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Al Qaeda

Piden hasta 32 años para la 'célula Dixan'

Por Narrador - 30 de Octubre, 2006, 9:30, Categoría: Al Qaeda

MADRID.- La Fiscalía de la Audiencia Nacional pedirá entre 22 y 32 años de prisión para seis presuntos miembros de una célula islamista, conocida como 'comando Dixan', detenidos en Cataluña en 2003 y en cuyo poder se hallaron sustancias que, según el FBI, sirven para fabricar 'napalm' casero.

En el juicio que comenzará hoy, el fiscal sostendrá que uno de los acusados, Mohamed Taharaoui, formó una «célula terrorista de carácter integrista islámico» con Smail Boudjelthi, Ali Kaouka, Souhil Kaouka, Mohamed Amine Benaboura y Mohamed Nebbar.

El grupo, según la Fiscalía, «tenía como finalidad prestar apoyo logístico y de infraestructura a la célula terrorista francesa constituida por Merouane Benahmed, considerado 'el químico' o 'el artificiero'».

En el piso de Taharaoui se encontraron elementos «que componen el aparato de ignición utilizado en los artilugios explosivos», además de un teléfono móvil de la marca Trium con dos orificios en su parte superior, parecido a los usados en los atentados que Al Qaeda en Bali y en el 11-M.

La célula recibió el sobrenombre de 'comando Dixan' por el carácter supuestamente inocuo de las sustancias que se le intervinieron, circunstancia avalada por un informe que aseguraba que entre ellas había detergente y ralladura de coco.

Información publicada por el diario EL MUNDO el lunes 30 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Cinco Años Después: El 11-S en EL MUNDO

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 5:50, Categoría: Al Qaeda

EL MUNDO tampoco destaca por la defensa de la respuesta americana a lo que sin duda ha sido el mayor ataque que se recuerda desde Pearl Harbor. El antiamericanismo es una de las características del pueblo español (tanto de izquierdas como de derechas) y aún más acentuado en la Prensa Española. Nunca lo he entendido pero la realidad lo demuestra. Por ejemplo encontramos a Felipe Sahagun que lleva décadas en televisión española como supuesto experto en política internacional, es profesor de Relaciones Internacionales en la Complutense, miembro del Consejo de Redacción de EL MUNDO desde su fundación y como mérito sólo se me ocurre el más espantoso de los ridículos en forma continuada. Recuerdo sus interminables programas en las noches durante la Primera Guerra del Golfo, con el tal Piris largando discursos sin sentido sobre la imposibilidad de la guerra, de la invasión terrestre, los cientos de miles de muertes que habría en el bando occidental, etc… Recuerdo la última noche electoral en Estados Unidos cuando este experto estaba explicando las razones por las que Kerry ganaría en el Estado Florida justo en el momento en que su compañero Sacaluga le interrumpía para anunciar que el Partido Demócrata había aceptado la derrota en Florida. De otro lado también podemos conocer la opinión de Estados Unidos a través de su embajador en España. Algo es algo.


“EEUU no está ganando la guerra” (Editorial de EL MUNDO)

   

Cinco años después de los atentados del 11-S, ni los neoconservadores que en el primer mandato de Bush diseñaron la estrategia de respuesta se atreven a calificar de éxito los resultados. Afganistán, supuestamente la primera victoria sobre Al Qaeda, sigue en tablas y empeorando, con más de 1.000 muertos y 40 atentados suicidas desde enero a causa de la complacencia de Pakistán, el dinero del opio y la escasa ayuda recibida para reconstruir el país.

Irak, la segunda batalla de la «larga guerra contra el terrorismo» declarada por Bush a las pocas horas del 11-S, es un desastre que ha reforzado la influencia de Irán en Oriente Medio y ha sustituido a Afganistán como caldo de cultivo, formación y reclutamiento de yihadistas, dispuestos a alimentar la hostilidad hacia Occidente. EEUU no ha sufrido un nuevo ataque en su territorio, pero los atentados y el número de víctimas se han multiplicado en Europa y Asia, y nadie duda de que un nuevo 11-S, igual o más destructivo que el de 2001, es sólo cuestión de tiempo. El liderazgo de Al Qaeda tal vez haya sido diezmado, pero sus principales dirigentes siguen en libertad, preparando nuevos atentados.

Aparte de la invasión de Irak, otros errores cometidos por la Administración Bush desde el 11-S han sido confundir un método violento y cruel -el terrorismo- con el enemigo a batir, dar prioridad a la fuerza militar en una lucha que sólo se puede ganar en el terreno de la inteligencia, y despreciar e ignorar la legalidad estadounidense e internacional. Con los gastos militares dedicados a esta misión, multiplicados por dos en cinco años, se podrían reconstruir varias veces Afganistán e Irak.

El Supremo estadounidense puso en junio a la Casa Blanca en su sitio declarando ilegal el centro de detención de Guantánamo, pero la semana pasada, tras reconocer la existencia de las cárceles secretas, Bush pidió al Congreso autorización para crear tribunales militares con el fin de juzgar a los detenidos en esos centros.

Lo mejor en la lucha contra el terrorismo islamista ha sido el reforzamiento de las fuerzas de seguridad y de la cooperación entre las policías y los servicios secretos de los aliados, pero queda mucho por hacer. La Comisión parlamentaria del 11-S, en su primera revisión, suspendió a Bush. Cien expertos en política exterior, preguntados por la revista Foreign Policy, concluyen que «no estamos ganando la guerra». La descoordinación, ineficacia e incompetencia de Gobiernos y servicios de seguridad que la Comisión y los expertos encontraron en EEUU se repiten en las investigaciones del 11-M en España y del 7-J en el Reino Unido, aunque los europeos tendemos a ver mejor la paja en el ojo estadounidense que la viga en el propio.

   

Editorial publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La 'rentabilidad' de los ataques de Al Qaeda” por Pablo Pardo

   

WASHINGTON.- Una bendición del cielo. Eso supuso el 11-S para las economías de Nueva York y, sobre todo, de Washington. Ambas han ganado población, aumentado su atractivo para las empresas y, en el caso de la capital de EEUU, vivido el mayor boom económico del último medio siglo.

Las causas de la expansión son diferentes, aunque las dos se han beneficiado de ser lo que la socióloga danesa Saskia Sassen denominó en 1991 «ciudades globales». Eso significa que ambas están bien comunicadas y concentran a población altamente cualificada, es decir, algo que el politólogo Richard Florida -quien, precisamente, vive en Washington- denomina la «clase creativa».

Aunque cada una tiene sus peculiaridades. En Washington el 27% de la población tiene el mismo empleador: la Administración federal. Por ello, la ciudad se ha visto enormemente favorecida por la política económica de George W. Bush, que encontró en los atentados de Al Qaeda la excusa perfecta para gastar dinero a mansalva.

Desde que el actual inquilino de la Casa Blanca llegó al cargo, en 2001, el gasto público ha crecido en términos reales, es decir, descontada la inflación, un 42%, lo que sitúa a Bush más cerca de un socialista francés -a pesar de que la comparación horroriza al presidente- que de un liberal.

Nueva York, por su parte, vive una era dorada no gracias al 11-S, sino a pesar de los atentados. Los 2.626 muertos de las Torres Gemelas no han frenado la que puede ser la mayor expansión económica de la ciudad desde la década de los 60.

Por el motivo que sea, lo cierto es que el PIB de Washington y Nueva York ha crecido respectivamente un 13% y un 12,5% más que la media de EEUU desde los atentados. Más espectacular es el aumento de población de la capital -un 5,3% más que en 2000, la mayor subida desde los años 50-. Aunque, a cambio, el precio de la vivienda se ha disparado un 110% en estos años.

Nueva York también tiene burbuja -sólo el año pasado los precios de la vivienda subieron el 30%-, aunque su aumento de población -apenas del 1,2%- tiene más mérito porque la ciudad está en un estado que pierde habitantes. Pero la clave del resurgimiento son las 44 empresas allí establecidas incluidas en el ránking de las 500 primeras del país, según la revista Fortune. En 2002 eran sólo 40, lo que insinúa que la ciudad ha acabado con la decadencia iniciada hace tres décadas, marcada por la huida masiva de empresas a otros estados con costes laborales e inmobiliarios menores.

Nueva York y Washington pueden presumir de haber sobrevivido sin problemas a la carnicería: cinco años después del 11-S es el estancamiento del precio de la vivienda, y no Al Qaeda, lo que amenaza el futuro económico de las dos urbes.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Usted y el mundo después del 11-S” por Javier Marias

    

Usted, señor empleado de banco, pasó ayer mala noche y se hubiera quedado una hora más en la cama, tras conseguir dormirse por fin cuando ya amanecía, pero no puede poner en riesgo su puesto por tonterías, así que se ha levantado y está, atendiendo a clientes con mucho cansancio.

Usted, señor fontanero, se ha presentado temprano para la primera reparación del día. Le esperan cuatro más por lo menos, si no le llegan imprevistos o urgencias. Qué lejos le queda la hora de volver a casa.

Usted, señora de la limpieza, madrugó demasiado como cada mañana. Siempre se pregunta si no sería mejor pasarse al turno de noche y hacer su tarea cuando las oficinas han concluido sus actividades, pero le parece más deprimente afanarse con oscuridad y con luz eléctrica. Ahora sabe al menos que dentro de un rato llegarán los demás y le darán los buenos días, y asiste al fresco inicio de la jornada, no a su melancólica clausura.

Usted, señora empresaria, pone todavía ilusión en sus despertares. Al fin y al cabo está en pleno esfuerzo por asentarse en el mercado, y por vez primera en su vida es su propia jefa y puede tratar bien a sus empleados. No en balde fue una asalariada más hasta hace tan sólo un año, así que no le cuesta tanto darse sus madrugones para preparar a los niños y llevarlos hasta el colegio antes de abrir el despacho. Le gusta estar allí antes que sus trabajadores.

Usted, señor camarero, está en esta cafetería de paso, aunque ya lleve aquí dos años, y prefiere empezar temprano para poder asistir por la tarde a las clases de actuación. Sabe que en acarrear bandejas lo han precedido muchos de los más insignes y famosos actores, y que también le llegara su oportunidad un día.

Usted, señora guionista de series de televisión, ha descubierto que el desempeño de este oficio que la entusiasmaba tanto tiene poco de romántico y aún menos de bohemio, una vez que ha entrado en la industria, ya que debe cumplir horarios y entregar a diario un número invariable de páginas, aunque muchas no valgan. Pero pese a todo llega de buen humor a los estudios siempre, hace lo que le gusta y a veces ve sus diálogos en las pantallas, y oye que la gente los disfruta.

Usted, señor jubilado, ha pasado una agradable semana en la ciudad en que vive su hija casada, y ahora ha cogido el avión de vuelta en compañía de su nieto, al que se lleva unos días para que la madre y el padre, su hija y su yerno, viajen a Londres, París y Roma, porque no habían podido ausentarse durante el verano.

Y usted, señora telefonista, salió anoche con un joven recién conocido y que parece encantador, terminó la velada demasiado tarde para un día laborable y está que se cae de sueño, pero la ensoñación lo combate y se pasará las horas esperando a ver si él la llama, así que el día se le presenta lleno, más que otros, porque nada los llena tanto como la espera de algo, y al despedirse se besaron.

Pero ustedes no saben -ninguno podría saberlo- que un avión comercial va a estrellarse contra el edificio que todos comparten, ese avión en que viaja usted con su nieto, señor jubilado. Ni que una hora más tarde se hundirá el rascacielos como si fuera arena, con todos ustedes dentro.

Ya no madrugarán, no se harán ilusiones ni lanzarán más maldiciones. Cada vida individual cesará.

Hoy, cinco años después del desplome de las torres, ustedes son nosotros. Los recientes arrestos de terroristas en Inglaterra y Pakistán -por otro ataque planeado de terror en el aire- lo hacen evidente nuevamente. Y es que todos somos vulnerables a ataques como los que han sacudido a Bagdad, Bali, Beirut, Madrid, Londres, Mumbai e innumerables otros lugares desgarrados por la guerra y el terrorismo. Todos nosotros vivimos bajo esa sombra.

¿Qué tienen que ver ustedes con unos árabes fanatizados? Y sin embargo, ellos se matan con tal de matarlos a ustedes y a millares más como ustedes, que no les han hecho nada ni han sabido de su existencia, que pone fin a la suya.

Para ellos no hay vidas individuales, y así no dudan en acabar con todas, una, dos, tres, cuatro... Cuánto tardaremos en contar hasta cinco mil o 10.000, quizá 20.000 o más.

A estos hombres sólo les lleva un segundo, porque todas les son abstractas y equivalen a un número, y mejor cuanto más alto.

Es sintomático de nuestros tiempos: una línea en un artículo noticioso acerca de la vida en Bagdad, y cómo un hombre llama a su esposa repetidamente a lo largo del día para que ambos puedan asegurarse de que los dos están vivos.

Aquí en Madrid, más de dos años después de los ataques ferroviarios, no sentimos como si estuviéramos en guerra. Las calles, los restaurantes, los bares y los trenes subterráneos están tan repletos como siempre. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, no pasa un día sin que recordemos a las víctimas de los ataques, con dolor y la aguda conciencia de que el azar, el destino y la suerte siguen siendo tan importantes hoy como siempre lo han sido en la vida humana.

Uno vive y acepta los momios. No hay justificación, ni razón por la que las víctimas no vivieron para ver el final de esta jornada o la segura llegada del amanecer. Y ninguna razón para que usted -y yo, y todos aquellos que están viviendo- nunca tengan posibilidad alguna de ser felices, o que pierdan la esperanza.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Los enigmas del día que se tambaleó América” por Carlos Fresneda

   

¿Por qué nunca aparecieron las cajas negras de los dos aviones que se estrellaron contra el World Trade Center? ¿Por qué se informó que el cuarto avión había aterrizado en Cleveland? Un lustro después de los ataques contra Nueva York y Washington, éstas y otras cuestiones obsesionan a casi la mitad de los estadounidenses, que recelan de la 'verdad oficial' de la Administración Bush y le exigen que no oculte evidencias

NUEVA YORK.- Como si fuera un rosario, William Rodríguez se cuelga al cuello su llave milagrosa: «Aquí donde la ves, sirvió para salvar 11 vidas el 11 de Septiembre. Los bomberos estaban perdidos intentando salir de la Torre Norte: con esta llave maestra logramos abrir puertas y más puertas hasta escapar a tiempo del infierno».

William Rodríguez, puertorriqueño, 45 años, 20 de ellos sacando brillo a las Torres Gemelas, vuelve ahora al lugar de autos con su viejo carné de empleado de la limpieza. Fue uno de los últimos en salir con vida de la Torre Norte, y uno de los primeros en hablar de la explosión. «Yo escuché una fuerte detonación en el sótano. Estoy seguro de que las Torres no se vinieron abajo por el impacto de los aviones. Posiblemente había explosivos dentro y por eso cayeron como cayeron. Esto lo dije en la Comisión del 11-S, pero borraron mi testimonio».

A Rodríguez le hicieron héroe, aunque él se fue desmarcando poco a poco del abrazo oficial. «Nos han mentido desde el principio. Estoy convencido de que el Gobierno auspició los ataques para justificar la guerra y consolidar su poder».

Las sospechas de Rodríguez son más o menos compartidas por el 42% de los americanos, que considera que la Administración Bush ha ocultado evidencias, ha intentado encubrir la verdad o se ha negado a investigar a fondo los atentados, según una encuesta de Zogby.

En la era de internet, las teorías conspiratorias circulan como la pólvora, al encuentro de la curiosidad insaciable y del recelo contra la verdad oficial. Sólo así se explica el éxito de Loose Change, la película casera sobre los misterios del 11-S, el bombazo más sonado de los últimos meses en la red.

«El 11-S es el JFK de nuestra generación», asegura el productor de 23 años Korey Rove, que sirvió como soldado en Afganistán e Irak y se pasó a las filas de su amigo Dylan Avery, el imberbe director. Con 6.000 dólares de su bolsillo y con la ayuda de un investigador de 26 años, Jason Bermas, Avery ha conseguido que más de 20 millones de compatriotas se hagan tantas preguntas como él:

¿Por qué nadie ha dado crédito a los testigos que aseguran haber escuchado explosiones? ¿Por qué nunca aparecieron las cajas negras de los dos aviones que se estrellaron contra el World Trade Center? ¿Por qué se ocultaron las imágenes del atentado contra el Pentágono? ¿Por qué se informó que el cuarto avión había aterrizado en Cleveland? ¿Por qué se transfirió al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, la potestad para ordenar la destrucción de aviones secuestrados en junio de 2001? ¿Cómo pudo el Gobierno ignorar tantas señales?

Korey Rove, el productor de Loose Change, intervino ayer en el púlpito de la iglesia neoyorquina de St. Marks, convertida en algo así como la cripta de los conspiracionistas. Allí, bajo la bendición del cura Frank Morales, se reúnen todos los domingos un largo centenar de miembros de la asociación '9/11 Truth', creada hace un año para galvanizar un movimiento que se extiende ya por todo el país.

El líder neoyorquino del grupo es un programador informático, Les Jamieson, que está convencido de que los atentados fueron un «trabajo interno» y que ha convertido la verdad en su causa política. «No somos conspiracionistas, sino ciudadanos comprometidos que no pueden quedarse de brazos cruzados. No olvidemos que el presidente Bush se negó a la creación de la Comisión del 11-S, y cuando por fin cedió a las presiones nombró nada menos que a Henry Kissinger, y hasta el último momento obstaculizó la investigación».

La visibilidad del movimiento por la verdad del 11-S es tal que el Gobierno ha tenido que contraatacar utilizando las mismas armas en internet. La semana pasada, el Instituto Nacional de Criterios y Tecnologías (NIST) colgó en su web un cuestionario rebatiendo uno por uno los misterios del 11-S.

«La investigación que se llevó a cabo fue la más compleja nunca habida sobre el colapso de un edificio en la historia», alega el portavoz del NIST, Michael Newman. «Las conclusiones oficiales están respaldadas por los mejores ingenieros, por simulaciones de ordenador y por 236 piezas de acero recuperadas que nos permitieron reconstruir la caída como consecuencia del impacto de los aviones».

Después de la avalancha de libros conspiracionistas (El Nuevo Pearl Harbor, de David Ray Griffin; Guerra a la libertad, de Nafeez Mosaddeq Ahmed), le llega el turno a ediciones especiales para popularizar la versión oficial, como el cómic del Informe del 11-S de Sid Jacobson y Ernie Colón. El último tanto de los anticonspiracionistas se titula Desmontando los mitos del 11-S, una investigación de los periodistas de Popular Mechanics, espoleados en el preámbulo por el senador John McCain: «Las teorías conspiratorias son una distracción de las lecciones apropiadas del 11-S. Es imperativo afrontar lo que ocurrió, y los hechos demuestran que estas historias están basadas en malentendidos, distorsiones y mentiras descabelladas».

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Las víctimas olvidadas del 11 de Septiembre” por Carlos Fresneda

   

Un total de 8.000 trabajadores con problemas de salud han demandado a las autoridades de EEUU por mentir sobre la nube tóxica del 11-S. Aseguran que nadie les advirtió de los riesgos reales que conllevaba estar en los alrededores de la 'zona cero' después del ataque a las Torres Gemelas. Según los expertos, el atentado fue «el equivalente a docenas de factorías de amianto, varias plantas incineradoras y un volcán»

NUEVA YORK.- La hermana Cindy Mahoney salió rauda del convento, se metió en una ambulancia y enfiló hacia las Torres Gemelas cuando aún estaban en pie. Ayudó a sacar a los últimos supervivientes y rescató cadáveres calcinados. Pasó la noche entre las ruinas humeantes y allí se quedó durante seis meses, irradiando energía y jovialidad entre los voluntarios de la Cruz Roja. Los medios la bautizaron como el ángel de la Zona Cero.

Cinco años después, a los 54, la hermana Cindy Mahoney agoniza en un hospicio de Carolina del Sur, afectada de asma, obstrucción pulmonar crónica y reflujo gastroesofágico. No puede hablar y sigue viva gracias a un respirador artificial. Los médicos aseguran que le quedan días o semanas. Su amigo, el Padre Scotty, le acaba de dar la extrema unción.

Pero la hermana Mahoney no quiere dejar este mundo en vano y ha elegido un albacea, David Worby, para que su autopsia pueda ser usada como prueba irrefutable: la nube tóxica del 11-S era letal.

«La gente está muriendo por el aire envenenado de la Zona Cero», asegura David Worby, el abogado que representa a 8.000 trabajadores en el pleito legal colectivo contra las autoridades locales y federales. «Llevamos tres años diciéndolo, reclamando asistencia sanitaria y compensaciones para los 40.000 trabajadores que estuvieron expuestos a la nube tóxica y para los vecinos que volvieron antes de tiempo. Pero el Gobierno y el Ayuntamiento no han hecho otra cosa más que mentir y dar la espalda a los afectados».

A los tres días del 11-S, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estipuló que el aire del Bajo Manhattan era «seguro para respirar». Meses después, la inspectora general de la EPA, Nikki Tinsley, reconoció que no existían suficientes datos para certificar el regreso «seguro» a la Zona Cero.

Como en el caso del cambio climático, las recomendaciones de la EPA fueron retocadas por el Consejo de Calidad Ambiental de la Casa Blanca, acusado ahora de minimizar los riesgos de la nube tóxica para poder reabrir cuanto antes el distrito financiero.

Expertos como el doctor Thomas Cahill, de la Universidad de California, dicen que el polvo resultante de la caída de las Torres Gemelas fue una amenaza persistente para la salud en un radio de kilómetro y medio durante más de un mes tras los ataques. En palabras de la doctora Marjorie Clark, «el 11-S fue el equivalente a docenas de factorías de amianto, varias plantas incineradoras y un volcán».

El abogado David Worby asegura que puede documentar al menos 23 muertes de trabajadores por exposición directa al polvo del World Trade Center. Entre ellas, la del policía James Zadroga, 470 horas al pie de la Zona Cero, muerto a los 34 años por una enfermedad pulmonar, al igual que el bombero Félix Hernández, fallecido a los 31. Otro bombero, Timothy Keller, murió en junio a los 41 por una afección cardiovascular, agravada con un enfisema y una bronquitis crónica que le impedía subir las escaleras.

David Worby recuerda cuando la hermana Cindy Manhoney, el ángel de la Zona Cero, se desplomó en la puerta del Hospital Mount Sinaí, hace seis meses: «Ese día empezó su declive. Como tantos otros, estuvo arrastrando las dolencias hasta que no pudo más. Como tantos otros, trabajó durante meses sin apenas protección, porque nadie le había advertido de los riesgos reales».

Ahora, cinco años después, el Hospital Mount Sinaí certifica que el 70% de los trabajadores de la Zona Cero han desarrollado «nuevas enfermedades respiratorias». De los 16.000 examinados, el 59% está todavía en tratamiento y el 28% sufre graves problemas pulmonares. Las neumonías se han disparado y los casos de amianto y cáncer de pulmón irán a más en los próximos años.

«No tiene por qué haber ya más dudas sobre los efectos en la salud del World Trade Center», ha asegurado el doctor Robin Herbert, en el momento de presentar el alarmante estudio. «Nuestros pacientes han inhalado sustancias altamente tóxicas y pueden sufrir las consecuencias el resto de sus días».

John Sferazo, herrero de profesión, 51 años, alcanzó el micrófono para contar su caso: «Llegué a la Zona Cero el 12 de septiembre y estuve buscando supervivientes. Los perros de la policía llegaban desgarrados y medio muertos. Nosotros acabábamos la jornada en estado de devastación total. Primero sufrí estrés postraumático, ansiedad, depresión. Los problemas respiratorios vinieron después y, finalmente, la sinusitis crónica».

Sferazo toma 26 medicamentos que le cuestan casi la mitad de su pensión, de 1.400 dólares (1.100 euros): «Lo que me ocurre es perfectamente verificable. Somos las otras víctimas del 11-S y necesitamos ayuda. No sé qué más pruebas necesita la Administración Bush para admitir que estamos ante un gran problema sanitario».

Le tomó la palabra John Feal, 39 años, experto en demoliciones, que perdió medio pie cuando le cayó una viga encima y ha pasado por 32 operaciones en estos cinco año: «Antes del 11-S tenía la salud de un roble y el buen humor de un payaso. Ahora soy un tipo solitario, con estrés postraumático, hernia de hiato, reflujo esofágico y el pulmón derecho totalmente averiado. Me dejaron fuera del Fondo de Compensación de las Víctimas; necesito que alguien me ayude».

Las mismas súplicas en español y amplificadas por los altavoces («¡Luchamos por nuestra salud!») las escuchamos esta semana en la esquina de Liberty y Church Street, a los pies de la Zona Cero. Decenas de inmigrantes hispanos sin papeles, trabajadores de la limpieza y víctimas invisibles de la nube tóxica, dieron la cara ese día para «demandar reparaciones».

«Nosotros somos los que hicimos el trabajo sucio y así nos lo agradecen», dice el ecuatoriano Iván Tablada, 34 años, afectado de bronquitis. «Como en Nueva Orleáns, acudimos los primeros y trabajamos en condiciones infames, siete días a la semana.Nuestros contratistas se esfumaron y nos dejaron sin seguro y sin protección».

Illiana Sánchez, colombiana de 38 años, exhibía la foto que certificaba las condiciones precarias en las que estuvo trabajando en un sótano junto a la Zona Cero: «Acá estuve cinco meses, sin más protección que un mono que nos daban y una mascarilla de papel, de ésas de a dólar que vendían en las esquinas y que no servían de nada. Ahora tengo problemas en los tiroides, jaquecas, alergias, insomnio... Estoy en un programa en el Hospital Bellevue, pero en diciembre se nos acaba la ayuda y no tenemos seguro médico».

Alberto Mela, de 47 años, también colombiano, muestra las erupciones en sus brazos y asegura tener síntomas de neumonía: «Todo empezó con la tos de la Zona Cero, a los 10 días de trabajar aquí. Al principio no le dimos importancia, porque decían que el aire era seguro. Pero en el polvo había amianto, plomo y fibras de vidrio».

Las víctimas olvidadas del 11-S son cada vez más visibles, gracias a la labor de asociaciones como Beyond Ground Zero (Más Allá de la Zona Cero) o la Organización Ambiental del World Trade Center, defendiendo los derechos de los habitantes del Bajo Manhattan.

Los vecinos tomaron la iniciativa y fueron los primeros en denunciar a la Agencia de Medio Ambiente en una demanda colectiva en marzo de 2004. Los denunciantes acusaron a la entonces directora de la EPA, Christine Todd Whitman, por su «indiferencia deliberada hacia la salud humana».

«Como resultado de las mentiras de la EPA, el Bajo Manhattan se reabrió antes de tiempo como una demostración de fuerza ante los terroristas», asegura Jenna Orkin, una de las fundadoras de la Organización Ambiental del World Trade Center. «Cuando los vecinos entramos en nuestras casas, aquello parecía Pompeya.Nosotros mismos tuvimos que remover toneladas de basura tóxica, sin que nadie nos advirtiera del riesgo», añade.

Como tantos otros vecinos de la Zona Cero, Jenna Orkin se pasó al activismo político: «¿Sabía Bush cuál era la calidad del aire en el Bajo Manhattan? Y si no lo sabía, es responsable por su política de no preguntar y no saber».

El hijo de Jenna Orkin estudiaba en el celebérrimo Stuyvesant High School. Según Orkin, la reapertura prematura del instituto, sin haber limpiado siquiera el sistema de ventilación, trajo el resultado que muchos se temían: el 60% del personal sufrió trastornos respiratorios. Los padres, entre tanto, denunciaron un alarmante aumento de los casos de asma, alergias, sinusitis y «bronquitis químicas».

Los padres de las escuelas del Bajo Manhattan han librado un pulso, en los últimos años, con el Departamento de Educación, para hacer un estudio de la población infantil y evaluar los riesgos a medio plazo. Pero el Ayuntamiento de Nueva York, acuciado por las prioridades económicas, ha relegado a segundo plano el impacto en la salud de vecinos.

El alcalde Michael Bloomberg reaccionó esta misma semana al estudio del Mount Sinaí con una frase para la posteridad: «No creo que se pueda decir específicamente que un problema particular es atribuible a este suceso particular». Aun así, anunció la creación de un Centro de Salud Ambiental del World Trade Center en el Hospital Bellevue, financiado con dinero público y con capacidad para atender a 6.000 pacientes.

Entre tanto, la senadora Hillary Clinton, que presionó para que el Gobierno destinara 52 millones de dólares (41 millones de euros) al tratamiento médico de los trabajadores de la Zona Cero, ha sacado partido a la polémica: «El aire después del 11-S era tan denso que no se podía casi ni ver, y no digamos respirar.Una vez más nuestro Gobierno no nos ha dicho la verdad».

    

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Colors, un restaurante nacido de las cenizas” por Julio Valdeon Blanco

    

NUEVA YORK.- Windows of the World no fue el mejor restaurante del planeta. Tampoco impuso modas. Sin embargo ocupaba una de las plantas superiores del World Trade Center. Fue el restaurante situado a mayor altura de Estados Unidos. Facturaba 37 millones de dólares anuales. Empleaba a 500 trabajadores. Los ojos de los comensales iban del foie al precipicio. Ejercía como metáfora de la ciudad. Fue barrido el 11-S. Murieron 2.749 personas, 76 empleados del restaurante. Los supervivientes terminaron sin empleo. Los más audaces montaron una cooperativa. Tras recurrir a Restaurant Opportunity Center (organización fundada a raíz del atentado que busca garantizar los derechos del trabajador), reunieron dos millones de dólares. Abrieron un nuevo local: Colors.

«Los compañeros del Windows que trabajaron aquel día murieron, muchos de los que libraban están con nosotros» susurra el mejicano Oscar Galindo. «Yo trabajaba cinco bloques más al sur. Nuestra jefa entró en la cocina gritando. Al principio no la creímos. Cuando salí a la calle y vi aquellos dos gigantes ardiendo sentí pavor. Poco después una nube de cenizas nos tragó». Pinche de cocina en Colors, muestra un restaurante que emplea a gente de 21 naciones distintas. Aportaron recetas de sus países. Leyendo su carta cruzas el mundo: rollitos de primavera filipinos, picadillo de cerdo y arroz de Colombia, risotto de Italia, pollo con papaya de Tailandia, ensalada de carey de Haití, etcétera.

Asistir a la debacle ha concienciado a estos hombres. El sueldo medio dobla lo habitual. La cocina fue diseñada según los consejos de un experto en ergonomía. Las mesas donde cortar los alimentos, por ejemplo, quedan a una altura superior a la habitual para prevenir lumbalgias. Ningún detalle improvisado. Cada cortina o escalón han sido votados de forma democrática. Galindo comenta que ha trabajado «en muchas cocinas desde que llegué aquí. Los jefes nos robaban las propinas, algunos incluso te golpeaban. En Colors todo es distinto. Por eso debería triunfar. Más que un negocio, hablamos de una causa justa». El día del aniversario «recordaremos a nuestros muertos, que fueron muchos. Y lo haremos con la cabeza alta. Con Colors honramos su memoria».

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La búsqueda de Osama bin Laden” por Christopher Hitchens

   

En la novela de Ralph Ellison El hombre invisible, el narrador habla de un profesor abrumador y autoritario, respecto del cual dice: «Podía gustarnos o no, pero nunca estaba alejado de nuestras mentes. Ése era el secreto de su liderazgo».

Durante los últimos cinco años, he estado pensando casi como un niño en edad escolar -o incluso como una niña- sobre un hombre que realmente se las arregló para convertirse en alguien invisible. Como un enamorado he tratado de leer la mente y el humor de Osama bin Laden.

He mirado innumerables fotografías de sus largos y delgados dedos y de sus ojos implorantes. Me he preguntado qué es lo que quiere, incluso qué es lo que necesita. Me he preocupado por su salud -hasta llegué a creer en un momento que podría morir- y he examinado los rumores sobre su diálisis de riñón (probablemente sin fundamentos) y de su posible síndrome de Marfan, una afección de la aorta que compartiría con Abraham Lincoln.

Conservo una camiseta donde están impresos sus rasgos. La compré en un desagradable y hostil bazar en la frontera entre Pakistán y Afganistán, mientras una flotilla de aviones de guerra estadounidenses estaba sobrevolando Tora Bora.

La pureza del odio puede ser más fuerte que la del amor. Cuando la gente habla sobre «el otro», me desagrada esa expresión, aunque conozco el significado. Para mí, Osama bin Laden es el otro. Él es el enemigo de todo lo que amo y el emblema de todo lo que odio. No puedo soportar la idea de que, cuando él muera en agonía y humillación y derrota, yo no estaré presente para vigilar el cambio de sus expresiones y verlo vaciar la amarga taza completa de la vergüenza.

Estoy bromeando. Es una desgracia que una nación crecida, civilizada y poderosa como la nuestra, pueda entrar en espasmos de pánico frente al espectro de un ser tan morboso. Osama bin Laden es el villano narcisista más sobreestimado de todos los tiempos. Ni siquiera posee la fascinación de un Charles Manson. Sus balbuceos coránicos son los desvaríos de un payaso.

Cuando apareció en una verdadera batalla, se quitó la corona del martirio y huyó. Él es el niño malcriado, o posiblemente abandonado, de una dinastía vulgarmente rica, y se hizo un nombre como el operador de una deshonesta corporación multinacional que ahora se presenta con el jactancioso nombre de Al Qaeda. Él es el hipócrita jefe de una familia de delincuentes de tercera clase y, como tal, le gusta ordenar asesinatos desde una distancia segura. Es una pústula rancia en el extremo posterior de regímenes sórdidos -desde Arabia Saudí hasta Sudán y Afganistán-, con quienes ha disfrutado nada más que una relación de parasitismo. Llamarlo un guerrillero o un insurgente es un insulto a la bravura de héroes populares del pasado. La mayoría de sus víctimas han sido sus propios compañeros musulmanes, y sus peroratas contra todos los cristianos, todos los judíos, todos los hindués y todos los secularistas lo condenan a una eventual irrelevancia y derrota, como también a la desgracia.

Nosotros le estamos haciendo un favor a Bin Laden al especular de manera febril sobre su paradero. Su mística tiene que ser disminuida, no mejorada, por el hecho de que se ha transformado en un fugitivo. Es mortificante darse cuenta de que él se incubó adentro, no afuera, del perímetro de nuestras supuestas alianzas, y que probablemente todavía disfruta de un cierto grado de protección por parte de los altos círculos de Arabia Saudí y Pakistán. Pero la confrontación con los guerreros santos era inevitable con él o sin él. Si él fuera a ser capturado ahora por la fuerzas estadounidenses, y si no fuera por la necesidad de hacer justicia a todas las víctimas del 11 de septiembre de 2001 -y las de las instalaciones de Naciones Unidas en Bagdad, y a los visitantes australianos de Bali, y a los españoles en Madrid-, yo preferiría verlo confinado de por vida en un pequeño pueblo en Alaska o Montana o en el norte de Nueva York, o en algún sector rural de Virginia, con una radio de onda corta en la cual pueda continuar entregando sus sermones. Rápidamente aprenderíamos -como lo hicimos con el patético Zacarias Moussaoui- a superar los asfixiantes miedos que causan esos monstruos.

Algunas veces me he permitido una inquietante reflexión adicional: ¿y si el 11 de septiembre de 2001 Bin Laden nos hizo a todos un favor? El pensamiento es obsceno pero hay que enfrentarlo.

Hasta esa fecha, la connivencia entre los talibán y las autoridades paquistaníes no era ni siquiera furtiva, sino cálida y sin problemas. Había incluso simpatizantes de Al Qaeda en el programa nuclear paquistaní. En otras partes del mundo, las fuerzas islámicas estaban haciendo furtivos avances desde Holanda hasta Indonesia.

Pero hace cinco años el complot «voló por los aires» y las máscaras cayeron. Y así se comenzaron a crear los anticuerpos en nuestros sistemas.

Sea donde sea que Bin Laden esté ahora merodeando y grabando sus estrambóticos mensajes, no puede ser donde soñaba estar cuando se reía tontamente frente a la vista de seres humanos saltando hacia la muerte, con sus ropas y cabellos incendiados. Y sea donde sea que esté, él continúa viviendo en el séptimo siglo. No descuidemos esta ventaja.

Mucho depende de nuestra habilidad para negar una ideología que abiertamente celebra la muerte por encima de la vida. Éste es un proyecto cultural como también militar. E impone una alta obligación. Ninguna acción cruel o precipitada debe realizarse en el costado de la vida contra la muerte. No debemos comportarnos como si estuviéramos asustados por este depravado personaje, porque el miedo es la madre del pánico y de las «medidas extremas».

Nuestros crímenes y errores son desfiguraciones, mientras que los de él son sus firmas. Pero, a diferencia de él, nosotros no estamos apurados, porque un retorno al séptimo siglo es imposible, y la derrota de sus ilusiones es segura.

Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair. Su libro más reciente es Thomas Jefferson: Author of America

    

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“En el vacío lunar de las Torres Gemelas” por Julio Valdeon Blanco

     

«Todo sigue igual. Lo que pasa es que estuvieron demasiado ocupados repartiéndose el botín», se queja un neoyorquino. La primera piedra de la Torre de la Libertad, colocada con fanfarria hace dos años, tuvo que ser retirada. Cambiaron tanto el diseño original de Libeskind que ya no encajaba

«Anthony Edward Gallagher, 41 años, broker, vecino de Nueva York; Daniel James Gallagher, 23 años, abogado, que amaba la música y era fan de David Matthews; John Patrick Gallagher, 31 años, electricista ». Los nombres de los muertos durante el 11-S son recitados uno a uno. Thomas Lyions, actor, ha tomado, junto a dos compañeras, el espacio del World Trade Center: «No lo hacemos por dinero. La idea fue de un amigo. Durante cinco días nos turnamos y leemos sus nombres. Llegué hace tres horas. Apenas si hemos arrancado por la g».

Lyions carraspea. Con su camisa larga, sus ojos verde requemado, pide disculpas. Regresa junto a sus pares, que visten de negro. Ejercen de ángeles custodios. Los turistas escuchan la larga cantata. Miran más allá de la verja. Mientras el cielo acuna a la ciudad con un sarcófago de nubes, los grandes reflectores que iluminan la zona cero abren sus ojos.

Han pasado cinco años. Un lustro desde que los colosos fueron derribados. Aquel día la gente saltaba por las ventanas. Caía como una estampida de mariposas ciegas. Las torres crujieron entre relinchos. Los políticos tomaron el lugar de los deudos.Desde entonces, todo son mentiras, rabia apostólica, espectáculo pirotécnico, contratas fantasmas, sobres subterráneos, demagogia.

El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha pintado un futuro tan esférico y puro que sólo con la mejor voluntad puedes ignorar sus solapadas francachelas. El downtown, digan lo que digan, agoniza. Muchos negocios cerraron. Muchos trabajadores perdieron sus trabajos.

«Lo más incomprensible, al menos para mí, es que el Empire State Building fue construido en 16 meses. Piense que eso sucedió en los años 30, durante la Gran Depresión, con unos medios técnicos lamentables. Sin embargo, aquí han pasado cinco años y todo sigue igual. Hablan de 2012 como fecha definitiva. Por favor, ¡más de una década! Lo que pasa es que estuvieron demasiado ocupados repartiéndose el botín». John Helms cabecea mientras se aleja, dejando al cronista meditabundo, sopesando la hiperestésica lentitud de unos trabajos eternos.

La primera piedra de la Torre de la Libertad, colocada con gran fanfarria hace dos años, tuvo que ser retirada. Cambiaron tanto el diseño original de David Libeskind que ya no encajaba.

Las aportaciones sucesivas de David Childs fueron combinadas con los consejos de expertos antiterroristas, ideas de oscuras comisiones, planos sucesivos y concursos varios. Al cabo, la Torre de la Libertad volará sobre los edificios como una flecha mastodóntica. Se alzará sobre un retablo de edificios dibujados por Frank Ghery, Norman Foster y Calatrava.

Nadie sabe a ciencia cierta si el cúmulo de genios derivará en melancólico espacio o lío de egos.

Exposición

Si la muerte acecha siempre, en el vacío lunar de las Torres Gemelas su ausencia pule la mirada, amenaza con devorar al turista, cancela sonrisas.

Una exposición de Johnatan Hyman cuelga de las verjas. Bomberos, policías, monjes tibetanos, niños llorando, un anciano que blande un papel rotulado a mano: «Ofrezco habitación gratis a persona desplazada», osos de peluche amontonados por las calles, etcétera.

Las instantáneas recogen el fogonazo de solidaridad y espanto que sacudió al mundo. Son respetuosas. Frente a ellas, hombres enormes enmudecen. Las parejas dejan de besarse. Sobre los escombros, una cruz fabricada con vigas semifundidas tras el ataque recuerda que el 11 de Septiembre de 2001 casi 3.000 personas fueron desintegradas sin recibir sepultura. Es la suya una estampa no contaminada por afanes vengativos, pese a estar anegada de sangre.

Janis Breckenriage ha llegado desde Ohio. Experta en literatura hispana, hizo su tesis doctoral sobre el papel que ocupan los desaparecidos en la literatura argentina.

«Me interesaba comparar. En Argentina hay un gran debate. Tenemos en común el hecho de que queremos levantarnos, y en realidad las cosas han cambiado mucho en Estados Unidos desde los atentados.Ya no detectas el sentimiento de rabia. La gente cuestiona las decisiones del Gobierno. Recordar, sí, pero que no nos mientan, que no nos cuenten que la Guerra de Irak tiene algo que ver con esto», relata la joven Breckenriage.

Janis toma notas en un cuaderno escolar. Su letra gorda canta sobre cada una de las hojas. Empapada de indulgencia escribe datos que luego analizará proyectando muertos sobre los muertos, estudiantes de Buenos Aires, abogados de Manhattan, desaparecidos todos.

A su izquierda, el perfil metálico de la Torre Siete, única construida hasta el momento, salta sobre los rascacielos. En sus bajos, una exposición. Otra recuerda el espanto. A la esquina sur regresaron los bomberos. Es un destacamento seminuevo. La mayoría de sus integrantes perecieron bajando a hombros a las víctimas.

Un japonés clónico de Bob Dylan rasga una guitarra. En la misma semana que el genio mercurial ocupa el número uno de las listas los versos de A hard rain's A-gonna fall ponen cirios fosforescentes en la baja tarde neoyorquina.

  

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Cinco años de miedo, 'libertad' y seguridad” por Carlos Fresneda

   

Un lustro después de los ataques terroristas en Nueva York y Washington, el estado de excepción que se decretó tras el 11-S se ha prolongado hasta hoy día, más o menos sigilosamente. Los tentáculos del 'Homeland Security', el Ministerio del Interior estadounidense, han dado lugar a una todopoderosa 'industria de la vigilancia', con capacidad para comprar y vender las vidas privadas en aras de la seguridad nacional

NUEVA YORK.- Vuelven a tomar posiciones los soldados de la Guardia Nacional. Sale de las penumbras Dick Cheney para recordar que estamos en guerra perpetua. Sigue adelante el Pentágono con su programa de escuchas telefónicas. La CIA espía las transacciones bancarias, el FBI se infiltra en los grupos pacifistas. Las papeleras de Manhattan nos increpan en inglés y español: «Si ves algo, di algo».

La sociedad orwelliana está cada vez más cerca. El estado de excepción que se decretó tras el 11-S se ha prolongado más o menos sigilosamente. La ley antiterrorista de emergencia (Patriot Act), aprobada a toda prisa tras las atentados y sin que la mayoría de los congresistas llegara a leerla, se ha convertido ya en un arma imprescindible de la Administración Bush.

El presidente justificó la semana pasada la existencia de las prisiones secretas de la CIA. Dijo que nunca autorizó la tortura, pero las imágenes de Abu Graib penden como un lacerante aguafuerte sobre sus palabras. Los tribunales le obligaron a reconocer los derechos de la Convención de Ginebra para los más de 500 presos que siguen en el gulag de Guantánamo. Y ahora, con la venia del Congreso, asegura que serán por fin juzgados en tribunales militares.

El Congreso republicano de la era Bush figura ya como uno de los más inefectivos e impopulares de la Historia. Los demócratas, complacientes, tampoco se han cubierto de gloria: los ciudadanos les consideran parcialmente culpables de los abusos de poder de estos años.

Y el miedo que no cesa, alentado por alarmas más o menos falsas como aquella del ántrax de la que nunca más se supo. O por planes de espectaculares atentados, luego desacreditados por tener su origen en «inteligencia fallida». El semáforo del terrorismo, entre tanto, parpadea entre el amarillo y el naranja inquietante. Esto es lo que Cheney bautizó como la «nueva realidad».

Antes del 11-S, en EEUU no existía siquiera la noción del Ministerio del Interior. Cinco años después, los tentáculos del Homeland Security van mucho más allá de sus 100.000 funcionarios y han dado lugar a una todopoderosa industria de la vigilancia, con capacidad para comprar y vender las vidas privadas en aras de la seguridad nacional. Los dos intentos más orwellianos de crear gigantescas bases de datos para tener fichados a millones de ciudadanos -el Matrix y el Total Information Awareness (TIA)- fracasaron antes de tiempo, pero el espectro del Gran Hermano sigue agazapado a la vuelta del semáforo, que cuenta seguramente con una cámara de vigilancia.

«La Administración Bush ha sentado las bases para crear un estado policial», asegura el abogado Ben Wizner, portavoz de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), cinco años librando una batalla constante en los tribunales norteamericanos. «Yo creo que aún no hemos llegado a este extremo, y confío en los resortes de nuestro sistema democrático para llegar a impedirlo. Ahora bien, ¿qué ocurriría si tenemos un nuevo atentado de la magnitud del 11-S?».

Wizner destaca la labor vigilante de asociaciones como la ACLU y la independencia del poder judicial, «que ha sido capaz de frenar varias veces los abusos de poder». Lo más lamentable, en su opinión, ha sido «la claudicación del Congreso, la ausencia casi total de supervisión por parte del poder Legislativo».

Poco después del 11-S, la encuestas revelaban que el 70% de los norteamericanos estaban dispuestos a renunciar a una parte de su libertad por mayor seguridad. La proporción es ahora algo menor, pero los defensores de la «seguridad a toda costa» siguen siendo mayoría.

«Las encuestas hablan de libertad y de la seguridad en sentido abstracto», se justifica Wizner. «Mucha gente interpreta la seguridad como la vigilancia, las medidas en los aeropuertos... Los números serían distintos si a la gente le preguntaran. ¿Aprobaría usted que controlaran sus llamadas o su cuenta bancaria sin autorización judicial? ¿O que el FBI reclamara en su biblioteca los libros que usted ha leído este último año?».

A los pocos días del 11-S, el presidente Bush proclamó la «guerra contra la gente que odia la libertad». La primera víctima de los atentados fue, sin embargo, la sacrosanta libertad a la americana.

Antes incluso de la aprobación de la Acta Patriota -que confirió poderes extraordinarios al FBI y a la CIA para pinchar teléfonos, espiar electrónicamente y tener acceso a los antecedentes financieros y médicos de los norteamericanos-, comenzaron las redadas secretas de ciudadanos extranjeros, en su mayoría de origen árabe, confinados durante meses. Los detenidos llegaron a superar los 800; el Gobierno nunca dio sus nombres. Unos fueron deportados, otros fueron puestos en libertad sin cargos. Decenas de miles fueron «requeridos» por la policía para responder a interrogatorios y dejar sus huellas. Ningún terrorista fue detenido por esta medida «extraordinaria».

El fiscal general John Ashcroft dejó su cargo en medio de crecientes críticas contra su exceso de celo; su sucesor, Alberto Gonzales, se convirtió pronto en blanco fácil y tuvo que explicar en el Capitolio su papel en los «métodos de interrogatorio» por la CIA, en el limbo legal de los «enemigos combatientes» de Guantánamo o en el escándalo de las escuchas secretas de la Agencia Nacional de Seguridad.

Hubo que esperar hasta cuatro años después del 11-S para conocer, en el New York Times, la existencia del programa secreto del Pentágono para espiar las llamadas de los estadounidenses sin autorización judicial. Un tribunal falló que el programa era inconstitucional. La Casa Blanca ha recurrido alegando los poderes extraordinarios del presidente en tiempo de guerra.

El secretismo a ultranza de la Administración Bush quedó una vez más en evidencia cuando meses después trascendió la existencia de otro programa -esta vez ejecutado por la CIA- para espiar millones de transacciones bancarias entre EEUU y el extranjero.

Libertad de información

Lejos de enmendar la plana, Bush y Cheney han arremetido contra los medios de comunicación por hacer la cama al enemigo y revelar la existencia de armas «secretas» contra el terrorismo. La libertad de información ha sido otra víctima de la Administración Bush, con una tendencia al secretismo superior a la de la Administración Nixon.

«Más que el terrorismo en sí, es la respuesta al terrorismo lo que puede hacer daño a la democracia», advierte el ex director del Centro para los Derechos Humanos de Harvard, Michael Ignatieff, en su artículo La paradoja de la libertad, publicado en el Economist.

Para el quinto aniversario del 11-S, el lingüista de Berkeley George Lakoff se pregunta Whose freedom? (¿La libertad de quién?). Su respuesta: «Bush trabaja en contra de la libertad, desde el momento en que promueve un asedio mental y un estado permanente de emergencia, en vez de ofrecernos la auténtica libertad: la libertad del miedo».

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El nuevo mapa geopolítico” por Felipe Sahagun

   

El 11-S y sus secuelas han sido el acelerador de los principales cambios internacionales que se iniciaron tras la Guerra Fría, como el rearme y el nacionalismo

Más que una ruptura del sistema internacional en formación de la Posguerra Fría desde la caída del Muro de Berlín, el 11-S y sus secuelas han sido un gran catalizador de los cambios principales iniciados al final de la Guerra Fría.

Las respuestas a los atentados han acelerado los movimientos tectónicos geopolíticos de finales del siglo XX y han reactivado tendencias, como el rearme o el nacionalismo, que habían empezado a debilitarse en algunas zonas del planeta.

Han acelerado la globalización y, a la vez, su cuestionamiento por parte de los perdedores o víctimas de ese proceso. Pocos lo han entendido mejor que Osama bin Laden. Basta ver dónde coloca su fusil durante las entrevistas, apuntando desde el Indico al bajo vientre del mapa mundi.

Han acelerado el surgimiento de China y de la India como nuevas superpotencias en ciernes. Mientras Occidente, dividido como siempre, derrocha dinero y esfuerzos en derrotar a un enemigo mal definido con una estrategia de eficacia dudosa, China asegura por todo el planeta las fuentes de materias primas indispensables para su consolidación como superpotencia.

Han acelerado la proliferación nuclear y de otras armas de destrucción masiva en los países que se sienten o han sido, de hecho, incluidos como graves amenazas internacionales en la estrategia de seguridad estadounidense.

Mientras Occidente pierde el tiempo en frenar el número de centrifugadoras en poder de Irán, Pakistán sigue adelante con la construcción de un reactor de plutonio de 1.000 megavatios en Jushab que, en pocos años, permitirá a los sucesores de Musharraf, tal vez extremistas islámicos, producir de 40 a 45 bombas atómicas cada año. Multiplicará así por 20 su capacidad nuclear actual.

Washington se lo está permitiendo porque le sigue necesitando en la persecución de Al Qaeda.

Han acelerado el distanciamiento entre Estados Unidos y muchos de sus aliados europeos que quedaron relegados o fueron ignorados en la intervención de EEUU, en una coalición ad hoc, contra el régimen talibán afgano.

Han acelerado la guerra civil entre musulmanes moderados y radicales, y entre el mundo chií, dirigido por la teocracia iraní, y el mundo suní, que ha encontrado en la invasión de Irak el regalo estratégico más importante que se podía hacer a Irán, adversario histórico de Arabia Saudí en el ámbito religioso y de Irak en la lucha por la hegemonía regional en el Golfo Pérsico, principal fuente mundial de petróleo al menos hasta mediados del siglo XXI.

Irán ha utilizado brillantemente el conflicto palestino-israelí para abanderar en el Líbano y en Gaza una de las pocas causas que unen a suníes y chiíes. Así diluye el temor creciente en los principales países árabes a la influencia regional imparable que, gracias al tremendo error estadounidense en Irak, está ganando el régimen iraní.

Han convertido el islamismo yihadista, hasta el 11-S un nicho ideológico reducido, en un movimiento telúrico con una capacidad de arrastre comparable al del comunismo tras la revolución bolchevique y, por sus connotaciones religiosas, posiblemente más peligroso.

Han acelerado el rearme iniciado por EEUU en la segunda mitad de los 90. Sus gastos militares, que antes del 11-S representaban un tercio del gasto mundial, representan, cinco años después de los atentados, más de la mitad del gasto mundial.

Han acelerado la formación de nuevas alianzas entre las grandes potencias frente al hegemón estadounidense en cumplimiento exacto de la tendencia histórica observada, en el último capítulo de su libro Diplomacia, por Henry Kissinger cada vez que, en la historia moderna y contemporánea, un país se ha convertido en superpotencia única.

Ante la imposibilidad de hacer frente con éxito a EEUU y a sus aliados con medios convencionales, se han multiplicado los ataques terroristas y la guerra tradicional ha dejado paso a docenas de guerras asimétricas donde se confunden los actores estatales y no estatales, los combatientes civiles y militares, sin límites en el campo de batalla y sin respeto alguno de las normas más elementales que, con tanto sacrificio, se habían venido elaborando desde finales del siglo XIX.

Han acelerado el deterioro de las organizaciones internacionales y del derecho internacional, y han dejado obsoletas las reglas del sistema construido sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial.

Estos cambios habían comenzado, de forma más o menos visible, mucho antes del 11-S, pero las respuestas de la Administración Bush y de los demás actores internacionales al 11-S los han intensificado.

Como señala Ivo H. Daalder, de la Brookings, en la aceleración de los cambios hay vencedores y perdedores. Entre los primeros se encuentran el yihadismo, estados desestabilizadores como Irán, Corea del Norte y Pakistán, y China, que en cinco años se ha convertido en actor global indispensable sin que nadie, al menos desde Europa y Norteamérica, preste atención a los efectos políticos, económicos y ecológicos de su política.

Entre los perdedores se cuentan regímenes como el talibán y el de Sadam Husein, los neoconservadores estadounidenses que dieron la patada en el avispero de Oriente Próximo sin prever adecuadamente las consecuencias, y, sobre todo, el prestigio y la confianza internacional en Estados Unidos, que desde Vietnam no había caído tan bajo.

Si todavía no hay acuerdo entre los historiadores sobre las causas de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, es absurdo esperarlo sobre las causas y consecuencias del 11-S a sólo cinco años de la tragedia. Cien expertos consultados por la publicación Foreign Policy concluyen que la respuesta hasta ahora ha sido un fracaso.

En la edición de septiembre-octubre de la revista, Juan Cole, profesor de historia en la Universidad de Michigan especializado en el Oriente Próximo, relativiza los efectos del 11-S en la globalización y en la política exterior de las grandes potencias, califica de «probable» el reforzamiento de Al Qaeda, niega el llamado choque de civilizaciones, confirma un choque brutal de políticas, reconoce los riesgos del plan bushista de convertir la lucha contra el terrorismo en otra guerra sin fin y admite, como casi todo el mundo, que el próximo ataque es sólo cuestión de tiempo.

  

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Un enemigo para todos nosotros” por Eduardo Aguirre

   

El fundamentalismo islámico ha cobrado fuerza en los últimos años y se ha convertido en el principal objetivo a erradicar, no sólo de Estados Unidos, sino de toda sociedad democrática. El silencio y la negativa a implicarse de algunos estados juegan a favor de los extremistas.

Confío en que no es necesario contar los detalles de los sucesos de aquel día. No es necesario explicar a los lectores españoles las consecuencias de aquellos atentados. Todos recordamos las horrendas imágenes. Pero no podemos y no debemos olvidar a las víctimas y sus seres queridos. Y no podemos evitar el simple hecho de que hoy las sociedades abiertas se enfrentan a una amenaza seria y existencial.

El mundo está envuelto en un conflicto con el terrorismo transnacional, que predica la violencia, la intolerancia y el extremismo, y hemos de entender la naturaleza y las ambiciones de nuestro enemigo.

El 11 de Septiembre no inauguró una era. Pero nos abrió los ojos a una amenaza que había estado cobrando fuerza y había comenzado a asesinar años atrás. Si hubiéramos mirado con más detenimiento 10 años antes, habríamos visto la determinación y la crueldad de estos terroristas.

Sus ambiciones, como su brutalidad, también están claras. En numerosas declaraciones han reiterado su incesante guerra contra la libertad, contra la democracia y contra todo el que se oponga a su rígida visión de una utopía. El régimen talibán dejó entrever lo que tratan de imponer en todo el planeta: un dogma despiadado, tiránico y perverso que oprime a millones de personas, prohibe que las niñas vayan a colegio, recluye a las mujeres en su casa y propugna que la policía religiosa golpee y azote a los que considera poco piadosos.

Ésta es la naturaleza de nuestro enemigo. Ni qué decir tiene que no se trata de una ideología con la que podemos negociar. No se puede disuadir o corregir a los fanáticos terroristas. No puede haber coexistencia pacífica con aquellos cuyo propósito y cuyo objetivo es aniquilarnos.

En 2001, un país entero se había convertido en santuario y campo de entrenamiento de terroristas. Ese país albergaba a una organización que tramó atentados en cuatro continentes y asesinó a 3.000 civiles inocentes en un lapso de 100 minutos. La faceta militar era necesaria e inevitable, y por eso EEUU utilizó la fuerza para destruir el régimen talibán y el refugio de Al Qaeda. Hoy, Estados Unidos y sus socios de la OTAN, entre los que España desempeña un valioso e importante papel, continúan trabajando para garantizar la estabilidad en Afganistán, eliminar los vestigios del régimen talibán y ayudar al país a avanzar y convertirse en una democracia sólida.

Pero es un error creer que las acciones militares son el límite de la respuesta de EEUU al terrorismo. Esta lucha exige una estrecha coordinación y cooperación entre los organismos responsables de hacer cumplir la ley, la Inteligencia y las autoridades financieras, y eso es precisamente lo que están haciendo Europa y EEUU. Juntos, estamos congelando los activos financieros de los terroristas y desarticulando redes de reclutamiento. Estamos localizando, deteniendo y juzgando a los organizadores e inspiradores de la violencia terrorista.

Éstas son respuestas necesarias y apropiadas a la amenaza del terrorismo internacional, pero no son suficientes. Se trata de un conflicto ideológico contra una fuerza política violenta opuesta a todo lo que representan las sociedades abiertas y democráticas. Y sólo ganando la batalla ideológica, durante años y generaciones, se podrá derrotar a la amenaza del terrorismo.

El primer paso es rechazar la ideología de los terroristas. La culpa de las muertes causadas por el terrorismo es sólo de los terroristas, no de los que se oponen a él. Los terroristas no pueden convencer, así que tratan de intimidar, confundir y engañar. La abrumadora mayoría de las víctimas de los atentados terroristas islamistas han sido los propios musulmanes, porque, a pesar de la retórica de los terroristas, su más temible enemigo no es Occidente, son la moderación, la tolerancia y la dignidad humana de la inmensa mayoría dentro de las sociedades musulmanas. Y en todo el mundo musulmán, la gente de fe, de paz y de tolerancia está mostrando que rechaza el camino de los terroristas. Sólo ellos pueden impedir que éste avance, minar su fuerza y contrarrestar su veneno. Ellos serán los vencedores sobre el extremismo pseudoislamista.

Podemos ayudarles. A través de programas como el Foro para el Futuro, del G-8, EEUU está apoyando iniciativas de países de todo el mundo musulmán para fomentar una mayor apertura política y económica, fortalecer la sociedad civil y crear más oportunidades para las mujeres. Éste es el segundo paso, vital. Pero necesitamos la ayuda de todos. El silencio y la negativa a implicarse juegan en favor de los extremistas.

Están en juego la seguridad y el carácter abierto de nuestras sociedades democráticas. Está en peligro la posibilidad de una paz duradera. En palabras del presidente Bush, se trata de «la gran batalla ideológica del siglo XXI» y de «un llamamiento a nuestra generación». Perder es algo que no podemos permitirnos.

Eduardo Aguirre es embajador de Estado Unidos en España y Andorra

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El 'libre mercado armado' del terrorismo” por Pablo Pardo

  

WASHINGTON.- Una inversión con una tasa de retorno del 1.500.000%. Es decir, por cada euro invertido, se obtienen 1,5 millones de beneficio. El sueño de todo inversor. Y el impacto económico del 11 de Septiembre, aunque en ese caso, Al Qaeda en vez de dividendos buscaba destrucción.

El grupo terrorista gastó en la operación un total de 200.000 dólares (unos 156.000 euros), según declaró Zacarias Moussaoui en el juicio por su participación en la trama terrorista.

A cambio, las pérdidas totales para la economía mundial han sido de 300.000 millones de dólares (236.000 millones de euros), de acuerdo a las estimaciones del Fondo Monetario Internacional. Eso equivale al 0,75% del PIB mundial, o a la producción total de bienes y servicios de toda la economía española durante cuatro meses.

Fueron los ataques más rentables de la Historia. Y, además, fijaron la pauta. Los atentados de Madrid del 11-M costaron a los terroristas 41.000 euros. Los de Londres del 7-J, apenas 8.000 libras, es decir, algo menos de 12.000 euros.

Como ha declarado a este periódico Loretta Napoleoni, una experta en financiación del terrorismo, «cada día que pasa es más barato realizar un atentado masivo».

El sistema financiero y la economía sumergida proporcionan, además, vías más que suficientes para que los terroristas costeen sus operaciones.

El 11-S, al igual que la mayor parte de las actividades de Al Qaeda y de los talibán, se financió con dinero procedente de los países del Golfo Pérsico y de Pakistán, que a su vez fue girado sin problemas por conductos bancarios normales al comando de 19 suicidas en Estados Unidos.

Los asesinos del 11-M, según la Policía española, consiguieron los fondos necesarios para masacrar a 192 personas por medio del tráfico de drogas. Aunque el que lo tuvo más fácil fue Mohammed Sidique Khan, el jefe de los suicidas de Londres. Las fuerzas de seguridad británicas admiten que no saben exactamente cómo financió el atentado, pero creen que obtuvo el dinero usando sus tarjetas de crédito y pidiendo tranquilamente al banco un crédito personal de 10.000 libras (unos 15.000 euros).

Como afirma Camille Pecastaing, un experto en terrorismo islámico de la Universidad Johns Hopkins, «los terroristas no mueven grandes sumas de dinero. No es fácil detectar cómo mueven sus recursos».

De hecho, la famosa hawala, es decir, la transferencia de dinero por canales controlados por árabes y ajenos al sistema financiero internacional, no parece haber sido utilizada nunca por los terroristas para mover su dinero.

Tal vez eso se deba a que no les hace falta. Según la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), en el mundo se blanquean al año entre 600.000 y 1,5 billones de dólares (473.000 y 1,1 billones de euros).

Ante semejante volumen de fraude, iniciativas como la Ley Patriótica de Estados Unidos, que refuerza el control sobre las actividades bancarias, o el famoso caso de espionaje llevado a cabo por la CIA sobre las transacciones bancarias en todo el mundo es, simplemente, poner puertas al campo.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Una nueva era cargada de alarmas” por Alberto Ronchey

   

En vísperas del aniversario, el prestigioso periodista italiano Alberto Ronchey hace repaso a las novedades sociales que han traído los atentados de integristas islámicos, desde el aumento del número de terroristas suicidas a los bruscos cambios en las medidas de seguridad colectiva.

La secuencia de los fulminantes ataques contra los rascacielos de Nueva York, el 11 de Septiembre de hace cinco años, mostraron en vivo y en directo por televisión escenarios hasta entonces inimaginables, mientras en sobreimpresión se transmitían mensajes traumáticos: «America under attack» (CNN) o «Terror in America» (Sky News).

Comenzaba «la guerra más larga de Estados Unidos», como la definió The Economist, ampliada después a cualquier parte del mundo por las conspiraciones del terrorismo islámico latente o por matanzas explícitas como las que golpearon a España o a Inglaterra.

Tras el 11 de Septiembre de 2001 comenzó una nueva era. Por vez primera, un terrorismo internacional inasible, sin base territorial y, por lo tanto, inmune a represalias, arremete contra estados potentes, pero vulnerables.

Una iniciativa inicial de represalia militar directa provocó la invasión de Afganistán, cuando el califa del terror, Osama bin Laden, estaba protegido por las milicias talibán de Kabul.

Hoy, cinco años después, el fenómeno del terrorismo islamista es una auténtica pandemia que echa por tierra la propia noción antigua de guerra. Desde hace tiempo, Al Qaeda recluta secuaces del integrismo militante incluso en las sociedades occidentales entre los nietos y los hijos de los inmigrantes, los llamados home grown, terroristas «criados en casa», como prueba el caso de Londres.

También asume formas completamente novedosas el fideísmo violento y suicida, que incluso cuenta ya con su propia historia. En el ámbito de la yihad o guerra santa islámica, el martirologio de dimensiones colectivas no tiene precedentes. De hecho, se multiplican los shahid o mártires, los que aspiran a suicidarse matando a gente inocente como una sagrada y salvadora liturgia que, para ellos, vale más que su propia vida.

También es novedoso el hecho de encontrar concepciones y personas sólo aparentemente contemporáneos, porque la verdad es que parecen pertenecer a siglos pasados. Como explicaba ya en sus tiempos de teólogo eminente Joseph Ratzinger, las manifestaciones de violencia no pueden imputarse a religión alguna per se, sino a los límites culturales en los que se plasma.

Estaba ya claro en 1989 que no podía considerarse de nuestro tiempo la fatua o el decreto de muerte contra Salman Rusdhie por blasfemia, condenándolo a vivir escondido toda su vida. Fenómenos similares a ése sólo se pueden encontrar en algunos periodos de oscurantismo de nuestra historia, pero en siglos muy lejanos.

Por último, el otro hecho novedoso es que, por vez primera, la modernidad es combatida con sus propios instrumentos económicos y tecnológicos por parte de quien querría destruirla. Los ejemplos no faltan. Ingentes capitales procedentes de recursos como la energía petrolífera, descubierta con la técnica occidental, son transferidos y distribuidos entre las células del terrorismo por medio de operaciones realizadas en pocos segundos por vía telemática. Armas, como los lanzamisiles o los agentes químicos venenosos o los anunciados explosivos líquidos y otras amenazas se basan en las tecnologías más modernas.

Por eso, en la nueva era, se entrecruzan alarmas a las que hay que hacer frente con máxima atención y sin concesiones. Pero, al mismo tiempo, se impone el estado de necesidad, que exige inevitables correcciones y limitaciones en la forma de vida occidental, en el ámbito de una nueva relación entre los derechos personales y las razones de la seguridad colectiva.

Alberto Ronchey, escritor, es editorialista del Corriere della Sera y fue ministro de Bienes Culturales entre 1992 y 1994.

    

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Un antes y un después en la industria del cine” por Borja Hermoso

   

MADRID.- La jornada de horror de aquel final del verano de hace cinco años estableció una macabra pero instantánea relación con el cine. Porque fueron innumerables las bocas que, ante la contemplación atónita de los aviones incrustándose en las Torres, dejaron caer en un acto reflejo frases del tipo: «Es increíble, sobre todo porque parece una película, pero no lo es».

Hollywood llevaba décadas proponiendo a sus audiencias atentados en masa, ataques nucleares o devastaciones a manos de malvados terroristas de ficción contra las ciudades occidentales. Pero, en aquel 11-S, estaba claro que el manido tópico iba a elevarse a categoría de verdad absoluta: la realidad superaba, con creces, a la ficción.

Ya nada volvió a ser igual. Los ataques en EEUU marcaron un antes y un después en el arte y en la industria de hacer películas. Los recientes estrenos de United 93, del británico Paul Greengrass, y de World Trade Center, del estadounidense Oliver Stone, cinco años después de los atentados, marcan el pistoletazo de salida de lo que será un subgénero dentro del género de catástrofes: el cine del 11-S.

Greengrass relata el calvario sufrido por los pasajeros del Boeing 757 que se estrelló en Pennsylvania, y que en teoría se dirigía hacia la Casa Blanca. Stone prefirió centrar su cámara en Nicholas Cage para simbolizar la jornada negra vivida en las Torres Gemelas por policías y bomberos.

Pero hay que recordar que no fueron ésas las primeras reflexiones cinematográficas en torno al 11-S. La película 11'09''01, en la que intervinieron 11 directores de 11 nacionalidades distintas (entre ellos Ken Loach, Sean Penn y Alejandro González Iñárritu) para contar su historia en 11 minutos y nueve segundos, fue estrenada en todo el mundo en 2002. En todo el mundo... menos en EEUU, donde las presiones de la Administración Bush sobre la industria del cine en lo relativo a la interpretación de los atentados eran ya abrumadoras.

El todopoderoso Jack Valenti -en aquel entonces patrón de la Motion Pictures Association, que controla a los cineastas de Hollywood- y Kart Rove, consejero de Bush, fueron quienes manejaron los hilos de la nueva censura.

Mención aparte merece Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, quien acabó logrando una victoria simbólica al ganar la Palma de Oro en Cannes con su vitriólica crónica de las relaciones comerciales entre la familia Bush y Osama bin Laden.

Esa metida de mano sobre el cine tuvo consecuencias. Una de ellas fue la nueva caza de brujas contra todos los que criticaron las invasiones de Afganistán e Irak, como Martin Sheen, Sean Penn, Tim Robbins o Susan Sarandon. Pero la más significativa consistió en parar los proyectos de películas sobre catástrofes, atentados o secuestros y borrar de las ya rodadas todo lo que visual y subconscientemente recordara a las Torres.

Hubo casos flagrantes. Los productores de Spiderman borraron en la sala de montaje las dos torres por las que tenía que haber trepado el Hombre-Araña; los de Men in Black II anularon la campaña de promoción, apoyada en un póster de Will Smith y Tommy Lee Jones con las Torres detrás. Ahí, no es que la realidad superase a la ficción. Es que la ficción fue corregida con goma de borrar.

    

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Cinco Años Después: El 11-S en ABC

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 5:40, Categoría: Al Qaeda

No esperen encontrar sustanciales diferencias en ABC. No es el mismo estilo que el diario EL PAIS, pero hay ese ‘tufillo’ antiamericano. Estados Unidos se ha equivoca, el enemigo disperso, existe el derecho defensa pero… Este país no tiene remedio, el enemigo está dentro, es la ‘quinta columna’ que siempre les menciono. El diario de Vocento no se posiciona contra Estados Unidos, pero en la inmensa mayoría de sus crónicas mantiene una inquietante equidistancia, víctimas al margen por supuesto.


“11-s, un atentado que cambió el mundo” (Editorial de ABC)

  

El 11 de septiembre de 2001 un grupo de fanáticos musulmanes perpetró un atentado terrorista que ha cambiado el rumbo de la historia de la humanidad. No era ni la primera acción de este tipo, ni desgraciadamente fue la última, pero la fecha pasará a la historia como el momento en el que se produjo una mutación probablemente irreversible de los conceptos globales de amenaza y seguridad. Las vidas de todos los habitantes del planeta se han visto afectadas directa o indirectamente por ello, al subirse a un avión, al entrar a un edificio oficial o al llenar el depósito de gasolina, entre otras muchas cosas, y aún no podemos saber si volveremos a un escenario que se pueda considerar «normal» o si es que la normalidad va a ser precisamente esta situación de prevención continua. La fecha del 11-S ha quedado definitivamente marcada en la historia.

Cinco años después subsiste en parte de la opinión pública occidental una especie de ingenua perplejidad ante este suceso y son muchos los que mezclan los rancios resabios de antiamericanismo con cierto grado de comprensión hacia las causas que los terroristas utilizan para justificar sus crímenes. Pasado el tiempo, ha disminuido el impacto de la dimensión gigantesca del ataque contra Nueva York y Washington (más de 3.000 muertos) y ni siquiera los atentados terroristas de Madrid y Londres que vinieron luego han servido para perfilar los contornos de un conflicto en el que las sociedades libres de Occidente están implicadas. Desde el fin de la II Guerra Mundial, los occidentales, los europeos especialmente, hemos hecho de la tolerancia y la paz el primer objetivo de nuestras relaciones con el resto el mundo, y cinco años después de la mayor embestida criminal cometida contra nuestra civilización, es preciso recordar que estamos siendo atacados por una fuerza que quiere destruirla y frente a la cual nuestros más nobles deseos están siendo utilizados contra nosotros.

Desde aquel 11-S se han producido otros acontecimientos traumáticos en el mundo. Primero fue la defenestración del régimen talibán de Afganistán y luego la caída del dictador iraquí Sadam Husein en Irak. La reacción inicial al ataque que lideró Estados Unidos fue como un huracán, en buena parte alimentado por el dolor de la herida recibida, pero también animada por la claridad en la percepción de la amenaza: una parte importante del mundo musulmán se opone a la modernización y a la simbiosis de su religión y modo de vida con las fructíferas corrientes globales, y ha decidido intentar destruir lo que consideran el foco de esa amenaza y que para ellos son las sociedades libres, con la misma determinación con la que creen que los guerrilleros afganos demolieron la Unión Soviética con la fuerza del Corán.

Nos enfrentamos a gentes que son capaces de morir con tal de intentar causar el mayor daño posible. El terrorista suicida, como los que ejecutaron la matanza del 11-S, representa efectivamente el paradigma de nuestras contradicciones cuando tenemos que afrontar casos como el de las torturas de Abu Grahib o la cárcel ilegal de Guantánamo. Los líderes occidentales están obligados a ser los primeros en respetar los valores que defendemos y por los que afirmamos la superioridad de nuestra causa frente a sus adversarios. Pero al mismo tiempo no pueden dejar de utilizar todos los recursos a su alcance, para garantizar la seguridad de sus ciudadanos y la pervivencia de nuestras democracias. El debate entre libertad y seguridad, en el que lamentablemente nos vemos obligados a escoger cuánto estamos dispuestos a perder en cada caso, va a seguir estando en el centro de la discusión política, policial y militar.

El actual Gobierno español tomó en su día la decisión de retirar los soldados de Irak, pero los mantiene en Afganistán, haciendo una extraña distinción entre las amenazas que han sido señaladas expresamente y según ciertos criterios por las Naciones Unidas y las que fueron determinadas de otro modo, como si se tratase de cosas diferentes. Se trata de un error que tarde o temprano los hechos se encargarán de esclarecer, como demuestra que los propios informes del Ejército español reconocen que en Afganistán nuestras tropas se encuentran en una situación de guerra tan grave como la que el Gobierno creyó abandonar en Irak. En los últimos diez días, las fuerzas de la OTAN en aquel país han matado a 420 militantes de Al Qaida -la célebre franquicia a la que se atribuye el liderazgo espiritual de quienes nos atacan- y sólo en el día de ayer fueron 94. En cuanto a la misión en el sur del Líbano, si no cambian mucho las cosas, será inevitable que se vean involucrados en un conflicto en el que se enfrentan por vías interpuestas la democracia israelí y el régimen teocrático iraní, que por cierto se ha dedicado a desafiar a la comunidad internacional con su peligrosísimo rearme nuclear, mientras el Gobierno le colmaba de atenciones con esa propuesta de «alianza de civilizaciones» tan oportunista como vacía.

La situación cinco años después del 11-S sigue siendo tan grave como aquellos días y en algunas cosas se podría decir que ha empeorado. Puesto que no se trata de una guerra convencional, no es fácil determinar dónde está el frente y los movimientos de las líneas adversarias.

Se trata de una confrontación global y multilateral, en la que está en juego la supervivencia de nuestras sociedades, y en este periodo de mundialización no es posible ignorar que lo que sucede en un punto tiene repercusiones en todo el planeta. Se trata de una guerra de valores que las sociedades libres no podemos permitirnos el lujo de perder. Ya no hay retirada posible y aquéllos que pretendan seguir viviendo en libertad deberán estar dispuestos a pagar el alto precio que desde el 11-S nos han impuesto los terroristas.

   

Editorial publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El 11-S y el nuevo escenario estratégico (I)” por Emilio Lamo de Espinosa

   

... Nuestras sociedades están hoy traspasadas de causalidades perversas, múltiples escenarios de riesgo, que pueden ser utilizadas con simplicidad para producir inmensas catástrofes. La complejidad, que nos hace fuertes, puede ser también nuestro talón de Aquiles...

Sólo el paso del tiempo permite calibrar la relevancia de un acontecimiento y lo usual es que vaya a menos para deslizarse desde la memoria al recuerdo y, finalmente, al olvido. No siempre es así, como sabemos bien los españoles de hoy. Y ciertamente no es así con el 11-S, cuya importancia crece al pasar de los años. Por supuesto, todos intuimos inmediatamente que algo importante, tremendo, y de gran alcance, tenía lugar ante nuestros ojos, mayor incluso que el desplome imponente de las torres gemelas de Nueva York con la muerte inmediata de miles de personas. Y es seguro que todavía necesitaremos distancia para calibrar su alcance. Pero en aquellas imágenes teníamos la certificación del fin de una época y de una esperanza pero también, al tiempo, y como en una miniatura, casi todos los componentes del futuro que hoy nos persigue amenazante.

Fin de una época y de una esperanza, ciertamente. Pues para quienes creíamos que el «corto» siglo XX (Hobsbawm) había finalizado en 1989 con el triunfo de la libertad sobre el totalitarismo soviético, abriendo una era de generalizada democratización y prosperidad, descubríamos atónitos que sólo había sido un paréntesis, un entreacto para cambiar de escenario y abrir de nuevo «puertas de fuego» (K. Annan) al conflicto. La esperanzadora post-guerra fría acabó la mañana del día 11 para dar paso a la post-post-guerra fría (R. Haas), casi la síntesis entre la larga tesis de la Destrucción Mutua Asegurada y la breve antítesis de los «felices años 90» (Stiglitz). De modo que no es sorprendente que muchos aseguráramos que el 11-S era el verdadero comienzo del siglo XXI (T. Garton Ash), pues con seguridad fue el comienzo de un nuevo escenario mundial que esperaba a ser descifrado: la globalización, la sociedad del riesgo, la hegemonía americana, la nueva amenaza del terrorismo, la inoperancia de Occidente y de las Naciones Unidas. Todo estaba ya allí en aquellas terribles imágenes que aún hoy, al verlas por enésima vez, estremecen casi como el primer día.

Y en primer lugar, la globalización. Al acabar la segunda guerra mundial escribía Ernest Jünger: «Esta guerra civil mundial ha sido la primera obra común de la humanidad. La paz que le ponga término habrá de ser la segunda... La historia humana está tendiendo con apremio hacia un orden planetario». Orden planetario que representan, a la par, un Occidente articulado por la alianza atlántica, de una parte, y las Naciones Unidas, de otra, el primero con su inmenso (pero ilegítimo) poder fuerte, pero carente cada vez más de poder blando, el segundo con legitimidad universal, pero impotente e inoperante. La globalización, el nuevo «orden planetario», es el primer problema del presente: el mundo es ya uno, pero carecemos de instrumentos de gobernabilidad global.

Pues es esta globalidad lo que genera las condiciones ambientales de un 11-S, que ejemplifica, casi magistralmente, lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck había llamado Risikogesellschaft, la sociedad del riesgo: una sociedad en la que el entramado encadenado de causalidades y dependencias genera situaciones tales que pequeñas variaciones en un extremo son amplificadas por la red y producen consecuencias monstruosas en otro extremo, el caldo de cultivo de «efectos mariposa». Dadme una palanca y moveré el mundo, podían decir los terroristas, pues con sólo unos cortapapeles consiguieron derribar las torres simbólicas del comercio mundial y de la globalización, utilizando los aviones como espoletas, en el mayor acto terrorista de la historia. Jamás se representó con mayor énfasis el mito de David contra Goliat. Nuestras sociedades están hoy traspasadas de causalidades perversas, múltiples escenarios de riesgo (aviones, trenes, presas, redes cibernéticas, comercio, petróleo), que pueden ser utilizadas con simplicidad para producir inmensas catástrofes. La complejidad, que nos hace fuertes, puede ser también nuestro talón de Aquiles.

En segundo lugar, y por supuesto, allí estaba el Imperio americano, rotundamente hegemónico tras la caída de la URSS, y sin cuya comprensión tampoco se entiende el terrorismo. Pues tras la multipolaridad westfaliana que, desde 1648, nos vino regalando una guerra por generación, pasamos a las (pocas) grandes potencias del XIX, y desde ellas, a la bipolaridad de la segunda post-guerra y a la marcada unipolaridad del presente. Puede que jamás, desde Roma, haya habido tal asimetría de poder. Los americanos gastan en defensa tanto como todo el resto del mundo e invierten en I+D tanto como todo el resto del mundo. Por innovación y por capacidad es un Ejército imbatible en una guerra convencional, preparado y dimensionado para ganar al tiempo en dos frentes de batalla cualesquiera. Basta asomarse a la web del Pentágono para ver en ella un mapa del mundo y su precisa delimitación en seis Mandos Centrales a cuyo frente hay otros tantos procónsules de varias estrellas encargados de supervisar el mundo entero. El nuevo terrorismo aparece así como el nuevo arte de la guerra en un orden internacional en el que no caben guerras convencionales pues las gana de antemano el «Hegemón». Un terrorismo que pasa por encima de los Estados y, por supuesto, por encima de sus tratados, acuerdos o convenciones, papel mojado en el nuevo arte de la guerra total.

Emilio Lamo de Espinosa es Catedrático de Sociología

   

Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El mal” por Ignacio Camacho

   

«No me di cuenta de que se trataba de un atentado hasta que no estaba lejos de las torres. Vi chocar el primer avión y pensé, como casi todo el mundo, supongo, que era un accidente. Yo estaba abajo, en la explanada, en el hotel de enfrente al WTC, e iba a volver a mi oficina a recoger unos papeles antes de regresar a España. Incluso me planteé subir a por ellos después del impacto, porque mi empresa estaba en los pisos bajos. Pero entonces empezó a salir gente huyendo y cambié de idea».

El hombre hace una pausa para tomar un sorbo de vino y mirar alrededor. Sus ojos claros se vuelven brumosos, impregnados de una niebla de dolor, y su tono bajo es de una dulzura melancólica. Es de noche y en Zalacaín los comensales próximos hablan de negocios en murmullos suaves.

«Sí, vi caer gente desde lo alto, a lo lejos. Y recuerdo muy bien la lluvia de papeles, miles de hojas revoloteando sobre nuestras cabezas en medio del pánico y de la confusión. Es curioso, pero en esos primeros momentos había muchas personas fuera, mirando. No sabíamos si entrar o echar a correr, y al final te quedas ahí helado, inmóvil, atrapado en una especie de fascinación ante la intensidad de la catástrofe».

«El caso es que al rato estalló la segunda torre. Yo no vi el avión, estaba del otro lado, y pensé que era una explosión por simpatía de la primera. Lo que sí tuve ya claro, porque soy ingeniero, es que aquello se podía caer y había que alejarse. Así que eché a andar deprisa, volviendo la cabeza para mirar. El primer desplome produjo un ruido enorme, apocalíptico, y nos alcanzó una nube de polvo que lo envolvía todo. La gente venía corriendo como si escapasen del infierno».

«En la calle pasó junto a mí un hombre muy sofocado, y se puso a mi par. Sentí necesidad de hablar, y le dije que lo de la primera torre había sido por un avión. Y él contestó: la segunda también. Entonces me di cuenta de golpe de lo que había ocurrido, como si juntase los cables de un circuito. No era el azar de un accidente, era la obra del mal, el mal en estado puro, el abismo de la condición humana. Fue como una cuchillada de estupor, o de angustia, más que de miedo. Porque sabes que el mal existe, en abstracto, pero de repente lo ves delante de ti, ahí, ante tus ojos, abierto como un precipicio... y sientes una sensación muy frágil; te desplomas por dentro, como las torres, ante la certeza de una maldad tan honda, tan tortuosa, tan potente. Me quedé paralizado un rato, sentado en el escalón de un portal. Luego busqué caminando otro hotel, y estuve varios días encerrado, sin hablar con nadie. Aún me tiembla algo dentro... Me pregunto cómo puede haber entre nosotros quien piense que algo así tiene un motivo, una justificación, una lógica...».

Su mirada se pierde en los cuadros de caza de la pared. Un largo silencio. Otro sorbo de vino y luego, como si espantara algún demonio interior: «¿Sabes? Mucha gente corría descalza, habían perdido los zapatos».

   

Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“11-S, el terror invisible” por Eduardo San Martín

    

Hoy hace exactamente cinco años, junto con las Torres Gemelas, se derrumbaron otros edificios. Entre ellos, y de forma definitiva, el que albergaba el viejo orden internacional y sus seguridades, basadas en un equilibrio de amenazas que garantizaba que nadie se atrevería a lanzar la primera piedra. Entre octubre de 1989, cuando las revoluciones tranquilas derribaron el último contrafuerte de las dictaduras comunistas, y los ataques del 11 de septiembre de 2001, la utopía que alumbraba el fin de la Historia aguardaba encarnarse en un nuevo orden que sustituyera, de manera tranquila, el mutuo terror asegurado. Los aviones de Alí Atta y sus diecisiete compañeros acabaron abruptamente con esa ensoñación y dieron por finiquitada una época. El terror se hacía invisible, por lo que no había manera de equilibrarlo.

Se imponía, pues, una nueva forma de guerra contra esa amenaza, difusa pero altamente eficaz, que aprovechaba las ventajas de la globalización y la relajación inducida por una década de distensión. Cinco años después, el balance pone los pelos de punta. ¿Ha sido esa guerra una equivocación? Desde luego que no. Los indudables errores cometidos por el Gobierno norteamericano pueden haber agravado la amenaza, pero ésta no es producto de las mentes calenturientas de unos visionarios neoconservadores. Ahora bien, ¿hemos de continuar esa guerra en los términos en que se formuló bajo el impacto emocional del ataque terrorista más despiadado de la historia? Con toda seguridad, tampoco.

Vale la pena detenerse en el balance. Dejando aparte el fracaso de posguerra en Irak, que ya ha dado lugar a una bibliografía exhaustiva, Afganistán no es un ejemplo de reconstrucción nacional. Karzai se ve obligado a pactar con los talibanes del sur mientras los mandos de la OTAN reclaman más recursos para detener a una guerrilla que ha importado, con éxito, la técnica del atentado suicida. El ataque contra la embajada de Estados Unidos, la semana pasada, representa un salto importante en esa escalada. Entretanto, los señores de la guerra siguen controlando el negocio de la heroína, que supone el 90 por ciento de la producción mundial.

Mientras, la bienintencionada Iniciativa para un Gran Oriente Medio, que debería extender la democracia a los países de la región, languidece porque, como denunciaba recientemente Gilles Kepel, a medida que las elecciones las iban ganado los islamistas, «la democratización ha dejado de ser una prioridad para Washington». También ganó Hamás en Palestina, con las secuelas ya conocidas. La reciente guerra del Líbano, por otra parte, ha debilitado al Gobierno israelí, ha fortalecido el prestigio de Hizbolá y ha interrumpido la reconstrucción física y política del país, en perjuicio de los intereses occidentales en la zona; y ha mostrado una vez más la falta de resolución de Washington para imponer el final de un conflicto que sigue nutriendo de «mártires» las filas del islamismo radical. Y por si fuera poco, emerge como potencia en la región una república clerical presidida por un fanático antisemita en vías de obtener la tecnología necesaria para fabricar armas nucleares.

No es extraño que el propio primer ministro británico, aliado fiel de Bush, admitiera tácitamente que Occidente está perdiendo esa guerra. Fue a principios de agosto en Los Ángeles: «No ganaremos la batalla contra el extremismo global al menos que venzamos en el nivel de los valores». ¿Blair convertido a la Alianza de Civilizaciones? No. No hace falta apuntarse al candor para quitarse la venda. Richard Haas, jefe de planificación política con Colin Powell, llegaba a una conclusión semejante hace menos de un mes: «No puede derrotarse al terror sólo mediante las armas». Entre la retórica apaciguadora de los aliancistas y la ceguera belicista de los halcones, debería abrirse una tercera vía. La apuntaba el último número de The Economist, un semanario que apoyó decididamente la guerra de Irak. «El mundo -decía- debe seguir esforzándose por destruir Al Qaida y, aún más, la idea que representa. Pero sería mejor que lo hiciera con medios más inteligentes que los utilizados hasta ahora por Bush».

   

Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Así se pierde la guerra” por Alberto Sotillo

    

Quien es víctima de un ataque como el del 11-S tiene derecho a defenderse y, llegado el caso, a hacer un legítimo uso de la violencia. Lo que no tiene es el derecho a equivocarse. Aquel atentado fue una declaración de guerra que, tal vez, se había iniciado años antes. Pero la guerra contra el terrorismo ni es la segunda guerra mundial ni es la guerra fría. Una confusión -tal vez deliberada- que nos ha conducido a la calamitosa situación presente.

Los defensores de la actual estrategia de seguridad intentan convencernos de que no nos queda más remedio que hacernos a la idea de que estamos ante una guerra eterna. La propuesta de por sí es alarmante. Pero lo que más inquieta es que la guerra contra el terrorismo se desarrolle en conflictos tan «convencionales» y catastróficos como el de Irak. El terrorismo es un enemigo invisible, fuera de lo convencional, que no necesita identificarse con un Estado para golpear. Y tras el 11-S, la Administración norteamericana reaccionó con el viejo hábito de la guerra fría de encarnar la amenaza en un grupo de Estados «rufianes» y en dividir el mundo en dos bloques: «demócratas» y «antidemócratas». Tras lo que pasó a convertir la guerra fría en caliente y a presentar esa peculiar lucha contra el terrorismo como una emulación de la segunda guerra mundial, en la que Sadam Husein era Hitler y Bin Laden el Emperador de las Tinieblas.

El 11-S marcó una nueva era. Estamos en un nuevo siglo, frente a amenazas que nada tienen que ver con las del nazismo y la guerra fría y que no se pueden combatir con los métodos del pasado. Catalogar a Bin Laden de fascista nos puede dejar el cuerpo tan a gusto, pero nada adelantamos en el diagnóstico del peligro. Comparar la toma de Bagdad con el desembarco en Normandía y pensar que se acaba con el terrorismo invadiendo un país con inmensas reservas de petróleo puede ser muy reconfortante para el «comandante en jefe», pero ha sido como apagar un fuego con chorros de gasolina. Puedes reprochar al vecino su pasividad, pero las llamas no se van a extinguir por más combustible que le eches.

El mundo es hoy mucho más peligroso que en 2001. Al Qaida sigue campando por sus respetos, y una respuesta equivocada a la amenaza ha contribuido a empeorar las cosas. Nicolas Baverez, que no es precisamente un izquierdista, ha hecho en ABC un diagnóstico alarmante: «Los riesgos se aceleran» tras «el fracaso de la respuesta estadounidense a los atentados del 11 de Septiembre». Y no es precisamente un francés con instintos antiamericanos quien lo dice. Todo lo contrario. Cinco años después, habría que reflexionar y dar una respuesta algo más racional que esa que cuenta que no nos queda más remedio que afrontar una guerra eterna en la que la situación va a seguir empeorando de día en día.

  

Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El horror y un amargo heroísmo” por Mercedes Gallego

   

Louie Cacchioli: «Cada día me pregunto por qué yo pude salir y ellos, no»

Nueva York - La foto de Louie Cacchioli, vestido con su uniforme de bombero aún empolvado, fue elegida para ilustrar la invitación de la exposición «Rostros de la Zona Cero» por la dureza de su mirada. Nada en ese gesto áspero permitía adivinar que Cacchioli terminaría retirándose del cuerpo, un año después, incapaz de remontar las secuelas emocionales del 11-S. Todavía hoy, cinco años más tarde, sigue recibiendo terapia psicológica.

«No hay un día en el que no piense en mis compañeros y en lo que pasó», relata el bombero retirado. «Sufría el síndrome de culpabilidad del superviviente. Racionalmente sabía que no era culpa mía, pero no podía dejar de preguntarme porqué yo sí pude salir y ellos, no». Caccioli acababa de evacuar a medio centenar de oficinistas a través de la escalera de emergencias de la Torre 1. Estaba cogiendo aliento cuando el edificio se le vino encima. En los días posteriores los niños le saludaban por la calle con algarabía y los hombres le daban las gracias por su heroicidad, pero él no podía dejar de pensar en los 343 bomberos que nunca salieron con vida de las Torres Gemelas.

Con dedicación obsesiva se enfrascó durante mes y medio en buscar sus cuerpos entre los escombros, pero sólo encontró un brazo, una pierna o un reloj. Cada uno de esos macabros hallazgos podía sumir a cualquiera en la desesperación, pero Cacchioli los atesoraba como la prueba de su cordura. «No se encontró ningún cuerpo. ¿Dónde están? ¿Se han evaporado? ¿A dónde se fueron?». No lo pregunta con tristeza sino con rabia.

El profesor de psiquiatría Luis Rojas Marcos, entonces presidente del Sistema de Salud y Hospitales Públicos de Nueva York, apunta a esa ausencia de cadáveres como una de las causas del trauma colectivo que dejó el 11-S. El 40% de los 2.773 muertos nunca ha aparecido. «Salieron esa mañana de sus casas y se desvanecieron para siempre», resume. Pero «los seres humanos necesitamos enterrar a nuestros muertos, saber cómo murieron, si estaban solos, si sufrieron». Su obsesión por encontrar aunque sólo fuese una pulsera que entregar a cada familia, y la ira que aún desprende contra los funcionarios del gobierno «que no hicieron su trabajo y permitieron que esos atentados ocurriesen» también distanció a Cacchioli de su propia familia. La terapia matrimonial salvó ese matrimonio, en el que hasta los hijos acabaron en el diván.

El matrimonio de Benny Hom aún agoniza, cinco años después. Irónicamente, el 11-S es también la fecha de su aniversario de boda, y aquella noche de 2001 había planeado una cena romántica con su esposa. «Para mi mujer ha sido insoportable que esa tragedia coincidiese con nuestro aniversario, lo ha arruinado para siempre». Hom cree que no ha sufrido ningún trauma, pero admite que su esposa le acusa de haber cambiado, de ser más callado y distante. «Atribuye los problemas de nuestro matrimonio a lo que pasó entonces».

De aquél día recuerda a uno de sus compañeros vagando en medio de la nube de polvo, abrazado a una pierna. «Intenté que se sentase pero él seguía diciendo: “No, es que tengo sólo una pierna”». De todas las visiones que tuvo que soportar aquél día, la que más le traumatiza es la última que cuenta en voz baja, como si temiese que alguien más se enterase. Recuerda a su amigo Dave en la puerta de cristales que unía las dos torres. «Vente conmigo», le aconsejaba éste. «No puedo, tengo a esos dos...», se excusaba recordando a los dos aprendices que dependían de su radio. Su amigo, con el que ingresó en el cuerpo para cumplir la promesa infantil de hacerse bomberos, le insistía. Entonces alguien gritó «¡Se cae la torre!» Benny tiró al suelo la bombona de oxígeno y corrió tanto como pudo. Dave se quedó dentro. Durante meses escarbó entre los escombros con la esperanza de encontrarle. «Nunca sacamos a nadie con cabeza», recuerda con calma. «Un día nos sentamos con esa pala tan ridícula que nos habían dado y dijimos: “Esto es absurdo, aquí no hay nadie”. Ese mismo día empezamos a tirar de lo que parecía un cable de teléfono y resultó una espina dorsal. Nos dimos cuenta por el olor. Era de un bombero, porque encontramos la chaqueta».

Los hallazgos humanos estaban «premiados» con el resto del día libre. «Te decían: vete de aquí, date una vuelta, vete a casa con tu mujer. Como no sabía qué hacer, me fui a comer al bar que estaba abierto en Broadway. Me dijeron que allí los bomberos no hacían cola. Me sirvieron langosta con patatas fritas y una jarra enorme de cerveza. A mi alrededor la gente se reía y gritaba con el partido de fútbol. Imagínate qué cambio. No pude soportarlo. Me bebí la cerveza y me fui sin comer».

Al hablar de heroísmo en el 11-S, los bomberos comparten la foto con la Policía de Nueva York y la de Port Authority. Esta última se llevó la gloria de Hollywood, que los inmortalizado en la película World Trade Center. Ya traspasado el umbral del alma, Hom confiesa que los suyos no se llevaban bien con la Policía. «Ellos sólo perdieron a 23; nosotros, a 343. Cada vez que encontrábamos un resto humano tocábamos un himno y guardábamos un minuto de silencio. Ellos venían a mirar si era uno de los suyos, y si no era así se marchaban sin quitarse ni el sombrero». El rencor anidó entre los héroes. «Cada vez que íbamos al hotel donde habían instalado butacas reclinables para que descansáramos estaban todas ocupadas por policías. Les mirábamos los zapatos y siempre los tenían limpios».

Ben insiste en que no ha sufrido ningún trauma, en que «el tiempo lo cura todo». Al final de la conversación repite en un susurro lo que le dijo el psicoterapeuta en la única sesión a la que asistió. «Pensarás en esta noche cada día por el resto de tu vida», le advirtió. «Y es verdad», reconoce al fin.

   

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Así ha cambiado el mundo” por Nicolas Baverez

   

Cinco años después de los ataques contra Estados Unidos, es obligado reconocer que Osama Bin Laden y los 19 terroristas del 11 de septiembre de 2001 han ganado ampliamente su apuesta de pesar en el curso de la historia. Igual que los bolcheviques en 1917, ellos han conseguido, si no desencadenar una revolución islámica que acelere el advenimiento del Califato, al menos armar una guerra civil mundial que va a pesar mucho en la primera mitad del siglo XXI. Han liberado fuerzas violentas de desintegración y caos que bloquean el desarrollo de una sociedad abierta. Por último, han puesto a las democracias y a Estados Unidos a la defensiva, rompiendo el monopolio en la agenda internacional del que se beneficiaron durante la última década del siglo XX.

La guerra contra el terrorismo y el eje del mal lanzada por George Bush después del 11 de septiembre de 2001 está, en el mejor de los casos, emprendida. El número de atentados y de sus víctimas no deja de aumentar, al desplegarse ahora la yihad en un doble frente exterior e interior: los ataques contra Madrid en 2004 y Londres en 2005, los asesinatos de Pym Fortuyn o Theo Van Gogh en Holanda, los intentos lanzados contra los aeropuertos británicos o los trenes alemanes en el verano de 2006, demuestran que el intento de violencia se expande igualmente en el seno de la población musulmana inmigrante e integrada en las democracias, alimentando de paso la ansiedad y la hostilidad de los no musulmanes. En Afganistán el contingente de 16.000 hombres de la OTAN tiene dificultades para imponerse a la recuperación progresiva del control de las cinco provincias del sur por los talibanes, mientras se multiplican los atentados suicidas en Kandahar y Khost. Al mismo tiempo, Hamid Karzai está ampliamente deslegitimado, su poder depende de las alianzas con los jefes militares y la única fuente de desarrollo económico sigue siendo el monocultivo de adormidera (cosecha de 6.100 toneladas y con una progresión del 49% en 2006).

Irak se ha balcanizado y entregado a una guerra civil despiadada que ha provocado 14.000 muertos en el seno de la población civil durante este primer semestre. El islamismo radical efectúa un espectacular despegue en el conjunto del mundo musulmán: desde la elección en Irán del presidente Ahmadineyad a la victoria electoral de Hamás en Palestina, desde la conquista de Somalia por las milicias a la influencia de Hizbolá en el sur del Líbano. En resumen, Al Qaida ha conseguido instalar la yihad en el modo de pensar, tanto en el mundo musulmán como en las democracias, y hacer de ella un desacuerdo geopolítico determinante.

Dinámica de odio

Por otra parte, el terrorismo ha difundido una dinámica de miedo y odio —que ha frenado las fuerzas de integración—, traída por la globalización y reforzada por los riesgos que pesan sobre el mundo. Riesgos estratégicos ligados a las armas de destrucción masiva, a la aceleración de los programas nucleares de Irán, que juega al chantaje, al juego petrolífero, al estancamiento de EE.UU. en Irak, a la amenaza de sus relevos de Hamás y de Hizbolá, así como de Corea del Norte, que ha reemprendido sus lanzamientos de misiles. También a las ambiciones de poder de China —cuyo hiperdesarrollo está guiado por el nacionalismo— y de Rusia, que pretende reforzar su condición de superpotencia con su soviet capitalista energético. Riesgos políticos que se derivan del endurecimiento de las identidades, que adoptan las formas del nacionalismo y del imperialismo (véanse las tensiones entre China y Japón), del proteccionismo y del aislacionismo, del populismo o del extremismo. Riesgos económicos surgidos de la creciente oposición a la globalización (de lo que es un buen ejemplo Iberoamérica, dividida entre el éxito de la apertura de Brasil y la denuncia violenta de la democracia y del mercado encarnada por Hugo Chávez y Evo Morales).

En total, el mundo es más inestable y peligroso hoy que en 2001, y la posición de las democracias netamente menos favorable. Estados Unidos está militarmente atascado en Irak y destinado a una derrota política que no dejará de ser la de todas las democracias. La guerra de Irak desune hoy a la nación estadounidense, tan profundamente como ha dividido a Europa. La imagen de EE.UU. en el mundo se ha alterado profundamente: el 36 por ciento de los europeos considera que EE.UU. es la principal amenaza para la estabilidad mundial, frente al 30 por ciento en el caso de Irán y el 18 por ciento en el de China. Europa reproduce la separación de EE.UU., dividida entre la estricta alineación del Reino Unido de Blair con la Administración Bush y una línea más moderada que reúne hoy una mayoría en el seno de los Veinticinco, pero que no dispone ni de una estrategia clara, ni de los medios del poder, sobre todo en el plano militar, según ha subrayado la confusión que ha presidido la composición de la nueva Fuerza Provisional de Naciones Unidas en Líbano (FPNUL).

Las democracias, con Estados Unidos a la cabeza, no han originado los riesgos de este principio del siglo XXI, pero han contribuido a su aceleración, sobre todo a través del fracaso de la respuesta estadounidense a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Conscientes del aumento de los peligros y de sus errores, los gobernantes de las naciones libres intentan reconstruir la unidad de las democracias, pero se encuentran prisioneros de las pasiones que han desencadenado y de las ilusiones que han cultivado: militarismo y desmesura en Estados Unidos, multilateralismo, adiós a las armas y salida de la historia en Europa.

La defensa de la libertad en el siglo XXI implica una acción común en cuatro direcciones. La reorientación de la lucha contra el terrorismo que, al igual que la estrategia de contención aplicada con éxito a la URSS, no puede reposar únicamente sobre Estados Unidos y únicamente en el aspecto militar: de ahí la necesidad de reactivar las alianzas estratégicas, de añadir una dimensión política dando prioridad a las fuerzas moderadas en el seno del mundo árabe-musulmán, de respetar el derecho internacional y de reforzar las políticas de integración para responder al frente interior abierto por los fundamentalistas. La prevención concertada de los riesgos geopolíticos, sobre todo el de la proliferación de armas de destrucción masiva, que tiene la aplicación inmediata de la disuasión de la carrera de velocidad hacia el arma atómica emprendida por Irán. El acompañamiento y la regulación de la globalización en el ámbito de las estructuras con la búsqueda de una salida positiva al ciclo de Doha, igual que en el plano coyuntural con el apoyo del crecimiento en Europa con el fin de relevar al ralentizado Estados Unidos. Por último, la reactivación de la integración del continente europeo.

Sin embargo, la clave definitiva reside en el redescubrimiento de los valores comunes compartidos por los pueblos libres, más allá de la diversidad de culturas y de instituciones. Occidente está a punto de perder en el siglo XXI el monopolio de la democracia y el mercado, lo que es lógico y afortunado. Sin embargo, Estados Unidos y Europa conservan un derecho de antigüedad en la defensa de la libertad, fortalecido por la resistencia a los imperios y las ideologías del siglo XX. A ellos les corresponde mostrarse dignos de ello, asumiendo la primacía del interés de Europa sobre el de los Estados que la componen, y la primacía del interés de la libertad sobre el de Estados Unidos y Europa.

   

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Otro país: El fin del optimismo americano” por Pedro Rodríguez

   

Washington - «New normal», o lo que ahora es considerado como la nueva normalidad, es la expresión que utilizan los estadounidenses para referirse a un país transformado hasta los niveles más insospechados durante los últimos cinco años por la traumática fuerza de casi tres mil muertos provocados por 19 terroristas de Al Qaida. A las 8:45 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, un martes ideal para volar, Estados Unidos empezó a vivir sus restantes 52 minutos de inocencia cotidiana e insularidad estratégica hasta que el tercero de los aviones secuestrados aquel día se escoró deliberadamente contra el Pentágono.

Desde entonces el gigante americano ha dejado de respirar su tradicional y contagioso optimismo para pasar, a marchas forzadas, desde la candidez a las suspicacias más tremendistas. Con la triste transformación de un sistema basado escrupulosamente en la presunción de inocencia y la honestidad, a un sistema que, de entrada, sospecha lo peor. Un sistema alimentado por el miedo a una edición multiplicada del 11-S y la certeza de que, si Al Qaida y sus seguidores pudieran matar más y causar mayores daños la próxima vez, lo harían.

Esa nueva normalidad queda reflejada en cuestiones que van desde la pesadilla de viajar estos días por avión en un país con tres horas de diferencia horaria entre costa y costa hasta complicaciones en cuestiones burocráticas tan mundanas como la tramitación del carné de conducir o una mera gestión bancaria. No digamos los problemas para un extranjero que aspira a renovar su visado legal.

Como materialización de todo este miedo asimilado, la estructura del Gobierno de EE.UU. ha experimentado uno de sus mayores cambios desde la segunda guerra mundial. Se han reformado en profundidad los servicios de inteligencia y se ha implantado una burocracia unificada —el nuevo Departamento de Seguridad Interior— que abarca desde los huracanes a los inmigrantes ilegales pasando por un colorido sistema de alertas terroristas. No carente de momentos patéticos como el paso del «Katrina» o las recomendaciones a los ciudadanos de comprar cinta adhesiva y plásticos para hacer frente a atentados con cargas no convencionales.

Al igual que en la saga Lewinsky hubo un momento de generalizada sensación de que ya se conocían excesivos detalles privados, hay temporadas en los que los estadounidenses también parecen empacharse de esas alarmas por espeluznantes modalidades de bio-terrorismo, por los efectos de las «bombas-sucias», la amenaza de los explosivos líquidos o la improvisación de detonadores con ingenios electrónicos cotidianos.

Una saturación temerosa que en lo político se tradujo en un cheque en blanco dado a la Administración Bush, que no tuvo que pagar ningún precio especialmente alto por algunas de sus estrategias antiterroristas más chirriantes como Guantánamo, las prisiones secretas de la CIA o el espionaje electrónico doméstico.

Este péndulo, que ahora empieza a detenerse, ha jugado a favor de los republicanos en los comicios de 2002 y 2004, en los que la oposición demócrata fue encasillada como el «Partido de Jane Fonda»: medio histérico y poco fiable en cuestiones de seguridad. Sin embargo, este juego ha tocado techo de cara a las legislativas convocadas para noviembre, en las que por primera vez se barruntan cambios.

Divisiones y reproches

Este presentido giro, a pesar de los problemas que Irak también genera entre los demócratas, ilustra el punto y final casi inevitable del cierre de filas tras el 11-S. Cinco años después, el pragmatismo, los valores de la Constitución, la impaciencia, las divisiones y reproches vuelven a dejarse notar. Empezando por las broncas paralizantes a la hora de reconstruir el simbólico World Trade Center.

Y es que, pese a la creación de una estructura militar dedicada a la defensa del territorio y una cadena de mando establecida para poder derribar aviones en caso de otro 11-S, EE.UU. no ha dejado de vivir una guerra contra el terror bastante peculiar. Bajo la consigna patriótica de no salirse de la normalidad, los estadounidenses no se han visto obligados a hacer grandes sacrificios adicionales como subidas de impuestos o servicio militar obligatorio.

Una comodidad que contrasta con las trascendentales comparaciones utilizadas por la Casa Blanca para justificar la asignatura pendiente de Irak y pulsos como el de Irán como parte de la misma guerra. Con una retórica que ha acuñado la etiqueta de «islamo-fascistas» para definir al enemigo y en la que abundan los símiles con la segunda guerra mundial entreverados con citas de Winston Churchill.

   

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Día de humo: Relato de una jornada imborrable” por Alfonso Armada

    

Las vísperas de los grandes acontecimientos sólo adquieren verdaderos rasgos proféticos a posteriori, cuando el polvo se ha depositado sobre el suelo y el humo se ha desvanecido. Y el 11 de septiembre de 2001 que inauguraría brutalmente el siglo XXI no fue una excepción, aunque a la hora de interpretar a toro pasado esos augurios cada crédulo y cada agnóstico dispongan a placer de su particular repertorio de indicios y señales. La tarde del 10 de septiembre, el cielo de Nueva York se tiñó de violetas y malvas ferruginosos, nubes de aleación turbia, que no podían presagiar nada bueno, salvo para los de la tribu que venera las tormentas. Desde los desfiladeros de las avenidas, los rascacielos servían de convidados de piedra, espectrales, ante las nubes cada vez más tenebrosas. Se abrieron los cielos y descargó sobre Manhattan uno de esos aguaceros que me recordaban a Kinshasa. Busqué refugio en la marquesina de unos cines en la Segunda Avenida, y desde allí vi cómo riadas instantáneas se llevaban zapatos de tacón de las que no habían previsto el súbito cambio de humor de los dioses de la atmósfera.

Acabábamos de dejar a la niña en la escuela pública de la calle 32 (PS 116) y compartíamos un café frente al cine que la víspera me había salvado de quedarme hecho una sopa cuando sonó el móvil que, afortunadamente, llevaba conmigo. Cosa insólita en aquella época. Era mi colega de Washington, Pedro Rodríguez, sucinto y directo a la mandíbula como un redactor jefe: «Un avión se ha estrellado contra las Torres Gemelas. ¡Pónte las pilas!». Salimos disparados como buenos neoyorquinos: con el café en la mano, que para esas emergencias también sirven los envases desechables. Ya que desde lo alto de nuestra casa, en el 407 de Park Avenue South, esquina con la calle 28, se disfrutaba de una espléndida vista sobre el sur de la ciudad y las torres, decidimos sobre la marcha: tomar unas fotos desde lo alto y bajar enseguida al World Trade Center. Subí directamente a la terraza mientras la fotógrafo hacía escala en el piso 20 para recoger sus aperos. Acodado al alféizar, mientras contemplaba fascinado la humareda que salía de la primera torre, vi cómo súbitamente estallaba la segunda: un fantasmagórico hongo horizontal de humo, llamaradas y vidrios. Lo primero que pensé es que el fuego, por insólita simpatía, se había contagiado de un rascacielos a otro. No vi que otro avión había entrado desde la bahía. Cuando ella por fin llegó, las dos torres humeaban como las chimeneas ciclópeas de un paquebote llamado Manhattan.

Un crujido espectral

Mientras ella fotografiaba, bajé a la tienda de unos coreanos a comprar carretes. Todavía no habíamos ingresado en el mundo digital. Pero tal vez gracias a ese tiempo precioso que perdimos salvamos el pellejo. Sopesamos si bajar al Centro Mundial de Comercio en taxi, por la vía rápida junto al Hudson, o en la línea 6 del metro: la boca se abría literalmente a la puerta de nuestro edificio de 27 plantas. Optamos por esta segunda solución. En ese momento, las conjeturas se habían convertido en certeza: ni accidente ni casualidad. Se trataba de un atentado en toda regla, y la inmensa mayoría de los pasajeros de aquel convoy no tenía la menor idea de lo que se cocía en la superficie de su ciudad. Al salir en la última estación, Brooklyn Bridge, escuchamos un estruendo atroz que se bebió el aire. La primera torre se había venido abajo y por la explanada que se abre ante el Muncipal Building y el acceso al puente de Brooklyn corría una multitud despavorida, muchos cubiertos de polvo blanco de la cabeza a los pies, algunas mujeres descalzas o con los zapatos de tacón en la mano. La estampa que me vino a la cabeza fue «El acorazado Potemkin». La muchedumbre en fuga ante la caballería zarista. Empezamos a hablar con los primeros supervivientes que habían logrado salir a tiempo de la torre en llamas. Caminábamos por la calle Church, girando la cabeza una y otra vez, atónitos, como hipnotizados por la única torre que seguía en pie, convertida en icono, cobra que inaguraba otra edad de miedo. Policías aterrados tratando de encauzar el pánico nos instaban a los que caminábamos como sonámbulos a que pusiéramos pies en polvorosa. Pero hacíamos caso omiso. Hasta que un crujido espectral nos dio el aviso. Y todos echamos a correr hacia el norte de Manhattan.

Nos sumamos a un éxodo que de vez en cuando, con el temor a transformarse en estatuas de sal, echaba la vista atrás para comprobar que las sombrías columnas de humo no eran un espejismo, que las torres habían sido efectivamente arrancadas de cuajo del «skyline» neoyorquino. Gente desencajada lloraba en los vanos del viejo Nueva York. En torno a coches aparcados con las radios encendidas se arracimaban grupos de vecinos incrédulos: las noticias veraces («ataque contra el Pentágono») se mezclaban con rumores que ponían los pelos de punta («están atacando el norte de Manhattan»). Los teléfonos móviles se quedaron muertos y las cabinas telefónicas supervientes pasaron a ser islotes para náufragos. Metros y autobuses dejaron de funcionar. Las avenidas estaban colapsadas con los vehículos formando un tren infranqueable.

Cuando llegamos a nuestra casa, el pintor Prudencio Irazábal y su familia estaban esperándonos en el portal. La humareda del gran cráter de las torres se había desplazado hacia Chinatown, donde tenían su casa, y optaron por buscar refugio Manhattan arriba. Las chicas se separaron: mientras María Millán, la mujer del pintor, hacía cola en un cajero por si había que abandonar la ciudad, Corina acudía al colegio para recoger a la niña. En el camino vio a gente desmadejada que hacían sus necesidades en la acera. Muchos padres ya se habían presentado en la escuela para hacerse cargo de sus retoños. No les habían dicho nada, pero su profesora se había echado a llorar de repente. Su padre y su hermano trabajaban en el Pentágono. Cuando Corina le contó que habían derribado las Torres Gemelas, dijo: «No puede ser, si son muy fuertes». Y al rato: «Tendrán que quitarlas de la guía turística».

A pesar de que la conexión telefónica con España se desplomó, internet aguantó la rociada terrorista. A la angustia de lo vivido se unía ahora la necesidad de contarlo: decidí aprovechar las entrevistas que habíamos hecho al pie de las torres para reconstruir aquella mañana de septiembre que había amanecido impecable, azul: narrar lo ocurrido a partir de los testimonios de quienes habían entrado a trabajar en los rascacielos iguales y habían logrado salir.

Por la tarde volvimos a bajar a lo que se empezó a llamar «zona cero» (el área de pruebas del proyecto Manhattan que forjó la bomba que se arrojaría sobre Hiroshima). Tras burlar barreras policiales, convencimos a Vico Leiro y a sus hijos de que abandonaran su casa en la calle Worth y se unieran a los Irazábal. Compartir esos días bajo el mismo techo nos ayudó a sobrellevar el miedo, que esa primera noche de una nueva época nos tuvo en vilo: se derramó sobre Nueva York desierto un silencio abrumador, desconocido, una noche negra. La muerte había desgarrado el corazón del imperio, herido como nunca antes. Nada volvería a ser igual.

   

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Árabes: Una «fastidiada» situación en EE.UU.” por Mercedes Gallego

   

Nueva York - De entre las muchas discusiones que padres e hijos suelen tener, pocas giran alrededor de leer un libro en el avión. A menos que el apellido de la familia sea árabe y el destino Estados Unidos.

«Papá, no», atajó Hamid durante la discusión telefónica. «Ves la tele, lees la revista del avión o duermes, pero ni se te ocurra traerte un libro en árabe». Desde Siria el hombre protestaba por lo largo que se le iba a hacer un vuelo de 16 horas sin un libro que leer, pero Hamid fue inflexible. «Sara y yo ni siquiera hablamos árabe entre nosotros en los aviones. Bienvenido al país de la libertad», dice con sarcasmo.

No importa que Hamid, como su padre, sea católico, y su esposa protestante. Ser árabe en el mundo posterior al 11-S es suficiente para meterse en problemas. O parecerlo. Hay incluso latinos y asiáticos atacados en la calle al ser confundidos con árabes. Varios aviones han forzado el aterrizaje ante el pánico desatado por una conversación en urdu que, a oídos desacostumbrados, puede sonar a árabe, aunque en realidad sea una lengua hablada en India y Pakistán.

En los días que siguieron a los atentados, los taxistas sij de Nueva York entregaban a sus pasajeros una hoja explicativa de su religión en la que aclaraban que el turbante y la barba era lo único que tenían en común con algunos seguidores del Islam.

«¡Hay tanta ignorancia!», suspira Katherine Abbadis, directora en Nueva York del Comité Antidiscriminación de Árabes Americanos (ADC, por sus siglas en inglés). Su oficina se creó en 2002, al dispararse las denuncias. A escala nacional, el FBI constató un 1.200 por ciento de aumento de crímenes por motivos racistas contra la comunidad musulmana. La oficina central de ADC compiló ese año 21.000 casos, en comparación con los 4.400 del año anterior.

Las fuerzas del orden se colocaron a la cabeza de los abusos con inesperados registros sin orden judicial, detenciones arbitrarias y hostigamiento. Así fue en algunos barrios de Brooklyn y Queens de predominio árabe, donde Inmigración toca a la puerta frecuentemente. La ADC estima que el 64 por ciento de las detenciones de inmigrantes que se hicieron en EE.UU. durante la caza de brujas que siguió al 11-S ocurrieron en Nueva York. Muchos de los deportados fueron torturados en sus países de origen para aclarar la sospecha estadounidense de que pudieran tener algún vínculo terrorista. Con el paso de los meses, el gobierno formalizó legalmente los abusos. Los ciudadanos de origen árabe o musulmán de 24 países clasificados fueron obligados a inscribirse en el Programa de Registro Especial, y varias veces maltratados en el proceso.

Las nuevas regulaciones del Departamento de Justicia permiten a Inmigración ejecutar detenciones sin cargos durante 48 horas en las que permanecen incomunicados. Una especie de ley antiterrorista dirigida a los inmigrantes, en la que, según Abbadis, eres «culpable hasta que se demuestre tu inocencia». El proceso de esclarecimiento tarda una media de ochenta días.

Vigilados

Bush reitera que el Islam no es el enemigo, «pero sus palabras no coinciden con sus acciones», apunta Abbadis. «El gobierno ha dado la impresión de que toda una generación de árabes y musulmanes eran terroristas potenciales que debían ser sometidos a escrutinio».

En las calles mucha gente no hace preguntas. «¡Alá es un cerdo!», gritaba un taxista a otro en busca de gresca. Otros ni siquiera necesitan provocar. Haider Rizvi, un periodista paquistaní afincado en Nueva York, aún exhibe en su dentadura sin incisivos la mella que le dejó una inesperada paliza en Brooklyn. Todo lo que recuerda es a dos individuos que gritaban algo sobre su barba y la de Bin Laden mientras le rompían varias costillas a patadas y puñetazos. Su teoría es que le oyeron criticar el bombardeo de Afganistán con un amigo en el bar, y le siguieron a la tienda de la esquina cuando salió a comprar tabaco. Eso explica que muchos hoy hablen en voz baja, o ni siquiera lo hagan.

La discriminación es más acuciante y difícil de perseguir a la hora de buscar trabajo o alquilar casa. Tanto, que algunos han preferido la pesadilla burocrática de cambiarse el nombre y apellido para encontrar trabajo. Los más han americanizado su nombre. Ahora los «Mohamed» se llaman «Moe» (Moisés), y quien tenga la desgracia de llamarse Osama pasa por Sam.

Otros han decidido que «no nos quedaremos callados». Eso es lo que dice, en árabe y en inglés, la camiseta que llevaba puesta Raed Jarrar cuando hace un mes se disponía a abordar un vuelo de Jet Blue en Nueva York. Después de un registro exhaustivo, se le comunicó que no se le permitiría subir al avión con esa camiseta por la que habían protestado otros pasajeros. Jarrar, director del programa iraquí de la organización de derechos humanos Global Exchange, se aferró a su derecho constitucional de libre expresión, pero acabó por vestir la camiseta que le compró la representante de la aerolínea cuando el inspector le advirtió que le convenía más acabar aquello «por las buenas».

«Ser un musulmán árabe viviendo en Estados Unidos es una putada hoy en día», se queja un arquitecto de 28 años. «Cuando estás en Oriente Medio eres un contribuyente estadounidense con cuyos impuestos se pagan las bombas que destruyen sus casas, y cuando vuelves a EE.UU. eres un sospechoso de terrorista».

   

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Luz de papel: Ríos de tinta sobre el día de la infamia” por Julio Crespo

    

Muchas son las fechas clave que cambiaron el rumbo de la historia, provocando guerras, auges y caídas de regímenes y la irrupción de un nuevo orden internacional. Son fechas en las que todo el mundo recuerda cómo una gran noticia alteró su vida cotidiana y la de su entorno y conforme pasa el tiempo se puede apreciar mejor la magnitud de los cambios provocados desde entonces. El 28 de junio de 1914 el asesinato del archiduque Francisco José de Austria en Sarajevo provocó la hasta entonces más cruenta de las guerras, la I Guerra Mundial, y también puso fin a una época en la que Europa dominaba el mundo; el 1 de septiembre de 1939 la entrada de las tropas alemanas en Polonia provocó no sólo una guerra aún más terrorífica sino tras ella un orden mundial radicalmente distinto bajo la égida de Estados Unidos y la Unión Soviética; el 9 de noviembre de 1989, cuando ciudadanos anónimos se abalanzaron contra el muro de Berlín, cayó el imperio soviético y finalizó inesperadamente la Guerra Fría.

El 11 de Septiembre de 2001, una fecha que vivirá en la infamia como comentó Franklin Roosevelt refiriéndose al ataque de Pearl Harbour, merece un lugar muy especial entre los días que cambian el mundo. Tuvo mayor alcance que ninguna otra fecha histórica ya que el mundo entero fue testigo a través de la televisión de cómo dos aviones se estrellaban contra las emblemáticas torres gemelas de Nueva York provocando su aparatoso derrumbe y la muerte de tantas vidas inocentes. Estados Unidos aparecía más vulnerable que nunca en su historia como superpotencia, para preocupación de muchos y regocijo de algunos. Estas inolvidables imágenes provocaron el comienzo de la llamada guerra contra el terror y con ella el comienzo de una nueva era.

Desde entonces, sobre el 11-S —como sería vulgarmente conocido— han corrido ríos de tinta. Sobre las causas y consecuencias del ataque terrorista han escrito desde prestigiosos analistas hasta escandalosos telepredicadores. Como ocurre con todos lo grandes temas de nuestro tiempo, los libros más vendidos sobre el 11-S no son los mejores ni mucho menos. Pero si hubiera que destacar una lista corta por su capacidad de informar, analizar o contribuir al debate en torno a este tema desde distintos puntos de vista, bastaría con poco más de una docena de autores.

Bin Laden, mucho que escribir

El primer gran tema que suscitó la literatura sobre el 11-S fue cómo pudo ocurrir esta catástrofe, ello explica el éxito editorial que tuvo el libro sobre la Comisión del 11 de Septiembre. Uno de los primeros en dar respuesta a muchas de las preguntas que se hacían los americanos fue Gerald Posner en su bien investigado ensayo «Why America Slept». Con respecto al enemigo Al Qaida y su líder Bin Laden, desde la publicación de «Holy War INC», de Peter Bergen, la bibliografía sobre el terrorismo islámico no ha hecho más que aumentar en todos los países. Bin Laden sigue atormentando a Occidente y seguirá dando mucho que escribir.

La literatura antiamericana también experimentó un auge importante a raíz del célebre atentado. Noam Chomsky, uno de los críticos más implacables de la política internacional americana, publicó un ensayo a finales del 2001 muy apropiadamente titulado «11-9»; en él achacaba el ataque terrorista al odio que genera Estados Unidos en buena parte del mundo y propone una filosofía más pacifista para su política exterior.

Con respecto al corolario del 11 de Septiembre, la guerra de Irak, hay también una abundante literatura para lectores de todo tipo. Un libro magnífico para entender cómo, cuándo y por qué decidió la administración Bush atacar Irak es «Plan de Ataque», de Bob Woodward, en el cual su autor no sólo analiza brillantemente las estrategias de la Casa Blanca, sino cómo se forjó la alianza con mandatarios como Tony Blair y José María Aznar. Muchos son los libros que han contribuido a la impopularidad de esta guerra y al descrédito de la Administración Bush. Entre ellos hay que destacar «Contra todos los enemigos», las memorias políticas del veterano asesor presidencial Richard Clarke que son especialmente demoledoras precisamente por el profundo conocimiento que tiene el autor de lo que ocurre en los pasillos del poder. Según Clarke la amenaza terrorista no se tomó suficientemente en serio y las decisiones adoptadas por la Administración Bush no harán sino provocar más atentados contra Estados Unidos y los intereses americanos. En una línea similar un libro más reciente de gran éxito es «Fiasco», del periodista americano del «Washington Post», Thomas E. Ricks, que analiza cómo la tesis de los neoconservadores de invadir Irak se impuso tras el 11-S, provocando una guerra difícil de justificar y contribuyendo al caos en Oriente Medio.

Una de las consecuencias más graves que tuvo el 11 de Septiembre y concretamente la decisión de intervenir en Irak fue el enfrentamiento entre Estados Unidos y Europa sobre cómo abordar la lucha contra el terrorismo y los retos de la seguridad global; este enfrentamiento ha generado una interesante literatura en la que algunos de los más prestigiosos académicos han analizado el deterioro de la relación transatlántica.

Entre ellos hay que destacar al historiador americano Robert Kagan, que expone en su ensayo lúcido y provocador «Poder y Debilidad» cómo los intereses de Estados Unidos y de Europa han llegado a ser tan divergentes hasta dañar irremisiblemente la relación transatlántica; su teoría se resume en la célebre frase de que América viene de Marte y Europa de Venus, mientras que los europeos consideran a Estados Unidos arbitrario y beligerante, los americanos consideran a Europa débil, cansada y poco rigurosa.

La política exterior americana y la teoría de los halcones de perseverar en una política más agresiva contra el terrorismo internacional han sido también defendidas por muy buenas plumas, entre las que merece un lugar especial Niall Ferguson. Este historiador británico defiende en un brillante ensayo, «Collosus, the prize of the American empire», que Estados Unidos, lejos de avergonzarse o renunciar a lo que los críticos han llamado su política imperial, debe perseverar en ella como lo hicieron los británicos en el siglo XIX, ya que, según él, el porvenir de la democracia liberal en muchos puntos del planeta depende de la intervención americana.

También se avivó bastante el debate sobre el choque de civilizaciones que provocó Samuel Huntington a finales de los noventa; en este sentido la periodista italiana Oriana Fallaci centró sus polémicos ensayos más recientes, que no dejan indiferente a nadie, en denunciar el avance del islamismo ante la pasividad de Occidente, especialmente en Europa.

Quizás uno de los mayores éxitos del terrorismo islámico haya sido no sólo el deterioro de la Alianza Atlántica, sino la profunda división sobre los retos globales que existe en Occidente y especialmente en la Unión Europea. Por esta razón últimamente ha proliferado una literatura más conciliadora con objeto de reducir las diferencias entre los principales países occidentales y diseñar estrategias más en concordancia con los intereses globales de todos los países.

Los métodos de las democracias

El politólogo Francis Fukuyama se hizo famoso en los años noventa con su teoría de que el mundo avanzaba inexorablemente hacia la democracia liberal. Para compensar una teoría que hoy parece tan extemporánea ha vuelto al mercado editorial con nuevas ideas, proponiendo que Estados Unidos actúe más a través de las organizaciones internacionales y de esta forma contribuya a un orden mundial más pacífico. Un gran teórico liberal que ha hecho una importante contribución al debate sobre cómo luchar contra el terrorismo fue Michael Ignatieff; su ensayo «Mal Menor», en el cual examina la historia reciente del terrorismo, advierte que las democracias no pueden vencer a los terroristas utilizando los mismos métodos que ellos.

Un lugar muy especial en la literatura conciliadora tras el 11-S es el ensayo «Mundo Libre» del historiador británico Timothy Garton-Ash. En este libro Garton-Ash desafía la teoría de que los europeos son de Venus y los americanos de Marte; Washington no puede dirigir el mundo en solitario ni tampoco la nueva Europa ampliada puede vivir al margen de una gran comunidad transatlántica. Así Garton-Ash considera la crisis actual de Occidente como una oportunidad para forjar una nueva alianza entre las gentes del mundo libre hacia un nuevo orden de libertad.

Decía Talleyrand que quien no vivió antes de 1789 no conoció el placer de vivir.

Cinco años después del 11 de Septiembre muchos recordarán el mundo anterior a esa fecha con la misma nostalgia. Desde la perspectiva que proporcionan los años transcurridos se pueden plantear interesantes hipótesis para futuros libros: ¿fue el periodo de 1989 a 2001 una época dorada entre el fin de una guerra fría entre dos bloques y el comienzo de otra entre Occidente y el Islam?, ¿hasta qué punto marcó el 11-S el comienzo del declive de Estados Unidos como todo poderosa superpotencia mundial? Mucho se ha escrito sobre el 11 de Septiembre pero, según evolucionen sus consecuencias a largo plazo, lo mejor está aun por escribirse.

    

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“En los escombros, junto a las Torres Gemelas” por Mercedes Gallego

    

Julio, cariño. ¿Te acuerdas cuando nos colamos la noche del 11-S hasta los mismos escombros de las Torres Gemelas? Ayer volví a revivirlo.

Aquéllas imágenes dantescas que muy pocos vieron han sido recreadas por Oliver Stone con la fidelidad que sólo Hollywood podía lograr, porque, aunque hubiese habido quien grabase el apocalipsis que vimos aquella noche, se necesitaba de la ficción para hacer justicia a la realidad.

Nos temblaban las piernas cuando empezamos a ver los coches cubiertos de polvo y ceniza, los escaparates rotos, y las ambulancias aplastadas, como si Godzilla hubiera pasado por allí. El cine era la única referencia que teníamos para situar lo que veíamos, y el cine es el único que podía devolvernos a esa noche.

En «World Trade Center», el marine coge un zapato de mujer. Nosotros vimos muchos. No sé por qué los muertos siempre pierden los zapatos. Pero también encontramos sus bolsos, las fotos de los despachos y hasta sus agendas con las citas del día que no llegó a ocurrir. No había que buscarlas; sólo agacharse a recogerlas.

De entre los papeles, —miles, millones de papeles— emergían tétricas las lápidas de la iglesia de St. Paul. No fue fácil ubicarla, nos preguntábamos dónde estaban las Torres Gemelas, tan desorientados estábamos por su ausencia. Nos habíamos puesto los cascos de ConEdison que encontramos por el camino, y las máscarillas que nos dio el de la ambulancia. Pensamos que la mejor manera de disimular era mezclándonos con la cuadrilla de voluntarios. Cogimos el sandwich y la botella de agua, pero, cuando llegamos hasta aquélla montaña de vigas retorcidas, ni ellos ni nosotros supimos por dónde empezar.

Nos quedamos en silencio, apoyados contra la reja de la iglesia, pegados al barro, preguntándonos cuánta gente quedaría con vida. Qué estarían pensando. Oliver Stone responde a nuestras preguntas con mucho melodrama hollywoodense. Sólo sacaron a 20 personas, pero nunca sabremos cuántos seguían con vida mientras nosotros hacíamos de reporteros intrépidos.

   

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Del dolor al consuelo: «He vuelto a Nueva York, pero no he sido capaz de ir a la Zona Cero»” por Juan Francisco Alonso

   

Silvia le mira desde la foto que preside la estantería de su despacho con una sonrisa de boda en los labios, el vestido blanco, un ramo de flores entre las manos. Era un día feliz de mediados de agosto, un año antes de que se desplomara el mundo. Silvia, que hubiera cumplido 27 años el 27 de septiembre de 2001, mira desde el papel fotográfico a su padre, abogado, pelo abundante y blanco, sentado como cada día en su despacho de la calle de Hermosilla de Madrid, convencido de que el trabajo «es una medicina contra el dolor». José Luis de San Pío supo desde el primer momento que Silvia no volvería —«había estado en su despacho, en la planta 92 de una de las torres. Sabía que, si ella estaba allí, era el final»—, así que esa imagen que nos muestra le proporciona un viaje diario a los tiempos en que amanecía sin nubarrones.

Hay otros símbolos que hablan de su vida. Ese pin con las banderas de Estados Unidos y de España entrelazadas, un recuerdo del Spanish Institute que luce como homenaje a su hija, o esa foto del hotel Plaza que cuelga de la pared, reflejo de los dieciséis años (1970-1986) que José Luis de San Pío vivió en Nueva York. Allí nació su hija, que siempre mantuvo la doble nacionalidad, y allí murió, 11-S, 2001. «La experiencia del horror del terrorismo de ETA me ayudó a estar más preparado para enfrentar el drama. En España sabíamos lo que era el terrorismo, conocíamos su cara; en Estados Unidos, no. Creo que en parte por eso reaccioné así».

El abogado San Pío tomó el primer vuelo de Delta hacia Nueva York. «Nos desviaron a Cinncinati, y luego a Pittsburgh, y más tarde en coche a la isla atacada. «En seguida pasé de víctima a consolar e intentar ayudar a los demás. Gracias a que tengo el don de ser creyente, considero que la providencia tiene un poder que es superior a cualquier acto de los terroristas. La última palabra no la tiene la muerte, sino la misericordia infinita del Señor, más grande y más fuerte que todo el mal del mundo. Eso me ayudó, eso y el hecho de que mi hija hubiera fallecido instantáneamente, sin sufrir. Si hay alguien inocente era Silvia, embarazada de siete meses, a punto de tomar la baja de maternidad. He vuelto a Nueva York varias veces, pero nunca he sido capaz de ir a la Zona Cero».

Así recuerda José Luis a su hija, así revive aquel 2001 cuando siente que su presencia en algún acto puede ser útil. Por ejemplo, tras los atentados del 11-M, en la parroquia de Santa Eugenia, o en un reciente curso de verano. «El terrorismo es una amenaza tremenda de la que nadie está libre. Es una "profesión" de gente que desprecia la vida, una ideología totalitaria que busca desestabilizar la sociedad. En su momento le dije a los organismos que me quisieron escuchar que hay que combatir el terrorismo sin violencia y sin odio, que no hay que caer en la provocación del terror, que no les demos una excusa a los criminales. En cambio, sí es preciso tomar medidas para quitar fuerza a uno de sus "argumentos", la injusticia social. Se anunciaron promesas de un nuevo orden internacional que no se han cumplido, que cada vez suenan más lejanas».

«El problema no es el Islam»

El abuelo de José Luis de San Pío, Álvaro de San Pío, fue catedrático de literatura e islamista. Su tesis doctoral giró en torno a la literatura aljamiada, escrita en lenguaje castellano con caracteres árabes. «El original de esa tesis se ha perdido, y quisera recuperarlo, pero esa relación familiar es una prueba más de que ni yo ni ningna persona con cultura superior achacará al Islam lo que ocurre. El problema son los grupos totalitarios, sean islamistas o no».

Se queja este abogado que llega a la cita tras la comida mensual con sus compañeros de promoción (colegio del Pilar, 1955) del abandono de las buenas intenciones «post 11-S», y, en el caso español, de la politización de las asociaciones de víctimas. «Nunca me apunté a ninguna. Primero porque no tuve necesidad de ese apoyo, y segundo porque he podido transmitir mi mensaje sin esa militancia. Siento que se haya hecho partidismo político de las asociaciones. Es un error, y no he querido participar en eso. La politización no ha partido de las víctimas, sino del Gobierno. Pero el terrorismo es algo que no entiende de partidos. Se equivocan los políticos si no son capaces de trabajar juntos contra esa amenaza».

Mañana, 11-S, 2006, José Luis de San Pío asistirá a una misa, convencido de que un drama como el de su familia puede cambiar la vida a mejor: «Puedes empezar a ayudar a los demás, y eso compensa humanamente».

    

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La mirada del arte: El cine como espejo roto que refleja la cicatriz” por E. Rodríguez Marchante

   

Desde el mismo 12 de septiembre de 2001, y con el polvo aún sin asentar ni en Manhattan ni en el corazón del mundo, a la piel del cine le quedó una cicatriz muy evidente y que se le puede apreciar con mayor o menor intensidad desde casi todos los ángulos. Gran parte del cine que llega de los Estados Unidos está de un modo u otro tatuado física y psicológicamente por el 11-S, aunque sólo sea por esa terrible ausencia (vacío) en cualquier panorámica sobre el «skyline» de Nueva York. No hay modo de respirar cinematográficamente el «aire» que hay donde antes hubo Torres Gemelas.

Sin duda, todo el último cine está impregnado de 11-S, y tanto en la comedia como en el drama, en el cine negro o en el cine blanco, asoma esa cicatriz por la que supura una rara mezcla de inseguridad, orgullo, melancolía, miedo y desánimo. Es, por decirlo de algún modo, una «presencia ausente» en todas las películas, aunque todavía no ha encontrado el modo de convertirse en protagonista. Salvo...

Y tan cierto es que el cine acabará encontrando el modo, la distancia y el tono para atrapar aquel terrible día, como que hay directores que ya lo han buscado con espontánea intensidad, como Oliver Stone o Paul Greengrass, mientras que otros no han sido capaces de abordarlo ni siquiera eludiéndolo directamente, como es el caso de alguien tan de allí como Woody Allen, que se ha llevado con discreción su cámara a otros lugares en vez de filmar en Manhattan, como siempre (algo impensable hace sólo unos años, y que tal vez debería mirarlo con su psiquiatra).

Tras el impacto de los hechos, el cine se puso de inmediato manos a la obra. Y lo hicieron al tiempo una tanda de once directores con una película conjunta; toda ella era un homenaje y una metáfora, desde su mismo título: «11 09 01», que es una fecha, pero también un sistema de trabajo: cada uno de esos once directores hace una película de once minutos, nueve segundos y una imagen.

Ficción con aire documental

Esas once historias relacionadas íntimamente con el atentado terrorista más grande nunca visto venían de todo el mundo y las firmaban Ken Loach, Claude Lelouch, Sohei Imamura, Alejandro González Iñárritu, Youssef Chahine, Danis Tanovic, Samira Makmalbaf, Idrisa Ouedraogo, Sean Penn, Amos Gitai y Mira Nair. El resultado fue artísticamente irregular (hay algún segmento muy poco estimulante y otros, en cambio, magníficos, y alguno lleno de un esperanzador sentido del humor, como el de Idrisa Ouedraogo, de Burkina Fasso, que cuenta cómo unos niños de su país creen reconocer a Bin Laden por la calle y se disponen a apresarlo), pero se acogió en todo el mundo con un guante de seda.

En cuanto a los dos títulos más recientes en tratar el 11-S, el de Paul Greengrass, titulado «United 93», y el de Oliver Stone, «World Trade Center», se podría decir que en ellos se resume el tipo de mirada que hasta el momento ha conseguido fijar el cine. Son dos películas de ficción, con un cierto aire o intención documental, y que vistas desde cerca son diametralmente opuestas.

Dos visiones

La del británico Paul Greengrass se centra en el avión que los terroristas pretendían estrellar contra la Casa Blanca y cuyos pasajeros, en un acto tan impulsivo como desesperado, impidieron que llegara allí haciéndolo caer antes. Y la del norteamericano Oliver Stone fija su mirada en dos casos concretos: los de unos policías que quedaron enterrados entre los escombros de las torres y fueron liberados casi un día despues.

Paul Greengrass es el director de «Domingo sangriento» y «El mito Bourne», y el productor de la magnífica «Omagh», película en la que se recreaba de un modo aterrador e impactante el brutal atentado del IRA en 1998 en aquella pequeña ciudad irlandesa. Tiene acreditado, pues, su pulso en este tipo de cine que contempla en toda su crudeza la uña negra y retorcida del terrorismo; y también que es un cineasta de mirada directa y honrada, pues no se suele confundir ni de dirección ni de sentido. En «United 93» consigue recrear aquel vuelo trágico pero al tiempo esperanzador, y lo hace con dos puntos de vista: el del caos en la torre de control durante aquellas horas en las que se vivió algo parecido al fin del mundo, con cientos de aviones en el aire y una desconfianza atroz; y el del interior del avión, con una intriga dosificada, magnífica y eficaz, especialmente si se tiene en cuenta que todo el mundo conoce el final.

Greengrass reconstruye aquel vuelo mediante dos materiales. Uno muy bueno: la información que ha podido reunir con los controladores y con los familiares que estuvieron en contacto telefónico con los pasajeros y tripulacion; y otro aún mejor: el honesto tono de homenaje y agradecimiento. No personaliza. No señala. Apenas presta atención a los cuatro terroristas. Todo el tramo final, sumamente emotivo, está narrado no obstante con un acentuado sentido del pudor. No es una película de héroes. Ni tampoco de villanos.

Melodrama sobrecogedor

La de Oliver Stone es, en esencia, radicalmente opuesta tanto en forma como en fondo. «World Trade Center» sí habla de héroes, y los personaliza en esos dos polícias que sobrevivieron al apocalipsis de las torres. Como es habitual en el cine de este realizador, su manera de atacar el asunto es muy espectacular: durante la primera hora de película vuelve la vida a aquella mañana del 11 de septiembre y levanta las dos torres desaparecidas; luego, tras los primeros instantes del atentado y la perplejidad de la ciudad, consigue lo más difícil, volver a destruir las torres levantadas... El realismo con que refleja el terrible caos en los bajos del World Trade Center y el modo en que mete su ficción (sus actores, con Nicolas Cage a la cabeza) a los pies de las torres, mientras llueve aquella trágica mezcla de piedras, cristales y personas... es realmente sobrecogedor.

Y también como Paul Greengrass, Oliver Stone decide desdoblar su atalaya de observación: mira a los dos policías atrapados y mira a sus familias, todas esas horas en las que ellos permanecieron inmóviles y casi muertos con el infierno encima y los suyos sin saber si estaban vivos o muertos. Tal vez el mayor reproche que se le pueda hacer a Oliver Stone, o a su película, es que hay un instante en el que aquella gran tragedia se convierte (en su pantalla) en un drama, o melodrama, personal.

En cualquier caso, éstas son las primeras películas que han mirado el 11 de septiembre y se han atrevido a aderezarlo de ficción; con el tiempo vendrán otras muchas y de diversos géneros y múltiples intenciones.

Spielberg y las Torres

Hasta la fecha, como se ha dicho, el 11-S sólo es capaz de colarse en el cine de modo sutil, en el aroma de las películas, en su estado de ánimo, en ciertos diálogos y planos fugaces. De todos modos, en este paseo por el reflejo que ha dado el cine del 11-S no debería faltar un detalle espeluznante, de genio cinematográfico, que aparece en la película «Munich», de Steven Spielberg, y que trata del asesinato de once atletas israelíes durante las Olimpiadas de 1972 y el posterior ajuste de cuentas por parte de los servicios secretos (e inexistentes) de Israel.

El detalle está en su final, con uno de los vengadores (el personaje que interpreta Eric Bana) ya en Nueva York completamente engañado y desengañado, debatiéndose entre el deber y la culpa, instalado ya en el centro de una diana perpetua a la que podrán disparar desde cualquier lado, incluso el suyo propio. En ese momento, Spielberg, que es un gran dios menor de esto, tiene la ocurrencia de hacer una panorámica, y allí están, la Torres Gemelas, en una película hecha el año pasado pero referida a algún tiempo inmediatamente posterior a ese 1972 de Munich (por cierto, un chivatazo nos avisa de que las Torres Gemelas no se terminaron de construir hasta 1976 o así, o sea que lo de Spielberg no es sólo talento, sino también una cierta dosis de «creatividad y morro»).

¿De qué nos quiere advertir Spielberg con esa rúbrica final de «Munich»? ¿Es una advertencia, es una amenaza, una premonición, un mal chiste? Sea lo que fuere ese reojo final a las Torres, o llegó demasiado pronto o llegó demasiado tarde.

     

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“I LOVE NY: Turistas en el laberinto de la Zona Cero” por Virginia Ródenas

  

A Nueva York te llevan muchos caminos. Y también muchas preguntas. ¿Qué es lo que procura a esta ciudad, pese a los esfuerzos estériles de tantos, no conocer rival que la desbanque del puesto “number one” de la capitalidad del mundo? ¿Por qué en la vieja Europa bebemos de su maná como si estuviéramos tragando la única modernidad posible? (Miren los armarios de sus hijos inundados de Gap, Tommy Hilgfihter y Polo Ralph Laurent y sus estómagos insaciables de hamburguesas y ketchup). Echado un vistazo, la indolencia, la pertinaz independencia de sus habitantes y el hecho incontestable de que cada cual va —e irá presuntamente por siempre jamás— a su bola, hacen de esta ciudad lo que es. ¡A la porra lo que piensen los demás!, parece el eslogan del neoyorquino y lo que, a la postre, lo convierte en una torre imposible de derribar. Porque, sí, es verdad, hace mañana un lustro que les tumbaron los baluartes de su «skyline» e hicieron de su centro financiero una inmensa tumba, pero no nos engañemos, se cumplió en nombre de Alá un endemoniado plan que a pesar de tanta muerte no pudo arañarles ni un ápice de su poder. Será por ello que la atracción fatal de asomarnos a la cicatriz de tan ensimismada y altiva comunidad siga resultando inevitable, aunque eso no sea más que pasar revista al pretérito imperfecto de la urbe del siempre presente, la misma que el alcalde Giuliani —uno de los paladines de la resurrección de NY— se afanó en dejar limpia como la patena: no hay un solo vecino de Manhattan que pasee con su bolso aprisionado bajo la axila, como transitamos por nuestra madrileña Puerta del Sol aleccionados por el azote de la rapiña, porque allí sobre esa cuestión nada hay que temer. Algo que sin duda agradece el visitante más concentrado en no perder detalle del paisaje urbano que en evitar que le desplumen.

Dice Woody Allen, uno de los prominentes vecinos de Manhattan —isla que abandona a duras penas y a riesgo de ponerse malo—, que «en Estados Unidos no se acuerdan de la guerra con España de 1898 porque lo más viejo allí tiene diez años». Pero eso no es verdad. A poco más de veinte pasos del agujero de la Zona Cero, exactamente la extensión de asfalto que cubre la calzada de la calle Churh, se alza la verja de la capilla de St. Paul, que ya ha celebrado su 230 cumpleaños, donde ha quedado atrapado para siempre el espíritu fraternal que impregnó Nueva York tras los ataques. Parece mentira que el brutal impacto del colapso de las torres sólo provocara a tan corta distancia —y amén de la tormenta de polvo y papel que cubrió su camposanto— el derribo de un árbol que se erguía en su cementerio: ni un solo cristal de la construcción de 1776 resultó con el más mínimo rasguño. Y hay a quien esta circunstancia en vez de parecerle incrédulamente mentira le resulta simplemente milagrosa.

Cuando el 11 de septiembre de 2001 el techo de Nueva York se desplomó, St. Paul se convirtió en el epicentro de la fuerza de rescate, de donde salían reforzados los miembros de los equipos de salvamento y a donde acudían extenuados en busca de su propia salvación, después de horas y horas de rebuscar entre los escombros los cuerpos pulverizados de las víctimas, entre ellas las de muchos de sus compañeros.

Un monumento a la esperanza

Mientras, en la negra verja de St. Paul los desesperados neoyorquinos insertaban las fotos de amigos y familiares desaparecidos —que vimos repetirse tantas veces en fotos de Prensa e imágenes de TV—, prolongando a lo largo del perímetro de esta iglesita, donde George Washington escuchó su primera misa tras ser nombrado primer presidente de EE.UU. el 30 de abril de 1789 y cuyo banco aún se conserva, una extensión de su necrópolis que recorre toda la manzana hasta la calle Broadway. Allí, durante ocho meses, miles de voluntarios provenientes de todo el país, de todas razas y religiones, trabajaron en turnos de doce horas sirviendo comidas, dando masajes, curando pies, preparando camas, ofreciendo consuelo, regalando su música y rezando junto a los bomberos, trabajadores de la construcción y policías que hormigueaban en aquel infierno. Los vestigios de todos esos largos días se guardan y exhiben en St. Paul, reconvertida en una especie de museo apologético de que otro mundo mejor es posible.

Por eso hoy la capilla, que depende de la parroquia de Trinity Church —que se encuentra unos metros más abajo por Broadway, justo en la cabecera de Wall Street—, sigue siendo un santuario de esperanza: tras el relato del crimen que se expone en la entrada principal, el visitante inicia dentro del templo un recorrido por altares plagados de fotos de los muertos en el WTC, de dibujos de niños a sus padres desaparecidos, de cartas de maridos a sus esposas, de madres a sus hijos... Altares con los escudos de policías y bomberos de todo el mundo, tabernáculos con mensajes de esperanza y de apoyo, aras con los testimonios de los voluntarios, y rincones con los catres en los que descansaban los rescatadores que siempre que volvían de la enorme tumba de al otro lado de la calle se encontraban renovados de suaves ositos Teddy —idea de una profesora para guiar a sus alumnos en aquel huracán de solidaridad, que no hallaron mejor manera de reconfortar a estos trabajadores que enviarles su mayor consuelo, de tal manera y en tal cantidad que el proyecto se convirtió en una marea de ositos que recorrió todo el país y con la que aún ahora siguen arribando peluches hasta St. Paul—.

«Si los muertos regresaran...»

Así, sobrecogido por el alma en carne viva de la capilla, donde casi siempre suele haber algún visitante arrancando plegarias al piano, el viajero recorre la cicatriz de la Zona Cero y su vallado, en donde se han colocado los nombres de los todos los que perdieron la vida aquel 11-S y la secuencia al minuto de los hitos de la tragedia con imágenes de los que entraron al rescate y nunca volvieron. Piensa entonces el forastero cuánta razón tenía ese otro vecino ilustre de la ciudad, el escritor James Baldwin (criado en Harlem, los antípodas del Lawer Manhattan) cuando concluyó que «la guerra terminaría si los muertos pudieran regresar».

Luego, a cobijo de la impresión crece en esta valla, y junto a la nueva terminal de comunicaciones que ya se puede ver tan grande como la Grand Central, un mercadillo de recuerdos del 11-S.

Allí también, al mismo borde del abismo, se yerguen el hotel Millenium Hilton (en el 55 de la calle Church), al que debido a las obras de reconstrucción de la zona se accede temporalmente por la calle Fulton y desde cuyas ventanas se atisba la más completa panorámica del área de rehabilitación, y a continuación el bloque de los almacenes Century 21 (en el 22 de Cortland), cuya reapertura tras los ataques fueron el síntoma para los habitantes del distrito financiero de que en Manhattan volvía a latir el pulso de la vida. Para el turista que se topa con ellos, son la prueba de que las rebajas existen: a precios de «outlet» se consiguen prendas de diseñadores norteamericanos y europeos. Dentro, la satisfacción de encontrar lo que buscabas sólo es comparable al gozo que produce comprobar la factura de lo que te has ahorrado —que se proporciona para regocijo del cliente— y que viene a compensar lo poco simpáticos que son sus dependientes.

En la siguiente manzana, a orillas de Liberty Park, el parque de bomberos del WTC descubre al paseante, con sus cierres levantados, el homenaje a sus propios muertos cuyos nombres han esculpido en bronce. Los rostros de estos hombres, como los de tantos otros, serán durante todo el viaje por NY la conciencia de la herida que vive hasta en la última calleja donde hay un equipo de extinción.

Continuamos el descenso por la calle Broadway hasta Wall Street, en donde se levanta la Trinity Church con vocación de ser ancla de la historia a sus 300 años y oasis del presente recurrente de la ciudad al que acuden para aliviar tensiones los ejecutivos de esta Calle del Muro, que fue el límite de la ciudad en 1653 cuando los holandeses levantaron una empalizada para proteger la colonia del ataque indio. Hoy en su jardín, en donde están enterrados prohombres de la ciudad como Alexander Hamilton y Robert Fulton, descansan los restos esculpidos del único árbol vencido de la capilla de St. Paul.

El museo de las imágenes

Un inciso en este descenso hasta la punta sur de Manhattan: En el límite superior del «Downtown», sólo previa reserva, y durante los siete días de la semana (por un precio que oscila entre los 16 y los 12 dólares), se puede visitar en el 420 este de la calle 14, entre la Novena Avenida y la calle Washington (barrio de Chelsea), el «Ground Zero Museum Workshop», la exposición de imágenes y objetos recuperados del desastre que, organizada por Gary Marlon Suson y bendecida por la Asociación de Bomberos Uniformados, está inspirada en la Casa de Ana Frank en Amsterdam.

Volvemos a la ruta por Broadway, siguiendo por esta calle hacia Battery Park, en donde en el Hope Garden se ha colocado la escultura «The Sphere for Plaza Fountain», de Fritz Koenig, un monumento a la paz mundial que ocupaba la plaza del WTC, de donde fue rescatada entera aunque con algunas hendiduras.

Ahí, en Battery Park, un refugio de verdor de 8,5 hectáreas adonde acuden a relajarse —e incluso pescar— los oficinistas del distrito financiero, está Castle Clinton, el único fuerte que existe en Mahattan, construido en los días anteriores a la guerra de 1812 con Gran Bretaña. De 1855 a 1890, antes de la apertura de Ellis Island —ese lugar impresionante que ningún español debe dejar de visitar para comprender en toda su extensión la sórdida realidad que entraña ser puerta de la emigración—, fue también centro de recepción de emigrantes. La estatua The Immigrants (1973), de Luis Sanguino, es el homenaje a los 7,7 millones de personas que pasaron por allí.

Al encuentro de la historia

Pero no nos adelantemos. Desde Wall Street descendemos hacia el río Hudson echando la vista atrás de vez en cuando para no perder la perspectiva del imponente edificio Woolworth y su espléndida belleza gótica capaz de reconciliarnos con las alturas y con buena parte de la humanidad. Entonces la historia de Nueva York sale al paso del viajero. En el 26 de Wall Street está el Federall Hall National Memorial, principal edificio neoclásico de la ciudad, donde tomó posesión de su cargo el primer presidente de EE.UU.; en la U.S. Custom House, en Bowling Green, antiguo emplazamiento de Fort Amsterdam, es donde en 1626 Peter Minuit compró Manhattan a los indios a cambio de quincalla valorada en 24 dólares; y la Fraunces Tavern, en el 54 de Pearl, con la que retrocedemos a la época colonial, y que hoy es museo y restaurante.

Fue precisamente en la Fraunces Tavern donde, en diciembre de 1783, Washington ofreció a sus oficiales la cena de despedida tras la victoria sobre los británicos —hito patriótico que no sólo salvó del derribo este edificio sino toda la manzana—. Se ha escrito cómo en aquella ocasión, y con una inusual elocuencia, el general dijo: «Con el corazón lleno de amor y gratitud me despido de ustedes. Deseo ardientemente que sus días venideros sean tan prósperos y felices —proclamó— como gloriosos y honorables han sido los precedentes». La vehemencia del optimismo después de la victoria. Porque luego Manhattan vio construir en la plaza adyacente a Pearl, el New York Vietnam Veterans Memorial (55 de la calle Water) por los caídos en aquella infernal guerra, y ahora espera que la Freedom Tower se levante y tape la fosa de la penúltima ofensiva, y en propio campo.

     

Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Cinco Años Después: El 11-S en EL PAIS

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 5:35, Categoría: Al Qaeda

El “diario independiente de la mañana” dedicaba ayer en su suplemento ‘Domingo’ una extensa cobertura a los atentados del 11-S. Hoy nos ofrece un repugnante editorial donde culpa de todos los males a los ‘neoconservadores’ y al Presidente Bush. Es obvio que nuestra posición difiera ‘un mundo’ de esta visión sesgada, manipulada de todo punto ‘antiamericana’. Siempre hemos creído y mantenido el conocimiento de todos los puntos de vista. Es el lector quien debe sacar sus conclusiones una vez que haya conocido todas las informaciones y opiniones disponibles. Por ejemplo: resulta, cuando menos, paradójico, que se mencione como referente la posición de la ONU en la cuestión del terrorismo islámico cuando dos terceras partes de los miembros de este organismo desconocen lo que es la Libertad y los Derechos Humanos… Así podíamos seguir hasta el aburrimiento.


“Cinco años después” (Editorial de EL PAIS)

    

Los neoconservadores criticaron a Clinton durante su presidencia por no aprovecharla para situar a Estados Unidos en el centro de un mundo unipolar tras el fin de la guerra fría. Clinton comprendió que EE UU, con un poder militar y económico sin parangón, no podía imponer por sí solo este nuevo orden. El brutal atentado del 11-S, del que hoy se cumplen cinco años, tomó por sorpresa a Bush y su Administración, pero inmediatamente lo aprovecharon para imponer su propia agenda neocon, mediante la acción unilateral, el abandono de la diplomacia en favor de la presión militar, la erosión de las libertades públicas y la expansión de los poderes presidenciales.

El resultado, un lustro más tarde, es un mundo más peligroso. Se ha producido una invasión comprensible pero chapucera de Afganistán -de la que ahora se están pagando los resultados- y una guerra injustificada y equivocada en Irak, de donde Estados Unidos no sabe ni cómo irse ni cómo quedarse, y que ha convertido al país árabe en escuela de yihadistas y en escenario de una guerra civil entre suníes y chiíes. Los atentados de Bali, Casablanca, Madrid -del que se cumplen dos años y medio- y Londres han demostrado la expansión de un terrorismo que, en este tiempo, no ha vuelto a golpear a Estados Unidos, algo que la Casa Blanca no deja de exhibir como el principal resultado de su cruzada.

Pero lo peor de todo es que los métodos de los terroristas han contaminado y erosionado la moral de las democracias que les combaten, empezando por Estados Unidos. Ahí están los casos de Guantánamo y Abu Ghraib, o las matanzas de civiles en Irak, como auténticos triunfos de la moral del terror sobre la humanidad. La muy conservadora señora Thatcher fue la primera en señalar que el mundo cambió sobre todo porque el 11-S hizo cambiar a EE UU, pero esta gran democracia y país admirable debe recuperar cuanto antes sus esencias y valores más profundos de la libertad y de la democracia, sin regresar por ello al aislacionismo.

La Administración de Bush tenía todo en su mano para impulsar un nuevo orden mundial más justo y sensato. Pero por acción (Irak) u omisión (Oriente Próximo) sólo ha sabido fomentar el desorden. Creyó que la democracia se podía imponer por decreto en el mundo árabe, pero, cuando han podido, muchos de estos ciudadanos han optado por votar a radicales, ya sea Hezbolá entre los chiíes de Líbano o Hamás entre los palestinos. Aunque no haya seguridad perfecta, especialmente cuando los terroristas están dispuestos a morir en su empeño, la cooperación internacional ha impedido muchos atentados. La guerra contra el terror de Bush es un error que debe sustituirse por políticas antiterroristas a largo plazo, conformadas sobre todo de inteligencia y de prevención policiales, y mucho menos militarizadas.

La Asamblea General de la ONU ha tardado cinco años en consensuar una estrategia global para luchar contra el terrorismo, cuyas bases las puso Kofi Annan en la conferencia sobre democracia y terrorismo organizada por el Club de Madrid en marzo de 2005. Finalmente, se opta por atender no sólo a los medios para combatir esta amenaza, sino también a hacerlo respetando el Estado de derecho, los derechos humanos y yendo a las causas de los problemas. Uno de los problemas que habrá que superar son los recelos mutuos entre el mundo occidental y el musulmán, que han aumentado como resultado de las políticas equivocadas.

   

Editorial publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 


“El 11-S en la política española” por Santos Juliá

 

Resultado del 11-S: una derecha cegada por el rencor y una izquierda que llegó al poder cuando no estaba en sazón.

¿Modificó el 11 de septiembre el curso de la política española? Y si lo hizo, ¿en qué sentido? Cuando se plantea este tipo de preguntas, un ejercicio no del todo ocioso para encontrar respuesta es imaginar qué habría ocurrido si tal acontecimiento no se hubiera producido: un contrafactual llaman al invento; invento tan antiguo como la costumbre de pensar, y de lamentar, que las cosas que nos pasan en la vida siempre pudieron haber sido de otro modo; incluso que la vida misma pudo haber sido diferente si...

Dejándonos llevar por un momento de esa bien arraigada costumbre, no es difícil imaginar todo lo que no habría pasado en España si el 11-S nunca hubiera sucedido. Ante todo, las Azores no habrían servido de marco para una foto fatídica. Sin esa foto, el presidente del Gobierno español no se habría visto involucrado, con el otro líder mundial que arrastra desde entonces la pesada y bien merecida cadena que pronto acabará dando en tierra con él, en una guerra disparatada. Nos habríamos ahorrado, de rechazo, la emergencia de una corriente de neocons a la española, eufóricos en el momento de la proeza, repitiendo el mensaje de leña al moro, en una nueva versión de la leyenda del caballo blanco de Santiago.

Por supuesto, sin el viaje a las Azores, sin neocons bailándole las aguas, el presidente Aznar no se habría subido a la parra bélica, ni se habría ganado el rechazo mayoritario de los españoles, contrarios en cantidades sustanciales a la implicación de España en aquella cruzada contra el fantasma de las armas de destrucción masiva. En fin, pero no lo menos importante, sin implicarse en la guerra, tal vez Madrid no habría sido víctima del más brutal atentado de su historia o, en caso de haberlo sufrido, Aznar y su gente habrían reaccionado de otro modo, libres de la obsesión de buscar un culpable fuera del mundo islámico. De rechazo, los nuevos socialistas habrían contado con otros cuatro años para madurar, ellos mismos y sus políticas, sorprendidos por la insólita facilidad de su llegada a la cumbre cuando menos lo esperaban.

El 11-S trastocó este normal curso de la vida política e introdujo un elemento de distorsión que acabó por liquidar todo lo que de positivo se pudiera atribuir a las políticas del Partido Popular en los años de su primera legislatura. De todas formas, con esto de los contrafactuales siempre hay que andarse con cuidado: que el 11-S ocurriera no quiere decir que todo lo que pasó después fuera necesario. El PP y su presidente pudieron haber reaccionado de otro modo; Aznar pudo no haber ido a las Azores; el atentado de Madrid pudo no haber ocurrido; la reacción al atentado, una vez cometido, pudo haber sido distinta. En definitiva, otra política era posible tras el derrumbe de las Torres Gemelas.

Lo malo para el posterior desarrollo de los hechos es que los dirigentes del PP saben perfectamente que otra política era posible; más aún, saben que la política seguida por Aznar, desde su compromiso con Bush hasta su obsesión por implicar a ETA en el atentado de Madrid, constituye una catastrófica sucesión de errores. Y porque están convencidos de eso, porque saben que se equivocaron, pero carecen de arrestos para admitir su monumental error, digerirlo y expulsarlo, es por lo que se les ha subido al rostro, a la mirada, al lenguaje, el rencor acumulado tras su derrota: andan por ahí dando palos de ciego, reconcomidos por el amargo sabor de un fracaso al que fueron conducidos por sus propios errores más que por los aciertos del adversario.

Pero el rencor ciega y extrema la fanática convicción de que lo hecho está siempre bien hecho y que el mal resultado de lo bien hecho sólo puede atribuirse a perversas maquinaciones del adversario. Y en esas seguimos, con la pesada y permanente herencia del 11 de septiembre a cuestas; con aquel partido que presumía de liberal conservador mirando hacia atrás con ira, encerrado en una política del rechazo, dejándose inundar por la basura sobre golpes de Estado encubiertos que cada día vomitan sus voceros, sin atreverse a mirar hacia delante, sin capacidad para formular propuestas de futuro, diciendo a todo que no.

¿Resultado del 11-S en la política española? Un sistema político desequilibrado, con una derecha cegada por el rencor y una izquierda que llegó al poder cuando aún no estaba en sazón.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La herida sigue abierta” por José Manuel Calvo

   

Ni la respuesta bélica ni las medidas de seguridad disipan en EE UU el temor a un atentado

¿Es EE UU un país más seguro de lo que era el 10 de septiembre de 2001, horas antes de los atentados que costaron la vida a casi 3.000 personas en Nueva York, Washington y Pensilvania? En Peoria (Illinois), la respuesta es afirmativa; en Nueva York, negativa. ¿Hay países que corren más riesgos que antes de esos atentados y de los movimientos que desencadenaron? En Bagdad, pero también en Beirut o en Londres, no habrá ninguna duda: sí. Entonces, ¿puede el mundo haberse convertido, al mismo tiempo, en un lugar más y menos peligroso que antes de 2001?

"Las Torres Gemelas se desplomaron ante nuestros ojos y en ese momento quedó claro que entrábamos en un nuevo mundo, y en una peligrosa nueva guerra", dijo el pasado miércoles George W. Bush, que se declaró en 2004 un "presidente de guerra" y que con esa lógica ganó la reelección. ¿Podrá su partido, el republicano, repetir la jugada en las elecciones legislativas del 7 de noviembre y mantener el control de las dos cámaras? Cada vez parece más improbable: dependerá, en buena medida, de si la Casa Blanca tiene la habilidad suficiente para que los votantes no vayan a las urnas con la guerra de Irak en la cabeza, sino con la guerra contra el terrorismo. Y dependerá de que los demócratas, huérfanos de triunfos electorales desde hace diez años, logren traducir en votos el desencanto popular con Irak sin aparecer blandos sobre el terrorismo.

Mayor serenidad

La Casa Blanca cree -según la Estrategia Nacional de Seguridad aprobada en 2003 y revisada esta semana- que "aunque América es más segura, todavía no estamos a salvo". Y a pesar de que el quinto aniversario se conmemora con mayor serenidad y con la reaparición -desde la campaña electoral de 2004- de los enfrentamientos políticos sobre la seguridad y las decisiones del Gobierno, la población es consciente de que hay riesgos que ignoraba hace cinco años. ¿Es EE UU un país más seguro? "Creo que no puede haber ninguna duda de que es un país más seguro ahora que hace cinco años", afirma Lee Hamilton, el ex congresista demócrata que fue presidente de la comisión que investigó el 11-S. "Hemos adoptado muchas medidas, hemos gastado mucho dinero y estamos dedicando mucha gente a ese objetivo, al de reforzar la seguridad. Pero no podemos decir que tenemos seguridad total. Se mantiene el desafío terrorista; estamos luchando, pero es un esfuerzo a largo plazo. De forma que, para responder a su pregunta, estamos más seguros, pero no estamos seguros del todo".

Hamilton, que dirige el Centro Internacional Woodrow Wilson, acaba de publicar -junto al republicano Thomas Kean, el otro presidente de la comisión- el libro Sin precedentes, en el que ambos revelan las interioridades de los tres años de trabajos, y cree que no está dentro de sus atribuciones opinar sobre el resto del mundo, aunque su experiencia internacional es amplia después de 34 años en el Congreso, en donde fue presidente del Comité de Relaciones Internacionales. Pero Philip Gordon, de la Brookings Institution y que fue responsable de Europa en el Consejo Nacional de Seguridad, no tiene problemas para responder a la pregunta de si EE UU es un lugar más seguro en un mundo más inseguro: "Creo que EE UU es más seguro que hace cinco años: se han hecho muchas cosas para que sea así. Y probablemente también es verdad que el resto del mundo se siente menos seguro con las consecuencias de nuestra reacción después del 11-S. Buena parte de Oriente Próximo es menos segura, Europa es menos segura: no hay más que pensar en lo que pasó en Madrid o Londres. Obviamente, EE UU no quiso reforzar su seguridad a expensas de la de otros, pero probablemente es acertado decir que el mundo se siente menos seguro, y EE UU, más".

Gordon cree que la política exterior de EE UU dio un giro hacia el realismo después de la reelección de Bush, independientemente de la retórica que sostiene que América es un país en guerra y de que se mantenga oficialmente la Agenda de la Libertad, que predica "el apoyo a los movimientos e instituciones democráticas en todos los países y culturas" con el objetivo de "acabar con la tiranía en el mundo". "La política exterior revolucionaria del primer Bush se acabó", añade, por las realidades políticas, diplomáticas y presupuestarias determinadas por la guerra de Irak, que contribuyó decisivamente a disipar las simpatías causadas por el 11-S, a sembrar la división y el enfrentamiento con los aliados y a difuminar la guerra contra el terrorismo; una guerra que tiene harta a la opinión pública de EE UU, cuando hay ya más de 2.600 soldados muertos; frustrado y peligrosamente sobreocupado al Ejército y diezmado el erario: el proyecto de presupuesto de Defensa de 2007, 439.300 millones de dólares, es un 7% más elevado que el de 2006; a eso hay que añadir los gastos de las guerras en Irak y Afganistán, que han alcanzado, desde el 11-S, la suma de 437.000 millones en operaciones militares, reconstrucción, ayuda exterior y embajadas, según datos del Congreso, y más de 250.000 millones en seguridad dentro de EE UU.

El realismo y la diplomacia deberían reducir costes y riesgos, pero ¿y si hay cambios bruscos? "Es interesante, porque quizá estamos viendo un escenario así", señala Gordon. "Las tendencias básicas de la escena internacional empujan a EE UU hacia una política exterior realista. El que no haya habido un atentado en EE UU reduce la posibilidad de una política exterior agresiva; las cuestiones económicas, las dificultades militares y el fracaso de las doctrinas de Bush llevan hacia el realismo, pero el futuro sigue siendo incierto, porque puede ocurrir algo que nos vuelva a llevar en la otra dirección. La guerra entre Israel y Hezbolá y el rechazo iraní a los ofrecimientos en la negociación nuclear están empujando a EE UU hacia esa otra dirección. La crisis de Hezbolá y el papel que ha jugado Irán han sido un recordatorio para los norteamericanos de los peligros que aún existen, y ha aumentado el temor al espectro del enemigo islamista. Hace un par de meses, las cosas estaban más relajadas, pero ahora crece de nuevo la imagen de un Irán que quiere ser nuclear y que apoya a un grupo terrorista que ataca a nuestros aliados o a nosotros mismos".

¿En qué situación se encuentra la guerra contra el terrorismo? ¿Qué ha logrado y en qué ha fracasado en estos cinco años? El Consejo de Terrorismo Global -una iniciativa patrocinada por David Bradley, presidente del grupo de medios Atlantic-, que reúne a autoridades internacionales en materia de seguridad y terrorismo, acaba de presentar en Washington su primer informe con motivo del quinto aniversario del 11-S. El español Fernando Reinares, que fue asesor de política antiterrorista del ministro del Interior entre 2004 y 2006 y que ahora trabaja en el Real Instituto Elcano, pertenece al Consejo: "Cinco años después podemos hablar, a corto plazo, de una contención de la amenaza terrorista: se han incrementado los niveles de seguridad y los sistemas de protección, especialmente en el mundo occidental. Al mismo tiempo, buena parte de las iniciativas que EE UU ha adoptado en materia de lucha contra el terrorismo han resultado extraordinariamente contraproducentes".

El hecho de que la situación de seguridad sea razonablemente óptima a corto plazo, añade Reinares, no es incompatible con augurar que a corto y medio plazo todo puede complicarse. Por tanto, ¿tiene sentido decir que el mundo pos-11-S es a la vez más y menos peligroso? "Tiene perfecto sentido porque, por un lado, se ha incrementado la seguridad, y eso ha permitido desbaratar atentados terroristas que se encontraban en un estado muy avanzado de planificación y detener a muchos individuos relacionados con redes de terrorismo yihadista, ha permitido privar a Al Qaeda de un santuario y anular parte de su núcleo central... Pero, al tiempo, hay un incremento en la radicalización violenta de buena parte del mundo musulmán, tanto en países africanos y asiáticos en los que la población musulmana es mayoritaria como dentro de las sociedades occidentales, lo cual hace presagiar que, a medio y largo plazo, las ganancias tácticas de los últimos cinco años no van a repercutir de manera positiva".

Paul Pillar, un ex alto dirigente de la CIA -y actual profesor en Georgetown- muy crítico de la utilización que hizo el Gobierno de Bush de los datos de inteligencia para justificar la guerra, cree que, "de alguna manera, estamos en una situación menos segura, y cuando digo esto estoy pensando más bien en EE UU. Es difícil hablar del conjunto del mundo, pero creo que también aplicaría esta opinión a Occidente, sobre todo a Europa y EE UU". Si la situación es menos segura, ¿por qué no ha habido un atentado en EE UU en estos cinco años? Muy sencillo, responde Pillar: porque aún no ha pasado tiempo suficiente como para cantar victoria: "Cinco años no es nada en la mente de millones de personas que se tienen por protagonistas de una batalla épica, es un suspiro de tiempo incluso en términos occidentales". Y hay que tener en cuenta los intentos desbaratados: "Aunque la atención pública, obviamente, no lo registra igual, es muy tenue la línea que separa un acto terrorista realizado de un acto terrorista bloqueado o frustrado".

Muchos cataclismos posibles

Walter Reich, profesor de relaciones internacionales, ética y comportamiento humano, y miembro del Consejo, comparte con Reinares la idea de que el mundo es, a la vez, más y menos peligroso: "Antes del 11-S no entendíamos hasta qué punto estábamos viviendo en un mundo inseguro, pero realmente lo era, y mucho, aunque sólo se demostró drásticamente el 11-S. En perspectiva histórica, teníamos inseguridad, pero no éramos muy conscientes; ahora entendemos mucho mejor la amenaza, y ése es un paso importante: ya sabemos que hay un cataclismo o muchos cataclismos que son posibles. Pero estamos más inseguros; hay una mayor movilización de los activistas de la yihad de la que había antes, en parte debido al éxito del 11-S y a atentados como el de Madrid o el de Londres, en parte debido a realidades como Irak".

La percepción pública en Estados Unidos es de un notable recuerdo de lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001 y de una desigual sensación de inseguridad. Cinco años después de los atentados, la mitad de la población "piensa frecuentemente" en lo que ocurrió aquel día, según un sondeo de Ipsos. La proporción de los que mantienen viva la memoria de aquella jornada y la recuerdan con frecuencia se eleva al 60% en el caso de Nueva York. Más de la mitad de los neoyorquinos y de los habitantes de Washington están preocupados por la posibilidad de sufrir nuevos atentados. "Lo que es diferente en EE UU", dice Philip Gordon, "es la sensación de inseguridad y vulnerabilidad que sufrimos desde el 11-S, tras una década en la que no habíamos sentido nada de eso. La semana anterior al 11-S, la única noticia era la de Chandra Levy, aquella pobre mujer que desapareció y fue asesinada; estaba todos los días en los titulares porque era el tipo de asunto en el que nos fijábamos... No pensábamos en que el mundo era peligroso. Ahora, todo el mundo lo piensa".

Todo el mundo, pero depende de dónde viva: en las ciudades de EE UU es más agudo el sentido de vulnerabilidad, y un tercio de sus habitantes, según un sondeo de The New York Times y CBS, se sienten "muy preocupados" ante la posibilidad de otro atentado; en Peoria y en la América que vive entre las dos costas, la proporción es del 13%. Pero el 81% en todo el país acepta que tendrá que vivir siempre con la amenaza terrorista. Más datos: otro sondeo señala que sólo el 43% cree que EE UU es ahora más seguro que antes del 11-S; un 32% piensa que la seguridad es similar, y el 25% dice que es inferior. Para el 54% es muy o bastante probable que haya un atentado en los próximos meses; el 55% cree que la guerra de Irak puede incrementar el riesgo de atentado terrorista en EE UU, y el 59% afirma que la guerra ha hecho menos seguro el mundo ante la amenaza terrorista. Para el 25% se está ganando la guerra en Irak; el 62% cree que aún no se puede hablar de vencedores, y el 12% piensa que la que va ganando es la insurgencia. Por último, el 46% cree ahora que Osama Bin Laden será atrapado, en contraste con el 67% que lo afirmaba en 2003.

Cosas que van mal

¿Se está ganando la guerra contra el terrorismo? La propia Casa Blanca aceptó el jueves que, a pesar de todos los avances y golpes contra Al Qaeda y similares, hay muchas cosas que van mal:

- Las células terroristas están más dispersas y menos centralizadas.

- Se han evitado atentados, pero no todos; los terroristas han tenido éxitos.

- Se ha mejorado la seguridad, pero es imposible garantizar que no va a haber un atentado en EE UU.

- Los terroristas siguen tratando de conseguir armas de destrucción masiva.

- Países como Siria e Irán albergan terroristas y patrocinan sus actividades.

- La guerra en Irak es manipulada y aprovechada por la propaganda terrorista.

- El empleo de Internet y los medios permite al enemigo comunicarse, reclutar, entrenarse y hacer proselitismo y propaganda sin correr riesgos.

Por su parte, el Consejo de Terrorismo Global ha calificado diferentes categorías y capítulos, y sus conclusiones son relativamente pesimistas. En la lucha contra el extremismo islamista hay éxitos -los atentados frustrados, las detenciones de buena parte de la dirección de Al Qaeda-, pero una autoridad en la materia como Bruce Hoffman, profesor en Georgetown y autor de Inside terrorism, cree que sería erróneo exagerar la debilidad del núcleo duro del grupo de Bin Laden. "Es verdad que se han dado golpes fuertes, pero su centro de mando no ha desaparecido, y la desarticulación, hace un mes, del atentado en Londres lo prueba. Ese centro es menos activo, menos poderoso, pero sigue existiendo". EE UU, añade Hoffman, "contempla el conflicto desde una perspectiva occidental y asume que se está ganando la guerra, pero la situación, vista por el adversario, es diferente". Al Qaeda, añade, no establece sus tiempos en función de un mandato presidencial o un ciclo electoral: "Lo que hace es mantener una larga guerra de desgaste con la esperanza de consumir nuestra determinación y hacernos caer en una complacencia como la que teníamos antes del 11-S".

El hecho de que no haya habido atentados en EE UU desde 2001 y los costes humanos y materiales de Irak hacen que la visión de esta guerra -y el cansancio- predominen sobre el combate contra el terrorismo. Para Lee Hamilton, "el mayor riesgo que corre a partir de ahora EE UU es el de la complacencia, el de subestimar la amenaza terrorista. Por eso, creo que tenemos que desarrollar un sentido de urgencia, si me permite llamarlo así, sobre esta amenaza". Hoffman insiste: "Al Qaeda ha sobrevivido a nuestras ofensivas más fuertes, lo que le ha dado un enorme impulso a la convicción que tiene sobre la inevitabilidad histórica y la rectitud de su causa".

Fernando Reinares pronostica todavía una veintena de años de actividad terrorista intensa: "Estamos ante una amenaza que es real, inmediata, que está ahí y a la que hay que enfrentarse sin dilación, pero que no va a remitir en breve. Es muy difícil pensar que vaya a entrar en decadencia antes de dos décadas, y esto, en todo caso, no querrá decir que desaparezca, sino que la actual oleada podrá remitir. Hay factores que pueden hacer que el ciclo de terrorismo global se alargue más en el tiempo o se reduzca, y desgraciadamente, estos últimos cinco años invitan a pensar que con situaciones como la de Irak hemos extendido el ciclo vital del terrorismo global".

Lo que mejor funciona, desde el punto de vista de contrarrestar la amenaza y siempre según las valoraciones de los expertos del Consejo, es la coordinación entre aliados, especialmente la cooperación entre Europa y EE UU -la cooperación de inteligencia y el trabajo conjunto de las fuerzas policiales-, el aumento en la seguridad aérea y los esfuerzos para controlar las armas nucleares en Rusia.

A la hora de analizar lo más peligroso de los próximos cinco años, el Consejo destaca estas tres posibilidades: que Irak "se convierta en una incubadora de terroristas, en un campo de entrenamiento, en un paraíso como lo fue Afganistán"; que "las redes de reclutamiento en Irak y Afganistán formen terroristas y los envíen a Occidente" y que continúe el incremento de operaciones suicidas "contra EE UU y sus aliados". Irak, en opinión de Pillar, "es extremadamente importante para Al Qaeda, no en el sentido estrictamente militar, sino como campo de entrenamiento y como fuente de propaganda". Por esa razón, añade Hoffman, independientemente de lo que se piense de la guerra, "serían desastrosas, desde el punto de vista de la expansión del terrorismo, las consecuencias de una salida precipitada de Irak por parte de EE UU". "Si fracasamos, Irak será un santuario para el terrorismo; si acertamos, Irak formará parte de la solución global a la amenaza", coincide Hamilton.

Suníes y chiíes

El informe llama la atención sobre lo poco que se está avanzado en la puesta en marcha de "iniciativas de política internacional que disminuyan la furia que se vive en el mundo musulmán" y sobre el agravamiento de las tensiones entre suníes y chiíes. En esta clave, Fernando Reinares lamenta que no se esté registrando el cambio principal que ha habido en la actividad terrorista desde 2004: "Hasta entonces, Al Qaeda y sus grupos se presentaban como actores de un conflicto entre el mundo occidental y el mundo islámico. Desde 2004, la gran mayoría de sus atentados ocurren en el mundo islámico y la inmensa mayoría de sus víctimas son musulmanes. En Occidente apenas ocurren un 2% de los atentados que estos grupos cometen cada año". ¿Por qué no se registra esto? "Porque hay una ideología del terrorismo global que es, a la vez, la percepción que las élites políticas occidentales tienen de ese fenómeno, y que se corresponde perfectamente con lo que los dirigentes de Al Qaeda dicen de sí mismos".

En opinión de Reinares, mientras no se explique el impacto real que el terrorismo está teniendo en el mundo musulmán, y este dato no incida en el modo con el que se establecen vínculos con ese mundo y con las comunidades musulmanas de nuestras propias sociedades, "estaremos abandonando un elemento crucial para avanzar frente a un fenómeno que claramente es una amenaza a nuestra seguridad y a la de los países musulmanes, con independencia de religiones y países. En los medios de comunicación, en las élites políticas e incluso en los círculos académicos se tiene aún una imagen del terrorismo global que no coincide con la realidad; el terrorismo global, en estos momentos, es más un conflicto entre musulmanes que un choque de civilizaciones. Y éste es un dato fundamental, porque la definición del fenómeno es crítica a la hora de establecer los parámetros con los que afrontarlo".

   

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Blindar el cielo para llegar a tierra” por Antonio Jiménez Barca

 

El 11-S cambió la forma de viajar en avión y de proyectar determinados edificios altos

Al piloto Manuel Chamorro, hace un año, al llegar a EE UU, le preguntaron sobre cuál era la intención de su viaje. Chamorro contestó la verdad: "Voy a un curso de pilotos sobre accidentes aéreos". Al momento, la policía lo condujo a un cuarto aparte, le registró y le interrogó durante una hora hasta que se convenció de que lo que comentaba Chamorro era cierto y que no constituía ningún riesgo para la seguridad del país.

Desde que en la mañana del 11 de septiembre dos aviones se estamparon contra las Torres Gemelas, otro contra el Pentágono en Washington y otro contra un sembrado en Pensilvania, la manera de volar en avión ha cambiado en el mundo.

Y sobre todo en Estados Unidos: antes del atentado, en EE UU los pasajeros de vuelos interiores efectuaban casi los mismos y escasos controles que los que podían sufrir en un viaje en autobús de Chicago a Denver. Ahora es al contrario. Se ha pasado de un extremo al otro.

De cualquier forma, ya nada será igual: desde el 11 de septiembre, todas las compañías aéreas del mundo han modificado las puertas de acceso a la cabina. Antes se abrían con un simple patadón. Ahora son blindadas y sólo permiten el acceso mediante una clave numérica. "Antes no era extraño viajar con la puerta de la cabina abierta o entreabierta y dejar a veces que algún pasajero que lo solicitara entrara para que mirara; ahora, eso es impensable", comenta Chamorro, piloto comercial y miembro del Colegio Oficial de Pilotos.

El objetivo es evidente: que nadie pueda volver a hacerse con los mandos de un avión para convertirlo en un misil rebosante de gasóleo.

Desde el 11 de septiembre de 2001, absolutamente nadie sube al avión con tijeritas para las uñas, prendedores de ropa, sacacorchos o artículos punzantes de cualquier tipo en el bolso de mano. Desde el frustrado intento de atentado en Londres, ocurrido hace un mes, además, ningún viajero con destino a EE UU o el Reino Unido sube tampoco con envases con líquidos.

"Esto se está convirtiendo en algo ingobernable. A este paso acabaremos pidiendo a los pasajeros que suban desnudos a bordo", razona Chamorro. "Habría que primar otros métodos de seguridad, porque estas restricciones conducen al infinito", añade.

Controles en maletas

La normativa relativa a la seguridad se ha unificado en los últimos cinco años. Ahora, todas las maletas que van a parar a la bodega de carga de los aviones son inspeccionadas por el escáner. Antes sólo pasaban este control aleatoriamente. En el aeropuerto de Barajas, esta inspección al 100% de las maletas, bolsos o paquetes que suben al avión se lleva a cabo desde 2003, según fuentes de AENA.

Todos estos controles son aún más exhaustivos en los viajes con destino a Estados Unidos. Ahora, el bolso de mano de cualquier europeo que se desplace a este país pasa por dos monitores de rayos X.

Los datos de este pasajero, además, viajan a velocidad cibernética hasta los archivos norteamericanos mientras el viajero está en el aire.

¿Todo esto significa más tiempo de espera? ¿Todos estos controles equivalen a perder horas en las salas de embarque?

"Al principio sí", contesta un portavoz de Iberia. "Pero poco a poco los aeropuertos se fueron equipando con métodos que lograron igualar el tiempo de espera al que se empleaba antes del 11-S", añade. Sergio Patin, director general en España de Continental Air Lines, está de acuerdo: "Antes del 11-S se pedían dos horas de antelación para un vuelo transoceánico; después del 11-S llegamos a pedir tres y cuatro. Ahora, desde lo de Londres, volvemos a las tres horas. Pero regresaremos a las dos horas o dos horas y media".

La imagen de dos aviones estrellándose en directo contra las fachadas de las Torres Gemelas no sólo afectó a la manera de viajar. Todo el mundo se preguntó también si los rascacielos eran seguros o, cuando menos, convenientes. El arquitecto Javier Pioz, que ha diseñado una auténtica "ciudad vertical" para 100.000 personas en Shanghai que aún aguarda el permiso del Gobierno chino y que actualmente trabaja en otro rascacielos en Calcuta, asegura que el 11-S "cambió la manera de construir edificios altos". "El concepto caja de cristal elevada pasó a la historia. Ahora se pide que el macroedificio esté dividido, aunque sea en altura, por distritos independientes, y que un edificio sea autosuficiente, como un barco en alta mar", argumenta Pioz.

Ricardo Aroca, decano del Colegio de Arquitectos, recuerda que el 11-S "paralizó la construcción de rascacielos". "Pero luego se reemprendió y ahora, por ejemplo, se construye uno en Dubai de 700 metros". Y concluye: "No creo que se haya cambiado mucho. Las medidas de seguridad ya eran elevadas. Y técnicamente, que un avión se estrelle es algo imposible de resolver. No se puede vivir pensando que se va a estampar un avión contra tu edificio".

El avance del terrorismo suicida

El 23 de octubre de 1983, Estados Unidos sufrió en el Líbano un ataque suicida mucho más letal que los padecidos por sus buques de guerra en el Pacífico durante la II Guerra Mundial a manos de los pilotos kamikazes japoneses. Murieron 241 militares en el ataque de un camión-bomba conducido por un piloto suicida contra el cuartel general de la Infantería de Marina norteamericana desplegada en Beirut. Poco después, los marines se retiraban de Líbano. Aquel atentado fue el comienzo de un terrorismo suicida, predicado por los nuevos imanes de la yihad, que se extendería en pocos años por todo el mundo y que alcanzó su mayor impacto simbólico el 11 de septiembre de 2001. El ataque kamikaze contra las Torres Gemelas y el Pentágono -la Casa Blanca era el tercer objetivo, frustrado por los pasajeros del vuelo United 93- ha sido el atentado simbólico que abrió un conflicto sangriento que ha derivado en dos guerras, la de Afganistán y la de Irak, y cuyo fin no se vislumbra.

   

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Me basta un olor para recordar ese día" por Sandro Pozzi

   

Supervivientes y familiares cuentan cómo han conseguido sobreponerse a la tragedia

Los ataques suicidas contra las Torres Gemelas mostraron el daño que pueden llegar a hacer los terroristas. Nueva York, cinco años después del fatídico 11-S, es una ciudad con vida frenética, aunque con algunas cicatrices. Por eso, los familiares de las víctimas del World Trade Center y los supervivientes del cataclismo quieren que este quinto aniversario sirva para recordar que ese día fue algo más que un trágico evento que quedó marcado en el calendario, y que las vulnerabilidades y el dolor siguen latentes. Por eso piden al público que no olvide, para que no vuelva a suceder lo mismo.

El 11-S es símbolo de destrucción, pero también de la superación; de cómo una ciudad y sus gentes son capaces de vencer la adversidad y recomponer su vida. Los ataques suicidas de Al Qaeda unieron a los neoyorquinos y todo el mundo empezó a mirar la ciudad con otros ojos. Los turistas inundan hoy las calles de la Gran Manzana, y la zona cero es un icono más, como el Empire State Building o Wall Street. Nueva York ha crecido en identidad, y en los últimos cinco años se han alzado nuevos rascacielos desafiando al mal, como la Torre Siete o el nuevo complejo de Time Warner.

Sin embargo, las heridas persisten. Edie Lutnick trabaja como voluntaria en la fundación creada por Cantor Fitzgerald para ayudar a los familiares de las víctimas. Fue la compañía que perdió a más empleados en las torres, 658 personas de los casi 3.000 muertos. Entre ellas estaba el hermano de Edie. El fondo está considerado como un modelo para atender a los afectados de otras catástrofes. Pero Lutnick lamenta la falta de apoyo financiero y emocional que están recibiendo. "Cada vez es más difícil comprometer al público, convencerles de que nuestras familias siguen sufriendo y que necesitan ayuda a todos los niveles".

Problemas de adaptación

John Leinung, de September 11th Families for Peaceful Tomorrows, reconoce que el 11-S sigue despertando pasiones entre la gente en EE UU, que califica de "casi esquizofrénica". Pero a la vez, dice, el público se ha acostumbrado a vivir con la tragedia. "Esto hace la captación de fondos más complicada", remacha. Hamilton Peterson, de Families of Flight 93, el avión que se estrelló en Pensilvania, observa además que otras catástrofes atraen atención. Pero la mayoría de las familias y supervivientes siguen lidiando con problemas de adaptación, como advierte Jonathan Barnett, de la organización Tuesday's Children.

Barnett perdió a un hermano y a varios amigos el 11-S. Esta falta de atención del público en general, explica, "obliga a aumentar la dedicación para que las familias sigan teniendo cubiertas sus necesidades".

Su fundación empezó ayudando a 5.500 niños que perdieron a uno de sus padres en los atentados. Entonces tenían una media de ocho años de edad. "Alguien debe enseñarles que los sueños son posibles, que se pueden alcanzar y cómo llegar. A veces hacemos de padres", dice.

Anthony Gardner comenta que no sabía que su hijo estaba en el edificio hasta que llamaron sus compañeros. "Nos llevamos un mes esperando, rezando para que estuviera bien", recuerda. Cinco años después, afirma, hace falta muy poco para que aflore el dolor. "Se dice que el tiempo cura las heridas. Pero cuando pierdes a alguien que quieres, no es como una gripe, es como una amputación". Y es que el 11-S es una fecha marcada. "Me basta un olor para recordar ese día", añade Mary Fetchet, de Voices of September 11.

El hijo de Fetchet murió en la misma torre de la que Tom Canavan logró escapar con vida, antes de que se derrumbara. Canavan se encontraba en el piso 47º cuando impactó el avión. Hoy cuenta que cada vez que pasa cerca de una obra o siente la vibración del tren, le recuerda lo peor. En un coloquio organizado por New York Magazine con ocho de los que sobrevivieron, este superviviente de los 18.000 que se calcula estaban en las Torres Gemelas explicó que el 11-S es para él una adicción. "Es como si tuviera un proyector en mi cabeza repitiendo la misma película continuamente".

Earlyne Johnson, sin embargo, dice sentirse una persona nueva. Perdió el ascensor que subía a la planta 65º en el momento del impacto. "Antes del 11-S solía irritarme con facilidad, pero ahora me dejo llevar", comenta. Y explica la razón por la que no murió ese día: "Dios no quiso acabar conmigo en ese momento". Pero hoy hay familias que no tienen nada a lo que rendir tributo, porque los restos de sus seres queridos desaparecieron entre los escombros en un vertedero de Staten Island, como denuncia Sally Regenhard.

Misión específica

Y aunque cada una de estas personas y fundaciones tiene una misión muy específica a la hora de hacer frente a las consecuencias de los atentados, los familiares de las víctimas y supervivientes intentan ayudarse colectivamente, sobre todo en tiempos de estrés como los que viven estos días, con los cines y las televisiones llenos de películas y documentales relatando hasta el último detalle de los atentados. "Podemos aprender mucho los unos de los otros y ayudarnos", insiste Mary Fetchet, "Oklahoma City ayudó al 11-S. Y el 11-S puede ayudar a Madrid, y Madrid, a Londres. Intentamos mirar hacia delante. No celebramos nada".

Pero en esa rutina hay obstáculos imprevistos, no deseados, como explica Carrie Lemack. "Desde marzo, miro qué tráiler ponen en el cine, y la programación; no quiero volver a ver a mi madre muriendo otra vez", dice. Su progenitora viajaba en el primer avión que impactó contra los rascacielos. Desde entonces trabaja para Families of September 11, una fundación que vela por la aplicación de las recomendaciones de la comisión que investigó los atentados. "Queremos asegurarnos de que lo que pasó a nuestros seres queridos no vuelve a repetirse", explica, a la vez que lamenta que películas como World Trade Center se limiten a despertar un sentimiento de pena ante la tragedia, en lugar de comprometer al público.

"La gente se queja por las colas en los aeropuertos. ¿Pero alguien sabe cuáles son los planes de emergencia de los colegios a los que van sus hijos?", se pregunta. Fetchet se declara frustrada al ver que los fallos que llevaron al 11-S siguen ahí. "Corremos el riesgo de otro ataque terrorista. Es imprescindible que estas reformas se lleven a cabo", insiste. Hamilton Peterson recuerda que los pasajeros del vuelo 93 tuvieron "el lujo del tiempo y de saber lo que pasaba; una oportunidad para actuar y evitar el ataque". Por eso dice que el quinto aniversario debe servir para recordar "que esto no debe pasar otra vez". "Buscar faltas no resuelve el problema de fondo, es una pérdida de esfuerzo y de tiempo", remacha.

A partir de estas reflexiones, el mensaje de los familiares y supervivientes es común: "La muerte de los nuestros debe ser suficiente para todo el país, no sólo para las familias que perdieron a un ser querido ese día". "No queremos que ninguna madre pase por lo que hemos pasado", insiste la mujer de John Leinung. Y aunque cada uno de ellos tiene una perspectiva única de los atentados, el punto que les une es que el 11-S es algo con lo que tienen que vivir todos los días. "Es inevitable, y mucha gente no se da cuenta de que sigue levantando emociones", concluye Gardner.

   

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“España apestaba a 'yihad'” por José María Irujo

   

Antes del 11-S, las células salafistas ya planeaban aquí hacer la 'guerra santa'

En España se olía a yihad (guerra santa) antes de que el egipcio Mohamed Atta, de 33 años, y los otros suicidas aprendieran a pilotar los aviones con los que se iban a estrellar en el corazón del país más poderoso del planeta. "Huelo que la yihad está muy cerca", le confesó a Mohamed Achraf uno de los acólitos a los que este argelino detenido en 1999 por robar tarjetas de crédito había captado con sus discursos radicales en el patio de la prisión de Topas (Salamanca). Achraf se había convertido en el emir de un activo grupo salafista y en marzo de 2001, seis meses antes del 11-S, escribió a uno de sus "hermanos" una misiva elocuente: "Tengo buenas noticias. Hemos formado un grupo de buenos hermanos que están dispuestos a morir en cualquier momento por la causa de Dios. Sólo hace falta que salgan y nosotros también. Hombres tenemos, armas también y tú estarás con nosotros". Achraf soñaba, entonces, con lanzarse con un camión bomba contra la Audiencia Nacional en Madrid, la sede desde la que el juez Baltasar Garzón y el fiscal Pedro Rubira perseguían con escasos medios a células salafistas dirigidas por iluminados como Achraf, por aspirantes a yihadistas que ya no hablaban sólo de recolectar dinero o captar muyahidin para enviarlos a los campos de entrenamiento en Bosnia, Chechenia, Cahemira o Afganistán.

Desde finales de los años noventa se habían acumulado en los archivos de la Unidad Central de Información Exterior (UCIE) de la policía una docena de cartas, notas o conversaciones telefónicas con mensajes similares a los de este argelino, soflamas y planes que apestaban a una yihad. Los 60 agentes de este servicio estaban dedicados a múltiples tareas, carecían de traductores y de medios de vigilancia para conocer el alcance de aquellas amenazas. En el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), con sólo 30 dedicados al terrorismo internacional, y en la Unidad Central Especial 2 de la Guardia Civil también se recibieron confidencias que apuntaban en la misma dirección: un posible ataque. Pero en ninguno de estos tres servicios el terrorismo islamista era una prioridad.

España no era en 2001 el objetivo único de los islamistas en Europa. La obsesión de Bin Laden y de sus grupos asociados por extender la yihad a otros continentes ayudó a que células similares a la de Achraf intentaran ataques en Francia, el Reino Unido, Italia y Alemania. Sus dirigentes, todos salafistas conectados con los "hermanos" españoles, fueron detenidos y fracasaron planes tan ambiciosos como volar el Parlamento Europeo en Estrasburgo, envenenar el metro de Londres o las aguas de Roma. Entonces casi nadie creyó que aquellas amenazas eran reales. "Atentados tan complejos parecían, entonces, imposibles de ejecutar en Europa. Éramos conscientes de la amenaza, pero creíamos que los podíamos parar", asegura un jefe de Europol.

El 11 de septiembre de 2001, cuando Atta estrelló su avión contra la torre norte del World Trade Center, Sharhane Ben Albelmajid, El Tunecino, un joven economista establecido en Madrid, y otros radicales islamistas celebraron el dramático espectáculo televisivo en un bar de Lavapiés (Madrid). "¡Que Alá les bendiga!", gritaban. Había admiración y hasta una cierta envidia por ver lo que otros hermanos habían sido capaces de hacer. "Las celebraciones y plegarias por Atta y sus hombres duraron varios días", confiesa Mohamed, un joven marroquí que entonces frecuentó el entorno de Sarhane, Amer el Azizi, un traductor marroquí, y otros ex muyahidin formados en Afganistán. Unos tipos que en aquellas fechas ya se habían enfrentado con Moneir, el imán egipcio del Centro Islámico de Madrid donde se levanta la mayor mezquita de España. Las críticas de Moneir a Othman Omar Mahmood, Abu Qutada, un imán palestino refugiado en Londres y referente espiritual de Bin Laden en Europa, le convirtieron en enemigo y traidor ante este grupo de radicales. "No se puede rezar detrás de este imán corrupto", decían Sarhane y Amer a los que les escuchaban.

Qutada, entonces redactor jefe de la revista del Grupo Islámico Armado (GIA) argelino El Ansar e imán de una mezquita londinense, había trabajado en la capital británica a las órdenes de Mustafá Setmarian, un sirio casado con una madrileña y fundador en los noventa de una de las células islamistas más activas, del tronco del que se generó y alimentó la obsesión por una yihad en España, según coinciden distintos servicios de inteligencia. En 2001, Setmarian, después de dirigir campos de entrenamiento en Afganistán, ya pertenecía a la dirección de Al Qaeda y daba clases en Kabul a muyahidin en las que explicaba cómo secuestrar un avión y lanzarlo contra un objetivo. Amigo del mulá Omar, trabajó para el Gobierno talibán. Mientras él formaba combatientes para la yihad, su esposa, Elena, daba a luz en Islamabad.

El grupo creado por este sirio pelirrojo, antiguo vendedor de objetos árabes en los rastros de Madrid y Granada, lo dirigía entonces Imad Eddin Barakat, Abu Dahdad, otro sirio nacionalizado español, y entre sus miembros estaban Sarhane, Amer y los otros radicales que celebraron el 11-S. En su mayoría eran miembros de los Hermanos Musulmanes que huyeron de Siria. Casi todos estaban casados con españolas convertidas al islam.

Los informes reservados de los servicios de inteligencia europeos ya alertaron antes de 2001 de que Bin Laden había extendido su red y la de sus asociados por Europa. La BKA, policía criminal alemana, desarticuló dos de sus células con armas y explosivos. Tres años antes, en 1998, Al Qaeda y sus asociados se reunieron en Peshawar (Pakistán) y crearon el Frente Islámico Mundial para la Yihad contra los Judíos y los Cruzados. Un ejército de iluminados que agrupó a terroristas de Egipto, Pakistán y Bangladesh. Un monstruo al que la habilidad de Bin Laden al ceder sus campos y dinero a sirios como Setmarian o marroquíes como Azizi logró que se unieran grupos salafistas del norte de África como el GIA argelino, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate o el Grupo Islámico Combatiente Marroquí.

Los santos lugares "perdidos"

Los muyahidin formados en los campos de entrenamiento de Afganistán regresaron a Europa con la misión de atacar y la red de redes se extendió lenta y silenciosamente. Qutada y otros imanes radicales propagaron el mismo mensaje: la liberación de Afganistán era sólo la primera victoria. La nueva tarea era una yihad planetaria para liberar los santos lugares "perdidos", como Andalucía, Palestina, Líbano, Somalia, Chad, Eritrea, Birmania, Filipinas o Yemen.

Los libros y revistas del imán Qutada, el hombre de Bin Laden en Europa, se financiaban entonces con dinero recolectado en bares y comercios musulmanes de Lavapiés. Abu Dahdah, el jefe de la célula española, Azizi y otros islamistas de la red española le visitaban en su casa de Londres. Todos estaban siendo investigados por el juez Garzón en una larga instrucción judicial iniciada en 1995 tras los pasos del pelirrojo Setmarian, con decenas de teléfonos intervenidos y vigilancias intermitentes por parte de agentes de la UCIE que dirigía el comisario Mariano Rayón. Un grupo cuyas reiteradas peticiones de refuerzo nunca fueron atendidas. Sólo había 15 hombres en el servicio de vigilancia para controlar a más de 200 sospechosos. "A veces no sabíamos nada de ellos durante semanas", dice uno de ellos.

La UCIE no tenía especialistas en las comisarias de provincias y muchos de sus policías atendían a tareas burocráticas. "Salvo al juez y al fiscal, muy interesados en la investigación, a nadie le importaba nuestro trabajo. Jamás se celebró en el Ministerio del Interior una reunión sobre la amenaza islamista. Ni antes ni después del 11-S", critica un antiguo jefe de la unidad.

Cuando la BKA alemana descubrió que Atta y los otros protagonistas del 11-S habían organizado el ataque desde el apartamento en el que residían, en el 54 de la calle Marienstrasse, en un barrio de Hamburgo de clase media, los servicios policiales europeos descubrieron que la infiltración de los islamistas en Europa era mayor de lo que creían.

España era en 2001 uno de los países más penetrados por las células durmientes, la fiscalía de Milán lo acababa de definir en un informe como "el anillo final" del salafismo, y prueba de ello es que el egipcio Atta y el yemení Ramzi Binalshibh, coordinador del 11-S, eligieron Tarragona para reunirse en secreto semanas antes del atentado. Atta permaneció en la costa española desde el 8 hasta el 19 de julio y allí comunicó a Binalshibh los detalles finales del ataque y los objetivos, según ha confesado este último. Dejaron su rastro en hoteles, bancos y agencias de viaje de Salou, Cambrils y Tarragona, pero todavía es un misterio el lugar donde se reunieron y quiénes les dieron apoyo.

Binalshibh, que utilizaba un pasaporte robado en Barcelona para recibir dinero desde Emiratos Árabes Unidos, volvió a Madrid el 5 de septiembre y se alojó en un hotel de la calle de Carretas. El día 7 voló hacia Atenas con destino a Pakistán, adonde llegó poco antes del 11-S. El único hombre en Europa que conocía todos los detalles del atentado contra las Torres Gemelas se paseó por el centro de Madrid horas antes y obtuvo un carné de estudiante para conseguir una rebaja en su billete. ¿Quién prestó ayuda a este joven de rostro inocente y aspecto desaliñado? Al Qaeda utilizó su base más segura en Europa para rematar el 11-S, un plan diseñado por el kuwaití Khalid Sheikh Mohamed a finales de los noventa y expuesto a Bin Laden en Afganistán.

En el apartamento de Hamburgo, los agentes alemanes descubrieron tras el 11-S el nombre, la dirección y el teléfono en Madrid de Abu Dahdah, el jefe de la célula española que investigaba Garzón. El sirio y los suicidas del 11-S tenían amigos comunes, pero no se ha demostrado que les prestara ayuda. Este y otros datos inquietantes provocaron la reacción de la policía española, que en noviembre de 2001 detuvo a casi todos los miembros de su célula. El traductor y ex muyahidin Azizi huyó, pero Sarhane, El Tunecino, y otros muchos que no fueron detenidos por falta de pruebas recompusieron la célula y establecieron enlaces en Francia, Bélgica e Italia. Crearon un grupo cada vez más resentido y determinado hacia la yihad. Casi todos eran miembros de la secta Takfir Wal Hijra, los islamistas más duros y clandestinos.

La cumbre de Atta en España no fue un hecho aislado. El 11 de abril de 2002, siete meses después del 11-S, un suicida al volante de un camión cargado de explosivos se lanzó contra una sinagoga en Yerba (Túnez) y asesinó a 21 turistas alemanes y franceses. El vehículo se compró con dinero adelantado supuestamente por Enrique Cerdá, un empresario valenciano al que su socio paquistaní le pidió que entregara 5.720 euros a Walid, el hermano del suicida. El cerebro de este ataque fue el kuwaití Khalid, el mismo del 11-S. De nuevo la red española se puso al servicio de Al Qaeda.

La transformación de Al Qaeda

En el otoño de 2001, tras la invasión norteamericana en Afganistán, Al Qaeda quedó rota y debilitada. Khalid, Binalshibh y otros de sus dirigentes fueron detenidos en Pakistán, y acabaron en Guantánamo (Cuba), y a partir de entonces se produjo la transformación de Al Qaeda: de organización militar a ideológica. Una ideología en la que se inspiraron células locales de todo el mundo. Como la creada por Sarhane, El Tunecino, que, fascinado por el 11-S y alimentado por el odio a España a causa del apoyo del Gobierno Aznar a la invasión de Irak, alentó a los suyos hacia la yihad, según señala el auto del juez Juan del Olmo. Una palabra que desde junio de 2002 pronunciaba a sus íntimos Allekema Lamari, de 39 años, un salafista argelino del GIA excarcelado en esa fecha por error. "Los españoles pagarán muy cara mi detención. Ves eso, pues se puede hacer eso y mucho más", confesó a un amigo cuando veían en televisión el atentado contra una discoteca en Bali. Los descarrilamientos a trenes y los incendios eran su obsesión, según notas confidenciales que el CNI elaboró sobre este argelino, virgen, introvertido y solitario, meses antes del 11-M.

Desde el inicio de la guerra de Irak, y sobre todo tras el atentado de Casablanca, en la primavera de 2003, el CNI, la policía y la Guardia Civil enviaron al Gobierno numerosas evaluaciones de amenaza en las que se anunciaba que España podía ser objeto de un atentado. "Nadie nos podrá echar en cara que no avisamos", espeta un cargo policial. Se olía tanto a yihad que, en enero 2004, el CNI incluyó la amenaza islamista en sus prioridades de trabajo. Pero ya era tarde y la raquítica estructura policial, menos de 150 agentes, no se enteró de que el 11-M se gestaba ante sus narices.

     

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Al Yazira, el mensajero” por Javier Valenzuela

  

La cadena catarí cuenta los sufrimientos de los pueblos árabes

La globalización ya no implica americanización. O al menos, no en materia de contenidos para Internet, cine y televisión. "Cada vez menos gente en el mundo está comprando la narrativa norteamericana", señalaron alarmados el periodista Nathan Gardels y el cineasta Mike Medavoy, ambos estadounidenses, en un artículo conjunto del pasado junio. Lo atribuían a la galopante pérdida de prestigio político y moral -el soft power o poder blando teorizado por Joseph Nye- de Estados Unidos en Europa, América Latina, Asia y el mundo árabe y musulmán. Una caída derivada de la reacción torpe y belicista de Bush al 11-S.

Bollywood -la industria cinematográfica india- y Al Yazira -la cadena árabe de información por satélite- son dos ejemplos paradigmáticos del nuevo fenómeno de globalización mediática no estadounidense. Nacida en 1996, Al Yazira, que emite en la lengua del Corán desde el emirato de Qatar, se dio a conocer internacionalmente en 2001 al difundir los vídeos de Bin Laden y convertirse en la única televisión que también cubrió la guerra de Afganistán desde el territorio de los talibanes. Desde entonces, su propietario -el emir de Qatar- y el equipo profesional de la cadena -periodistas formados en el servicio árabe de la BBC- han resistido a las presiones de EE UU para que se autocensuren.

La guerra de Irak de 2003 corroboró que CNN ya no tiene el monopolio televisivo de la información internacional en vivo y en directo del que disfrutó en la guerra del Golfo de 1991. Al Yazira ha dado voz e imagen al complejo mundo árabe ante sí mismo y ante el resto del planeta. Aún más, está siendo clave en la formación de una opinión pública árabe unificada desde Casablanca hasta el Golfo. El paisaje de las ciudades árabes no se limita hoy a los minaretes de las mezquitas, sino que incluye las antenas parabólicas que florecen como hongos en casi todos los techos y balcones.

En 2003, en plena guerra de Irak, el corresponsal de Al Yazira en El Cairo me comentó: "¿Se imagina usted cómo se sentirían los españoles si vieran en la televisión cómo Bush bombardea La Habana para deshacerse de Fidel Castro? Pues así se sienten los árabes cuando ven las llamas alzarse hacia el cielo de Bagdad". Lo grave es que las cosas han ido a peor en los últimos tres años.

Estos días, los telediarios de Al Yazira suelen abrir con imágenes de soldados norteamericanos deteniendo a iraquíes y de soldados israelíes haciendo lo mismo con palestinos y libaneses. Con procedimientos semejantes: al detenido se le tumba en el suelo, se le vendan los ojos y se le atan las manos a la espalda, mientras un grupo de excitados soldados extranjeros mantiene a raya a sus familiares con fusiles de asalto. Y esto en el mejor de los casos, porque las aperturas con niños y mujeres iraquíes, palestinos y libaneses muertos en bombardeos son también el pan nuestro de cada día.

Terreno abonado, sin duda, para la narrativa de Al Qaeda acerca de una cruzada israelo-norteamericana contra el islam. Pero de esto no tiene la culpa el mensajero.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Gijs de Vries Coordinador Antiterrorista de la Unión Europea: "Las cárceles secretas no ayudan a ganar ni los corazones ni las mentes" 

   

Desde su cargo como coordinador antiterrorista de la Unión Europea, el holandés Gijs de Vries ha visto cómo Europa sufría tentados terroristas sin precedentes. Pero está convencido de que Occidente no ha caído en el pánico, aunque le preocupa la radicalización de jóvenes musulmanes europeos.

El holandés Gijs de Vries lleva algo más de dos años al frente de la política antiterrorista de la Unión Europea. En este tiempo, De Vries (Nueva York, 1956) ha visto cómo Europa sufría atentados terroristas sin precedentes. Cinco años después del 11-S, desde su despacho de Bruselas se muestra convencido de que la Europa democrática no se verá derrotada por el terrorismo.

Pregunta. ¿En qué ha cambiado Europa desde el 11-S?

Respuesta. Tenemos una imagen con luces y sombras. Por un lado está claro que los terroristas que siguen las ideas de Bin Laden o Al Zawahiri han fracasado en su objetivo de crear el pánico colectivo en Occidente. Los españoles y los británicos reaccionaron con una gran dignidad a los terribles ataques, y los Gobiernos, de forma mesurada, algo que no se lo esperaban los terroristas. También han fallado en su segundo objetivo, propiciar levantamientos islamistas desde Arabia Saudí hasta Pakistán. De hecho, en Indonesia, el país musulmán más poblado, ha sucedido lo contrario. Jemaah Islamiya pidió a los indonesios la creación de un Estado islámico y fue rechazado por los electores. Por otro lado, muchos ataques terroristas se han podido prevenir, en parte por los servicios secretos nacionales, pero también por la cooperación europea. Ha habido más de 3.000 extradiciones de terroristas en virtud de la euroorden.

P. Pero desde el 11-S se suceden los ataques terroristas.

R. Tenemos que tener fe en nuestros valores. Las democracias occidentales no se han arrodillado ante el terrorismo y no lo harán. Pero hay que tener los pies sobre la tierra. Nos enfrentamos a amenazas serias, pero no hay que sobreactuar. Hay que preservar la proporcionalidad y la mesura.

P. ¿En qué medida ha contribuido la guerra en Irak a la situación actual?

R. La guerra en Irak ha sido un regalo para los extremistas. Se ha dedicado un número muy elevado de vídeos y de páginas de Internet a la respuesta de los extremistas musulmanes a la invasión estadounidense de Irak. Los que reclutan a radicales han explotado los agravios. Extranjeros de todo el mundo han ido a Irak para servir en las filas de la insurgencia. Esto es un problema muy serio para la seguridad internacional. Otro, la detención sin juicio en la cárcel de Guantánamo porque ha mermado la autoridad moral de EE UU.

P. Bush acaba de reconocer la existencia de cárceles secretas. ¿Qué grado de conocimiento tiene Europa de las actividades de su aliado y hasta dónde está la UE dispuesta a llegar en nombre de la lucha contra el terrorismo?

R. La UE lucha contra el terrorismo para proteger las libertades fundamentales: de culto, de expresión, de poder moverse sin miedo. Nuestros medios deben ser compatibles con los valores que defendemos. Las cárceles secretas no sólo están mal desde un punto de vista moral, sino que son ilegales y contraproducentes como herramienta antiterrorista. No ayudan a ganar ni los corazones ni las mentes. Los ministros de Exteriores de la UE han pedido a Bush el cierre de Guantánamo.

P. Sí, pero desde el 11-S Europa se ha visto envuelta en los vuelos de la CIA, en el espionaje de las transacciones financieras a través de Swift, una empresa belga. ¿Dónde fija la UE sus límites?

R. El límite está en los tratados de derechos humanos. En estos textos queda claro que la tortura no está permitida bajo ninguna circunstancia. El caso de Swift todavía está siendo investigado. Y el de la CIA será muy importante para el Consejo de Ministros atender a las recomendaciones que emita el Parlamento Europeo este año. Pero hay otras cuestiones. En la lucha contra el terrorismo hay que mirar a países musulmanes donde no se respetan los derechos humanos, no hay opciones políticas, prevalece la tortura y hay falta de oportunidades económicas. A menudo hay correlación entre áreas en conflicto y facilidades para el reclutamiento, el entrenamiento o el escondite. Parte de la respuesta debe ser la acción preventiva. Por eso, la UE ha incrementado su participación a 12 misiones internacionales.

P. Eso en el plano exterior. En el interior, los Estados parecen menos dispuestos a cooperar entre ellos y a compartir la información de sus servicios de espionaje.

R. Creo que esto es algo del pasado. Ahora hay más intercambio de información entre los servicios secretos. El Sitcen aquí en Bruselas proporciona análisis e información estratégica para que los ministros entiendan las amenazas terroristas. Pero es verdad que hay aún un par de cosas pendientes. Por un lado, es demasiado difícil para los servicios nacionales obtener información de las bases de datos europeas como la del sistema de Schengen. Segundo, es todavía complicado acceder a la bases de datos de los DNI o de los vehículos robados en otro Estado miembro. El intercambio de información entre los Veinticinco debería ser tan sencillo como el de cada país. Aunque la seguridad en aeropuertos y puertos ha mejorado, así como en los pasaportes. Estamos por el control del blanqueo de dinero y además hay nuevas reglas para que la policía tenga acceso a la información sobre redes de telecomunicaciones. Como se comprobó en Madrid, si podemos rastrear llamadas telefónicas de los terroristas, se puede desmantelar una trama. Pero sí, hay una ralentización de iniciativas legislativas en la cooperación policial.

P. ¿Hasta qué punto Europa se enfrenta a la radicalización y el reclutamiento de terroristas en su territorio?

R. La inmensa mayoría de los musulmanes en Europa respetan las reglas de la democracia. Pero Bin Laden ha convencido a unos pocos y eso es una amenaza. Internet es cada vez más importante en la manera en que algunos jóvenes musulmanes se han autorradicalizado. Algunos construyen su propia interpretación del islam cortando y pegando textos de páginas web y crean su propia versión del islam, que a menudo es una parodia triste de su religión.

   

Una entrevista de Ana Carbajosa publicada en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


James Woolsey Ex Director de la CIA: "Nuestra seguridad nacional depende de la política energética" 

  

James Woolsey (Oklahoma, 1941) fue director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) entre 1993 y 1995. Defensor de la guerra en Irak, Woolsey es un demócrata conservador que ha ocupado cargos importantes en Gobiernos republicanos y demócratas, con los presidentes Carter, Reagan, Bush (padre) y Clinton.

James Woolsey fue director de la CIA entre 1993 y 1995. El pasado 6 de septiembre concedió esta entrevista en la que analiza los logros y fracasos del Gobierno estadounidense en la lucha contra el terrorismo,

Pregunta. Hay quien piensa que éste es el inicio de la tercera guerra mundial contra el fascismo islámico y otros dicen que, tras desmantelar las bases de Al Qaeda en Afganistán, ya no es un asunto militar, sino una cuestión policial y de inteligencia. ¿Cuál es su opinión?

Respuesta. Es una dicotomía falsa. Es ambas cosas. Es tanto una lucha furiosa y longeva contra el fascismo islámico en la que nos tenemos que embarcar, pero la forma de esta lucha no es necesariamente militar como usted sugiere. Puede creer que es una guerra mundial, pero diferente, sin frentes de batalla, muy distinto al campo de batalla que existía en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, o, de hecho, en la guerra fría. Amenazará nuestra existencia si obtienen un arma de destrucción masiva.

Buena parte de esta guerra se realiza con una labor policial y de inteligencia contra las redes terroristas, ya estén ligadas directamente a las operaciones de Al Qaeda o inspiradas por ella, o independientes. Para los que intentamos atajarlo, no importa mucho. Todos están motivados por un punto de vista intolerante del islam radical, que busca establecer un califato global atacando a Occidente.

Al Qaeda ha sufrido reveses por las eficaces operaciones de inteligencia estadounidenses -incluyendo los exitosos interrogatorios, desde el 11 de septiembre, de Khalid Sheikh Mohamed y los otros prisioneros especiales de la CIA que el presidente Bush mencionó esta semana-, así como por la guerra en Afganistán. Definitivamente se ha recortado su capacidad, aunque no están fuera de combate. Hace sólo unas semanas, si recuerda, fueron detenidos con las manos en la masa cuando intentaban poner bombas en aviones que saldrían del Reino Unido.

P. ¿Comparte la visión recurrente del presidente Bush de que Irak es la línea frontal de la guerra contra el terror?

R. Irak es uno de los frentes de batalla más importantes. Si la situación se vuelve insostenible, los terroristas se beneficiarán muchísimo. Les daría una base de operaciones y confianza, pues daría el mensaje de que Estados Unidos puede ser derrotado y que, por ende, deben persistir en su lucha, pues la historia está de su lado.

Si al final Irak puede ser gobernado de una forma similar a la del Kurdistán, entonces los terroristas sufrirán un revés.

P. Los Gobiernos suníes de Arabia Saudí, Egipto y Jordania se sienten amenazados por el crescendo chií, que ha tomado fuerza por la mayoría chií que ostenta el poder en Irak, un Irán belicoso y un Hezbolá fuertemente armado.

Los ataques terroristas en Occidente -en Madrid o Londres o Estados Unidos- han sido llevados a cabo por radicales suníes, no chiíes. Están peleando en sus propios territorios. ¿Cómo determina esto la estrategia a seguir?

R. Es cierto que los grupos chiíes no han atacado Nueva York, Londres o Madrid, pero es falso que peleen en sus territorios. La ayuda de Irán a Hezbolá fue obvia en Líbano. También tuvieron influencia sobre Muqtada al Sadr en Irak. Siria, que técnicamente es un Estado gobernado por los chiíes, aunque muchos cuestionarían si el clan gobernante Alawite es tal cosa, también suministró armas a Hezbolá en Líbano.

Los moderados saudíes, jordanos y egipcios hacen bien en preocuparse por el auge en el poder de los chiíes. Pero los saudíes podrían ayudar a reducir la posibilidad de caos en Irak conteniendo a los imanes que impulsan a jóvenes para que salgan de Arabia Saudí y se conviertan en asesinos suicidas en Irak o en cualquier otra parte. Han estado haciendo eso durante años.

P. ¿Cuál es el mayor fracaso de seguridad para Estados Unidos desde el 11 de septiembre?

R. Tener seguridad en el suministro de combustible y ser energéticamente independientes del Medio Oriente es, en buena medida, lo que no se ha hecho. Hoy día, la mayor parte de la capacidad de exportación de petróleo está en manos de autocracias y dictaduras que pueden usar su riqueza para desestabilizar el sistema internacional. Por ello, el futuro de nuestra seguridad económica y nacional está, hoy más que nunca, aparejado a nuestras políticas energéticas. La habilidad de las democracias para prevalecer en esta larga guerra contra el fascismo islámico estará comprometida mientras estos Estados controlen esa parte de la economía mundial.

Para que aumente la estabilidad global, EE UU debería comprometerse a diversificar su suministro de combustible y sustituirlo en el sector del transporte, que comprende el 97% de nuestra energía para automóviles y camiones, para que en vez del petróleo convencional utilice un sistema fiable basado en combustibles y vehículos de última generación.

Estados Unidos ya no es rico en petróleo fácilmente extraíble, pero tiene una riqueza de otras fuentes energéticas de las que se podría producir combustible para el transporte de forma segura, asequible y limpia. Entre ellos están las granjas, cientos de años de reservas de carbón y miles de millones de toneladas anuales de desechos. Cada uno de éstos puede producir combustible de alcohol -como el biodiésel, el etanol y el metanol- a un precio más barato que el que tiene la gasolina hoy día.

P. Usted maneja un auto híbrido, ¿correcto?

R. Tenemos dos en la familia, es nuestra pequeña contribución a la seguridad energética.

   

Una entrevista de Nathan Gardels publicada en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Cinco Años Después: El 11-S en EL PAIS (Continuación)

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 5:30, Categoría: Al Qaeda

Seguimos con el diario de cabecera de PRISA. Podemos leer reflexiones muy personales y subjetivas sobre Afganistán e Irak que si me lo permiten no es el mejor día para comentar. En cualquier caso no creo que nadie se sorprenda.


“Este terror no busca excusas” por Antonio Elorza

    

El islamismo más radical incorpora necesariamente la violencia contra el disidente

Los terroristas de Al Qaeda deben sentirse incomprendidos. A pesar de todos sus esfuerzos a partir de 1998 para explicar a la comunidad de los creyentes y a todo el mundo cuáles son los fundamentos de su acción, qué objetivos buscan y por qué medios, un amplio sector de los medios occidentales, incluidos representantes de sus víctimas, sigue empeñado en buscar todo tipo de coartadas para no mirar de frente al fondo ideológico de su estrategia.

Con gran frecuencia, el problema es abordado únicamente desde una óptica determinista, como si el factor económico -la explotación del Tercer Mundo en la globalización-, el sociológico -la marginación de los jóvenes en los suburbios de Occidente-, el político -la proyección imperialista de Estados Unidos sobre Oriente Próximo- o el doctrinal -la incomprensión, o la aversión, ante el islam en Occidente- dieran como precipitado el actual fenómeno yihadista. Nadie puede negar, por supuesto, que esa pluralidad de factores, a la que se suman datos coyunturales, tales como la catastrófica política de Bush en la zona, desempeñan un papel importante, como lo hizo en el pasado el ensayo de occidentalización por vía colonial, pero dominación económica existe en otras regiones del planeta, y las alternativas, por ejemplo el resurgido indigenismo en Latinoamérica o las variantes del populismo caudillista, nada tienen que ver con la práctica del terror.

Los ciclos de violencia juvenil forman ya un componente de la vida social en nuestras sociedades, pero sus manifestaciones no consisten en la formación de grupos de afinidad integristas que acaban preparando la voladura de aviones. Frente a Israel y su apoyo norteamericano, una cosa era la acción nacionalista de Al Fatah, y otra, la vertiente yihadista de Hamás o de Hezbolá. Y, cosa olvidada, la suerte de las minorías judías y cristianas en los países musulmanes no es muy ventajosa, más allá de los tópicos sobre la tolerancia y "la protección" prestada a las gentes del libro (pensemos en Sudán). Y nadie responde con el terror.

Exclusión estéril

En una palabra, resulta fácil, pero intelectualmente estéril, fundir en la línea de Edward Said la justa denuncia de la visión orientalista en Occidente con la exclusión de toda posibilidad de ejercer la crítica sobre el mundo árabe en general, y sobre las formas violentas del islam en particular.

Para entender cuanto sucede en la órbita de Al Qaeda, cuya proyección tiene lugar hoy como organización y como inspirador doctrinal, y también la variante iraní, del terror de los ayatolás a Hezbolá, hay que acudir a los procesos endógenos de formación del yihadismo, desde que en la segunda mitad del siglo XX tiene lugar la radicalización del islamismo versión Hermanos Musulmanes, reforzada luego con otra radicalización, la del wahabismo saudí. La citada variante shií sigue una senda propia, no sólo por su original sustrato ideológico, sino por la excepcionalidad de contar con los medios económicos de un Estado. Es así como Hezbolá ha podido ir más allá de su condición inicial de simple grupo terrorista, inventor de los vehículos suicidas, y convertirse en una organización político-social que gracias al dinero de Irán desempeña una importante labor asistencial en medios shiíes libaneses, con vocación hegemónica tanto en el orden político como en el militar. El terrorismo de Estado de la era Jomeini, con el bueno de Salman Rushdie como más visible chivo expiatorio, y con víctimas tan entrañables como el ex primer ministro Shapur Bakhtiar, ha pasado a ser la base de una política expansiva, propia de una potencia regional, con un objetivo concreto: la eliminación de Israel. La lógica de esa estrategia no debe ser pasada por alto: todos los medios son válidos para eliminar a quien se oponga, o se haya opuesto, al poder religioso y a sus dogmas.

Al mismo tiempo que eran ajustadas las piezas de la construcción doctrinal, el contexto político interno y regional favoreció el paso a la violencia desde la década de 1970. La importancia del primer aspecto, casi siempre desdeñada, resulta fundamental, ya que, si bien en la fase de acción militar y elaboración religiosa como "profeta armado", a partir de 622, podían encontrarse suficientes recursos, simbólicos y ejemplares, para legitimar una yihad con terror, había que adaptar algunos elementos de ese escenario al presente. En el orden técnico no habrá dificultades, ya que vencer al adversario podía hacerse por la espada en el siglo VII y hoy por los explosivos o con el Kaláshnikov, como muestra la portada del folleto sobre la necesidad de la yihad, pagado con dinero saudí, que podía comprarse en cualquier librería cercana a las mezquitas de Londres hasta julio del año pasado. Pero había que mostrar, como hizo el paquistaní Maududi, tan bien retratado en el filme El silencio del agua, o como puso en práctica el sudanés Al Turabi, que con la ley coránica en la mano, aplicando estrictamente la sharía, la destrucción de la satánica libertad occidental era realizable, instaurando un orden social enjaulado en las reglas dictadas por el Corán y los hadices, leídos desde una óptica ultraconservadora. Ya el fundador de los Hermanos Musulmanes, Hassan al Banna, presentado por su nieto Tariq Ramadan bajo los rasgos de un reformador progresista, dejó claro qué tipo de sociedad cerrada aspiraba a implantar en todos los aspectos, desde la imposibilidad de una política laica hasta el fin de la libre expresión. Conviene recordarlo cuando con demasiada facilidad se ignora que la instauración del islamismo, propuesto en su versión moderada con suaves palabras, incorpora necesariamente la violencia contra el disidente. Por algo el juramento de entrada en los Hermanos Musulmanes se hacía sobre el Corán, con un revólver a su lado.

Para que resultase eficaz la actuación de esos "caballeros bajo el estandarte del Profeta", como designó Al Zawahiri a los terroristas de su grupo en el 11-S, era necesario montar un tinglado de analogías, de manera que los aspectos más agresivos del Corán encontrasen aplicación a la realidad del siglo XX. Es así como el gobernante infiel es designado una y otra vez, de acuerdo con la ramplona caracterización coránica, como faraón: todo faraón, ejemplo Sadat, ha de ser eliminado. Otro tanto le sucede al tirano, o taghut, término con el que Jomeini se dirigía al Sha. Y sobre todo el estado de ignorancia primordial que caracterizara a los adversarios mequíes de Mahoma, la yahiliyya, es al parecer del todo aplicable a las sociedades, intelectuales y Gobiernos occidentales del día, según sugirió Maududi y divulgó con éxito hasta hoy el egipcio Sayyid Qutb. Sólo falta la articulación de las distintas piezas por la codificación que desde el año 1300 proporcionó "el jeque del islam" (palabra de Bin Laden), Ibn Taymiyya, para que funcione el mecanismo de adhesión a la verdad religiosa, en el marco del sujeto de la acción, la umma o comunidad de los creyentes, y de rechazo radical del otro, con la consiguiente voluntad de destrucción. Ese momento de codificación es también el de las cruzadas, cuando la yihad elimina a los invasores cristianos. Nueva analogía, Israel, Estados Unidos, los occidentales en general, son los nuevos cruzados a los que los creyentes eliminarán con la ayuda de Alá. En la versión ofrecida por los dirigentes de Al Qaeda, el islamismo radical se convierte en yihadismo en la medida en que todos los elementos religiosos, utilizados con una sincera voluntad de ortodoxia, pasan a girar en torno a la guerra contra el infiel (gentes del libro incluidas). El yihadismo es un salafismo, porque se legitima por el regreso a la edad de oro de los "piadosos antepasados", el tiempo del Profeta. Pero también aquí introduce la simplificación de centrar todo en la voluntad de aniquilamiento del adversario.

Terror sin límites

De ahí la apología de un terror que, dada la disparidad de fuerzas existente, "lleve el miedo hasta los fetos en los vientres de sus madres". Ese terror es explícitamente alabado, lo mismo que el mártir, que sigue el patrón definido en los libros sagrados y recibe la correspondiente recompensa. Una vez fijados estos principios, que en países como Inglaterra fueron hasta hace un año objeto de una divulgación sin trabas en mezquitas, casetes, vídeos y folletos, los problemas tácticos adquieren una decisiva importancia. En su extensa enciclopedia de la yihad, el hoy desaparecido Mustafá Setmarian proporciona datos que contribuyen a explicar cómo ya no se trata de una pirámide articulada, propia del tiempo que existía la plataforma afgana, sino de un centro que difunde posiciones y elabora consignas, con células aisladas y combatientes individuales, encargados de protagonizar las acciones terroristas. Sin la eficacia inicial. Lo cual no significa la eliminación de un riesgo persistente de imperio del terror, dado el impacto cada vez mayor de las doctrinas que propugnan el enfrentamiento a Occidente y la cohesión de tipo religioso que va adquiriendo la umma, gracias a los trágicos errores del tipo de "guerra antiterrorista" puesta en práctica por Washington. Con su estrategia en Palestina e Irak, Bush ha sido el principal colaborador del proyecto político yihadista.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“¿Dónde está Bin Laden?” por Ángeles Espinosa

    

Su popularidad y los equilibrios de poder en Pakistán han permitido al terrorista eludir el cerco

Desde el aire, las cumbres nevadas del Hindu Kush apenas dejan intuir el laberinto montañoso que se esconde a sus pies. Esa región del norte de Pakistán queda aislada del resto del país durante los casi cinco meses que dura el invierno. Allí, en alguna recóndita aldea del valle de Chitral se esconde desde hace cuatro años y medio Osama Bin Laden, el hombre al que tras el bombardeo de Afganistán, George W. Bush dijo que quería "vivo o muerto", como en los carteles de las películas del Oeste. Sin embargo, las dificultades de acceso no bastan para explicar que el país más poderoso del mundo no haya apresado a su enemigo número uno.

La última vez que el Ejército estadounidense tuvo plenamente localizado a Bin Laden fue en diciembre de 2001, en las montañas de Tora Bora, al este de Afganistán. Entonces, el terrorista logró escapar al cerco. En declaraciones a la prensa norteamericana, ex agentes de la CIA que participaron en la operación han atribuido aquel fracaso a la falta de suficientes hombres sobre el terreno. Curiosamente, el único acceso practicable durante todo el año a Hindu Kush, donde las agencias de espionaje sitúan hoy al saudí, es una ruta que sale de Yalalabad, en las proximidades de Tora Bora.

En dos sitios a la vez

En los primeros meses tras su huida, los avistamientos de Bin Laden se convirtieron en una especie de moda capaz de colocarle en dos lugares geográficamente distantes prácticamente al mismo tiempo. En 2003, la guerra contra Sadam Husein trasladó los focos a Irak, y las imágenes del excéntrico millonario fueron sustituidas por las del dictador iraquí. Fue durante ese año cuando los analistas de la CIA y de la inteligencia militar de EE UU llegaron a la conclusión de que el hombre que buscaban se hallaba en el distrito de Chitral.

Así lo ha revelado Peter Bergen en un reciente documental de la CNN, Tras los pasos de Bin Laden. Este experto en terrorismo, que entrevistó al saudí en 1997, asegura que quienes se encargaban de su seguimiento dedujeron que se escondía allí tras estudiar un vídeo en el que se le veía caminando por una zona montañosa. Los árboles que aparecían son particulares de esa región. Además, según sus fuentes, el tiempo que tardan sus grabaciones en llegar a la cadena de televisión Al Yazira tras un nuevo atentado resulta consistente con esa hipótesis.

Bin Laden, que, de acuerdo con la misma versión, muy probablemente no vive en una cueva, sino en una casa, con su familia y no más de dos guardaespaldas, utiliza para entregar sus vídeos una cadena humana de confianza. Ese sistema de correos es el responsable de la escasa información convencional que las agencias de espionaje occidentales han sido capaces de recabar sobre el terreno. El saudí ha evitado desde el principio el uso de teléfonos o de Internet, lo que priva a los analistas de sus habituales fuentes de datos.

Más allá de esas deducciones, y tal vez otros pormenores que no se han dado a conocer, la mayoría de los observadores sobre el terreno, tanto diplomáticos como periodistas, coinciden en señalar que se trata de una conclusión de mero sentido común. "Todos los dirigentes de Al Qaeda capturados desde el 11-S se hallaban en Pakistán", indica una fuente. Además, la organización tiene fuertes raíces en ese país, donde Bin Laden la creó en 1988.

Bin Laden conoce bien Pakistán, es popular entre la población pastún de las provincias de Baluchistán y de la frontera noroccidental. Ni siquiera los 27 millones de dólares que EE UU ofrece por el hombre que encabeza su lista de los más buscados (25 millones del Gobierno y otros 2 millones de la Asociación de Pilotos) han servido de acicate para que alguien le traicione. Además, las tropas desplegadas por Estados Unidos en Afganistán bajo el paraguas de la Operación Libertad Duradera no pueden cruzar la frontera.

El año pasado, el director de la CIA, Porter Goss, reconoció a la revista estadounidense Time lo que ya era un secreto a voces. Preguntado sobre si tenía una idea aproximada de dónde se encontraba Bin Laden, Goss respondió: "Tengo una excelente idea de dónde se encuentra. ¿Cuál es la siguiente pregunta?". El responsable norteamericano no mencionó en ningún momento la palabra Pakistán, pero este nombre estaba en el ambiente y hacía pocos días que Zalmay Khalilzad, entonces embajador de EE UU en Kabul, había acusado a aquel país por enésima vez.

Blanco y en botella

Si está tan claro, ¿por qué no se actúa contra él? El propio Goss lo explicaba en la citada entrevista. "Cuando se aborda el difícil asunto de los santuarios en Estados soberanos, se topa con el problema de nuestro sentido del deber internacional, el juego limpio", declaraba el director de la CIA. "Tenemos que encontrar una forma de trabajar en un mundo convencional con medios no convencionales que resulten aceptables para la comunidad internacional". Blanco y en botella.

Pakistán es, al menos sobre el papel, un aliado de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y ha desplegado a 80.000 soldados en las regiones fronterizas para dar captura a la cúpula de Al Qaeda. Al mismo tiempo, su presidente, el general Pervez Musharraf, que llegó al poder en un golpe de Estado en 1999, carece de la legitimidad necesaria para llevar esos propósitos hasta el final, lo que en parte explica los modestos resultados de su campaña, que no obstante ha costado varias decenas de bajas paquistaníes.

Musharraf, que el año próximo espera revalidar su mandato, no quiere alienar al único grupo de la sociedad paquistaní en el que encuentra apoyos. Actuar contra las comunidades tribales que protegen a Bin Laden le enfrentaría a amplios sectores del Ejército y de sus servicios de seguridad, que impulsaron la creación del movimiento talibán. Sabe también que el terrorista resulta más popular en su país que cualquiera de los políticos locales, incluido él mismo. Sólo hay que darse un paseo por las calles de Peshawar, Rawalpindi e incluso Lahore para percibir la admiración del paquistaní de a pie por el hombre que ha sido capaz de plantar cara a la gran superpotencia.

Son esas simpatías las que hacen imposible que Musharraf pueda permitir una actuación similar a la que las fuerzas estadounidenses llevan a cabo en el vecino Afganistán. Pondría en peligro su régimen y, con él, la estabilidad de un país que tiene armas nucleares. Washington ha entendido los límites del juego y hace tiempo que parece contentarse con que los paquistaníes mantengan al terrorista arrinconado, aunque les moleste su periódica reaparición en las pantallas de Al Yazira.

Presencia inaceptable

Una anécdota da idea de la sensibilidad popular al respecto. El pasado mayo, un norteamericano llegó a Chitral con dos furgonetas llenas de muebles para instalarse en una casa que la Embajada de EE UU había alquilado el otoño anterior. La conservadora ciudad se llenó de rumores sobre su probable pertenencia a la CIA o el FBI. De inmediato, uno de los representantes locales en el Parlamento nacional, Abdul Akbar Chitrali, advirtió al extranjero, y a un amigo paquistaní que le acompañaba, de que debían irse o se produciría un levantamiento popular.

"No podemos consentir que EE UU haga esto en nuestra zona", declaró el diputado a la agencia iraní de noticias, Irna. "Creo que Osama está muerto y los americanos le mantienen vivo por sus propias razones", señaló. El visitante indeseado, que The New York Times identificó como Paul Aurdic, del consulado norteamericano en Peshawar, abandonó la ciudad la víspera de la anunciada manifestación.

El último avistamiento del elusivo terrorista le sitúa alejándose del valle de Chitral, cerca de Darkot, una pequeña localidad de la Cachemira controlada por Pakistán muy próxima a la frontera con el corredor de Wakhan, el dedo de tierra afgana que se acerca hasta China. La información, aparecida en el Hindustan Times, se basaba en un informe del Gobierno indio, enfrentado al paquistaní por Cachemira. Apenas un mes antes, el diario árabe Al Hayat contó que Islamabad había evacuado a los extranjeros de una zona contigua tras tener noticias de la posible presencia del fugitivo.

Decir que Bin Laden se esconde en la zona montañosa fronteriza entre Afganistán y Pakistán es ya un lugar común. Escondido está. Pero eso no le ha impedido seguir divulgando mensajes de audio y vídeo después de cada atentado espectacular. Con o sin relaciones orgánicas, su violenta ideología política, que algunos analistas ya han bautizado como binladismo, sigue inspirando a los yihadistas en todo el mundo. Se ha convertido en un símbolo.

Aunque tiene numerosas acusaciones pendientes en Estados Unidos, Bin Laden no está procesado por los atentados del 11-S. Y, cinco años después de que se le responsabilizara de ellos, su capacidad para eludir la operación de caza y captura internacional lanzada contra él sigue despertando tanta admiración como incredulidad. Con el invierno a las puertas del Hindu Kush, las recientes palabras de Bush asegurando que su detención "es cuestión de tiempo" quedarán pendientes como poco hasta la próxima primavera.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Osama, de cerca, Retrato del líder de Al Qaeda a través de sus declaraciones” por Peter L. Bergen

    

Peter L. Bergen ha informado a través de CNN del fenómeno de Al Qaeda durante una década y ha entrevistado a Bin Laden. En el libro 'Osama, de cerca', que publicará la editorial Debate en marzo, recoge las declaraciones que el terrorista ha hecho a diversos periodistas. Aquí se recogen algunos fragmentos.

Osama Bin Laden, en conversación con Jamal Ismail, corresponsal de la televisión Al Yazira, durante una entrevista emitida en 1999.

Dios todopoderoso me concedió la gracia de nacer de padres musulmanes en la península Arábiga, en el barrio de Al Malazz, en Riad, el 10 de marzo de 1957. Después, Dios fue misericordioso con nosotros, que fuimos a la sagrada Medina seis meses después de que naciera. El resto de mi vida estuve en Hejaz , entre La Meca, Yedda y Medina.

Como todo el mundo sabe, mi padre, el jeque Muhammad Bin Auad Bin Laden, nació en Hadramaut. Fue a trabajar a Hejaz muy temprano, hace más de 70 años. Entonces, Dios le bendijo y le concedió un honor que no ha conocido ningún otro contratista. Construyó la sagrada mezquita de La Meca y, al mismo tiempo -gracias a contar con la bendición de Dios-, construyó la mezquita santa de Medina. Entonces se enteró de que el Gobierno de Jordania había anunciado una puja para restaurar la mezquita de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, reunió a los ingenieros y les dijo: "Calculad sólo el precio del proyecto". Así lo hicieron, y les sorprendió que, Dios tenga piedad de él, redujera el coste para garantizar que las mezquitas de Dios estuvieran en buen estado. Le dieron el proyecto a él.

Gracias a la misericordia de Dios, hubo veces en las que rezaba en las tres mezquitas

[La Meca, Medina y Jerusalén] en un mismo día. Que Dios tenga piedad de su alma. No es ningún secreto que fue uno de los fundadores de la infraestructura del reino de Arabia Saudí.

Después estudié en Hejaz. Estudié Económicas en la Universidad de Yedda, la llamada Universidad Rey Abdul Aziz. De niño trabajé en carreteras para la empresa de mi padre, Dios tenga piedad de su alma. Mi padre murió cuando yo tenía 10 años. Éste es un breve relato de la vida de Osama Bin Laden.

LA GUERRA DE AFGANISTÁN

La invasión soviética de Afganistán, en diciembre de 1979, fue un suceso que conmocionó profundamente a Bin Laden, como a otros miles de jóvenes devotos musulmanes de todo el mundo, que acudieron a la yihad afgana durante los años ochenta.

Osama Bin Laden, en declaraciones a la CNN en 1997.

Las emisoras de radio difundieron la noticia de que la Unión Soviética había invadido un país musulmán; fue motivo suficiente para empujarme a ayudar a nuestros hermanos en Afganistán. A pesar del poder soviético, Dios nos permitió transportar maquinaria pesada desde el país de los dos Santos Lugares [desde Arabia Saudí hasta Afganistán], cientos de toneladas en total, que incluía bulldozers, cargadoras, volquetes y material para cavar trincheras. Cuando vimos la brutalidad de los rusos que bombardeaban las posiciones de los muyahidines, con ayuda de Dios, excavamos un buen número de túneles enormes y, dentro de ellos, huecos para almacenaje.

DE NUEVO AFGANISTÁN

La primera vez que Osama Bin Laden declaró que estaba en guerra con Estados Unidos fue el 23 de agosto de 1996, tres meses después de su regreso a Afganistán.

No se os debe ocultar que el pueblo del islam ha sufrido las agresiones, iniquidades e injusticias que les han impuesto la alianza de sionistas y cruzados y sus colaboradores, hasta el punto de que la sangre de los musulmanes es el botín más barato en manos de sus enemigos. Una sangre que se derramó en Palestina e Irak. Las espantosas imágenes de la matanza de Qana en Líbano

[cuando las fuerzas israelíes atacaron un complejo de la ONU el 18 de abril de 1996 y mataron a un centenar de personas] están aún frescas en nuestra memoria. Las matanzas en Tayikistán, Birmania, Cachemira, Filipinas, Somalia, Eritrea y Chechenia, además de Bosnia-Herzegovina, estremecen nuestro cuerpo y sacuden nuestra conciencia.

La presencia de fuerzas militares estadounidenses de tierra, mar y aire en los Estados del Golfo Islámico es el peor peligro que amenaza a la mayor reserva de petróleo del mundo.

Más de 600.000 niños iraquíes han muerto debido a la falta de alimentos y medicinas y como consecuencia de las injustificables impuestas [durante los años noventa] a Irak y su nación. Los hijos de Irak son nuestros hijos. Tú, Estados Unidos, eres responsable de que se derrame la sangre de esos niños inocentes.

Los muros de opresión y humillación no pueden derribarse sino con una lluvia de balas.

El hombre libre no se deja dirigir por infieles y pecadores.

Hermanos musulmanes del mundo: vuestros hermanos en Palestina y en la tierra de los dos Santos Lugares os piden vuestra ayuda y os piden que toméis parte en la lucha contra el enemigo -su enemigo y el vuestro-, los americanos y los israelíes.

Conocí a Osama Bin Laden en 1997

Peter Arnett era corresponsal de CNN y yo trabajé como productor de la que acabó siendo la primera entrevista de Bin Laden en televisión.

Viajamos a Pakistán y pasamos a Afganistán a través de las montañas de Hindu Kush. En aquella época, los talibanes acababan de prohibir las filmaciones, lo cual suponía un obstáculo evidente para nuestro proyecto, que era una entrevista televisiva con Bin Laden. Decidimos no anunciar a los talibanes que estábamos entrando en el país, no solicitamos visados y nos limitamos a cruzar la frontera. Llegamos a Jalalabad y aguardamos varios días, durante los que recibimos una o dos visitas de la gente de Bin Laden.

Hablaba en voz muy baja. Recuerdo que bebía té sin cesar. De no saber lo que decía, habría podido parecer que estaba hablando del tiempo; pero, al leer las transcripciones de sus palabras, se notaba la rabia y la furia contra Estados Unidos.

La entrevista de Bin Laden con la CNN fue la primera ocasión en la que reveló a periodistas occidentales que había declarado la guerra contra Estados Unidos.

Declaramos la yihad contra el Gobierno de Estados Unidos porque el Gobierno de Estados Unidos es injusto, criminal y tiránico. Ha cometido actos enormemente injustos, horribles y criminales, bien de forma directa, bien mediante el apoyo a la ocupación de la Tierra del Viaje Nocturno del Profeta por parte de Israel. Y creemos que Estados Unidos es directamente responsable de las muertes en Palestina, Líbano e Irak. Su subordinación a los judíos ha hecho que la arrogancia y la soberbia del régimen estadounidense hayan llegado al extremo de ocupar la qibla de los musulmanes (Arabia Saudí), que suman una población de más de mil millones hoy en el mundo.

En cuanto a su pregunta sobre si la yihad está dirigida contra los soldados estadounidenses, los civiles en la tierra de los dos Santos Lugares

o los civiles en América, hemos centrado nuestra declaración en atacar a los soldados presentes en el país de los dos Santos Lugares. En nuestra religión, el país de los dos Santos Lugares tiene una característica peculiar respecto a los demás países musulmanes. En nuestra religión no está permitido que ningún no musulmán resida en nuestro país. Por consiguiente, aunque los civiles americanos no son el objetivo de nuestro plan, deben marcharse. No garantizamos su seguridad.

Peter Arnett: ¿Cuáles son sus planes para el futuro?

Bin Laden: Los verá y oirá hablar de ellos en los medios, Dios mediante.

Hamid Mir, biógrafo paquistaní de Bin Laden

Volví a entrevistarle el 16 de mayo de 1998 cerca de Kandahar. Pasé allí dos días, y estuvo presente en la reunión Ayman al Zauahiri. Me di cuenta de que Osama Bin Laden no hablaba ya sólo de la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí. Tenía un gran programa. Hablaba del robo del petróleo de Oriente Próximo. Hablaba del problema de Israel y Palestina. Hablaba del problema de Cachemira e India. Hablaba de los chechenos. Y trataba de convertirse en un líder internacional de los musulmanes. Los dos hijos del jeque Omar Abdel Rahman [el clérigo egipcio ciego encarcelado en Estados Unidos] estaban también allí.

La mayor parte de las veces yo le hacía una pregunta: "¿Cómo puede demostrar, a la luz de las enseñanzas islámicas, que debemos matar a los americanos? Por favor, convénzame". Y se esforzaba por demostrármelo enseñándome un libro o una fatua. Yo no soy un hombre religioso. No domino la ley islámica, pero he leído el Corán, así que le dije una cosa muy sencilla: "El Corán dice que la sangre de un no musulmán inocente es igual que la de un musulmán. Si mata a un cristiano inocente que sea ciudadano americano, si mata a un judío inocente, estará violando las enseñanzas del Corán. ¿Cómo puede probar que su fatua es correcta?". Y él acabó respondiendo: "En realidad, la fatua no es mía. En realidad, la fatua la han proclamado varios estudiosos islámicos muy importantes. Yo no hago más que seguirla".

Cuando hablaba de política, lo hacía muy bien. Pero cuando hablaba de religión, no resultaba muy convincente. Yo presencié uno de los discursos que dirigió a sus combatientes. Asistían más de 300 combatientes y había un tablero enorme. Bin Laden colocó un mapa de Oriente Próximo e intentó explicar: "¿Por qué hay americanos en Kuwait? ¿Por qué hay americanos en Yemen? ¿Por qué los hay en Arabia Saudí? ¿Qué hacen en Bahrein? Porque quieren robarnos nuestro petróleo". Y los combatientes empezaron a gritar eslóganes: "¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! ¡Dios es grande!".

Cuando empezó a citar la sharia islámica, los libros islámicos, el Corán, que el Corán ordena luchar contra los no musulmanes en favor de la supremacía de la ley islámica, no hubo ningún entusiasmo. Porque lo cierto es que no puede demostrar con el Corán que matar a americanos sea islámico, que matar a todos los infieles sea islámico. No puede probarlo.

Durante la entrevista, uno de sus colegas me dijo: "Señor Mir, ¿le gustaría escribir un libro sobre el jeque?". El jeque es Osama Bin Laden. Respondí: "Sí, pero el libro será un libro. No será propaganda". De modo que, a la mañana siguiente, intercambiamos opiniones sobre el proyecto, escribí una sinopsis y dije que iba a escribir mis observaciones, que podían ser negativas o podían ser positivas, pero que no podría objetar. Él dijo: "De acuerdo, acepto su condición, pero yo exijo la condición de que no deforme los hechos: tengo tres esposas. No escriba que tengo cinco. Tengo 16 hijos. No escriba que tengo 56". Repliqué: "Muy bien, no tergiversaré los hechos". Entonces él todavía no era famoso, y pensé que podría completar el libro en un plazo de tres o cuatro meses.

Vi a Bin Laden cuando salía a cazar aves. También vi a las personas de su entorno jugando al fútbol, bastante bien, mientras él les observaba. Su hijo Mohamed era portero.

Conocí a sus tres hijos varones. Mohamed, Alí, Saad en Irán. Tenía 16 años. Yo le había hecho una foto sentado al lado de su padre, con un arma en el regazo, y le pregunté a Bin Laden: "Es un niño. ¿Por qué lleva un arma?". Contestó que lo había decidido él mismo. Así que le pregunté a Saad: "¿Quieres seguir los pasos de tu padre?", y me respondió con gran seguridad: "No, sigo los pasos de mi Profeta". "Vale", repliqué.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Daño colateral: las libertades” por Andrés Ortega

    

El Tribunal Supremo de EE UU ha sido quien ha puesto freno a las leyes restrictivas de Bush

Estados Unidos ha estado a punto de perder su alma liberal y democrática en la llamada "guerra contra el terrorismo" por el recorte de libertades propugnado por la Administración de Bush prácticamente al día siguiente del 11-S. El 26 de octubre, el presidente firmaba una ley aprobada casi sin discusión y con conocimiento limitado por una abrumadora mayoría del Congreso en ambas cámaras, la llamada Ley Patriota (Patriot Act), que supuso el mayor recorte en las libertades, y los mayores poderes de vigilancia nacional e internacional en la historia de EE UU. No se llegó a tanto durante la guerra civil ni en las dos guerras mundiales (en la Segunda se internó a muchos americanos de origen japonés). No han sido la prensa ni movimientos populares durante tiempo anestesiados los que han puesto el mayor freno a estos recortes, sino, en primer lugar, el Tribunal Supremo, que se suponía bushista. En su sentencia de junio pasado sobre el caso del yemení Salim Hamdan, uno de los conductores de Bin Laden, encarcelado en Guantánamo, el Supremo le recortó las alas al Ejecutivo al recordarle que "está obligado a cumplir el imperio de la ley en vigor", lo que incluye el derecho internacional suscrito por EE UU.

Esa frase venía al final de una larga sentencia que rechazaba las comisiones especiales por las que los militares pretendían juzgar a los presos en Guantánamo, aunque no cuestionaba la existencia de este centro de internamiento en donde EE UU ha retenido a centenares de los que llamó "combatientes ilegales". Pero ha obligado a tratarles como prisioneros de guerra y a aplicarles los derechos de las convenciones de Ginebra.

El famoso memorándum

No era ésa la opinión que prevaleció en la Administración tras el 11-S y que ha quedado escrita en el famoso memorándum que redactó John Yoo, entonces asesor jurídico del ministro de Justicia, John Ashcroft, que, con su "pensamiento creativo", consideró que era perfectamente legal detener a sospechosos de actos de terrorismo, retenerlos sine die y torturarlos o hacerlos desaparecer por la CIA en cualquier parte del mundo con permiso del presidente, pues, como comandante en jefe, éste puede usar los "métodos y medios para confrontar al enemigo" que considere apropiados, desestimando el derecho interno e internacional que prohíbe la tortura y del que es parte Estados Unidos. "Nosotros no torturamos", afirmaría posteriormente el presidente Bush, que esta semana ha admitido, sin embargo, que la CIA había llevado a cabo en cárceles secretas interrogatorios con técnicas "duras". De hecho, las pocas condenas habidas hasta ahora por los casos de Abu Ghraib y otros se han limitado a los que han actuado directamente, no a la cadena de mando. Tampoco la Administración ha variado su rumbo tras descubrirse los vuelos secretos de la CIA o las escuchas ilegales (sin supervisión judicial) en masa a ciudadanos americanos.

La Administración se creyó con manos libres, con la autorización "para el uso de la fuerza militar" aprobada expeditivamente por el Congreso en los días posteriores al 11-S, y que se ratificó y perfeccionó con la Ley Patriota. Ésta le dio carta blanca al Ejecutivo y sus agencias, con una capacidad de injerencia general, socavando las garantías jurídicas de los ciudadanos, que dio acceso a la Administración a los historiales médicos, las declaraciones de impuestos, las transacciones financieras, o el seguimiento de ciudadanos sin advertirles. En 2006, cuando se renovó la Patriot Act, el Congreso limitó algo más los poderes del Ejecutivo y rehusó aprobar medidas sin poner un límite temporal a su vigencia.

Las detenciones fueron masivas, sobre todo al principio. Pero el Gobierno federal se ha encontrado con crecientes dificultades a la hora de procesar a sospechosos de terrorismo. Hubo 355 personas procesadas en 2002, pero sólo 46 en 2005, y 19 en lo que va de este año. Las condenas medias han pasado de 41 meses antes de aquella fecha a 28 días en los dos años posteriores. Sólo 14 de ellos han sido condenados a más de 20 años de reclusión. Según TRAC, una organización dedicada a utilizar la Ley de Secretos Oficiales para hacer pública información oficial sobre el FBI y otras agencias, los fiscales americanos han optado por no presentar acusaciones en dos de cada tres casos (748 de 1.391) de "terrorismo internacional" que les remitieron.

No fue sólo Estados Unidos el que perdió la cabeza tras el 11-S y se excedió en las medidas para perseguir al terrorismo internacional. En esta senda le siguió de cerca el Reino Unido de su fiel Tony Blair, mucho antes del ataque del 7 de julio de 2005 en Londres, y que ya tenía duras medidas antiterroristas desde los setenta para combatir al IRA. Introdujo la detención indefinida sin acusación de extranjeros (posteriormente reemplazada por un estricto régimen de control). O la extensión de 14 a 28 días de la detención sin cargos de británicos, además de nuevas limitaciones en la libertad de expresión. Muchos otros países europeos han reforzado su legislación antiterrorista, pero ninguno ha llegado a los niveles británicos.

En nombre de la lucha o guerra contra el terrorismo, EE UU, pero también varios países europeos y muchos otros en el mundo, han socavado los derechos humanos y las libertades, y ya no hay bloque comunista con el que compararse. La brecha entre la cultura occidental y su comportamiento se ha agrandado. Como en contraposición a la doctrina del mal menor de Michael Ignatieff, el filósofo esloveno Slavoj Zizek, refiriéndose al problema más amplio del fundamentalismo, considera: "Si los combatimos como algunos están haciendo, incluso con una victoria militar, el enemigo habría en cierto modo ganado porque perdemos lo que estamos defendiendo".

La cuestión, que plantea Ron Suskind en su magnífico libro The one percent doctrine (La doctrina del uno por ciento), que se refiere a la probabilidad suficiente de un evento, según el vicepresidente Cheney, para tener que actuar, es "si una nación puede librar una guerra en secreto y a la vez preservar los valores de una democracia". Su respuesta es que el choque de "derechos e intereses crea una tensión aguda, subterránea, profunda bajo el sistema de gobierno y sus tradiciones de consentimiento informado".

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Afganistán se hunde en la violencia y la corrupción” por Georgina Higueras

   

El fracaso de la reconstrucción sume al país en un círculo vicioso de droga e insurrección

Nunca, desde que Estados Unidos, al frente de una coalición internacional, derrocó al régimen talibán en noviembre de 2001, fueron tan fieros los combates que enfrentan a la insurgencia con las tropas extranjeras. Nunca hasta la pasada primavera se palpó tan fácilmente el cansancio de la población con la corrupción rampante y la ineficacia del Gobierno democráticamente electo y apoyado por Washington de Hamid Karzai. Nunca hasta este año se ha hecho tan evidente el fracaso de la comunidad internacional en la restauración de la vida civil en Afganistán, y nunca en la turbulenta historia del país se multiplicó con tanta rapidez el cultivo de las opiáceas.

George W. Bush decidió, nada más producirse los atentados del 11-S acabar con sus inspiradores: Bin Laden y Al Qaeda. En menos de un mes, los bombarderos norteamericanos atacaban su guarida en el sur de Afganistán y tres semanas más tarde ampliaban su ofensiva para derrocar al régimen talibán que les cobijaba.

Cinco años después de que los sufridos afganos recibieran como una bocanada de aire fresco el acuerdo entre Estados Unidos y la Alianza del Norte para echar de Kabul a uno de los regímenes más represivos del planeta, la sombra de Irak planea sobre Afganistán y rompe su confianza en el futuro.

Violencia, droga e ilegalidad

Como una película ya vista, el telón afgano se levanta lentamente sobre el escenario de caos, sangre, horror y muerte que se repite en Irak desde la invasión norteamericana. Con los ojos cerrados ante la repulsión que los atentados suicidas generan en los afganos, el país se hunde hora tras hora en el círculo vicioso de la violencia, la droga y la ilegalidad.

¿Dónde están las fábricas, las carreteras, las escuelas, la electricidad, el agua, el trabajo? ¿Dónde las promesas de una vida mejor?, se preguntan los civiles.

Mientras, en el sur, las operaciones militares se multiplican alentadas por el hostigamiento de los rebeldes. Estados Unidos, que hasta este año proseguía en solitario su campaña contra los restos de Al Qaeda y del régimen talibán, decidió pasar la patata caliente de la pacificación de Afganistán a la OTAN, que desde 2003 tiene el mando de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF). Para ello, la Alianza Atlántica aumentó el número de sus efectivos desde los 6.000 que tenía a principios de 2006 a los 9.500 actuales, que para finales de año llegarán a 13.000 o incluso a 30.000 si se confirmara la unificación bajo bandera de la OTAN de las tropas que aún mantiene en pie de guerra Washington en el sureste de Afganistán. España también ha aumentado su contribución militar y ahora tiene unos 700 soldados.

Frente a ellos, la insurgencia nutre sus filas en el descontento y la falta de expectativas de los jóvenes, sobre todo pastunes, la etnia mayoritaria en Afganistán (40% de la población), castigada hasta ahora por ser cuna del régimen talibán (1996-2001). Washington se apoyó para invadir el país en las minorías tayika y uzbeka, que son las que se han hecho con buena parte de los puestos de la Administración. Los funcionarios no sólo tienen acceso a casi los únicos sueldos estables y legales que hay en el país, sino también a todo un abanico de influencias en una sociedad en la que las lealtades tribales tienen más importancia que las obligaciones legales.

Más de 2.000 soldados de la OTAN, en su mayoría canadienses, y del Ejército Nacional Afgano participan estos días en la llamada operación Medusa, la más sangrienta desde que se dio por acabada la guerra, a finales de 2001. La Alianza Atlántica lanzó esta ofensiva apenas un mes después de tomar el relevo del Pentágono en la provincia de Kandahar el 31 de julio. Con ella pretende limpiar de rebeldes el distrito de Panjwayi, unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad de Kandahar, antiguo feudo del mulá Omar, la máxima autoridad talibán, quien, al igual que Bin Laden, es uno de los enemigos más buscados por EE UU.

Los portavoces de la OTAN informaron a mediados de esta semana de que en los combates han muerto una veintena de soldados de la Alianza y más de 250 talibanes. Además, alrededor de 200 rebeldes huyeron y otro centenar fue capturado. No hay ninguna confirmación independiente de estos hechos. Por el contrario, las autoridades locales han protestado por la muerte de civiles, y el mulá Dadulá, uno de los más poderosos comandantes talibanes, calificó estos datos de "falsos".

La ofensiva rebelde de este año se inició tan pronto como el deshielo facilitó los movimientos de los insurgentes. Los aviones de EE UU y de la OTAN se han empeñado a fondo en bombardear caminos, supuestas grutas de los talibanes y aldeas, pero cuanto más duro han golpeado las fuerzas de la coalición internacional, más fuerte, decidida y arriesgada se ha hecho la resistencia, que encuentra en el vecino Pakistán abrigo y cobijo.

Las relaciones entre los dos vecinos, tradicionalmente privilegiadas, atraviesan por uno de sus momentos más bajos. Esta semana, el presidente paquistaní, Pervez Musharraf, viajó a Kabul, no sólo para tratar de frenar el deterioro de las relaciones, sino, sobre todo, para explicar a su anfitrión, Hamid Karzai, el acuerdo firmado el martes con las milicias protalibanes del distrito fronterizo de Waziristán Norte. Musharraf pretende que Karzai comprenda que necesita paz en esa zona para hacer frente a los independentistas del Ejército de Liberación de Baluchistán (suroeste del Pakistán).

La violencia que azota los dos países debilita a Karzai y Musharraf, que, como grandes aliados de EE UU en su lucha contra el terror, se han colocado en el punto de mira de los muchos radicales que habitan en sus respectivos países. Karzai especialmente teme que las operaciones militares tiren por la borda los magros esfuerzos de reconstrucción emprendidos por la comunidad internacional y sus débiles intentos de reformar y modernizar Afganistán.

El 92% de la producción de opio del mundo

EL OPIO ES, con enorme diferencia, la principal fuente de recursos de Afganistán y la droga que envenena el futuro del país. El informe anual del Organismo de Naciones Unidas para la Lucha contra la Droga y las Mafias (UNODC), hecho público el 2 de septiembre, señala que en 2006 Afganistán producirá el 92% del opio mundial. El informe destaca que este año ha crecido un 49% la producción de amapolas opiáceas y la superficie dedicada a este cultivo ha aumentado en un 59%. Todo esto pese a que la comunidad internacional ha gastado más de 2.000 millones de dólares en la lucha contra la adormidera, de la que también se saca la heroína, consumida principalmente en Occidente.

Antonio María Costa, director del UNODC, dejó clara la frustración de este organimo al declarar que en las provincias del sur de Afganistán, y sobre todo en la de Helmand, "la situación está fuera de control". En Helmand, donde se han desplegado esta primavera 3.000 soldados británicos para luchar contra la poderosa alianza de rebeldes y narcotraficantes, las tierras dedicadas a cultivar opio aumentaron en un 162%.

Los especialistas señalan que los rebeldes han encontrado en el opio su fuente de financiación, y en el narcotráfico, las vías de aprovisionamiento de armas y municiones. La cosecha de amapolas de 2006 asciende a 6.100 toneladas, frente al máximo de 4.565 toneladas que se recogieron en 1999, año en que los talibanes emprendieron una efectiva lucha contra los opiáceos.

     

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El volcán de la violencia desangra Irak” por Ángeles Espinosa

   

Una galopante espiral de asesinatos y atentados pulveriza las pocas esperanzas de los iraquíes

Diseñar una nueva bandera parece una nimiedad cuando la violencia deja 3.000 víctimas al mes. Sin embargo, la última tormenta política en Irak gira en torno a la enseña nacional. Tres años después del derrocamiento de Sadam, ese símbolo que debería ser de unidad representa hoy las fracturas que la ocupación del país ha exacerbado. El propio Pentágono acaba de reconocer el riesgo de que estalle un conflicto civil. El empeño de Estados Unidos en hacer de Irak el centro de su guerra contra el terrorismo ha terminado convirtiéndose en una trampa para ambos países y constituido un costoso desvío en esa lucha.

Las discrepancias respecto a la bandera reflejan los enormes desacuerdos no sólo políticos, sino vitales, de las comunidades. Mientras que para los kurdos se trata de un símbolo de la opresión bajo Sadam, los árabes suníes la defienden. Los árabes chiíes se han mantenido de momento al margen, pero el primer ministro, Nuri al Maliki (chií), ya ha dicho que el diseño de una nueva enseña -y su aprobación por el Parlamento- constituye una prioridad.

'Alá Akbar'

Así, los diputados pueden verse pronto proponiendo colores y símbolos con los que sustituir las tres bandas horizontales roja, blanca y negra con tres estrellas y la inscripción Alá Akbar (Dios es el más grande) con la caligrafía de Sadam. El debate se produce justo cuando el Legislativo acaba de reanudar sus sesiones para discutir el proyecto federal que apuntaba la Constitución y que también enfrenta a las comunidades. Pero por muy grandes que sean esas diferencias, la cuestión de la bandera no pasaría de ser anecdótica si detrás no existieran los crecientes ataques intercomunitarios.

El derramamiento de sangre entre chiíes y suníes ha llevado la violencia a su nivel más alto desde la ocupación del país en abril de 2003. Las ejecuciones extrajudiciales, los secuestros y otro tipo de ataques contra civiles de la otra comunidad han aumentado entre mediados de mayo y mediados de agosto, según el último informe trimestral del Pentágono. En ese periodo, el número de víctimas se ha incrementado en un 51%. Más de 3.000 iraquíes han muerto o sido heridos cada mes, y en julio, 2.000 eran el resultado de incidentes sectarios.

"La continua violencia etnosectaria es la principal amenaza a la seguridad y la estabilidad en Irak", afirma el texto. "Se dan las condiciones que pueden llevar a una guerra civil", admite por primera vez el Pentágono. Sus redactores aseguran, no obstante, que todavía se está a tiempo de evitarla.

De momento, las cifras no dejan mucho espacio para la esperanza. El número de ataques semanales se ha duplicado hasta rondar los 800, el nivel más elevado desde que los militares empezaron a recoger estadísticas en abril de 2004 y, según los expertos, desde la invasión, un año antes. Y en un detalle que pone los pelos de punta, el director del depósito de cadáveres de Bagdad declara que el 90% de los cerca de 3.500 cuerpos que recibió entre junio y julio tenían signos de haber sido ejecutados de forma sumaria.

A la vista del deterioro, el Ejército estadounidense lanzó en agosto una gigantesca operación de seguridad en Bagdad con la colaboración de las fuerzas iraquíes. Aunque se han logrado reducir las víctimas en la capital, los insurgentes han intensificado sus acciones en las vecinas provincias de Diyala, Babilonia y Tamim. La intimidación, el crimen y el fanatismo siguen acechando a los iraquíes.

De acuerdo con el mismo informe, esa violencia no puede atribuirse a una insurgencia organizada y unificada, sino que es "el resultado de una compleja interacción entre terroristas internacionales, insurgentes locales, escuadrones de la muerte sectarios, milicias organizadas y bandas criminales". Este análisis desmiente la versión a la que hasta ahora se aferraba el Gobierno estadounidense de que los ataques eran obra de un pequeño número de baazistas irredentos y yihadistas extranjeros.

Negar que la insurgencia tiene una fuerte base local y está básicamente motivada por el rechazo a la ocupación sólo ha servido para retrasar las posibles soluciones. Mientras tanto, las condiciones de vida de los iraquíes han sufrido retrocesos enormes en seguridad y servicios básicos.

El malestar de la población empieza a traducirse en desesperanza. Después de tres años de manifestar en todas las encuestas que confiaban en un futuro mejor, muchos iraquíes empiezan a expresar dudas. Todavía el pasado abril, un sondeo realizado por el International Republican Institute mostraba que casi el 80% de los iraquíes consideraban que su situación general mejoraría en el plazo de un año. Dos meses después, menos de la mitad mostraban optimismo sobre su futuro.

"La continua lucha por la libertad en Irak ha sido manipulada por la propaganda terrorista como un grito de protesta", admite el informe, que olvida que fue precisamente la propaganda de EE UU la que primero asoció la intervención con su campaña contra el terrorismo.

Error estratégico

Pero las graves consecuencias de ese error estratégico no se circunscriben a Irak. Al vincular este país con la guerra contra el terrorismo lanzada tras el 11-S y equiparar el éxito allí con el triunfo sobre la ideología que impulsó aquellos atentados, el presidente Bush y sus asesores se han metido en una trampa. Si, inicialmente, ligar todas las amenazas como si se tratara de un mismo complot llenaba de contenido su "guerra global contra el terror", ahora los convierte en rehenes de su fracaso. La opinión pública empieza a asociar la mala gestión en Irak con el mediocre resultado antiterrorista.

El último informe del Pentágono parece un paso en la buena dirección (reconocer la gravedad de la situación). También, la llegada como embajador de EE UU de Zalmay Khalilzad, quien ha buscado incluir a todos a través del diálogo. Sin embargo, existen otros signos preocupantes. Según algunos observadores, las estrategias que propone el texto parecen más orientadas a la nueva camada de pequeños grupos terroristas surgidos por todo el mundo que al desbloqueo de la situación en Irak.

Algunos responsables militares han empezado a hablar del próximo repliegue a media docena de superbases, desde donde el apoyo de los soldados norteamericanos a las débiles y poco disciplinadas fuerzas de seguridad iraquíes resultará sin duda mucho más complicado. (La retirada del contingente británico del sur del país ya ha sido anunciada por el presidente iraquí para 2007).

Fuera de Irak, las voces que piden un repliegue escalonado y cuidadoso alcanzan incluso a quienes se opusieron a la invasión en primer lugar. Dos errores no suman un acierto, recuerdan, temerosos de la fragilidad del país y de las tensiones regionales que ha revelado su desestabilización. Los vecinos suníes (Arabia Saudí, Jordania, Turquía) observan recelosos la influyente sombra que el chií Irán proyecta desde el este.

Con dicho panorama, las posibilidades de que el Parlamento iraquí apruebe una nueva bandera que obtenga el respeto de todos los iraquíes son escasas.

      

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El terrorismo es una forma de teatro” por Joseph S. Nye

   

Irak fue el regalo de Bush a Bin Laden

La invasión de Irak desperdició el atractivo de Estados Unidos en países musulmanes

El 11 de septiembre de 2001 es una de esas fechas que señalan una transformación en la política mundial. Al igual que la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, significó el final de la guerra fría, el ataque de Al Qaeda contra Estados Unidos inauguró una nueva época. Ese día, un grupo no gubernamental asesinó a más estadounidenses que el Gobierno de Japón con su ataque por sorpresa en otra fecha transformadora: el 7 de diciembre de 1941. Aunque el movimiento terrorista de la yihad había estado creciendo durante una década, el 11-S supuso el punto de inflexión. Transcurridos cinco años de esta nueva era, ¿cómo deberíamos definirla?

Algunos creen que el 11-S fue el preludio de un "choque de civilizaciones" entre el islam y Occidente. De hecho, eso es probablemente lo que Osama Bin Laden se proponía. El terrorismo es una forma de teatro. Los extremistas asesinan a gente inocente para dramatizar su mensaje de modo que conmocione y horrorice al público al que va dirigido. También recurren a lo que Clark McCauley y otros han denominado política jujitsu, en la que un combatiente más pequeño utiliza la fuerza de un rival mayor para derrotar al otro. En este sentido, Bin Laden esperaba hacer caer a Estados Unidos en una guerra sangrienta en Afganistán, similar a la intervención soviética de dos décadas antes, que había creado un terreno de reclutamiento muy fértil para los yihadistas. Pero los estadounidenses emplearon una fuerza moderada para derrocar al Gobierno talibán, evitaron unas bajas civiles desproporcionadas y pudieron crear un marco político indígena.

Un colosal error

Aunque lejos de ser perfecta, la primera ronda del combate fue para EE UU. Al Qaeda perdió los santuarios desde los que planificaba sus ataques, muchos de sus líderes murieron o fueron capturados, y sus comunicaciones centrales se vieron gravemente afectadas. Más tarde, la Administración de George W. Bush sucumbió al orgullo desmedido y cometió el colosal error de invadir Irak sin un apoyo internacional generalizado. Irak proporcionó los símbolos, las bajas civiles y el terreno de reclutamiento que los extremistas yihadistas habían buscado en Afganistán. Irak fue el regalo de George Bush a Osama Bin Laden. Al Qaeda perdió su capacidad organizativa central, pero se convirtió en un símbolo y un foco alrededor del cual podían congregarse imitadores afines. Con la ayuda de Internet, sus símbolos y materiales de entrenamiento eran fáciles de conseguir en todo el mundo. El hecho de si Al Qaeda desempeñó un papel directo en los atentados de Madrid y Londres o la reciente trama para hacer estallar aviones sobre el Atlántico no es tan importante como el modo en que se ha transformado en una poderosa "marca". La segunda ronda la ganaron los extremistas.

El resultado de futuras rondas en la lucha contra el terrorismo yihadista dependerá de nuestra capacidad para evitar la trampa de la política jujitsu. Ello exigirá un mayor uso del poder blando de atracción en lugar de depender tanto del poder militar duro, como ha hecho la Administración de George W. Bush. Y es que la lucha no es un choque entre el islam y Occidente, sino una guerra civil en el seno del islam entre una minoría de terroristas y una corriente dominante mayor de creyentes no violentos. No se puede derrotar al extremismo yihadista a menos que la mayoría venza. Debe utilizarse la fuerza militar, el espionaje y la cooperación policial contra los terroristas fanáticos afiliados a Al Qaeda o inspirados por ella, pero el poder blando es esencial para atraer a la corriente dominante y eliminar el apoyo a los extremistas.

El secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, dijo en una ocasión que el grado de éxito de esta guerra dependerá de si el número de terroristas que estamos matando y disuadiendo es mayor que el número de terroristas que están siendo reclutados. Según este baremo, lo estamos haciendo mal. En noviembre de 2003, la cifra oficial de insurrectos terroristas en Irak era de 5.000. Este año se ha dicho que ascendían a 20.000. Como afirmaba el general de brigada Robert Caslen, subdirector del Pentágono para la guerra contra el terrorismo, "no los estamos matando más rápido de lo que están siendo creados". También estamos fracasando en la aplicación del poder blando. Según Caslen, "los miembros del Pentágono vamos a la zaga de nuestros adversarios en el uso de la comunicación, ya sea para reclutar o para entrenar".

El modo en que utilizamos el poder militar también afecta a la proporción de Rumsfeld. En el periodo posterior al 11-S, en todo el mundo había mucha simpatía y comprensión hacia la respuesta militar de Estados Unidos contra los talibanes. La invasión estadounidense de Irak, un país que no estaba vinculado con los atentados del 11-S, desperdició esa buena voluntad, y el atractivo de EE UU en países musulmanes como Indonesia se desplomó, con una aprobación que pasó del 75% en 2000 a menos de la mitad en la actualidad. De hecho, el ocupar una nación dividida es complicado, y está abocado a que ocurran episodios como los de Abu Ghraib y Haditha, que minaron el atractivo de Estados Unidos no sólo en Irak, sino en todo el mundo.

El poder duro y el poder blando

La capacidad para combinar poder duro y blando es un poder inteligente. Cuando la Unión Soviética invadió Hungría y Checoslovaquia durante la guerra fría, socavó el poder blando del que había gozado Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Israel lanzó una prolongada campaña de bombardeos contra Líbano el mes pasado, provocó tantas bajas civiles que las primeras críticas a Hezbolá en Egipto, Jordania y Arabia Saudí se volvieron insostenibles en la política árabe. Cuando los excesos terroristas acabaron con la vida de civiles musulmanes inocentes, como hizo la yihad islámica egipcia en 1993 o Abu Musab al Zarqawi en Ammán en 2005, debilitaron su propio poder blando y perdieron apoyo.

La lección más importante cinco años después del 11-S es que el no combinar eficazmente poder duro y blando en la lucha contra el terrorismo yihadista nos hará caer en la trampa tendida por quienes desean un choque de civilizaciones. Los musulmanes, incluidos los islamistas, tienen diversos puntos de vista, así que debemos ser precavidos con las estrategias que ayuden a nuestros enemigos al unir fuerzas dispares bajo una misma bandera. Tenemos una causa justa y muchos posibles aliados, pero el no combinar poder duro y blando en una estrategia inteligente podría ser nefasto.

Joseph S. Nye es catedrático de Harvard y autor de Soft power: the means to success in world politics.

     

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Bush vuelve a la 'zona cero' por José Manuel Calvo

  

El aniversario del 11-S, escenario de un fuerte enfrentamiento político en Estados Unidos

Washington - La arrolladora maquinaria de la Casa Blanca está de nuevo en campaña electoral, y el quinto aniversario del 11-S es la rampa de lanzamiento de las legislativas del 7 de noviembre. En esta batalla, en la que los atentados terroristas en los que murieron casi 3.000 personas entran de lleno y sin pudor en la pelea política, hay dos novedades: primera, que el presidente es más vulnerable que nunca; segunda, que los demócratas le acosan, también como nunca, para lograr que las elecciones se conviertan en un referéndum sobre él. "Es el hombre que nos metió en Irak", dicen; "es el presidente que sabe cómo luchar contra el terrorismo", contraataca la Casa Blanca.

Bush no se presenta en noviembre, pero se juega tanto como si lo hiciera. Si los republicanos, que lograron el control del Congreso en la barrida de 1994, pierden una o las dos Cámaras, la oposición tendrá en sus manos los instrumentos para lanzar comisiones de investigación sobre las razones de la invasión, los programas secretos de escuchas y todas las herramientas de la guerra contra el terrorismo. Es improbable que todo eso desemboque en un proceso de destitución, pero el ruido estaría garantizado, y el vuelco serviría para abrir una larga y apasionante campaña para las presidenciales de 2008.

El acoso demócrata tiene cuatro letras: Irak. "La guerra ha sido un foco de atracción para los yihadistas en todo el mundo musulmán, y ahora hay más terroristas que hace cinco años", dijo ayer en la cadena ABC el demócrata Richard Ben-Veniste, que estuvo en la Comisión del 11-S. El senador Jay Rockefeller fue aún más lejos y dijo en la CBS: "EE UU estaría hoy mejor si Sadam Husein siguiera en el poder". El 58% de los norteamericanos, según un sondeo de la CNN, se opone a la guerra.

Pero una mayoría -el 55%, según la encuesta de Newsweek- respalda la forma en la que Bush se enfrenta al terrorismo, 11 puntos más que en mayo (el apoyo al presidente también ha subido hasta el 40%). Y el 44%, frente al 39%, prefiere que los republicanos lleven esas riendas; el Pew Center confirma esta fotografía y señala que el 74% cree que el Gobierno ha actuado bien o muy bien en la reducción de la amenaza terrorista (en todo lo demás, desde Irak hasta la economía, los estadounidenses confían más en los demócratas; y el 53% preferiría que controlasen el Congreso, según Newsweek).

Con estos datos, la ofensiva republicana se basa en una palabra: seguridad. La estrategia, trazada milimétricamente por Karl Rove y el núcleo duro de la Casa Blanca, es evidente: usar su única ventaja y envolver la guerra de Irak en la lucha contra el terrorismo. ¿Cómo? Con frases como ésta de Bush: "Si abandonamos el combate en las calles de Bagdad, nos enfrentaremos a los terroristas en las calles de nuestras ciudades".

Después de cuatro discursos preparatorios, el presidente está en la recta final de la rampa de lanzamiento: ayer depositó una corona de flores en la zona cero; esta mañana está con los bomberos y policías de Nueva York; a mediodía pondrá flores en el lugar de Pensilvania en el que se estrelló el vuelo 93 de United; después hará lo mismo en el Pentágono. Es la primera vez, desde 2002, que recorre los tres escenarios. Por la noche, a la hora de máxima audiencia, lanzará un mensaje a la nación desde el Despacho Oval.

¿Funcionará? Faltan ocho semanas, y son legislativas: los factores locales y personales cuentan. Precisamente por eso, y para contrarrestar el objetivo demócrata del referéndum sobre Bush, los republicanos -según The Washington Post- van a personalizar las campañas locales investigando el historial de sus adversarios e invirtiendo fuertes cantidades de dinero en publicidad negativa: "La investigación es clave para definir a los adversarios", dice al diario Thomas Reynolds, presidente de los republicanos en el Congreso. Los demócratas tienen poderosas armas -Irak, Katrina, el hartazgo con un congreso inútil, la impopularidad de Bush-, pero deben evitar que su oposición a la guerra sea calificada de derrotista -defeatocrats, según el término del portavoz de la Casa Blanca- y resolver las dudas sobre su ausencia de una alternativa única y coherente.

    

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Entrevista con supervivientes del ataque al pentágono: "Hay que ceder algo de libertad para luchar contra el terrorismo" 

  

Washington - Betty Maxfield, demógrafa, conmemora este quinto aniversario de los atentados con la voluntad de no quedar apresada en los recuerdos. "Ahora no me preocupo tanto por lo que pasó en Nueva York y Washington, no me detengo a analizar lo que ocurrió ni cómo, sino que me dedico a ver qué hay que hacer hoy y dónde quiero llegar en el futuro". La preocupación de buena parte de los estadounidenses tiene que ver con la posibilidad de que, tarde o temprano, haya otro 11-S. "Creo que hay que mantener una seguridad elevada en vuelos internacionales, seguir con ciertos niveles de alerta, pero no pienso que vaya a ocurrir otro ataque como el de 2001. Que no lo crea no quiere decir que no sea posible; desgraciadamente, hay algunas sociedades que siempre odiarán a EE UU, por las oportunidades y la libertad que gozamos".

Maxfield no está inquieta, como muchos de sus compatriotas, por las consecuencias de la cesión de libertades a cambio de mayor seguridad. "A mí me parece que hay que confiar en el Gobierno, ceder algo de libertad para luchar contra el terrorismo. Soy de los que piensan que, aunque no sea deseable, es necesario que la Administración juzgue dónde hay que establecer el equilibrio entre libertades y seguridad. Creo que muchas de las amenazas e intentos de atentado no llegan a conocerse o a realizarse gracias a la seguridad de la que gozamos".

"No debes dejar que te posea el odio porque puede destrozarte" 

   

Washington - Qawiy Sabree sabe que debería estar muerto. A las 9.38 del 11-S estaba sentado junto a varios compañeros en una oficina entre los pasillos 4 y 5 del flanco del Pentágono contra el que chocó el avión de American Airlines. "Estábamos todos reunidos viendo los atentados de Nueva York por la televisión. En ese momento yo me fui porque tenía que comentarle algunas cosas a uno de mis jefes. Cuando estaba al otro lado del pasillo, el avión atravesó la pared y todo ardió. Ese día no lo olvidaré jamás. La gente con la que había trabajado durante tanto tiempo... todas esas vidas fueron simplemente arrebatadas. Vi a muchos en llamas".

Los 80.000 litros de combustible del avión y la explosión del impacto mataron a 189 personas: 125 dentro del Pentágono y las 64 que iban a bordo del avión. Sabree, que cree que lo que ocurrió hace cinco años fue "una llamada para despertar y darnos cuenta de la magnitud del peligro", está aún obsesionado por la batalla del rescate entre llamas y escombros y por el año que pasó sumido en la labor de reconocimiento de los cadáveres destrozados. "He procurado alejarme del despecho, de la rabia, del odio, de la desesperanza. Todo eso puede consumirte. No debes dejar que te posea el odio, porque puede destrozarte. Tú puedes ser una víctima viva del 11 de septiembre y ni tan siquiera saberlo. Puedes haber fallecido ese día y no ser consciente".

  

Una entrevista de H. Cebrián publicada en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Las víctimas se dan cita en Nueva Cork” por Sandro Pozzi

   

Afectados por conflictos de todo el mundo buscan ideas en Manhattan para frenar la violencia

Nueva York - La capilla de San Pablo, situada al lado del vacío que dejaron las Torres Gemelas, fue durante meses el lugar al que acudieron los equipos de rescate y los familiares buscando un rayo de esperanza. Cinco años después, en ese mismo lugar, una treintena de víctimas llegadas de los cinco continentes se reunieron el pasado fin de semana con un objetivo común: canalizar la energía que genera el dolor por la pérdida de un ser querido hacia ideas para combatir el terrorismo de una forma constructiva.

Entre los participantes del encuentro -organizado por el grupo Peaceful Tomorrows, nominado en dos ocasiones para el Nobel de la Paz- hubo víctimas del conflicto entre Israel y Palestina, de la masacre en la escuela de Beslán, del genocidio en Ruanda, de la represión en Suráfrica, del terrorismo en Indonesia o en Irlanda del Norte y de las guerras en Irak o Afganistán. La voz española la puso Jesús Abril, que perdió a su hijo en los atentados del 11 de marzo. "Todos los 11 tienen el mismo sentido para las víctimas de los atentados de Nueva York y de Madrid", dice Abril. "Por eso estos días nos sentimos tan próximos a ellos".

Michael Lapsley explica que "cuando pierdes a alguien que quieres, el dolor se siente todos los días". En su caso, lo que perdió fueron sus dos manos por la explosión de una carta bomba en los años del apartheid en Suráfrica. Los aniversarios, dice, "son muy duros". Pero no tarda ni un minuto en decir que no está dispuesto a "ser prisionero del dolor, de la rabia o de la pena". "Nosotros optamos por una alternativa superior, que busca convertir a los enemigos en amigos". Y como ejemplo pone a su país, que ha pasado a ser un gran promotor de la paz.

Jody Williams, ganadora del Nobel por la campaña internacional por la prohibición de las minas, insiste en que escapar del victimismo es una elección más positiva que la de "esconderse en casa y llorar". "Se trata de transformar ese dolor y amargura que provoca la pérdida de seres queridos en acciones positivas", precisa Beatriz Abril, que acompañó a su padre Jesús en esta reunión de la que ha nacido la primera red internacional dedicada a apoyar iniciativas para el combate del terrorismo, la guerra y la violencia. "Se trata de hablar, en lugar de pelear", añade Lapsley, "la guerra es el fracaso de todas las opciones".

Robi Damelin, de origen israelí, perdió a su hijo en el conflicto que se libra en Oriente Próximo. Su mensaje es claro: "Debe entablarse un proceso de conciliación y de enseñanza para romper con esta espiral de violencia". Y destaca también el apoyo colectivo que se dan las víctimas, con independencia de su origen nacional, religioso o racial. Nadwa Sarandah, palestina, compartió atril con Damelin para decir que la "venganza causa más dolor y pena" y que los civiles, como su hermana, son los que pagan el precio más alto por esta espiral de rencor y odio. "Debemos aprender a entendernos y aceptarnos", remacha.

Para David Potorti, miembro de Peaceful Tomorrows, "la agenda política no puede ser más importante que la vida de seres humanos inocentes". Potorti pide que se aproveche este aniversario para introducir una nueva dinámica que permita abordar "las causas reales de la violencia y aportar soluciones a los conflictos".

Para ello, esta red internacional pretende entrar en contacto con académicos y universitarios, para difundir sus iniciativas. "Se trata de exponer nuestra experiencia e ideas sobre cómo creemos que se debe responder al terrorismo y la violencia", añade John Leinung, mientras recuerda que en el 11-S perdieron la vida personas de 91 países diferentes. "Nadie vive en una isla".

   

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Entrevista: Brian M. Jenkins Experto en terrorismo de la RAND Corporation: "Nuestros valores son el arsenal contra el terrorismo" 

  

Washington - Desde su autoridad nacional e internacional, Brian M. Jenkins, uno de los principales analistas de la veterana RAND Corporation (Research and Development), sugiere nuevos enfoques sobre antiterrorismo, aparte de la lucha policial y militar, y propone evitar, como dice en su libro Nación inconquistable, "reacciones exageradas", porque "lo más eficaz contra el terrorismo" es "defender las libertades y proteger nuestros valores".

Pregunta. En el quinto aniversario del 11-S, hay ansiedad por saber cómo va la guerra contra el terrorismo...

Respuesta. Somos una nación de pragmáticos impacientes y queremos ver esta guerra como las anteriores, con un comienzo y un final claros. Queremos saber cómo va nuestra inversión, qué progresos se han hecho y qué beneficios hay. Pero esto no se puede comparar con la II Guerra Mundial. Incluso grupos como la Fracción del Ejército Rojo o las Brigadas Rojas en Alemania e Italia durante los años setenta duraron más de una década, para no hablar del IRA o de ETA. Son contextos mucho más largos.

P. ¿En qué ha cambiado más el terrorismo reciente?

R. En varias cosas, algunas previas al 11-S. Una es la escalada en la violencia, especialmente la de la yihad; otra, las comunicaciones. Hace años escribí que los terroristas querían que mucha gente viera lo que hacían, no que muriera mucha gente. Ya sabían hacer bombas hace 40 años. ¿Por qué, en general, no las ponían en lugares públicos? No por limitaciones tecnológicas, sino por una contención voluntaria: querían matar, pero selectivamente; les preocupaba su cohesión interna, y no todos tenían estómago para los asesinatos. Esto, que no era ni universal ni inmutable, cambió. Hoy, los terroristas quieren que haya muchos muertos: el 11-S y la treintena de atentados posterior -Bali, Londres, Madrid- son acciones calculadas para matar la mayor cantidad de gente posible.

P. El segundo cambio era el de las comunicaciones.

R. Es, tecnológicamente, lo más significativo. Primero, el desarrollo de televisiones y satélites: la violencia terrorista está calculada para crear una atmosfera de miedo, y eso da audiencias globales. Luego, Internet les permite comunicarse con su audiencia sin filtros; pocos explotan esto tan eficazmente como la yihad. Al Qaeda está más en el ciberespacio que nosotros: hace cinco años tenían un puñado de páginas web; hoy hay cientos, y son claves para inspirar, radicalizar y reclutar a gente joven.

P. ¿Cómo se lucha mejor contra este terrorismo?

R. Hay que mantener y aumentar la coordinación policial, que funciona, porque se han desarticulado muchos intentos. Pero no es suficiente; hay que formular una estrategia más amplia, basada en el conocimiento del enemigo. Para ellos, no se trata sólo de un enfrentamiento militar: necesitan las acciones terroristas. ¿Qué sería de Bin Laden y de Al Qaeda sin sus operaciones? Nada. Con ellas atraen atención y recursos, galvanizan a su comunidad... No las ven como una competición militar, sino como una actividad misionera para radicalizar y reclutar a una parte del mundo musulmán. Por tanto, tenemos que ver la amenaza en clave del ciclo de la yihad: la radicalización, la persuasión y el reclutamiento, el planeamiento y la ejecución de las operaciones. Y luego, si no mueren, el ciclo sigue donde están detenidos. Nuestra estrategia no tiene en cuenta este ciclo, y tampoco sabemos tratar a los detenidos. Para contener y reducir este terrorismo, hay que ser más eficaz en los nuevos campos de batalla.

P. ¿Qué guerra es ésta entonces?

R. Es una guerra de mensajes, de ideas, no de tanques ni de artillería. La fuerza militar sirve mejor como amenaza que en la práctica con un enemigo con reglas muy diferentes. Es una guerra política, psicológica, y no me refiero a tratar de que EE UU sea popular; no lo vamos a ser, siempre nos van a echar la culpa de los problemas. Tampoco podemos seguir haciendo ciertas cosas: Abu Ghraib, Guantánamo, por ejemplo, no sólo por razones morales y legales, sino estratégicas, porque nada compensa el enorme retroceso sufrido al conocerse esos abusos, inmorales y contraproducentes. Tenemos que concentrarnos no sólo en las acciones terroristas, sino en la gente que va a ser reclutada, en los que ya lo están y en los detenidos; contrarrestar el mensaje que reciben, impedir el reclutamiento... y cambiar el enfoque en los interrogatorios. Sólo se les pregunta por operaciones: ¿con quién ibas a reunirte el martes para preparar un atentado el sábado? Hay que empezar a preguntarles: ¿cómo te viste metido en esto? ¿Cómo ayudaste a reclutar a otros? ¿Cómo decidís? Hay desilusionados: debemos saber por qué... Así podremos entenderles y conocer sus vulnerabilidades.

P. Abu Ghraib, Guantánamo. Hay algunos cambios significativos...

R. Estamos cambiando positivamente. En EE UU, por el miedo posterior al 11-S, hubo una peligrosa inclinación a hacer concesiones sobre nuestros valores. En recientes decisiones judiciales y en el debate en el Congreso hay un esfuerzo para enderezar la nave. Esto es extremadamente importante. Yo fui soldado; como tal, siempre soy muy cauto a la hora de emplear la fuerza militar, aunque creo que hay ocasiones en las que es útil. Pero, también como soldado, y como ciudadano, me preocupan mucho nuestros valores -la libertad, la justicia, los derechos humanos en cualquier circunstancia- porque no son cosas para tirar por la borda en medio de una tormenta, ni obligaciones que pueden romperse cuando las cosas se ponen feas. En ellos se basa nuestra fuerza. En esos momentos es cuando más los necesitamos. Si éste es un conflicto de ideas y de convicciones, los valores son parte de nuestro arsenal. Y si los abandonamos, nos desarmamos a nosotros mismos para el combate que tenemos que librar a largo plazo.

   

Una entrevista de José Manuel Calvo publicada en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Los artistas empiezan a despertar” por Barbara Celis

   

David Byrne, ex líder de Talking Heads, cree que los artistas tardaron en reaccionar

Nueva York - La pintura, el cine, la literatura o el teatro se atreven a abordar temas de actualidad que la sociedad todavía no ha digerido por completo. Las artes incitan al cambio como catalizadores de la reflexión crítica. Pero el 11-S tuvo un efecto tan poderoso sobre los estadounidenses que incluso fue capaz de paralizar al mundo artístico. "Creo que hemos sido demasiado tímidos. La comunidad artística estadounidense ha tardado demasiado en reaccionar al 11-S y sus consecuencias. Pero también es cierto que era difícil hacerlo. Durante los primeros años, si hacías algún comentario crítico respecto a EE UU o la invasión de Irak, enseguida te calificaban de antipatriota". Ésta era una de las reflexiones que hacía ante este periódico, respecto al papel de la cultura tras el 11-S, el neoyorquino de adopción David Byrne, líder de los Talking Heads, uno de los grupos que revolucionaron la ciudad en los años setenta, e impulsor del sello de músicas del mundo Luaka Bop, además de fotógrafo y agitador cultural.

Él será uno de los protagonistas de un festival de cine, arte y música que se desarrollará en el sur de Nueva York esta semana y que bajo el título What comes after? Cities, art and recovery (¿Qué viene después? Ciudades, arte y recuperación) quiere darle la palabra a artistas de ciudades tan distantes como Sarajevo, Bombay o Beirut, pero que al igual que Nueva York, han sufrido un desgarro vital que las acerca entre ellas. "Antes de los atentados, Nueva York era un oasis, los artistas vivían en un mundo muy naïf que desapareció junto a las Torres. EE UU desconocía el terrorismo. Y los artistas quedaron en estado de shock. Quizá por eso también hemos sido lentos en abordar el 11-S y sus consecuencias. Es una pena que se tardara tanto en reaccionar", reconoce Byrne.

Tuvieron que llegar las elecciones de 2004 para que los artistas salieran de su catatonia. Firmaron manifiestos, escribieron canciones y ser crítico con el Gobierno se convirtió casi en una moda, aunque la sociedad aún no parece preparada para aceptarlo. El año pasado aún se producían episodios de censura artística. Las autoridades neoyorquinas cancelaban el proyecto para la zona cero del Museo de la Libertad, con el que se aspiraba a crear debate respecto al concepto y la esencia de una palabra, libertad, cuya omnipresencia en el debate político pos 11-S genera todo tipo de interpretaciones. Y también se rechazaba la sede del Museo del Dibujo porque entre sus antecedentes figuraba una exposición crítica con la invasión de Irak.

Hoy, cuando se celebra el quinto aniversario de los atentados, aún sigue habiendo en Nueva York muchas conmemoraciones artísticas de corte patriótico o nostálgico y pocas dedicadas a la reflexión. En los últimos días se han sucedido desde conciertos en parques para recordar a los muertos hasta las exposiciones que transforman en fetiche el polvo de la nube tóxica del 11-S.

El festival en el que participará Byrne es una de las escasas propuestas en las que se da voz a los creadores sin miedo a que expresen opiniones atrevidas como las que se recogerán en el libro de recetas para recuperar Manhattan More songs about buildings and food (Más canciones sobre edificios y comida), título de un disco de Byrne, quien afirma: "Hace tres años no se hubiera podido organizar este festival. Ahora la ciudad está más preparada para aceptar la autocrítica".

    

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La hidra” por Andrés Ortega

   

Cinco años después del 11-S, Al Qaeda ha mutado. De base (el significado de su nombre) pasó a un sistema de franquicias o incluso a una metástasis de este terrorismo yihadista por el mundo entero, y especialmente en Europa. Para hacer daño, a lo que quede de centro en Al Qaeda no le hace falta siquiera organizar nada, aunque probablemente algo haga. Al Qaeda se ha convertido esencialmente en una ideología de odio, acrecentado por los excesos de la guerra contra el terrorismo de Bush, incluida la guerra de Irak que nada tuvo que ver en su origen con el 11-S pero que ha logrado hacer de ese país la mejor escuela mundial de terroristas. Y así su mortal hálito ha llegado a yihadistas locales, autofinanciados e incluso nacionales, como se vio en Casablanca, Bali, Madrid y Londres, entre otros lugares.

La forma en que se ha perseguido a Al Qaeda le ha llevado a cambiar de forma. Como la hidra a la que en cada cabeza cortada le crecían dos (habiendo una inmortal que fue la que acabó consiguiendo Heracles), Al Qaeda ha ido generando tentáculos; o mejor dicho, éstos se han autogenerado. Aunque Bin Laden siempre fue reticente a usar personalmente medios electrónicos para no delatar su posición (pero sí la televisión e Internet para difundir sus mensajes), su organización supo utilizar a fondo las oportunidades de los nuevos medios: móviles, la Red, correos electrónicos, y transferencias financieras. El seguimiento de estos rastros por los servicios de inteligencia de Estados Unidos y otros países permitió durante un tiempo tras el 11-S, éxitos notorios en la lucha antiterrorista. La inteligencia de señales y de finanzas dio resultados. Incluso la humana, con algún topo. Pero Al Qaeda y muchos de los otros grupos, o grupillos, yihadistas se percataron de ello, y al saberse vigilados volvieron a usar los contactos más personales y el envío de fondos físicamente o a través de la hawala, la red financiera informal musulmana, para trasladar dinero.

En su libro The one percent doctrine, un ensayo esencial para saber qué pasó en la Administración de Bush, Ron Suskind cita a un alto funcionario americano de inteligencia que se sorprendió de que los terroristas hubieran tardado tanto en reaccionar. Pero han reaccionado, han evolucionado y la lección a sacar es que "con un enemigo adaptable y paciente, una victoria a veces crea el siguiente conjunto de retos". En estos estamos.

Es una visión menos triunfalista que la que sugiere el reciente informe de la Casa Blanca sobre la Estrategia nacional para combatir el terrorismo (www.whitehouse.gov/nsc/nsct/2006/) que sólo menciona una vez a Bin Laden -para recordar que venía de una familia pudiente-, olvidando que cinco años después la cabeza central de la hidra sigue viva. La Casa Blanca rebaja la amenaza de Al Qaeda que considera que ha logrado degradar "capturando a sus jefes clave, suprimiendo santuarios e interrumpiendo sus líneas de apoyo", para concluir que "América está más segura, pero no estamos aún seguros". ¿Está el resto del mundo más seguro? No, justamente porque ha surgido ese "movimiento transnacional de organizaciones extremistas" que menciona el informe. Este terrorismo se ha movido hacia otros puntos, sea Irak, Afganistán, Atocha, o el metro de Londres, aunque las últimas alertas de este verano indican que la amenaza real o virtual contra EE UU sigue.

Al Qaeda, como centro, como organización, puede seguir siendo importante, según un estudio de Bruce Hoffman de la RAND. Podemos descubrirlo cuando sea demasiado tarde. Sigue funcionando como base al menos desde las montañas de Afganistán y Pakistán. Es gente que planea sus atentados sin prisa, aunque cada vez lo tengan más difícil. Las medidas de protección contra, y persecución de, este tipo de terrorismo son necesarias, pero no suficientes. La seguridad total no es posible. Y para acabar con esta hidra se necesitarán otras iniciativas globales y locales; y muchos Heracles.

   

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


La Policía británica detiene a 16 sospechosos de reclutar y entrenar a terroristas islámicos

Por Narrador - 3 de Septiembre, 2006, 6:00, Categoría: Al Qaeda

LONDRES. Menos de un mes después de que veinticuatro personas fueran detenidas en el Reino Unido por su presunta implicación en un gran complot para derribar varios aviones con destino a Estados Unidos, la Policía detuvo ayer a otros dieciséis sospechosos de actividad terrorista islámica. La nueva redada, que no está relacionada con la operación del 10 de agosto, se desarrolló en Londres y Manchester.

Las últimas detenciones se produjeron después de que el jefe de la unidad antiterrorista de Scotland Yard y coordinador nacional de las operaciones antiterroristas, Peter Clarke, haya advertido de que «miles» de personas están siendo sometidas al seguimiento de las fuerzas de seguridad e información.

Aunque el MI5, el espionaje interior, cifra en unos ochocientos los elementos más radicalizados de la comunidad musulmana, las fuerzas de seguridad han abierto el círculo ante el temor de que el extremismo pueda extenderse aún más. «Las personas en las que estamos interesados son miles; no se trata sólo de terroristas, sino de gente que puede estar tentada a ayudar o a animar», según Clarke.

«Lo que hemos aprendido -declaró Clarke en un documental de la BBC sobre Al Qaida- es que tenemos una amenaza que está siendo generada desde dentro del Reino Unido». En su opinión, se trata de una situación «muy inquietante». Clarke confirmó que existe una «tubería» que lleva a jóvenes musulmanes británicos a luchar a Irak. «Lo que estamos viendo es que hay individuos con conexiones que están satisfechos de poder organizar los viajes de otros», aseguró.

En una escuela islámica

Precisamente, la mayor parte de las últimas detenciones, practicadas entre la noche del viernes y la madrugada del sábado, según informó la BBC, están relacionadas con la puesta en marcha de campos de entrenamiento en el Reino Unido, con el fin de adiestrar comandos que podrían actuar en el exterior, aunque los ataques también podrían perpetrarse en el propio país.

Sobre las diez de la noche del viernes, cerca de cincuenta agentes de Scotland Yard irrumpieron en un restaurante chino del sur de Londres, donde detuvieron a doce personas, de entre 25 y 35 años de edad, bajo la Ley Terrorista como sospechosos de comisión, preparación o instigación de actos terroristas. Otras dos personas fueron localizadas en otra parte de la ciudad. La operación también llevó al registro de una escuela islámica a las afueras de Londres. Unos cien agentes acordonaron el centro, al que asisten alumnos de entre once y dieciséis años, y mantendrán cerradas las instalaciones varios días mientras comprueban todo el material informático.

Fuentes policiales indicaron que la redada se producía después de meses de investigación, dirigida contra redes sospechosas de «reclutamiento o fomento para que otros tomen parte en actividades terroristas».

Otra acción se desarrolló el sábado por la mañana en Manchester, donde la Policía detuvo a dos personas, sin vinculación con el grupo de Londres.

Esta nueva gran redada no tiene conexiones con la realizada el pasado 10 de agosto, en la que veinticuatro jóvenes pasaron a custodia policial como presuntos organizadores de un plan en avanzado estado de desarrollo para hacer estallar artefactos explosivos en media docena de aviones, en el trayecto entre el aeropuerto de Heathrow y diversas ciudades norteamericanas. Varios de ellos ya han recibido cargos ante los tribunales.

  

Una información de Emili J. Blasco (Corresponsal) publicada en el diario ABC el domingo 3 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Disparan con armas ligeras contra una patrulla del CNI en Afganistán

Por Narrador - 15 de Agosto, 2006, 6:30, Categoría: Al Qaeda

El ataque se produjo en la misma zona donde murió un soldado en julio

Madrid - Tercer ataque al contingente español desplegado en Afganistán desde el pasado mes de abril. El primero, en ese mes, lo repelió la Legión. El segundo, en julio, costó la vida al soldado Jorge Arnaldo Hernández después de que una bomba estallara al paso de su vehículo. Y ayer, un coche camuflado del contingente recibió disparos de arma ligera cuando se hallaba realizando tareas de información a 30 kilómetros al sur de la ciudad de Farah, según confirmó el Ministerio de Defensa, no muy lejos de donde era asesinado el paracaidista en el mes de julio, que fue atacado a 60 kilómetros al este de esa ciudad, ubicada al oeste del país.

El departamento que dirige José Antonio Alonso no precisó el número de personas que viajaban en el coche camuflado ni si respondieron a los disparos, aunque sí especificó que no había resultado herido nadie. Por su parte, fuentes militares confirmaron a este diario que los atacados eran agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que se encontraban realizando labores propias de su función en una zona especialmente sensible en los últimos meses. No en vano, el área está bajo responsabilidad del Equipo de Reconstrucción Provincial (PRT, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, y limita con la zona sur del país, más conflictiva.

«Operación Tortuga». En los últimos meses, la Fuerza de Asistencia para la Seguridad en Afganistán (ISAF) está desarrollando en la zona limítrofe de la provincia de Farah con las sureñas Nimroz y Helmand, hasta ahora dominio de la operación antitalibán «Libertad Duradera», la denominada «Operación Tortuga», de la que las tropas españolas son un importante activo. El planteamiento de esta operación es establecer un entorno seguro en los límites de esas tres provincias para la expansión de la misión de ISAF hacia las zonas controladas por «Libertad Duradera», con el fin de extender las tareas de reconstrucción y estabilización hacia las zonas más castigadas.

Según el mandato de la ISAF, las fuerzas de reacción rápida españolas, con base en Herat, deben llevar a cabo patrullas de seguridad en los distritos de Farah y Shindand, perseguir actividades ilegales en colaboración con las fuerzas de seguridad afganas y apoyar operaciones del PRT estadounidense.

Pese a que no ha resultado herido nadie en el ataque, los mandos españoles del contingente desplegado en Afganistán han ordenado una investigación para esclarecer cómo se produjo el ataque y quién lo ha perpetrado. Al mismo tiempo, la Policía afgana, que llegó al lugar de los hechos poco después de que ocurriera el ataque, ha comenzado una investigación paralela en la zona para tratar de detener a los atacantes.

  

Una información de D.M. publicada en el diario LA RAZON el martes 15 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

La Prensa Británica refleja los Atentados Fallidos

Por Sin Pancarta - 11 de Agosto, 2006, 13:00, Categoría: Al Qaeda

Se dice con cierta frecuencia que en todas partes cuecen habas. Verdad en grado absoluto si se permite la afirmación. Les he seleccionado cinco editoriales correspondientes a los cinco periódicos más importantes del Reino Unido. Encontramos cinco puntos de vista que podríamos agrupar en tres posiciones totalmente diferentes entre sí. El legendario THE TIMES apunta a la efectividad de las medidas antiterroristas del Gobierno Blair (y Bush). También incide en un  punto esencial, la política de la nación no define la actuación de los extremistas, de los terroristas. El odio hacia occidente es irracional y está incrustado en su macabro "discurso ideológico". THE DAILY TELEGRAPH pone la lupa en el fracaso de las políticas de integración y el "multiculturalismo" desarrollado en la isla afirmando que únicamente las familias musulmanas británicas pueden frenar esta amenaza. Nos e trata de concesiones ni acuerdos con los líderes religiosos.

El FINANCIAL TIMES y THE GUARDIAN expresa una postura moderadamente crítica celebrando el éxito policial y cuestionando el tremendismo, el caos creado en los aeropuertos, y el miedo (o terror) creado entre la ciudadanía. Es una postura que evidentemente no puedo compartir, mucho menos al día siguiente del suceso, pero que en cualquier caso puede considerarse con respeto, aunque me surge necesariamente una pregunta ¿Qué dirían estos prestigiosos medios informativos si hoy tuviésemos más de tres mil asesinados diseminados en mitad del océano? Afortunadamente nunca obtendremos respuesta al interrogante sugerido.

La nausea la provoca una vez más el despreciable THE INDEPENDENT, un panfleto ideológicamente ubicado en la izquierda más cavernaria en línea con el "pancarterismo" instalado entre nosotros desde hace dos años. En su editorial sólo le falta culpar a Blair de los atentados al acusarle, sin ningún reparo, de utilizar esta operación policial como cortina de humo para "tapar" otros "escándalos" como las "inexistentes armas de destrucción masiva de Irak", el error en el homicidio de Jean Charles de Menezes y otras cuestiones que no merecen ni comentario ¿Les suenan los "argumentos"? Lamentablemente sí y, lamentablemente también, tenemos que afirmar por enésima vez que en enemigo de occidente está dentro, que hay una auténtica "quinta columna" empeñada en destrozar y derribar nuestra civilización desde dentro.

"Extremists are influenced by political events, but not defined by them" (Editorial de THE TIMES)

  

Had the terrorist plan to blow up five American airliners succeeded, the consequences would have been, as Scotland Yard said, "mass murder on an unimaginable scale". At least 1,500 people could have been killed: men, women and children, Christians, Muslims and atheists, holidaymakers and businessmen, burnt and mutilated by pathological fanatics whose perverted idea of Muslim salvation prompts them, allegedly, to conspire at carnage.

The horror of what may have happened is matched only by the relief that this plot was thwarted. But although innocent lives have been spared, the consequences are as profound as those that followed the London bombings a year ago. Air travel, public security, religious tolerance, social harmony and national priorities all will be affected.

After the London bombings, the police and security services gave numerous warnings that the terrorist threat had not diminished; that fanatics would try again to kill on a mass scale; and that in Muslim neighbourhoods zealots were still trying to recruit disaffected youths to the jihadist cause. But over the past year complacency has grown. The report on the London bombings highlighted mistakes that the security service should have avoided. The police have been unable to stem damaging detail on the shooting of Jean Charles de Menezes. The Forest Gate fiasco raised questions about the reliability of intelligence and the police response.

Cynicism has crept into the discussion, not least among Muslims, who mistakenly see themselves as the target of the campaign against terrorism and insist that Islamophobia has grown. Their disaffection has been fuelled by the war in Lebanon.

Complacency ended yesterday. The scale of the plot, the number of arrests and the continuing investigations into a conspiracy that reached back into Pakistan as well as across the Atlantic show that the threat is acute. The call yesterday by both the police and by John Reid, the Home Secretary, for vigilance should need no reinforcement: as they pointed out, the public gathers the best intelligence. And the best reaction of any citizen determined to play a role in defeating terrorism is to remain alert, informed and watchful.

That message applies especially to the Muslim community. For the past year, British Muslims have been in a state of turmoil, profoundly shocked by the discovery that the London bombers were born and brought up in Britain: instead of integrating, they sought their identity in alienation. Most Muslim leaders have accepted offers by the Home Office, community leaders and other faith groups to help in reaching out to the young, the angry and the potentially violent.

A certain amount has been done, and some Muslim leaders have emerged from a paralysing state of denial to argue vigorously for a better understanding of their faith by young Muslims as well as by outsiders. There have been welcome initiatives: task forces sent to Muslim communities to tackle extremism; programmes to ensure better training for imams; and a more concerted attempt to inculcate the duties of citizenship.

Nevertheless, it was dispiriting to find yesterday that several Muslim groups were openly sceptical, saying that the police had been trying to intimidate Muslims with earlier raids and accusing the Government of timing the latest arrests to distract attention from the criticisms of its stance on Lebanon. Such self-deception is extremely dangerous. Islam has an identity crisis that it must combat. A virulent strain that mixes testosterone and a nihilistic theology has afflicted a small minority of young Muslims.

There will also be critics and cynics who are not Muslim, who would like to believe that if only foreign policy would change, the threat would immediately recede and the extremism evaporate. Those who would commit mass murder are not to be appeased by this or that policy fluctuation. Jihadists see Western society as innately evil, an existential threat to their puritanical, obscurantist version of Islam. They cannot come to terms with sexual equality, Western values, tolerance or democracy. To them, the Palestinian or Iraqi contexts are only settings for the introduction of an ideology that is utterly intolerant and regards moderate Muslims as apostates. If policy on either changed, they would look for other justifications for their fanaticism.

Both the police and the Government yesterday had clearly drawn lessons from earlier terrorist emergencies, especially the de Menezes killing. They were swift to give clear statements on the arrests, while being careful not to speculate or prejudice future criminal trials and the continuing inquiry which will be long and spread far wider. Already it has been made clear that Pakistan, from where many of those arrested or their families came, has been helping in the international surveillance of the suspects. If the public is to be convinced of the threat, accept temporary travel restrictions and not be unduly alarmed by the raising of the security alert, the police must provide as much accurate information as possible, as swiftly as possible. If there have been mistakes, they must be admitted, and if there are residual concerns, they must be explained.

It was revealed last week that Britain's security services have foiled 13 terrorist plots. There are certainly others still being hatched. Defending Britain's security is a costly, secret and often thankless task. But it is vital.

And while the details of how this latest plot was thwarted may never be known, the public will be grateful that the intelligence services have, for now, proved up to their task. This is a long battle, in which the police and MI5 will be engaged for many years. They deserve all the backing that a vigilant public can give them.

   

Editorial publicado en el diario THE TIMES el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Only Muslim families can stop this infamy" (Editorial THE DAILY TELEGRAPH)

  

For anyone sanguine enough to believe that the July 7 terrorist atrocities last year were simply an aberration, yesterday's events must have disabused them. Once again we learnt that British-born Muslim fanatics are prepared to commit slaughter on a mass scale in the name of jihad. The apparently successful thwarting of a plot to blow up transatlantic aircraft with bombs fabricated aboard the planes is a sorely needed success for Scotland Yard and MI5 following the controversial Forest Gate raid and the tragedy of the killing of the innocent Brazilian Jean Charles de Menezes. We are all too ready to criticise them when they get it wrong, but we must understand their need to act decisively on the intelligence they receive.

The terrorist strategy of combining suicide bombing with easily concealed explosive ingredients is not new. It first surfaced in 1995, in a suspected al-Qa'eda plot when nitroglycerine was carried aboard a plane in the Philippines in containers for contact-lens solution. What is new is the scale of the alleged plot, with as many as 10 aircraft being targeted, in which thousands of people could have perished. This has led America's Homeland Security Secretary, Michael Chertoff, to offer the view that it is ''suggestive of an al-Qa'eda plot''. The British authorities are wisely more reticent, stressing that their investigation is at an early stage.

What is not open to doubt is that most, if not all, of the 21 arrested suspects are British-born Muslim youths, most of them of Pakistani ethnic origin, and even one white, middle-class convert to Islam. After the July 7 bombings, Tony Blair called Muslim leaders together in Downing Street for a summit. Its purpose was to encourage the ''Muslim community'' to foster a climate that would prevent young Muslims becoming so radicalised that they are prepared to blow themselves and their fellow citizens to smithereens. Too late, of course. The global loathing for the United States and its ally, the United Kingdom, has helped corrupt the minds of a generation of disaffected young Muslims,  a process speeded by extremist clerics who, in far too many cases, have been allowed to come and go with impunity.

And what precisely is this ''Muslim community''? Is it represented by Khurshid Ahmed, a member of the Commission for Racial Equality, who yesterday expressed his shock that young Muslims could be involved in such a plot and voicing relief that they had been apprehended? Or is it represented by Fahad Ansar of the Islamic Human Rights Commission, who depicted the operation as a cynical ploy by the Government aimed at ''diverting attention away from its policy in the Middle East''? In truth, there is no such thing as a single ''Muslim community''. The Muslim Council of Britain is held by the Government to be the authentic voice of this frequently disparate group, which hails originally from at least a dozen different countries. But is it? A trenchant analysis - When Progressives Treat With Reactionaries - written by Martin Bright, the political editor of the Left-wing New Statesman, concludes: ''The Government has chosen as its favoured partner an organisation that is undemocratic, divisive and unrepresentative of the full diversity of Muslim Britain.'' Too frequently, its leaders depict as mainstream what most people would describe as extreme. Its stand against terrorism has been muted.

For any government grappling with a problem of such dangerous complexity, this may be an understandable mistake. It is time it was rectified. Alienated young Muslims will not be won round by convening Downing Street seminars or sending out gimcrack road shows manned by the very community leaders for whom they have little but contempt. Of course, the Government must maintain a dialogue with all shades of Muslim opinion, but if ministers seriously believe that this will deter potential young terrorists, they are being alarmingly naïve.

In reality, this is not a job for government at all. The one thing that unites Muslims in this country is their respect for the family. It is the bedrock of their society, something that many in this country look at with envy, given the catastrophic social impact of family breakdown among other groups. The long march to win back disaffected Muslim youth must start in the home, and the neighbourhoods of which they are a part. This is not a problem that lends itself to top-down solutions. It has to start at the bottom, with a recognition that fathers and mothers, brothers, sisters and the extended family are the people most likely to spot, and most able to stop, emerging radicalism.

Meanwhile, the events of the past 36 hours have once again achieved the enormous disruption and uncertainty that is always a key element of the terrorist game plan. Air travel will became even more tiresome as security checks become ever more rigorous. There are also profound commercial implications for the way airports and airlines conduct their business. John Reid, the Home Secretary, rose to the occasion yesterday, speaking with quiet eloquence of the sheer evil of the plotters and the heinous nature of what they were attempting. He carefully avoided any note of triumphalism, despite what appears to have been an exemplary operation by the police and the security services. He also, quite rightly, warned against complacency. A wounded animal is always dangerous and, if this is an al-Qa'eda conspiracy, it means the days and weeks ahead will be perilous.

   

Editorial publicado en el diario THE DAILY TELEGRAPH el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"The most powerful response to terrorism Neither complacent nor chaotic: in search of proportion" (Editorial FINANCIAL TIMES)

  

The chaos in the UK's airports yesterday, caused by exhaustive efforts to screen and sift hand baggage, was a small victory for terrorists. The murder of hundreds of travellers would have been an incomparably larger one. That is the nature of the balancing act that we entrust to our government.

The immediate question will be whether the security clampdown prevented an attack. The police seem confident, but the truth is likely to emerge only over time. The police and intelligence services have not been discouraged by earlier false alarms. In June they launched a vast security operation in east London, based on intelligence reports. They shot a man but found no sign of the chemical weapons they had expected. Last year police shot and killed a Brazilian electrician, Jean Charles de Menezes, whom they had mistaken for a suicide bomber. Yet they also failed to anticipate the July 7 bombings last year, in which 52 people were murdered.

It has long been clear that no matter how sharp the intelligence services get, we cannot rely on their detective work as the only line of defence against terrorist attacks. If we are to believe the police, the UK's airports were wide open to attack on Wednesday. They were in a state of near paralysis yesterday. This is not sustainable.

Big airports need to upgrade their security so that they will be safer in times of low alert while continuing to function when security is tighter. There is no single answer: some new technologies promise to detect a wider range of explosives and weapons with a quick scan, while it would do no harm to hire more staff and open some more checkpoints to maintain the flow of passengers in a crisis.

Yet no system is perfectly secure, and even if the world's aircraft could be made secure at a reasonable cost in time and money, terrorists will always have other options as simple as truck bombs or explosives on trains and buses. There will be more attacks, perhaps deadly and dramatic ones.

The first response must be to adopt a foreign policy that saps terrorists of support without pandering to their demands. It should not be necessary to remind either the US or the British government that it is not possible simply to kill or catch all the terrorists until there are none left, a pointless strategy based on what one might call the "lump of terror" fallacy.

The second response must be a sense of proportion. More than 3,000 people died last year on our roads, but the roads stay open. Even the worst acts of terrorism reap their largest toll in hysterical responses. Scotland Yard's statement that they had disrupted a plot to cause "mass murder on an unimaginable scale" was alarmist even if it is true. Journalists - and terrorists - are perfectly capable of spreading hyperbole without any help from the police. The most powerful answer to terrorism is not to be terrified.

  

Editorial publicado en el diario FINANCIAL TIMES el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Tackling terror" (Editorial de THE GUARDIAN)

   

"They just don't get it," said John Reid as he charged large parts of Britain's political, legal and media establishment this week with willfully ignoring the threat from "unconstrained international terrorists". Britain faced "probably the most sustained period of severe threat since the end of the second world war", he added. As the home secretary spoke on Wednesday the stridency of his language appeared remarkable and, to many, excessive. Yesterday that changed, with the successful disruption by the police and security services of what appears to have been an advanced and merciless plot to kill many hundreds of travellers on flights across the Atlantic. Exactly what Mr Reid knew when he spoke, hours before raids which led to 24 arrests across England, is unclear. But yesterday's actions go far to support his and the prime minister's calls for a resolute drive against a terrorist threat that exists, is active, perhaps increasing and which must be confronted.

Resolution comes in many forms, however and yesterday's firm and justified response does not excuse the government from showing equal resolve in defence of principles that have defined this country and served it well. In his statements yesterday, the home secretary displayed commendable urgency in response to immediate danger but he must take care before extending this into a political environment that is not as unthinkingly obstructive as he suggests. Mr Reid cited with approval the prime minister's recent statement that "traditional civil liberty arguments are not so much wrong as, just made for another age". But this is to misunderstand a debate that should be about measures, not values. Few people question the fact that changing threats require changing laws, resources and priorities, but that must not be allowed to wash away the liberal foundations on which they are built.

So much remains uncertain about the causes and course of yesterday's events across Britain that certainty, on the part of ministers and the police as well as the media, is hardly possible. All that can be said is that much that was unknown yesterday will become known in the weeks to come and some of what appeared clear will turn out to be wrong. That was true of the July 7 and 21 attacks last year, too, as well as of the unsuccessful Forest Gate raid more recently. The scale of the criminality that was halted yesterday was perhaps among the greatest that this country has faced, described by the security services as Britain's 9/11, but even this is not confirmed. What is certain and right is that Britain has a system that controls not just terrorists who hope to destroy civilisation but, in a very different manner, regulates the authority that allows the state to stop them, too. Yesterday that balance worked. However terrible, the goals of demented individuals should not overturn it. Fresh restrictions must be fuelled by more than fear.

Writing on the Guardian's Comment Is Free debate website yesterday, Jack Straw's former press secretary, John Williams, described the then foreign secretary's response to 9/11: "at a moment like this, the job of ministers is to reassure the public that the state remains in control". Yesterday that reassurance was provided not just by Mr Reid himself and by the police, but by the airlines and airport workers who worked admirably to keep services going. There was no overreaction, no panic and plenty of preparedness on display. That resilience is a guide to what should follow. There are bound to be misguided attempts by some to dismiss the threat tackled yesterday as invented; the product of hysteria, or manipulation. The threat was and is real and the response to it was proper. But a serious response should recognise that scrutiny, debate and liberal principles are allies not enemies in fighting criminality.

A year ago, cross-party agreement on this was undermined by the prime minister. Mr Reid rightly consulted the Conservatives and the Liberal Democrats yesterday and should sustain this in the weeks ahead. He may do it in a parliament whose return before October looks increasingly essential. There should be consideration of the causes of terror and an acceptance that these are not simple. The government should recognise that the need for action against terror to take place largely in secret raises the responsibility on ministers to be calm and accurate. A public that has heard talk of WMD dossiers and seen tanks at Heathrow has become wary of what it is told. But doubters should remember the story of the boy who cried wolf. In the end, there was a wolf.

   

Editorial publicado en el diario THE GUARDIAN el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Intelligence, security and the need to know more" (Editorial THE INDEPENDENT)

National security is not something to be toyed with. Nor is the safety of airline passengers, or - for that matter - any other k members of the public. The very notion of a conspiracy to launch synchronised suicide attacks on passenger planes over the North Atlantic conjures up horrific images. They are images which - in the light of air atrocities that run all the way from Lockerbie through the twin towers to the thwarted efforts of the shoe-bomber, Robert Reid - are all too plausible.

Assuming that intelligence and surveillance reports showed what the police and government ministers have said they showed, there can be little doubt that the authorities had to act. The safety of citizens is one of the chief duties, if not the chief duty, of national governments. Not to have raised the threat estimate to its highest level - "critical" - and not to have introduced the most rigorous checks on cabin luggage for airline passengers would have been irresponsible in the extreme.

In this case, the losses sustained by the airlines, by passengers, by travel companies and by the economy as a whole must be seen as negligible compared with what might have happened if such measures had not been taken. The stock market and sterling may have fallen yesterday at the news of the alleged conspiracy and the airport terrorist alert, and the damage is likely to be felt long after transatlantic flights are back to normal. But this must be weighed against the consequences of doing nothing: "Mass murder", as Scotland Yard put it yesterday, "on an unimaginable scale".

Better safe than sorry is a necessary guiding principle, not least for the government of a country that so recently experienced the death and destruction of the London bombs. Yet there were aspects of yesterday's alert that none the less prompt a certain unease.

It may be that when the Home Secretary warned earlier this week that Britain faced the most sustained period of serious threat since the Second World War, he was speaking with knowledge of the conspiracy targeted by yesterday's operation. To those not privy to this information, however, this massive alert might look like a cynical effort to illustrate the immediacy of the threat. It just so happened, too, that yesterday was the scheduled publication day of a Commons report claiming that troops in Iraq were under-equipped and overstretched. The bad news was buried. So, too, for the time being, was the gathering call among MPs for Parliament to be recalled over the crisis in the Middle East.

It is possible to have misgivings, too, about the dramatic edge with which yesterday's operations were presented and the grave relish with which Mr Reid seized his chance to take charge. Nor was it altogether consoling to learn of the extensive intelligence co-operation with the United States and the months of surveillance and intelligence-gathering that had preceded this operation. We recall Iraq's non-existent weapons, the notorious episode of the tanks at Heathrow, the shooting of Jean Charles de Menezes and the dawn raid at Forest Gate - to select but a few - as instances of media-manipulation and fallibility. If we instinctively feel we need to know more about the background to this operation before taking it as face value, the Government has only itself to blame.

All that said, we have long argued that the way to combat terrorism is by sophisticated intelligence-gathering and thorough police work, not by the rush to pass repressive legislation that has too often been this government's response. If this operation turns out to have thwarted a plot on the scale outlined yesterday, it will be a triumph of which all involved can be truly proud.

  

Editorial publicado en el diario THE INDEPENDENT el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Los Atentados en la Prensa Americana

Por Sin Pancarta - 11 de Agosto, 2006, 12:30, Categoría: Al Qaeda

No disimulo mi asombro ante las reacciones en la prensa americana en lo que se refiere a los frustrados atentados de Londres. El Journal celebra el éxito de las fuerzas y cuerpos de seguridad británicas a la vez que justifica como necesarias las medidas excepcionales de la Administración Bush. El Times, para asombro de propios y extraños culpa a las compañías de aviación por no invertir lo necesario en seguridad. Finalmente el Post prefiere cuestionarse sin en situaciones de emergencia como la vivida ayer los pasajeros de primera clase deben tener privilegios frente al resto de pasajeros. Ver para creer…

"Heathrow Alert" (Editorial de THE WALL STREET JOURNAL)

  

A lot about yesterday felt eerily familiar. Millions were glued to the news; tens of thousands stranded at airports; airline and other stocks were diving. Except, unlike on that September morning five years ago, no lives were lost, as a massive terrorist plot to kill thousands didn't come off.

More information about the Islamist cell unmasked in Britain will no doubt filter out in coming days and weeks. What little we know offers a timely reminder that free societies face an existential threat like no other. Yesterday's close call also offers an opportunity, without blood having been shed, to get serious about waging a war like no other. In this conflict, success comes in stopping the hostile act before it happens, not reacting once it does, unlike in law enforcement or conventional war. That's a luxury our times can't afford.

Yesterday's events show information is key to victory. British security services for months monitored a large extremist group that reports said was made up of British residents of Pakistani origin, apparently home-grown terrorists just like last year's London train bombers. Twenty-one people were arrested overnight yesterday. The cell allegedly was about to try to sneak explosives in liquid form into carry-on luggage and onto up to a dozen planes bound from London's Heathrow airport for the U.S. "We have disrupted a plan by terrorists . . . to commit, quite frankly, mass murder," Deputy Commissioner of Scotland Yard, Paul Stephenson, said.

Terror knows no borders, so no credible fight can be limited by them. "As is so often the case in these investigations, the alleged plot has global dimensions," said Peter Clarke, the head of Metropolitan Police antiterrorist branch. Officials emphasized how closely the U.S. worked closely with the British. Last night, Pakistani officials said they helped break up the plans, which some reports claimed were drawn up in Pakistan. Both Ramzi Yousef, who tried but failed to bring down 11 American passenger planes over the Pacific in 1995, and Khalid Sheikh Mohammed, who masterminded that plot as well as 9/11, were caught in Pakistan. Neither the source, nor the general notion of simultaneously striking symbolically important targets, has changed.

Yet al Qaeda, if that's who's behind the Heathrow plans, continues to innovate, and we better too. While airport security looked for box cutters of the sort used by hijackers on 9/11, the British group planned to sneak explosives aboard in receptacles like plastic perfume bottles and possibly detonate them with cell phones. The new security rules introduced yesterday that put tough restrictions on carry-on luggage are an unfortunate but necessary response.

But terrorism won't be defeated at the boarding gate. The best tools to accomplish that include covert information sharing -- about passengers or bank accounts -- and data mining. It is also why the U.S. hasn't treated al Qaeda suspects as ordinary prisoners of war, and why it can't rely on its civilian courts to try them. And it's why people like Khalid Sheikh Mohammed are held at secret locations and perhaps "water-boarded" to get the most information possible out of them.

Yet these means are rejected by large segments of the European and American political classes -- as an overreaction, as a threat to civil liberties, or worse. A basic divide in Western society today is between those who view terrorism as new threat that must be fought with new means, and those who dismiss it as a law enforcement headache. September 11, Bali, Madrid, London and the other places terrorists have struck in the past five years were supposed to have settled this debate. But memories proved to be short. Yesterday offered the latest wake-up call, this time without tears. Who'll answer it?

   

Editorial publicado en el diario THE WALL STREET JOURNAL el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"The Liquid Bomb Threat" (Editorial de THE NEW YORK TIMES)

The most frightening thing about the foiled plot to use liquid explosives to blow up airplanes over the Atlantic is that both the government and the aviation industry have been aware of the liquid bomb threat for years but have done little to prepare for it. What saved everyone was apparently superb intelligence work by the British, who apprehended the terrorists before they could carry out their scheme. It is unlikely that any of the scanning machines or screening personnel deployed at airports would have detected the potentially destructive materials before they could be carried aboard.

The plot apparently called for the terrorists to carry explosive ingredients disguised as beverages, and detonators made from common electronic devices like cellphones or music players. One theory is that they planned to use chemicals that are innocuous when carried separately but could be combined into an explosive mixture on board.

Unfortunately, the aviation security system is virtually defenseless against such an attack. The X-ray machines and metal detectors at airports can"t identify liquid explosives. Officials have been fretting over this weakness off and on but have done little to develop and deploy technologies to block the threat. The government has been slow to buy so-called puffer machines that blow air on passengers to look for traces of explosive materials, and it has severely cut its budget for research on new detection methods. A few promising technologies are in the wings, but none seem ready to be rolled out quickly.

It is distressing that, after all the billions of dollars spent on bolstering aviation security, such gaping holes remain. Yet no matter what technologies are deployed, there is always a good chance that future terrorists will find a way to evade detection.

That makes us wonder if aviation authorities may have inadvertently hit on the wisest approach in their stopgap response to this latest plot. The Transportation Security Administration banned virtually all liquids and gels from carry-on luggage. That includes beverages, shampoos, toothpaste and other common items — everything but baby formula and medicines, and those have to be inspected.

Some passengers have complained about the inconvenience, and many more might complain if they were not allowed to keep their iPods, cellphones or laptops with them. But forcing passengers to check most of their items and bring very little aboard with them might be the surest and cheapest route to greater security.

  

Editorial publicado en el diario THE NEW YORK TIMES el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"No Cutting" (Editorial de THE WASHINGTON POST)

  

Should elite airline passengers get to skip security lines -- even during a national emergency?

Aviation officials claim that airport security waits yesterday weren't much longer than normal. But to travelers, some queues seemed longer than your average Siberian bread line after the Transportation Security Administration added new requirements -- including removing all liquids from carry-on luggage -- to the long list of security protocols airline passengers already had to endure.

Most air travelers took the beefed-up security -- and the occasionally interminable waits that followed -- in stride. First- and business-class passengers in most airports, on the other hand, didn't have to. As usual, higher-class passengers skipped most of the security queues at hubs such as Dulles and Los Angeles international airports. That's hardly fair.

We understand why travelers in first class and business get preferential treatment in airline baggage lines; it's one of the perks they pay for. Checked baggage handling is a service that airlines elect to provide, and they can administer it however they see fit. But does the same logic extend to an official public service? When security alerts like yesterday's bring hassle and delay, it shouldn't be only the travelers with coach seats who have to sacrifice their time to ensure the safety of American aviation.

The TSA insists it has no authority over queues before airport magnetometers. Its charge, says a TSA spokesman, is merely to screen all passengers who approach their security stations. How they get there is up to the airlines. Municipal airport authorities can also duck the blame. Because it is airline employees who check identification cards and tickets before passengers approach airport magnetometers, airlines have exclusive control over the queues. For that reason, the process isn't even uniform among all airports.

But the ID and ticket check before the X-ray machines is a security measure, no matter who's providing the staffing. It's not clear why people should be able to buy their way out of line.

    

Editorial publicado en el diario THE WASHINGTON POST el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Atentados en Londres: El Análisis

Por Sin Pancarta - 11 de Agosto, 2006, 12:00, Categoría: Al Qaeda

Todos los ciudadanos de bien ayer recibíamos una gran noticia. La policía británica detenía a más de una veintena de terroristas que pretendían hacer explotar una decena de aviones en pleno vuelo sobre el Atlántico. Pronto la satisfacción se truncaba en preocupación. Son muchos los factores a tener en cuenta. Esta vez miles de inocentes se han salvado ¿La próxima? El enemigo está dentro, es una autentica quinta columna, los terroristas eran nacidos en el Reino Unido.

Estas lógicas preocupaciones no son las mismas que se plantea el diario de PRISA, éste prefiere incidir en la carencia de medidas integradoras para las comunidades islámicas. Bush no entiende que la solución está en ‘La Alianza de Civilizaciones’. Para EL PERIODICO (que ya no es de Franco) lo presenta como que “el arresto de islamistas en el Reino Unido reaviva el debate sobre seguridad a cambio de menos libertad”. Yo no se si esta gente no sabe lo que dice o trabaja activamente como quintacolumnista, en cualquier caso es la demostración palpable de que el enemigo lo tenemos en nuestra casa.

“Pánico transatlántico” (Editorial de EL PAIS)

  

La policía y los servicios de información del Reino Unido, con cooperación internacional, han abortado una cadena de atentados terroristas que habrían horripilado al mundo tanto o más, si cabe, que el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de septiembre de 2001. Con la detención de al menos 24 presuntos implicados en una trama que presuntamente pretendía hacer estallar aviones de pasajeros en pleno vuelo, los agentes británicos han abortado lo que sus superiores calificaron de "inminente matanza de dimensiones inimaginables".

Según lo conocido ayer, este grupo terrorista -cuya vinculación con Al Qaeda es, como suele ocurrir en estos casos, imprecisa- planeaba derribar sobre el Atlántico entre 6 y 10 aviones comerciales. La mera idea de que un número indeterminado de aeronaves desaparecieran simultáneamente en medio del mar refleja de forma brutal las dimensiones de semejante atentado. El presidente Bush lo atribuyó ayer de forma categórica a los "fascistas islámicos", pero eludió, una vez más, cualquier alusión a la necesidad de una política más integradora de las comunidades islámicas en las sociedades occidentales. La eficacia policial es imprescindible frente a la minoría fanática, pero también lo es evitar la adhesión a esa minoría de una parte de la población de origen musulmán que habita en nuestras ciudades. Es evidente que en esto hay un fracaso.

Si el ataque a las Torres Gemelas tenía una profunda carga simbólica, la ruptura del eje y la comunicación transatlánticos tendría unos efectos psicológicos devastadores. De momento, la operación antiterrorista de ayer generó un inmenso caos en los aeropuertos no ya de Londres y Estados Unidos, sino de todo el hemisferio occidental. Centenares de miles de pasajeros vieron frustrados sus planes de viaje, rotas sus expectativas de reencuentro familiar o destrozados sus contactos de negocios. Pese a todo, soportaron ejemplarmente tanta incomodidad, conscientes de la amenaza terrorista. La Bolsa volvió a revelarse como un baremo de la estabilidad emocional de las sociedades modernas y todos volvimos a sentir esa profunda vulnerabilidad. Alarma el hecho de que, como parece, los detenidos en Londres son en su mayoría del Reino Unido, como los autores de los brutales atentados de julio de 2005. Las sociedades democráticas y abiertas han de ser conscientes de que, dentro y fuera de su seno, surgen enemigos que se alimentan de nuestras debilidades y contradicciones para sembrar el dolor, el caos y el terror indiscriminado.

Ayer, la policía británica, en cooperación con otras policías de sociedades democráticas, abortó un disparate de dimensiones planetarias cuyo objetivo era instalarnos, una vez más, en el terror y hacernos menos libres en la medida que más vulnerables. Parece que esta vez han fracasado. Y debemos estar decididos a que siempre sea así, por mucho que lo intenten.

  

Editorial publicado en el diario EL PAIS el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Una hecatombe frustrada que revela nuestra vulnerabilidad” (Editorial EL MUNDO)

«Asesinato en masa de nivel incalculable». Ésta es la calificación que empleó ayer uno de los jefes de Scotland Yard para definir los atentados que planeaba un grupo radical islámico, que, según el Gobierno británico, quería hacer estallar 10 aviones en vuelo de Londres a EEUU, provocando miles de muertos.

El aeropuerto de Londres estuvo ayer prácticamente cerrado por razones de seguridad, lo que provocó un efecto dominó en las compañías aéreas, que tuvieron que cancelar una parte de sus vuelos internacionales. Mientras, la Policía británica detenía al menos a 24 personas en la capital y varias ciudades del país. Según explicaron el ministro de Interior, John Reid, y el jefe de la lucha antiterrorista, Peter Clarke, los terroristas pretendían acceder a los aviones con explosivos líquidos camuflados en sus equipajes de mano y no detectables por los sistemas de control del aeropuerto.

Afortunadamente, las Fuerzas de Seguridad británicas han logrado esta vez anticiparse a los terroristas, un año después de la masacre del 7 de julio en Londres. Pero nadie duda de que lo volverán a intentar, sea en la capital británica o en cualquier otra gran ciudad europea. El fanatismo islámico pone en evidencia la vulnerabilidad de las sociedades occidentales, donde existe la libre circulación de personas y donde decenas de millones de ciudadanos se desplazan cada día en tren, avión o barco. No es posible controlar a todos esos viajeros.

La novedad de lo sucedido ayer es que los terroristas planeaban segar cientos o miles de vidas humanas con unos explosivos introducidos en equipajes de mano. De ahora en adelante, será inevitable la inspección de las bolsas que cada pasajero introduce en el avión, lo que supondrá una nueva incomodidad para viajar. Y no es descartable que las autoridades opten por prohibir el equipaje de mano para prevenir estos nuevos métodos terroristas.

Gran Bretaña es probablemente el país de Europa más vulnerable al terrorismo islámico por dos razones. La primera es el alineamiento de Blair con la política exterior de Bush. Gran Bretaña ha enviado soldados a Afganistán e Irak y ha respaldado sin fisuras las posiciones de EEUU. Ello ha provocado que Al Qaeda coloque a este país como su objetivo preferente en Europa.

El segundo motivo es que en Gran Bretaña existe un población musulmana de varios millones de personas, con un bajo nivel de integración. Timothy Garton Ash hacía referencia ayer en The Guardian a una encuesta en la que la mitad de los musulmanes británicos respondía que no se siente identificada con su patria de acogida. Una tercera parte de los jóvenes musulmanes afirmaba preferir la sharia al sistema de vida británico. A la luz de estas respuestas, se entiende que el fanatismo islámico dispone de un excelente caldo de cultivo en este ambiente.

Gran Bretaña y Europa son cada vez más vulnerables, como resaltaba recientemente en nuestras páginas el contralmirante Chris Parry, que sostiene que las migraciones harán caer Europa al igual que los bárbaros provocaron el hundimiento del Imperio Romano. Una tesis catastrofista pero que podría hacerse realidad si los Gobiernos europeos no aciertan con sus políticas y el islamismo radical sigue extendiéndose en nuestro continente como una mancha de aceite.

  

Editorial publicado en el diario EL MUNDO el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“La amenaza continúa” (Editorial de ABC)

  

La Policía británica afirma haber desactivado un terrible atentado terrorista que, según se ha descrito, habría provocado «un asesinato masivo, a una escala inimaginable». La labor preventiva es siempre la que mejores frutos da y en este caso las Fuerzas de Seguridad británicas merecen un elogio que tal vez habría sido más discutido en otras operaciones antiterroristas. Por desgracia, las sociedades occidentales están obligadas a pagar el peaje de la incomodidad por las medidas de seguridad en las zonas especialmente sensibles, como los aeropuertos, y lo único que podemos decir con certeza es que eso tendrá que ser así durante mucho tiempo. En estas circunstancias no podemos dejar de colaborar con quienes se esfuerzan por evitar los atentados terroristas, que, como se demuestra constantemente, siguen siendo una amenaza real.

De hecho, sucesos como éste nos vuelven a recordar que el mundo civilizado continúa haciendo frente a una ofensiva implacable por parte de las fuerzas del fanatismo. Las sociedades libres están amenazadas expresamente por los partidarios del terror oscurantista, y el hecho de que esta vez la Policía haya podido llegar antes de que se cumpliesen los siniestros planes de los asesinos no resta en modo alguno relevancia al ataque del que todos (puesto que cualquiera podría haberse encontrado en esos aviones) éramos objetivos. Ignorarlo no nos hace inmunes a los ataques de los que quieren imponer a todo el mundo sus retorcidas visiones de la religión islámica. De este tipo de violencia son víctimas tanto los iraquíes como los norteamericanos, no hay nacionalidad ni religión que esté libre de peligro.

Tal vez este atentado pretendiese ser una venganza contra Occidente por la sensación de injusticia que muchos árabes y musulmanes pudieran percibir por lo que sucede en el conflicto de Oriente Próximo. Tal vez pretendiera ser una respuesta a lo que está pasando en estos momentos en Líbano. Nada de ello podría suministrar el menor grado de legitimidad a tales acciones, ni justificar la violencia contra personas inocentes. El terrorismo es siempre condenable, es un ejercicio criminal de ciego salvajismo y nunca puede ser considerado como un mecanismo de acción política.

Sería un error que en España el Gobierno se confundiera por un exceso de optimismo, creyendo que solamente esa quimera bucólica del diálogo de civilizaciones sirve para protegernos de este peligro evidente. En nuestro caso es tan cierto que hasta los portavoces reconocidos de Al Qaida han manifestado claramente su deseo de obrar por la vuelta del Al-Andalus de la mitología árabe clásica, es decir, España, al dominio musulmán. Ya es bastante inquietante asistir a ese insensato optimismo con el que el Ejecutivo disminuye expresamente la importancia del riesgo del terrorismo etarra como para pensar que se está bajando la guardia en materia de prevención de terrorismo islámico, algo que sería extremadamente grave.

El mundo va a tener que hacer frente todavía durante mucho tiempo a esta amenaza, y los expertos consideran que aún no hemos visto lo peor. La posibilidad de que haya terroristas que se procuren armas de destrucción masiva es el mayor riesgo que deberemos combatir en el futuro y para ello sigue siendo crucial que no haya más Estados fracasados en los que tales planes puedan desarrollarse bajo una cobertura oficial. A veces es difícil comprender que estamos en guerra cuando el enemigo no se ve; aunque el campo de batalla está en nuestras propias ciudades, hemos desarrollado una capacidad para borrar en cuestión de horas todo rastro de los ataques de los que somos objeto. Como se demuestra en este nuevo ataque contra Londres, afortunadamente podemos incluso llegar a evitar que tales embestidas se produzcan. Pero eso no debe invitar al relajo. Porque la amenaza sigue existiendo y los enemigos de la libertad continúan empeñados en ponernos de rodillas.

  

Editorial publicado en el diario ABC el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“El terrorismo más ciego y más atroz” (Editorial de LA RAZON)

Una labor eficaz conjunta de los servicios de Inteligencia británicos con el apoyo de los EE UU permitió evitar ayer al mundo occidental otra jornada de dolor y sangre. El terrorismo islamista, fiel a sus promesas, a sus amenazas y a sus propósitos de derribar todo lo que representa la cultura, la civilización y la forma de vida de los sistemas democráticos, había ideado un nuevo zarpazo tan brutal, tan despiadado y tan sofisticado como el del 11-S, del que dentro de unas semanas se cumplirán cinco años. La yihad no se detiene. Recluta a sus militantes enceguecidos allí donde los necesita. Ayer, en Londres, una impecable labor policial evitó la gran tragedia. Pero podía haber ocurrido. Otra vez, como en el 7-J, un puñado de ciudadanos británicos de origen paquistaní y de creencia musulmana, buscó un baño de sangre por un sistema hasta ahora desconocido. De haber culminado sus objetivos, la explosión en el aire de diez aviones que hacían la ruta entre Londres y distintas ciudades de los Estados Unidos, habría provocado una matanza abrumadora. Entre dos y tres mil personas podrían haber perdido la vida si el terrorífico plan de estos sanguinarios kamikaces hubiera alcanzado sus objetivos. En esta ocasión, no lo lograron. La democracia está librando una guerra global contra un enemigo poderoso y fanatizado. No es una pugna convencional. Es la guerra contra el terrorismo. En los aeropuertos europeos, en los rascacielos estadounidenses, en las estaciones de Metro de Madrid, en los desiertos de Afganistán, en las fronteras de Israel, en el vientre mismo de Irán... Es una guerra sin treguas ni trincheras, en la que uno de los ejércitos, populoso y febril, muestra cada día su imagen más feroz. Sin clemencia, sin titubeos. En el otro lado, hay gobiernos dispuestos a defender sus valores y sus principios con firmeza y rigor. Pero otros todavía titubean a la hora de asumir sus responsabilidades y juguetean enarbolando teorías singulares sobre la «Alianza de Civilizaciones» o coquetean con pañoletas fedayines. ¿Existe alguna solución para poner coto y derrotar a esta ofensiva del mal? Aislar a los islamistas fanáticos de los islamistas moderados. Es la teoría más instalada en los núcleos del pensamiento occidental, donde se trabaja por impulsar la democratización de los regímenes más porosos a la posibilidad de una evolución hacia horizontes más abiertos, plurales y democráticos. Se trata, con todo, de un empeño endiablado y, de momento, casi inaccesible. Pero es el único camino. Y mientras se alcanza, no cabe otra posibilidad que seguir haciendo frente, sin pestañear, a todos los desafíos que, en forma de brutales atentados, de guerras terroristas, de subversiones enquistadas, desarrollan los impulsores de la sangre y el horror.

Washington señaló ayer a Al Quaida como el responsable último de la masacre desbaratada en Londres. Dentro de unos días tendremos la solución al enigma. De momento, esta arremetida la ha ganado el mundo democrático y libre. Pero la guerra continúa. Y el campo de batalla es todo el planeta. «Desde Al Andalus hasta Irán», decía en su último comunicado el vicecónsul de los terroristas. Ya estamos más que advertidos.

  

Editorial publicado en el diario LA RAZON el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

El Atentado en la Prensa de Provincias (Opiniones)

Por Narrador - 11 de Agosto, 2006, 11:20, Categoría: Al Qaeda

“A vida o muerte” (Editorial de LA VANGUARDIA)

   

La amenaza del terrorismo internacional no cesa. La policía británica abortó en la madrugada de ayer un sofisticado ataque “de dimensiones globales” y “de una escala sin precedentes”, según algunas declaraciones. La acción estaba organizada por una trama terrorista con el objetivo de atentar contra una docena de vuelos transatlánticos entre aeropuertos de Gran Bretaña y de Estados Unidos, de acuerdo con la escasa información proporcionada por el Ministerio del Interior y Scotland Yard.

Según la policía, el complot terrorista se habría perpetrado con explosivos líquidos, introducidos en los aviones por medio del equipaje de mano, y deflagrados durante el vuelo, lo que habría causado un pavoroso número de víctimas. El hecho de que las autoridades británicas, que practicaron una veintena de detenciones, actuaran ayer de forma tan expeditiva, hasta el punto de ordenar el cierre parcial durante varias horas del neurálgico aeropuerto de Heathrow, en Londres, indica que los terroristas podían estar en condiciones de perpetrar su matanza inmediatamente, quizás ayer mismo. También es significativo de esta inmediatez el hecho de que las detenciones y la alerta antiterrorista sorprendiera al primer ministro Tony Blair de vacaciones en el Caribe, un viaje que ya había retrasado a causa del conflicto en Líbano.

La poca información que, hasta el momento, han facilitado las autoridades británicas sobre esta amenaza de atentados en cadena no permite ir más allá de las conjeturas. No se sabe todavía mucho acerca de quiénes son los terroristas ni de los grupos que les apoyan. Tampoco se conoce con precisión el número de vuelos en los que tenían previsto introducir sus explosivos. De hecho, la policía ha dado a entender que la operación no está cerrada y que durará todavía unos días. Pero por las indicaciones que se transmitieron durante toda la jornada, al parecer se trata de un grupo organizado de terroristas islamistas, según el presidente Bush, que desde hace meses venían preparando un rosario de atentados que, de haberlos efectuado, habrían constituido una tragedia de las dimensiones del 11-S en Estados Unidos o del 11-M en Madrid. De hecho, el ministro del Interior británico, John Reid, había alertado anteayer mismo de la amenaza “más grave para el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial”.

La severidad de las medidas tomadas en la mañana de ayer, en aplicación de la alerta antiterrorista máxima, afectó a buena parte del espacio aéreo y de los aeropuertos europeos, la cancelación de numerosos vuelos y el caos y la confusión en los aeropuertos británicos. Además, la amenaza ha obligado a tomar una serie de precauciones de seguridad que afectan a la forma de acceder los viajeros a los aviones y a los equipajes de mano, que fueron restringidos al mínimo, lo que provocó que los pocos vuelos que se efectuaron lo hicieran después de tediosas y largas colas.

Es evidente que el terrorismo internacional sigue constituyendo una amenaza seria y cierta y que la protección de los ciudadanos obliga a los gobiernos a tomar decisiones que suponen incomodidades. Hay que asumir que la lucha contra el terrorismo global ha cambiado algunos aspectos de la vida de los ciudadanos, que deben ser conscientes de que se hallan ante una batalla planteada a vida o muerte.

  

Editorial publicado en el diario LA VANGUARDIA el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Occidente, otra vez en estado de ansiedad” (Editorial de EL PERIODICO)

• El arresto de islamistas en el Reino Unido reaviva el debate sobre seguridad a cambio de menos libertad

La detención en el Reino Unido de 21 presuntos implicados en un plan para hacer estallar en vuelo hasta una decena de aviones con destino en aeropuertos de Estados Unidos ha despertado una vez más todos los temores e inseguridades de Occidente. Solo 13 meses después de los atentados contra el metro y los autobuses de Londres, otra vez el terrorismo fundamentalista ha hecho disparar todas las alarmas en la sociedad británica, ha inquietado a la norteamericana y ha puesto en estado de ansiedad a buena parte del resto del planeta. Los peores vaticinios sobre la dislocación del sistema de relaciones internacionales después de la guerra fría llevan camino de cumplirse.

LOS DESAFÍOS POLÍTICOS. Después de cada golpe del terrorismo global --Nueva York, Bali, Madrid, Bombay y tantos otros lugares--, se ha apoderado de Occidente la tentación de someter a las servidumbres de la guerra las exigencias de la ética. De forma que a la tragedia humana de las muertes sin sentido se ha sumado la tragedia moral de una guerra en la cual las operaciones encubiertas, los manejos de los servicios de inteligencia y el clima de sospecha generalizada convierten a los ciudadanos en rehenes de sus ansias de seguridad. La consecuencia inmediata es que la cooperación internacional en materia de seguridad se antepone hoy a cualquier otra idea de cooperación multilateral, las partidas presupuestarias dedicadas a seguridad obligan a contraer el gasto social y las ayudas del mundo próspero a los países subdesarrollados crecen con exasperante lentitud.

EL ECO EN ORIENTE PRÓXIMO. La repercusión del último episodio de terrorismo global será especialmente relevante en Oriente Próximo porque alimenta la estrategia de los sectores más duros. En Israel, porque reforzará la posición de quienes encuadran la lucha contra Hamás --en Gaza-- y contra Hizbulá --en el Líbano-- en el esquema general de la lucha antiterrorista diseñada por Estados Unidos; en las filas islamistas, porque la causa de cualquier franquicia de Al Qaeda es también la suya. Es decir, que Israel podrá resaltar, más si cabe de lo que lo ha hecho hasta la fecha, la complementariedad de sus guerras con los intereses de Occidente y su combate contra el islam radical.

LOS TEMORES COTIDIANOS. Pero acaso la peor de todas las consecuencias, después de jornadas como la de ayer en el Reino Unido, sea el aumento de los partidarios del paradigma reaccionario: tener mayor seguridad justifica tener menos libertad. En definitiva, crece en las opiniones públicas de Occidente la sensación de que hace falta endurecer las leyes para preservar su modo de vida. Y, al mismo tiempo, se asientan en el imaginario colectivo los peores tópicos, se justifica el racismo y se observa con recelo a quienes son depositarios de otras culturas. En última instancia, se adueña de los espíritus la exigencia de una vida cotidiana sin riesgos cueste lo que cueste.

   

Editorial publicado en el diario EL PERIODICO el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Terrorismo global” (Editorial de EL CORREO)

  

Un año después de los atentados en el metro y autobuses urbanos de Londres que costaron la vida a 52 personas y graves heridas a un centenar, el anuncio por parte de las autoridades británicas de que han descubierto un compló para abatir aviones en vuelo y provocar un asesinato en masa devuelve al primer plano de la preocupación la amenaza del terrorismo global. Los servicios secretos optaron por no divulgar detalles de la identidad de los detenidos en Gran Bretaña. Aún así, hay que confiar en que Londres sólo se ha decidido a comunicar que había evitado una cadena de ataques tras recibir sólidos elementos de convicción. La noticia desencadenó el caos en los aeropuertos londinenses -y una reacción en cadena en todo el mundo-, además de aconsejar la imposición de unas medidas de seguridad en el control de equipajes que complican hasta el límite la ya difícil operación de embarcar.

Las autoridades policiales y políticas del Reino Unido, con el ministro de Interior, John Reid, a la cabeza, expresaron la seguridad de haber abortado una operación múltiple de derribo de aviones con destino a Estados Unidos mediante la utilización de explosivos líquidos transportados manualmente. El primer ministro, Tony Blair, confirmó los extremos de la conspiración y su contacto permanente con George W. Bush. Sólo el presidente estadounidense, en una breve declaración, recordó que su país está en guerra contra el terrorismo y mencionó con claridad la supuesta presencia islamista en el compló. La mayoría de los analistas y expertos coincidieron en que todos los indicios apuntan a la inspiración de Al-Qaida, teniendo en cuenta que es la única organización capaz de desplegar los medios necesarios para activar una conspiración de semejante ambición criminal.

La profesionalidad de los servicios de seguridad británicos habría evitado en esta ocasión una gran tragedia perseguida de nuevo por el terrorismo global, pero ha puesto también al descubierto uno de los puntos débiles de la seguridad aérea, cuyos sistemas de protección resultan hoy inviables para detectar explosivos en estado líquido. Y es preciso eliminar esas grietas, porque la evidente persistencia de la amenaza terrorista exige no desfallecer en el objetivo de preservar al máximo posible la seguridad de los ciudadanos.

   

Editorial publicado en el diario EL CORREO el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Londres frustra una serie de atentados aéreos que buscaban «una matanza inimaginable»

Por Narrador - 11 de Agosto, 2006, 7:00, Categoría: Al Qaeda

LONDRES. El Reino Unido volvió a sentir la espada del terror sobre su cuello. La Policía británica desbarató un complot terrorista contra vuelos de líneas aéreas norteamericanas entre el Reino Unido y Estados Unidos que provocó un grave caos ayer en los aeropuertos británicos.

Según las autoridades inglesas, el grupo terrorista planeaba provocar una «matanza inimaginable» con una serie de atentados contra 10 vuelos distintos en los próximos días. La Policía detuvo a 21 personas y el ministro de Asuntos Interiores, John Reid, manifestó que los personajes clave del complot se encontraban bajo arresto. Sin embargo, Reid indicó que el nivel de riesgo de atentado terrorista seguía siendo «crítico», es decir, que el Reino Unido seguía preparado para la posibilidad de un atentado «inminente». La misma valoración que hizo al otro lado del Atlántico el secretario de Seguridad Interior estadounidense Michael Chertoff quien elevó la alarma de amenaza al máximo nivel, «rojo», y señaló que el peligro del atentado no había pasado del todo. Ambos Gobiernos indicaron que el primer ministro Tony Blair, de vacaciones en Barbados, había informado al presidente George Bush del operativo policial en curso. Al cierre de esta edición continuaban los registros en domicilios presuntamente implicados del Reino Unido.

En el equipaje de mano

La Policía británica dijo que el grupo terrorista planeaba abordar los aviones con el material explosivo oculto en el equipaje de mano para detonarlo a la mitad de vuelo entre ambos países. Según fuentes de seguridad citadas por la BBC, el plan era ejecutar tres olas de atentados utilizando líquidos químicos de alto potencial explosivo que podían ser transportados en latas o botellas de bebidas gaseosas, e informó de que podría tratarse de explosivos sumamente sofisticados y extremadamente efectivos.

Las actuaciones policiales de ayer se adelantaron, según un portavoz del cuerpo, con base en ciertas informaciones de Inteligencia recibidas en los últimos días, ante la certeza de que algunos elementos del entramado no terminaban de encajar, por lo que se hizo necesario intervenir de inmediato.

Una de las historias que circuló con más fuerza era que los terroristas planeaban armar los explosivos en pleno vuelo con los diferentes elementos que, camuflados, trataban de introducir en los aviones. El blanco del ataque eran tres líneas aéreas estadounidenses: United, Continental y American.

En cuanto a la identidad de los presuntos terroristas las autoridades se comportaron con gran discreción. El número dos de la Policía metropolitana, el subinspector Paul Stephenson, señaló que se trataba de gente que «se sumerge en el corazón de las minorías» del Reino Unido para poder planear y ejecutar atentados. Las autoridades suelen usar estos giros idiomáticos para no herir la sensibilidad de la minoría musulmana (unos dos millones de personas) sugiriendo que no se trata de la comunidad sino de elementos extremistas. Fuentes de Seguridad citadas por la prensa local fueron más explícitas y afirmaron que se trata de británicos de origen paquistaní.

Al otro lado del mar

En Francia, el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, confirmó que los responsables eran británicos de origen paquistaní y de la misma manera se manifestaron las autoridades en Estados Unidos, donde el secretario de Seguridad Interior señaló que todo parecía indicar que se trataba de una operación de Al Qaida. «Es un plan sofisticado, con muchos integrantes e indudable alcance internacional. Pero por el momento no podemos decir nada definitivo porque aún se está investigando lo sucedido», señaló Chertoff. Asimismo Washington anunció que incrementará el número de agentes en los vuelos hacia el Reino Unido. En mayo Al Qaida amenazó con atacar aviones estadounidenses y británicos para vengar a Irak y Afganistán.

La alerta terrorista causó un gravísimo caos en los aeropuertos británicos. El mayor de Londres y con más tráfico de toda Europa, Heathrow, permanece cerrado. El segundo, Gatwick, también se vio obligado a cerrar en medio de la confusión y desconsuelo de muchos pasajeros que perdían el comienzo de sus vacaciones. La información era escasa y sólo a lo largo del día la gente se apercibió de que se trataba de una emergencia mayor.

Entre los pasajeros que hacían cola se repartieron bolsas transparentes al prohibirse llevar equipaje de mano. Sólo se autorizó a bordo documentos, pasaje, medicamentos no líquidos, equipo médico esencial para diabéticos, gafas sin estuches, biberones y leche para bebés, siempre que su contenido fuera verificado, productos sanitarios femeninos sin empaquetar y llaves sin dispositivos eléctricos. Una fuerte presencia policial y el tableteo de los helicópteros fueron claras señales del estado de alarma que se vivía ante la posibilidad del peor de los desenlaces.

Forzada normalidad

En algunos aeropuertos hubo cierta normalidad -Belfast o Birmingham- aunque se registraron también grandes demoras. En otros, especializados en vuelos baratos como el de Stanstead, hubo numerosas cancelaciones y demoras. La mayoría de las personas intentaban sobreponerse al caos reinante y se resignaron a una larga espera. Entre los testimonios muy pocos mostraron cierto optimismo. «No me preocupa para nada. Con todo el despliegue de Fuerzas de Seguridad, es el día en que se puede viajar más tranquilo», señaló a la prensa local un pasajero, Robert Ashton, que se iba de vacaciones a Turquía. Iberia, American Airlines, Lufthansa y Olimpic cancelaron sus vuelos.

Recuerdos del 7-J

Mientras tanto, en las calles de Londres se vivió con resignada incredulidad el regreso del terror. En la memoria de los británicos los atentados del 7 de julio del año pasado ocupan el mismo lugar que los del 11 de marzo en España. La alerta terrorista revivió aquellos días de miedo y espanto que siguieron a las bombas de los cuatro atacantes suicidas en tres líneas de metro y un autobús que dejaron un saldo de 56 muertos y 700 heridos.

En las líneas de metro y ferroviarias los altavoces difundían con renovada frecuencia el mismo mensaje de alerta. «No deje paquetes abandonados en los andenes. Cualquier paquete sin dueño visible será inmediatamente retirado y destruido»; es el clima que parece repetirse cíclicamente desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Las acciones de las aerolíneas y las compañías de viaje cayeron en picado después de que se anunciara el complot terrorista.

   

Una información de Marcelo Justo publicada en el diario ABC el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Abierto el aeropuerto de Heathrow después de que la Policía evitara una «masacre» terrorista

Por Narrador - 10 de Agosto, 2006, 21:00, Categoría: Al Qaeda

Londres (Agencias) - La oficina administradora de los principales aeropuertos británicos, BAA, ha sido autorizada por el control aéreo británico a levantar las restricciones impuestas esta mañana sobre los vuelos cortos provenientes o destinados al aeropuerto londinense de Heathrow.

El aeropuerto quedó cerrado esta mañana después de que la Policía británica desmantelara una trama terrorista que pretendía hacer estallar aviones en pleno vuelo.

Los terroristas que pretendían atentar contra vuelos comerciales en Reino Unido y Estados Unidos iban a utilizar explosivos líquidos no detectables por los aparatos de rayos X de los aeropuertos que introducirían en los aviones en su equipaje de mano, según informa la cadena Sky News, citando fuentes de los servicios de seguridad.

Según esta cadena, los terroristas introducirían los explosivos a bordo de seis aviones y una vez dentro mezclarían los líquidos hasta conseguir la composición letal. Según la BBC, los aviones atacaron serían hasta diez, si bien la Policía británica aún no ha dado detalles del número de aviones que iban a ser atacados.

La Policía Metropolitana británica afirmó hoy que está realizando registros en distintos lugares en conexión con el complot terrorista contra aviones comerciales desmantelado la pasada noche. Precisó que los detenidos son 21. Con esta operación, en la que han cooperado Scotland Yard y los servicios de seguridad interior británico MI5, la Policía está convencida de que ha desbaratado un plan para cometer un asesinato masivo.

El alto responsable de Scotland Yard afirmó en una conferencia de prensa que la operación policial logró desbaratar un plan destinado a causar "muerte y destrucción inimaginables". Un plan terrorista que buscaba "cometer una mataza de dimensión inimaginable".

El Centro Conjunto de Análisis de Terrorismo elevó el nivel al "crítico" y precisó que el plan tenía la intención de hacer explotar "un número de aviones" con la consecuencia pérdida de vidas humanas. Al parecer, el objetivo era hacer detonar explosivos, escondidos en maletas de mano, en vuelos entre el Reino Unido y EE.UU..

La amenaza terrorista obligó a cerrar hasta las 16:00 horas el aeropuerto londinense de Heathrow, el principal del Reino Unido, a los vuelos que tiene prevista la llegada según informó el Servicio Nacional de Tráfico Aéreo.

Por su parte, el ministro del Interior indicó se decidió elevar el nivel de amenaza a las 01.00 GMT y como medida de precaución, los pasajeros deben esperar inconvenientes en todos los aeropuertos británicos. "Queremos asegurar al público que esta operación se llevó a cabo de la forma más segura que creímos", afirmó Scotland Yard en un comunicado divulgado hoy. "Esta es una gran operación que inevitablemente será larga y compleja", añadió el comunicado.

La seguridad en todos los aeropuertos ha sido reforzada y los pasajeros no podrán llevar equipaje de mano en los vuelos internos del Reino Unido, sólo podrán llevar pasaportes y billeteras, según el Departamento de Transporte. British Airways (BA) informó hoy de que cualquier pasajero que se niegue a cumplir con las restricciones impuestas hoy por el Gobierno sobre equipaje no será autorizado a abordar el avión. "Se pide a los pasajeros que lleguen (al aeropuerto) normalmente, pero se esperan retrasos en todos los aeropuertos", señaló un portavoz de la aerolínea británica.

La fuente precisó que no se autorizará subir al avión con aparatos que requieran pilas, incluso ordenadores personales y teléfonos móviles.

EE.UU., eleva su nivel de amenaza

Por su parte, el Gobierno estadounidense elevó hoy su nivel de amenaza al más alto para los vuelos comerciales procedentes de Reino Unido con destino a su territorio en respuesta por el anuncio hecho en Londres de que la Policía ha desbaratado una trama para atentar contra aviones en pleno vuelo.

Asimismo, se ha elevado el nivel general para todos los vuelos dentro del territorio estadounidense o los que entran en el país. "Creemos que estas detenciones (en Londres) han desbaratado significativamente la amenaza, pero no podemos estar seguros de que la amenaza haya sido completamente eliminada o el complot completamente frustrado", señaló el secretario de Seguridad Interior, Michael Chertoff, anunciando que el nivel de amenaza para los vuelos procedentes de Reino Unido se ha elevado a nivel "severo o rojo".

"Para una mayor defensa contra cualquier amenaza que quede de este complot, también elevaremos el nivel de amenaza a alto o naranja, para todos los vuelos comerciales que operen dentro o con destino a Estados Unidos", añadió Chertoff.

Retrasos y cancelaciones

La amenaza terrorsta ha obligado al Gobierno británico a aplicar estrictas medidas de seguridad en todas las terminales aéreas, lo que ha causado grandes retrasos y cancelaciones en todos los aeropuertos.

BAA, operador de los principales aeropuertos británicos y adquirido por el grupo español Ferrovial, ha informado de que se han cancelado todas las llegadas al aeródromo de Heathrow (oeste de Londres).

La aerolínea británica British Airways ha suspendido todos sus vuelos de corta distancia previstos para hoy desde ese mismo aeropuerto y también el de Manchester, en el norte de Inglaterra. Además, ha cancelado algunos vuelos nacionales e internacionales de corta distancia desde el aeropuerto de Gatwick.

La aerolínea ha informado de que intentará operar el máximo de vuelos transatlánticos posibles desde Gatwick y Heathrow, pero la mayoría saldrán con retraso.

Por otra parte, la compañía de bajo coste Easyjet ha cancelado todos sus vuelos desde los aeropuertos londinenses de Stansted, Gatwick y Luton, al este, sur y norte de la ciudad, respectivamente. Su rival Ryanair también ha cancelado vuelos previstos para hoy y, como Easyjet, ha pedido a sus clientes que vuelvan a reservar billetes a través de centros de llamadas.

Prohibida la venta del 'duty free'

Las autoridades aeroportuarias británicas han indicado que se ha prohibido la venta de perfumes y alcohol en las tiendas libres de impuestos de los aeropuertos a pasajeros con destino a Estados Unidos, para evitar que esas sustancias se introduzcan en los aviones.

BAA ha dicho que la prohibición responde a una petición de las autoridades estadounidenses.

Las personas que viajen a otros países sí podrán comprar esos productos y llevarlos en su equipaje de mano, pero estarán sometidos a registros, explicó la gestora aeroportuaria.

En la terminal 1 de Heathrow, las filas de pasajeros llegaban hasta fuera del edificio.

Según las medidas de seguridad impuestas por las autoridades británicas, sólo está autorizado un mínimo de objetos a bordo de los aviones que partan del Reino Unido.

Está permitido subir a bordo de los aviones con documentos, tarjetas de crédito, documentos de identidad, fármacos acompañados de receta médica y ciertos artículos médicos, como el caso de los que necesitan las personas diabéticas.

Además, se permiten gafas, pero sin sus estuches, y alimentos y leche para bebés, así como pañales y compresas higiénicas.

En el aeropuerto de Gatwick han tenido lugar forcejeos entre algunos pasajeros que intentaban llegar hasta el mostrador de sus respectivas aerolíneas, mientras otros organizaban el equipaje tras conocer las nuevas medidas de seguridad.

Caos y retrasos

En el aeropuerto de Manchester, los retrasos son de entre una hora y noventa minutos. En el caso del de Belfast (Irlanda del Norte) y Cardiff (Gales), la situación es más normal de lo que se esperaba ante una situación como la de hoy.

Un portavoz del aeropuerto de Cardiff, por el que pasan diariamente unas 9.000 personas, ha dicho que es "inevitable" que los pasajeros se vean afectados por los retrasos. El director gerente del aeropuerto declaró que se podrán minimizar los problemas de "manera significativa", si la gente llega preparada para los retrasos.

En el aeropuerto escocés de Glasgow, policía armada y con perros vigila la terminal, mientras que se pide a la gente que muestre sus billetes de avión al personal aeroportuario antes de entrar al edificio. Además, se ha prohibido el acceso a la terminal de familiares y amigos de los pasajeros que viajan desde Glasgow, donde hay largas filas para facturar maletas.

Un portavoz del aeropuerto escocés de Prestwick ha pedido a los pasajeros que lleguen con tiempo de sobra.

Asimismo, las autoridades han reforzado la seguridad en los puertos británicos del canal de la Mancha y también en la terminal del Eurotúnel en Folkestone.

Además, los responsables del Eurostar, el tren que une Londres con París y Bruselas por debajo del canal de la Mancha, ha aumentado su personal para atender un posible aumento de la demanda de billetes, debido a la cancelación de vuelos en los aeropuertos.

Refuerzo de los controles en España

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha desvelado hoy que el ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ha ordenado esta mañana reforzar los controles de seguridad en los aeropuertos españoles.

El jefe del Ejecutivo ha asegurado no obstante que "el Gobierno de España tiene adoptadas las medidas, con carácter permanente, de máxima prevención antiterrorista en aeropuertos y en todos aquellos medios de transporte que suelen ser objeto de posibles acciones terroristas".

Zapatero ha dicho que el Gobierno fue informado de la operación antiterrorista en Londres por "el propio Gobierno británico" y ha añadido que los datos disponibles apuntan a que puede tratarse de "una operación seria", aunque aseverar esto "es aún prematuro".

  

Una información publicada en abc.es el jueves 10 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Imágenes Antena 3 Noticias


Reino Unido frustra un plan para hacer explotar aviones en pleno vuelo

Por Narrador - 10 de Agosto, 2006, 14:30, Categoría: Al Qaeda

Hay al menos 21 detenidos en el área de Londres. Los pasajeros de Reino Unido no podrán llevar equipaje de mano. Se cierra el acceso a Heathrow; Iberia cancela sus vuelos a Londres. El número de teléfono de información de Aena es: 902 404 704

LONDRES.- La Policía británica ha abortado un intento de atentado inminente en aviones que cubrían el trayecto entre Reino Unido y EEUU. El plan, según Scotland Yard, consistía en causar explosiones en pleno vuelo con líquidos químicos llevados en el equipaje de mano. Al menos 21 personas han sido detenidas y el aeropuerto de Heathrow esta cerrado temporalmente.

La operación, que ha frustrado un complot terrorista contra aviones comerciales en Reino Unido, ha sido desarrollada hasta ahora en el área de Londres y Birmingham y sur de Inglaterra por la unidad antiterrorista de la Policía y los servicios de seguridad, informa Fernando Mas, corresponsal de EL MUNDO en Londres. También han colaborado autoridades internacionales.

El ministro británico del Interior, John Reid, ha informado de que los principales responsables del complot han sido detenidos. De momento, hay 21 arrestados.

La seguridad en todos los aeropuertos británicos ha sido reforzada y, según anunció John Reid a primera hora de la mañana, las autoridades decidieron elevar el nivel de amenaza contra Reino Unido de "severo" a "crítico", el más alto, por una amenaza "muy significativa", lo que supone la posibilidad de un ataque inminente.

Según ha explicado el jefe de la unidad antiterrorista de Scotland Yard, el subcomisario adjunto Peter Clarke, los terroristas habían planeado destruir entre seis y 10 aviones. Clarke ha considerado que, de producirse, los atentados habrían tenido "dimensiones globales".

El subcomisario de Scotland Yard, Paul Stephenson, lo calificó de "asesinato en masa de un nivel incalculable" y confirmó que los terroristas iban a emplear líquidos químicos explosivos, que pasarían inadvertidos al escáner de seguridad de los aeropuertos.

Si bien Scotland Yard no informó de las identidades o nacionalidades de los arrestados, la BBC señaló que serían británicos, citando fuentes policiales.

En EEUU, donde se ha decretado la alerta 'naranja', el secretario de Seguridad Interior, Michael Chartoff, ha afirmado que la trama descubierta apunta directamente a una autoría de Al Qaeda y ha informado de que los vuelos en los que los terroristas iban a atentar partían de Reino Unido y tenían como destino Washington, Nueva York y California.

Según Chertoff, se trataba de un "un plan bien avanzado" que ha sido interceptado en su fase final.

En Reino Unido, Peter Clarke añadió que la operación se desencadenó esta noche y aún continúa: la unidad antiterrorista sigue llevando a cabo registros en varios domicilios. Será "una operación larga y compleja", decía el primer comunicado de Scotland Yard a primera hora de la mañana, informando de que llevaban varios meses investigando.

El primer ministro británico, Tony Blair, que se encuentra de vacaciones en Barbados, mantuvo informado en todo momento al presidente estadounidense, George W. Bush.

Sin equipaje de mano

La compañía británica British Airways ha emitido un comunicado en el que avisa que, "de acuerdo con las instrucciones del Gobierno, los pasajeros no pueden llevar bolsos de mano a bordo de aviones que partan de cualquier aeropuerto de Reino Unido". Esta medida, añade, será aplicada a todas las compañías que operan en los aeropuertos británicos.

Los pasajeros sólo podrán llevar sus efectos personales, pasaportes y billeteras en bolsas de plástico transparentes.

British Airways, la tercera compañía más grande de Europa, ha prohibido también subir a sus aviones aparatos electrónicos y productos líquidos. Por ejemplo, prohíbe llevar medicinas líquidas a no ser que se pueda comprobar su autenticidad, así como líquido para las lentillas.

En EEUU, las autoridades han prohibido transportar "líquidos, incluyendo bebidas, geles para cabellos y lociones", según divulgó el Departamento de Interior.

Retrasos y cancelaciones

El aeropuerto londinense de Heathrow ha decidido cancelar todos los vuelos previstos, de momento, hasta las 16.00 horas. British Airways ha cancelado todos sus vuelos previstos para el día en este aeropuerto y las autoridades aeroportuarias británicas han pedido a todas las compañías aéreas que cancelen sus vuelos a estas instalaciones.

El resto de aeropuertos británicos sigue operando, aunque los registros de equipajes de mano están siendo exhaustivos y ello está provocando la demora de numerosos vuelos.

British Airways recomienda a los viajeros que se queden en casa si no tienen necesidad de viajar hoy.

En España, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha informado de que ha ordenado al ministro del Interior que refuerce los controles y la vigilancia en los aeropuertos.

Iberia ha cancelado cuatro vuelos previstos para esta mañana a Reino Unido: dos desde Madrid, uno de Barcelona y otro de Bilbao.

Para este jueves, sólo desde Madrid-Barajas había previstos 25 vuelos a los aeropuertos británicos de Heathrow, Gatwick, Lutton, Manchester, Birmingham, Edimburgo y Liverpool.

Aena aconseja a los pasajeros que tenga previsto viajar hoy a Reino Unido, se pongan en contacto con sus compañías para verificar la situación de sus vuelos.

El número de teléfono de información de Aena es: 902 404 704. La página web es: www.aena.es.

El aeropuerto de Bruselas ha cancelado todos sus vuelos a Reino Unido. Otras compañías como Lufthansa, Air France, Alitalia, Olimpic Airlines, Air Berlín y Ryan Air han adoptado la misma medida al menos esta mañana

  

Una información publicada en el elmundo.es el jueves 10 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Gracias, Osama" por Ramón Pérez-Maura

Por Narrador - 30 de Julio, 2006, 12:30, Categoría: Al Qaeda

Menos mal que Osama bin Laden es un hombre de ideas fijas, que no se despista fácilmente. Aunque a algunos les cueste creerlo, lo que ABC publicaba el viernes en portada -«Al Qaida llama a liberar la tierra del islam, «desde Al Andalus a Irak»»- es la ratificación de la proclama lanzada ya en octubre de 2001 por el jefe de ese grupo asesino. La primera vez que Bin Laden habló después de haber reivindicado los atentados de Estados Unidos, hizo ya la mención a Al-Andalus que ahora ha sido repetida por su lugarteniente Ayman Al-Zawahiri. Así que un lustro después, con todo lo que ha ocurrido entre tanto, se ratifica que España es objetivo prioritario del grupo terrorista más importante del mundo -o la coalición de grupos terroristas, si preferimos ser más laxos en su definición-. Y para muchos medios españoles no merece un titular de portada.

La conclusión es evidente. Sucede que para unos no resulta aceptable recordar que España estaba en el objetivo de Al Qaida al menos desde 2001. Porque si eso es así, la coartada electoral partidista de que el 11-M fue perpetrado como respuesta a la [no] intervención de España en la guerra de Irak se desmoronaría. En octubre de 2001 nadie había hablado de Irak. Ni siquiera había empezado la ofensiva sobre Afganistán.

En la trinchera de enfrente están los que intentan convencernos de que el 11-M fue perpetrado por una banda de delincuentes de medio pelo auspiciados por sectores afines al PSOE con el objetivo de desalojar al PP. Pero como ni siquiera quienes elaboran minuciosamente esa tesis se atreverían a decir que Bin Laden trabajaba al servicio del PSOE, la irrupción de Al Qaida recordando que España es objetivo prioritario resulta especialmente descalabradora. Como sabe todo el que quiera enterarse, Al Qaida no sigue más lógica ni sirve más interés que el suyo propio: el sectario, el letal.

No han sido pocas las veces que se ha recalcado en ABC este objetivo criminal de Al Qaida en España. Las fuentes académicas existen también y destaca en ese campo el excelente libro «La Yihad en España. La obsesión por reconquistar Al-Ándalus» del diputado Gustavo de Arístegui. Pero mientras el objetivo prioritario sea poner la verdad al servicio de intereses políticos, mientras desde sectores de la derecha y sectores de la izquierda se continúe intentando adaptar la realidad a su conveniencia, seguiremos perdiendo esta guerra. Porque para quienes proclaman que Al-Andalus es su objetivo -y por si alguien lo duda, para Al Zawahiri el límite norte de Al Andalus es, aproximadamente, la playa de El Sardinero en Santander- su ventaja sobre nosotros es que ellos están imbuídos de su fe, mientras que nosotros somos débiles y descreídos. Y además negamos la evidencia. Genial.

Publicado en ABC el domingo 30 de julio de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"La amenaza de Al Qaida" (Editorial de ABC)

Por Narrador - 30 de Julio, 2006, 12:00, Categoría: Al Qaeda

La última declaración del número dos de Al Qaida, el médico egipcio Ayman al Zawahiri, emitida a través de un vídeo difundido por la cadena qatarí Al Yazira, es una confirmación de los objetivos fundamentales de la organización de Bin Laden, al mismo tiempo que una demostración del error que cometen quienes juzgan el terrorismo islamista como un fenómeno vinculado a decisiones de los gobiernos occidentales en su relación con el mundo musulmán. Al Zawahiri llamó a la unidad de chiitas y sunitas para extender la yihad, o guerra santa, contra Israel y el resto de «cruzados», término que comprende a todos los países que están aliados con Estados Unidos y tienen presencia militar en países musulmanes, entre los que citó expresamente a Afganistán e Irak. Sin embargo, el mensaje del lugarteniente de Bin Laden debe ser analizado más allá de los patrones habituales porque incluyó dos planteamientos que dan la medida de la determinación con que Al Qaida se plantea su yihadismo. Por un lado, advirtió de la inutilidad de un alto el fuego entre Israel e Hizbolá, lo que supone la incorporación plena de Al Qaida al objetivo de esta organización terrorista chiita y proiraní de eliminar el Estado de Israel. No es nuevo el antisionismo de Al Qaida, pero hasta ahora lo había utilizado retóricamente como una coartada para legitimar su actividad terrorista y confundir, con éxito ya contrastado, a las opiniones públicas de las sociedades occidentales sobre su exclusiva responsabilidad en la campaña de atentados contra sus ciudadanos e intereses. En adelante, Al Qaida podría participar directamente en actos de terrorismo contra Israel, paralelamente a Hizbolá, Hamás y el resto de grupos terroristas que operan en la región.

Por otro lado, Al Zawahiri ha fijado con más claridad que nunca el gran objetivo de Al Qaida: la reinstauración del islam, bajo un nuevo califato, en todos aquellos territorios que alguna vez estuvieron bajo poder musulmán. Por eso marcó los extremos del nuevo mapa en España (Al Andalus) e Irak. Este propósito nada tiene que ver con la situación de Palestina, las operaciones militares de Israel en el Líbano ni la presencia de una fuerza multinacional, con mandato de la ONU, en Irak. Es la demostración de la mentalidad visionaria de un fanatismo religioso que se ha servido de conflictos locales para reforzarse como elemento vertebrador del odio hacia Occidente. En España, esta declaración de Al Zawahiri debería merecer una reflexión urgente sobre nuestro pasado inmediato, para que quienes asociaron el 11-M al apoyo del Gobierno de Aznar a la intervención en Irak, reconozcan su error, cuando no su mala fe, al secundar de forma tan irresponsable la estrategia propagandista de Al Qaida. La excusa de Irak ya no existe, pero España está marcada, de forma expresa, como objetivo del terrorismo islamista, por ser democracia occidental aliada -a la baja- de Estados Unidos y mantener tropas en Afganistán.

Aunque es probable que todavía haya sectores de la opinión pública que vean en las palabras de Al Zawahiri una reacción legítima a las operaciones militares de Israel en el Líbano, el significado de las mismas debe marcar una clara inflexión en el juicio sobre el terrorismo integrista islámico. Sólo así será posible que las democracias occidentales perciban el peligro en toda su dimensión y vean cómo los mismos terroristas que claman contra el imperialismo americano y recuerdan con victimismo la impronta colonial europea, están anunciando su propia campaña imperialista de carácter religioso e integrista. Cuando Al Qaida dice que su objetivo es expulsar a los infieles de la tierra del islam, no está hablando sólo de Palestina, Cachemira, Irak o Arabia Saudí, sino también de Al Andalus, es decir, España.

Sería un tremendo error despreciar la declaración de Al Zawahiri. El decorado del vídeo, con las Torre Gemelas al fondo; el llamamiento a la unidad entre los irreconciliables sunitas y chiitas para luchar contra Israel y los «cruzados», y la proclamación del irredentismo islámico, son elementos que los gobiernos occidentales, y el español en primer lugar, deberían considerar en su justa dimensión.

  

Editorial publicado en ABC el domingo 30 de julio de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Alonso tras su Inacción Busca una 'Cabeza de Turco'

Por Narrador - 11 de Septiembre, 2005, 6:23, Categoría: Al Qaeda

Tras conocerse la dejación de funciones del Ministerio del Interior y especialmente del ministro Alonso gracias al fenomenal trabajo de ABC, éste lejos de asumir su responsabilidad ha decidido buscar una “cabeza de turco” a quien endosarle su desvergonzada actuación. El típico proceder del sectario “juez para la democracia” (debe ser la democracia popular) que se opuso rotundamente a la ‘Ley de Partidos’ y la ilegalización de Batasuna. Esta es la persona que vela por nuestra seguridad. Para temblar de puro miedo.

ABC

Miércoles, 7 de septiembre de 2005

ALGECIRAS CUENTA SÓLO CON TRES POLICÍAS PARA IMPEDIR LA SALIDA DE COCHES ROBADOS

Virginia Ródenas

Interior cubre la salida de coches de la Operación Paso del Estrecho con tres agentes del Grupo de Tráfico Ilícito de Vehículos, dotados con una «linternita»

MADRID. Alrededor de 50.000 vehículos, sólo entre los meses de junio y mediados de agosto, cruzan la frontera de Algeciras camino de Marruecos. Se trata de la primera fase de la Operación Paso del Estrecho, que las organizaciones dedicadas al robo de coches de alta gama en Europa utilizan para pasar a África su mercancía, aprovechando la masificación en la Puerta Sur de la UE y el débil control que presenta una desguarnecida frontera. Su dotación: tres policías -habitualmente son un inspector y tres funcionarios de la escala básica, pero en verano hay uno de vacaciones- «armados» de una «linternilla», como entre los agentes se describe a este medio luminoso, y un solo ordenador, que deben compartir entre ocho filtros de inspección. Dos agentes de seguros, que velan porque a sus compañías este contrabando les haga el menor roto, suman sus ojos a los del Cuerpo, destacados en el paso.

Y con este equipamiento, el Grupo de Tráfico Ilícito de Vehículos (TIV) tiene que enfrentarse a las artimañas que emplean los integrantes de estas bandas organizadas, y ladrones de coches por cuenta propia, que nutren toda una tipología del delito. Desde el burdo robo sin más, fácilmente detectable a través de la matrícula si el ordenador está disponible en el fragor de la frontera, al viaje sin retorno de automóviles de alquiler; y del retroquelado de bastidores, a los injertos del chasis, que emplean los criminales para sustituir los números originales de serie por piezas quirúrgicamente seccionadas a un vehículo similar desguace, que es adquirido por una ínfima cantidad, para luego reimplantárselo al sustraído, de manera que se hace pasar a uno por otro.

«Pero con los medios de que se dispone -aseguraron a ABC fuentes de la comisaría de Algeciras-, sin lámparas láser apropiadas y ningún medio químico, la tarea detección se vuelve casi imposible». Pese a todo, en esta Operación Paso del Estrecho el equipo de TIV logró localizar un centenar de automóviles robados, «lo que dice todo en favor de la voluntad y el empeño de unos agentes que se dejan el pellejo en su trabajo», añadieron los mismos informantes.

Encima, denunciados

Es más. Según pudo confirmar este periódico, los funcionarios deben hacer su trabajo contrarreloj porque si el conductor que ha de pasar por la frontera es retenido más tiempo del debido al no estar disponible el ordenador o por la penuria de recursos se demoran las comprobaciones, se exponen a una reclamación o incluso denuncia, toda vez que se verifique que el coche no es robado; entonces, los policías se verán obligados a contestar por escrito, o incluso a responder ante un juez por detención ilegal. Todo un despropósito a la vista del esfuerzo y de la escasez de medios, como corroboraron desde la Comisaría algecireña.

Desgraciadamente, para el personal del Cuerpo Nacional de Policía encargado de controlar la Puerta Sur de Europa nada de esto es nuevo, aunque sí reviste mayor gravedad al ocurrir en un momento en que sobre España pesa una alterta máxima por el Plan de Prevención y Protección contra el Terrorismo, activada por el Gobierno tras el 7-J, «con carácter indefinido y vigente hasta nueva orden».

Porque cinco días después del 11-M, se registraba en la comisaría de la ciudad gaditana, con el número de entrada 1742, una denuncia de la Confederación Española de Policía (CEP) en la que se exponía al jefe de esas dependencias, «cómo se le ha informado en varias ocasiones, la falta de personal y medios (vehículos, linternas, etcétera) con que cuenta la unidad de frontera, y la nefasta impermeabilidad de la misma, originando con ello la entrada ilegal de súbditos marroquíes. A este respecto, el inspector jefe de la unidad lleva una lucha incansable ante la dirección del puerto para que se modifiquen las vallas perimetrales que en su día pusieron para delimitar la zona Schengen, o las refuercen para evitar la fuga que a diario se da de personas indocumentadas así como de vehículos robados».

El puerto hace oídos sordos

«Hasta el día de la fecha -16 de marzo de 2004, añade el documento- tanto la dirección del puerto, como la autoridad portuaria, no han hecho ni el menor esfuerzo para resolver este problema, sino que, conscientemente, están permitiendo el deterioro de estas vallas y, consecuentemente, la fuga de indocumentados»

Han pasado dieciocho meses desde aquella voz de alerta, y «siguen igual las mismas circunstancias penosas en que se ha de trabajar en el paso fronterizo, aunque sabemos -aseguraron agentes destinados al control- que el comisario ha trasladado a sus superiores las carencias que se sufren sin que, a la vista está, haya obtenido el apoyo de contar con más recursos».

Incluso, ABC pudo confirmar entre el personal a su mando, los esfuerzos denodados por parte del inspector jefe responsable del puerto, con informes documentados hasta el último detalle, porque la superioridad escuche sus peticiones y ponga fin a la penuria endémica de la frontera con Marruecos.

ABC

Miércoles, 7 de septiembre de 2005

EN BUSCA DE UNA CABEZA DE TURCO

MADRID. El comisario de Algeciras ya ha tenido noticias de sus superiores en Madrid, a través de una comunicación enviada a las dependencias gaditanas, según pudo saber ABC de fuentes del Ministerio del Interior. La Confederación Española de Policía (CEP) teme que la reacción de los máximos responsables de la seguridad sea utilizar al jefe de la Comisaría local como cabeza de turco cuando el asunto de la penuria del paso fronterizo y el agujero que significa en la frontera Sur de Europa fueron denunciados por CEP, en un escrito del 29 de junio de 2004, dirigido al presidente del Consejo de la Policía, que no es otro que el ministro del Interior.

En ese documento, que debió conocer Alonso, se pedían «medidas urgentes ante la precaria situación, a fin de evitar males mayores en uno de los puntos más calientes de la entrada de extranjeros en Schengen».

ABC

Miércoles, 7 de septiembre de 2005

LA CE RECUERDA QUE LOS PAÍSES MIEMBROS DEBEN CONTROLAR LAS FRONTERAS EXTERIORES

Enrique Serbeto

No se han recibido quejas, pero lo sucedido en Algeciras está siendo estudiado para ver si contradice los principios que obligan al control de las fronteras externas

BRUSELAS. La Comisión Europea no ha recibido quejas sobre la falta de control de la frontera española en Algeciras y los expertos estaban ayer examinando la información publicada por ABC sobre la cuestión. Entretanto, el portavoz de Franco Fratini, comisario de Interior y Justicia, recordaba ayer que los estados miembros de la UE que cuentan con fronteras con otros países en el límite exterior de Europa, están particularmente obligados a mantener el control del paso de viajeros, dado que la libre circulación de personas hace que los posibles problemas afecten a todos los demás países miembros.

«Se supone que los estados miembros que tienen fronteras exteriores con países terceros, están obligados a controlarlas», dijo ayer en Bruselas Friso Roscam-Abbing, portavoz del comisario Fratini, en referencia a las informaciones publicadas, que han sido remitidas al grupo de expertos del departamento para analizar la situación. Por ahora, en la Comisión no consta que otros países se hayan quejado por los efectos del paso incontrolado de personas en Algeciras, pero el departamento va a hacer un seguimiento por si las hubiera en el futuro. Mientras tanto, el portavoz de Fratini se limitó a reiterar que según los acuerdos de Schengen, «los países concernidos están obligados a mantener un control policial eficiente en las fronteras exteriores».

Según denunció este periódico, 650.000 personas han entrado en el espacio europeo a través de Algeciras sin los adecuados controles de identidad ni documentaciones, debido a la falta de efectivos policiales en los días-punta de la llamada «Operación Paso del Estrecho». Se da por hecho que la mayoría disponen de documentos adecuados para viajar a Europa y son residentes legales, pero debido a la carencia de medios de control, la situación podría haber sido aprovechada por otros que carezcan de ellos o incluso pueden representar un peligro para la seguridad de los países miembros.

La Comisión Europea dispone de una agencia de control de fronteras exteriores (Frontex) con sede en Polonia, que precisamente se prepara para poner en marcha el año que viene un programa específico para el Mediterráneo.

Recientemente hubo un caso de quejas por parte de un Estado miembro, debido a que los aduaneros finlandeses dejaban entrar en su territorio sin muchas averiguaciones a grupos numerosos de ciudadanos de origen georgiano, que en realidad pretendían llegar a Grecia para instalarse allí, a pesar de que no habían sido autorizados por el Gobierno griego.

Reunión de los 25 ministros

Los ministros de Interior de los Veinticinco se reunirán el jueves en la localidad de Newcastle, en el Reino Unido, bajo presidencia británica. En esta reunión está previsto que se pase revista a los problemas de la emigración ilegal y en especial, los casos que pueden afectar a la seguridad de los países miembros, a la luz de los últimos atentados terroristas.

Los ministros discutirán también sobre las modalidades de conservación de datos que serán impuestas a las compañías de telecomunicaciones y suministradoras de internet, para que la Policía pueda utilizarlas en caso de que esté siguiendo una investigación de lucha contra el terrorismo.

Alonso Justifica su Inacción

Por Narrador - 9 de Septiembre, 2005, 17:52, Categoría: Al Qaeda

Ayer nos hacíamos eco de la fenomenal información publicada por ABC dando cuenta de cómo por la inacción y dejación de Alonso y su ministerio se había infiltrado un elevado números de radicales islámicos, presuntamente terroristas. Hoy el que fuera portavoz de Jueces para la Democracia (debe ser que el resto de la magistratura es para la dictadura), el nefasto Alonso nos explica su dejación de funciones afirmando que se trata de una «inmigración vacacional», y que todas las personas que pasan por la puerta sur de Europa son residentes legales de la UE que tienen derecho a moverse con libertad por el espacio Schengen. Una dotación para vigilar a 15.000 personas diarias, como denuncian los propios policías destinados en el servicio fronterizo, compuesta por un solo ordenador para detectar reclamados policiales y judiciales a lo largo de ocho filtros de coches (cuatro de entrada y cuatro de salida), y ni un solo medio luminiscente para verificar los documentos que se aportan. De ahí que sólo sea posible, según los agentes asignados a la puerta sur de Europa, la comprobación informática de antecedentes a no más de medio centenar ¿Cómo sabe Alonso que todos son ciudadanos legales? ¿No lo eran los autores de los atentados de Londres? Este es el gobierno que tenemos y padecemos.

ABC

Martes, 6 de de septiembre de 2005 

ALONSO JUSTIFICA LA FALTA DE CONTROL EN ALGECIRAS EN QUE ES «INMIGRACIÓN VACACIONAL, NO TERRORISTA»

Virginia Ródenas

La Confederación Española de Policía (CEP) recuerda a Interior que terroristas del 11-M también eran «ciudadanos legales» de la UE que cruzaban esta frontera

MADRID. El titular de Interior, José Antonio Alonso, justificó ayer la falta de control en el puesto fronterizo de Algeciras, por donde sólo en la Operación Paso del Estrecho (OPE) cruzan 650.000 personas procedentes de Marruecos abordo de sus vehículos, afirmando que se trata de una «inmigración vacacional», y que todas las personas que pasan por la puerta sur de Europa son residentes legales de la UE que tienen derecho a moverse con libertad por el espacio Schengen. «Se trata -dijo el ministro- de una operación obligada que España encara de forma solidaria. Ha habido -añadió en Antena 3 TV, como respuesta a las informaciones publicadas en ABC - el control que tiene que haber». Una dotación para vigilar a 15.000 personas diarias, como denuncian los propios policías destinados en el servicio fronterizo, compuesta por un solo ordenador para detectar reclamados policiales y judiciales a lo largo de ocho filtros de coches (cuatro de entrada y cuatro de salida), y ni un solo medio luminiscente para verificar los documentos que se aportan. De ahí que sólo sea posible, según los agentes asignados a la puerta sur de Europa, la comprobación informática de antecedentes a no más de medio centenar.

Indignación policial

Ante esta situación, las declaraciones del máximo responsable de la Seguridad han levantado ampollas en la Policía. Ignacio López, secretario general de la Confederación Española de Policía (CEP), calificó de «escándalo» que «el ministro del Interior intente amparar bajo el eufemismo de «inmigración vacacional» la ausencia de control documental en los pasos fronterizos. ¿Cómo está el ministro en condiciones de saber que todas las personas que atraviesan la frontera son residentes legales de la UE si la propia Policía encargada de ese control no lo puede estar porque no lo puede comprobar? Es verdaderamente temerario por parte del ministro hacer una afirmación tan categórica cuando sabemos por declaraciones de detenidos en relación con el terrorismo islámico que estos individuos han estado utilizando la frontera de Algeciras. Además -explicó López-, pueden ser residentes legales y estar reclamados por Interpol, pero eso nunca lo sabremos en las actuales condiciones».

«Las personas que pasan un control fronterizo -manifestó el secretario general de CEP- responden a distintos tipos y si todo fuera tan dulce y solidario como nos quiere transmitir el ministro. ¿Por qué no se acaba con el paripé del control, se deja paso libre abiertamente, y entran todos? ¿Acaso implicados en el 11-M no eran ciudadanos legales en España? Es tremendo que el ministro deje entrever que como llegan a miles, lo mejor, para evitar conflictos, es dejarles entrar sin más y que esa es la «prueba del algodón» de que todo va bien. Si es tan eficaz, ¿por qué esa falta de control no se aplica en el aeropuerto internacional de Madrid-Barajas alegando también que estamos de vacaciones?».

«El ministro Alonso -concluyó el representante policial- nos defrauda una vez más porque a lo que no contesta es a la ausencia de medios y de personal en un punto clave de la frontera Schengen, donde los propios policías deben comprarse unas camisetas para tirarse al suelo a inspeccionar los bajos de los vehículos porque no tienen ni espejos. El ministro, sin duda, debería haberse callado y ponerse a trabajar».

El PP, a través de su portavoz en la Comisión parlamentaria de Interior, Alicia Sánchez Camacho, anunció ayer que pedirá la comparecencia urgente de José Antonio Alonso «para que dé explicaciones convincentes sobre estas gravísimas deficiencias en el control de fronteras. Además. es una de una irresponsabilidad tremenda por su parte, una absoluta temeridad, decir que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado están realizando una operación «de inmigración vacacional» y no terrorista como si eso no supusiera uno de los principales objetivos de la lucha contra el terrorismo así como el control de los antecedentes de los que entran en territorio español. Eso demuestra que no se está tomando la lucha contra el terrorismo en serio. Al PP y a los españoles no nos hacen falta palabras sino hechos, y estos están demostrando que ni hay medios, ni policías ni controles en puestos cruciales de nuestra frontera exterior. Desde luego, si esto está ocurriendo en un nivel tres o alerta máxima del plan de prevención y protección ante el terrorismo habría que saber qué ha hecho y hará el ministerio en otros momentos en que la alarma no sea la de máximo grado».

«Juegos semánticos»

Por su parte, Carles Campuzano, portavoz de CIU en la comisión de Inmigracion, subrayó ayer que «el ministro no puede caer en juegos semánticos hablando de «inmigración vacacional» cuando tenemos sobre la mesa cuestiones tan delicadas. Que cada año tantísimas personas crucen el Estrecho tiene repercusiones desde muchos puntos de vista y esto obliga a los gobiernos de España, Marruecos y la UE a poner los medios necesarios para que todo este trajín de personas y vehículos se haga de la mejor manera posible. Tratar de minimizar esto es una frivolidad porque eso es garantía de acabar teniendo sorpresas desagradables que el propio ministro no debe tener el menor interés en que se produzcan. Alonso, a la vista de la ausencia de control denunciada, no tienen ninguna capacidad para decir que todos esos ciudadanos marroquíes residen legalmente en la UE. Con sus medios, el Gobierno no puede determinar una cosa así. No es fácil el control, pero hay que hacerlo en el nuevo escenario de terrorismo internacional. Siempre ha habido OPE pero ahora más que nunca estamos obligados a ser lo más diligentes que podamos en el cumplimiento de las obligaciones de seguridad que afectan al conjunto de la UE».

ABC

Martes, 6 de de septiembre de 2005 

A PARTIR DEL DÍA 15, SÓLO QUEDARÁN TRES POLICÍAS PARA EL CONTROL DE 2.000 PERSONAS

V. R.

El chequeo de sesenta camiones, cerca de veinte autobuses y doscientos coches al día es desde ahora el nuevo reto para la desguarnecida frontera de Algeciras

MADRID. Una vez concluida la Operación Paso del Estrecho, que ha provocado que 650.000 personas a bordo de sus coches pasen sin mayores controles por la frontera de Algeciras, tal y como publicó este diario, policías destinados a esos filtros de inspección confiesan su impotencia ante la nueva misión que tienen por delante: la comprobación de camiones, autobuses y coches, lo que representa unas dos mil personas por turno, con la única herramienta de sus propias manos y la pericia de un ojo experimentado. Sin carro de espejos para inspeccionar los bajos de los vehículos, sin medios luminiscentes para examinar la veracidad de los documentos y con un único ordenador para comprobar antecedentes que deben compartir los vigilantes de ocho puestos, la tarea se presenta para casi todos como una acción imposible. Más aún cuando a partir del próximo día 15, a las doce del mediodía, la veintena de policías en prácticas destinados a la frontera abandone Algeciras camino de Ávila, donde obtendrán sus nuevos despachos. Entonces, el número de policías asignados a este trabajo no sobrepasará los tres por turno para una afluencia diaria de poco menos de 6.000 personas.

Un panorama que no por conocido es menos preocupante. La gravedad de esta situación fue denunciada por última vez el pasado 20 de abril cuando el secretario local de la Confederación Española de Policía (CEP) elevó al comisario de Algeciras un escrito en el que se le recordaba «cómo por activa y por pasiva se le han expuesto cuantas deficiencias y carencias en todos los órdenes (humanos y materiales) presenta la frontera exterior Shengen perteneciente a esta comisaría, sin que hasta el día de la fecha se haya visto por parte de esta jefatura el más mínimo interés en solventar dentro de sus posibilidades cuantos problemas concurren en esta. Recordándole -subraya- que individuos pertenecientes a grupos extremistas han pasado sin poder ser detectados por falta de recursos».

Como los polizones que aguardan ocultos en el puerto de Tánger esperando la mejor ocasión para viajar camuflados en vehículo ajeno, y de los que son sorprendidos hasta 30 al día. «Entonces, con la llegada de camiones la dificultad se multiplica. El policía en el filtro debe tirarse al suelo a inspeccionar al no tener espejo, y en esas no es raro que alguno salte la valla. Entonces, hay que salir corriendo y abandonar la cabina porque no tenemos vehículo, sólo una motocicleta que debe de andar estropeada porque hace días que no la veo», dijo a ABC un agente.

ABC

Martes, 6 de de septiembre de 2005 

EL MINISTRO ANUNCIÓ QUE DESTINARÍA A LA OPERACIÓN MÁS AGENTES ANTITERRORISTAS

Aunque la Operación Paso del Estrecho tiene como primer objetivo facilitar el tránsito de cientos de miles de magrebíes hacia sus lugares de vacaciones y su posterior regreso a sus casas, pocas semanas después de su toma de posesión en 2004 el ministro del Interior, José Antonio Alonso, anunciaba en el Congreso que su Departamento destinaría a agentes especializados en la lucha antiterrorista a fin de detectar explosivos y proceder a la vigilancia de personas.

Añadió que el plan había sido reforzado con medidas adicionales como consecuencia de los atentados del 11 de marzo en Madrid.

Un año después, tras los ataques de Londres, el titular de Interior justifica la falta de vigilancia en el Estrecho con el argumento de que se trata de una «inmigración vacacional».

Inacción de Alonso en Plena Alerta por el 7-J

Por El Observador - 8 de Septiembre, 2005, 16:08, Categoría: Al Qaeda

En su editorial ABC alude a la noticia que publica en portada y dice que la realidad se complace en superar con creces la ficción. Ante las imágenes recurrentes de la avalancha de automóviles para cruzar el Estrecho, muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible mantener un control razonable de ese flujo incesante. La respuesta parece ser la resignación y a confianza en la buena suerte. Pasan 650.000 personas desde África a Europa y sólo la perspicacia de algún policía o la pura casualidad estadística permite detectar a los delincuentes y visitantes indeseables. Como es natural, las mafias de todo tipo están bien informadas y aprovechan a tope esta situación lamentable.

En un fenomenal trabajo de ABC comprobamos cómo el Ministerio de Interior vela por nuestra seguridad: Algeciras se ha convertido en un coladero por el que pasan a Europa 650.000 personas sin control durante la Operación Paso del Estrecho, en plena alerta tras el 7-J. Los filtros para coches no cuentan con ordenadores para verificar la identidad de extranjeros buscados por la Interpol. Los "habituales del puerto de Algeciras saben de sobra que los "filtros" para el control de vehículos son un auténtico coladero", confirmaron a ABC fuentes policiales destinadas al paso fronterizo. Estos ''agujeros'' los conoce el Ministerio del Interior, a cuyo máximo responsable, como presidente del Consejo de Policía , se le dirigió un escrito el 29 de junio del pasado año, en el que la Confederación Española de Policía (CEP) le pedía "medidas urgentes, ante la precaria situación de personas y medios en la frontera sur de Europa". Para evitar males mayores pedía que se procediese "lo antes posible a catalogar la frontera marítimo-terrestre de Algeciras como "unidad" con el personal adecuado y catalogado, para el perfecto funcionamiento del servicio encomendado, al ser uno de los puntos más calientes de entrada de extranjeros en nuestra Península y en el espacio Schengen". La denuncia ponía énfasis en la necesidad de establecer medios adecuados, tanto en factor humano como en el de instalaciones y medios.

ABC

Lunes, 5 de de septiembre de 2005 

ESPAÑA DEJA PASAR A EUROPA A 650.000 PERSONAS SIN CONTROL EN PLENA ALERTA POR EL 7-J

Virginia Ródenas

La ausencia de medios luminiscentes impide a la Policía comprobar la veracidad documental de las 15.000 personas que llegan al día en su vehículo desde África

MADRID. Cuatro casetas sin ordenador, pertrechadas únicamente de silla, mesa y el cajón vacío donde alguna vez debió de haber un aparato de aire acondicionado, son los medios materiales. Los humanos, la pericia de dos profesionales del Cuerpo Nacional de Policía y la buena voluntad de cuatro agentes en prácticas por turno. Es todo el contingente del que dispone la Comisaría de Algeciras -puerta sur de Europa- para controlar la Operación Paso del Estrecho, en la que entran por el puerto 650.000 personas que, a bordo de sus vehículos, llegan desde África al territorio Schengen español -zona de libre circulación de la UE-. Una carencia de recursos que convierte en mísera la inspección en el puesto fronterizo y que adquiere mayor gravedad si cabe, según aseveran los propios policías, al producirse en plena «alerta máxima de prevención y protección ante el terrorismo -alerta 3-», decretada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, «de forma indefinida», el pasado 7 de julio, tras los atentados islamistas en Londres.

Cada policía se compra lo suyo

La penuria de medios para afrontar la misión encomendada a los policías es de tal magnitud que los agentes destinados en los «filtros» han de comprar con su propio dinero cuentahilos -que adquieren en la librería Belmonte- para verificar al trasluz, y a pie de coche, los documentos que les muestran. Tampoco disponen de espejos para revisar los bajos de los vehículos. Y en ausencia de tecnología informática para todos los puestos, la comprobación de antecedentes y de reclamaciones a través de Interpol es pura quimera. Por todo ello, «los habituales del puerto de Algeciras saben de sobra que los «filtros» para el control de vehículos son un auténtico coladero», confirmaron a ABC fuentes policiales destinadas al paso fronterizo.

Agujeros que conoce el Ministerio del Interior, a cuyo máximo responsable, como presidente del Consejo de Policía, se le dirigió un escrito el 29 de junio del pasado año, en el que la Confederación Española de Policía (CEP) le pedía «medidas urgentes, ante la precaria situación de personal y de medios en la frontera sur de Europa. Para evitar males mayores, que se proceda lo antes posible a catalogar la frontera marítimo-terrestre de Algeciras como «unidad», con el personal adecuado y catalogado, para el perfecto funcionamiento del servicio encomendado, al ser uno de los puntos más calientes de entrada de extranjeros en nuestra Península y en el espacio Schengen».

La denuncia elevada al máximo responsable de Interior ponía énfasis en que «la necesidad de establecer medios adecuados, tanto en factor humano como en el de instalaciones y medios, no sólo debemos pensarlo nosotros». Y precisaba: «En 2003, se efectuó una inspección por una comisión de parlamentarios europeos, y para la ocasión se montaron veinticuatro terminales informáticos, repartidos en diecisiete filtros de control, aunque dos semanas después de la visita se fueron retirando», quedando un año después cinco, y, a día de hoy, uno para ocho puestos (cuatro de entrada y cuatro de salida). Como concluía la denuncia, el «único ordenador» que quedaba, «para la comprobación policial de que el extranjero que pretende entrar en Europa no tiene pendiente reclamaciones por la comisión de delitos y no está en busca y captura», fue apagado el pasado 25 de agosto -como confirmó uno de los agentes- «por órdenes superiores, a la vista de la lentitud con la que pasaba la interminable fila de vehículos» procedentes de Tánger.

Treinta y seis ferrys diarios

El «ritmo habitual» de paso sólo permite que de las 500 personas que descienden de cada barco en vehículos se chequeen a una media de tres o cuatro, en una afluencia de llegada de 36 ferrys diarios. La noche del miércoles, último día del mes de agosto y fecha clave en la Operación Paso del Estrecho, de los 7.000 extranjeros que penetraron en Europa en sus coches a través de Algeciras, sólo a 25 se les pudo comprobar por medios informáticos si estaban «limpios».

Respecto a los vehículos procedentes de Ceuta, «pasan directamente por un filtro clausurado, cuya caseta con los cristales tintados, y una barra de hierro atravesada en la puerta para engrilletar a los detenidos, se usa como calabozo provisional cuando se pilla a un polizón, de los que encuentra a una treintena cada día procedente de Marruecos. Allí se les recluye a la espera del coche celular que les traslade a dependencias policiales para extranjeros o de que sean devueltos en barco. Esta afluencia de polizones -añadieron informantes de la comisaría algecireña- es un dato más sobre la falta de colaboración de la Gendarmería marroquí, que, también en estos casos, hace la vista gorda».

Cuando el pasado 7 de julio, a raíz de los atentados de Londres, el Gobierno de Rodríguez Zapatero activó la alerta de nivel 3 del plan de prevención y protección antiterrorista, «con carácter indefinido y vigente hasta nueva orden», en el puesto fronterizo pensaron que las cosas cambiarían. Sin embargo, no ha habido incremento de medios, ningún ordenador para comprobaciones ha llegado, absolutamente nada ha cambiado en el «paso ligero» por la frontera sur con Marruecos. Y lo cierto es que no hacía falta llegar a esa tercera y última fase de la alarma, porque ya en el primer grado se prevén refuerzos en el control fronterizo, que en Algeciras aún esperan.

Exactamente, desde Interior se declaró al activar la emergencia: «Vamos a poner en la calle todo lo que necesitemos poner, todo lo que podamos». Y así empezaba a andar un plan aprobado en marzo por el Comité Ejecutivo para el Mando Unificado. Desde el momento de la activación, el secretario de Estado de Seguridad, Antonio Camacho, sería el encargado de transmitir las instrucciones a los delegados del Gobierno de todo el país, «que diariamente -informó- presentarán un informe de sus actuaciones».

Pero Ignacio López, secretario general de la Confederación Española de Policía, ha asegurado a ABC que «si los policías tienen noticia de la activación de esa máxima alerta 3, es porque lo han oído en la tele». El responsable de CEP subrayó: «El Cuerpo Nacional de Policía, responsable de la entrada de extranjeros en España, no puede garantizar el control de fronteras en Algeciras. Los agentes asisten impotentes al paso de cientos de vehículos sin que puedan comprobar la validez de los documentos que portan sus ocupantes, porque se carece de los mínimos medios para ello y sin cotejar sus datos por informática para ver si se trata de individuos reclamados, como sería de rigor. La situación es tercermundista. ¿Alguien podría imaginarse que en el aeropuerto internacional de Madrid-Barajas el policía que está en el control de pasaportes no dispusiera de un terminal y medios luminosos con los que determinar que el documento aportado no es falso y que no pesa sobre su propietario reclamación alguna? Pues eso pasa en la frontera sur de Europa con los miles de coches que llegan desde Marruecos y de cuyo control España debe responder ante sus socios de la UE».

ABC

Lunes, 5 de de septiembre de 2005 

LOS POLICÍAS DENUNCIAN QUE SE HAN COLADO RADICALES ISLAMISTAS POR LA FALTA DE MEDIOS

El pasado 20 de abril, un funcionario del Cuerpo Nacional de Policía y secretario local de la Confederación Española de Policía (CEP) denunció en un escrito dirigido al comisario de Algeciras, con entrada de registro 2753, la «insostenible situación» que provoca la falta de control de los extranjeros que, a bordo de sus vehículos, penetran en Europa por el puerto gaditano. En su misiva, advertía de que «individuos pertenecientes a grupos extremistas han pasado por esta frontera sin poder ser detectados por falta de recursos».

Precisamente, como publicó ABC el pasado 25 de octubre, la célula terrorista del 11-M tenía en Algeciras un piso franco que sirvió como «punto de acogida» o «primera parada segura» en los desplazamientos que varios de sus miembros hacían entre Marruecos y España.

El principal morador de la vivienda de la calle Carlos de Luna era Abdennabi Kounjaa, uno de los siete terroristas que se quitaron la vida en Leganés y que fue, también, uno de los autores materiales de la matanza. Según los investigadores, este criminal era uno de los encargados de montar «una estructura de seguridad» para los terroristas en Madrid y Andalucía.

ABC

Lunes, 5 de de septiembre de 2005 

COLADERO EN LA FRONTERA

Editorial

La noticia que hoy publica ABC acerca de la precariedad de medios en la frontera de Algeciras hace referencia a hechos de la máxima gravedad. No basta con recrearse en las anécdotas, algunas muy jugosas, como la instalación o desmontaje de terminales informáticos en función de la visita de parlamentarios europeos. La puerta más sensible de acceso a nuestro país (y, por tanto, al espacio Schengen) es un auténtico coladero, en estos tiempos de abierto desafío por parte del terrorismo internacional y de la delincuencia organizada. Al parecer, los agentes adquieren con cargo a su propio bolsillo medios artesanales de control, utilizan barras de hierro para reforzar los puestos e incluso se enteran por televisión de la declaración de alerta en los planes de prevención antiterrorista.

La realidad se complace en superar con creces a la ficción. Ante las imágenes recurrentes de la avalancha de automóviles para cruzar el Estrecho, muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible mantener un control razonable de este flujo incesante. La respuesta parece ser la resignación y la confianza en la buena suerte. Pasan 650.000 personas desde África a Europa y sólo la perspicacia de algún policía o la pura casualidad estadística permiten detectar a los delincuentes y visitantes indeseables. Como es natural, las mafias de todo tipo están bien informadas y aprovechan a tope esta situación lamentable. El optimismo antropológico y la Alianza de Civilizaciones quedan muy bien para los discursos retóricos, pero la vida real exige una gestión eficaz y rigurosa de las responsabilidades políticas, y, en este caso, el Ministerio del Interior incurre en una notable ligereza inadmisible. No sirve de nada rasgarse las vestiduras cuando ya es demasiado tarde. La seguridad de España y del conjunto de la Unión Europea requiere que las autoridades adopten medidas urgentes para reforzar los medios personales y materiales en la frontera de Algeciras, tal vez la más vulnerable entre las que separan dos continentes y dos modos de vida.