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Columnistas de EL MUNDO, ABC y EL PAIS continúan su batalla dialéctica

Por Narrador - 17 de Septiembre, 2006, 10:00, Categoría: 11-M

Continúa el despropósito de ABC en una ‘guerra’ sin sentido contra compañeros de profesión. EL PAIS por supuesto también echa leña al fuego mientras EL MUNDO responde a las acusaciones no probadas hasta este momento. Por cierto no se pierdan la primicia que les ofrecerá Sin Pancarta en las próximas horas a propósito de algunas afirmaciones vertidas por el diario ABC en pasados días. Puede resultar de interés y muy esclarecedor.


“...y sonaron las trompetas de Jericó” por Victoria Prego

Las mentiras contra EL MUNDO responden a la estrategia del Gobierno secundada por los medios sumisos. Es llamativo el seguidismo de tantas falsedades por quienes han guardado silencio total sobre el 11-M La «teoría de la conspiración» busca responder con un órdago a cualquier pregunta de incómoda respuesta

Resulta que no estábamos ante la reacción airada y la voluntad de mentir de un envenenado competidor en la prensa nacional. Ni siquiera estábamos ante la táctica de un ministro del Interior dispuesto a llenar de brumas el paisaje político antes de dar explicaciones en el Congreso. Los tres días transcurridos desde el primer disparo contra este periódico con escopeta de cañones recortados y falsedades manifiestas han permitido comprobar que las espectaculares mentiras y las interpretaciones falsarias, que no ignorantes, no respondían a un ataque de bilis de un diario despechado, sino a la estrategia de hondo calado a cargo del PSOE y del Gobierno.

Esta desagradable evidencia nos la sirvió en bandeja el viernes el presidente del partido, Manuel Chaves quien, en la apertura de la Conferencia Política del PSOE, se lanzó en tromba contra este periódico repitiendo milimétricamente no sólo el montaje desenmascarado 24 horas antes como obscenamente falso, sino incluso la propia e inmoral interpretación «moral» que el periódico aludido había conseguido apañar sobre la tal mentira.

Pero es imposible que tanta grosería argumental pueda ser atribuida a la incapacidad intelectual de los periodistas y de los políticos que la exhiben. Ninguno de ellos es tan ignorante que no sepa leer y, sabiendo leer, no es tan inútil que no sea capaz de razonar. Descartemos pues, la hipótesis del error y también la de la incompetencia y reconozcamos paladinamente que lo que aquí ha habido es una estrategia.

Una estrategia elaborada sobre la base de construir una mentira original que puede resultar -aunque no ha resultado- muy útil para las necesidades del caso. Y hay que consignar que la técnica, tan obvia, habría podido acobardar a quienes tuvieran miedo a perder pie mediático por haber sido señalados por los acusadores, que son muchos y muy poderosos, como sinvergüenzas -que no otra cosa significa inmoral- y como embusteros -que no otra cosa significa amarillo-.

Ha sido el Gobierno y el Partido Socialista quienes la han puesto en pie, con todos sus subsidiados periodísticos haciendo las segundas voces y tocando las palmas. Al cante y al toque, dicen los flamencos. Pero, tan llamativo como el descubrimiento de que el Gobierno es el autor de la teoría de la «teoría de la conspiración» a la que se ha pretendido sacar máximo rendimiento, ha resultado el seguidismo fulminante que se ha producido en unos medios de comunicación hasta ahora plomizamente silenciosos sobre el caso del 11-M que este periódico se ha empeñado en escrutar.

Durante estos dos años muy pocos periódicos, radios o cadenas de televisión han publicado verdaderas noticias sobre lo ocurrido aquel día trágico de 2004 y sobre los trabajos judiciales que se estaban llevando a cabo. Se han limitado a dar fe de la marcha de los trabajos, publicando informaciones que parecían recogidas directamente de las agencias.

Y, desde luego, ni un ruido sobre las investigaciones del diario El MUNDO. Pero es que ni un ruidito, ni confirmando ni desmintiendo. Nada de nada. Silencio total, hasta el punto de ni siquiera haberse tomado el trabajo de husmear en las páginas del sumario para, al menos, señalar las muchas incógnitas o contradicciones que aparecen en él y que están ahí, oficialmente publicadas y sólo requieren un ojo despierto y, eso sí, una cierta voluntad de contarlo. Pero es que tampoco la ha habido, esa voluntad. Puede que también eso sea consigna, o puede que sea devoción. Pero no parece que nadie, salvo los periodistas de EL MUNDO dedicados a este asunto, haya querido leer, de verdad, todo lo que el sumario del juez Del Olmo encierra, desvela y sugiere.

Ese silencio tremendo ¿doloso? se ha mantenido inalterable como un metal pesado durante meses hasta que El País publicó el miércoles en portada una mentira, construyó sobre esa mentira una teoría editorial cuajada de insultos y la lanzó a la calle horas antes de que el señor Rubalcaba acudiera al Congreso.

Las trompetas de Jericó no fueron más que mal un silbato de feria comparadas con el efecto que el embuste de El País provocó de inmediato entre sus acólitos. Porque, a partir de la mentira, periódicos y radios, radios y televisiones, se pusieron en fila india con una velocidad y una unanimidad deslumbrantes y, tal que espermatozoides en el momento glorioso de sus efímeras existencias, se lanzaron en tromba, todos a una, contra este periódico agitando convulsamente la misma mentira y los mismos argumentos construidos sobre la misma constatable falsedad.

Hay otra triste evidencia: la de que no han sido esos medios los que han señalado al PSOE y al propio Gobierno la estrategia a seguir. Hay que recordar que ésta, formulada exactamente en estos términos, ha sido una de las acusaciones básicas que se han hecho al principal partido de la oposición. El ministro Rubalcaba se lo espetó, de hecho, el pasado miércoles en el Congreso al señor Zaplana -«las decisiones de su partido sobre este asunto, señor Zaplana, las toma alguien que no se sienta en Génova»- y lo esgrimió como piedra de escándalo que le permitiría a él y al resto de los «acusadores» intentar deslegitimar la posición política de los hombres de Rajoy y, de paso, dar una pasada por la cloaca a la limpieza profesional de los periodistas de EL MUNDO que investigan el caso.

En este caso, el de las mentiras que han dado paso a la ofensiva contra este periódico, ha ocurrido justamente a la inversa. Hemos presenciado la versión en negativo del proceso que el Gobierno y sus palmeros mediáticos vienen descalificando como oscuro, sospechoso y falto de ética. Lo que se acaba de evidenciar con gran estruendo es que ha sido el Gobierno quien ha encabezado la operación, la ha convertido en argumento protagonista de su Conferencia Política - casi nada- y la ha hecho multiplicar en las páginas editoriales de sus medios de comunicación más obedientes.

De tal manera que al argumento del señor Rubalcaba habría que responder diciendo: «los editoriales que se publican en las páginas de más de uno y de dos periódicos y radios, no se escriben en sus redacciones sino en los despachos de La Moncloa». Y, si el reproche de Rubalcaba al PP puede resultar molesto a sus militantes, esa misma acusación hecha a unos profesionales del periodismo es particularmente infame y humillante, sobre todo porque Rubalcaba, Blanco y Chaves la han convertido ya en certeza.

Por lo demás, lo de la «teoría de la conspiración» no es sino una teoría de la teoría, que sigue viejas pautas de elusión de las cuestiones principales y concretas. Nada hay más eficaz y agradecido que disparar por elevación para que la mirada deje de centrarse en los detalles precisos y descriptibles de los primeros y segundos planos y se pasee por el cielo de los paisajes esenciales, en los que la discusión sobre los grandes ejes de la vida política adquirirían consecuencias de dimensiones tales que nadie en su sano juicio osaría razonablemente sostener.

Es decir que, en lugar de responder, uno a uno, a los puntos oscuros que este periódico ha planteado, sin teorías, en torno a lo ocurrido en torno al 11-M, la estrategia del Gobierno, y de todos sus palmeros ha sido la de tirar por elevación. De modo que pudiera convertirse en delito de lesa patria el preguntar cómo es posible que un coche que no estaba en el lugar del crimen el día de los atentados aparezca varios meses después en ese sitio y sirva, llenito de pruebas, para descubrir pistas decisivas sobre los autores. Y que pueda calificarse de ataque intolerable a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad el pedir explicaciones de por qué no hay modo de que la Policía nos explique cuáles son esos «componentes de la dinamita» que no hay manera humana de conocer.

Se trata de responder con un órdago a la mayor ante cualquier pregunta de incómoda respuesta. Y, por eso, a todas las incógnitas concretas, pegadas al terreno, sin teorías de altos vuelos que las acompañen, se las ha bautizado como «teoría de la conspiración». Una teoría, sobre todo si es maléfica, es mucho más fácil de derribar que una modesta pero implacable serie de preguntas con sujeto, verbo y complemento directo. Y en eso estamos. En la teoría de la «teoría de la conspiración». Aparentemente, todo un hallazgo. Sólo que inútil.

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 17 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El buen periodismo” por José Antonio Zarzalejos

Dice el maestro de periodistas -éste, sí-Ryszard Kapuscinski que «en la segunda mitad del siglo XX, especialmente en los últimos años con la revolución de la electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta en la información es el espectáculo. Y, una vez hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esa información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella». Siguiendo la estela de esta observación evidente, parece fácil deducir que vende más una conspiración urdida por ignotas autorías que un vulgar auto de procesamiento en un proceso judicial más o menos importante. Y si alguien frustra la rentabilidad de la información-espectáculo reivindicando la noticia sobre la fabulación, se desatan contra el impertinente todas las furias de los negociantes que ven en riesgo el beneficio de su montaje. Por eso, el periodista polaco asegura que la profesión periodística «no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una forma seria».

Kapuscinski continúa indagando en la morfología del periodista al sostener que «en nuestro oficio hay elementos específicos muy importantes» que son según el reportero más consagrado «una cierta disposición a aceptar el sacrificio de una parte de nosotros mismos. Todas las profesiones son exigentes, pero ésta lo es de una manera particular».

Como segundo elemento característico de la profesión periodística, el autor se refiere a la necesidad de «una constante profundización en nuestros conocimientos», siendo el tercero el de no considerar este oficio «como un medio para hacerse rico». Pero creo que el requisito más esencial de todos los que sugiere Kapuscinski como convenientes para trabajar en esta profesión es sin duda el que formula de la siguiente manera: «Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias».

Robert Schmuhl, en su libro «Las responsabilidades del periodismo», recoge un escalofriante pasaje de la disertación del que fuera redactor jefe del «Detroit Free Press» y autor de «Absence of Malice», Kurt Luedtke, quien dirigiéndose a un grupo de profesionales les espetó lo siguiente: «De sus juicios discrecionales penden reputaciones y carreras, sentencias de cárcel y precios de mercaderías, espectáculos de Broadway y suministros de agua. Ustedes son el mecanismo de la recompensa y el castigo, los árbitros de lo justo y de lo injusto, el ojo incansable del juicio cotidiano. Ya no moldean, simplemente, la opinión pública, sino que la han suplantado». Todavía más impresionante es este otro pasaje del periodista americano, también recogido en la obra de Schmuhl: «Hay hombres y mujeres buenos que no se presentan para cargos públicos, temerosos de que ustedes descubrieran sus puntos flacos, o se los inventaran. Muchas personas que han tenido tratos con ustedes desearían no haberlos tenido. Ustedes son caprichosos e imprevisibles, son temibles y temidos, porque no hay manera de saber si esta vez serán honrados y exactos o no lo serán».

Schmuhl, que indaga sobre las responsabilidades del periodismo, formula la cuestión última que se plantea en unos términos muy sencillos: «Nosotros, los del negocio de las noticias, ayudamos a proporcionar a la gente información que necesita para conformar sus actitudes o, en todo caso, para autorizar o ratificar las decisiones sobre las cuales descansa el bienestar de la nación. No nos da tal condición ninguna categoría oficial o semioficial, pero en la medida en que la nación esté bien o mal informada, nosotros colaboramos en esta tarea».

Me he acogido a las citas anteriores para tratar de argumentar que el ejercicio de la profesión periodística, sin ser ésta mejor o peor que otra, está cualificado por una obligación de dimensión social que concierne a la veracidad en el relato de las noticias y la lealtad al «bienestar de la nación» que se consigue cuando sus ciudadanos pueden confiar en la honradez intelectual de los periodistas, en la corrección de sus pautas de comportamiento y en su calidad humana. Cuando Kapuscinski aduce que «los cínicos no sirven para este oficio» -título de la obra que recoge sus conversaciones con un restringido auditorio moderado por María Nadotti, editado por Anagrama-, añade un subtítulo, que es éste: «Sobre el buen periodismo». El buen periodismo sería, así, aquel que es elaborado por periodistas que no son «cínicos», es decir, que no practican el cinismo que consiste en la «desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones vituperables». ¿Cómo evitar a los cínicos en la profesión periodística? ¿Cómo sortear en este oficio a las «malas personas»? Desde luego, no con normas o con tribunales, no con exámenes ni con indagaciones. Para Schmuhl, «no se puede pensar en una regulación desde el exterior» de la profesión, y propugna como «únicos caminos» los de «fomentar y alentar la responsabilidad ética desde dentro de los medios informativos».

Cuando determinadas polémicas -muy abruptas, como ahora se producen en nuestro país- son calificadas como «guerras mediáticas» se está reduciendo a simple y rasa pelea de competencia lo que representa un debate de carácter ético y deontológico de gran calado que no afecta sólo a los periodistas, ni sólo a los editores, sino a toda la sociedad y, especialmente, a la sociedad que, en último término, con su dictamen debe establecer qué valores desea preservar y qué contravalores quiere desterrar de su convivencia.

Ahora en España delincuentes ocupan portadas; de forma impune se lanzan acusaciones contra policías, jueces y fiscales; se hace escarnio de políticos, empresarios y periodistas; se descalifican instituciones de manera irresponsable y se comercia con la propia democracia, y todo eso ocurre en un silencio ensordecedor, temeroso y egoísta. Por eso y porque amo esta profesión hasta la asunción del insulto diario como un peaje barato para continuar en ella, me pregunto y pregunto hasta dónde han de llegar las difamaciones, disfrazadas de superchería ideológica y de travestismo moral, para que se produzca entre los profesionales y en la sociedad una reacción que nos libre de los indignos por el sencillo procedimiento de señalarlos como tales. Porque los cínicos tienen derecho a ser periodistas; también las malas personas. Pero es bueno que cada uno quede retratado tal como es: el agnóstico no puede pasar por creyente; ni el censor por liberal; ni el histrión por intelectual; ni el corrupto por honesto; ni el desleal por fiel. Ni el mal periodismo -el de los cínicos- puede pasar por el de calidad ética. Porque, si cada cual no queda en su lugar, padecerá «el bienestar de la nación».

Publicado en el diario ABC el domingo 17 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Indigestión de conspiradores” por Ernesto Ekaizer

Tras dos años de fiesta conspirativa, el diario El Mundo y el PP tuvieron un miércoles negro el pasado 13 de septiembre, al conocerse cómo su principal testigo de cargo, el ex minero asturiano José Emilio Suárez Trashorras, se las gasta a sus espaldas. Acusado por el juez de aportar los explosivos utilizados por la banda islamista en el 11-M, Suárez Trashorras se enfrenta a una pena de 3.000 años de cárcel. Y cuando se aproxima un momento procesal importante (el desenlace de su recurso contra el auto de procesamiento esta misma semana, base del juicio oral, el próximo año), el acusado daba una larga entrevista al citado periódico, a partir del 4 de septiembre.

La entrevista, según la información aportada por éste diario el miércoles 13, comenzó a gestarse en febrero de 2005. En esas fechas, un delincuente que será juzgado en breve por tráfico de drogas en Asturias (José Ignacio Fernández Díaz, Nayo) acusaba en las páginas del mismo diario a su ex secuaz Suárez Trashorras de vender explosivos a ETA. Suárez Trashorras, en una conversación con sus padres en la prisión de Alcalá-Meco, rumiaba: "Mientras el periódico El Mundo pague, si yo estoy fuera, les cuento la Guerra Civil española. Desde que nací. Desde la Guerra Civil hasta ahora. Si te vienen con un chequecito cada... ¿Por qué piensas que lo hizo Nayo?"

Éste es el testigo de cargo del periódico citado y del primer partido de la oposición. No debía de ser una sorpresa. Suárez Trashorras había declarado ante el juez cuatro veces, y no había vacilado, siguiendo los consejos de su letrado, en cambiar su testimonio. Su disposición en la conversación con sus padres a contar lo que fuese, si le venían "con un chequecito", según la grabación, era normal. Por dos razones: según decía él mismo, por dinero y, también, para mejorar su situación penal. Si un abogado necesita crear dudas razonables ante el desenlace del recurso contra su procesamiento y, más a largo plazo, cuando su cliente se siente en el banquillo, ¿por qué no utilizar los servicios de un diario?

La información publicada por EL PAÍS, pues, permitía completar el verdadero perfil del hombre que, presuntamente, hizo llegar el explosivo del 11-M. Aquel lado oscuro y sórdido que la presentación comprensiva y magnánima del personaje por El Mundo y el PP trataba de mitigar.

Si, entre marzo de 2005 y septiembre de 2006, el citado diario pagó o no eso es un secreto entre las dos partes contratantes, un secreto que éste periódico no presume de conocer. En cambio, el secreto que sí reveló fue de gran importancia: la falta absoluta de escrúpulos del entrevistado.

La transacción de las dos partes se rigió por la estricta lógica comercial. El Mundo necesitaba más madera (como Buster Keaton en El maquinista de La General) y Suárez Trashorras confesaba unas apetencias de dinero y tenía necesidad de distorsionar la realidad ante la justicia. Las revelaciones de este periódico provocaron la indigestión del "autor intelectual" de la teoría conspirativa, el diario El Mundo. En cuanto a su director, Pedro J. Ramírez, si es capaz de desfigurar en sus páginas un programa donde tuvo sobrado tiempo para explicarse, ¿qué no será capaz de manipular y distorsionar para hacer buena la intoxicación de José María Aznar, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana y Mariano Rajoy (que expresaba en El Mundo el 13 de marzo de 2004, jornada de reflexión mediante, la "convicción de que ETA" era responsable de la masacre)? Eso sí: ¡el director del diario que publica la novela de la conspiración por entregas "nunca ha dicho que ETA interviniese en el 11-M ni que el PSOE participase" en la citada conspiración! Faltaba más.

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 17 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La delgada línea rota del PP” por Soledad Gallego-Díaz

La guerra contra 'Abc' se convierte en real motivo de división popular

Perplejos y paralizados. Así se siente, en palabras de un antiguo dirigente popular, un sector del PP que no comprende la línea que sigue la dirección de su partido y que, sin embargo, se confiesa completamente incapaz de contrarrestarla, modificarla o tan siquiera suavizarla. La proximidad de las elecciones municipales es el principal motivo por el que este grupo de dirigentes del PP, no sólo veteranos, sino también incorporaciones relativamente recientes, cree que está pillado en la imposibilidad de promover el menor debate interno sobre aspectos que consideran, en unos casos, "muy discutibles", y en otros, "claros errores". Este sector, que se considera a sí mismo minoritario pero en absoluto insignificante, acusa también al PSOE de someter a los populares a un acoso sin descanso y de llevar una deriva tan preocupante para el conjunto del PP en temas básicos, como los relacionados con el papel del Estado en el funcionamiento de las comunidades autónomas, que impide asimismo que afloren las evidentes contradicciones populares.

La única línea de división que es claramente visible en estos momentos dentro del PP está relacionada con lo que aparentemente es un tema lateral, pero que, en la práctica, se está convirtiendo en un auténtico "banderín de enganche": la actuación de los responsables del partido respecto al diario Abc. "El Abc, con derivas que podemos compartir más o menos, es el gran periódico de la derecha de este país, un referente sólido respecto a los puntos básicos de nuestra propia historia y trayectoria, y alentar, o aunque sólo sea permitir, una feroz campaña de acoso desde sectores de nuestro propio partido es algo incomprensible para buena parte de nosotros", asegura un dirigente regional.

"Éste es un tema 'transversal', que afecta a muchos militantes nuestros, en toda España, no sólo en Madrid, y a muchos dirigentes regionales y locales, y todo el mundo se está situando a un lado u otro de la línea 'roja'. No se trata de compartir o no una estrategia política con vistas a las elecciones; eso es asunto de la dirección. Aquí de lo que estamos hablando es de otra cosa: aceptar o no que el PP ayude a un periódico que quiere acabar, o para decirlo directamente, destruir, lo que ha sido, hasta ahora, nuestro primer referente mediático. Y en eso todos tenemos opinión", asegura el mismo ex parlamentario.

Otro importante dirigente popular se une a la queja: "Yo creo que Abc se equivoca al volverse hacia Alberto Ruiz-Gallardón como alternativa dentro del partido, pero comprendo que tiene derecho a defenderse y que Gallardón ha sido el único que ha dicho con toda seriedad en público que está en desacuerdo con esta operación. Creo que ahora tenemos que ser muchos más, dentro del PP, quienes dejemos claro que no estamos tampoco de acuerdo con esa operación de destrucción, una maniobra que encabezan, por el motivo que sea, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana".

"Sinceramente, no puedo comprender cuál es el interés de mi partido en someter a Abc a un régimen de anorexia brutal. Cuando pasen 10 años, el Abc seguirá siendo un periódico conservador y solvente. Nadie sabe qué será El Mundo para entonces", opina un ex dirigente del PP andaluz, que recuerda que el periódico que dirige José Antonio Zarzalejos tiene una presencia muy importante e influyente en Andalucía.

Operación comercial

La irritación respecto al apoyo que presta a El Mundo una parte importante de la dirección del partido, con Ángel Acebes y Eduardo Zaplana a la cabeza, alcanza a sectores que no están dispuestos a significarse en otros posibles temas de colisión con Zaplana, pero que, en el caso de la guerra contra Abc, creen que nadie puede acusarles de deslealtad ni de poner en peligro el próximo resultado electoral. "Es posible que algunos que están también en desacuerdo con la idea de mantener vivo el 11-M encuentren en este asunto la forma de expresar, indirectamente, su desconcierto con la aparente decisión de la dirección de respaldar la 'resurrección' del 11-M con vistas a las municipales", reconoce un diputado.

Desde su punto de vista, está claro que El Mundo se ha lanzado a una operación comercial destinada a crecer en número de ventas de la única forma que parece posible: comiéndose a parte de los lectores de Abc, maniobra en la que también está de acuerdo la emisora de la Conferencia Episcopal, Cope, o, por lo menos, su principal estrella, Federico Jiménez Losantos. Y que Zaplana y Acebes respaldan esa operación porque Abc se ha negado a defender la teoría conspirativa del 11-M, que ellos consideran imprescindible para mantener su electorado. ¿Sabe usted exactamente cuál es la posición de Rajoy? "No", fue la inmediata respuesta.

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 17 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.