concedido el tercer grado y que de los siete años de prisión que los jueces le impusieron por un delito de malversación de caudales públicos, sólo haya cumplido uno y medio, es una flagrante discriminación respecto a no pocos presos en situación penal y procesal igual o semejante a la del ex secretario de Estado de Seguridad. A un funcionario le he oído preguntarse cómo es que muchos reclusos de este país todavía no se han asomado a las ventanas para gritar que ellos también quieren salir.

Acerca de ese tercer grado, bastante podría decir, al ser una materia que conozco bien. Para algo habrían de servirme los dos años, de los casi 30 que pertenecí a la carrera judicial, en que ejercí de juez de Vigilancia Penitenciaria. Sea suficiente hacer notar que ese beneficio puede ser otro modo de hacer justicia y que produce efectos admirables cuando se otorga como bálsamo. En el baúl de la justicia no se guarda el hacha de la venganza, sino el fino escalpelo de la magnanimidad, una herramienta que sólo los elegidos saben manejar con destreza. Me temo, sin embargo, que la razón que puede respaldar ese régimen abierto concedido a Rafael Vera ha sido únicamente política, palabra casi antónima con esa otra tan hermosa que se llama equidad. Mi opinión es que a los españoles, que es gente generosa si la situación así lo demanda, no les gusta las componendas cuando desde el Estado se ha robado, secuestrado y matado, ni tampoco disfrutan con el espectáculo de una ley inventada de punto y final. Recordando al controvertido y vilipendiado Borges, ante delitos en los que ha mediado la sangre y el dinero ajeno una cosa no cabe y esa es el olvido.

Hace tiempo, tal vez siglos, que la Justicia no obedece a razones jurídicas, entendida como decía Hobbes, al polemizar con el juez Coke, como perfeccionamiento de la razón humana; es decir con habilidad técnica, sentido común y prudencia, sino que viene determinada por circunstancias que algunos llaman razones políticas, interés general o sentido práctico. Cualquiera que reflexione seriamente -afirma Rousseau- encontrará que «todas estas grandes palabras de justicia, de leyes, etcétera, sólo son patrañas inventadas por diestros políticos o por cobardes pedantes para imponérselas a los simples». Yo no llego a tanto -la frase me parece dramática-, pero lo que sí creo es que una de las claves de este asunto, por mucho que se pretenda disimular bajo muy púdicas y distintas vestiduras, pertenece a un problema que ya tiene aire de histórico: la igualdad de todos ante la ley. En democracia, la igualdad traduce la similitud o incluso la identidad natural de los ciudadanos. La igualdad, que es lo que confiere significado a la libertad, consiste en la realización perfecta de la isonomía, según la cual altos y bajos, blancos y negros, hombres y mujeres y pobres y ricos tienen una justicia igual.

Lo dije en estas mismas páginas en noviembre de 2004, a propósito de una carta abierta del propio Rafael Vera, que llevaba por título A mi familia, a los amigos y a la opinión pública. Entonces escribí que la triste y también merecida situación de quien fue secretario de Estado de Interior, muy bien pudiera ser el símbolo de una época histórica, golfa, enturbiada por la avaricia, en la que los valores tradicionales, empezando por la honradez, se consideraron prescritos y en la que se hacinaban buscadores de dinero o de poder. Mi convicción, como la de una gran mayoría de ciudadanos, es que los agujeros negros en los que Rafael Vera estuvo implicado van mucho más allá de los dedos acusadores de los fiscales y que dispone de información de primera mano sobre estos acontecimientos. De antiguo se viene oyendo que buena parte del saqueo de los fondos reservados en la época que era secretario de Estado terminaron en la profundidad de los bolsillos de gente cuyos nombres permanecen en lo más hondo del anonimato. Pese a todo lo que ya se sabe, la gente aún no cree que el único y verdadero jefe de todas estas historias de sangre y estiércol fuera Rafael Vera, y que como Martín Prieto señalaba hace unos días, el beneficio penitenciario otorgado a Vera es el rédito de su silencio.

Para mí, Vera es un afortunado, pues en este trance sus amigos, los que de verdad necesitaba, no le han fallado, si bien, antes, él había hecho una de las señales de la amistad que se leen en el Panchatantra: no contó sus secretos. La amistad produce sufrimientos, es cierto, pero también tiene sus hondos gozos de gratitud. Aunque la verdad sea dicha, a mí, ante el desmán producido, no me cabe en la cabeza ningún otro sentimiento que no sea la decepción. Me da la sensación de que Rafael Vera entendió su situación como el juego de echar un pulso, y que, pese a lo peligroso de la postura, al final ha ganado.

Si el beneficio otorgado es un perdón, creo que el gobierno ha ejercido una de las funciones más excelsas del poder: la de hacer lo que ha creído más justo y lo más conveniente. En una de sus famosas sentencias, el juez americano Oliver Wendell Holmes declara que un gobierno puede conmutar una pena por varias razones, lo mismo que un acreedor puede condonar una deuda. Pero mi gran duda es si el presidente Rodríguez Zapatero ha superado la dura prueba del caso Vera que el ex presidente Felipe González le pudo poner encima de la mesa del Consejo de Ministros al día siguiente de jurar su cargo como vencedor de las elecciones del 14 de marzo de 2004.

A la sombra del penal, decía Oscar Wilde, crecen el miedo y la tristeza, el sobresalto y el odio. Hace tiempo que lo pienso. El legislador -el de cualquier país del mundo- no sabe que hacer con el delincuente y, en su ignorancia, lo encierra. Hace muchos años que me pregunto si la prisión es la única solución al problema de la delincuencia, máxime cuando todos sabemos -no sólo los especialistas, sino también cualquier persona medianamente informada-, que la cárcel no corrige ni resocializa a nadie. Aunque lo he dicho muchas veces, no me importa repetirlo. En una utópica España con la que quisiera ilusionarme, me gustaría ver las cárceles despobladas y con las puertas abiertas antes que llenas y cerradas a cal y canto y alambre de espino. Y quede claro que no estoy patrocinando la derogación del Código Penal. Lo que proclamo es que al preso hay que darle la esperanza de un futuro en libertad y el saber que un día no excesivamente lejano estará al otro lado del muro

Es indiscutible que la Justicia jamás debe ser cruel ni ensañarse con nadie. Por tanto, nada tengo en contra del ejercicio de este tipo de beneficios o prerrogativas, pero también es cierto que a la gente no le gustan los distingos. El régimen abierto concedido a Rafael Vera, al margen de ser o no ser una fractura jurídica, es una explosión en el corazón de muchos condenados que esperan angustiados una respuesta a sus largos ruegos de clemencia. Da la impresión de que en España todavía hay reclusos que, como el buen embutido, curan y saldan sus cuentas colgados en las vigas de las cárceles. A los perdedores se les olvida y a los desahuciados se les entierra. En la España que nos ha tocado vivir tenemos muestras más que suficientes de la verdad de esto que digo.

Cuando estoy a punto de llegar al saldo de estas cuartillas, me viene a la memoria la imagen de una gitana que en la explanada del aparcamiento de la prisión, mientras espera un vis a vis con su marido, me vocea: «Lo de Vera no es justicia; él en la calle y mi hombre, dos años a pelo por un trapicheo de nada». Son quejas con las que no es difícil estar de acuerdo. Para la mayoría de los reclusos, la cárcel es un calvario en el que cada uno arrastra su cruz particular. Hablo con la buena mujer y trato de convencerla de que, pese a todo, en la justicia hay que creer porque si no la vida sería más triste aún. A cien pasos, Esteban, alias el Vivillo, famoso por sus coplas, canturrea: En la puerta de la cárcel/ han escrito con tizón:/ aquí, el que no es Vera,/ se pudre como un cabrón.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 28 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Prueba de fuego para un Gobierno desbordado (Editorial de ABC)

Por Narrador - 28 de Agosto, 2006, 6:00, Categoría: Opniones

A punto de empezar un curso político que conjuga citas electorales, la negociación con ETA, un despliegue sin precedentes de militares españoles en conflictos bélicos y una situación rayana con la emergencia nacional a cuenta de inmigración clandestina, el verano nos deja noticias preocupantes acerca de la solvencia del Gobierno para arrostrar tan exigente prueba. De poco le va a valer el patrón seguido hasta ahora: la política concebida como estrategia partidista y de distribución de cuotas de poder. Por contra, el Ejecutivo del PSOE apenas ha puesto interés en la gestión adecuada de los problemas que importan realmente a los ciudadanos, encargada con frecuencia a ministros de bajo perfil político y escasa capacidad organizativa.

Para ver la musculación con la que el Gobierno se enfrenta a tan inquietante panorama resulta ilustrativo detenerse en lo que ha ocurrido en julio y agosto, meses marcados por el espectáculo lamentable del Prat, por la llegada incesante de cayucos a Canarias y por el drama forestal vivido en Galicia. En todos estos casos, el Ejecutivo ha buscado un chivo expiatorio, ya sea la herencia del PP, la falta de apoyo de la UE o incluso la existencia de conspiraciones, siempre invocadas pero nunca probadas. Cuando falla el poder público, los grandes perjudicados son los ciudadanos, que no están dispuestos a permitir que los ministros oculten su impericia bajo cortinas de humo como la retirada de la estatua de Franco en Zaragoza, o bien echando balones fuera, hacia Europa, las administraciones autonómicas e incluso la oposición.

Si en pleno estío Zapatero y su equipo son incapaces de instalar a los ciudadanos en la tranquilidad, lo que ocurra a partir de ahora es tan imprevisible como preocupante. El denso curso político que hoy comienza tiene su primer jalón en las elecciones al Parlamento de Cataluña, donde los errores de bulto y los fracasos macizos (la infamia de Perpiñán, el desastre del Carmelo, la denuncia de corrupción institucional sin pruebas, los peajes partidarios que deben pagar los funcionarios y, como colofón, la calamitosa reforma del Estatuto) han motivado la prematura salida de Pasqual Maragall de la escena política, que paga la cuenta que pasa al cobro el haberse aliado con un partido independentista, con ramalazos de radicalismo, y el que Zapatero pactase con su principal rival político (CiU) para salvar los muebles en la reforma del Estatuto. El día que Mas acudió a la Moncloa, Maragall supo que tendría que vaciar los cajones de su despacho.

Deja Maragall el Palacio de la Generalitat, pero promete hacerlo con pólvora dirigida a Zapatero y Montilla. Como informa hoy ABC, el presidente de la Generalitat hará más radical y nacionalista su discurso en la próxima Diada, lo que constituye una herencia envenenada para su sustituto, a quien el presidente saliente también ha exigido que el PSC tenga grupo político propio en el Congreso. El discurso del adiós de Maragall puede contribuir a confundir definitivamente al electorado socialista y a lesionar las posibilidades de Montilla. Paralelamente, Zapatero habrá de buscar un socio estable en el Congreso, donde el PSOE tiene una mayoría precaria a pesar de la pastueña complacencia de los grupos minoritarios. Sólo el PP es oposición. Con la refriega de la campaña catalana de por medio, a los socialistas no les será fácil encontrar un socio medianamente estable que les garantice la aprobación de los Presupuestos para 2007, ley estrella de cada año y que es imprescindible que salga adelante. Las piezas que Zapatero necesita están todas en Cataluña.

Estas incertidumbres coinciden -según lo expresado por el propio Gobierno-con el crucial comienzo oficial del famoso «proceso», sin que cesen las amenazas de la banda, sin que la vocinglera altanería de la ilegal Batasuna deje de manifestarse por las calles vascas, ni sin que la extorsión a empresarios o el terror callejero hayan desaparecido. Los enviados del Gobierno se sentarán en la mesa sin que los etarras hayan hecho un solo gesto que aliente a pensar que no están donde siempre han estado, el siniestro lugar donde se han cometido casi mil asesinatos. Peor aún, los españoles han asistido a un rosario de declaraciones y comunicados en los que cada uno de los tentáculos de ETA ha dejado claro que sin precio político de por medio no hay nada de qué hablar. Otoño, pues, de alto voltaje, de esos que requieren un notable peso político, un sentido de Estado y una vocación por el interés general de los españoles que no se vislumbran en Zapatero ni en un Gobierno desbordado.

   

Publicado en el diario ABC el lunes 28 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"De los GAL al 11-M" por Pedro J. Ramírez

Por Narrador - 27 de Agosto, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

Pocos meses antes del juicio por el infame montaje del que fui víctima hace nueve años el ex gobernador civil de Guipúzcoa José Ramón Goñi Tirapu visitó a mi abogado para ofrecernos desvelar con todo lujo de detalles que fue Rafael Vera quien le entregó los 50 millones de pesetas con los que se pagó tal vileza, a cambio de que yo le otorgara el «perdón del ofendido» que le permitiría eludir la condena o al menos la prisión. Nuestra respuesta fue que la verdad no era un objeto de trueque y que si su testimonio era fruto de un acuerdo quedaría desnaturalizado ante el tribunal. Que actuara, pues, según su conciencia.

La misma mañana en que comenzó la vista oral Goñi reiteró su oferta y recibió idéntica contestación. Cuando llegó su oportunidad guardó silencio. Tanto él como sus cómplices -incluido el que fuera ayudante personal de Felipe González en La Moncloa Angel Patón- fueron condenados a diversas penas de cárcel y Vera, sentado durante una semana en aquel ignominioso banquillo, quedó absuelto porque, según la sentencia, «disponemos de un juicio de probabilidad sobre su participación en los hechos enjuiciados, pero el de certeza se nos muestra dudoso».

Es evidente que si su antiguo subordinado hubiera testificado lo que él mismo vivió, esa duda se habría disipado y Vera sumaría ya una tercera condena a los 10 años de cárcel que mereció por secuestrar a Segundo Marey y a los siete que recibió por apropiarse de los fondos reservados del Ministerio. El escándalo que le produjeron las circunstancias de este latrocinio fue, según Goñi Tirapu -tieso como la mojama tras muchos años de servicios a la causa-, lo que le impulsó después, cuando ya no tenía nada que ganar pues estaba cumpliendo su condena, a revelar una parte de su secreto en una entrevista periodística. «En el chalé donde me entregaron los 50 millones estaba Rafael Vera», declaró el pasado mes de octubre a Antonio Rubio. Tratándose de cosa juzgada y resuelta en sentencia firme estamos, por desgracia, ante una confesión sin efectos procesales; pero ahí queda para completar en las hemerotecas el verdadero retrato del mayor delincuente en serie que ha ocupado un tan alto cargo público en toda nuestra historia moderna y contemporánea.

Este es el individuo al que el Gobierno excarcela ahora antes de que haya cumplido la cuarta parte de su condena, concediéndole un tercer grado sin justificación ética ni coherencia legal. El mismo que saldó su primera condena por la abducción y el ensañamiento que padeció aquel pobre viajante con poco más de 100 días de prisión. El mismo que también fue absuelto «por falta de pruebas» en el juicio por las torturas y el asesinato de Lasa y Zabala. El mismo que nunca ha tenido ni siquiera que responder ante la justicia por esas dos docenas de restantes crímenes de los GAL, presuntamente organizados bajo su dirección y con su financiamiento, que llevan visos de quedar impunes. El mismo que aún tiene abierto el sumario por los maletines repletos de dinero entregados a las mujeres de Amedo y Domínguez en Suiza para comprar su silencio.

¿Quién está ahora realizando un último -o penúltimo- pago por el suyo? ¿Rubalcaba? ¿González? ¿Zapatero? Y, sobre todo, ¿qué es lo que ahora sabe y calla Rafael Vera?

He comenzado mi carta de hoy con el episodio inédito del ofrecimiento de Goñi Tirapu para no ocultar a los lectores hasta dónde llega mi constancia sobre la falta de escrúpulos de este canalla, aún protegido por una parte significativa del PSOE, que trató de orquestar mi asesinato civil, confundiéndose de víctima y de país. Sin embargo lo sustantivo en este asunto no tiene para mí nada de personal. Una y otra vez he reiterado que la única cárcel en la que deseo que queden encerrados para siempre tanto quien amparó su saga delictiva, como sus cerriles sicarios, como el propio Vera-Beria es la cárcel de la Historia. No es una evanescente e insípida venganza meridional, sino la verdad completa sobre sus guerras sucias, lo que como ciudadano y como periodista voy buscando.

Lo que más me subleva no es, por lo tanto, el injusto beneficio penitenciario que en la práctica va a permitir que -embargos al margen- disfrute en libertad del producto de su masivo saqueo del erario sin haber mostrado arrepentimiento alguno, ni tan siquiera intención de devolverlo. Lo que más me indigna no es, en consecuencia, el agravio comparativo que este trato de favor supone respecto a los casos de Mario Conde o Luis Roldán, que han estado encarcelados durante años y años por delitos similares, o respecto a los casos de Sancristóbal y Rodríguez Colorado, que han tenido que reintegrar cantidades menores -e incluso siguen haciéndolo a plazos- para que el Estado pueda ser magnánimo con ellos. En términos concretos el régimen de casi libertad plena de Vera va a diferir muy poco del que tan benévolamente se le venía ya aplicando.

No, lo que más me subleva, indigna y escandaliza es que, al pairo de la dispersión agosteña, se consume un apaño propio de los peores tiempos del felipismo, encaminado, al igual que entonces, a continuar blindando y hurtando del conocimiento público verdades estremecedoras que forman parte de la pútrida trastienda de nuestra democracia. Y lo que se impone, por encima incluso de esos sentimientos, es la preocupación de comprobar que existe todavía algo que permite al ex secretario de Estado de Interior obligar a este nuevo Gobierno socialista no sólo a favorecerle discretamente, como venía ocurriendo hasta ahora con los permisos para salir diariamente de la cárcel so pretexto de cuidar su depresión o atender a su familia, sino a cruzar el Rubicón de la arbitrariedad expresa, comprometiéndose a la luz del día con su persona y su trayectoria, mediante una decisión imposible de justificar con razones objetivas.

Este es el enigma que me corroe desde que a última hora de la tarde del martes se conoció la noticia, frívola o concienzudamente orillada por casi todos los demás medios de comunicación. ¿Qué puede saber Rafael Vera como para obligar a cambiar de pauta de conducta a un Zapatero que hizo rabona en todas las visitas organizadas a la cárcel de Salamanca, que ordenó dejar de pagar a los abogados de los implicados en los sumarios por crímenes de Estado y corrupción tan pronto como llegó a Ferraz y que resistió impertérrito las presiones de González, la colecta de firmas en el Grupo Socialista o las amenazas de huelga de hambre del propio interesado para que le concediera el indulto?

La idea de que se trata de la enésima reedición del chantaje basado en la amenaza de revelar el papel del entonces presidente y líder del PSOE en la puesta en marcha de los GAL no me parece convincente. El educado distanciamiento entre Zapatero y González es un secreto a voces. Si el leonés no dio la cara por el sevillano en este terreno cuando aún necesitaba de su tutela, o al menos de su pasividad, no va a hacerlo ahora que el felipismo parece ya una olvidada glaciación del periodo cuaternario. Aunque en lugares como Andalucía o Extremadura no hayan cambiado ni los perros ni los collares, al PSOE de hoy le trae poco menos que al fresco lo que pueda decir este señor sobre hechos acaecidos hace 20 años por los que el partido ya pagó su factura electoral primero en el 96 y después en el 2000.

Ni siquiera las variantes de esa misma teoría, en el sentido de que si Vera tirara de la manta lo que contaría podría resultar especialmente embarazoso para Rubalcaba o en el sentido de que el nuevo titular de Interior se siente solidario con aquel cuyos desmanes le tocó encubrir, tienen, a mi modo de ver, consistencia suficiente. Cualquier cosa que Vera pudiera decir de Rubalcaba -quien, por otra parte, llegó al Gobierno de González bastantes años después del apogeo de los GAL- sería mucho menos inconveniente para el actual titular de Interior que verse, de repente, con la que tiene encima entre ETA y los cayucos, identificado como protector de un individuo así. Si a alguien le convenía mantener encerrado bajo siete llaves ese capítulo del pasado era a él. Además Rubalcaba no es Rodríguez Ibarra. Si ha puesto en marcha la excarcelación de Vera, a sabiendas de todas las complicaciones que ello iba a acarrearle -y la de que los terroristas la tomen como referencia de sus exigencias penitenciarias no es nada menor-, no ha sido siguiendo un impulso ciego de su ardiente corazón, sino como consecuencia de una necesidad política, fríamente evaluada y necesariamente compartida con el presidente.

¿Por qué Zapatero permite que su imagen quede contaminada ahora, cuando nadie le discute el poder en el partido, por algo que siempre le ha producido intensa repugnancia, después de haber sido capaz de sortearlo con especial destreza en momentos de mucha mayor debilidad? ¿Por qué permite que el enérgico alegato de la vicepresidenta Fernández de la Vega contra la cleptocracia política, formulado tras el Consejo de Ministros que disolvió el Ayuntamiento de Marbella, quede patéticamente hecho trizas, precisamente ahora que las sombras de la corrupción vuelven a acechar por doquier los vacilantes pasos de la España democrática? ¿Por qué permite que el único fiscal general del socialismo que hasta ahora no se había visto obligado a hurgar en este cubo de la basura vaya a tener que pringarse -ensuciando una hoja de servicios que incluye como magistrado la ejemplar sentencia del caso Marey-, hasta consentir por omisión que quien, según la propia prosa del Ministerio Público, «desvalijó sin pudor las arcas del Estado de manera mendaz y desleal» se vuelva a ir a casa poco menos que de rositas?

Aquí hay gato encerrado y tal vez no sea tanta «estupidez» como le parece al siempre faltón Alvaro Cuesta que su paisana, la diputada del PP Alicia Castro, lo busque por las sentinas de la encallada nave de la investigación del 11-M. No porque resulte en sí mismo relevante que Rubalcaba -siempre Rubalcaba- hablara el día de la masacre con Vera. Ni siquiera porque la visita simultánea de Barrionuevo, Corcuera y el propio Vera aquella misma tarde al encarcelado Galindo sea uno de los enigmas más inquietantes de la trágica jornada. (¿A qué puede obedecer que la antigua cúpula de Interior organice apresuradamente un desplazamiento así -o no lo cancele si estaba ya previsto- en un momento en el que nadie tenía elementos de juicio como para plantearse nada y lo único prudente era permanecer a mano por si el Estado o el partido requerían de sus servicios?).

No, la pista que tiene todo el sentido rastrear es la relación entre los actuales mandos policiales presuntamente implicados en la manipulación de pruebas que ha infectado desde el principio hasta el final la instrucción del sumario del 11-M y ese pasado bochornoso en el que Vera reinaba como un auténtico Príncipe de las Tinieblas sobre los aparatos de la seguridad del Estado. Sabemos, y no es poco, que el mismo coronel Hernando que jugó con la cometa de la trama asturiana de los explosivos hasta extremos aún pendientes de averiguar, había sido -para escarnio de ese PP bobalicón que le mantuvo en el cargo- el hombre de los maletines que pagaba en Suiza a las esposas de Amedo y Domínguez. Lo que no sabemos, en cambio, son los vínculos, lazos, conexiones, fidelidades y lealtades de comisarios como Telesforo Rubio, Juan Jesús Sánchez Manzano, Alfredo Ruiz o Miguel Angel Santano. O los puentes existentes entre algunos de ellos y los mandos del CNI que pudieron contribuir a perfilar la cada día más descuajeringada versión oficial de la masacre.

Ignoro si Zapatero ha recibido ya el informe exhaustivo sobre los explosivos colocados en los trenes que encargó antes de irse de vacaciones. En el momento en que lo tenga sobre la mesa será, en todo caso, consciente de que o bien existe un secreto inconfesable que se está ocultando a la opinión pública o que, al menos, la suma de engaños, trampas y chapuzas de paternidad fácilmente detectable ha situado a la Policía, la Fiscalía y el juez instructor en la insostenible posición de acudir a la vista oral alegando que, pese a la existencia de 12 focos de explosión -dos de ellos controlados-, nunca se podrá saber cuál fue el tipo de dinamita utilizado porque no se han podido identificar sus componentes. Bullshit, que dirían los británicos.

Con el trípode de pruebas materiales -furgoneta de Alcalá, mochila de Vallecas y Skoda Fabia- en que se ha pretendido sustentar la acusación contra los islamistas al borde mismo del colapso, Zapatero puede verse abocado muy pronto a tomar una decisión trascendental. Él sigue teniendo una importante línea de crédito entre los españoles, pero corre el riesgo de perderla a borbotones si no sale al encuentro de la verdad en este asunto.

En la entrevista que me concedió en abril se quejaba con aires doloridos de la forma en que Rajoy y otros líderes de la oposición habían acogido a su nuevo ministro de la Policía, advirtiendo paladinamente que no podían fiarse de él: «Es impensable, impensable... que en los sucesivos relevos que hizo el PP se hubiera recibido a un ministro del Interior como se ha recibido ahora a Alfredo Pérez Rubalcaba». Pues bien, ni siquiera han tenido que transcurrir seis meses para que los hechos parezcan dar la razón a los escaldados populares. Porque lo «impensable-impensable», en términos democráticos, es que pueda quedar en evidencia en sede judicial que un alto cargo policial ha facilitado al Parlamento información falsa sobre un asunto clave del 11-M y el titular del ramo ni siquiera se digne acudir a aclararlo al Hemiciclo. Y lo «impensable-impensable», en términos simplemente éticos, es que ese mismo titular del ramo pueda excarcelar con cinco años y medio de antelación al mayor desalmado, chorizo y sinvergüenza que, según rezan sendas sentencias firmes del Supremo, refrendadas por el Constitucional, ha pisado moqueta oficial durante la democracia sin siquiera obligarle a vaciarse antes los bolsillos.

Claro que, en el fondo, lo más «impensable-impensable», lo que no debería terminar resultando sino una pesadilla dentro de un delirio, inmersa en un mal sueño, es que quien pueda tomar formalmente esa decisión sea el mismo señor que, antes de proclamar que «España necesita un Gobierno que no mienta», había tratado de hacernos creer que el «de donde saca pa tanto como destaca» del mangante secretario de Estado, devenido en potentado terrateniente, era la milagrosa ferretería de su suegro.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 27 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Federico, ¡más caña!" por Luis Herrero

Por Narrador - 23 de Agosto, 2006, 15:00, Categoría: Opniones

Pincho de tortilla y caña a que el nombre de Federico Jiménez Losantos estará en boca de muchos durante la temporada que viene. Aparte de sus oyentes habituales, que cada vez son más, hablarán de él dos clases de personas: en las antípodas de sus planteamientos ideológicos, los que quieren verle mediáticamente muerto, porque lo deploran, y los que estando cerca de su ideario le acusan de encarnar a la fiera canina que asusta a los votantes de la derecha civilizada.

El prototipo de esta segunda clase de detractores es Alberto Ruiz-Gallardón, que presume de aglutinar el voto cautivo del núcleo duro de la militancia del PP, el cambiadizo de los centristas más sesudos y el moderado de los socialistas arrepentidos. Alberto y Federico son dos personas condenadas a llevarse mal. Hace algún tiempo fui testigo de una conversación en la que el primero le decía al segundo: «tú no me harás ganar unas elecciones, pero puedes hacer que las pierda». Tal vez por eso el alcalde de Madrid procuró durante mucho tiempo que las tiranteces que había entre ambos no acabaran por arruinar la precaria relación que aún les permitía sobrellevarse.

A raíz de una violenta discusión que tuvieron en la radio hace dos años, los puentes saltaron por los aires y Ruiz-Gallardón me llamó varias veces para que le ayudara a reconstruirlos. Lo intenté. Soy amigo de ambos, aunque mucho más de Federico, y no me gusta vivir en un mundo de caras largas. Tardé muchos meses en conseguir que Federico aceptara sentarse a comer con Alberto, y cuando finalmente accedió -más por callarme la boca que por convencimiento- ya era demasiado tarde. Alberto nunca acudió a la cita. Ni siquiera permitió que se concretara. Tardé en entender el porqué, hasta que un día me di cuenta de que su nueva táctica le llevaba a publicitar el enfrentamiento, en lugar de a resolverlo, para acreditar, frente al perfil bronco y áspero de su antagonista, el perfil moderado y amable que reclama como propio. Lo que a Alberto le interesa es enviar un mensaje concreto a esa franja del electorado que, como él, piensa que la Cope destila fundamentalismo cavernícola: él es el único líder del PP que, en público, se atreve a tenérselas tiesas con Federico, el ciudadano que no se arredra a la hora de presentarle una querella criminal por injurias y calumnias, el alcalde que no se para a medir el daño electoral que puede provocarle una enemistad semejante.

La perseverancia de Alberto en ese nuevo cálculo hace prácticamente imposible que cualquier otro intento de mediación corra mejor suerte que el mío. Lo podrán instar personas más influyentes, con argumentos más sólidos y en circunstancias más favorables, pero si estoy en lo cierto, el alcalde de Madrid dirá una cosa -que quiere la paz-, pero hará otra distinta que le mantenga en la guerra, porque esa guerra -piensa- le hace crecer ante la opinión pública, por contraste, como el líder centrista que quiere ser. Añádanse después un par de bodas gay y unos cuantos guiños a Polanco y el póster quedará listo, a la espera de que se decrete el estado de necesidad que hace falta para que sea útil.

En el fondo de este planteamiento subyace la idea de que el mero hecho de alejarse de las posiciones de Federico, marcar las distancias con él, ya es causa suficiente para mudar el uniforme de derechista rabioso por el de demócrata de centro. Pero eso, con todos mis respetos, no deja de ser una solemne estupidez. No es verdad que La Mañana se haya convertido en ese faro de radicalismo conservador que algunos denuncian a pleno pulmón. Basta escuchar el programa con cierta atención, procurando discriminar lo sustantivo de lo coloquial, para darse cuenta de que en él se manejan a diario argumentos reflexivos, elaborados de buena fe, de hondura más que estimable, aunque -¡faltaría más!- tan discutibles como exige la naturaleza de los asuntos temporales de los que se ocupa. Su dureza formal puede herir a veces la sensibilidad de la execrable moda de lo políticamente correcto, pero lo cierto es que siempre se ciñen al criterio de proporcionalidad que cabe exigirle a toda respuesta. Nunca antes, algunos valores esenciales de media España -familia, religión, educación, nación- habían sido agredidos como ahora por los poderes públicos, y nunca esa media España había estado tan indefensa. Si no fuera por el afán de algunos idiotas por sacarlo todo de contexto dan ganas de gritar: «¡Federico, más caña!».

Por supuesto, se puede ser al mismo tiempo simpatizante del PP y detractor de Federico. Verbigracia, Ruiz-Gallardón. Entre esa gente hay dos argumentos que suelen hacer fortuna cuando de lo que se trata es de etiquetar de radical a La Mañana de la Cope. El primero es que Federico recurre con frecuencia al insulto y el segundo que no sólo se conforma con arremeter contra el PSOE sino que, además, le sacude a Rajoy más que a una estera. En particular no soportan que le llame maricomplejines. Creen que es una manera de pedirle que se tire al monte. De los dos argumentos, me interesa más el segundo que el primero. Lo de los insultos ya lo tengo muy oído, fue el ariete con el que trataron de desestabilizar a Antonio Herrero, y además ya está el Código Penal para dirimir cualquier ofensa que se tercie. Respecto a lo de las sacudidas al PP, viene a cuento una anécdota de Las Cortes franquistas que se le atribuye a Jesús Fueyo, intelectual del Régimen, y al general Camilo Alonso Vega, a quien sus amigos, a sus espaldas, llamaban Camulo. El general hizo un día una aguerrida soflama parlamentaria, no demasiado lúcida, y el intelectual se puso en pie para responderle: «Mi general, estoy a sus órdenes pero no a sus opiniones».

Siempre he creído que de las combinaciones posibles entre esos dos conceptos, órdenes y opiniones, salen las tres clases de periodistas que conozco. Primero están los periodistas que siempre se ponen a las órdenes del que manda, cualesquiera que sean sus opiniones. Son mercenarios a los que no hace falta decirles cómo tienen que abrir el telediario. Después, los periodistas que no están a las órdenes del poderoso, pero sí a muchas de sus opiniones. No se arrodillan ante los comisarios políticos, exhiben su independencia con críticas racheadas, pero cuando les conviene se apresuran a escoltar las opiniones de turno por puro utilitarismo. Para ellos, un político es tanto mejor cuanto mejor les trata, y menos de fiar cuanto más recela de ellos. Sólo aspiran a ser cada vez más influyentes y dosifican la crítica para alcanzar ese objetivo. Por último están los que pasan de las órdenes y de las opiniones del poder y sólo responden a convicciones propias. Son los periodistas asilvestrados. Federico, sin ninguna duda, es uno de ellos. ¿Que sacude demasiado a Mariano Rajoy? Algo habrá hecho Rajoy para merecerlo. El día que Federico Jiménez Losantos deje de comportarse así, lo prometo, seré yo quien le sacuda a él.

Luis Herrero es eurodiputado del PP

  

Publicado en el diario EL MUNDO el miércoles 23 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"De la Vega y Rubalcaba" por José María Carrascal

Por Narrador - 22 de Agosto, 2006, 21:00, Categoría: Opniones

Hasta ahora, la gran contribución del gobierno Zapatero al problema inmigratorio había sido enviar al presidente a Canarias de vacaciones. Tratando de emularle, miles de subsaharianos se metieron en cayucos y pusieron rumbo a las Islas Afortunadas. Desbordado por la avalancha, el gobierno ha echado mano de sus dos mejores armas: la vicepresidenta y el ministro del Interior. A Rubalcaba le envía a Senegal para convencer a aquel gobierno de que selle sus costas y a De la Vega, a Helsinki, para reclamar ayuda europea. Difícil lo tienen. Todas las artes de don Alfredo como vendedor de crecepelos van a servir de poco ante unas autoridades más interesadas en sacarse gente de encima que en acogerla -cada uno que se va es un problema menos-, por lo que no hay que hacerse ilusiones sobre los resultados, aunque él tratará de hacérnoslas creer a su vuelta. En cuanto a doña María Teresa, no dudamos que deslumbrará a finlandeses y finlandesas con un nuevo conjunto en cada una de sus apariciones, pero tampoco creemos resulte más efectivo. Puede que obtenga alguna vaga promesa y abundantes fotos, pero lo que Europa va a decir a España es que ella misma se ha creado el problema al adoptar una política de legalización masiva de inmigrantes ilegales, cuando en Bruselas se abogaba precisamente por la contraria. Así que va a tener que apechugar con los cayucos sin que sirva de mucho el despliegue de vestuario de nuestra vicepresidenta, como ya ocurrió en Bolivia, el Vaticano y otras plazas. Hay mucha más vistosidad que resultados en los innumerables viajes de la Sra. De la Vega, aunque se le agradece que haga publicidad de nuestra moda por las más diversas capitales del mundo, suponiendo naturalmente que los modelos que exhibe sean de nuestros modistos.

En cuanto a Rubalcaba, le veíamos más seguro, más efectivo, diría más en su terreno, como portavoz del gobierno que como ministro del Interior. Como ministro del Interior lleva ya tres sonoros fracasos desde que tomó posesión: rebrote del terrorismo urbano en el País Vasco, los incendios en Galicia y, ahora, la inmigración desbordada. Claro que ahora tienen que enfrentarse a la dura realidad y antes sólo tenía que hacer juegos de manos con las palabras, en lo que sin duda es un experto. También puede tener que ver con ello que es más fácil engañar a los españoles que a la realidad. La realidad, cuanto más trata de desvirtuársela, más burra se pone.

En cualquier caso, nos dirán los comunicados oficiales, lo que importa es que el Sr. presidente ha adquirido un saludable moreno en Canarias y recuperado fuerzas para el problema que realmente le interesa: alcanzar la paz en el País Vasco, no importa lo que haga, diga o maldiga ETA. Colorín, colorado.

"Perderles el respeto" por Antxón Sarasqueta

Por Narrador - 22 de Agosto, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

A la izquierda política e intelectual se le tiene en España un respeto inmerecido

Leo en las mismas páginas editoriales que atribuyeron “una inquietante similitud” de José María Aznar con el terrorista más buscado de la Tierra, Osama Bin Laden, que absuelven al escritor Günter Grass por su pasado nazi. Son las páginas de El País.

Este hecho de la biografía que el escritor alemán ha ocultado hasta ahora, dice el diario, “no invalida la calidad de su obra literaria ni la justicia de las causas que ha defendido y defiende”. Y concluye diciendo que ello “sólo confirma que nadie es perfecto, que todos somos humanos”. Es todo un autoretrato —del diario y de la ideología que profesa—. En el centro derecha español se ha acuñado la expresión “sin complejos” tanto para subrayar actitudes timoratas y acomplejadas en esos sectores ante la izquierda, como para desprenderse de ellas y expresarse de manera más decidida en la defensa de sus posiciones políticas. Pero es más propio hablar de perder el respeto a una izquierda que ideológicamente e intelectualmente no lo merece.

Sentir o dejar de sentir complejo es asumir como propia una perturbación personal. Es convertir en mal propio una mala actitud ajena. No se trata de tener o dejar de tener complejo ante quienes están dispuestos a negociar con una organización terrorista el futuro de España. Se trata de si merecen o no respeto quienes desprecian a cuatro millones de españoles que han pedido que se consulte a todos el futuro de España en un referéndum.

A la izquierda política e intelectual se le tiene en España un respeto inmerecido. Es una izquierda que no ha evolucionado. Está en proceso de involución. Es una izquierda de raíz totalitaria y de actitud sectárea que ha hecho de la coacción a la libertad su principal instrumento de acción. Es una izquierda que en los últimos años se ha radicalizado en su discurso y en los hechos. Habla de los terroristas como hombres que tienen “un discurso de paz” (lo hizo el Presidente Zapatero en referencia al líder de ETA-Batasuna, Arnaldo Otegi), y de sus contrincantes de la derecha democrática como un enemigo al que asaltar. Físicamente y políticamente.

Gotzone Mora es una militante socialista que no le tiene ningún respeto a Zapatero. Casi todos los días se le puede escuchar o leer en los medios de comunicación graves acusaciones contra el actual líder socialista. “Es un traidor, ha estado negociando en secreto con los terroristas”, dice. “Yo también soy socialista vasca y tú no hablas en mi nombre”, le fustigó a Zapatero hace unas semanas desde la tribuna de invitados del Congreso. Y esta catedrática del País Vasco no oculta que cuando llegue el momento votará al PP. Si ella y otros socialistas no le tienen ningún respeto a Zapatero ¿por qué se lo van a tener quienes sufren una política despótica y sectárea desde el PSOE y el Gobierno? A quien hay que tener respeto es a Mora y a quienes contribuyen a fortalecer la conciencia social y democrática.

Zapatero ha inoculado en el PSOE y en la izquierda española la ideología del odio. ¿Qué tiene esto de respetable? El radicalismo de Rodríguez Zapatero le ha hecho merecedor de las felicitaciones de los terroristas. ¿Es eso respetable? “Zapatero ha hablado de Hezbolá como movimiento de resistencia y nunca nos ha llamado terroristas”, decía uno de los portavoces de esta organización terrorista Muafak Jamal (El Mundo 18-8-2006).

Se respeta lo que se considera y se valora. ¿Qué hay que venerar o valorar de esta izquierda o de su pasado guerracivilista? Nada. Se puede sentir respeto por personas que profesan ideologías de izquierdas y que se sienten igual a los que defienden valores éticos y democráticos desde otras posiciones. Pero no por quienes venden la apariencia de algo noble, y no son más que una farsa y representan una política de contravalores.

Concluyamos donde empezamos, en las páginas editoriales de El País. El 1 de agosto CiU era presentada como el ejemplo de la derecha que marca un camino “desde la moderación y no desde la crispación”. No ha pasado un mes y los nacionalistas catalanes han irrumpido en el debate sobre el voto de los inmigrantes con la posición más xenófoba y extremista de todos: rechazando el derecho al voto de estas personas “si no saben catalán ni conocen nuestra cultura”. 

Antxón Sarasqueta es presidente de Multimedia Capital

   

Publicado en LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el martes 22 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Edipo en Moncloa" por Gabriel Albiac

Por Narrador - 14 de Agosto, 2006, 21:00, Categoría: Opniones

Con media España ya de vacaciones, debería olvidarme del presente, naufragar en la displicencia que sólo me otorga el mar, y sólo el mar muy lejos. No lo consigo. Es, sin duda, el peor de mis pecados éste de estar al borde del infinito sin tiempo que es la playa, y dejar que los engranajes que componen mi mente sigan marcando el tictac de una amenaza al acecho. No he aprendido gran cosa de la vida. De otra manera, hubiera abandonado este país cuando aún era tiempo. Ahora que la locomotora se abalanza sin maquinistas hacia el precipicio, poco puede uno hacer. Salvo seguir mirando lo que viene. Seguir contándolo, mientras sea posible. Hasta la hora misma del naufragio. Pero estaría bien poder hacer como que nada pasa. Con media España ya de vacaciones, escribir de lo único que nos es de verdad importante: el sol que nos convierte en piedra y en felices, la perezosa piel adormilada; la displicente piel que aprende la esencial lección solar, que nada es preciso querer, nada que no sea nada. Estaría tan bien ser sólo soledad y lejanía, vacaciones, cielo ajeno, ajeno mundo inmenso e ignorado, ilusión de que nunca nada suceda. Nada. No lo consigo. La necesaria ficción de todos los veranos se torna esta vez ceniza entre mis dedos.

Todo ha quedado abierto y a la espera. Y, a la vuelta de tres semanas como mucho, vendremos a dar de bruces contra el horizonte más inquietante. La Constitución del 78 ha dejado de estar vigente. Queda, como una hojarasca muerta, la formal pervivencia de su texto. No rige ya en Cataluña. Ni en el País Vasco. Dejará de regir en Navarra en pocos meses, tras la anexión que todo dice concertada. La extrañeza de no haber derogado una Constitución que dejó de aplicarse, nada tiene de inocente. Cambiar la Constitución exige un trámite complejo que el Gobierno se sabe sin recursos para llevar a cabo: ni posee mayoría parlamentaria de dos tercios, ni se hace ensoñaciones sobre un referéndum con las independencias vasca y catalana como envite. Deja, pues, en la vitrina la Constitución. Sencillamente, no la aplica. Y una legalidad vicaria va ocupando los espacios vacíos. Se llama «doble poder», y todo estudioso de la política conoce sus riesgos. Prologa la crisis global del Estado. Luego de eso, nadie sabe lo que viene.

El mar. Debería abandonarme a su infinito, que borra el tiempo, ese extravío humano. Fracaso. Tomo de su anaquel el libro loco de entrevistas que concedió Zapatero a un complaciente periodista italiano. Leo: «No es que yo me sintiera predestinado..., pero creo que mi padre empujó a uno de sus dos hijos a que entrara en la vida pública para, de algún modo, rehabilitar con su comportamiento y trayectoria la figura de su padre». No está en el manicomio. Y ni siquiera el mar borra de mí esta glacial certeza: lo peor aún no ha llegado.

  

Publicado en el diario LA RAZON el lunes 14 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Vulcano non fala galego" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 14:00, Categoría: Opniones

Cuando el pasado 27 de noviembre dediqué una de estas cartas a poner en evidencia el disparate de las Oficines de Garanties Lingüístiques de la Generalitat que incitaban -y siguen incitando- a interponer denuncias anónimas sobre la vulneración del supuesto «dret de viure en catalá» no imaginé que la Xunta de Galicia agregaría pronto una insospechada modalidad al catálogo de actividades amparadas por esta ensoñación jurídica.

«¿Qué es eso del derecho a vivir en catalán?», preguntaba yo entonces. «Muy sencillo, la misma sintaxis lo expresa: vivir en catalán significa convertir una mera herramienta de comunicación como es el idioma en un recinto de pertenencia que no sólo incluye la expresión oral o escrita, sino que a modo de insaciable Gargantúa fagocita todas las demás facetas de la actividad humana. Se habla en catalán, por supuesto, pero también se piensa en catalán, se siente en catalán, se sueña en catalán, se participa en la vida pública en catalán, se juega al fútbol en catalán, se aplaude en el estadio en catalán, se mantienen relaciones privadas en catalán, se ronca, jadea y eructa, se acaricia, golpea y aprieta en catalán. Se vive, en suma, en catalán».

Pues bien: en gallego se hace todo eso y además se apagan incendios. A ver si la nación de Breogán no iba a superar en algo a la de la Moreneta... Sí señor, se apagan incendios en gallego y por eso la titulación lingüística es requisito imprescindible para poder formar parte de las brigadas que luchan contra el fuego. En su grado básico para los bomberos de base y en su grado superior para los mandos, según el decreto publicado en mayo por la Xunta.

El único problema de tan concreta iniciativa es la total indiferencia con que fue acogida en la fragua de Vulcano. Por eso los visionarios del Bloque y el tontorrón compañero de viaje que han encaramado a la Presidencia de Galicia se llevaron a comienzos de semana la mayor decepción de su vida, cuando los funcionarios más fieles empezaron a relatarles lo ocurrido. La falta de éxitos en sus primeros intentos de mitigar las llamas ya les había mosqueado. Luego, a medida que los focos proliferaban y los incendios adquirían mayor intensidad, habían ido probando toda su panoplia de remedios: desde las imprecaciones más duras y obscenas hasta los textos más susurrantes de Rosalía, pasando por los mejores argumentos de Castelao. Todo en vano. No cabía sino una desoladora conclusión: ¡O deus do fogo non fala galego!

De nada serviría, pues, enviar tampoco un ejército de gaiteiros. Puede que la música amanse a las fieras, pero no hay ideología ni folclore que baste para apagar los incendios. En cuestión de horas la impotencia de los nuevos hechiceros de la tribu quedó dramáticamente en evidencia, mediante la recontratación apresurada de aquellos veteranos que habían sido excluidos por no cumplir el requisito de capacitación idiomática. Todas las esperanzas de poner coto a la catástrofe en marcha quedaban depositadas, además, en ese Estado al que el proyecto de Estatuto gallego -a imagen y semejanza del catalán- trata de expulsar de sus fronteras.

Como ya ocurrió hace un año en Guadalajara, el Estado llegó tarde y mal. Mientras las llamas envolvían su ciudad, el alcalde popular de Orense no recibía otro apoyo que las llamadas de solidaridad de los líderes de su partido y de sus colegas de Vitoria y Valencia. Sólo en el quinto día de la crisis habían comenzado a desplegarse medios procedentes de otras comunidades, prácticamente a la vez que se pedía ayuda a la Unión Europea. Rajoy se encontró con la oportunidad a la puerta de su casa y la aprovechó, con su sensatez habitual, para volver a proponer la creación de un Centro Nacional de Gestión de Emergencias. Desde entonces no ha dejado de estar un solo día al pie del cañón.

Zapatero, aburrido en la Mareta tras una selección de lecturas veraniegas apresurada y sin criterio, vio paradójicamente el cielo abierto de un par de jornadas de acción política y se plantó en la encapotada Galicia para responder al envite. Ya lo hizo el año pasado cuando interrumpió sus vacaciones familiares para coordinar desde Madrid las medidas a adoptar tras la muerte de nuestros militares en el accidente de Afganistán. Entonces le sacó varios largos de ventaja al propio jefe del Estado y esta vez casi deja en evidencia a la ministra del ramo. De Zapatero pueden decirse muchas cosas, pero no que esté siendo inconsecuente con su promesa de ser un gobernante cercano a los sentimientos ciudadanos. Su drama es que tampoco con gestos se apagan los incendios.

En Galicia concretó su ya anunciada propuesta de crear una unidad militar de intervención rápida para reaccionar ante este tipo de situaciones límite. La idea de constituir una especie de batallón presidencial, capaz de desplegarse en cualquier lugar de España sólo una hora y media después de que La Moncloa tome la decisión, parece bastante atinada. Sobre todo si se mantiene en estado de alerta no sólo ante los posibles desastres naturales, sino también ante los de índole política que puedan ser algún día fruto de los delirios estimulados por los graves errores del propio Zapatero en relación a la estructura constitucional de España.

Fue todo un símbolo que el mismo día en que el presidente del Gobierno hacía visible su autoridad en Galicia, Maragall proclamara su irrelevancia en Cataluña, en tanto que titular del poder ejecutivo de un Estado que, según él -y ya advertimos que los locos, como los niños, siempre dicen la verdad- se ha convertido en algo «residual» en ese territorio. Según el aún presidente de la Generalitat, Zapatero ya sólo podrá ser percibido como el jefe de Gobierno de una «nación amiga» que ha tenido la amabilidad de renunciar a sus medios de soberanía para que, de ahora en adelante, «Cataluña pueda hacer lo que quiera».

Para que el numerito de Sant Jaume de Frontanya -la localidad más pequeña del Principado en la que por cierto no ganó el sí al Estatuto- fuera completo hay que fijarse en que su censo de 29 habitantes no sólo se vio eventualmente incrementado por todo el cortejo del Molt Honorable President, sino también por los seis jóvenes independentistas que, al desplegar una pancarta con el lema «Maragall, marioneta del Gobierno central», pusieron de relieve que, cuando se insufla artificialmente la vida al fanatismo nacionalista, todo doctor Frankenstein suele figurar entre las primeras víctimas de su monstruosa criatura. Y digo «artificialmente» porque luego, a la hora de la verdad, cuando se producen los asaltos a chalés o cuando los vándalos disfrazados de sindicalistas bloquean las pistas de El Prat a quien se acoge entre cerrados aplausos es a la Guardia Civil.

La gran prioridad para la inmensa mayoría de los ciudadanos es que el Estado funcione y Zapatero es tan consciente de ello que empieza a dar serias muestras de intentar reconstruir con una mano lo que lleva dos años destruyendo con la otra. Aunque un grupo de paisanos le silbara durante la photo opportunity ante los restos boscosos calcinados, en sus dos días en Galicia el presidente ha tenido el subidón de adrenalina propio de quien manda y se siente obedecido. Pero ha sido en cierto modo un espejismo o si se quiere un residuo del pasado: si el Gobierno gallego no estuviera encabezado por un socialista y tuviera ya aprobado un Estatuto a la catalana Zapatero habría sido recibido con tanta deferencia hacia su presencia como indiferencia por sus opiniones.

El voluntarismo mueve a veces montañas y no hay que desdeñar la habilidad de Zapatero para desandar cada noche el camino emprendido durante la jornada. Pero cuando el BOE ha publicado un texto como el que ha entrado en vigor en Cataluña esta semana las tácticas políticas quedan superadas por la realidad flagrante de unas nuevas reglas de juego. Y apenas han bastado 72 horas para constatarlo. Por mucho que el propio interesado lo vaya a camuflar en forma de comparecencia voluntaria, el nada anecdótico episodio de la obligada rendición de cuentas del delegado del Gobierno ante el Parlamento autonómico, sobre su actuación durante la crisis de El Prat, indica hasta qué punto se están invirtiendo los papeles entre controlador y controlado. Desde aquel terrible otoño de 1792 en el que los ministros de la recién nacida República francesa dependían del escrutinio de la Comuna revolucionaria que bajo el yugo soez y terrible de Hebert y sus sans culottes gobernaba el Ayuntamiento de París, no se había detectado un contrafuero parecido.

La presencia, el prestigio y la fuerza del Estado no pueden depender de una fuerza militar de intervención rápida. El Estado no puede ser durante 360 días al año un vergonzante convidado de piedra que ni siquiera se atreve a despejar la pista de un aeropuerto tomado por la turba, por miedo al qué dirán, y encima permite que su representante sea llamado a capítulo por lo que no deja de ser un simple parlamento regional que le echará la bronca por su pasividad igual que se la habría echado por su injerencia.

Para que el Estado cumpla eficientemente su función tiene que estar implantado en todo el territorio de forma uniforme y constante y disponer de autoridad colectiva -no de talante o simpatía personal- para actuar. Las irrupciones espasmódicas en momentos de crisis pueden servir para cubrir las apariencias, pero raras veces resuelven los problemas. Así la súbita llegada a Galicia de un centenar de agentes del Servicio de Información de la Guardia Civil, más el espectáculo de los 400 paracaidistas peliculeramente desplegados, sin tan siquiera saber si existe un enemigo al que combatir, difícilmente van a paliar la falta de efectivos humanos para investigar y controlar durante todo el año las tramas de delincuencia organizada que puedan obtener algún beneficio quemando el bosque.

La sensación de ignorancia y desorientación que a este respecto vienen dando las autoridades no puede ser más elocuente del fracaso de una determinada concepción del Estado. La Xunta dijo primero que se trataba de incendios de «nueva tipología», insinuando ya la existencia de un sofisticado montaje criminal. La ministra Narbona apuntó luego, sin prueba alguna, al «despecho» de las personas despedidas de los propios retenes forestales. Y Rubalcaba, en este su primer gran asunto como titular de Interior, no ha dejado de dar banales palos de ciego hasta culminar el viernes en el sensacional descubrimiento de que los incendios tienen «muy mala intención».

No es de extrañar que en este caldo de cultivo, fruto de la impotencia y la frustración, comiencen a germinar en el entorno gubernamental febriles paranoias encaminadas a achacar la devastación por el fuego a una mano negra movida por el PP para desacreditar a las nuevas autoridades gallegas. Lo verdaderamente curioso es que algunos de quienes ahora se aferran a una alambicada versión del qui prodest, sin indicio alguno que aliente esas pesquisas, figuran entre los más furibundos inquisidores que arremeten contra quienes, furgoneta a furgoneta, vamos logrando demostrar que el 11-M no sucedió como nos lo han contado.

Yo comprendo que, hecha esta comparación, termine pareciendo coherente que un Gobierno cuyas Fuerzas de Seguridad no son capaces de establecer qué tipo de explosivos estallaron en los trenes de la muerte -o al menos eso dicen-, tampoco sea capaz de averiguar quién y por qué quema los montes gallegos. De ahí que antes de seguir con los reproches de fondo, y dejando aparcadas ulteriores responsabilidades, no quepa sino conformarse con un objetivo mucho más modesto: ¿podrían ustedes ser tan amables de apagar de una puñetera vez el fuego? ¿O es que acaso no les pagamos para eso?

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 13 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Nunca Mais" por José Apezarena

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

La catástrofe de Galicia con los incendios va a castigar políticamente a la Xunta. Pero también al Gobierno de Zapatero, que empieza a acumular errores. Y en España, las elecciones no se ganan, las pierde el Gobierno de turno

Es un lugar común que en España las elecciones no se ganan, sino que las pierde el Gobierno de turno. Que, cuando se produce un vuelco en las urnas, ello no sucede por los méritos del partido aspirante, sino que se debe casi exclusivamente a la acumulación de fallos por parte de quien ostentaba el poder.

La hipótesis parece que tiene fundamento sólido. Así, la derrota de UCD a manos del PSOE, en 1982, vino precedida de un auténtico derrumbe político, con un país destrozado económicamente, acosado por las huelgas, que llegaron a paralizarlo todo, y ensangrentado por el terrorismo. A lo que se unió la lucha fratricida y la fractura interna del partido, que llevó a la muerte política de su fundador, Adolfo Suárez, incapaz de enderezar el rumbo.

La victoria del PP en el año 1996 hay que atribuirla sobre todo a la corrupción socialista, que tumbó —aunque por muy escaso margen, hay que decirlo— al PSOE de Felipe González, estigmatizando, de paso y seguramente de por vida, al líder socialista. La anomalía, absolutamente excepcional, puede ser la derrota de los populares en 2004, provocada por el imponderable de los atentados del 11-M, un auténtico shock nacional que movilizó el voto del miedo y del irracional rechazo al Gobierno, al que se quiso castigar como culpable de la catástrofe por haber enviado tropas a Irak.

Con estos precedentes, hay que suponer que la permanencia de Rodríguez Zapatero en La Moncloa está segura, mientras no acumule un cargamento suficiente de errores, de destrozos, como para que la ciudadanía decida desalojarlo del sillón presidencial.

Lo que viene ocurriendo estos días en Galicia podría ser uno de esos factores que conduzca a un cambio de Gobierno. Desde luego, contribuirá de forma decisiva. Porque el espectáculo, por así llamarlo, de los incendios de estos días es patético.

Un país como España, una de las 10 potencias económicas e industriales del mundo, no puede ofrecer el panorama de incompetencias y desastres de gestión como las que hemos presenciado. Estamos dando la talla de un partir tercermundista. Con el añadido sarcástico de unas decisiones previas de la Xunta que desmantelaron el anterior aparato antiincendios por razones de sectarismo político y hasta de tontería lingüística.

Todo eso lo ha percibido la ciudadanía, aunque esté de vacaciones. Así que, unas cuantas jornadas más con los fuegos incontrolados, y el efecto sobre la credibilidad del Gobierno puede resultar mortal.

El presidente del Gobierno ha estado lento en la reacción, confirmando esa pérdida de toque, de instinto político, que apuntábamos la semana pasada. Pero, al final, ha ido. Ha visitado Galicia, aunque a medias. Es decir, cumpliendo un plan diseñado con mucho miedo por sus colaboradores. Miedo al abucheo del personal, que está soliviantado porque nunca se ha visto en otra igual: defendiendo en solitario sus casas, y hasta la vida de su gente, con cubos de plástico y mangueras de jardín, porque las autoridades se muestran incapaces.

Esta vez, Rodríguez Zapatero ha huido de la gente. Así se ahorró escuchar lo que no quería oír. Pero los gallegos se han dado cuenta. “¿Dónde está?”, se preguntaban en voz alta los paisanos desalojados, los vecinos movilizados como retenes contra el fuego, los habitantes de Vigo, Orense o Santiago, amenazados por las llamas como nunca han conocido.

Los expertos anuncian una nueva marea negra en Galicia. La enorme superficie arrasada (más de 50.000 hectáreas), cubierta ahora de ceniza, originará en cuanto caigan las primeras lluvias un inmenso aporte de aguas ennegrecidas, que bajarán hasta dar en la costa, en las rías, convirtiendo sus aguas en un enorme charco de tinta. Así que, casi como una broma macabra, al espectáculo que provocó el Prestige le va a suceder el cuadro oscuro que van a pintar los fuegos de estas semanas. Con lo que el imaginario popular volverá a revivir la congoja de aquellas fechas, pero con otro inquilino en La Moncloa.

¿Y dónde están, por cierto, los llamados artistas, los intelectuales, que esgrimieron sus pancartas del “Nunca Mais” para desgastar el Gobierno de Aznar?

   

Publicado en el diario LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el sábado 12 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Mr. Chance era ahora" por Gabriel Albiac

Por Narrador - 9 de Agosto, 2006, 20:00, Categoría: Opniones

Cualquiera que vuelva a ver ahora la película en España se echará a llorar: «¡Ha sucedido! Así somos». En «Bienvenido Míster Chance», Peter Sellers daba magistral cuerpo al arquetipo del político moderno. Hipérbole tal vez; mas fidelísima. Un jardinero bobo y taciturno, sin más bagaje que el que las largas horas ante el televisor le ha ido acumulando, se ve envuelto por el peso de su propia impecable estulticia, que lo convierte en arquetipo ideal de la sociedad que lo rodea, en una espiral que lo eleva hasta la cima del poder político. Tal vez, vimos en su día como una fábula la novela «Desde el jardín» («Being there») del siempre misantrópico Jerzy Kosinski que llevó al cine Hal Ashby. Nos equivocábamos. «Being there» era puro realismo. Algo anticipador quizá; pero milimétrico al diseccionar la degradación intelectual y moral de lo político. Como caricatura o hipérbole lo leímos en los setenta. Y, aunque no sabíamos con certeza lo que nos aguardaba, algo en la prodigiosa interpretación de Sellers nos vino a decir la verdad básica de historia y personaje. Nuestra risa se volvió ácida; no la recuerdo, sin embargo, desesperada. Cualquiera que vuelva a verla ahora en España -y convendría, a efectos pedagógicos, pasarla en los colegios- se echará a llorar: «¡Ha sucedido! Así somos. ¿Cómo pudo llegar a pasarnos esto?» No hay, en el fondo, cosa que nos desasosiegue más que este saber que lo sabíamos; que estaba escrito; y que todo concurría, en nuestras opulentas sociedades para que el personaje autista y semiimbécil, al cual Sellers diera cuerpo y mirada irrevocables, fuera el único modelo viable de gobernante moderno. Pero Chance, al menos, no era malo. Nuestro presente lo es. Y la risa, hace ya mucho que nos congeló el alma.

Para quien, como yo, contempla a los políticos como curiosa regresión genética de los orangutanes, ante la cual Darwin se hubiera fascinado, debería, tal vez, esto ser motivo de intelectual regocijo: mis peores previsiones se quedaron, al fin, cortas. Y quizá, de no haber sido por los doscientos muertos del golpe que precedió a su ascenso, la entronización de José Luis Rodríguez Zapatero a la suprema condición de nuestro Chance nacional del siglo entrante me hubiera podido dar un montón de risa: así imita la jodida vida al arte más extremo. Y es verdad que es fantástico. Como espectáculo, digo. En mis ya largos años de entomólogo -u oncólogo, si se prefiere- de la cosa política, no había encontrado nunca nada así; ni siquiera parecido. El cero. Absoluto. De inteligencia, cultura, de retórica, estética, gramática... Y en ese cero, la absoluta eficacia: porque no hay otra eficacia del político contemporáneo que la que contabilizan los votos en las urnas. Es éste un mundo loco. Y fascinante para el analista. Si el analista pudiera instalarse en otro planeta. Lejos. Y reír, reír. Y nunca más ser afectado por nuestro ridículo infierno.

   

Publicado en el diario LA RAZON el miércoles 9 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Majaderos" por Alfonso Ussía

Por Narrador - 9 de Agosto, 2006, 16:00, Categoría: Opniones

Para denunciar la estupidez y recordar las mentiras del pasado no es imprescindible hablar o escribir en gallego. Los gobernantes socialistas de la Junta de Galicia, apoyados por los nacionalistas del Bloque Gallego son víctimas de su más cretina majadería. Lo he escrito mal. Las víctimas son los gallegos, los paisajes y la riqueza forestal y natural de Galicia. Para apagar un fuego en aquella comunidad es imprescindible el conocimiento del gallego. La próxima será que para rescatar a un bañista que se ahoga en una playa, el socorrista tendrá que demostrar previamente que tiene un nivel de gallego aceptable. ¡Qué cercanos en la memoria los alaridos fantoches de «Nunca Mais»! Ese Pepiño Blanco, ese actorcillo Tosar, ese guionista apesebrado de Manuel Rivas... Están callados. Nada dicen. A nadie denuncian. Sus dedos no señalan culpables inventados. Galicia se quema y el Ejército no puede ayudar porque el Gobierno de la Junta tampoco le permite intervenir. Se queman los bosques, los prados y las aldeas. Ya van por tres muertos. Pero no se admiten expertos antiincendios que no hablen gallego.

Se trató de un barco que navegaba cerca de las costas gallegas. Un barco, el «Prestige», al mando de un capitán griego. Se agrietó su casco y vertió a la mar la muerte espesa de su carga. Nadie del Gobierno del Partido Popular tenía nada que ver con el «Prestige» y su desastroso estado de conservación. El por entonces Alcalde de La Coruña, el socialista Francisco Vázquez, prohibió que el «Prestige» entrara en su puerto. Fue alejado de la costa y allí se partió en dos. Fue un accidente, no un error gubernativo. Pero los idiotas demagogos, siguiendo las órdenes de los demagogos no idiotas, acusaron al Gobierno de Aznar de ser el culpable de la tragedia. Un Gobierno que reaccionó destinando a Galicia centenares, miles de millones de euros para limpiar sus costas e indemnizar a los afectados. Pero los vociferantes del «Nunca Mais» -que no ayudaron a las labores de limpieza según reconocimiento propio-, se mantuvieron en su estúpida protesta. Hoy arde Galicia y están callados. Arde un bosque y sólo pueden hacer funcionar los mecanismos que apagan las llamas los que hablan gallego. Además de fascistas y separadores, majaderos. Pero no majaderos para sus casas y sus familias. Majaderos para todos los gallegos, que se dejarán mentir en el futuro, estableciendo una vez más las reglas del juego de los socialistas, yo te miento, tú te dejas engañar y yo prometo pagarte lo que jamás te voy a pagar. ¿Dónde está la voz «intelectual» del gallego Luis Tosar, tan activo durante la catástrofe del «Prestige»? ¿Dónde la indignación escrita del publicista Manuel Rivas? ¿Dónde la cólera de Pepiño Blanco?

De un Gobierno se pueden decir muchas cosas cuando lo hace mal. Lo peor es decirle majadero. Y estos de la Junta, estos socialistas abrazados a los nacionalistas del Bloque, han aumentado una tragedia por culpa de su majadería. Para denunciar la estupidez y recordar las mentiras del reciente pasado, no es imprescindible hablar o escribir en gallego.

   

Publicado en el diario LA RAZON el miércoles 9 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

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