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"Ya es ineludible investigar a fondo el papel de ETA en el 11-M" (Editorial de EL MUNDO)

Por Narrador - 5 de Septiembre, 2006, 7:30, Categoría: 11-M

No es la misión de un periódico sino de los jueces decir si Emilio Suárez Trashorras es inocente o culpable, pero no cabe duda de que el testimonio cuya publicación concluimos hoy tiene una relevancia informativa insoslayable y una enorme importancia para la investigación. Al margen de lo discutibles que sean algunas de sus opiniones, el asturiano aporta datos inéditos que evidencian las más aparatosas lagunas del sumario y que deberían obligar al juez a volver sobre sus pasos y a practicar nuevas diligencias.

En la primera parte de la entrevista, Suárez Trashorras denunciaba cómo la policía había tratado de orientar y manipular su declaración prometiéndole un piso, dinero e inmunidad judicial y haciéndole creer que gozaba del status de testigo protegido. Es llamativo que el objetivo de los agentes fuera la implicación de El Tunecino y Zougam, a quienes Trashorras no había visto en su vida. El primero daba el perfil de fanático religioso del que carecía El Chino. El segundo era en ese momento el único detenido por la masacre y sólo le incriminaba la tarjeta hallada en la mochila de Vallecas, manipulada probablemente en Ifema según sabemos hoy por los propios informes policiales. Sin duda los agentes que interrogaron a Trashorras aquella noche de marzo de 2004 necesitaban su testimonio contra uno y otro para apuntalar su versión de los hechos.

De lo publicado ayer, es especialmente importante también el relato que el confidente hace de su relación con Manolón y de la información detallada y constante que le suministró sobre las actividades de la banda de El Chino. Al contrario de lo que el inspector de Avilés declaró en el Congreso, su relación se intensificó en los meses previos a la masacre y Trashorras le proporcionó nombres, móviles, matrículas y hasta el DNI falso con el que Jamal Ahmidan se movía en aquellos días y que el policía dice ahora haber extraviado. Queda por saber si el confidente traficó con explosivos o si tras el equívoco término «sustancias ilícitas» se esconde sólo el hachís con el que solía trapichear El Chino. En cualquier caso, si lo hizo fue en todo momento con el conocimiento de la policía, como lo prueba el hecho de que el Toyota fuera parado hasta tres veces en su recorrido de la noche del 28 de febrero y que la dueña del coche cuya matrícula fue falseada fuera despertada por la policía a altas horas unos días antes del 11-M.

Pero siendo importante lo publicado ayer, lo es aún más lo de hoy, en la medida en que aporta datos concretos que ponen de nuevo a ETA en el centro de la trama. Trashorras reconoce que en 2001 Manolón le encargó que ofreciera explosivos a ETA, lo que encaja con los testimonios de Nayo y de Lavandera. Es posible que las Fuerzas de Seguridad intentaran entonces ponerle una trampa a la banda, pero si Toro y Trashorras tenían contactos al mismo tiempo con ETA y con el grupo de El Chino, ¿por qué no podrían unos y otros haber entablado una relación sin intermediarios?

Trashorras confirma que la noche en que fue detenido reveló a los policías que El Chino le había dicho que era amigo de uno de los etarras de Cañaveras. Sus palabras dan un nuevo relieve a la coincidencia en el tiempo de las dos caravanas y confirman los contactos de El Chino con ETA, ya apuntados en 2005 por su lugarteniente Omar. La confesión de Trashorras corrobora algo que EL MUNDO publicó meses antes de contactar con él y demuestran que es falsa la rectificación que hizo Interior entonces. Como en el caso de la manipulación de la mochila de Vallecas, el Gobierno debe explicar por qué ha mentido a los ciudadanos e investigar a fondo si ETA está o no relacionada con la masacre. Si no lo hace, será comprensible que la opinión pública empiece a asumir las tesis del inquietante personaje del CNI que aparece en el relato de Trashorras, según el cual la conexión de la banda con el 11-M no convenía al «momento político en España».

  

Editorial publicado en el diario EL MUNDO el martes 5 de septiembre de 2006. Por su excepcional interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.