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Crisis Nuclear de Corea: Opiniones

Por Narrador - 11 de Octubre, 2006, 6:00, Categoría: Corea del Norte

“Kim lo hizo, ¿o no?” por Manuel Coma

Corea del Norte es lo que es, el régimen más abominable de la Tierra, y no tiene la menor intención de cambiar

«Lo más importante del arma nuclear es su existencia», dijo hace sesenta años Bernard Brodie, y esta profunda perogrullada lo consagró como el primero y quizás más importante estratega nuclear. No sólo tenerla está preñado de consecuencias estratégicas, sino incluso que simplemente crean que la tienes. La inversa también es cierta. Si los demás dudan, los efectos existenciales se debilitan. Sadam la ansiaba pero las circunstancias le hicieron prescindir de ella temporalmente. Con su conducta trató de que nadie creyera su afirmación de que había renunciado y, mentiras izquierdistas aparte, lo consiguió plenamente. El precio fue una guerra y el exterminio de su régimen, pero eso no fue más que un mero error de cálculo.

Los ayatolás la conseguirían más fácilmente si pudieran convencernos de que no la anhelan, pero su comportamiento los delata, y sólo los muy tontos o cínicos invocan el fallo de inteligencia respecto a Sadam para pretextar una credulidad que se da de bofetadas con los hechos. Pero si éstos de nuevo contradicen la lógica, estaríamos literalmente perdidos.

No había el más mínimo resquicio de duda respecto a las ambiciones del norcoreano. Decía quererlas y amén. Pero dada la miseria del país podía quedar alguna sospecha sobre la capacidad para satisfacer sus deseos. Kim Jong Il ha considerado que el tiempo de las amenazas tocaba a su fin y era llegado el momento de extraer todo el jugo político de la realidad existencial de tan maravillosa arma, para estremecimiento del mudo y cierto maligno alivio de los baqueteados servicios de inteligencia. Si no fuera porque éstos son los más escépticos.

Resulta que la explosioncita ha sido tan pequeña y ambigua que ha dejado en suspensión nubarrones de dudas. Las preguntas son todas, las respuestas casi ninguna. ¿Ha tratado de engañarnos, algo le ha fallado o era esto lo que se proponía? El régimen es hermético, opaco, impenetrable, y a esta retahíla suele añadirse que errático. Pero ese atributo no es muy correcto. Estos implacables totalitarismos desarrollan pautas de comportamiento muy rígidas. Queda poco margen para la veleidad y el capricho. Los matices de sus cálculos pueden ser inescrutables pero el objetivo maestro que todo lo guía es meridiano: la supervivencia del régimen, identificada con la de los que viven de él.

Con ese seguro pero parco hilo conductor la coreanología septentrional es el reino de la especulación. Adentrándonos animosamente en él nos atrevemos a descartar que fuese un estallido intencionadamente pequeño, bien puramente convencional, para engañar a terrícolas ingenuos, o bien con muy escaso material fisible. Si lo que se busca es un do de pecho nuclear, de nada sirve exhibir un chisguete. Puede también que hubiera una explosión parcial, más fracaso que éxito, o que sólo se inflamó el componente convencional destinado, sin conseguirlo, a provocar la reacción en cadena atómica, lo que sería un fiasco en toda regla. Los expertos tardarán varios días en llegar a conclusiones de mediana fiabilidad.

Políticamente no da lo mismo. Aunque cuestión secundaria, había que enmendar el fallo del misil intercontinental disparado el 4 de julio, con menos de sesenta segundos en el aire. Si el revuelo de ahora no da para compensar el exiguo vuelo de entonces, el heredero del socialismo en una sola familia no está de enhorabuena. Estas hazañas que tanto alarman fuera son pregonadas en el interior como muestra de la importancia del país en el mundo, objeto de envidia de la entera comunidad internacional. Si los científicos coreanos no han logrado lo que les ordenaron, a muchos de los análisis de los dos últimos días habrá que ponerles sordina. Pero aunque no se consolidase la posición atómica del régimen eso no quiere decir que mejore mucho la de los demás.

Si no se ha salido con la suya, baja su cotización en el exclusivo mercado de la proliferación misilístico-nuclear. Una pena para Pyongyang y sus selectos clientes, bueno para los demás. También se atenúan las tentaciones nucleares de vecinos vulnerables. En caso contrario, estas y otras muchas conclusiones se invierten, volviendo a ponerse cabeza arriba.

Pero Corea del Norte es lo que es, el régimen más abominable de la Tierra, y no tiene la menor intención de cambiar. Cuenta con la indigencia de su pueblo como una de sus principales bazas. Washington y Tokio ven el momento propicio para incrementar la presión, pero prácticamente no les quedan sanciones que imponer. Toca a chinos y coreanos del sur apretar las tuercas o más bien cerrar la espita, porque son ellos los que mantienen al vecino en respiración asistida, que en cualquier momento podrían cortar. Bien quisieran propinar unos azotes, pero el hundimiento de un régimen tan duro sobre una base más que frágil casi etérea les da pánico. Como mínimo les espera un tsunami de hambrientos. En el peor de los casos, y sin excluir lo anterior, el régimen puede decidirse a morir matando. Con armas nucleares la posibilidad es estremecedora, sin ellas simplemente terrible. Porque el insuperable hecho que domina la más elemental reflexión estratégica acerca de la zona es que Seúl, 20 millones de habitantes, más de la mitad de la riqueza del país, está a un tiro de cañón de la frontera. Y en ella hay diez mil piezas de artillería inexpugnablemente escondidas en túneles en la montaña.

Publicado por el diario LA RAZON el miércoles 11 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Reacción en cadena” por M. Á. Bastenier

No es una resurrección de los años sesenta, los de los Uno y Mil Vietnams, que profetizaba un asmático revolucionario argentino y que nunca pasaron de ensueños, pero los problemas se multiplican para la diplomacia norteamericana y en menor medida, también occidental. El último avatar es la prueba nuclear de que hoy se ufana groseramente Corea del Norte. Con esta última inclusión, la lista de quienes temen un día hallarse entre los damnificados por una acción militar norteamericana cobra espesor: Irán, Siria, Venezuela, la decana Cuba, y el peor librado de todos, Irak, en plena guerra interior en todas direcciones.

No sirve a ningún fin respetable. Pyongyang, dictadura bárbara e incapaz de alimentar a sus hijos, está mejor sin bomba que con ella; Seúl y Tokio tienen sobradas razones para preocuparse, aunque el nacionalismo japonés se sirva de la detonación para acelerar la conversión de su país en una potencia militar normal; y Pekín, para irritarse de la desenvuelta libertad con que actúa el régimen norcoreano. Pero no hay que pensar que se haya dotado del arma atómica con serias pretensiones de usarla o de venderla a intereses terceros, salvo en el caso de una extrema amenaza. Es el pánico, en cambio, lo que ha impulsado al jefe del Estado Kim Jong-il a seguir ese camino. Todo empezó con el fin de la Unión Soviética.

Por mucho que molestara a Moscú la obstinación de Pyongyang de obrar por su cuenta, la sola existencia de la URSS extendía un manto protector sobre el país. Ni los norcoreanos debían aspirar a más armas que las convencionales, ni Occidente a poner en entredicho su dominio al norte del paralelo 38. Pero en 1991 la URSS exhaló el último suspiro y comenzó una época de tanteos de EE UU en procura de un nuevo acomodo internacional que le adjudicara el mayor grado concebible de hegemonía universal. Bush padre estuvo en esa línea con su intervención limitada para reparar la ocupación iraquí de Kuwait, y le siguió el doble mandato de Clinton para castigar dentro de una cierta moderación geoestratégica los primeros atentados atribuidos a Al Qaeda.

La intemperie a la que la desaparición del patrón soviético se sumía a Pyongyang bastaba para hacerle temer a sus dirigentes lo peor. De ahí surgió el proyecto norcoreano de permutar su capacidad nuclear por un tratado que garantizara la intangibilidad de su soberanía, además de ricas subvenciones económicas. Clinton nunca quiso comprometerse por escrito a la preservación del régimen norcoreano, y así, en 2001 llegó el segundo Bush con su pretensión de democratizar Oriente Próximo; en su estela, la invasión de Irak, al parecer, para castigar a Sadam Husein por no tener armas de destrucción masiva; la intentona fallida de aliar a todos los regímenes llamados moderados de la zona contra Irán; y, precedido todo ello, como declaración general de intenciones, por la identificación de un Eje del Mal en el que figuraba Corea del Norte. La carrera de Pyongyang hacia la fisión del átomo tenía que ser la prenda con la que pignorar la inviolabilidad del régimen. Y la negativa de Washington a dar esas garantías explica aunque no justifique la fuga hacia adelante de un dirigente, bárbaro pero no loco, que amenaza con ser peligroso si se lo acorrala. Por ello, es importante que las medidas que se adopten contra Corea del Norte sean de la comunidad internacional, a través de la ONU, y no un empeño particular de EE UU, que menos que nunca puede ahora entablar diálogo para que no parezca que cede al chantaje.

Hoy, como en una cascada, cada problema que se le plantea a EE UU hace como de paraguas del siguiente: el error Irak le hace de cobertura a Irán, también a vueltas con un desarrollo nuclear que podría conducir a la posesión de la bomba; de Irán sobre Corea del Norte, estratégicamente mucho menos significativa y, pese al desaire que ha sufrido Pekín, aún protegida por su gran vecina; de Pyongyang sobre Caracas, donde reina Hugo Chávez, otro fabricante de quebraderos de cabeza para Bush; y todos ellos gravitando sobre una Cuba que parecía amortizada en su socialismo, campeón mundial de la ineficiencia, pero que con los achaques de Castro recobra una actualidad que permite pensar en un cambio por vía sucesoria.

Publicado por el diario EL PAIS el miércoles 11 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.