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«A Lorena la amenazaron antes de su suicidio por lo que sabía de Toro y ETA» por Francisco Javier Lavandera

Por Narrador - 12 de Septiembre, 2006, 9:00, Categoría: 11-M

Continuamos hoy con la publicación de extractos de el libro A tumba abierta de la editorial La Esfera de los Libros, y que se pondrá hoy martes a la venta. Está escrito en primera persona por uno de los testigos clave de la investigación del 11-M, Francisco Javier Lavandera. Fue el hombre que denunció en verano de 2001, ante la Policía, que existía una banda de traficantes asturianos que pretendía vender grandes cantidades de explosivos, que tenía conexión con ETA y que ésta trataba conseguir a alguien que supiera fabricar bombas con móviles. Según su relato, cuyo avance publicó EL MUNDO ayer, recibió amenazas de muerte si volvía a contar a alguien esa historia. Más tarde se puso en contacto con la Guardia Civil, que le grabó la nueva denuncia en una cinta cuya transcripción dio, en exclusiva, nuestro periódico en otoño de 2004. Hoy extractamos el último capítulo, el relativo al extraño suicidio de su mujer.

Yo me doy cuenta de que Lorena, mi mujer, ha muerto de verdad unos meses después de que desapareciera. Es cuando comprendo que no la voy a volver a ver, que se ha ido para siempre. Y por otro lado, y por muy brutal que resulte, me quedo tranquilo porque al menos ha abandonado esa mierda de existencia que la tenía atada a los clubes y a todo lo que eso conlleva. Quizás la vida que tenía, la que le tocó vivir, no merecía la pena. Nos habíamos separado amistosamente. Seguíamos casados. No rompimos papeles ni nada de eso. Simplemente ella vivía en otro piso aunque venía a ver a nuestro niño cuando quería. Ni siquiera habíamos separado nuestras cuentas corrientes. Manejábamos, sin problema, la misma tarjeta de crédito. Era una separación muy especial. Ella quería volver conmigo pero yo tenía mucho miedo. Me había hecho sufrir mucho. Cuando estuvimos en Tazones cenando por última vez me insistió en que quería venir conmigo. Los escoltas me decían por lo bajo. «¡Llévatela por ahí que nosotros no decimos nada!» Y yo no quise. Había estado muy enamorado de ella pero también me había hecho sufrir demasiado. No la odiaba. Yo tenía aún mucha confianza en ella. Yo cobraba la nómina a través de su cuenta. Creo que una persona cuando se separa no tiene por qué odiar a la otra. Ojalá Lorena estuviera viva y se hubiera casado con un tío millonario o simplemente con alguien que le tratara bien. En un bar de Tazones estuvimos juntos por última vez el fin de semana anterior a su muerte. Al día siguiente pasé por casa de ella y bajó a darme la tarjeta para que cobrara la nómina. Cuando me fui, me miró desde lejos y ahora me doy cuenta de que se estaba despidiendo definitivamente. Fue como si supiera que ya estaba muerta. Tenía la mirada ida. Le dije adiós sin más. Yo no sabía que ya no volvería a verla. Ahora cada vez que le doy un beso a mi hijo y le digo adiós disfruto de ese beso porque soy consciente de que puede ser el último. Me preguntan algunas veces si Lorena sabía cosas relacionadas con el 11-M. Ella sabía, por lo menos, lo que le había contado yo. Ella sabía la relación que había entre Antonio Toro y ETA. Todo el tema de los explosivos y los teléfonos móviles. Conocía exactamente lo que yo había contado a la Policía en el 2001. Si ella se lo contó a otra persona

Eso yo no lo sé. Lorena se lo pudo contar a su hermana, por ejemplo, y eso podía resultar fatal. Era una traidora, estaba de parte de los otros. En una ocasión, no hace mucho tiempo, le dije:

-El que le vendió la droga a Lorena fue un tal Carlos. Y me contestó.

-Sí, sí. Eso ya lo sabía yo.

Ahora todos pueden saberlo porque hay un juicio pendiente y ese individuo está acusado de haberle pasado a Lorena, antes de su suicidio, cinco gramos de droga. Pero en aquel momento eran muy pocas las personas que podían saber eso.

Por otra parte, no entiendo por qué tiene tanto interés en ir a la Policía para que le devuelvan las cosas de Lorena. Va cada poco tiempo a dar la lata. Yo no sé que quiere encontrar porque, desde luego, cosas de valor como joyas o así no tenía nada. Sólo chatarra. Entonces, ¿qué pretende encontrar ahí? ¿Algún diario, alguna cinta, alguna anotación?

GRABACIONES

Lorena no era tonta. Podía tener alguna grabación para cubrirse las espaldas, pero después de su muerte no ha aparecido nada de eso. Si se lo dio a su hermana, seguro que ésta lo ha entregado a alguien y no precisamente de mi bando. Y seguramente Lorena sólo se la daría a su hermana. Ella fue quien vendió fotos mías a los periódicos. Se publicaron y sólo las teníamos el entorno familiar más íntimo. Y puedo asegurar que no fueron ni mi madre, ni mi hermano. La hermana de Lorena fue al diario El Comercio para pedir dinero a cambio de información.

¡Se publicaron tantas mentiras! Llegaron a decir que Lorena estaba embarazada. Querían hundirme todavía más. Pero yo sabía que no era cierto. Se publican demasiadas falsedades.

En el mundo de la noche todo se sabe. Si yo ahora voy a un club y parpadeo dentro de 10 minutos me llama mi chica actual, Neli, para decirme:

-¿Qué haces en ese club?

Es un círculo muy cerrado. Aunque el club esté en la otra punta de España. Aunque me vaya a Cádiz. Antes de que me dé tiempo a regresar a Asturias, Neli ya se ha enterado.

Yo por eso sabía todo sobre Lorena. No es que quisiera enterarme, es que me llegaba sin buscarlo. Que quede claro que nadie te informa para hacerte un favor, para ayudarte; no, te informan para hacerte daño, para contarte chismes que puedan dañarte. A mí no me engañaban. No podían contarme chismes falsos porque sabían que luego iba a ir a partirles la cara. Un amigo mío de seguridad me dijo una vez.

-Te lo cuento, pero yo no te he dicho nada, no quiero líos. Le están acosando los policías. Le han amenazado con que van a matarla a ella o a las hijas que tiene en Brasil.

Claro que este chico sigue siendo un cobarde y no va a ser capaz de testificar eso ante nadie. Es el mismo que supuestamente vio vender armas en el Horóscopo. Lo vio siempre todo. Sabe los manejos que allí se hacían con las Fuerzas de Seguridad pero no testificará porque tiene miedo.

A lo mejor es más listo que yo y tiene razón al estar callado. Pero si eres de miel te comen las moscas.

Hay poca gente que sea capaz de dar la cara. En las cosas de Lorena hay algo que, si consiguiera recuperar, podría proporcionarme algo de luz. Pero yo pienso que no me las van a dar nunca. La hermana teme que esas cosas lleguen a mí antes que a ella. Le faltó tiempo para llevarse la nevera, la lavadora, un microondas, una cámara de vídeo, todo lo que le había comprado.

SIN SERPIENTE

Yo no quise nada. Veía algo que me recordara a Lorena y me ponía malísimo. Se quedaron hasta con la serpiente del espectáculo. Más tarde me dijeron que había muerto, pero seguro que la vendió alguien al Portugués o a algún otro mafioso de los clubes.

Todavía viene la hermana de Lorena a ver al crío. Pero claro yo tampoco quiero prohibírselo. A fin de cuentas es su tía, la única que tiene. Es el único vínculo que puede unirle a su familia brasileña de la rama materna.

Lorena trabajaba para el Portugués, que es trabajar para la mafia dura. Así que podía saber cosas. A lo mejor bastantes más que yo. Cuando Lorena se puso a trabajar para él, yo le dije.

-Tú verás. Pero acabarás muerta o en la cárcel.

El Portugués es el jefe de la mafia de Gijón. Tenía contactos con Carlos, el de Bilbao, y éste los tenía con Toro y Trashorras. Debieran investigar al Portugués. Por ejemplo, las armas que trae de su país con total impunidad. Todo el mundo de la noche lo sabe. Y trae drogas y chicas. ¿Por qué Lorena escapaba del Portugués poco antes de morir? ¿No sería por lo que contó a la Guardia Civil, a través de Jesús Campillo, el agente que me grabó la cinta en la que denuncié la trama asturiana de los explosivos?

A Lorena la llamaron de El Comercio y de La Nueva España y el Portugués seguro que tenía miedo de lo que ella sabía. Cuando se publicó lo de la cinta, a Lorena la echaron del club. El Portugués le dijo que se fuera porque aquello iba a traer líos. La dejó en la calle de un día para otro y en el momento en que más necesitaba el trabajo. Al poco tiempo la volvió a llamar para readmitirla. Seguro que se le pasó el primer impulso de pánico y dijo.

-Mejor que esté dentro porque así la controlo.

VENTA DE ARMAS

Estoy convencido de que el Portugués también vendía armas para ETA. Al menos eso es lo que contó Toro. Éste conocía bien al Portugués. Era quien manejaba todos los clubes importantes. Toro me dijo que era un tío con mucho poder, con muchos padrinos.

En una ocasión le pregunté a Toro que si me podía conseguir un revólver. Podía haberlo comprado en algún sitio, pero yo no quería que nadie metiera las narices en el tema. Aparte de que así le daba yo un poco de cuerda y cogía más confianza con él. Toro me dijo que me lo traía el Portugués, que podía conseguir lo que quisiera. Fue cuando me comentó que pasaba armas a ETA.

No tengo pruebas y ni siquiera sé si decía la verdad. Repito sólo lo que escuché, lo que me dijeron Toro y otra gente. Que lo investiguen, que vean si es cierto. Vendía pistolas y rifles. Un tío en el Horóscopo me dijo que estaba buscando un rifle con silenciador para cazar furtivo. A la semana siguiente me comentó que no buscara más porque alguien que era portugués ya se lo había vendido.

Era minero, lo quería para matar ciervos y jabalíes. Era un cabrón, un furtivo, pero no un terrorista.

Lorena, el día de su suicidio, se estaba escondiendo de el Portugués. Fue éste quien la buscó junto a la Policía esa mañana. Fueron incluso a la casa de Lorena juntos y entraron allí sin ninguna orden judicial. Dicen que querían salvarla. De acuerdo. Ella lo llamó por la mañana y le dijo que se iba a suicidar. Si lo sabían desde muchas horas antes de que sucediera, ¿por qué no lo impidieron?

Estoy seguro de que Lorena, a cambio de protección y de que le ayudaran con el crío, hubiera contado todo lo que sabía. No podía escapar del Portugués. Se dio cuenta de que la vigilaban incluso cuando viajó a Brasil para ver a sus hijas.

UNA MANZANA PODRIDA

Gijón está podrido. Es una manzana podrida y es un cáncer para los demás sitios. Yo podría marcar todos los bares donde se vende cocaína. ¿Por qué no paran ese tráfico? ¿O es que yo lo sé y los policías no? ¡Pues que me lo pregunten!

Cuando murió Lorena me llamó el juez Del Olmo. Yo le dije que lo que conté a las Fuerzas de Seguridad en el 2001, respecto a los explosivos asturianos, no había servido de nada.

-No se evitó el atentado y ahora, además, mi mujer está muerta.

Él me contestó que sí. Que había hecho un buen servicio al país y que España me estaba agradecida. También me dijo que no me preocupara, que me iban a llevar a un psicólogo. Todavía estoy esperando.

Me estaba volviendo loco. Lo aguanté todo. Con mi carácter, no comprendo por qué no le arrancaba la cabeza. Pero miraba para el crío, con su carita y sus dos dientes y gritaba.

-¡Mamá mamá!

Y yo aguantaba para que pudiera estar con ella.

La muerte de Lorena sucedió mientras yo me encontraba a unos cuantos kilómetros de Gijón, en Villaviciosa, con los escoltas. Estábamos comiendo cuando ella me puso un mensaje en el móvil. Me cambiaban de tarjeta muy a menudo así que ella, muchas veces, no sabía ni a dónde llamarme. Yo le había dejado ese número porque le pedí que me dejara la tarjeta de crédito para poder sacar dinero. Me puso un mensaje en el que me decía:

-Cuida de nuestro hijo porque me voy a suicidar.

Yo la llamé inmediatamente y oí ruido como de olas. Traté de calmarla. Le dije algo así como:

-No te preocupes que no te va a pasar nada. Ahora vamos a tener dinero y nos van a proteger.

Me contestó que no. Que se iba a quitar la vida porque estaba harta de la pobreza. También me dijo que se había intentado suicidar por la mañana. Que estaba llena de cortes pero que no se desangraba. El caso es que no parecía nada asustada. Me decía.

- ¿Oyes las olas?

Estaba riéndose y parecía totalmente feliz. Daba pequeños gritos, como si jugara cuando llegaba una nueva ola. También me dijo que me quería, pero que estaba harta de vivir así.

Pero, de pronto, cambiaba de tono y entonces me decía que estaba muy asustada, que tenía mucho miedo, que no tenía dinero y que no le merecía la pena vivir así.

Después de hablar con ella, pensé que aquello podía ir en serio. Colgué el teléfono y llamé a emergencias, al 112. Logré que me pusieran con la Policía Municipal de Gijón. Me dijeron que era mentira que Lorena se estuviera intentado suicidar en la playa. Ellos podían ver perfectamente la zona con las cámaras que están instaladas allí y no había nadie en el agua y menos con síntomas de que quisiera suicidarse. Me aseguraron que la playa estaba tranquila y me pidieron que me calmara.

-Ahora mismo estamos mirando por las cámaras la playa y ahí no hay nadie que quiera suicidarse.

-¡Menos mal! -pensé yo.

Y me quedé más tranquilo. Creí que lo que me había dicho Lorena era una fantasmada. Si la policía me decía que estaba todo en calma y que allí en la playa no había nadie, lo de Lorena tenía que ser mentira. Yo me calmé un poco. Terminamos de comer y marchamos con el coche hacia Gijón.

Y en esto nos llama el jefe del equipo de escoltas que era una buena persona. Siempre me traía caramelos para el crío y cosas así. Era de lo mejor que había.

Total que me llama, coge un escolta el teléfono y yo oigo que dice:

-¡Sí, sí. Te lo paso!

-Ramonchu -era así como me llamaban todos por la identidad nueva que me habían dado. Oye, mira, que tu mujer está mal.

Yo ahí pensé otra vez en lo de la playa y en la llamada que me había hecho esa mañana Lorena.

-¿Qué pasa? ¿Se ahogó?

Y me dice:

-No, pero le ha pillado un coche y está grave.

Noté un silencio prolongado y de pronto me suelta:

-Mira tío. Yo te considero mi amigo y no te puedo mentir. Tu mujer está muerta, se ha ahogado.

¡Hostia! Fueron los peores momentos de mi vida. Te viene de golpe una ráfaga de impotencia. Empiezas a pensar que es culpa tuya el que se haya muerto. Quieres estar solo y no puedes porque eres testigo protegido y tienes que estar con la Policía.

Tengo recuerdos confusos de aquella tarde. Intenté pedir dinero, ir a casa, comprar unas flores. Los escoltas no me dejaron. Me dijeron que el juez Del Olmo iba a pagar el entierro y que no me preocupara de nada. Más tarde me enteré que el entierro no se pagó hasta meses después. Tuvieron que hacer un escote entre todos los escoltas para reunir un poco de dinero para que pudiera enviarle un pequeño ramo de flores. Me decían oficialmente que la Policía no estaba para comprar flores. Sólo el buen corazón de aquellos agentes de base consiguió que pudiera tener un mínimo detalle con Lorena.

NO QUISE VERLA

Yo no quise verla muerta, para no recordarla hinchada y hecha una pena. Prefería retener la imagen de aquella joven alegre con la que había sido feliz durante un tiempo. No entré a verla. Estaba todo lleno de periodistas. Aquello parecía un circo.

Hay muchas cosas de esa muerte que no entiendo. Ella, que era más bien descuidada, había llenado la nevera el día anterior. Acababa de cobrar y había pagado la renta de la casa. ¿Llenó la nevera y se suicidó? Hay algo que no encaja. Yo creo que la mataron. Seguro que la mafia de Gijón estuvo involucrada.

El Portugués me había dicho un día:

-Como te metas en mi vida, ten cuidado. Yo soy un hombre de la noche. Te mato antes de que parpadees.

Yo, claro, no me iba a amilanar así que le contesté:

-¡Qué pocos cojones tienes para matarme a mí!

Lo que pasa es que tenía de su parte a todos los policías que trincan de los clubes. Es así de simple. Poca gente habrá que tenga cojones para decir esto que estoy diciendo ahora.

Esa noche sentí el abismo a mis pies. Me salvó que fuimos a un hotel y uno de los escoltas, el grandón, el que era tan buena persona, me dijo.

-Tío yo sé un poco de lo que sientes porque a mí me ha pasado algo que quiero contarte.

Y te consuela con su historia. Porque te ves que dices: yo soy el tipo duro de siempre y ahora estoy llorando aquí como un mierda.

En una ocasión, compré una moto para mi sobrino y se mató con ella. Entonces, sé lo que es sentirse culpable.

Cuando llegamos al hotel, el mismo escolta no se apartaba de mi lado. Y entonces, me cogió aparte y me comentó.

-Te voy a ser sincero. Me han dicho mis jefes que no puedo apartarme de ti ni un momento. No quieren que vayas a hacer alguna tontería. Tengo que dormir contigo por si te entra la tentación de suicidarte.

Y yo le dije:

-¡Déjame solo, por favor! Lo necesito.

Se portó muy bien porque me contestó:

-¿Me das tu palabra de que no vas a hacer nada raro?

-Mira, no me voy a suicidar, si es en eso en lo que están pensando, porque tengo un hijo y necesito seguir vivo para luchar por él. Te juro que no hago bobadas.

Lo peor es que si me condenan -por una acusación de estafa por un coche impagado cuyo juicio sale ahora- ya podrán decir los medios de comunicación que soy un delincuente.

Lo aprovecharán para tratar de invalidar todas mis declaraciones sobre el 11-M.

Un amigo mío policía me dijo que si yo llego a ingresar en la cárcel me matarán. Apareceré ahorcado o algo por el estilo. Simularán un suicidio. La verdad es que acojona oír eso. No sé lo que pretenden pero tienen poder y aún me pueden hundir más la vida.

Luego, de golpe, viene la viscosa sensación de angustia cuando comprendes quién eres, que unos policías armados hasta los dientes están allí porque alguien poderoso quiere matarte. Y llegan los recuerdos del suicidio de Lorena. Y piensas en la familia, en tu hijo, en tu madre. Y sabes que apenas tienes dinero y que tú no puedes trabajar y que no tienes ni un euro en el bolsillo. Y que no hay futuro. Que las cosas serán así durante un tiempo indefinido y que no está en tus manos cambiarlas.

Y que el 11-M te ha destrozado la vida, aunque no seas una de las víctimas directas de la masacre. Y que algún hijo de puta hizo aquello y que se están aprovechando de aquella sangre. Y que encima te quieren mezclar con aquella infamia. Y que mucha gente, demasiada, no sabe todavía distinguir entre los que trataron de evitar la matanza y los que la provocaron.

Soy consciente de que todo lo que me ha pasado en la vida me lo he buscado yo. Si en su momento, en el 2001, no hubiera denunciado a la red que traficaba en Asturias con dinamita yo ahora sería una persona anónima, tendría mi trabajo y Lorena viviría. Sólo tenía 23 años, mucha confusión y unas enormes ganas de que alguien la sacara del pozo.

NO SIRVIO DE NADA

El día en que se hizo público mi nombre se terminó mi vida. Si ahora pudiera dar marcha atrás y tuviera aquella información yo no sé si se la daría a las Fuerzas de Seguridad. Tal vez me han hecho perder la fe. No sirvió de nada y me metieron en un callejón sin salida. Arruinaron mi futuro, perdí el empleo, mi niño se quedó sin madre. Me han declarado inútil para trabajar por medio de una baja psicológica en la que certifican que tengo un síndrome de paranoia depresiva.

Pasan los meses y el juez no ha sido capaz de averiguar la verdad. Una buena parte de la sociedad acepta las mentiras sin pestañear. ¿Merece la pena seguir luchando?

Pero yo sé muy bien cuál es la respuesta. Sí. Merece la pena defender la verdad siempre porque no es algo que haces para tu beneficio sino por tu dignidad.

La mejor prueba de que aún no me he rendido es que soy capaz de publicar este libro a pesar de las nuevas amenazas de muerte, a pesar de los cinco tiros que me metieron en el monte cuando ya sabían que lo estaba escribiendo y poco después de que un policía me comentara amenazante:

-¡Qué, Fran!, ¿te has pasado a la literatura?

Y la vida sigue. Y los ciudadanos, como en la tragedia del 11-M, prefieren mirar para otro lado. Ojalá mi crudo testimonio, la confesión de mi propia vida, pueda servir para abrirles los ojos. No hay nada más reconfortante para una sociedad que la verdad desnuda.

Aunque en ese incómodo camino tengas que ir muchas veces con el alma a tumba abierta.

   

Un texto de Francisco Javier Lavandera con la colaboración de Fernando Múgica publicado en el diario EL MUNDO el martes 12 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.