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Intervención de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados sobre el envío de militares españoles al Líbano

Por El Observador - 8 de Septiembre, 2006, 6:00, Categoría: Partido Popular

Muchas gracias, señor Presidente.  

Señorías, el Presidente del Gobierno, que es quien ha tomado esta decisión, se esconde tras su Ministro de Defensa en este trámite parlamentario. Estamos ante un hecho que merece  quedar reflejado en el Diario de Sesiones. Por eso lo menciono.  

Es evidente que al señor Rodríguez Zapatero no le gusta nada el asunto que hoy nos ocupa. Le quema las manos. Estamos aquí para celebrar una sesión que el señor Rodríguez Zapatero no deseaba, que ha eludido y que, por su gusto, se hubiera realizado discretamente en Comisión para no tener ni siquiera que asistir a ella.  

En sustitución del Presidente, acabamos de escuchar al Ministro de Defensa que ha tenido la amabilidad de confirmarnos todo lo que sabíamos por los medios de comunicación. Ha dicho algunas cosas, pero todavía subsisten muchas dudas que quiero plantear.  

Ya sabíamos que España se ha comprometido a enviar soldados en dos tandas. 

Ya sabíamos que España acepta encabezar una de las brigadas de la FINUL.  

Ya sabíamos que de España han salido 24 militares y que han estado operando en el sur del Líbano.  

Ya sabíamos que mañana parte de Rota la flotilla que transporta el primer contingente de tropas.  

Ya sabíamos casi hasta el nombre de cada soldado.  

Ahora sabemos lo mismo que sabíamos antes y que es lo que sabe todo el mundo. De lo que no sabíamos, pero deberíamos saber, siguen sin contarnos nada o muy poco, señor ministro.  

¿En qué consiste exactamente la misión? ¿Qué responsabilidades concretas asumen nuestros soldados? ¿Cuáles son los riesgos que van a soportar? ¿Con qué medios cuentan? ¿Cuánto va a durar la operación? ¿Cuál es el coste que se ha estimado? ¿Cuántos efectivos, incluidas las dotaciones de los barcos?    

Por no saber, señorías, ni siquiera sabemos  qué estamos haciendo hoy aquí. Se supone que debemos decidir si se envían o no se envían tropas al Líbano respondiendo a la llamada de las Naciones Unidas. Pero eso es mucho suponer, porque ya está todo decidido, todo comprometido y todo en marcha.  

A cualquier otro gobierno nadie podría objetarle nada. Estaría ejerciendo su responsabilidad. Tendría derecho a tomar sus decisiones y a reclamar nuestra aquiescencia a posteriori. Pero es que no estamos ante un gobierno normal. La gracia del asunto consiste en que fue el propio señor Rodríguez Zapatero quien, hace un año y sin que nadie se lo exigiera, dijo en uno de sus arranques melodramáticos: De España, mientras esté el actual Gobierno, no saldrá un solo soldado si no tiene el apoyo de la Cámara.  

No se conformó con eso. Quiso plasmarlo en la Ley de Defensa Nacional, cuyo artículo 4 dice textualmente: en particular, al Congreso de los Diputados le corresponde autorizar con carácter previo la participación de las Fuerzas Armadas en misiones fuera del territorio nacional, de acuerdo con lo establecido en esta Ley. Eso es lo que dice la ley.  

Yo no sé qué es peor: si que el señor Rodríguez Zapatero falte a su palabra o que se salte la ley. Desde el punto de vista moral, lo primero; desde el punto de vista legal, lo segundo. Él, para evitar discusiones, ha hecho las dos cosas.  Compromete su palabra y no la cumple; impone las normas a los demás, pero él no las respeta.  

Siempre estamos con lo mismo, señorías: ese prurito incurable del señor Rodríguez Zapatero que le arrastra a declaraciones engoladas para pasmo del universo. Sabe que no las va a cumplir, pero no le preocupa. Lo único que le importa es imaginar sucesivas declaraciones altisonantes para que el espectáculo no decaiga.  

¿Para qué hizo una ley que no iba a cumplir? ¿Por qué no la deroga? Les diré por qué. La hizo, exclusivamente porque sonaba bonito, porque estimó que con ella quedaba bien aquel día,  y porque, en general, no le importa el tamaño de los errores mientras la propaganda pueda sostenerlos.  

Estamos siempre ante lo mismo, señorías, y no consigo acostumbrarme a esta sensación de inmadurez, de improvisación, de irresponsabilidad. Ese afán por repartir promesas enfáticas que duran lo que se tarda en pronunciarlas y se olvidan en cuanto los fotógrafos apagan el flash. Ese empeño de proclamar con grandes golpes de pecho su amor al Parlamento y tener que venir a rastras, o no venir si puede evitarlo.  

Pero dejemos al señor Rodríguez Zapatero y volvamos a los asuntos del Líbano.   ¿Cuál será la misión de nuestros soldados en el Líbano, señorías?  

¿Hay alguien en su sano juicio capaz de afirmar que cuando las fuerzas de la ONU llegaron al Líbano hace 38 años establecieron la paz en la región? Supongo que no.  

¿Hay alguien con los ojos abiertos que piense que esta ampliación de las tropas de la ONU va a poner fin a una guerra de 58 años en la zona? Supongo que no. Ni llegó la paz cuando desembarcaron las primeras tropas de la ONU ni las tropas de la ONU lo han logrado en 58 años ni se espera que lo logren las tropas de la ampliación actual.  

¿Hay alguien con la cabeza sobre los hombros que, después de las trescientas bajas que han sufrido las fuerzas de la ONU en el Líbano, pueda pensar que nuestros soldados, en aquel campo sembrado de minas, de bombas de racimo y de fanáticos con lanzacohetes, van poco menos que a una pacífica excursión campestre? Sí lo hay: el señor Rodríguez Zapatero.  

Si hemos de hacer caso a lo que el señor Rodríguez Zapatero propala en sus mítines, que es donde los españoles tienen ocasión de conocer las novedades de la política gubernamental, estamos ante una idílica operación de paz. Son soldados, pero de paz; armados, pero de paz; van a jugarse la vida, pero siempre en paz.  

Es lo mismo que acaba de sostener el señor ministro. Ha reconocido lo evidente: que existe riesgo pero, incapaz de superar su mala conciencia, insiste en la paz, es decir, en  una contrapartida que no figura en el programa. Los españoles tienen derecho a saber que no figura en el programa. Ni siquiera figura en la Resolución 1701.  

El antiguo Jefe del Estado Mayor de la Defensa italiano, general Arpinio, hablando de este tema, se ha referido recientemente a la hipocresía con que se abusa de la palabra paz para disfrazar la realidad. Y ha recordado que los militares a los que se envía al Líbano van a arriesgar su vida, no a pasear plácidamente bajo los cedros.   ¿Hasta dónde pretende su señoría engañar a la gente? La resolución 1701 no encomienda la paz a las tropas expedicionarias. La ONU sabe muy bien que la paz del Oriente Medio, el peor escenario bélico internacional, no está en las manos de los Cascos Azules. Se nos convoca a una operación militar. Una operación de interposición para que los contendientes respeten el alto el fuego que ha abierto un paréntesis en su guerra. Una operación que hay que suponer incluye el uso de la fuerza para responder al agresor que lo incumpla.  

Nuestras tropas no van a ponerse al servicio de la paz, salvo en términos poéticos y de propaganda o salvo que deseemos confundir la paz con el alto el fuego. El objetivo de las tropas no es la paz, que nadie se la encomienda, sino impedir que continúen las agresiones, es decir, abrir un paréntesis en la guerra.  

No se trata, pues, de un paseo idílico. No es en absoluto improbable que se produzcan atentados contra las tropas de interposición; o que, desde la zona controlada por la FINUL, se  intenten ataques clandestinos contra Israel; o que se produzcan ataques contra la población civil que nuestras tropas deben proteger.   ¿Dónde está la paz  que pregona el señor Rodríguez Zapatero?  

¿Cómo se protege la paz cuando todo el inestable equilibrio de hoy depende de que un fanático de Hezbolá lance un cohete contra territorio israelí?  

¿Cómo se protege la paz si Israel percibe que los cascos azules no garantizan su seguridad?   Señores del Gobierno, dejen ya de jugar con las palabras y reconozcan que, una vez más, están enviando tropas españolas a una misión de guerra. No a una misión humanitaria, sino a una misión de guerra.  

Es una misión militar. Como otras muchas en las que ha participado España en los últimos años: Bosnia, Kosovo, Afganistán o Irak. Algunas, con el apoyo de las Naciones Unidas, como Afganistán, Bosnia o Irak. El presidente del Gobierno que preside el Consejo de Ministros y los ministros aquí sentados en noviembre del año 2004 aprobaron un Real Decreto sobre indemnizaciones a los participantes en operaciones internacionales de paz. Y dicen Operación Libertad iraquí en Irak. La participación española amparada en las resoluciones 1441, 1483 y 1511. Lo han aprobado ustedes. Y a mayor abundamiento, dicen al final que este Real Decreto será de aplicación también aquellas otras contribuciones no amparadas por resoluciones internacionales y citan la operación del Golfo Pérsico del año 90, apoyada por ustedes. Por tanto, vamos a dejar las cosas en su sitio.  

Pero, señores del Gobierno, señor Rodríguez Zapatero, yo no le reprocho que colabore en esta misión. Yo lo que les critico es su hipocresía. Eso es lo que les critico. Que no le digan a la gente la verdad.    

Señorías. Hay algunos temas que debo plantear. Yo doy por descontado que la expedición comprende toda clase de armamento defensivo y ofensivo de manera que los militares puedan cumplir la misión que se les encomienda y proteger su propia seguridad.  

Pero no basta.

El instrumento más importante en cualquier ejército lo forman unas órdenes claras. Pues bien, que yo sepa, ni las tropas españolas ni la FINUL han recibido hoy órdenes claras. Luego hablaremos de lo que ha dicho el señor ministro de Defensa.  

No está claro en qué consiste el encargo de garantizar el alto el fuego entre Israel y los miembros de Hezbolá. La resolución 1701 no contiene un mandato claro y esto ha provocado -y es un hecho objetivo, señor ministro- grandes reticencias entre los países que participan en la expedición.  

La resolución de Naciones Unidas establece que la FINUL deberá impedir, por todos los medios a su alcance, que se produzcan actos hostiles dentro de la franja de 30 kilómetros entre la línea azul y el río Litani.  

Es una resolución ambigua, hija de un consenso difícil y que evita deliberadamente las cuestiones espinosas encubriéndolas con el piadoso manto de hagan ustedes lo que buenamente puedan.  

Esto no es ninguna broma, señorías. Significa que, al riesgo propio de las circunstancias bélicas, se añaden los riesgos derivados de unas órdenes que todavía no son claras.  

El Partido Popular ha estado reclamando desde el primer momento una resolución complementaria que despejara las vaguedades. Porque existen precedentes lamentables y es mi obligación explicarlo en esta cámara.  

La propia FINUL, creada en 1978 bajo la resolución 425, es la misión de la ONU que más bajas ha sufrido por carecer de unas reglas de actuación claras: nada menos que 257 bajas.  

En Bosnia, la matanza de Srebrenica se produjo ante los ojos de los cascos azules holandeses impedidos de intervenir por falta de medios y por falta de reglas. Eso lo sabemos todos y hay que decirlo, señoras y señores diputados. Éste es el debate parlamentario.  

Porque al señor Rodríguez Zapatero le parece que con un mandato de la ONU todo se convierte en un plácido paseo humanitario. Y nada más falso.

Tenemos la obligación de ser serios y de analizar los riesgos, lo mismo que se hace en Italia, en Bélgica o en Francia. Hay riesgos que se derivan de la situación bélica, otros de una dotación insuficiente y otros de un mandato inadecuado.  

El general Jefe del Centro de Mando de Naciones Unidas –fíjense ustedes a quién estoy citando- ha dicho a este respecto: Hay que admitir con toda honestidad que las operaciones bajo mando de la ONU han sido un fracaso y en algunos casos un desastre total.  

Se supone que los soldados van a mantener el alto el fuego, desarmar los grupos armados, imponer el embargo de armas, evitar la penetración de fuerzas extranjeras y, además, proteger a la población civil.  

¿Y esto cómo se hace?  

¿Qué deben hacer los cascos azules si no se respeta el alto el fuego? ¿Perseguir al agresor o contemplar los acontecimientos?  

Si no pueden ser los primeros en disparar, ¿qué harán cuando los obstaculicen sin disparar o los encadenen a un puente como ocurrió en Bosnia, en una imagen que tenemos grabados todos los miembros de esta Cámara?  

¿Contra quién deben proteger a la población civil, con qué medios y hasta qué punto?   ¿Quién debe efectuar el desarme de Hezbolá? ¿El ejército libanés? ¿La FINUL? Si no se deja, ¿Hay que combatirlos? ¿Hay que detenerlos? ¿Van los cascos azules a desarmar a Hezbolá? ¿Hay que entregarlos al ejército libanés del que, por lo visto, forman parte?  

¿Verdaderamente van los cascos azules a desarmar a Hezbolá? La resolución lo da a entender. Kofi Anan dice que no; el Presidente del Líbano  tampoco. El ministro no nos ha dicho nada.  

¿Quién velará para que Hezbolá no siga recibiendo armamento a través de la frontera siria?  

Si, como ha ocurrido en otras expediciones de cascos azules, la falta de reglas les obligan a no hacer nada, ¿qué es lo que estaremos protegiendo: la paz o el rearme de Hezbolá? Porque ésta es la pregunta de verdad.  

Me gustaría dejar una cosa muy clara en esta sesión, porque es mi obligación. Debemos poner todos los medios para que esto no sirva para el rearme de Hezbolá. Este es un asunto capital. Y nosotros estaremos atentos y vigilantes. Y exigiremos, porque es nuestra obligación, claridad y transparencia al Gobierno.   Señoras y señores diputados, no estamos informados de las reglas que permitan a las tropas españolas responder con eficacia a eventuales ataques y atentados. No lo estamos. Si no puede hacerse –ahora resulta que no puede hacerse- tenemos la Comisión de Secretos Oficiales, señor ministro de Defensa, que para eso está y también la comunicación personal.  

Señorías, frente al triunfalismo pacifista, que todo lo politiza y que de todo quiere sacar rentabilidad, del señor presidente del Gobierno, hay dudas en la operación. Falta mucha información. No sabemos cuánto va a durar. Hay lugares en el mundo donde llevamos 17 años, señor ministro. De esto hay que hablar. Y cuánto nos va a costar.   

La situación es muy simple. Las cosas se pueden explicar con muy pocas palabras. Y les voy a fijar claramente mi posición.  

- Hay una guerra crónica, muy grave, en una zona estratégicamente importante. Nos afecta a todos, puede empeorar, puede extenderse y puede acarrear consecuencias gravísimas.  

- Hay un acuerdo de Naciones Unidas para reforzar la presencia de la FINUL en esa guerra. Se espera que España forme parte y España debe formar parte. En esto, todos estamos de acuerdo. En lo que es serio todos estamos de acuerdo.  

Pero no lo estamos en los melindres, en la demagogia, en aparentar que se hace algo sin hacer nada o en ocultar los riesgos y no poner remedio a las carencias. En eso nosotros no vamos a estar de acuerdo.  

Menos aún lo estamos con las incongruencias: que si voy a la guerra pero voy a la paz; que si permiso del Parlamento pero me salto el  Parlamento; que si misión humanitaria, pero con lanzagranadas.  

Ese empeño pueril, en todas las misiones en el exterior, por hacer creer a los españoles que ya hemos preparado el esparadrapo y las tiritas, como si los demás países llevaran las armas y los españoles fueran los sanitarios de la expedición.   Nuestros militares merecen más respeto. Cumplen con un deber muy difícil y se juegan la vida. Y en lugar de reconocer los méritos de nuestros militares, los disimula y los rebaja porque se empeña en que nuestro ejército ha nacido para repartir vendas y leche en polvo. Todo eso está muy bien, pero sería bueno defender a todo trance la justicia, el derecho y a darle a nuestros ejércitos el tratamiento que merecen  

Vamos a apoyar envío de las tropas. Pero no lo hacemos por respaldar la iniciativa de un Gobierno que todavía no ha sabido entender cuál es el sentido de esta misión, cuáles son sus limitaciones y cuáles son sus riesgos. Un Gobierno que ha cometido torpezas de difícil arreglo y ha estado sembrando cizaña allí donde ahora habla de paz. Porque el papelón del pasado mes de julio, el pañuelo, y algunas declaraciones, han sido un papelón.  

Vamos a apoyar el envío de tropas a pesar de que lo apoya el Gobierno, a pesar de su disparatada política exterior que nos aleja de las mejores democracias del mundo, a pesar de sus extravagantes amistades.  

Vamos a apoyar el envío de tropas a pesar de que se trata de la iniciativa de un gobierno desorientado, que carece de criterio conocido en política internacional y hace o deja de hacer según considere que conviene o perjudica a su imagen electoral.  

Y vamos a apoyar el envío de nuestras tropas porque España no puede permanecer indiferente ante la guerra del Líbano. Todos nuestros gobiernos democráticos han definido el Oriente Próximo como uno de los ejes fundamentales de la política exterior española. Sería incongruente que nos hiciéramos los sordos.  

Apoyamos la presencia de nuestras tropas en el Líbano por la misma razón que hemos apoyado la democracia en Afganistán, el derrocamiento de Sadam Hussein y la ayuda al pueblo iraquí. Las mismas razones por las que nos oponemos al programa nuclear de Irán, o a la existencia de grupos terroristas como Hezbolá. Apoyamos la presencia de nuestras tropas  en el Líbano porque es congruente con nuestro análisis de los problemas de toda la región.  

Apoyamos el envío de nuestras tropas porque somos partidarios de que España participe activamente en todas las organizaciones internacionales de las que forma parte.

Apoyamos la presencia española en el Líbano porque es coherente con nuestra defensa de los derechos humanos y nuestro empeño en la lucha contra el terrorismo.  

Y porque nos parece que la lealtad con nuestros socios es un valor principal. Quienes nos consideran aliados agradecen la presencia de España y esto pesa mucho en nuestra decisión.  

Lo apoyamos de una manera crítica y vigilante. Crítica porque exigimos garantías sobre el sentido de la misión, sobre la eficacia de nuestra acción y sobre la seguridad de nuestros soldados. Vigilante porque nos tememos que los extravagantes alineamientos del Gobierno y su afán por disfrazar la realidad con fantasías de color de rosa, pueda perjudicar la imagen de nuestra nación, la eficacia de nuestro ejército y, lo que es peor, nuestra seguridad en el Líbano y en España.   

Muchas gracias.

   

Transcripción literal de la intervención de Mariano Rajoy en el debate parlamentario en el Congreso de los Diputados el viernes 8 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.