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Prosigue la campaña islamista de acoso violento contra Benedicto XVI y el Cristianismo

Por Sin Pancarta - 20 de Septiembre, 2006, 12:00, Categoría: Islamismo

Continúa la ofensiva del islamismo radical, con ayuda de ‘progresitas’ de toda clase, contra el Papa Benedicto XVI y el cristianismo en general. Vamos a dedicarle un gran seguimiento a esta cuestión porque es un tema que si bien a simple vista puede parecer como un incidente menor su importancia es capital. Todo lo que pueda decir está en las distintas opiniones que les hemos seleccionado, especialmente en el editorial que THE WALL STREET JOURNAL publicaba dos días atrás (lamento no disponer de traducción). Hay un punto negro, el diario EL PAIS que si bien ayer publicaba un certero análisis de Hermann Tertsch hoy muestra la cruz de la moneda firmada por Juan José Tamayo. Quédense con lo importante: lo que está en juego es la libertad y la civilización occidental.


“Fe y Sinrazón” (Editorial de THE WALL STREET JOURNAL)

It's a familiar spectacle: furious demands for an apology, threats, riots, violence. Anything can trigger so-called Muslim fury: a novel by a British-Indian writer, newspaper cartoons in a small Nordic country or, this past week, a talk on theology by the head of the Roman Catholic Church.

In a complex lecture on "Faith and Reason" at the University of Regensburg in Germany, Benedict XVI cited one of the last emperors of Byzantium, Manuel II Paleologus. Stressing the 14th-century emperor's "startling brusqueness," the Pope quoted him as saying: "Show me just what Mohammed brought that was new, and there you will find things only evil and inhuman, such as his command to spread by the sword the faith he preached."

Taken alone, these are strong words. The Pope didn't endorse the comment that he twice emphasized was not his own. No matter. As with Salman Rushdie's "Satanic Verses," which millions of outraged Muslims didn't bother to read (including Ayatollah Khomeini, who put the bounty on the novelist's life), what Benedict XVI's meant or even said isn't the issue. Once again, Muslim leaders are inciting their faithful against perceived slights and trying to proscribe how free societies discuss one of the world's major religions.

Several Iraqi terrorist groups called for attacks on the Vatican. A cleric linked to Somalia's ruling Islamist movement urged Muslims to "hunt down" and kill the Pope; in an apparently linked attack yesterday in Mogadishu, a nun was gunned down in a children's hospital. Pakistan's parliament unanimously adopted a resolution condemning the pontiff and demanding an apology.

Under pressure, the Pope yesterday did so. "I am deeply sorry for the reactions in some countries to a few passages of my address… which were considered offensive to the sensibility of Muslims," he told pilgrims at his Castelgandolfo summer residence. The quote doesn't "in any way express my personal thought. I hope this serves to appease hearts," he added.

What a shame that the Pope's original argument will get no hearing. The infamous quotation was a small part in a chain of argument that led to his main thesis about the close relationship between reason and belief. Without the right balance between the two, the pontiff said, mankind is condemned to the "pathologies and life-threatening diseases associated with religion and reason" in short, political and religious fanaticism.

In Christianity, God is inseparable from reason. "In the beginning was the Word," the Pope quotes from the Gospel according to John. "God acts with logos. logos means both reason and word," he explained. "The inner rapprochement between Biblical faith and Greek philosophical inquiry was an event of decisive importance not only from the standpoint of history of religions, but also from that of world history… This convergence, with the subsequent addition of the Roman heritage, created Europe," the Pope said.

The question raised by the Pope is whether this convergence has taken place in Islam as well. He quotes the Lebanese Catholic theologist Theodore Khoury, who said that "for Muslim teaching, God is absolutely transcendent, his will is not bound up with any of our categories."

If this is true, can there be dialogue at all? For the Pope, the precondition for any meaningful interfaith discussions is a religion tempered by reason: "It is to this great logos, to this breadth of reason, that we invite our partners in the dialogue of cultures," he concluded his speech.

This is not an invitation to the usual feel-good interfaith round- tables. It is dialogue with one condition that everyone at the table reject the irrationality of religiously motivated violence. By their reaction to the Pope's speech, some Muslim leaders showed that they are not ready. The day Muslims condemn Islamic terror with the same vehemence they condemn those who criticize Islam, and attempt at dialogue and at improving relations between the Western and Islamic worlds can begin.

Editorial publicado por el diario THE WALL STREET JOURNAL el lunes 18 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“¡Gracias, Santo Padre!” por Antonio Cañizares

La lección magistral del Papa en Ratisbona abre grandes horizontes y perspectivas y arroja una gran luz sobre nuestro momento actual

Cuando en el fragor de la incertidumbre y de lo terrible de lo sucedido en el 11 de septiembre de 2001 y de la amenaza desatada, el miedo y el pánico de apoderó de tantos, incluidos dirigentes de los países, un anciano y frágil Papa, Juan Pablo II, precisamente por su fe en Dios, no se quedó en su casa al abrigo seguro, sino que marchó a hacerse presente en un país de mayoría musulmana, para allí hacer brillar la fuerza de la razón y de la fe. En un mundo amenazado de destrucción y violencia, mostró el viejo Papa la esperanza y alentó el encuentro entre los hombres y las religiones que brota de la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo.

En una Universidad precisamente, de Kazajstan, Juan Pablo II salió al encuentro de los jóvenes, universitarios musulmanes, ortodoxos y ateos, y les dijo cosas como éstas que deben hacer pensar ante el drama que sufría –y sufre– la humanidad: «Mi respuesta, queridos jóvenes, sin dejar de ser sencilla, tiene un alcance enorme: mira, tú eres un pensamiento de Dios, tú eres un latido del corazón de Dios. Afirmar esto equivale a decir que tú tienes en cierto sentido un valor infinito, que cuentas a los ojos de Dios en tu irrepetible individualidad. Estáis aquí sentados, uno al lado del otro, y os sentís amigos no por haber olvidado el mal que ha habido en vuestra historia, sino porque, justamente, os interesa más el bien que juntos podréis construir».

Cinco años más tarde, casi en los mismos días de septiembre, otro Papa, Benedicto XVI, también en una Universidad, ante un mundo amenazado, no sólo por la violencia física y de la intransigencia, sino por esa otra violencia destructiva del vacío y de la nada, de la sinrazón, del mundo moderno de nuestros días, ha proclamado con vigor cómo el reconocimiento de Dios no aparca la razón –«alma» de la modernidad– sino que la potencia, la alienta, la eleva y la proyecta hacia metas que sólo la fe, la revelación, puede ofrecer.

En la Universidad de Ratisbona, el Papa, evocando su época de profesor en ella, tuvo una lección magistral que ha dado lugar a reacciones e interpretaciones tan dolorosas, y que tanto han afligido al propio Papa por haber sido tan gravemente interpretado. Lo cierto es que, conforme a palabras suyas textuales, su «intención» fue «ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación». «Mientras nos regocijamos –dijo– en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad» (por la razón ‘moderna’) «también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Sólo lo lograremos si la razón y la fe avanzan de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes... Sólo así podremos lograr el diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy... Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar en diálogo con las culturas... Hace falta valentía para comprometer toda la amplitud de la razón y no la negación de su grandeza...». «No actuar razonablemente (con «logos») es contrario a la naturaleza de Dios... En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a encontrar este gran ‘logos’, esta amplitud de la razón».

No puede haber mayor defensa del hombre, no puede haber mayor defensa de la humanidad toda, no puede darse mayor defensa de Occidente que la defensa del «logos», de la razón, que no sólo no se contrapone a la fe, sino que por el contrario se ve alentada y ensanchada por ella. No puede haber ninguna contraposición, ni extrañeza entre la fe cristiana y la razón humana, porque ambas, a pesar de su distinción, están unidas en la verdad, ambas desempeñan un papel al servicio de la verdad, ambas encuentran su fundamento originario en la verdad. La separación llevada al extremo entre la fe y la razón, y la eliminación de la cuestión de la verdad –absoluta e incondicionada– de la búsqueda cultural y del saber racional del hombre, son dos de las cuestiones más graves en nuestro tiempo, en el Occidente. El Occidente corre peligro a causa de estas separaciones o contraposiciones.

La lección magistral del Papa en Ratisbona abre grandes horizontes y perspectivas y arroja una gran luz sobre nuestro momento actual. Ahí se nos muestra un gran futuro para la humanidad. Olvidarlo o rechazarlo puede acarrear grandes sufrimientos. Me extraña, por ello, que no haya habido un clamor de defensa y agradecimiento hacia el gran discurso universitario de Benedicto XVI, hombre en el que la fe y la razón caminan juntas, como esas dos alas, de las que habló Juan Pablo II, en «Fides et Ratio», con la que tanto se identifica el Papa actual. El Santo Padre ha sido muy valiente, lo está siendo desde hace muchísimo tiempo, para comprometer toda la amplitud de la razón y la grandeza de la fe , inseparablemente referidas en su distinción. Ahí se percibe la altura de miras de este hombre. ¡Lástima que no nos adentremos en su enseñanza y llamada! Por eso, frente a incomprensiones y cobardías, quiero decirle con toda sencillez: «¡Gracias, Santo Padre, muchísimas gracias!». Sus enseñanzas en Ratisbona, todo su discurso, son inseparables de su Encíclica, donde nos abre a la gran razón de todo: «Dios es amor».

Antonio Cañizares es Cardenal arzobispo de Toledo

Publicado por el diario LA RAZON el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Derecho a existir” por Marcello Pera

A pesar de que el Papa se ha expresado de un modo lingüísticamente claro, lo han malinterpretado. Los primeros que deberían hacer oír su voz son los gobiernos de los países islámicos y árabes

Benedicto XVI no es un dibujante de viñetas satíricas. No es un ministro italiano al que le dé por provocar. Ni un conservador norteamericano sobre el que podamos ironizar para sentirnos inteligentes. No. Benedicto XVI es el jefe de la Iglesia católica. Es el mayor guía espiritual del mundo. Es el punto de referencia de millones, miles de millones de creyentes, y en número creciente también de los no creyentes.

Este Papa ha hablado respetuosa y profundamente. Y ha dicho —repitiendo lo que había dicho tantas veces— al menos dos cosas que deberían ser de sentido común si, como decía Descartes, el sentido común fuera realmente la más común de las cosas. Primero: que Occidente ya no se ama a sí mismo, que pierde confianza en su propia identidad y reniega de sus propias raíces cristianas. Segundo: que la religión —cualquier religión— no es un instrumento de guerra y que por eso los pueblos no pueden regular sus propios problemas internos y sus relaciones exteriores peleándose en nombre de Dios. Deus est caritas y si alguno invoca a un Dios para empuñar la espada en vez del amor, o la violencia en vez de la razón, tal persona invoca o interpreta erróneamente a ese Dios.

A pesar de que el Papa se ha expresado de modo lingüísticamente claro y conceptualmente preciso, lo han malinterpretado. Y se ha levantado contra él una protesta mundial. Después de las precisiones del padre Lombardi, jefe de la sala de prensa del Vaticano, y de la inequívoca puntualización del nuevo secretario de Estado, cardenal Bertone, ya no queda espacio para malas interpretaciones. Si éstas continuaran, querrá decir que quieren manipular al Papa, que es como manipularle, y que esperaban el momento oportuno para manipularle.

Ya basta. Los primeros que deberían hacer oír su voz son los gobiernos de los países islámicos y árabes. Los gobiernos occidentales, sobre todo los europeos, deberían comprender que es necesaria esa voz firme y definitiva, y que también ellos deberían ser protagonistas.

El que algunos tengan dificultades internas con el fundamentalismo no significa que puedan declinar sus responsabilidades precisas y claras. Y que otros teman por el equilibrio internacional no significa que se les absuelva si guardan silencio.

Basta de una vez. Acabamos de vivir el quinto aniversario del 11 de septiembre, cuando nos tocó asistir, en la televisión estatal italiana y en las principales privadas, a un espectáculo villano, escenificado sobre la piel de los muertos, en el que se procesaba a los Estados Unidos. Ya hemos visto cómo Europa pedía excusas tras el asunto de las caricaturas, frente al cual el fundamentalismo reaccionó con asaltos y asesinatos de cristianos. Entonces fue Benedicto XVI el único que dijo palabras sabias. Invocó la reciprocidad; no de la venganza, sino del respeto; no de la violencia, sino de la dignidad.

Ahora es el turno de los gobiernos, empezando por el nuestro. Hablen, exijan, protesten. No dejen solo al Papa, sólo para poder decir a los periodistas que el Papa está solo.

No se hagan cómplices, con el silencio y la inercia, del incendio que los fundamentalistas quieren provocar. Sean “adultos” de verdad. Defiendan al Papa. No sólo su derecho a hablar, que es obvio. El derecho, nuestro y de nuestra civilización, a existir. Si es que aún quieren que exista.

Marcello Pera es ex presidente del Senado italiano

Publicado por el diario LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Yihad contra yihad” por Gustavo De Aristegui

El discurso del Papa en Ratisbona ha sido aprovechado para encender una nueva polémica en torno al islam y un nuevo brote de violencia. Ya son numerosas las iglesias quemadas y, a la hora de escribir estas líneas, dos personas asesinadas.

Echo de menos más declaraciones de apoyo a los asaltados y atacados, y conviene recordar que hay una importante minoría cristiana en el mundo árabe. Como los coptos de Egipto, que han vivido acosados y atacados por los radicales y defendidos por el Gobierno egipcio -que ha tenido como ministros a destacados miembros de esa comunidad-, o los cristianos y otras minorías religiosas de Jordania, que son protegidas y respetadas por el Gobierno, que está incluso pensando en modificar la legislación para que un cristiano pueda llegar a ser primer ministro. ¿Por qué no es éste el ejemplo a seguir y, sin embargo, cuando rugen los extremistas, muchos guardan un cobarde y cómplice silencio?

Benedicto XVI ha lamentado que sus palabras hubiesen ofendido a los creyentes musulmanes y ha aclarado que la cita que ha desatado la polémica no refleja su pensamiento. El Vaticano ha mantenido de manera constante una política de diálogo y respeto con todas las religiones y especialmente con el islam, que profesan casi 1.500 millones de personas. El Papa construyó su discurso en torno a una idea central que a nadie debería repugnar: que ninguna religión se puede imponer por la violencia, así lo recoge también el Corán. Resulta sorprendente que muchos políticos, periodistas y analistas europeos se hayan escandalizado por el discurso del Pontífice y que no lo leyesen en su integridad antes de juzgarlo. La cita del emperador bizantino Manuel II Paleólogo es ciertamente dura con el profeta del islam, pero el Papa ha aclarado que no es ése su pensamiento. Esto hubiese debido bastar para que se calmaran las cosas. No ha sido así, y lamentablemente no es casualidad.

Los agitadores islamistas radicales y sus hermanos yihadistas aprovechan cualquier circunstancia, especialmente las polémicas contra Occidente, para avanzar un poco más, para conquistar más espacios de influencia, para atraerse nuevos enfervorecidos adeptos. Hay una estrategia bien urdida por el radicalismo para crecer, extenderse y también para amedrentar a propios y extraños. Por cierto, una parte de la progresía europea -me temo que no tan pequeña- tiene cierta tendencia a dejar pasar los actos de violencia contra cristianos, y una complacencia y hasta admiración por el islamismo radical que, no lo olvidemos, es la más extremista y violenta de las extremas derechas.

Hay una tremenda hipocresía en el doble rasero que se aplica, hay una inconmensurable ley del embudo: se puede criticar a todo y a todos, pero no al islamismo radical. Para los creyentes musulmanes, el islam es perfecto; los que no lo somos consideramos que ciertos aspectos podrían ser perfectibles y desearíamos poder analizarlos de manera crítica, desde un absoluto respeto, sin ser tachados por ello de irreverentes y enemigos del islam. Resulta no ya incomprensible sino verdaderamente contradictorio que ciertos sectores de la izquierda se declaren abiertamente tolerantes y permisivos con el radicalismo islamista.

Existe un islam moderado al que el islamismo radical odia con tanta o más intensidad que a Occidente, un islam moderado que desea vivir en paz y en armonía con otras religiones y que, aun siendo como es una religión que desearía convertir a toda la Humanidad, no es menos cierto que no quiere imponerla por la fuerza, la violencia o la coacción, y no practica el proselitismo brutal, despiadado y violento de los extremistas islamistas.

Para comprender la seriedad de este problema basta analizar qué ha ocurrido en Dinamarca tras la polémica de las viñetas. Ya nadie se atreve a decir nada de nada. Otra sociedad secuestrada por el miedo, la corrección política y la inconsciencia de una parte de la opinión pública de las democracias que ha decidido, en el mejor de los casos, ignorar el problema y, en el peor, practicar una política de intenso apaciguamiento.

En una parte de la sociedad holandesa ha ocurrido lo mismo. El asesinato de Theo Van Gogh ha surtido los efectos deseados. El miedo paraliza y desactiva, y una parte de los gobiernos europeos reacciona tarde y mal, o no reacciona, o simplemente se inhibe. El terror, lamentablemente, está siendo muy eficaz en un número creciente de sociedades democráticas.

Los atentados frustrados del pasado agosto en Londres demuestran que hay en marcha una nueva generación de atentados del terrorismo yihadista que, además de amedrentar a las sociedades que los sufren, quieren desactivar todos sus mecanismos de defensa para penetrar con creciente facilidad y llegar hasta el corazón para hacerse con el poder y el dominio total.

La situación actual ha sido sacada de contexto, multiplicada, exagerada y manipulada muy hábilmente, para volver a incendiar los ánimos y mantener viva la llama del odio y de la ira y, si es posible, alimentarla para que crezca y se desborde. Esos son los incendiarios de la ira que tienen un sinfín de cómplices por cobardía y por omisión. Por otra parte, algunos de los que se dicen moderados recurren a los más burdos tópicos para echar más leña al fuego, empleando comparaciones que pueden resultar eficaces por el odio que se le tiene al presidente Bush en una parte de la opinión pública islámica, pero que no dejan de ser burdas y simplistas. Estos falsos moderados deberían dedicarse más a calmar los ánimos y contribuir a que las muy revueltas aguas vuelvan a su cauce.

Pero en esta agua del odio pesca con gran provecho el radicalismo. Bin Laden y Al-Zawahiri se regodean de satisfacción, viendo que todos los días surgen polémicas y crisis que contribuyen al crecimiento cada vez más rápido y preocupante del extremismo. Por cierto, el número dos de Al Qaeda ha exhortado al mundo entero a convertirse a islam o, en caso contrario, advierte, «lo pagarán muy caro». Otra muestra clara de cómo se las gastan los yihadistas. No acabo de entender por qué algunos de esos supuestos moderados se irritan tanto cuando periodistas, analistas o políticos criticamos duramente al islamismo radical, haciendo, por cierto, una clara diferencia con el islam moderado. No entiendo que ser implacable con Bin Laden, Al-Zawahiri, Bin Bakri, Abu Qattada o Abu Hafez Al-Masri, todos ellos delincuentes procesados o incluso alguno de ellos ya encarcelados, constituya un ataque al islam. Esto merece una seria explicación por parte de los supuestos moderados. A esta tragedia hay que añadir que una parte de la progresía europea y occidental cree que su alianza con el islamismo se justifica porque comparten enemigos y fobias, pero no se dan cuenta que el islamismo radical y el yihadismo los odian igual que a los musulmanes moderados o al resto de occidente.

Otra de las cuestiones consideradas polémicas ha sido la crítica a la guerra santa, como forma de imponer la fe islámica. Sin embargo, hay que recordar que hay dos acepciones a la palabra yihad, que el propio profeta Mahoma aclaró a través de uno de los hadices que el yihad mayor es «la lucha contra uno mismo y nuestras pasiones»; es decir, una guerra santa interior encaminada a mejorar como creyente y como persona. Por su parte, el yihad menor es la guerra santa, que tiene unas reglas muy claras y tasadas, que los terroristas yihadistas ignoran por completo, pues ni un solo atentado tendría cabida en las reglas coránicas para declarar una guerra santa. Sólo se entiende como defensa de la libertad de culto para los creyentes musulmanes si es que ha sido restringida o prohibida, defensa contra ataques ilegítimos, defensa de la Tierra islámica contra invasiones, o para derrocar a gobernantes apóstatas. Conviene subrayar que para el yihadismo todos los gobernantes actuales del mundo islámico son apóstatas. Los yihadistas no tendrán compasión de nadie, y a los primeros que eliminarán serán a los que en otros tiempos fueron sus aliados circunstanciales.

Entonces, ¿cómo es posible que se critique una condena a la violencia y la muerte como formas de extender una religión? Es evidente que imponer por la fuerza una fe es irracional, sea la que sea, y eso es lo que se ha dicho y bien dicho está, nadie puede imponer su fe a otro por la fuerza. Tenemos que poner el acento en la yihad mayor, como recomendaba el propio profeta Mahoma. La violencia, el terror y la ira deberían ser desterradas del ámbito de la religión y de la política. Aunque sepamos que para muchos sean las múltiples caras de una misma moneda.

Gustavo de Arístegui es portavoz de Exteriores del PP en el Congreso de los Diputados.

Publicado por el diario EL MUNDO el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Sola en el lecho y castigada” por Isabel San Sebastian

Cuando Salman Rushdie fue condenado a muerte por el ayatolá Jomeini a finales de los 80, como consecuencia de las presuntas blasfemias contenidas en sus Versos Satánicos, una oleada de solidaridad se derramó a su alrededor para paliar en lo posible los efectos de la fatwa. Hubo iniciativas ante las Naciones Unidas, las universidades de medio mundo se disputaban su presencia y los abajofirmantes de la progresía pugnaban por aparecer en la lista de adheridos a las filas de la libertad de expresión. Hoy han desertado de esa causa y prefieren defender con la pluma arrugada el respeto al islam, incluso en sus manifestaciones más fanáticas.

La furia musulmana enciende hogueras de intolerancia y el Occidente civilizado se apresura a implorar clemencia. Sus voces de mayor calibre multiplican las amenazas y consiguen hacernos entonar el mea culpa. Europa se ha convertido en una maltratada, destruida en su autoestima por un agresor que ha logrado convencerla de que se merece hasta la última humillación sufrida. El miedo silencia las conciencias o lo que es peor, las pervierte hasta llevarlas a señalar a la víctima con el dedo acusador.

Hace unos meses el primer ministro de Dinamarca, Anders Fog Rasmussen, se quedó solo en su heroica negativa a censurar las caricaturas de Mahoma publicadas por un periódico, mientras nuestro ZP tildaba de «inmorales y políticamente incorrectas» las viñetas, al tiempo que abogaba por la «alianza de civilizaciones» con quienes pretenden reconquistar Al Andalus para la «verdadera fe». Simultáneamente, el director del cotidiano France Soir era despedido tras atreverse a respaldar a su colega danés, y el de la revista jordana Shihane sufría detención y procesamiento judicial por idéntica causa. Antes se había producido el asesinato del cineasta holandés Teo Van Gogh, apuñalado por un integrista disconforme con su denuncia de la violencia contra las mujeres justificada en varios versículos del Corán. Y ahora le toca el turno al Papa, puesto en la picota por decir algo tan obvio como que la guerra no puede ser santa.

¿Hemos de permanecer callados ante la marea de barbarie desatada contra esa declaración de principios que compartimos muchos de nosotros, creamos o no en Dios? ¿Es aceptable abjurar de nuestras convicciones para escapar a la cólera mahometana? No, no y mil veces no, especialmente si una es portadora potencial del burka, aunque esta rebeldía nos aboque a ser «amonestadas, dejadas solas en el lecho y castigadas», como manda su Libro.

Publicado por el diario EL MUNDO el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Nada compungido” por Alfonso Ussía

La mera contemplación de las fotografías que muestran la iracundia islámica produce pavor

No me siento nada compungido con las palabras del Papa. Me siento bien representado. ¿Qué ha dicho Benedicto XVI para que estalle la violencia más salvaje en el ánimo del islamismo radical? Precisamente eso. Que la violencia en nombre de Dios no puede tolerarse. Ni el terrorismo. Ni la barbarie. Buen ejemplo de la Alianza de Civilizaciones. Contra la palabra, el salvajismo histérico. El siglo XXI amenazado y cohibido ante el siglo VIII. Al Santo Padre de la claridad y el pensamiento no se le permite hablar. Europa, atemorizada. Los intelectuales, acoquinados. No los valientes. Aquí tenemos a algunos de ellos. Albiac, Arístegui, Vidal y demás objetivos de los imanes incendiarios. Fenomenal lío diplomático. La Iglesia, también tímida en su reacción. Turquía demostrando que no puede ser Europa. Mohamed VI encabritado en nombre de sus creyentes sometidos. De los que le quedan, porque una buena parte de ellos nos han invadido por el sur, como en el 711, para alegría y gozo de Cebrián. Firmeza y valentía. Somos miles de millones las personas que, o bien desde la fe, o bien desde la aceptación del cristianismo, queremos vivir en paz en nuestro siglo y en nuestra época. La mera contemplación de las fotografías que muestran la iracundia islámica produce pavor. El mismo histerismo –en aquellos casos, gozoso–, con el que se celebraron los crímenes masivos de Nueva York, de Bali, de Madrid y de Londres. La violencia no sólo está en la muerte, sino también en el gesto, en la extensión de la ira, en la ignorancia manejada, en la peor interpretación del profeta Mahoma. Todo el mundo pendiente de unas caricaturas inocentes y ahora de unas palabras sabias y precisas. A matar y callar a los infieles que no aceptan sus creencias. Lo escribía Gabriel Albiac, filósofo ateo cuyo talento honra nuestras páginas. «Hay creencias con las cuales es posible convivir sin riesgo; y otras en las cuales está condenado a muerte –el filósofo–. En nuestro hoy, judaísmo y cristianismo pertenecen al primer género. Islam, al segundo». Eso lo sabemos todos, pero muy pocos se atreven a denunciarlo y recordarlo.

El Papa Benedicto XVI no tiene que sentirse compungido, ni arrepentido. Los que han deformado la intención de sus palabras detuvieron su progreso en el siglo X. Podemos sentir miedo físico por los ataques del siglo X, pero no temor intelectual. Menos aún desde los valores del humanismo cristiano. La brutalidad religiosa es algo que no nos pertenece desde siglos atrás. Lo que no es nuestro no tiene por qué amedrentarnos ni someternos. Pero el sometimiento de las sociedades pacíficas se está llevando a cabo mediante argucias perfectamente organizadas e irresponsablemente admitidas por muchos dirigentes occidentales, entre ellos, el nuestro. Pero ese problema, gravísimo, es político. La reacción del fundamentalismo islámico –no me refiero al islam en general–, por las palabras del Papa confirman el valor y la oportunidad de esas palabras. Su Santidad tiene que estar tranquilo, no compungido. La voz contra la violencia. El perdón contra la venganza. La serenidad contra la ira. La venda contra la herida y el amor contra la muerte. La música contra el alfange y la piedra de las lapidaciones. Todo eso.

Publicado por el diario LA RAZON el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Protesto” por Cristina López Schlichting

Hay relativistas dispuestos a «respetar» por igual los derechos de la mujer que la poligamia

Me han vejado, escarnecido y amenazado y nadie dice nada. Los gobiernos europeos callan, Zapatero se esconde y Moratinos dice que debo pedir perdón ¿Qué he hecho? Pues secundar el magnífico discurso del Papa en Ratisbona, y recibir, como el resto de la comunidad católica, amenazas de muerte desde Sudán y Somalia, recusaciones parlamentarias desde Pakistán, injurias desde Irak e Irán y, desde Mogadiscio, la triste noticia del asesinato vengativo de nuestra hermana Leonela, una religiosa de la Consolata que llevaba 40 años sirviendo a los pobres musulmanes y cristianos en África. El máximo representante de mi religión ha dicho que no se puede imponer la fe por la violencia y sus oponentes han hecho buena su advertencia respondiendo con la violencia. Se está imponiendo una mentalidad según la cual es intolerable sostener «opiniones intolerables». ¿Pero quién decide lo que es intolerable? Los violentos, los mismos que acaban de decir en Mogadiscio que «los musulmanes deberían matar al Pontífice católico por sus críticas sin fundamento» y desde el Líbano que hay que asesinar a los homosexuales. Lamento mucho tener que hacer de Pepito Grillo, pero en determinado momento, y al menos con métodos políticos y culturales, entra en vigor la legítima defensa de una sociedad libre que se ve atacada por una intolerancia hacia la crítica pacífica que resulta, esta sí, intolerable. Lo dramático del caso es que aquí no hay dos bandos, porque el mundo está trufado de relativistas dispuestos a «respetar» por igual los derechos de la mujer que la poligamia porque «cada uno tienen derecho a pensar como le dé la gana». Así, paradójicamente, crece la solidaridad entre los nuevos  totalitarismos iberoamericanos, los fundamentalismos teocráticos como Irán y los partidarios de la llamada «Alianza de las Civilizaciones»: la semana pasada Chávez hizo un encendido elogio de Zapatero señalándolo como el adalid de la mejor España, «de la España de García Lorca». En fin, que lo que yo pregunto es quién defiende al Papa, a la Iglesia, quién defiende a esa magnífica Leonela, hija de Europa y de Cristo, cuyas últimas palabras han sido, según ha testimoniado la hermana Marzia: «Perdono, perdono, perdono».

Publicado por el diario LA RAZON el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“No hay perdón” por Ramón Pérez-Maura

Afortunadamente, Benedicto XVI no ha pedido perdón por la lección magistral que dictó en su amada Universidad de Ratisbona el pasado 12 de septiembre. Ni lo ha hecho ni debe hacerlo bajo ningún concepto. Sólo ha lamentado, como es normal, que sus palabras hayan servido para encrespar los ánimos. Y yo ni siquiera estoy seguro de que eso sea así, porque los encrespadores estaban más que predispuestos a buscar razones para sublevarse. Si pasamos revista a lo vivido en los últimos años, el choque entre el Occidente culturalmente cristiano y el islam ha tenido cuatro desencadenantes destacados: una novela de Salman Rushdie -«Versos satánicos»- que valió al autor su condena a muerte; una obra cinematográfica de Theo Van Gogh, que éste pagó con su vida; unas viñetas que describían al profeta de forma desfavorable y que costaron muchas vidas; y ahora, una lección magistral en una Universidad que ya ha generado la llamada a un «viernes de ira» que, seguro, costará muchas vidas. Y ¿de verdad pretenden convencernos de que la propagación del islam no conlleva derramamiento de sangre?

En el caso que nos ocupa, la lección de Benedicto XVI, convendría empezar por leérsela. Como podrá ver quien haga el esfuerzo de estudiarla íntegramente, la cita del Emperador Manuel II Paleólogo es una cuestión casi ancilar en un texto en el que hay una alusión directa a que el dios de los musulmanes, según el polígrafo del siglo XI Ibn Hazn, «no está ligado ni siquiera a la verdad y al bien». Pero de lo que se trataba era de sublevar a las masas. Y eso no se puede hacer si se dice que el Papa ha citado a un pensador musulmán crítico, pero sí si se recoge una cita papal de un Emperador cristiano que tenía una visión clara de lo que era el islam que buscaba derribar su Imperio. El hecho de que el Papa haga esa cita en un contexto académico en el que para nada pretende avalarla, sino que la emplea como parte de su argumentación para describir un escenario, resulta irrelevante para quienes no quieren atender ni entender. Mas queda claro que lo único que el Papa no podía hacer -y afortunadamente no ha hecho- es pedir perdón.

En lugar de arremeter contra el Papa y precipitarse a decir que Benedicto XVI podía tener más cuidado con sus citas y que «si cita a alguien será porque está de acuerdo» -juro que he oído esa afirmación en la radio española-, los progres de salón que se regodean con este nuevo choque podían reclamar una vez más la libertad de cátedra que tan justamente reivindican en otras ocasiones. Y no olvidemos que se puede citar a cualquiera, de Hitler a Stalin pasando por Churchill, incluso para contradecirlo. ¿O cómo se creen que se discrepa de alguien si primero no se expone su pensamiento? A algunos les hace mucha falta ir a la Universidad.

Publicado por el diario LA RAZON el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Un diálogo imposible” por Jorge Trias Sagnier

Los líderes religiosos musulmanes deberían reflexionar a dónde les conduce su intolerante y acrítica actitud

Benedicto XVI pronunció la semana pasada en Ratisbona una lección magistral sobre la relación entre fe, razón y universidad. El Papa es el máximo impulsor del diálogo interreligioso y de la paz entre todas aquellas personas que profesan creencias diversas y ha sostenido siempre, como su antecesor, que la Verdad no se impone, sino que se propone. Y partiendo de un apasionante diálogo sobre religión que tuvo en 1391 el Emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo y un docto persa musulmán, se refirió al cristianismo, esa convergencia entre fe bíblica y filosofía griega que dio lugar a la creación de Europa. En un momento de su disertación, el Papa trajo a colación esa afirmación que planteó el Emperador al persa, “Dios no goza con la sangre: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo”. Un gran punto de partida para establecer las bases para el diálogo entre cristianos y musulmanes.

Pero a la vista de los enfurecidos rostros y de las terribles e ignorantes reacciones de una gran parte del mundo islámico parece que los hijos de Mahoma no están para demasiado “logos” ni para disquisiciones teológicas.

El Santo Padre me recordó a ese frágil y potente Unamuno clamando por la razón en la Universidad de Salamanca en 1936, ante un Millán Astray que vociferaba “¡Muera la inteligencia, viva la muerte!”.

Al discurso teológico muslímico quizás le sobre fe y le falte razón. El Papa, en su discurso doctoral, dijo también otras cosas que no se han citado: “Para la doctrina musulmana Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, incluso a la de la racionalidad. En este contexto Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien recuerda que Ibn Hazan llega a decir que Dios no está condicionado ni siquiera por su misma palabra y que nada le obligaría a revelarnos la verdad. Si fuese su voluntad, el hombre debería practicar incluso la idolatría”. De ahí que el Emperador Manuel II sostenga ante su interlocutor, persa y musulmán, que “no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios”. Una afirmación que tiene hoy gran actualidad. Ratisbona, teológicamente hablando, no es, desde luego, una ciudad pacífica. Cuenta Menéndez y Pelayo—al que se pretende ahora mandar al patio castigado— en sus heterodoxos que en el año 792 se convocó un concilio en esa ciudad en la que se encontraba Carlomagno, para condenar la herejía de los “adopcionistas” propagada por el Arzobispo Elipando de Toledo y el Obispo catalán Félix de Urgell.

Los adopcionistas sostenían que Jesucristo era hijo adoptivo del Padre, y hacían hincapié en su originaria naturaleza humana, lo cual dividió a una cristiandad que estaba ya muy fraccionada por la invasión mahometana.

Probablemente, el “adopcionismo” se acomodaba mejor a las creencias de los invasores peninsulares y esa fue la razón de que la herejía se extendiese hasta infectar la Germania, y de ahí que ese concilio zanjase de raíz la controversia.

Ahora Ratisbona es una de las capitales de la cultura europea y el Papa ha impartido en el Aula Magna de su universidad esta lección que, desde luego, ya por ignorancia, mala fe u oportunismo político, ni se ha leído Mohamed VI ni, lo que resulta más preocupante, el Primer Ministro de Turquía. Benedicto XVI no ha condenado a nadie. Por el contrario, ha establecido los términos del debate al afirmar que fe y razón son compatibles, que la concepción de Ibn Hazn, la imagen de un Dios-Árbitro, no está ligada a la verdad y al bien, y que las llamadas “guerras santas”, vengan de donde vengan, no están inspiradas por Dios. “Sólo así podremos lograr ese diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy”.

El Papa invita, en suma, a encontrar ese “logos” (razón) interreligioso y termina con otra cita de Manuel “paleólogo”: “No actuar razonablemente (con “logos”) es contrario a la naturaleza de Dios”. Efectivamente, comprendo el enfurecimiento de todos esos musulmanes que, en nombre del Profeta, esgrimen el uso de la violencia para imponer su fe.

Si los judíos, para los cristianos, son nuestros hermanos mayores en la fe, resulta claro que los musulmanes serían como una especie de hermanos menores. Hermanos que no quieren, hasta el momento, saber nada del resto de la familia.

El Papa, que tanto esfuerzo dedica a la unidad religiosa, ha pedido incluso perdón a los hermanos menores por si les hubiese ofendido. Pero no servirá de nada. Éstos, lo único que quieren es borrar del mapa a los otros integrantes de la familia de creyentes.

Los líderes religiosos musulmanes deberían reflexionar a dónde les conduce su intolerante y acrítica actitud. La misma relación fraternal que ahora tenemos católicos y judíos, ¿podría establecerse con los musulmanes? Hoy lo veo difícil. En cualquier caso, lo que resulta evidente es que el gran debate del siglo XXI ya no es filosófico sino, nuevamente, teológico.

Publicado por el diario LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El discurso de Ratisbona” por  Juan José Tamayo

El discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, que ha irritado a tirios y troyanos, se sitúa dentro de la lógica de su pensamiento desde que iniciara el giro conservador en la década de los setenta del siglo XX. Como presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger condenó a varios teólogos que estaban elaborando una teología del pluralismo religioso en diálogo con otras religiones. El ceilandés Tissa Balasurya fue suspendido a divinis y posteriormente rehabilitado. El jesuita belga Jacques Dupuis, profesor de Teología durante casi cuarenta años en la India, sufrió un largo calvario por su obra Hacia una teología del pluralismo religioso, acusada de graves errores contra principios fundamentales de la fe divina y católica. También fueron condenadas algunas obras del jesuita indio Tony de Mello. Pero los tres tuvieron defensores de lujo: la conferencia de provinciales jesuitas de Asia se pronunció a favor de Tony de Mello; el arzobispo de Calcuta, Henry d' Suoza, y el arzobispo emérito de Viena, cardenal Franz König, se definieron a favor de Dupuis; numerosas instituciones teológicas del mundo se colocaron del lado de Tissa Balasuriya.

El mayor ataque de Ratzinger contra el diálogo interreligioso fue la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, de 2000, que abrió una brecha profunda entre las iglesias cristianas, al tiempo que dinamitó todos los puentes que veníamos tendiendo teólogos y teólogas de las diferentes religiones, líderes religiosos, intelectuales y políticos. Ratzinger afirmaba allí que la Iglesia católica es "la Iglesia verdadera" y que las "Iglesias particulares" (ortodoxas) y las comunidades eclesiales (protestantes y anglicanas) "no son Iglesia en sentido propio" (n. 17). El tono era igualmente excluyente en relación con las religiones no cristianas. "Si bien es cierto -decía- que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que, objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvífica" (n. 22, subrayado mío).

La denuncia de la "dictadura del relativismo" es una constante en el pensamiento de Ratzinger. En la Dominus Iesus condenaba las teorías de tipo relativista que tratan de justificar el pluralismo religioso, "no sólo de facto, sino de iure", el subjetivismo, el indiferentismo, etcétera. Todavía resuenan en mis oídos las severísimas críticas lanzadas contra el relativismo en la misa previa a la celebración del cónclave en el que sería elegido Papa. Críticas hechas desde la conciencia de poseer la verdad en exclusiva, no desde la búsqueda conjunta.

La crítica del relativismo lleva derechamente a la simplificación, deformación y falseamiento de las posiciones del contrario. Esas desviaciones son las que se dan en el discurso de la Universidad de Ratisbona del 12 de septiembre, a partir de una cita, a mi juicio desafortunada, del emperador bizantino Miguel II Paleólogo, que ofrece una idea beligerante de la religión musulmana y una imagen violenta del profeta Mahoma. La propia cita, independientemente de que se comparta o no, no es casual, revela ya la tendenciosidad del discurso y, objetivamente, sitúa el discurso del Papa en el horizonte de la teoría del choque de civilizaciones de Huntington, para quien el islam es "la civilización menos tolerante de las religiones monoteístas", y en el planteamiento etnocéntrico de Sartori, que califica al islam como religión totalitaria e incompatible con la sociedad pluralista, ya que, dice, sigue pensando en la espada. "Debe quedar claro -afirmaba Ratzinger en 1996- que no se inserta en el espacio de libertad de la sociedad plural".

Benedicto XVI podía haber elegido otros testimonios de la época más respetuosos con el islam como los de Francisco de Asís, de Raimon Llull en El gentil y los tres sabios o de Nicolás de Cusa en La paz de la fe. Francisco de Asís se mostraba partidario del diálogo islamo-cristiano y contrario a la cruzada contra los musulmanes por considerar que el Evangelio manda amar a los enemigos y no hacerles la guerra. Una vez convocada la cruzada, se dirigió al campo de batalla y se entrevistó con el sultán. Los dos dialogaron en un clima pacífico y rezaron juntos. Estos testimonios hubieran sido más conformes al objetivo del diálogo de las culturas que el Papa decía proponerse.

Por lo demás, la violencia no pertenece a la esencia del islam, ni la guerra santa es uno de sus pilares y, menos aún, un deber de los creyentes musulmanes. Constituye, más bien, una perversión, una patología de la religión musulmana, como lo es también del cristianismo. Como se han encargado de demostrar los estudiosos del islam, resulta incorrecto y tendencioso traducir yihad por guerra santa. Su verdadero significado es esfuerzo.

Según Sayyid Abul al' Mawdudi (1903-1979), escritor y político musulmán indio, yihad es ante todo una lucha moral en el interior de la comunidad islámica orientada a su reforma, que consiste en el cambio tanto personal como social. Sin cambio personal en las motivaciones, los puntos de vista, los objetivos y la personalidad de cada individuo no sirven de nada los cambios políticos y económicos. Cambio que ha de llevarse a cabo de manera gradual y a través de la educación, no por la fuerza. Junto al cambio personal hay que luchar contra las injusticias y por las reformas sociales, fomentando la cooperación para el logro de mejores condiciones de vida para todas las personas, con atención especial a las personas más necesitadas, como las viudas y los huérfanos, los lisiados e incapacitados.

Hay que agradecer las excusas de Benedicto XVI y valorar positivamente la aclaración de que no se identifica con el testimonio de Miguel II Paleólogo. Pero el problema no está en una cita o en un párrafo de la alocución del Papa. Es el discurso en sí, en su conjunto, cristiano-céntrico y euro-céntrico, el que hay que revisar en profundidad, porque no contribuye al diálogo. Y optar por el paradigma intercultural, interreligioso e interétnico en sintonía con la teología liberadora de las religiones y en convergencia con las distintas iniciativas de paz en el plano internacional.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Fundamentalismos y diálogo de religiones (Trotta, Madrid, 2005).

Editorial publicado por el diario EL PAIS el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.