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Opiniones de toda ideología y creencia religiosa sobre la ofensiva islamista

Por Sin Pancarta - 19 de Septiembre, 2006, 10:00, Categoría: Islamismo

Nunca creí que fuese yo, ateo confeso y reconocido, quien tuviese que escribir en defensa del Papa. Muy mal deben estar las cosas cuanto me veo en la obligación de respaldar una lección magistral de Benedicto XVI. Les hemos ofrecido el texto íntegro y traducido de la conferencia, también me la he leído, y no encuentro razón de ofensa alguna.

He dicho por activa y por pasiva que si el nacionalismo ha sido la peste del Siglo XX, el Islam es la peste del Siglo XXI. Esa denominada religión, entre otras atrocidades, se fundamente en la conversión por medio de la violencia, así como el extermino de quienes considera ‘infieles’. Puedo buscar las suras si fuese necesario.

La izquierda más repugnante se ha aliado con el islamismo extremo porque ven la opción de destruir occidente, nuestras democracias occidentales. Fracasaron con el comunismo soviético y ahora lo intentan con los más extremistas yihadistas. Estos sujetos, en su sideral ignorancia no se dan cuenta que en una república islámica serían los primeros en probar la ‘espada’. Llevo años reiterándolo: nuestra sociedad tiene el enemigo dentro, la quinta columna enmascarada bajo la tolerancia, bajo al defensa del multiculturalismo.

Este tema dará mucho de sí. De momento les he seleccionado varias columnas de opinión publicadas en los cuatro diarios nacionales cuyos autores van del catolicismo al ateismo pasando por el protestantismo. Pluralidad política e ideológica donde las haya.


“Un favor papal” por Hermann Tertsch

Previsibles y poco conmovedoras son las reacciones de angustia y estupor de intelectuales, políticos y observadores occidentales ante la furia del mundo islámico por un comentario y una cita que el papa Benedicto XVI hizo en referencia a la incuestionablemente arraigada vocación del islam de imponerse por la fuerza. Nadie rebate al Papa, pero todos lo consideran culpable del conflicto. En el mundo islámico tampoco hay mayor sorpresa. El habitual celo de los moderados por dar la razón a los radicales se ve bien combinado con los insultos y maldiciones al Papa y a Occidente por favorecer, supuestamente a los radicales. Ni una voz surge con el coraje de decirles a los suyos que su indignación es gratuita, inducida o hipócrita. De la escuela coránica más fanática en Karachi a las mansiones de los funcionarios de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) con los niños en internados en Suiza, todos dicen saber que la culpa de que el islamismo genere sociedades fracasadas, jamás libres, y sea incapaz de afrontar la modernidad, la tienen los demás, "los cruzados", ahora el Papa.

En su discurso de Ratisbona, el pontífice se refería al rechazo que cualquier adoración a Dios ha de tener a los intentos de sus fieles de forzar su expansión por la violencia. Incluida la fe cristiana, que durante tanto tiempo lo hizo. Había mucho de autocrítica de la Iglesia de Roma cuando así se expresaba el Papa en su patria bávara, bastión de la contrarreforma. Pero estas consideraciones carecen de sentido. Primero porque los ofendidos no conciben la autocrítica. Y sobre todo porque no estamos ante una reacción de genuina ofensa o buena fe traicionada sino ante una nueva operación de la vanguardia radical del islamismo para reafirmar el secuestro de la comunidad religiosa islámica mundial y elevar un grado más la amenaza a las sociedades libres. Pagamos hoy también la muy indigna reacción de la mayor parte del mundo occidental en la crisis de las viñetas de Mahoma, cuando quedaron en evidencia las fisuras y dudas sobre nuestros principios en Occidente. El ejército de caricaturistas, intelectuales y políticos que se prodigan en guasear sobre un Cristo o el Papa se abstuvieron de solidarizarse con los daneses y de paso los tacharon de ultraderechistas. Las comunidades islámicas en Europa saben ya cómo callar bocas.

En todo caso sería ahora conveniente que nos diéramos cuenta de que la reacción habida demuestra brutalmente la profunda verdad que ha expresado el Papa. Y desvela la falacia de la teoría de que un cambio nuestro de conducta puede llevar al islam a adecuarse y a renunciar a un Dios total en la vida diaria y política de los individuos y los pueblos. Ese viejo dilema entre lo de Dios y lo del César. Desde la buena o la mala fe, el islam ha de saber que nuestro César es el Estado de derecho y las libertades, la de expresión la primera, no negociable con Dios alguno.

El islam que se dice moderado debería movilizarse para hacer frente a quienes se atribuyen el monopolio de su fe. Y no podemos ayudarle. Sería muy útil que se revolviera contra la manipulación, sacara a la gente a la calle cada vez que desde televisiones como Al Yazira o Al Manar se utiliza a Alá para llamar al crimen, a mutilar a mujeres, celebrar asesinatos, demandar la reconquista de Andalucía, Sicilia o los Balcanes o aplaudir al presidente iraní cuando promete exterminar a los judíos. En caso contrario, esos ejercicios de moderación de reyes, ulemas, generales o intelectuales se antojan un cálculo cínico o indiferente que compra seguridad al fanático a cambio de manos libres para atacar a Occidente. Los sabios templados del mundo islámico son hoy tan irrelevantes como la leyenda del idílico Al Andalus, ese producto ideológico turístico sevillano. Es el islam el que debe dejar de amenazar, quemar y matar por el hecho de que alguien hable, escriba o dibuje. Muchos creen que el intelectual Benedicto XVI no era consciente de los efectos posibles de su discurso. Puede que sí y pensara que reprimir verdades urgentes sólo favorece a quienes se mecen en la mentira o el miedo. Lamentar los dolores que la verdad produce no significa pedir perdón por expresarla. Ratisbona se perfila ya como el primer gran favor que Benedicto XVI nos hace desde su pontificado a todos, al islam y a Occidente.

Publicado por el diario EL PAIS el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Islamismo sangriento” (Editorial de LA RAZON)

Los intelectuales europeos se han olvidado del «caso Rushdie» y callan ante la nueva amenaza

La diplomacia vaticana se ha movilizado para rebajar la tensión que en el mundo islámico ha provocado el discurso del Papa contra la violencia religiosa. Ayer, el nuncio en España subrayó que las reflexiones papales eran una apuesta por el espíritu de diálogo y la razón. El portavoz del Episcopado español, por su parte, desmintió que Benedicto XVI haya pedido perdón y denunció la manipulación malintencionada de sus palabras.

Mientras tanto, en varios países musulmanes han continuado los actos de violencia, sin que se hayan alzado voces significativas contra el asesinato de una religiosa católica en Somalia o por el atentado contra dos iglesias en Palestina. Pero aún: la escalada verbal contra el Papa ha llegado hasta la Unión Mundial de Ulemas, cuyo jefe ha convocado para este viernes a todos los mahometanos del mundo a «manifestar su ira».

Al Qaida ha ido un poco más lejos y, en coherencia con su proceder habitual, ha llamado a intensificar la «guerra santa» contra «los adoradores de la cruz». El líder religioso iraní, Alí Jamanei, ha situado al Papa como esbirro de Bush. En toda esta iracunda turbamulta, ha destacado por su sutileza el cabecilla de los Hermanos Musulmanes de Egipto, quien ha pedido mesura en la protesta porque al Papa «no le siguen todos los europeos».

En efecto, que las masas fanatizadas del islam asesinen, incendien y vociferen forma parte del paisaje inaugurado tras el 11-S. Pero que los países democráticos no sólo callen, sino que justifiquen a los violentos, es alarmante. Ya ocurrió lo mismo con el caso de las caricaturas de Mahoma. Salvo un portavoz de la Comisión Europea, que ayer salió en defensa de la libertad de expresión, la clase intelectual y política europea ha mirado para otro lado en actitud vergonzante, con casos tan clamorosos como el de Moratinos: además de no condenar a los fanáticos ha manipulado las palabras del Papa.

Resulta llamativo el giro radical dado entre los gobernantes progresistas y sus intelectuales orgánicos en este asunto: tan valientes fueron con el «caso Rushdie» como pusilánimes son ahora en un caso menos dudoso. ¿Acaso el Papa es menos digno de defensa que el escritor indio? En el fondo, a los políticos e intelectuales laicistas les repugna más la Iglesia que los regímenes y líderes islámicos, aunque éstos ahorquen a los homosexuales, proclamen el sometimiento coránico de la mujer al hombre y lapiden a las adúlteras.

Son los mismos políticos e intelectuales que aspiran a una «Alianza de civilizaciones» nada menos que con el régimen teocrático de Irán. Aunque lo que de verdad les preocupa es no molestar a un colectivo (el de los inmigrantes musulmanes) que algún día no lejano votarán en las elecciones. Cuando llegue ese día, quienes ahora callan harán valer sus silencios en votos contantes y sonantes.

Publicado por el diario LA RAZON el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Razones y creencias” por Gabriel Albiac

No todas las religiones son iguales. Para un filósofo, como yo, ateo

Se sabe o no se sabe. No se cree. Si se sabe, se construye el sistema de enunciados regulables que justifiquen lo dicho. Si no, se guarda silencio. Creer no añade nada a ese silencio. Es regla básica en filosofía: no creer va en el oficio. Para quien, 2.500 años luego de que Platón fijase las reglas de su juego, persevera en tan excéntrica disciplina. República, 509d-511e: ni conjetura (eikasía) ni creencia (pístis) atañen al filósofo; ambas dormitan en lo opinable, la dóxa, que no acarrea verdad. Accede al conocimiento (epistéme) sólo quien se despoja del hogareño cobijo de creencias y conjeturas.

No todas las creencias son iguales, sin embargo. Desde el frío envite de una razón sin afectos, nada permite igualar la fe de un jainita estricto con la de un estricto antropófago: aunque sólo fuera porque el coste social del vegetarianismo es bastante más amable que el de las convenciones litúrgicas caníbales. Desde el ajeno horizonte de quien no acepta consuelos, nada permite igualar la soledad del jansenista con la ebriedad mortífera del devoto del nacional-socialismo. Ajeno a las diversas formas del monoteísmo, exige el rigor del filósofo, no amalgamar a las tres grandes religiones del Libro: judaísmo y cristianismo han completado, hace mucho, un saludable tabicamiento entre lo religioso y lo mundano, que prohíbe su mutua interferencia; el islam, fijo en el literalismo coránico, ninguna autonomía concede a forma de Estado o política que no se ajuste al mandato del texto. Su apuesta conceptual separa al filósofo del creyente. Pero el filósofo sabe que, en cada momento histórico, hay creencias con las cuales es posible convivir sin riesgo; y otras en las cuales está condenado a muerte. En nuestro hoy, judaísmo y cristianismo pertenecen al primer género; islam, al segundo.

Los católicos, por primera vez desde hace mucho tiempo, tienen por Papa a un teólogo académico. Su discurso en Auschwitz fue la más alta pieza que sobre el silencio de Dios en la Shoá ha producido el catolicismo. Hace equilibrio con la lección magistral del día 13 en la Universidad de Ratisbona, que ha puesto en pie de guerra a los mismos que pretendieron ya linchar a unos cuantos caricaturistas daneses el invierno pasado. ¿Ha leído alguien esa conferencia; de quienes llaman al linchamiento papal, como de quienes compadecen a los linchadores? ¿Había alguien visto las caricaturas; de quienes quemaron consulados como de quienes se identificaron con los ofendidos incendiarios? Lo dudo. Por un motivo: la lección de Ratzinger, Fe, razón y Universidad, versaba sobre la herencia platónica del cristianismo: el peso de la nóesis (inteligencia formal) en el cuerpo doctrinal cristiano. La cita del emperador Manuel II durante el acoso musulmán a Constantinopla remite a las opuestas actitudes de ambos monoteísmos ante la filosofía griega; y a lo incompatible de la yihad con el criterio de racionalidad platónico-aristotélico.

El agustinismo de la exposición de Ratzinger podrá ser acádemicamente discutido. Responder quemando iglesias es confirmar que el emperador de Bizancio se quedó corto en sus vaticinios.

Publicado por el diario LA RAZON el lunes 18 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Carta abierta a Benedicto XVI” por César Vidal

Debe mantenerse firme de la misma manera que su antecesor, Juan Pablo II, lo hizo frente a los horrores del comunismo

Mi muy estimado Benedicto XVI, le ruego en primer lugar que disculpe la osadía de dirigirme a usted por carta. Me explico. Yo no soy católico. Pertenezco a ese conjunto de creyentes herederos de la Reforma a los que su antecesor Juan XXIII denominó «hermanos separados». En cualquier caso, no es ésa la razón por la que me dirijo a usted.

En las últimas horas, el mundo ha asistido a una explosión de cólera en las naciones islámicas cuyo objetivo es usted. El motivo ha sido su referencia al islam. Manifestó su repulsa frente la violencia de carácter religioso y el terrorismo, dos conductas terribles que no pueden asociarse con Dios. El estallido islámico que ha seguido a sus palabras se ha traducido ya en ataques a distintas iglesias de diversas confesiones e incluso en asesinatos.

No se trata de muestras aisladas y espontáneas de barbarie. De hecho,  alguna de las naciones islámicas ha llamado a su embajador a consultas y otras han adoptado medidas exigiendo una retractación.

En mi humilde opinión, lo último que usted puede hacer es retractarse de unas afirmaciones que se corresponden con la realidad. En estos momentos, el terrorismo islámico constituye una amenaza de terribles dimensiones. Como a usted no se le oculta, su finalidad es destruir totalmente el ámbito de la libertad y someter al género humano.

Reflexionando sobre el difícil momento en el que se encuentra he recordado estos días una anécdota que está relacionada con Pedro, el pescador. Cuando Nerón desencadenó la primera persecución contra los cristianos, Pedro se amedrentó y decidió abandonar Roma. Había salido de ella cuando, de repente, distinguió una figura familiar. Sorprendido, Pedro apenas acertó a balbucir: «Quo vadis, Domine?, ¿Adónde vas, Señor?». El Salvador le respondió: «Voy a Roma a ser crucificado de nuevo puesto que tu la has abandonado». El antaño pescador comprendió sobradamente y desanduvo el camino. Fue ejecutado de la misma manera que su Maestro, pero con aquel martirio cumplió con su deber y puso un broche de gloria a su misión apostólica.

Para ustedes, los católicos, Pedro es su antecesor en el cargo que ahora desempeña y usted se encuentra ante una disyuntiva similar, la de dar de lado a la dificultad o la de mantenerse firme arriesgando su vida. No se trata de una figura retórica. Su predecesor, Juan Pablo II, ya fue objeto de un atentado perpetrado por un terrorista islámico. Si el terror islámico puede doblegar al Papa, ¿quién estará fuera de su alcance?, ¿quién se verá libre de sus amenazas?, ¿quién se atreverá a enfrentarse a él? Algunos, sin duda alguna, pero, al menos los católicos, pensarán que esta vez Pedro ha decidido dejar Roma, permitiendo que Cristo sea crucificado en las personas de sus hermanos más pequeños.

Precisamente por ello usted no puede dejarse intimidar por el terror. Debe mantenerse firme de la misma manera que su antecesor, Juan Pablo II, lo hizo frente a los horrores del comunismo. Para ello cuenta con las oraciones de centenares de millones de personas. Cuenta también con las mías. Pero, sobre todo, cuenta con el respaldo del Amor que murió por amor a los humanos. Al servicio de Aquel que se hizo hombre y fue crucificado como un siervo, queda suyo affmo.,

Publicado por el diario LA RAZON el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“De rodillas ante los matones” por Luis Maria Anson

El Corán es un monumento a la espiritualidad, un libro sagrado que, en líneas generales, predica el amor, la solidaridad, el espíritu de convivencia, el respeto a los derechos de Dios en la sociedad. La religión musulmana deja, a lo largo de la Historia, un balance altamente positivo. Tal vez por eso, centenares de millones de personas la comparten y practican frente al ateísmo creciente y estéril de los tiempos modernos.

Afirmar esto es sencillamente decir la verdad. Como también es verdad que la mujer sufre discriminación en el islam o que determinados sectores fundamentalistas deforman y adulteran la doctrina coránica para justificar la violencia y el terrorismo. También hubo fanáticos en el cristianismo, también hubo en nuestra confesión religiosa discriminación de la mujer y violencia. Por fortuna, católicos, protestantes y ortodoxos han aprendido de errores pasados y la moderación al interpretar los Evangelios se ha impuesto en el conjunto del orbe cristiano.

Lo que me parece inaceptable es la matonería internacional de fundamentalistas y talibanes islámicos. Yo nunca hubiera hecho burla de Mahoma en mi periódico. Nunca la hice. Pero la libertad de expresión ampara las caricaturas del profeta que un periodista danés decidió publicar. La reacción del fundamentalismo islámico fue la desmesura: quema de iglesias cristianas, asesinato de religiosos, asalto a las embajadas. Como las democracias occidentales no pueden responder con semejantes métodos, se crea de hecho una situación inaceptable de matonería, que a todos nos veja y humilla, y de la que sólo se ha librado Israel porque aplica multiplicada la ley del talión: cien ojos por un ojo, mil dientes por un diente.

Las democracias occidentales, para evitar el vandalismo de talibanes y fundamentalistas, terminan por pedir disculpas, en contra de sus propios principios de libertad, con lo cual envalentonan todavía más a los cafres. La alianza de las civilizaciones occidentales debe tender la mano, y así lo hace, a la inmensa mayoría del islamismo moderado, pero a la vez tiene la obligación de mantenerse firme ante las reacciones vandálicas de los fundamentalistas, que obtienen muchas ventajas, incluso económicas, de su matonería. Los cristianos somos hermanos de los musulmanes, pero no primos.

El Papa ha dicho la verdad en un contexto moderado y lleno de cautelas y veladuras. Ante la reacción salvaje de los talibanes fundamentalistas, ante la quema de iglesias, ante el asesinato de monjas, ante la cobardía de los cancilleres occidentales, la prudencia vaticana se ha manifestado en la voz de Benedicto XVI pidiendo disculpas. Occidente genuflexo ante los matones. Matones de taberna. Todos asustados o mirando hacia otro lado mientras el matón se enseñorea de la tasca. Jorge Luis Borges dedicó la mejor narración corta de la literatura en lengua española del siglo XX, la mejor escritura también, al asunto: Hombre de la esquina rosada. Francisco Real, el Corralero, trajeado de negro y la chalina baya entra enhiesto en la taberna e injuria a Rosendo Juárez, el Pegador entre el susto general y los respingos del hembraje y los bolaceros. «De asco, no te carneo», le dice al Pegador cuando éste se arruga. Luego se ciñe a la cintura a la novia del matoneado, la Lujanera, con su crencha repeinada y la blusa pezonera, dos pitones en punta bajo la bata, para abandonar después, ensoberbecido, la taberna mientras se escucha la milonga Linda al ñudo de la noche. No sabe que fuera le espera el hombre de la esquina rosada, al que matoneó al entrar en busca de la Lujanera. Pero en Occidente no tenemos al hombre de la esquina rosada. Y todo son cobardías y concesiones, decadencia, en definitiva. Me ha entristecido profundamente, en fin, la imagen del Santo Padre, contrito y doblegado por la cobardía moral de las naciones occidentales, de rodillas ante los matones.

Publicado por el diario EL MUNDO el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


LA TERCERA DE ABC: “Objetivo, el Papa” por Serafín Fanjul

Se equivocan de nuevo. Si la Iglesia católica por boca de sus jerarquías más significativas recula y ofrece a los musulmanes excusas, o aclaraciones, por una ofensa que no ha cometido, yerra gravemente. Desconciertan a la parroquia y favorecen futuros e inmediatos chantajes. Si tal hacen en procura del mal menor, para proteger a los fieles cristianos en los países islámicos (ya han asesinado a una monja en Somalia), están reconociendo de manera implícita que esas comunidades viven sometidas a situaciones que oscilan entre la intolerancia más cruda y la persecución desembozada y feroz. Es la propia Iglesia la mejor conocedora de todas estas calamidades y quizá por ello juega la carta del apaciguamiento, retrasando -igual que la mayoría de los tibios gobiernos occidentales- no ya la adopción de medidas concretas y eficaces para defender a nuestras sociedades, sino la mera comprensión de lo que sucede.

Por si alguien lo duda, unos barbudos paquistaníes (foto de portada de ABC, 16/9/06) nos refrescan la memoria esgrimiendo pancartas insultantes y amenazadoras. Como da la circunstancia de que las amenazas se lanzan en un país en que las matanzas de cristianos son endémicas, el asunto no es para tomarlo a broma y se comprende la preocupación de la Santa Sede por evitar otra oleada de Alianza de Civilizaciones semejante a la de enero, con su secuela de gobiernos europeos maestros en collonería, sus multinacionales francesas aclarando que sus productos nada tienen que ver con Dinamarca y nuestro Rodríguez poniéndose del otro lado, como siempre.

Por desgracia, en este asunto está todo dicho y ya sólo queda actuar, por ejemplo no desamparando a Ayan Hirsi Ali en Holanda, solidarizándose con los cristianos de Oriente Medio con algo más que palabras o apoyando el derecho a la libertad de expresión en Dinamarca o en Roma, un concepto ininteligible para la mayoría de musulmanes, habituados de toda la vida a que información y opinión bajen del cielo, o sea, de dictaduras militares, medievales dinastías despóticas o regímenes teocráticos. A elegir. Mostrando y demostrando a esas masas fanatizadas que con amenazas no van a quebrantar la solidez de nuestros Estados, de nuestras convicciones democráticas y de la confianza en la Historia de que venimos. Seriedad y firmeza, de momento, porque otra cosa es pura redundancia: recordar el rosario interminable de atentados, asesinatos, encarcelamientos, presiones que padecen los cristianos desde Marruecos a Indonesia ya es perder el tiempo. Como lo es entretenerse sacando citas coránicas -a estas alturas- por parte de eruditos postizos o verdaderos, para dilucidar si el texto ofrece más o menos muestras de tolerancia o intolerancia. Y aprovecho la ocasión para recordar -porque hay gentes que no lo saben- que la mejor versión en español es la de Julio Cortés, sin prejuicios propagandísticos ni el prodigioso aval de Arabia Saudí, quintaesencia de objetividades. Lo que importa en este momento histórico es el uso que de él se ha hecho y se sigue haciendo. Aunque Yihad y cuanto detrás viene significa antes que nada «acción violenta contra infieles o musulmanes apóstatas». Y ya está bueno de exégesis científicas para marear la perdiz. Nos interesan los actos y sus consecuencias no las elucubraciones de los multicultis, fabricadas con plantilla, explicándonos que no es lo mismo el extremista que el islam moderado: ¿dónde está el islam moderado? Yo no lo veo, con excepción de alguna publicación o algún simposio requeteminoritario, naturalmente en Europa, en que una marroquí o una tunecina se atreve a decir en público que el derecho de familia islámico es un abuso contra la mujer y no es poco por su parte.

No necesitamos chuscas exégesis coránicas de cuatro líneas (los autores son incapaces de añadir una quinta) en que se distingue entre la literalidad del texto (¿por qué la literalidad va a ser siempre negativa?) y las benéficas interpretaciones en que, al parecer, navega la inmensa mayoría de los musulmanes. Sorprendente Mediterráneo. La literatura árabe de todas las épocas -y digo de todas- está plagada de amenazas, condenas, burlas, improperios y maldiciones contra los cristianos y el cristianismo. Y contra los judíos. Desde la literatura oral (proverbios, cuentos populares, cancioncillas infantiles) hasta las crónicas históricas, la poesía o las obras misceláneas; y no digamos los escritos de temática religiosa. Pero ni siquiera eso es de primordial importancia, lo que de veras nos concierne son los actos y sus resultados y ahí sí que no podemos titubear.

Es sencillamente increíble que teólogos y jurisconsultos musulmanes no sepan distinguir una cita de un conjunto argumental o de la opinión en el discurso de un conferenciante (en este caso Manuel Paleólogo y el Papa Benedicto XVI), cuando la cultura islámica, desde la Alta Edad Media, se basa en la repetición de la repetición de la repetición -o su glosa- de dichos en cadena (el famoso isnad) atribuidos a fuentes más o menos creíbles. Por tanto, este guirigay -como el de las caricaturas de enero- es por completo artificial, un mero pretexto para arrinconarnos un poco más, paralizando de consuno nuestra capacidad de reacción ante el asalto que sufrimos. Que los multicultis hispanos, revestidos de pontifical, de buenismo, actúen de comparsas de los vociferantes bárbaros entra en lo esperable y no sorprende que se alineen con las mayores muestras de represión y fanatismo: a saber por qué lo hacen en realidad. Y va de fotos: ver ABC, 17/9/06, pág. 27, en que unas mujeres -suponemos- disfrazadas de Fantomas esgrimen pancartas en inglés (¿las habrán escrito ellas? ¿sabran lo que ahí reza?) donde se alude a la salud mental del Papa y se llama al despertar de la umma islámica. La imagen es tan grotesca -¿dónde están las feministas progres?- que provocaría la carcajada de no estar implicada la vida de tanta gente. Tan grotesca como ver al sultán de Marruecos pidiendo cuentas al Papa.

Desde que Juan de Segovia, en pleno siglo XV, propusiera una vía de acercamiento pacífico al islam («De Mittendo Gladio Divini Spiritus Incorda Sarracenorum») han transcurrido demasiados años sin resultado alguno. En los últimos tiempos la Iglesia católica ha prodigado los gestos amistosos, cuando no directrices de actuación que rebasan con mucho el respeto, por ejemplo renunciando al proselitismo en el norte de África. La pregunta inmediata es: ¿por qué los musulmanes pueden hacer prosélitos en nuestros países y la viceversa es impensable? ¿por qué la mera mención de esta circunstancia se considera islamofobia? Juan Pablo II, en un gesto a nuestro juicio innecesario y excesivo, pidió perdón a los musulmanes por las Cruzadas, como si las hubiera dirigido él y contra los moros actuales. Correlativamente me pregunto cuándo van a pedir perdón ellos por la irrupción en Egipto y el Imperio Bizantino del siglo VII, o a nosotros, españoles, por la invasión del VIII, por la piratería contra nuestras costas hasta principios del XIX, por el daño infligido a los cautivos en Rabat, Salé, Argel, en esa divertida situación -la de los presos- que a Juan Goytisolo parece una gozada multiculturalista.

Quienes estamos convencidos de que la pertenencia al género humano es un valor superior a creer en ningún libro o profeta y consideramos el derecho a la libertad y a la igualdad básica de todos los hombres un principio irrenunciable, intentaremos la coexistencia pacífica con todas las confesiones, pero no podemos cerrar los ojos ante el mayor conflicto de nuestro tiempo: hay demasiados musulmanes obstinados en demostrarnos que el verdadero problema no es el islamismo sino el islam, independientemente de lo que nosotros pensemos. Y si existen mulsumanes moderados, que aparezcan y paren esta escalada de irracionalidad. Por el bien de todos.

Serafín Fanjul es Catedrático de la UAM

Publicado por el diario ABC el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Islam y libertad religiosa” por Valentí Puig

EL extremismo religioso alcanza la magnitud de una amenaza global con estrategias de movilización y manipulaciones de la verdad que en sus momentos más álgidos -véase la reacción ante la conferencia de Benedicto XVI en Ratisbona- dan la razón a quienes temieron un choque de civilizaciones. Entre los países con índice más elevado de represión religiosa están Birmania, China, Eritrea, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudí, Sudán y Vietnam, según el informe anual del Departamento de Estado norteamericano. Aquella vieja libertad religiosa que el secularismo considera una antigualla puede costarle la vida a quien quiera disfrutarla. Otros países son Turkmenistán, Pakistán y Uzbekistán.

Tal coerción a la libertad religiosa se está produciendo precisamente cuando -como dice el profesor Huntington- tiene su lógica que los procesos de globalización acaben provocando que entidades más amplias, como la religión o la civilización, adquieran una mayor importancia para los individuos y los pueblos. En las diferentes formas de respeto a las minorías religiosas estriba -por ejemplo- una clara distinción entre Occidente y el islam, sin garantía de reciprocidad. Todo tiene su vínculo con la libertad de expresión y la libertad de conciencia, como se ve en los países con regímenes autoritarios, netamente totalitarios o de naturaleza tan mixta como indefinida, según lo constatamos en Vietnam o China.

La ley garantiza la libertad religiosa en un Estado que, como Afganistán, tiene por religión el islam, pero la realidad del día a día es muy distinta, como sabe la minoría hindú. En Brunei se restringe la expansión de otras religiones que no sean el islam. En Birmania el régimen impone su versión del budismo. El budismo tibetano, el culto islámico y las iglesias cristianas están padeciendo drásticas formas de persecución y control en China. Cuba es manifiestamente hostil a la expresión de la libertad religiosa en los templos católicos. En Egipto, por ejemplo, el Estado -amenazado a su vez por el fundamentalismo- obstaculiza la conversión del islam a la cristiandad. En el caso de Irán, la situación ha empeorado, especialmente desde la llegada del presidente Ahmadinejad: los ataques contra ciudadanos de fe cristiana han ido en aumento. De Corea del Norte se tiene noticia de acoso a la práctica cristiana, bajo pena de trabajos forzados. Arabia Saudí no reconoce otra religión que el islam y la práctica pública de otras religiones está prohibida.

Esos son sólo unos ejemplos. De acuerdo con el apartado concerniente a libertad religiosa en el informe anual de «Freedom House» (2005), el número de países considerados «libres» era de 98; los «no libres» eran 45. En general, los observadores hablan de mejora paulatina, pero lo cierto es que toda represión de la libertad religiosa a inicios del siglo XXI, con internet y la televisión por satélite, es un siniestro vestigio de fosos y mazmorras, de intolerancia y de sistemas políticos al margen de la separación entre Iglesia y Estado. Así fue como la libertad religiosa, en no pocos aspectos, fue la primera de las libertades. No le valen eufemismos a la hora de denunciar cualquier violación de esa primera libertad.

Ortega y Gasset decía que la fe mahometana consiste, ante todo, en creer que los demás no tienen derecho a creer lo que nosotros no creemos. Sin duda el islam de hoy es mucho más diverso y evolutivo, pero a la vez percibimos un inquietante desequilibrio entre las minorías radicales y la mayoría moderada. En los últimos tiempos, quienes determinan cada vez más el tono del islam son los fundamentalistas y no las gentes de la moderación. Ese es un problema para el islam, pero también para el resto del mundo, y especialmente para quienes quieran ejercer la libertad religiosa en tierras hegemónicas del islamismo más inflexible. Ese islam moderado que iba a ser la solución está tardando mucho en dejar oír su voz.

Publicado por el diario ABC el martes 19 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.