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"¡Qué mal defiende ZP!" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 10 de Septiembre, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

Hace casi 20 años que colgué las botas y, teniendo en cuenta que mi porcentaje de aciertos en lanzamientos triples ya rondaba por entonces un patético 10%, ni siquiera una invitación a jugar en La Moncloa me llevaría a volver a hacer el ridículo sobre una cancha de baloncesto. No hablo, por tanto, con el conocimiento de causa de aquellos tiempos en que el pádel me servía de pretexto e instrumento para bucear en el enigmático carácter del Faraón hecho Esfinge. Esta vez toco de oídas. Pero también todo es mucho más obvio y patente. Por eso, me limitaré a poner un contundente tapón -un gorro dialéctico cuando el balón presidencial está aún en plena trayectoria ascendente- frente a la extraviada pretensión de Zapatero de proyectar sobre la laureada selección española sus propios atributos políticos.

Porque no sólo no es cierto que una de las claves de su invicta trayectoria en el Mundial fuera «un gran talante», al modo blandiblú como él lo entiende, sino que estoy dispuesto a argumentar que el verdadero cemento de los nueve triunfos japoneses fue un sentido del compromiso y un bloque de valores humanos prácticamente opuestos a los que vienen impregnando su conducta como gobernante.

No se trata de acudir en defensa de unos baloncestistas, que han demostrado bastarse por sí mismos para definir ante propios y extraños su identidad colectiva, sino de salir al paso de la impostura oportunista, indemnizando ipso facto al alero leonés con una cordial asistencia dentro de la zona: mucho más le valdría a Zapatero que, en lugar de sacar pecho y ufanarse de ese falso contagio de «talante», dedicara algún tiempo a analizar las razones sustanciales de los éxitos de los hombres de Pepu Hernández, con el propósito de copiarlas. Otro gallo nos cantaría a los españoles si las reglas de la nación fueran las mismas que las de esta abnegada selección.

¡Claro que a todos se nos hizo la mirada almíbar cuando Rudy Fernández se citó en pleno vuelo con el paquete que Sergio Rodríguez le enviaba por correo aéreo y consumó el deslumbrante alley oop que supuso la guinda de ese inaudito primer cuarto en el que nos situamos 29-11 por encima de Lituania! Pero, como bien saben ZP y cualquier conocedor cabal del baloncesto, no fue ese alarde de genialidad, ni los prodigiosos rectificados de Pau Gasol entre un bosque de defensores, ni las bombas de La Bomba, ni las rachas triplistas de Garbajosa lo que nos hizo conquistar ese partido y los siguientes. El que los Harlem Globe Trotters perderían la mayoría de los encuentros si compitieran en la NBA es mucho más que un tópico. No, lo decisivo no era que en sólo 10 minutos les hubiéramos enchufado casi 30 puntos a los sobrinos de Sabonis, sino que ellos se habían quedado en 11.

Así lo explicó el propio Gasol analizando al final un partido en el que España forzó hasta 28 pérdidas de balón de los lituanos: «Debemos estar felices sobre todo con nuestra defensa. Este equipo tiene un montón de jugadores capaces de encestar. Hoy ha sido Juan Carlos (Navarro), mañana pueden ser Garbajosa, Calderón o cualquiera. Pero la clave fue la agresividad con que empezamos a jugar, demostrando que tenemos hambre de victorias».

Por eso, si haber dejado a los bálticos en 67 puntos tenía su aquel, más impresionante aun resultaba para los connaisseurs que en su propio partido de cuartos de final Grecia no hubiera permitido a Francia pasar de 56. Especialmente porque, como todo buen cocinero antes que fraile, su entrenador Panagiotis Yannakis lo tenía clarísimo: «Sabíamos que si defendíamos duro los franceses no podrían aguantar más de 30 o 35 minutos. Lo esencial del baloncesto no es driblar y tirar sino defender. En mi equipo todos los jugadores son capaces de dejar su propio ego a un lado».

Afortunadamente para España eso no fue así y algunas de las estrellas griegas -Spanoulis, Papaloukas- con el ego disparado por el mágico correcalles en el que se fueron a 101 puntos frente a los 95 de los archifavoritos Estados Unidos, abordaron la final con la sensación de que el trabajo más difícil ya estaba hecho y pensando casi más en el entorchado individual de Most Valuable Player que en terminar de cazar a ese oso lisiado cuya piel llevaban dos días vendiendo mentalmente. ¿Si habían podido con un gran combinado NBA, cómo no iban a dominar a una España que concurría inesperadamente castrada de su máximo encestador, intimidador y -sobre todo- reboteador?

Pero si la condición de finalista de los griegos se había engendrado entre las burbujas de champán de una espectacular serie de aciertos desde la línea de tres puntos, la supervivencia de España era el fruto de la abnegación, entre la sangre, el sudor y las lágrimas de la adversidad que estuvo a punto de noquearla ante Argentina. Si alguien me pregunta cuál debe ser el lance a recordar de este Mundial inolvidable, mi elección serán dos simples tiros libres: los que Gasol encestó con el quinto metatarsiano roto, con plena conciencia de que sería lo último que podría hacer antes de troncharse, herido por el dolor, la rabia y la impotencia, sobre un banquillo en el que un entrenador que ocultaba a sus pupilos el agravamiento de la enfermedad que, al día siguiente, acabaría con la vida de su padre, tenía que improvisar alternativas tácticas tras la fatídica lesión.

Lo esencial de la certera comparación que Cayetana Alvarez de Toledo hizo el pasado domingo entre la estampa de Gasol sujeto sobre los hombros de Garbajosa y su hermano Marc y una tabla flamenca inspirada en el descendimiento de Cristo de la cruz no era la constancia de que el Mesías de los Memphis Grizzlies había sido noqueado por el rayo del destino, sino el sobrecogido estupor de sus discípulos. En esa diferencia de estado de ánimo colectivo estuvo la clave de la final: Grecia se sentía empujada hacia el oro por las alas de la inercia, España sabía que le aguardaba la más empinada de las cuestas y que ya sólo quedaban cirineos para cargar con la cruz.

Lo hicieron de la forma más heroica imaginable: apretando los dientes y aguantando el compás abierto de las piernas en los uno contra uno hasta sentir las agujetas a la vez en las mandíbulas y en la juntura entre el cóccix y el sacro; encogiendo la pista con una abnegada zona presionante que, invirtiendo las tornas, hacía de cada ataque del rival un drama griego en el que sólo cabía matar o morir; volando solidariamente en ayuda del hermano que movía sus brazos ante el poseedor del balón, cual aspas de molino quijotesco; palpitando en cuerpo y alma con cada avance del reloj hacia el anhelado segundo 24 en el que la bocina de la recuperación era el bálsamo de Fierabrás que trocaba en dicha todos los padecimientos.

Y una vez que la cárcel en la que encerramos a los griegos no fue ni la de los 67, ni la de los 56, sino la de unos misérrimos 47 puntos, el saldo encestador propio ya no era sino una anécdota dentro de la necesariamente holgada victoria de España.

Fue un triunfo más adecuado a la idiosincrasia de una Final Four del campeonato universitario norteamericano que a la de un torneo mundial. Y a quien desee profundizar tanto en el concepto deportivo como en la crítica a la actual forma de gobernar España que esa comparación y este artículo entrañan, no puedo sino recomendarle la lectura del capítulo titulado Chapel Hill, dentro de la biografía de Michael Jordan escrita por el gran reportero de guerra y agudo analista político David Halberstam.

Chapel Hill es el nombre del campus de la Universidad de Carolina del Norte en el que durante 37 años forjó su leyenda e impartió sus lecciones el entrenador Dean Smith. «Unas lecciones que -como escribe Halberstam- tenían más que ver con la vida en su conjunto que con el baloncesto, porque detrás de ellas había una escala de viejos valores, casi calvinistas, cada vez más en peligro dentro del materialismo creciente de la cultura deportiva en América».

¿Cuáles eran esos valores? «Respeto hacia el equipo, respeto hacia la autoridad, respeto hacia el juego, respeto hacia el oponente». Dominándolo todo, quedaba el precepto definitivo: «Cuanto más te esfuerces para alcanzar una meta, cuanto mayores sean los sacrificios personales que estés dispuesto a hacer, mayor será el significado que todo ello tendrá algún día para ti». Allí nadie hablaba de dinero, ni de sondeos de intención de voto.

Caracterizado por sus buenos modales, incansable partidario de la integración racial y nada tímido en su toma de postura en contra de la guerra de Vietnam, el estilo de Dean Smith supeditaba, sin embargo, ese buen talante progresista a una implacable ética del esfuerzo. «Todo estaba construido entorno al concepto de equipo y en contra de los peligros del invidualismo y el ego. En el fondo era un sistema muy disciplinado».

En ese caldo de cultivo en el que el acierto era fruto de la incansable repetición, en el que el mérito se compartía obligando a quien encestaba a señalar con el dedo a quien le había proporcionado la asistencia, en el que los más veteranos siempre eran los titulares en el último partido que se jugaba en casa, en el que lo más importante era defender, luego defender y después defender, es en el que se pulió el extraordinario diamante en bruto que era Michael Jordan. Y hasta el mismo día de su retirada él reconoció que los verdaderos cimientos que sujetaban el rascacielos de sus mates imposibles, de sus entradas deslumbrantes, de sus encestes inauditos en el último segundo y de sus estadísticas estratosféricas estaban en las aulas de Chapel Hill.

Que nadie alegue ahora que para cabriola circense esta extrapolación, pues ni siquiera creo que haga falta recurrir a lo que dice Homero en La Odisea para argumentar que el deporte siempre ha sido percibido como la mejor metáfora para el entendimiento del homo ludens que late bajo cualquier trayectoria pública. Y basta repasar su política territorial, con la dejadez que supuso permitir que de Cataluña llegara el Estatuto que llegó -¿por qué el PSOE no presionó al PSC en esa parte de la cancha?-, con la condescendencia con la que se consintió a Artur Mas meterse hasta la cocina para arrancar todas sus pretensiones clave en aquella aciaga sabatina de patio de colegio monclovita, con la irresponsable apatía con la que se está tolerando que ETA y su mundo vayan ganando posiciones, centímetro a centímetro, dentro de la bombilla desde la que intentan perforar la canasta de nuestra soberanía, y con la abulia de lánguido gigantón con la que mantiene las manos abajo, incluso ante la humillante reiteración de rebotes tan denigrantemente ofensivos como los de los presos que exhiben su verdadera faz intimidatoria ante el mismísimo aro de la Audiencia Nacional, para concluir que ZP es el más insulso defensor que se ha enfundado la camiseta de presidente del Gobierno desde que se empezó a disputar la liga ACB de la democracia.

Es verdad que el juego en ataque a veces lo borda con fulgurantes carreras como la de la retirada de las tropas de Irak, penetraciones inesperadas por estrechos resquicios como la de la legalización de las bodas gays, ganchos oportunistas e ingeniosos como el de la Alianza de Civilizaciones, o incluso remotos tiros de tres como éste del mal llamado proceso con el que pretende burlar a la vez a ETA, al PNV y al PP. Pero por mucho que mantenga la renta acumulada por más de una década de ortodoxia en la política económica, su falta de intensidad defensiva en torno al perímetro de la integridad del Estado terminará pasándole factura y volviendo baldío todo lo demás.

Lo hemos visto también con la crisis de los cayucos en la que ha dejado a De la Vega la misión imposible de intentar interceptarlos sin hacer falta intencionada, con el asunto de los incendios en el que encima se ha ofendido porque Rajoy le proponga el equivalente a una eficaz defensa de ayudas en forma de Centro Nacional de Emergencias y, por supuesto, con nuestras investigaciones del 11-M ante las que se ha cruzado de brazos, mientras Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y compañía no cesaban de encestar, hasta que no ha tenido más remedio que mandar al banquillo de la sospecha a quienes, entre tanto, se habían ido cargando de personales a base de todo tipo de marrullerías.

La cuestión es si todos quienes, habiéndole votado o no, formamos parte, mal que a algunos les pese, de una misma plantilla y de un único club vamos a permanecer también pasivos ante unos planteamientos tácticos equivocados que pueden dilapidar una trayectoria de casi 30 años durante los que nuestros éxitos, mundialmente reconocidos, han sido el fruto del duro entrenamiento, la constancia y la sacrificada disposición a darlo todo por defender los valores constitucionales. De momento, con las elecciones aún lejanas, sólo se me ocurre suscribir o incluso promover una declaración de intenciones como la que se encontró en su habitación Bobby Knight -el otro entrenador de referencia del baloncesto universitario norteamericano- el día en que como seleccionador nacional encaraba la final olímpica de Los Angeles tras unos meses de complicadas relaciones con sus jugadores: «Nos hemos tenido que tragar demasiada mierda como para permitirnos el lujo de perder ahora». Aunque la nota aparecía firmada por El Equipo su autor era Michael Jordan quien ya antes del descanso dejó sentenciada la medalla de oro, liderando la apertura de una brecha de 27 puntos frente a una acogotada España. Yo estaba allí, aquella tarde de verano del 84, fijándome en cómo defendía.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.