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La Despedida de Ibarra (Editoriales)

Por Narrador - 20 de Septiembre, 2006, 11:00, Categoría: Ibarra

“Oportunidad para Extremadura” (Editorial de EL MUNDO)

Para nadie es un secreto que Juan Carlos Rodríguez Ibarra ha dado reiteradas muestras de no querer bien a este periódico, pero no podemos por menos que lamentar que su retirada de la vida política activa se deba a razones de salud. Hubiéramos deseado que sus posiciones -tan salvajemente sinceras como a menudo disparatadas- siguieran teniendo un eco en el foro de la opinión pública e incluso siguieran siendo testadas en las urnas, si bien es verdad que 24 años al frente de la Junta de Extremadura se antoja demasiado tiempo para cualquier político. Incluido Rodríguez Ibarra.

El presidente extremeño ha sido testigo y protagonista de excepción de la convulsa historia reciente del PSOE. De obediencia guerrista, se ha mantenido fiel a los personajes más oscuros del felipismo, como José Barrionuevo y Rafael Vera, y echó una mano a Zapatero para ser elegido secretario general del partido, dando libertad de voto a la delegación extremeña del PSOE.

Al margen de las abruptas discrepancias del todavía presidente extremeño con EL MUNDO -la última bien reciente-, su renuncia a presentarse a las elecciones del próximo mes de mayo tiene una trascendencia política indudable y abre una posibilidad real de renovación en la comunidad que Ibarra ha controlado con mano férrea y arrolladora personalidad. El que será su sustituto como candidato socialista en las autonómicas, Guillermo Fernández Vara, es prácticamente un desconocido. Desde el punto de vista de la política nacional, la retirada del decano de los presidentes autonómicos significa el adiós a toda una época. Era el penúltimo de los llamados barones del PSOE -sólo queda Manuel Chaves-, por lo que bien puede afirmarse que el secretario general ya tiene un partido a su medida. Los dirigentes que han actuado en los últimos años de contrapeso de algunas decisiones polémicas de Zapatero como la reforma del Estatuto catalán o la apertura de negociaciones con ETA, están fuera de la política. Es el caso de José Bono, Francisco Vázquez o el propio Ibarra.

Por lo que se refiere a la comunidad extremeña, la marcha de Ibarra abre una incógnita sobre cuál será el comportamiento de los electores. El dirigente socialista gobernó siempre con mayoría absoluta, a excepción de la legislatura del 95 al 99. Lo único claro es que, gane el PSOE o el PP, Extemadura -una comunidad con muchos indicadores por debajo de la media nacional- tiene ante sí una etapa de renovación y cambio. En este sentido, hay que destacar la elegante y atinada reacción del presidente del PP extremeño, Carlos Floriano, que deseó suerte en lo personal a Ibarra y ofreció a los ciudadanos «un proyecto moderado y centrista para hacer bien las cosas que se han hecho mal». No hay duda de que para el PP hay una oportunidad más.

Editorial publicado por el diario EL MUNDO el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Ibarra también se baja del carro” (Editorial de LA RAZON)

La salida del presidente extremeño deja las manos libres al PSOE en el plan de reformas territoriales

La despedida de Juan Carlos Rodríguez Ibarra es el síntoma definitivo de que el liderazgo de Zapatero es efectivo y de una lógica aplastante. Con el presidente de Extremadura se va un notorio disidente político, pero ése no ha sido el factor determinante de su salida. En realidad, Zapatero ejerce el poder guiado por intuiciones e intenciones que desbordan los marcos ideológicos, lo que explica la coincidencia en la puerta de salida de Maragall y Rodríguez Ibarra, de sensibilidades totalmente opuestas. Tampoco es desdeñable en la salida la dilatada estancia en el poder del presidente extremeño, el infarto que sufrió en medio de una cena de «barones» y el ejemplo de José Bono, que ha convertido su retirada de la política en una demostración de renovación personal.

En la hora de la despedida se tiende a relativizar los defectos para ensalzar las virtudes, y a Rodríguez Ibarra le asiste, por ejemplo, la conciencia de un modelo territorial que aspira a la solidaridad y a la estabilidad. De seguro ha querido ser el más socialista de los presidentes autonómicos socialistas, lo que tampoco es que le haya deparado grandes dificultades en plena eclosión de las reformas estatutarias. En el plano negativo, Rodríguez Ibarra no ha tenido grandes pudores a la hora de mostrar su sectarismo, que le llevó por ejemplo a despotricar contra LA RAZÓN cuando ésta avanzó hace ya unos meses que no repetiría como candidato a la Presidencia extremeña. El mismo sectarismo ha sido un grave inconveniente a la hora de explicarse más allá de Madrid y en relación a Barcelona. De manera sistemática sus palabras han sido interpretadas como ataques a Cataluña, circunstancia que no ha tenido gran interés en corregir. Un cierto maniqueísmo ha impregnado buena parte de sus intervenciones en política, convencido de que la mejor manera de difundir sus mensajes era el esquematismo radical.

Pero el elemento más destacable de la retirada de Rodríguez Ibarra es lo que revela sobre la fuerza de Zapatero y José Blanco en el seno del PSOE. Con los adioses de Francisco Vázquez, Ibarra, Maragall y Bono desaparecen los «barones », cuya principal función política era la de ejercer un sano ejercicio de contrapoder, de realismo sociológico y de mantenimiento de la identidad básica del Partido Socialista. Con tan sumarias renovaciones, el PSOE adquiere la consistencia de un partido monolítico, más propenso a darse rumbo a través de hallazgos del marketing político que a los que puedan generar los debates internos o los órganos habituales de los partidos. Y pierde la organización también esos referentes que contribuían a generar confianza en que el PSOE no sería capaz de traspasar determinados límites. En lo que pudiera suponer Ibarra de voz de conciencia, Zapatero queda liberado de contestación interna.

Editorial publicado por el diario LA RAZON el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El adiós de Ibarra” (Editorial de ABC)

«Todo tiene un límite y esta etapa mía ha llegado a su fin». Con estas palabras anunció ayer que no repetirá como candidato el único presidente que ha conocido la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, incardinado en la «vieja guardia» del PSOE, significado «guerrista» y agresivo exponente, a veces oportuno, otras oportunista, del sector de su partido que ERC ha bautizado despectivamente como «nacionalista español».

Nadie podrá negar que, después de 23 años como presidente autonómico -hasta seis veces ha sido investido, lo cual tiene un mérito indudable-, Extremadura ha experimentado un avance considerable. Pero tampoco podrá negarse que Ibarra adquirió más notoriedad en los últimos años por su sonoro desapego del proyecto de «España plural» encarnado por Zapatero que por su gestión política al frente de la Junta o por el éxito de sus propuestas en el seno del PSOE, donde la crítica interna poco ablanda a Zapatero o le mueve a rectificaciones. De hecho, las agotadas tesis de Ibarra tenían desde hace tiempo una escasísima, por no decir nula, repercusión en las reuniones de la dirección federal del PSOE, donde su personalísima crítica a la reforma del Estatuto de Cataluña o su cerrada defensa de la inocencia de Rafael Vera en pro de un indulto llegaron a irritar sobremanera.

Con la decisión anunciada ayer amparada en motivos de salud, Ibarra se suma a una lista, que ya empieza a ser larga en el cuaderno de «bajas» de Zapatero, de históricos dirigentes del PSOE incómodos para la actual dirección que, bien por abandono propio, bien por KO en el combate cuando no por una directa laminación, desaparecen en los últimos tiempos del espectro político. Y, será casualidad, todos pertenecen, cada uno a su manera, a esa «vieja guardia» que en momentos determinantes han querido emborronar el guión marcado por Zapatero. A unos -el gallego Francisco Vázquez, por ejemplo- el presidente les ha acomodado en un destino pactado; a otros -es el caso del vasco Nicolás Redondo Terreros- su valentía en la denuncia les ha condenado al ostracismo; otros -como Pasqual Maragall en Cataluña- han caído víctimas de sus propios errores y de guerras internas; y otros, es el caso de José Bono, ahora valen más por lo que callan que por lo que hablan. Sea cual sea el motivo, todo aquél que se perfila como un embarazoso incordio para Zapatero tiende a poner fin a su carrera de una manera o de otra.

En su despedida, y con el Estatuto como el motivo que terminó por dar con él en un hospital, Ibarra ha admitido haber tenido dudas de prioridad entre su coherencia política y el respeto a la disciplina de partido. Lo primero siempre lo encomendó a su personal y populista estilo ante los micrófonos; lo segundo... a lo segundo nunca renunció a la hora de la verdad. Esa imagen de aparente sinceridad ha ocultado en no pocas ocasiones un rostro profundamente contradictorio. El de otro «jubilado» de Zapatero.

Editorial publicado por el diario ABC el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La retirada de Ibarra” (Editorial de EL PAIS)

Juan Carlos Rodríguez Ibarra anunció ayer que no se presentará a la reelección como presidente de la Junta de Extremadura, cargo que ostentaba desde los primeros comicios autonómicos extremeños en 1983. Se va, por tanto, el último de los barones del felipismo si se exceptúa a Chaves. Ibarra ha explicado su decisión por el infarto que sufrió en noviembre, cuando más encendidas eran sus críticas al proyecto de Estatuto catalán. Ibarra ha discrepado abiertamente de la política autonómica de Zapatero y ha planteado dudas sobre el proceso de paz en Euskadi.

Quien confesó tener su corazón dividido entre González y Guerra ha exhibido a lo largo de su carrera un lenguaje directo fuera y dentro de su propio partido. Sin embargo, las discrepancias en el seno del PSOE siempre las ha salvado con lealtad. Ibarra ha sido el látigo del nacionalismo vasco y catalán, lo cual le ha supuesto problemas en el seno del socialismo, especialmente con Maragall. Al margen de su carácter controvertido, es un político de los que, por su heterodoxia, dan vida a un partido. Sin duda, hay que reprocharle poco tacto cuando ha querido presentar con argumentos sus protestas a los desequilibrios en la financiación autonómica o su resistencia, no completamente infundada, a ceder a las reivindicaciones nacionalistas. Y eso le ha hecho caer a veces en la extravagancia, como proponer una reforma de la Ley Electoral que excluyera a los partidos nacionalistas. Han sido algunos de esos excesos los que al final dejan sombras en su currículo.

En cualquier caso, injusto sería no recordar que Ibarra venció en cinco de sus seis victorias por mayoría absoluta. Habrá que ver qué hace su casi seguro sucesor, el consejero de Sanidad, Fernández Vara. A lo largo de este tiempo, Extremadura ha comenzado a salir del retraso histórico, ha registrado un crecimiento económico aupado por los fondos de ayuda europeos, se ha modernizado con inversiones en tecnología avanzada, como la sociedad de la información, y ha podido experimentar a su vez la aparición de un sentimiento de identidad regional. No es balance escaso.

Editorial publicado por el diario EL PAIS el miércoles 20 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.