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A vueltas con el Líbano

Por Narrador - 9 de Septiembre, 2006, 9:00, Categoría: General

Continúan las dudas sobre la misión del Ejército Español en Líbano y especialmente sobre el voto del Partido Popular. No le hemos prestado demasiada atención a  esta cuestión y tal vez sea el momento de comenzar a fijar nuestra lupa en esta cuestión.

“¿Qué vamos a hacer en el Líbano?” por Victor De la Serna

   

Tras el debate parlamentario ayer zarpaban de Rota cuatro buques con las tropas españolas que van a participar en la ambigua y peligrosa operación en el sur del Líbano. ¿Es o no acertado su envío?

El jueves, en el Parlamento, todos los grupos respaldaron este envío de tropas, aunque Mariano Rajoy expresase serias reservas y criticase el oscurantismo del Gobierno.

En los medios, el más firme respaldo -¡qué sorpresa!- a la iniciativa gubernamental se ha situado en El País (y demás órganos del grupo Prisa). Ahora bien, lo de «firme» es muy relativo. Si leemos de cerca el editorial de ayer, con una contradicción cada dos líneas y con todo tipo de advertencias ominosas, habrá que preguntarse si de verdad alguien sabe en qué consiste la misión. Ni siquiera el diario de referencia parece tenerlo claro:

«Ésta no es una 'operación de guerra', como argumenta Rajoy, sino de paz. (...) El riesgo de que la FINUL se vea envuelta en situaciones peligrosas es real. (...) Se trata de una misión de 'neutralidad activa' cuyo mayor riesgo es que parezca que la FINUL está allí para proteger a una parte frente a la otra. Falta una estrategia política para transformar el alto el fuego en un proceso de paz, en cuyas posibilidades cree firmemente Annan. Pero en el planteamiento de ayer se echó de menos una estrategia de salida militar. Cuando hay ejércitos de por medio, siempre es peligroso entrar sin saber cómo salir».

¿Para qué votar a favor, argumentaba Federico Jiménez Losantos en la Cope, si se tienen tantos y tan fundados reparos como los que Rajoy manifestó en el Parlamento? Sólo se recubre con el manto de la unanimidad una misión de guerra peligrosa, cuyo contenido nadie conoce con precisión; si acaba mal, Zapatero podrá escudarse en la unanimidad del respaldo. Al enemigo, ni agua, venía a decir Jiménez Losantos. (No cabe duda de que Javier Pradera, de El País, incluiría estas opiniones en la categoría de «chafarrinones demagógicos de la descalificación caricaturesca» que glosaba en su columna del pasado miércoles...).

ABC, por su parte, contradice a Zapatero al insistir en que la misión en el Líbano es similar a las de Irak y Afganistán en términos de pacificación. Resalta: «Es cierto que la retirada de nuestra misión de paz en territorio iraquí ha restado buena parte del crédito de España en esta materia por culpa del electoralismo del presidente Rodríguez Zapatero, y también es cierto que sus gestos inamistosos hacia Israel -ahí están, si no, sus torpes declaraciones al comienzo del conflicto en el mes de julio- nos han situado en una posición comprometida ante un Gobierno amigo, como el israelí. Sin embargo, y a pesar de lo dicho, la decisión de estar en el Líbano respaldando la vigencia de la resolución 1.701 del Consejo de Seguridad es oportuna y correcta en términos de responsabilidad internacional».

El problema es que la 1.701 deja claro que los Cascos Azules cooperarán con los libaneses en el desarme de Hizbulá, pero Kofi Annan dice que de eso, nada. Pues empezamos bien.

Vean el párrafo 8, sobre la zona entre la línea azul y el río Litani, uno de cuyos objetivos es que «no haya fuerzas extranjeras en el Líbano sin consentimiento de su Gobierno»; y el párrafo 11, sobre las funciones de la fuerza de la ONU: «Ayudar a las Fuerzas Armadas libanesas a tomar los pasos necesarios para el establecimiento de la zona como especifica el párrafo 8». Claro, ¿no? Pues no. Estamos viendo ya a Annan, a Zapatero y, desde luego, al presidente Émile Lahud explicarnos que en realidad Hizbulá forma parte... del Ejército regular del Líbano.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Rajoy, a la guerra” por Martín Prieto

  

Mariano Rajoy se partió de joven la cara (literalmente) en una accidente de automóvil, y decidió embarbarse para emboscar las cicatrices. Pero pese a su brillantez parlamentaria, la cara se la vuelve a partir cualquier Demóstenes como Pepiño Blanco o un Castelar como el ex ministro Montilla que habla por onomatopeyas. Es como un púgil empeñado en respetar el reglamento mientras su contrincante (Zapatero) da patadas en las espinillas y en los bajos. Le falta a Rajoy la desvergüenza y el instinto asesino de sus adversarios. Debería huir del chantaje sobre la última guerra de Irak que el Partido Socialista utilizará como berbiquí hasta que se enfríe el infierno. En la foto de las Azores aparecieron tres, menos el primer ministro portugués, y 50 naciones, incluido el Japón, que participaron en una ofensiva finalmente sancionada por Naciones Unidas. Nada nos puede avergonzar de haber llevado a juicio a Sadam Hussein. Sólo la progresía gubernamental española anatematiza aquella guerra.

Rajoy te entusiasma hablando y te deprime votando. ¿Quién le ha dicho al PP que tenemos que intervenir en el Líbano? Es una misión incierta: desactivar minas y cubrir la frontera sur sirio-libanesa por donde pasa el abastecimiento bélico de Hizbulá que ha jaleado públicamente el 11-M. No nos quieren ni los israelíes a los que torpemente ha vejado el Gobierno español. Todo quedará igual pero con tropas de interposición. Una misión eterna hasta que al dios del tiempo se le pelen las barbas y se le rompa el reloj de arena o la clepsidra.

El PP debería haber votado en solitario contra la intervención en el Líbano (o al menos haberse abstenido), aunque sólo fuera por remover el espeso caldo parlamentario. Haber dejado al PSOE votar a favor de Kofi Annan, nepotista, corrupto y consentidor de las matanzas en los grandes lagos africanos. Las NNUU no son el Espíritu Santo de las relaciones internacionales. Los 10 millones de votantes del PP lo hubieran entendido porque no son belicistas como supone Pedro Arriola. Si las cosas salen mal (Dios no lo quiera) Zapatero dispondrá de un cheque en blanco firmado por el PP y por el que no le han dado ni las gracias salvo algún antirreglamentario golpe en las gónadas.

El sentido del Estado ciega a Mariano Rajoy. Por el Estado se han cometido crímenes recientes y no es un camino de perfección sino de delincuencia remunerada. No es un asunto de Estado enviar contingentes al Líbano, ni nuestra negativa va a enojar a Chirac, el único amigo decadente que le queda a Zapatero en Europa. Tampoco serviremos de nada no pudiendo desarmar a Hizbulá. Vamos de convidados de piedra. ¿Por qué avala Rajoy este desatino que ni contenta a su propio electorado? Rajoy se vuelve a ir a la guerra, pero con mi voto no parte ni un solo soldado. Si regresan bolsas negras, que le pregunten también al carapartida.

    

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

“Guerras revolucionarias” por  Juan Pedro Quiñonero

    

Antes de comenzar su misión en el sur del Líbano, los soldados españoles ya participaron durante la última década en operaciones humanitarias, policiales y militares en Bosnia, Albania, Moldavia, Nagorno-Karabaj, Georgia, Kosovo, el Sahara, Macedonia, Etiopía, Eritrea, la República del Congo, Afganistán, Irak, Burundi, Sudán, Haití, Indonesia.

Con la trágica excepción de la guerra de Irak, las misiones se cumplieron y continúan cumpliendo con un aceptable nivel de consenso político nacional. ¿Qué cambian la evolución de las misiones militares en Afganistán y el sur del Líbano? Que los proyectos de reconstrucción, pacificación y prestación de servicios humanitarios no podrán tener fin en un plazo razonable, sin que las instituciones internacionales ni los aliados occidentales controlen ellos mismos los calendarios de dos guerras de religión internacionalizadas.

En Afganistán, las más altas jerarquías militares de la OTAN reconocen que, en verdad, la presencia militar aliada deberá prolongarse cuando menos durante una larga década. Aunque los observadores independientes son mucho más pesimistas, y hablan de una guerra religiosa entre los talibanes próximos a Al Qaida, un ejército «nacional» sin medios, ni recursos, ni fe, y unas tropas de «ocupación» (occidentales) que defienden un Estado que no tiene instituciones dignas de ese nombre, acosado por la corrupción, la incultura, el fanatismo religioso, etc.

En el sur del Líbano, Israel, el Estado libanés, Hizbolá, la UE y la ONU analizan de distinta manera la resolución que justifica la presencia militar aliada. Fuerte por el apoyo recibido en Damasco y Teherán, Hizbolá ha rechazado el desarme militar. Por su parte, los oficiales del Ejército libanés reconocen públicamente con «orgullo» que no serán ellos quienes desarmen a Hizbolá. ¿Qué ocurrirá el día que Damasco o Teherán den luz verde a alguna acción «incontrolada» contra Israel, desde el Líbano?

Buena parte de las misiones militares en las que han participado los soldados españoles, respondían y responden a una cierta lógica racional. ¿Cuál es la racionalidad económica, política o militar de los talibanes afganos continuando la guerra internacional iniciada por Al Qaida? ¿Cuál es la lógica de la guerra santa islámica que defienden los ayatolás iraníes, guardianes de una revolución religiosa que aspira a propagar un nuevo orden, en todo Oriente Próximo, incluso destruyendo Israel?

En Afganistán y en el sur del Líbano, la guerra irregular se dobla en guerra religiosa revolucionaria, propagada por creyentes prestos a morir en nombre de su ideal mesiánico. La demagogia ideológica, el relativismo moral y diplomático, corren el riesgo de minar la moral cívica indispensable para combatir contra tales formas de conflicto de larga y amenazante duración.

   

Publicado en el diario ABC el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.