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Opniones

"Las perturbaciones de su señoría" por Javier Gómez De Liaño

Por Narrador - 31 de Octubre, 2006, 6:00, Categoría: Opniones

Supone bien el lector si piensa que a estas alturas de mi vida escribir de Baltasar Garzón no es cosa que me entusiasme. Sin embargo, como soy hombre que procura alejar de sí los malos recuerdos y son muchos los años que vengo sosteniendo que la falta de independencia judicial es la madre de todos los males de nuestra Justicia -aparte de que en esto de escribir apuesto por el más difícil cada día-, hoy me propongo cavilar, no sin cierto optimismo, acerca de las perturbaciones que el juez Garzón ha podido sufrir a cuenta de su intervención en el conocido como caso del ácido bórico.

El asunto es que, a raíz de esas actuaciones, el magistrado se plantó ante el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en súplica de amparo al sentirse perturbado en su independencia por lo que él denominaba «brutal y desmedido ataque» de algunos medios de comunicación, de un diputado y hasta de un miembro del propio órgano de gobierno de los jueces. A la solicitud, el CGPJ respondió con un no, pues consideró que faltaban las condiciones exigidas en la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ). Pocas horas después, un periódico editorializaba que la actitud del CGPJ era un lavado de manos ante una imputación explícita de prevaricar, que es lo que significaba acusarle de montaje para criminalizar a unos inocentes y satisfacer los intereses del Gobierno. Otros hablaron de un CGPJ compuesto por una mayoría -la que decidió no conceder el amparo- dispuesta a prostituirse por no querer salir al paso de una miserable ofensiva. Algunos colegas partidarios suyos sostuvieron que la toga del compañero juez estaba siendo colgada en la picota más alta. Incluso un profesor de Sociología -el catedrático Enrique Gil Calvo- llegó a escribir que tras las críticas se escondía el antaño sindicato del crimen y que «hoy Garzón es mucho más Garzón», aunque la verdad es que el señor Gil tiene declarado que «una vez publicado, casi siempre me arrepiento de lo que escribo».

Perturbación es acción y efecto de perturbar o perturbarse. Perturbar es trastornar la quietud o el sosiego de algo o de alguien. Según el diccionario de la RAE, independencia -que es palabra que proviene del latín pendeo/pendere, un intransitivo equivalente a estar colgado-, significa, en su tercera acepción, entereza, firmeza de carácter, cualidad que se da cuando no se es tributario de otro. Hecha la anterior precisión, la pregunta es si acaso no se ha hablado demasiado de ataques por parte de la prensa, los políticos y otros instrumentos de presión y, al contrario, muy poco de las emociones y pasiones que el juez puede llevar en su cartera. Si la independencia judicial, subjetivamente considerada, es una virtud y todo juez que quiere ser independiente ha de serlo hasta de sus íntimas convicciones -como dijo un magistrado norteamericano en 1801, el juez ha de ser independiente también de sí mismo-, ¿quién perturba la independencia judicial de su señoría, el juez Garzón?

A mí me parece que, puesto a presumir, el juez Garzón puede hacerlo de bastantes cosas, pero no de ser realmente independiente. Quede claro que en este lance no estoy haciendo una crítica de su trabajo ni estoy emitiendo un juicio sobre sus aptitudes profesionales. Me estoy refiriendo a que si hay algo que en verdad puede definirle es su insobornable pasión por la política y su fidelidad a las siglas de un partido al que abiertamente confesó su adscripción cuando se presentó a las elecciones generales como candidato número dos por Madrid, sirviendo luego en el Ministerio del Interior. De las penúltimas cosas que he sabido de él fue su participación en un acto de protesta contra la Guerra de Irak, en el que aparecía subido a un estrado junto a actores y cantantes disfrazados de Aznar con casco, que llamaban asesino al presidente del Gobierno.

El juez Garzón sabe, o debería saber, que ese tipo de acciones están prohibidas por la LOPJ y que una profesión de fe ideológica de esa naturaleza, tan cargada, además, de indiscreción, es una confesión de parcialidad. No digo que en un juez la ideología política sobre, sino que el señor Garzón la derrocha hasta la prodigalidad. Nos lo advertía Pedro G. Cuartango en una de sus espléndidas Vidas paralelas: «(...) Garzón es la única persona de este país que ha pertenecido a los tres poderes: ha sido diputado, secretario de Estado y juez.»

Insisto para que se entienda bien. Con este perfil de su señoría sólo me limito a recordar que en ese humano rincón que decimos Justicia hay jueces políticos de quienes los ciudadanos desconfían y se temen lo peor. Para mí, la historia de Baltasar Garzón es la de una trayectoria que pudo empezar honesta para torcerse en el momento que se convirtió en la figura del superjuez y por tanto, pasó ser una muesca carnavalesca muy alejada del Derecho. Vuelvo a las hemerotecas. Esta vez, a la del diario El País. En su ejemplar del 19 de enero de 1995, a propósito del sumario que Garzón instruía por el secuestro de Segundo Marey, además de dudar de su idoneidad de juez por haber protagonizado el salto espectacular a la política, el editorialista decía que «la notoriedad pública del personaje dificulta la diferenciación por parte de la opinión pública de las dos imágenes superpuestas: la del juez y la del político.»

Respecto a las últimas críticas al juez -algunas auténticas diatribas-, vaya por delante que siempre estuve a favor de la censura razonable de las resoluciones judiciales y, por tanto, en contra de la descalificación rotunda e inmisericorde. Ahora bien, también digo que los que hoy sacan pecho a favor de su señoría son los mismos que durante muchos años han jugado con entusiasmo al deporte de guillotinar jueces, sobre todo a quienes no estuvieron dispuestos a dejarse acollonar. Tomo licencia para proponer unas cuantas interrogantes que nos sirvan de orientación. ¿Qué dijeron algunos periódicos cuando un ex presidente del Gobierno calificó a dos jueces -uno de ellos era Garzón, el otro quien esto escribe- de «descerebrados» por atreverse a investigar el crimen de Estado? ¿Quién no se acuerda de aquellos jueces de la horca que llevaron al cadalso al juez Marino Barbero, encargado de la instrucción del caso Filesa? ¿Dónde se escondían los que ahora se echan manos a la cabeza cuando unas hienas hicieron de él la diana de todos los denuestos posibles? ¿Acaso no fue la década de los años 90 el paraíso de la difamación judicial, en el que periodistas y no periodistas patentaron la calumnia y la injuria como método de destrucción sistemática del honor de los jueces? Si el hombre no fuera, por naturaleza, un animal olvidadizo -a veces, también ingrato y mezquino- ante las últimas perturbaciones que denuncia el señor Garzón muchos deberían sentir vergüenza y callarse. Allá cada uno con sus contradicciones e incongruencias. En todo caso, me sumo a lo que el magistrado Javier Gómez Bermúdez decía en este periódico, en su entrevista del pasado 23 de octubre: «Muchísimos magistrados han sido insultados, ofendidos y criticados y no se han sentido perturbados en su independencia».

En cuanto al fondo del asunto, es decir, qué es lo que pueda haber en las diligencias procesales del caso del ácido bórico, desconozco los detalles. Sin embargo, a la vista de lo resuelto por la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, declarando la incompetencia de su señoría y ordenando la remisión de las diligencias a los juzgados de instrucción de Madrid, a mí me parece que es una prueba más de ese «(...) afán de acaparamiento de asuntos que caracteriza al juez Garzón. (...) Pero no es ésta la primera resolución negativa (...) en contra de sus pretensiones. Ya le ocurrió con el caso Laos cuando compitió por asumir todo lo relativo a la detención de Roldán. (...) La Justicia es un poder difuso, repartido entre diversas instancias jurisdiccionales que se controlan mutuamente y cuyo ejercicio está sometida a estrictas reglas de procedimiento. Lo que el juez Garzón considera que es suyo, de acuerdo con sus competencias, no tiene por qué serlo necesariamente si esas instancias de control que están por encima le dicen que no le corresponde. La Justicia no se paraliza por ello. Pensar otra cosa sería tanto como admitir que la Justicia se identifica con un determinado juez, en este caso Garzón. Un mensaje que algunos no se privan de lanzar por más disparatado y pretencioso que resulte».

Como el lector habrá advertido -la mejor pista es el entrecomillado-, estas palabras no son mías. Una vez más, las he tomado prestadas del archivo de El País. En concreto, de un editorial publicado el 26 de octubre de 1996, a propósito del conflicto de jurisdicción suscitado por el sumario de los papeles del CESID y que el Tribunal Supremo resolvió a favor de la jurisdicción militar.

Lo malo no es no tener razón, sino ignorar que carecemos de ella y, a renglón seguido, caer en la hueca sinrazón. A salvo ulteriores decisiones jurisdiccionales, en mi opinión la actuación de su señoría, el juez Garzón, en este asunto sólo tiene una apariencia de juridicidad. Nada más. Las diligencias de toma de declaración a los peritos, previa imputación, su señoría las llevó a cabo -lo mismo que las que, según leo, sigue empeñado en practicar- con manifiesta incompetencia, a sabiendas de que estaba actuando así, con unos fines quizá demasiado evidentes y, desde luego, no permitidos por la Ley. Esta es mi opinión que expongo con los debidos respetos y que gustosamente someto a otras más autorizadas.

Yo no soy quien para dirigir recomendaciones a nadie. En el Guzmán de Alfarache puede leerse que «consejo sin remedio es cuerpo sin alma» y no tengo a mano recurso alguno con el que socorrer a su señoría de las perturbaciones que puede padecer. Ahora bien, me da la impresión de que al juez Garzón la vida no le ha sacudido a modo. También intuyo que no sabe asimilar el sufrimiento y convertirlo en eficaz método de aprendizaje. Yo, que en eso sí me considero experto y distingo a la perfección entre los golpes en el espinazo y en el corazón, sé que de todos los palos se pueden obtener saludables frutos si se aciertan a encajar con serenidad. Ser juez no es sólo una carrera sino también un viaje interminable en el que hay que batallar con los condicionamientos personales que laten continuamente presionándote los pensamientos.

El hombre público y el juez Garzón lo es, jamás debe quejarse; menos aún, ante la concurrencia. El gimoteo es una rara suerte de perturbación que puede llevarte a perder el juicio. Se me ocurre si acaso no es hora ya de que su señoría piense si no es el anonimato lo más recomendable y que a lo mejor acertaría de lleno si se decidiese a trabajar con discreción y alejado de la política. Hasta en soledad, si fuera menester. En un rapto de nostalgia, mi todavía viva conciencia de juez me lleva a exhortarle que ese juez que es, necesitado de mirarse el ombligo todos los días, recuerde a Víctor Hugo cuando advierte que la fama, echadas las oportunas cuentas, no es más que gloria en calderilla. Hay jueces que no saben a ciencia fija si son justos, jueces dubitativos y llenos de resquemores que a veces creen que hacen justicia y a veces no acaban de creerlo; a eso se le suele llamar problemas de conciencia y así, súbitamente, empiezan muchas y profundas perturbaciones del alma.

Javier Gómez de Liaño es abogado y magistrado en excedencia

Publicado por el diario EL MUNDO el martes 31 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"La España de Federico" por José María Marco

Por Narrador - 16 de Octubre, 2006, 18:00, Categoría: Opniones

Él está contribuyendo como nadie a crear una cultura popular, nacional, liberal y democrática

El éxito del último libro de Federico Jiménez Losantos es atribuible a su éxito en «La Mañana» de la COPE. Cabe preguntarse entonces por la razón del éxito de Federico en «La Mañana». Es lo mismo, claro. En primer lugar, decir lo que piensa, lo que casi nadie se atreve a decir o a escribir. Una de las novedades de este libro es que Federico se nos ha convertido en historiador auténtico, minucioso y nada complaciente. Pero hay algo más. Federico ha llegado a ser la megaestrella de hoy porque se ha hecho portavoz de una sociedad acosada por la violencia, además de la chapucería y la incompetencia del gobierno de Rodríguez Zapatero. La gente que no se resigna a ver pisoteados sus derechos, sus convicciones y sus creencias por los postmodernos neototalitarios que nos gobiernan se siente reflejada, quizá no en todo pero siempre en alguna medida, en lo que dice y escribe Federico. Hay quien se empeña en ver en la actitud de Federico un obstáculo para que la derecha o el centro derecha vuelvan al gobierno. Es un error. Federico está contribuyendo como pocos, o mejor dicho como nadie, a crear una cultura popular, nacional, liberal y democrática. (Y de base cristiana, por si todo eso fuera menor.) Los gobiernos del Partido Popular no hicieron casi nada por fomentarla. No salen bien parados en el libro de Federico, menos que nadie Aznar. Pero la crítica retrospectiva no debería llevar a engaño a los actuales responsables políticos. Aznar creó un gran partido nacional, un legado, entre otros, que Federico reconoce en lo que vale. Los sucesores de Aznar cuentan todavía con ese gran partido. Y tienen además, gracias a gente como Federico, un movimiento de base auténticamente popular, con objetivos articulados, de una fortísima consistencia intelectual (en progreso, además) y unas convicciones morales templadas en la defensa de la democracia y la libertad. España ha cambiado. ¿Tendrán los políticos de la derecha imaginación bastante para responder al desafío? No les debería ser muy difícil, la verdad.

Publicado por el diario LA RAZON el lunes 16 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

«Zapatero va a dejar un Estado inviable si la deriva nacionalista actual no se detiene»

Por Narrador - 11 de Octubre, 2006, 8:30, Categoría: Opniones

Pedro J. Ramírez afirma que EL MUNDO seguirá investigando el 11-M, al margen de lo que digan los partidos políticos y la sentencia judicial

MADRID.- «José Luis Rodríguez Zapatero va a dejar un Estado inviable si la deriva nacionalista actual no se detiene». Ésta fue la advertencia que lanzó ayer el director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, ante el auditorio del Club Rotario de Madrid, reunido en el hotel Palace.

Pedro J. realizó un pormenorizado análisis sobre la delicada situación que atraviesa la nación española tras la aprobación del Estatuto de Cataluña y la presión de los nacionalismos catalán y vasco: «Veremos si la España constitucional es capaz de sobrevivir a las concesiones que está haciendo Zapatero en materia de soberanía». Ante esta situación, Pedro J. Ramírez mostró su esperanza en que el Tribunal Constitucional rechace finalmente parte del articulado del Estatuto catalán.

Durante la conferencia, el director de EL MUNDO recordó que, tras los continuos escándalos de corrupción durante los gobiernos de Felipe González, la sociedad española fue capaz de reponerse y «de esa enfermedad no han quedado secuelas». Sin embargo, a su juicio, los graves errores de la gestión de Zapatero se van a arrastrar durante varias generaciones, hasta el punto de que está en peligro el Estado constitucional de 1978. «Esto va a distinguir el legado de Zapatero del de sus predecesores», indicó el periodista durante el almuerzo del Club Rotario, una asociación internacional dedicada a realizar labores altruistas.

Durante el acto, el director de EL MUNDO impuso la distinción Paul Harris -fundador de los rotarios- al director general del Banco Santander Enrique García Candela como agradecimiento a las contribuciones solidarias de esta entidad bancaria.

Para Pedro J. Ramírez, el vaso se está desbordando. Como botón de muestra, puso el ejemplo del sanguinario etarra José Ignacio de Juana Chaos, un episodio que ha disparado todas las alarmas. Según informó ayer EL MUNDO, el Ejecutivo negoció con Batasuna el fin de la huelga de hambre del etarra y la Fiscalía anunció además que estudia reducir la petición de pena para De Juana de 96 hasta seis años. «Un gobierno puede y debe hablar con una banda terrorista, pero depende de qué. Lo que no puede hacer ningún gobierno es ceder al chantaje o a la coacción realizados por una banda terrorista», manifestó.

En cuanto a la investigación del 11-M, el periodista lanzó un aviso a navegantes: «No hay fuerza en esta tierra que vaya a impedir que, mientras España sea una democracia, EL MUNDO siga investigando los hechos y los enigmas del 11-M. Y eso es independiente de lo que digan los partidos políticos y de lo que diga la propia sentencia».

De hecho, el presidente del tribunal, Javier Gómez Bermúdez, ha reconocido que lo que se va a dictaminar en el juicio es únicamente si los 29 procesados están implicados en los trágicos sucesos.

Además, Ramírez destacó que este diario no sostiene ninguna teoría de la conspiración ni que ETA intervino en el 11-M. «Lo que sí sostiene es que hay una decisión política para impedir que se investigue si ETA participó en los atentados. El Gobierno tiene pánico a que esa hipótesis pueda llegar a ser verdad. Hay un veto político a que la Policía haga su trabajo y proporcione todos los datos en el juicio», afirmó el periodista. Suceda lo que suceda al final de la investigación, el director de EL MUNDO quiso dejar bien claro que nada de lo que se descubra invalidará los resultados de las elecciones de 2004, en las que Rodríguez Zapatero alcanzó el poder.

Pedro J. Ramírez también aseguró que respetaba la actitud conformista de otros medios de comunicación con la versión oficial sobre los atentados del 11-M, pero pidió el mismo respeto para «la opinión disidente, analítica y de búsqueda permanente que caracteriza el comportamiento de EL MUNDO».

Una información de A. D. B. publicada por el diario EL MUNDO el miércoles 11 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Opiniones sobre la Nación Española

Por Narrador - 9 de Octubre, 2006, 9:00, Categoría: Opniones

La Nación, agredida” por Ignacio Sánchez Cámara

Una de las maneras de agredir a una nación consiste en infamar y falsificar su pasado

El miércoles pasado se presentó en Madrid la Fundación para la Defensa de la Nación Española, generosa, valiosa e imprescindible iniciativa de Santiago Abascal, diputado del PP en el Parlamento vasco.

Su objetivo queda ya explícito en su denominación, y pretende ejercitar iniciativas jurídicas en defensa de la Nación española y su unidad. Al parecer, ya ha emprendido algunas. Su presentación pública despierta, al menos en mí, un sentimiento ambivalente: de alegría y satisfacción ante la iniciativa, y de melancolía y amargura ante su urgente necesidad. ¿Tendría sentido y sería necesaria una fundación semejante en naciones como Alemania, Francia o Estados Unidos? Vuelve a planear sobre nosotros, con la concordia nacional rota, el falso mito de las dos Españas y el decrépito fantasma de la anomalía española.

Si nación es empresa y tradición, cabe acometer la defensa de una nación en sus tres dimensiones temporales: pasado, presente y futuro. Una de las maneras de agredir a una nación consiste en infamar y falsificar su pasado. En lo que muchos, torpemente, llaman territorio del Estado español, no ha habido ni hay otra nación que la española. Todos los reinos y territorios medievales se sintieron siempre parte de España, hasta que culminó el proceso de integración nacional.

Nuestra nación ha sido desmesurada en sus gestas y virtudes, y también en algunos errores y vicios, pero el saldo sólo se puede repudiar desde la ignorancia o el resentimiento. Su diversidad ni es mayor que la de otras naciones europeas, ni deteriora o impide su unidad. España no es inteligible sin el cristianismo y sin la dimensión europea y americana. Sin ellos, podrá ser otra cosa, pero no España. Sólo los necios y los ignorantes consideran que la defensa de la tradición española es propia de la derecha, incluso de la extrema.

Si cierta izquierda, anoréxica de neuronas, olvida sus raíces y desprecia a sus predecesores que tanto amaron a España, es su problema. Lo malo sería que se encontrara ejerciendo el gobierno.

De ahí derivan las agresiones que sufre en el presente, males que no por viejos son menos dolorosos: el separatismo y el terrorismo; la política autonómica anticonstitucional que reconoce, en contra del derecho y de la historia, y sin convocar al titular de la soberanía, el falso pulular de varias realidades nacionales que reduce a España a Estado anoréxico o residual; la dejación de obligaciones históricas en el conflicto de Gibraltar, cuya descolonización fue hace muchos años avalada por Naciones Unidas; la desorientación de una política exterior que se aleja de Occidente y coquetea con las dictaduras de izquierda.

No hay que cansarse de proclamar que hoy la causa de la libertad política marcha íntimamente unida a la de la unidad de la Nación. El referente bien podría ser Cádiz de 1812.

El patriotismo constitucional sólo puede asentarse en un patriotismo nacional y liberal. Sin Nación española no puede haber ni Constitución, ni libertades públicas. Acaso la prueba pueda encontrarse en que los enemigos de la unidad nacional lo son, casi sin excepción, también de la libertad política y de los derechos de los ciudadanos. Donde campa el nacionalismo secesionista, retroceden las libertades y avanzan las identidades totalitarias. Asistimos quizá a un proceso insólito en el que es el propio Gobierno el que hace dejación de sus obligaciones de defensa de la Nación. Lo normal es que las amenazas sean exteriores, y sin duda, las hay, y también interiores, pero no lo es que se adueñen de las instituciones.

Por último, si nación es también proyecto y empresa, su supervivencia dependerá de la voluntad de sus miembros de convivir o no juntos. En cualquier caso, quienes aspiren a romper la unidad nacional, incurriendo en grave responsabilidad moral y política, deberán, al menos, hacerlo respetando la Constitución y las leyes. En este sentido, cabe apelar a los dirigentes y militantes del PSOE que, es seguro que los hay, disientan de la dirección actual de su partido en defensa de la supervivencia nacional para que contribuyan a la rectificación de un proceso extraviado. Mucho es lo que hay que hacer para revitalizar el proyecto nacional español.

No le faltará, por desgracia, duro trabajo a la nueva Fundación. Sólo cabe desearle entusiasmo y éxito en la empresa, y quizá también que pronto su fin fundacional resulte innecesario porque haya sido vencida la agresión. Su mayor triunfo consistiría en que en poco tiempo pudiera disolverse como consecuencia de que la nación española no necesitara ya defensa. Sólo necesita defensa quien es agredido y atacado. Pero mucho me temo que no vaya a ser así. Se avistan tiempos difíciles para la nación española, a menos que reaccionen, pronto y enérgicamente, la mayoría de los españoles.

Publicado por el diario LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“En defensa de España” por José María Marco

A diferencia de otras grandes naciones europeas, hoy somos españoles sin conciencia de lo que eso quiere decir

La Fundación para la Defensa para la Nación Española, recién presentada en Madrid, es de las más valiosas iniciativas para defender lo que parece una causa perdida. Los extranjeros se sorprenden de que un país con tantos éxitos recientes como España necesite instituciones como ésta. Muchos españoles, sencillamente, no lo entienden. Y ahí está la cuestión, previa, en realidad, a la acción política. Se trata por lo esencial de un problema cultural y moral. Desde hace más de un siglo, muchos de los mejores profesores, escritores, intelectuales, artistas y políticos españoles han dedicado su vida entera, todo su esfuerzo, a destruir sistemáticamente la idea de España como una entidad positiva, viva, integradora. Y después de demolerla con saña, con resentimiento, han sembrado de sal lo que quedaba de lo que una vez fue una tierra extraordinariamente fértil, capaz de dar a luz a una cultura asombrosa en su riqueza y dinamismo. El resultado de este trabajo sistemático llevado a cabo durante más de un siglo es la ruptura completa de la continuidad. A diferencia de lo que ocurre en otras grandes naciones europeas, hoy somos españoles sin conciencia de lo que eso quiere decir. El legado infinitamente rico de sueños, de proyectos y de sacrificios del que somos fruto nos resulta ajeno. Apenas nadie se identifica con él, pocos son capaces de comprenderlo e interpretarlo, casi nadie lo enseña. En un siglo, las élites españoles esterilizaron la raíz de su propia nación. Cierto que nos seguimos llamando españoles, pero es como quien lleva un nombre arbitrario, una cáscara cuya almendra y significado desconocemos. Por eso, porque se ha destruido la continuidad, cualquier proyecto de defensa de la nación española encara un futuro tan difícil. Y como nos falla el suelo en el que apoyarnos, estamos en manos del primer cínico sin escrúpulos dispuesto a aprovecharse de la situación. Cualquier proyecto destinado a defenderla, como sería la reforma de una ley electoral delirante, parece condenado de antemano. No nos rendiremos, aun así. Bienvenida sea la nueva Fundación. Y a ayudarla.

Publicado por el diario LA RAZON el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Un silencio casi insoportable" por Charo Zarzalejos

Por Narrador - 9 de Octubre, 2006, 7:00, Categoría: Opniones

«En estos casos nada es lo que parece. Hay escenificación, ganas de protagonismo, vértigo y todo son medias verdades y medias mentiras». Éste es el análisis que hace un veterano dirigente del PNV, muy ajeno a la política diaria, pero buen conocedor del mundo de ETA y con una dilatada experiencia política. Cree que Zapatero «es frío y calculador pero sin historia suficiente para conocer a esta gente», y «esta gente, aunque ahora sean otros a los que fueron en los ochenta, son los mismos. Tienen el mismo discurso y además no son tontos».

Y hay un punto en el que los acontecimientos le dan la razón, y es que en este proceso nada es lo que parece. Parece que Batasuna está muy enfadada y que el proceso está en crisis. Parece que el presidente tiene todas las cartas en la mano, todo bajo control y que, incluso, tiene el dibujo final del laberinto. Parece que la quema de cajeros, incendios de sedes y juzgados es «kale borroka» pura y dura, pero no hay que condenarlo porque no es para tanto y, además, se trata de poner palos en la rueda, que es lo que dijo el portavoz socialista José Antonio Pastor en el Parlamento vasco. Ayer mismo, cuando todos condenaron el ataque al juzgado de Pasajes, ¿no dramatizaron? ¿Dónde se encuentra la verdad? ¿En el rechazo del Parlamento vasco a condenar la violencia callejera o en las condenas de cada cual? Pase lo que pase, lo correcto es hacer como el Parlamento vasco. No condenar, no dramatizar.

El silencio del presidente comienza a ser casi insoportable. «Los agoreros no van a tener razón», le gusta decir, pero aquí no hay agoreros, hay desconcertados ante el silencio del presidente, porque sus palabras son, para los demócratas, las importantes. Pero el presidente no dice nada, salvo que el proceso está en marcha. No dice nada a nadie y cuando a alguien le toca decir algo es la vicepresidenta, que cuando habla del proceso su sonrisa se queda tan sonriente como helada.

Pero, ojo, que el presidente tampoco dice nada del candidato a la Alcaldía de Madrid, salvo que «Rafa y yo decidiremos» sobre el asunto. Naturalmente, nadie se cree que Simancas vaya a ser voz decisiva. Quien está desbrozando el camino es Pepe Blanco, que como bastante tiene con las municipales, del «proceso» quiere saber lo justo. Cuanto menos mejor. Entre los socialistas el lema es «eso es cosa del presidente». Hasta hace poco se referían sólo al proceso, ahora también al rival de Gallardón.

Cada vez más cuestiones rozan el misterio. Lo que no es misterio alguno es que hasta hace unas semanas CiU ganaba con holgura las elecciones catalanas, pero en septiembre los datos que tienen el PSOE aseguran que acortan distancias. En cuanto Montilla se deje, le van a aconsejar que «arriesgue». No se concreta en qué consiste el riesgo. Lo que sí es seguro es que no va a apostar por hacer de Cataluña una autonomía generosa y solidaria con la inmigración. «Tenemos muchos, muchísimos», dicen al unísono socialistas y convergentes, que ahora con los Presupuestos se van a ver las caras. En el PP creen que mantienen posiciones en Cataluña, que conservan Madrid -«la joya de la corona»- y que ganan posiciones en todas las capitales andaluzas y en pocas localidades gallegas. Insisten en que pueden ganar las generales si la participación no supera el 72 por ciento.

Hoy Mariano Rajoy reúne a la dirección de su partido. Ve con satisfacción que los líderes regionales cada vez están más afianzados y en la periferia intuye una excelente cantera para los tiempos venideros, para cualquiera que sea la suerte electoral mantener el proyecto, «el único que es capaz de ser contrapunto al socialismo». Hasta los más críticos con Aznar, que en el PP también los hay, creen que el gran acierto del expresidente fue organizar la derecha en un proyecto «duradero». «Siempre hemos sido un desastre y ahora somos y seguiremos siendo un proyecto consolidado».

Zapatero de su partido viene a decir lo mismo. «Somos un partido unido en el que se convive». Y callan. Muchos socialistas siguen con las manos en la cabeza, pero callan. Y callados deberán seguir si las cosas no van bien. Todos han unido su suerte a la del presidente y por seguirle se le dice al PP, «ale, os chincháis. No apoyamos vuestra propuesta de condena a la kale borroka, porque queréis incordiar y además dramatizáis». Después de escuchar al portavoz socialista en el Parlamento vasco, los nacionalistas se quedaron sin palabras. Pastor, socialista, lo había dicho todo y más.

Publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Suscriptor" por Alfonso Ussía

Por Narrador - 3 de Octubre, 2006, 15:00, Categoría: Opniones

Un periódico, como el nuestro, que crece día tras día empujado por el entusiasmo de cuantos lo hacen, no puede traicionar a los suyos

Escribo en LA RAZÓN y soy suscriptor de LA RAZÓN. Es una forma de identificarme con el periódico que me ha devuelto la libertad, y en el que pienso permanecer hasta que se cansen de mis colaboraciones. Cuando escribía en ABC me suscribí también. Y he seguido suscrito hasta la semana pasada. Veinte años, más o menos. ABC era un periódico de suscriptores, y recuerdo una esquela divertida. Bajo la cruz y el nombre y apellidos del fallecido se leía: «Suscriptor de ABC». El motivo del mantenimiento de la suscripción a mi viejo periódico, que fue admirable y es parte de mi vida, no ha sido otro que el cariño, respeto y admiración que siento por uno de los más grandes de mis amigos, Antonio Mingote. Pero le he pedido permiso para dejar de ser suscriptor de ABC y Antonio, a regañadientes, me lo ha concedido.

Volaron rumores de una posible fusión de ABC con LA RAZÓN. En tal caso dejaría de escribir en LA RAZÓN. Un periódico, como el nuestro, que crece día tras día empujado por el entusiasmo de cuantos lo hacen, no puede traicionar a los suyos. Los empresarios no están capacitados moralmente para unir dos conceptos diametralmente opuestos -en la actualidad, quiero decir-, de orientar y hacer periodismo. Un periódico joven que crece y se refuerza no puede cargar con el lastre de un gran diario envejecido y decreciente por una equivocada, ambigua y algo paleta acción empresarial. ABC ya no es el periódico de los Luca de Tena, aunque mantengan una alta participación accionarial. ABC es un periódico perdido en un grupo periodístico muy fuerte y respetable que hace muy bien los diarios de provincias, esos que tienen que estar siempre al lado de todos los poderes sin que se note excesivamente. ABC ya no es mi ABC, a pesar de haber mantenido mi fidelidad no compartida en los últimos tiempos. Y ahí he dejado a Mingote, y en Sevilla a Antonio Burgos, y a muchos amigos que viven alarmados por su desmoronamiento. La suscripción, y vuelvo al principio, es una identificación. Y yo he dejado de sentirme identificado.

Me gusta lo que va hacia arriba, lo que promete. No he sido nunca esquiador porque el esquí es una actividad que sólo entiende de los descensos. Y me he suscrito a «El Mundo» porque ofrece talento y valentía. No entro en la guerra de sus diferentes posturas respecto al 11 de marzo, pero «El Mundo» tiene y defiende la suya, y ABC sigue lastimosamente la de «El País». Me conmueve que ABC se haya convertido en «El Paisito». Ese periódico fue certero, leal y escrupulosamente fiel a su verdad. Y a la libertad. Y a la singularidad frente el aborregamiento ante el Poder. Y lo fue en tiempos difíciles y ásperos, consecuencia del compromiso de una familia con sus ideales. Hoy mandan ahí los que piensan un día desde La Moncloa, otro desde «Ajuria Enea» y el tercero desde no se sabe dónde. Y la identificación se hace difícil en esas condiciones.

Abandonar la suscripción al ABC no es un paso agradable para quien ha escrito durante más de veinte años en esas páginas. Escribo de mi renuncia para intentar reavivar el orgullo perdido de un periódico que se hunde. Y ese periódico está hecho por unos profesionales extraordinarios que no merecen ser víctimas del naufragio. ABC jamás ha sido un seguidor del Poder. Luchaba y vencía, como hace ahora LA RAZÓN. Me voy de entre sus lectores por convicción y con melancolía.

Publicado por el diario LA RAZON el martes 3 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Zapatero en la cumbre" por Luis Maria Anson

Por Narrador - 3 de Octubre, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

Gloria a Zapatero en las alturas y paz en el Líbano a los hombres de buena voluntad. El presidente por accidente ha conseguido la aspiración máxima de todos los políticos del mundo: el elogio de Chávez. El caudillo venezolano se abrió en la cumbre de La Habana para cantar las glorias de Zapatero, que está edificando la España de García Lorca. Todos los grandes dirigentes de Oriente y Occidente, el Papa Benedicto XVI, la reina de Inglaterra, el emperador del Japón, los presidentes de la India y China, han pagado lobbies internacionales para alcanzar la máxima distinción a la que se puede aspirar en el mundo actual: el elogio del caudillo Chávez. Sólo Castro y Zapatero han conquistado tamaño honor. Ahmadineyad, el persa, está haciendo méritos. En los pasillos del Palacio de la Moncloa, los bedeles, escoltas, ayudantes y secretarias aplauden ya al presidente cada vez que le ven. Zapatero I el de las mercedes no cabe en sí de satisfacción. «¡Chúpate esa!», le ha dicho delicadamente a Felipe González, enarcando sus cejas de acento circunflejo. Ni Prieto ni Besteiro ni Pablo Iglesias se pueden comparar con él. Zapatero es ya Padilla, Bravo y Maldonado en una pieza; es un Olivares sin epístolas cabronas de Quevedo; un Aranda a caballo sobre la Puerta de Alcalá y la Conferencia Episcopal. Su gloria no es de este mundo. Hay que remontarse al Siglo de Oro para establecer comparaciones. Mejor aún, a la Edad Media, porque el Cid cabalga de nuevo.

Y ¿a qué se debe que el gran Chávez haya elogiado a nuestro presidente sonrisas? A que por primera vez, tras siglos de decadencia, la política exterior española ha sabido elegir aliados. González se estrechó con la Europa a la deriva de Francia y Alemania. Aznar fue el delirio, del bracete con seres deleznables, dirigentes de naciones menores como Inglaterra y Estados Unidos. Zapatero ha conseguido superar la decadencia, el precipicio que bordeaba España, y se ha aliado con el tirano Castro, el malvado Kirchner, el caudillo bufón Chávez, el elegante Evo, el autócrata Ahmadineyad, formando contra Estados Unidos el eje del bien, desde el que se agravia a Israel, se enaltece a Hizbulá, se defiende a Hamas y se elogia la política nuclear de Corea del Norte o Irán.

Frente a la pusilanimidad de la débil política de años pasados, Zapatero ha encontrado el camino de la gloria y de la estabilidad en medio del aplauso general de los pueblos verdaderamente libres, como el cubano y el venezolano. Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo. Ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo, ya viene oro y hierro el cortejo de los paladines. Es la marcha triunfal de Rubén con el gran timonel español escoltado por Rubalcaba y Pepiño, por Trinidad y Suso de Toro, por Montilla y el ministro Moratinos, que cometió el desatino de enviar a un secretario de Estado a la cumbre de La Habana en lugar de aparecerse él en persona.

Menuda putada, en fin, que en España se reaccione cicateramente ante la gloria de Zapatero y no caiga de hinojos ni Jesús de Polanco. Vivimos en el país de la envidia y la cicatería, en la nación de los periodistas que quieren investigar, los muy cabroncetes, el 11-M; en esta España absurda que mantiene la unidad nacional desde los Reyes Católicos como si eso fuese un acierto, incapaz todavía el pueblo español de entender la clarividencia de Zapatero, que, junto a la grandiosa política internacional merecedora del elogio de Chávez, nos prepara la dicha de trocear a España y devolvernos a la Edad Media, superando así la breve etapa de cinco siglos que abrieron los mencionados Reyes Católicos, los cuales, la verdad, como afirma Pepiño, no eran más que unos reaccionarios y, además, un poco fascistas.

Publicado por el diario EL MUNDO el martes 3 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"¡Qué mal defiende ZP!" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 10 de Septiembre, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

Hace casi 20 años que colgué las botas y, teniendo en cuenta que mi porcentaje de aciertos en lanzamientos triples ya rondaba por entonces un patético 10%, ni siquiera una invitación a jugar en La Moncloa me llevaría a volver a hacer el ridículo sobre una cancha de baloncesto. No hablo, por tanto, con el conocimiento de causa de aquellos tiempos en que el pádel me servía de pretexto e instrumento para bucear en el enigmático carácter del Faraón hecho Esfinge. Esta vez toco de oídas. Pero también todo es mucho más obvio y patente. Por eso, me limitaré a poner un contundente tapón -un gorro dialéctico cuando el balón presidencial está aún en plena trayectoria ascendente- frente a la extraviada pretensión de Zapatero de proyectar sobre la laureada selección española sus propios atributos políticos.

Porque no sólo no es cierto que una de las claves de su invicta trayectoria en el Mundial fuera «un gran talante», al modo blandiblú como él lo entiende, sino que estoy dispuesto a argumentar que el verdadero cemento de los nueve triunfos japoneses fue un sentido del compromiso y un bloque de valores humanos prácticamente opuestos a los que vienen impregnando su conducta como gobernante.

No se trata de acudir en defensa de unos baloncestistas, que han demostrado bastarse por sí mismos para definir ante propios y extraños su identidad colectiva, sino de salir al paso de la impostura oportunista, indemnizando ipso facto al alero leonés con una cordial asistencia dentro de la zona: mucho más le valdría a Zapatero que, en lugar de sacar pecho y ufanarse de ese falso contagio de «talante», dedicara algún tiempo a analizar las razones sustanciales de los éxitos de los hombres de Pepu Hernández, con el propósito de copiarlas. Otro gallo nos cantaría a los españoles si las reglas de la nación fueran las mismas que las de esta abnegada selección.

¡Claro que a todos se nos hizo la mirada almíbar cuando Rudy Fernández se citó en pleno vuelo con el paquete que Sergio Rodríguez le enviaba por correo aéreo y consumó el deslumbrante alley oop que supuso la guinda de ese inaudito primer cuarto en el que nos situamos 29-11 por encima de Lituania! Pero, como bien saben ZP y cualquier conocedor cabal del baloncesto, no fue ese alarde de genialidad, ni los prodigiosos rectificados de Pau Gasol entre un bosque de defensores, ni las bombas de La Bomba, ni las rachas triplistas de Garbajosa lo que nos hizo conquistar ese partido y los siguientes. El que los Harlem Globe Trotters perderían la mayoría de los encuentros si compitieran en la NBA es mucho más que un tópico. No, lo decisivo no era que en sólo 10 minutos les hubiéramos enchufado casi 30 puntos a los sobrinos de Sabonis, sino que ellos se habían quedado en 11.

Así lo explicó el propio Gasol analizando al final un partido en el que España forzó hasta 28 pérdidas de balón de los lituanos: «Debemos estar felices sobre todo con nuestra defensa. Este equipo tiene un montón de jugadores capaces de encestar. Hoy ha sido Juan Carlos (Navarro), mañana pueden ser Garbajosa, Calderón o cualquiera. Pero la clave fue la agresividad con que empezamos a jugar, demostrando que tenemos hambre de victorias».

Por eso, si haber dejado a los bálticos en 67 puntos tenía su aquel, más impresionante aun resultaba para los connaisseurs que en su propio partido de cuartos de final Grecia no hubiera permitido a Francia pasar de 56. Especialmente porque, como todo buen cocinero antes que fraile, su entrenador Panagiotis Yannakis lo tenía clarísimo: «Sabíamos que si defendíamos duro los franceses no podrían aguantar más de 30 o 35 minutos. Lo esencial del baloncesto no es driblar y tirar sino defender. En mi equipo todos los jugadores son capaces de dejar su propio ego a un lado».

Afortunadamente para España eso no fue así y algunas de las estrellas griegas -Spanoulis, Papaloukas- con el ego disparado por el mágico correcalles en el que se fueron a 101 puntos frente a los 95 de los archifavoritos Estados Unidos, abordaron la final con la sensación de que el trabajo más difícil ya estaba hecho y pensando casi más en el entorchado individual de Most Valuable Player que en terminar de cazar a ese oso lisiado cuya piel llevaban dos días vendiendo mentalmente. ¿Si habían podido con un gran combinado NBA, cómo no iban a dominar a una España que concurría inesperadamente castrada de su máximo encestador, intimidador y -sobre todo- reboteador?

Pero si la condición de finalista de los griegos se había engendrado entre las burbujas de champán de una espectacular serie de aciertos desde la línea de tres puntos, la supervivencia de España era el fruto de la abnegación, entre la sangre, el sudor y las lágrimas de la adversidad que estuvo a punto de noquearla ante Argentina. Si alguien me pregunta cuál debe ser el lance a recordar de este Mundial inolvidable, mi elección serán dos simples tiros libres: los que Gasol encestó con el quinto metatarsiano roto, con plena conciencia de que sería lo último que podría hacer antes de troncharse, herido por el dolor, la rabia y la impotencia, sobre un banquillo en el que un entrenador que ocultaba a sus pupilos el agravamiento de la enfermedad que, al día siguiente, acabaría con la vida de su padre, tenía que improvisar alternativas tácticas tras la fatídica lesión.

Lo esencial de la certera comparación que Cayetana Alvarez de Toledo hizo el pasado domingo entre la estampa de Gasol sujeto sobre los hombros de Garbajosa y su hermano Marc y una tabla flamenca inspirada en el descendimiento de Cristo de la cruz no era la constancia de que el Mesías de los Memphis Grizzlies había sido noqueado por el rayo del destino, sino el sobrecogido estupor de sus discípulos. En esa diferencia de estado de ánimo colectivo estuvo la clave de la final: Grecia se sentía empujada hacia el oro por las alas de la inercia, España sabía que le aguardaba la más empinada de las cuestas y que ya sólo quedaban cirineos para cargar con la cruz.

Lo hicieron de la forma más heroica imaginable: apretando los dientes y aguantando el compás abierto de las piernas en los uno contra uno hasta sentir las agujetas a la vez en las mandíbulas y en la juntura entre el cóccix y el sacro; encogiendo la pista con una abnegada zona presionante que, invirtiendo las tornas, hacía de cada ataque del rival un drama griego en el que sólo cabía matar o morir; volando solidariamente en ayuda del hermano que movía sus brazos ante el poseedor del balón, cual aspas de molino quijotesco; palpitando en cuerpo y alma con cada avance del reloj hacia el anhelado segundo 24 en el que la bocina de la recuperación era el bálsamo de Fierabrás que trocaba en dicha todos los padecimientos.

Y una vez que la cárcel en la que encerramos a los griegos no fue ni la de los 67, ni la de los 56, sino la de unos misérrimos 47 puntos, el saldo encestador propio ya no era sino una anécdota dentro de la necesariamente holgada victoria de España.

Fue un triunfo más adecuado a la idiosincrasia de una Final Four del campeonato universitario norteamericano que a la de un torneo mundial. Y a quien desee profundizar tanto en el concepto deportivo como en la crítica a la actual forma de gobernar España que esa comparación y este artículo entrañan, no puedo sino recomendarle la lectura del capítulo titulado Chapel Hill, dentro de la biografía de Michael Jordan escrita por el gran reportero de guerra y agudo analista político David Halberstam.

Chapel Hill es el nombre del campus de la Universidad de Carolina del Norte en el que durante 37 años forjó su leyenda e impartió sus lecciones el entrenador Dean Smith. «Unas lecciones que -como escribe Halberstam- tenían más que ver con la vida en su conjunto que con el baloncesto, porque detrás de ellas había una escala de viejos valores, casi calvinistas, cada vez más en peligro dentro del materialismo creciente de la cultura deportiva en América».

¿Cuáles eran esos valores? «Respeto hacia el equipo, respeto hacia la autoridad, respeto hacia el juego, respeto hacia el oponente». Dominándolo todo, quedaba el precepto definitivo: «Cuanto más te esfuerces para alcanzar una meta, cuanto mayores sean los sacrificios personales que estés dispuesto a hacer, mayor será el significado que todo ello tendrá algún día para ti». Allí nadie hablaba de dinero, ni de sondeos de intención de voto.

Caracterizado por sus buenos modales, incansable partidario de la integración racial y nada tímido en su toma de postura en contra de la guerra de Vietnam, el estilo de Dean Smith supeditaba, sin embargo, ese buen talante progresista a una implacable ética del esfuerzo. «Todo estaba construido entorno al concepto de equipo y en contra de los peligros del invidualismo y el ego. En el fondo era un sistema muy disciplinado».

En ese caldo de cultivo en el que el acierto era fruto de la incansable repetición, en el que el mérito se compartía obligando a quien encestaba a señalar con el dedo a quien le había proporcionado la asistencia, en el que los más veteranos siempre eran los titulares en el último partido que se jugaba en casa, en el que lo más importante era defender, luego defender y después defender, es en el que se pulió el extraordinario diamante en bruto que era Michael Jordan. Y hasta el mismo día de su retirada él reconoció que los verdaderos cimientos que sujetaban el rascacielos de sus mates imposibles, de sus entradas deslumbrantes, de sus encestes inauditos en el último segundo y de sus estadísticas estratosféricas estaban en las aulas de Chapel Hill.

Que nadie alegue ahora que para cabriola circense esta extrapolación, pues ni siquiera creo que haga falta recurrir a lo que dice Homero en La Odisea para argumentar que el deporte siempre ha sido percibido como la mejor metáfora para el entendimiento del homo ludens que late bajo cualquier trayectoria pública. Y basta repasar su política territorial, con la dejadez que supuso permitir que de Cataluña llegara el Estatuto que llegó -¿por qué el PSOE no presionó al PSC en esa parte de la cancha?-, con la condescendencia con la que se consintió a Artur Mas meterse hasta la cocina para arrancar todas sus pretensiones clave en aquella aciaga sabatina de patio de colegio monclovita, con la irresponsable apatía con la que se está tolerando que ETA y su mundo vayan ganando posiciones, centímetro a centímetro, dentro de la bombilla desde la que intentan perforar la canasta de nuestra soberanía, y con la abulia de lánguido gigantón con la que mantiene las manos abajo, incluso ante la humillante reiteración de rebotes tan denigrantemente ofensivos como los de los presos que exhiben su verdadera faz intimidatoria ante el mismísimo aro de la Audiencia Nacional, para concluir que ZP es el más insulso defensor que se ha enfundado la camiseta de presidente del Gobierno desde que se empezó a disputar la liga ACB de la democracia.

Es verdad que el juego en ataque a veces lo borda con fulgurantes carreras como la de la retirada de las tropas de Irak, penetraciones inesperadas por estrechos resquicios como la de la legalización de las bodas gays, ganchos oportunistas e ingeniosos como el de la Alianza de Civilizaciones, o incluso remotos tiros de tres como éste del mal llamado proceso con el que pretende burlar a la vez a ETA, al PNV y al PP. Pero por mucho que mantenga la renta acumulada por más de una década de ortodoxia en la política económica, su falta de intensidad defensiva en torno al perímetro de la integridad del Estado terminará pasándole factura y volviendo baldío todo lo demás.

Lo hemos visto también con la crisis de los cayucos en la que ha dejado a De la Vega la misión imposible de intentar interceptarlos sin hacer falta intencionada, con el asunto de los incendios en el que encima se ha ofendido porque Rajoy le proponga el equivalente a una eficaz defensa de ayudas en forma de Centro Nacional de Emergencias y, por supuesto, con nuestras investigaciones del 11-M ante las que se ha cruzado de brazos, mientras Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y compañía no cesaban de encestar, hasta que no ha tenido más remedio que mandar al banquillo de la sospecha a quienes, entre tanto, se habían ido cargando de personales a base de todo tipo de marrullerías.

La cuestión es si todos quienes, habiéndole votado o no, formamos parte, mal que a algunos les pese, de una misma plantilla y de un único club vamos a permanecer también pasivos ante unos planteamientos tácticos equivocados que pueden dilapidar una trayectoria de casi 30 años durante los que nuestros éxitos, mundialmente reconocidos, han sido el fruto del duro entrenamiento, la constancia y la sacrificada disposición a darlo todo por defender los valores constitucionales. De momento, con las elecciones aún lejanas, sólo se me ocurre suscribir o incluso promover una declaración de intenciones como la que se encontró en su habitación Bobby Knight -el otro entrenador de referencia del baloncesto universitario norteamericano- el día en que como seleccionador nacional encaraba la final olímpica de Los Angeles tras unos meses de complicadas relaciones con sus jugadores: «Nos hemos tenido que tragar demasiada mierda como para permitirnos el lujo de perder ahora». Aunque la nota aparecía firmada por El Equipo su autor era Michael Jordan quien ya antes del descanso dejó sentenciada la medalla de oro, liderando la apertura de una brecha de 27 puntos frente a una acogotada España. Yo estaba allí, aquella tarde de verano del 84, fijándome en cómo defendía.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"La larga mano de ZP" por Victoria Prego

Por Narrador - 10 de Septiembre, 2006, 11:00, Categoría: Opniones

Jordi Pujol asegura que el Estatuto ha dejado hondas heridas y que «ese incendio no está apagado». CiU cree que ZP no dejará a Montilla reeditar el tripartito pero, si lo hiciera, perdería su apoyo en Madrid. Zapatero, como el César, tendrá en su mano la vida y la muerte políticas de quienes aspiran a gobernar

Pujol está preocupado. Sabe desde hace tiempo, aunque no ha querido reconocerlo hasta ahora, una vez que el Estatuto ha conseguido salir adelante de mala manera, que las cosas se han hecho muy mal desde Cataluña. Y, aunque insiste en que el resto de España tiene también la responsabilidad de haber reaccionado airadamente ante lo que ha percibido como una provocación y un ataque directo a España, el líder nacionalista es consciente de los serios desgarros y de las hondas heridas abiertas en los sentimientos de la población con motivo de este Estatuto que tantos problemas va a seguir generando en cuanto empiece a aplicarse de verdad.

«Aún no se ha hecho un estudio que permita calibrar los efectos de lo ocurrido», decía Pujol a los periodistas con los que se reunió en Madrid, ante los que reconocía que ignora si los daños que él percibe van a cicatrizar pronto o van a ser demasiado duraderos. La víspera de este encuentro, el patriarca nacionalista había pronunciado en Barcelona una conferencia en la que hizo una cruda descripción de lo que en su opinión es el estado de ánimo de la sociedad catalana a día de hoy. Aclaremos antes de seguir adelante que, cuando los nacionalistas catalanes hablan de «país», ya sólo se refieren a Cataluña. A España la llaman España o Estado español, pero de país, nada. País el suyo. Sigamos.

«En el país», dijo Pujol, «hay desconcierto, desorientación y, en términos políticos, una cierta frustración. Ha habido desgaste interno, heridas y pérdida de autoestima. También ha habido pérdida del prestigio de cara afuera. Y un fuerte deterioro de la relación de Cataluña con el resto de España. O sea, que el balance de todo el proceso -con todo lo positivo que haya tenido porque el nuevo Estatuto es mejor- no nos permite estar satisfechos. Ni tranquilos». ¿Por qué no está tranquilo Pujol? Porque «el incendio del Estatuto está durmiente. Quedan activos los rescoldos», dice. No se equivoca.

Y, sin embargo, todas estas reflexiones de quien intenta ver más allá del horizonte y por encima de la línea de flotación, le son perfectamente ajenas a los contendientes de la batalla electoral que ha empezado ya en Cataluña. Nada de todo esto parece preocupar lo más mínimo a la clase política catalana que se dispone a volver a engancharse con motivo de las elecciones autonómicas anticipadas, hijas del desastre de la gestión y negociación estatutarias, además de consecuencia de la profunda inoperancia del gobierno tripartito presidido por el políticamente asesinado Maragall.

Y, una vez más, lo mismo que cuando se negociaba aquel primer Estatuto infame en el Parlamento catalán, todos los ojos están vueltos en dirección al Palacio de la Moncloa, donde se sienta el todopoderoso ZP. Porque los contendientes saben que al final va a ser el presidente del Gobierno quién tenga en su larga mano, como el César la tenía en su dedo pulgar, la decisión sobre la vida o la muerte política de quienes aspiran a la victoria.

Desde Convergència i Unió, cuyos sondeos les dan unos resultados francamente prometedores, los estrategas electorales se preguntan desconfiados si, al final, Zapatero va a consentir que Montilla reedite el nefasto tripartito y le vuelva a hurtar a CiU el poder. Porque ya han visto que una cosa es ganar y otra gobernar y que, si los electores no les dan una victoria clarísima en escaños y en votos, las componendas finales pueden dejar de nuevo al ganador a las puertas del palacio de la Generalitat, cosa que los convergentes no podrían materialmente resistir por segunda vez en su historia.

«¡Y tanto que estamos inquietos!», confiesa un miembro del aparato convergente. «Porque si, después de lo que hemos apoyado al PSOE en el Congreso, después de haber sacado adelante el Estatuto a pulso, Zapatero permite que Montilla rehaga el tripartito en Cataluña y se ponga a gobernar, a nosotros se nos caerá el lápiz en Madrid». Traducción de lo del lápiz: «Que les den morcilla, que no les votaremos nada en toda la legislatura. Pero no creo que esa posibilidad le interese a ZP».

En mitad de las dudas, a este diputado de CiU aún le queda una raspa de inocencia y aventura tímidamente que «Zapatero no sería capaz de hacer eso. No se ha hablado con él pero no creo que lo hiciera. Y la verdad», dice para tranquilizarse, «es que tampoco Montilla ha tenido nunca entre sus prioridades ser el número uno de la Generalitat». Claro que a