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"La larga mano de ZP" por Victoria Prego

Por Narrador - 10 de Septiembre, 2006, 11:00, Categoría: Opniones

Jordi Pujol asegura que el Estatuto ha dejado hondas heridas y que «ese incendio no está apagado». CiU cree que ZP no dejará a Montilla reeditar el tripartito pero, si lo hiciera, perdería su apoyo en Madrid. Zapatero, como el César, tendrá en su mano la vida y la muerte políticas de quienes aspiran a gobernar

Pujol está preocupado. Sabe desde hace tiempo, aunque no ha querido reconocerlo hasta ahora, una vez que el Estatuto ha conseguido salir adelante de mala manera, que las cosas se han hecho muy mal desde Cataluña. Y, aunque insiste en que el resto de España tiene también la responsabilidad de haber reaccionado airadamente ante lo que ha percibido como una provocación y un ataque directo a España, el líder nacionalista es consciente de los serios desgarros y de las hondas heridas abiertas en los sentimientos de la población con motivo de este Estatuto que tantos problemas va a seguir generando en cuanto empiece a aplicarse de verdad.

«Aún no se ha hecho un estudio que permita calibrar los efectos de lo ocurrido», decía Pujol a los periodistas con los que se reunió en Madrid, ante los que reconocía que ignora si los daños que él percibe van a cicatrizar pronto o van a ser demasiado duraderos. La víspera de este encuentro, el patriarca nacionalista había pronunciado en Barcelona una conferencia en la que hizo una cruda descripción de lo que en su opinión es el estado de ánimo de la sociedad catalana a día de hoy. Aclaremos antes de seguir adelante que, cuando los nacionalistas catalanes hablan de «país», ya sólo se refieren a Cataluña. A España la llaman España o Estado español, pero de país, nada. País el suyo. Sigamos.

«En el país», dijo Pujol, «hay desconcierto, desorientación y, en términos políticos, una cierta frustración. Ha habido desgaste interno, heridas y pérdida de autoestima. También ha habido pérdida del prestigio de cara afuera. Y un fuerte deterioro de la relación de Cataluña con el resto de España. O sea, que el balance de todo el proceso -con todo lo positivo que haya tenido porque el nuevo Estatuto es mejor- no nos permite estar satisfechos. Ni tranquilos». ¿Por qué no está tranquilo Pujol? Porque «el incendio del Estatuto está durmiente. Quedan activos los rescoldos», dice. No se equivoca.

Y, sin embargo, todas estas reflexiones de quien intenta ver más allá del horizonte y por encima de la línea de flotación, le son perfectamente ajenas a los contendientes de la batalla electoral que ha empezado ya en Cataluña. Nada de todo esto parece preocupar lo más mínimo a la clase política catalana que se dispone a volver a engancharse con motivo de las elecciones autonómicas anticipadas, hijas del desastre de la gestión y negociación estatutarias, además de consecuencia de la profunda inoperancia del gobierno tripartito presidido por el políticamente asesinado Maragall.

Y, una vez más, lo mismo que cuando se negociaba aquel primer Estatuto infame en el Parlamento catalán, todos los ojos están vueltos en dirección al Palacio de la Moncloa, donde se sienta el todopoderoso ZP. Porque los contendientes saben que al final va a ser el presidente del Gobierno quién tenga en su larga mano, como el César la tenía en su dedo pulgar, la decisión sobre la vida o la muerte política de quienes aspiran a la victoria.

Desde Convergència i Unió, cuyos sondeos les dan unos resultados francamente prometedores, los estrategas electorales se preguntan desconfiados si, al final, Zapatero va a consentir que Montilla reedite el nefasto tripartito y le vuelva a hurtar a CiU el poder. Porque ya han visto que una cosa es ganar y otra gobernar y que, si los electores no les dan una victoria clarísima en escaños y en votos, las componendas finales pueden dejar de nuevo al ganador a las puertas del palacio de la Generalitat, cosa que los convergentes no podrían materialmente resistir por segunda vez en su historia.

«¡Y tanto que estamos inquietos!», confiesa un miembro del aparato convergente. «Porque si, después de lo que hemos apoyado al PSOE en el Congreso, después de haber sacado adelante el Estatuto a pulso, Zapatero permite que Montilla rehaga el tripartito en Cataluña y se ponga a gobernar, a nosotros se nos caerá el lápiz en Madrid». Traducción de lo del lápiz: «Que les den morcilla, que no les votaremos nada en toda la legislatura. Pero no creo que esa posibilidad le interese a ZP».

En mitad de las dudas, a este diputado de CiU aún le queda una raspa de inocencia y aventura tímidamente que «Zapatero no sería capaz de hacer eso. No se ha hablado con él pero no creo que lo hiciera. Y la verdad», dice para tranquilizarse, «es que tampoco Montilla ha tenido nunca entre sus prioridades ser el número uno de la Generalitat». Claro que a continuación relata amoscado cómo el candidato Montilla, todavía ministro de Industria según el BOE, lleva varias semanas haciéndose una autopropaganda preelectoral de muchísimas campanillas.

«TV3 ha emitido hoy [por el viernes] una especie de NO-DO con la noticia de la visita de Montilla en Iznájar [el pueblo natal del ministro, en Córdoba]», cuenta. «Llegaba en una comitiva de coches negros, le recibía la alcaldesa y luego iban todos juntos al Ayuntamiento andando, con la banda municipal tocando detrás. Y al final sacan una foto suya enorme con un marco dorado horroroso y dicen que esa foto va a presidir la sala de plenos del Ayuntamiento. ¡Aquello parecía 'Bienvenido Mister Marshall?!.Pero lo más increíble es que después se escucha una voz en off de una señora que dice: 'Bueno, ahora hace falta que le voten los catalanes'. Y ese reportaje, que era pura publicidad, lo emiten en la televisión pública catalana. ¿Dónde lo iban a emitir si no?».

Desde luego, ni esta precampaña, ni el vuelco brutal que Montilla le ha dado ya al discurso catalanista de Maragall permiten suponer que el ya ex ministro de Industria se presenta a las elecciones con la idea asumida de ir de sobrero de Mas.

Mucho menos crédulos que los dirigentes de CiU se muestran los dirigentes del PP de Cataluña sobre las buenas intenciones del presidente del Gobierno. «Zapatero ya ha traicionado a Mas y ya le ha comprado a Montilla la tesis de reeditar el tripartito» dicen. «Si no fuera así, si Zapatero estuviera pensando en facilitarle a CiU la presidencia de la Generalitat, habría puesto de candidato a Castells para que, en caso de una coalición PSC-CiU, Castells se quedara de conseller en cap con Artur Mas de presidente. Pero no ha hecho nada de eso y hay que tener muy claro que Montilla no renuncia a ser ministro del Gobierno de España para ir de número dos de Mas en Cataluña». Tampoco se podría asegurar hoy que, por mucho que le conviniera al presidente tener contentos a los de CiU y asegurados sus votos en el Congreso, el cordobés se dejara birlar la presidencia del Govern en aras de la estabilidad del Gobierno de Zapatero. En una palabra, que Montilla ha dejado la mesa del consejo de Ministros porque viene con la intención de gobernar. «En ese caso», advierte un dirigente de CiU, «ninguno de nuestros diputados va a votar a Montilla para presidente, porque eso sería tanto como cargarse a Mas. Pero yo espero que Zapatero hará como que se empeña en la victoria pero que, una vez que compruebe que las encuestas no favorecen al PSC, les dejará caer».

Lo cierto es que las encuestas realizadas hasta el momento no favorecen a los socialistas. Ni tampoco a ERC. Favorecen esencialmente a CiU en lo que los expertos interpretan como una reacción de hartazgo y prudencia de los electores, escaldados por los sobresaltos vividos con el gobierno tripartito. Algo así como «volvamos a lo de antes y dejémonos de experimentos, que mejor estábamos en la época Pujol».

Si las previsiones de ahora mismo se cumplen, lo que puede suceder es que el voto burgués y catalanista de izquierdas que solía respaldar al PSC huya de sus filas y se refugie en las filas convergentes. También es de suponer que, visto lo sucedido en el referéndum del Estatuto, las alarmas se hayan disparado en el PSC: en los distritos electorales de voto tradicionalmente socialista hubo casos en que el índice de abstención superó el 60%, una prueba inapelable de lo poquísimo que les interesaba a los electores socialistas que Cataluña fuera o no una nación o que el Estado llegara a ser «algo residual» como explicó crudamente Maragall.

Es decir que, a menos que los resultados dejen absolutamente claro el nombre del vencedor, volverá a estar en manos de Zapatero el destino político del gobierno catalán. Y lo que es seguro es que ese cálculo lo hará el presidente mirando sus propios intereses para cerrar una legislatura que sigue abierta en canal y para la que va a necesitar el apoyo cerrado de todos sus satélites.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.