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3 de Septiembre, 2006

"¿Dreyfus o Landru?" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 3 de Septiembre, 2006, 10:00, Categoría: 11-M

Vencido este verano de incendios y piscina, de colapso aeroportuario y de cayucos, de bochorno agosteño en julio y borrascas del Cantábrico en agosto, de decepción futbolera y eclosión baloncestística, de carné de conducir por lonchas y presuntos locales sin tabaco, de baile de las víctimas y tambores de hojalata -¡ay, la memoria histórica!-, he aquí al hombre.

Zanjadas estas vacaciones en las que ETA sólo cubrió las apariencias de la protesta callejera mientras negociaba con el Gobierno profundamente y en secreto; en las que Fernández de la Vega recorrió dos continentes, desde Bolivia hasta Finlandia, en esforzada defensa de los intereses nacionales; en las que la mujer de Maragall se dio de baja del futuro ex partido de Maragall ; y en las que ZP sintió el halago del taconazo de Touriño en los humeantes bosques de Galicia y el agravio del desdén de Jaume Matas que no acudió a recibirle al pie de la escalerilla del avión y le esperó sin corbata -¡ni calcetines!- en justa correspondencia a la negativa presidencial a reunirse en otro sitio que no fuera el aeropuerto de Palma, he aquí al hombre.

Rodeado en la portada de nuestras nuevas secciones y fichajes -qué orgullo poder sumar el de Anson a otros talentos tan dispares-, de las expectativas de la gloria deportiva para hoy, del lanzamiento de las dos mejores colecciones jamás editadas por un medio escrito -vean, vean con toda la familia el tráiler de Los Años del NO-DO-, y del más enorme esfuerzo de investigación y encuesta sobre un solo hecho nunca realizado, en suma, por un periódico, he aquí al hombre.

Con su cara de buen chico, con su mirada a la vez enigmática y serena, con el pelo y la corbata en su sitio, con sus labios finos como una cicatriz o la hendidura de una hucha, con ese aire de cordero degollado que sube al altar con la misma impasibilidad con que se escala un cadalso sobre el que reposa el hacha de una condena a 3.000 años de cárcel, tan distinto del tarado patibulario y asocial que nos han presentado las fotos y versiones policiales, he aquí al hombre.

José Emilio Suárez Trashorras no es una atracción de feria, pero fíjense bien en él porque en su memoria y en su conciencia están guardadas claves esenciales para desentrañar la cadena de acontecimientos que sacudieron a España entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. Y porque de lo que argumenten, establezcan y decidan los jueces sobre cuál fue su conducta y cuáles sus móviles dependerán en gran medida las referencias morales por las que transcurrirá nuestro futuro y el grado de confianza que los ciudadanos podrán sentir hacia el sistema.

Al cabo de más de dos años de intentarlo, Fernando Múgica ha logrado que le conceda una extensa entrevista. Hoy publicamos la desnuda síntesis de su tremenda interpretación de lo sucedido y situamos al personaje en su circunstancia. A partir de mañana divulgaremos sus revelaciones y alegaciones, con tanto detalle como él mismo las ha expresado. Junto a ellas incluiremos también un minucioso resumen de los testimonios que le señalan en el sumario instruido por el juez Del Olmo como responsable directo de los asesinatos de 192 personas.

No faltarán los bellotaris que vociferen acusándonos de hacer el juego al peor de los delincuentes. Ya ocurrió cuando entrevistamos a Amedo y Domínguez o al fugitivo Roldán. Pero lo esencial no es quién sea el narrador, sino cuál es la trascendencia y fiabilidad del relato. Además en el caso de los ex policías se trataba, es cierto, de dos personas que ya habían sido condenadas a más de 100 años de cárcel por varios asesinatos frustrados y bien podía alegarse que la decisión del Director General de la Guardia Civil de poner pies en polvorosa era toda una declaración de culpabilidad anticipada. Trashorras -que ni siquiera tiene antecedentes penales- es sólo un procesado en prisión preventiva. Nada menos, pero tampoco nada más. Su presunción de inocencia está en entredicho, pero de ninguna manera destruida.

Trashorras tiene derecho a ser escuchado y no sólo por el juez, sino por el conjunto de una opinión pública a la que desde el día de su detención se le dio por hecho que, de forma deliberada y consciente, él había suministrado a los islamistas los más de 200 kilos de Goma 2 necesarios para volar los trenes del 11-M, el AVE a su paso por Mocejón y el piso de Leganés en el que ellos mismos murieron. Anhelaba poder hacerlo ante la Comisión del 11-M, pero no le dieron ni la oportunidad de declarar en directo, ni siquiera la de testificar por escrito. Ahora ha decidido contar su versión a través de nuestro periódico y yo les pido que la lean con atención y la pongan en contraste con las acusaciones que pesan contra él y con los demás elementos de juicio que EL MUNDO ha venido desvelando.

Escribo con la ventaja de haber leído ya lo que publicaremos mañana y pasado. Trashorras no es ningún mentecato. Su enfermedad podrá haberle hecho perder el equilibrio en momentos críticos, pero su relato revela una mente lógica y una capacidad especialmente articulada para contestar al detalle con el detalle. Sus opiniones tienen un valor relativo, pero los hechos y conversaciones que reconstruye componen el único testimonio conocido de alguien de nacionalidad española, ajeno a su círculo familiar, ideológico y religioso que durante las semanas anteriores al 11-M mantuvo reiterados contactos con Jamal Ahmidan, a quien hemos venido apodando El Chino y atribuyendo la condición de jefe operativo del comando que perpetró y ejecutó la masacre.

¿Cuál era el origen y finalidad de esa relación? Tres cosas parecen fuera de duda a propósito de Trashorras: 1) que trapicheaba con droga, 2) que era confidente habitual de la Policía, 3) que desde casi tres años antes del 11-M el tráfico de explosivos -consumado o no, a una escala u otra- se mezcló con los otros dos ingredientes. Agítese todo ello en la coctelera y llegaremos a las reuniones con el también confidente Zouhier en las que supuestamente comenzó la negociación del trato que, según la Policía, la Fiscalía y el juez, desembocó en el suministro de la dinamita del 11-M. ¿Pero eran un marroquí y un ex minero los que se miraban a los ojos, o la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil y la Policía de Asturias las que lo hacían?

Desde que en julio de 2001 Lavandera le cuenta al agente Campillo que Trashorras y su cuñado Antonio Toro «buscan a alguien que sepa montar bombas con móviles» hasta la extraña detención de quien cree estar ayudando a investigar el 11-M y se encuentra de repente entrullado y sin medicación contra la esquizofrenia, suceden suficientes episodios extraños a su alrededor -incluido el constatado merodeo de ETA que culmina en el robo del vehículo del callejón de Avilés- y va quedando una estela lo suficientemente espesa de las actividades del tándem, como para que sólo su control y supervisión policial expliquen que ambos no permanecieran todo ese tiempo entre rejas.

A los testimonios de Lavandera y de Zouhier hay que unir los de dos de sus jóvenes compinches de ocasión, Iván Granados y el llamado El Gitanillo, que también involucran a Trashorras en la entrega de explosivos mediante viajes en autobuses de línea. De los cuatro sólo el último le implica concretamente en la puesta a disposición de los islamistas del gran cargamento de Goma 2 ECO que supuestamente salió de Mina Conchita durante aquella tenebrosa madrugada del 28 de febrero con destino a Morata de Tajuña. El problema es que El Gitanillo llegó a un pacto con la Fiscalía, mediante el que su autodeclarada participación activa en el mismo presunto tráfico criminal por el que a Trashorras le piden más de 3.000 años de cárcel quedó sospechosamente zanjada con seis de reformatorio.

Es, de hecho, el testimonio de este menor, poniendo en boca de su jefe comentarios casuales del tipo de «¡menuda la que armó Mowgly!», lo que permite al juez Del Olmo llegar en su auto de conclusión del sumario a la implacable tesis de que Trashorras «tenía conocimiento del radicalismo islamista de Jamal Ahmidan y su grupo así como del destino que podían dar a los explosivos», lo que es tanto como decir que no le importaba contribuir al asesinato de decenas y decenas de personas con tal de obtener un beneficio en forma de dinero o droga. Es una lástima que la inferencia sobre tamaña insensibilidad no quede, sin embargo, complementada por el instructor con mención alguna del cuánto, cómo y cuándo debía cobrar Trashorras, ni por supuesto con datos bancarios o indicios de otra naturaleza que revelen entregas en metálico o en hachís inmediatamente antes, durante o después del viaje de los islamistas a Asturias.

La tendencia de los investigadores a tirar por elevación en todo lo concerniente a Trashorras queda aún más patente en el documento con las conclusiones policiales cuyo punto 27 desenterró anteayer Casimiro García-Abadillo para poner definitivamente en entredicho la consistencia como prueba de la mochila de Vallecas. Dos apartados más adelante, concretamente en el número 29, se afirma literalmente: «Teniendo en cuenta que algunas personas acusaron a José Emilio Suárez Trashorras de conocer el procedimiento para activar explosivos con teléfonos móviles, años antes de este atentado terrorista, no resulta descartable que éste asesorara en este aspecto a los terroristas del 11-M».

¿Desde cuándo «buscar a alguien que sepa montar bombas con móviles» equivale a «conocer el procedimiento para activar explosivos con móviles», en vez de constituir un claro indicio de lo contrario? A no ser, claro está, que a la Policía le conste que las pesquisas de Trashorras y Toro en 2001 obtuvieron los frutos deseados y sirvieron a los fines perseguidos.

También produce similar perplejidad leer que la sucesión de contactos telefónicos de Trashorras con los islamistas en los días posteriores a su viaje a Asturias «hacen sospechar que pudiera haberlos asesorado en la manipulación del explosivo» y, en cambio, comprobar cómo los mismos investigadores desdeñan de plano que las llamadas simultáneas a su controlador, el policía Manolón, guarden relación alguna con los hechos. Extraña manera de sumar y de restar.

Con los ya mencionados testimonios en su contra, algunos elementos indiciarios nada despreciables y su propia autoinculpación inicial -cuando dijo haber visto el explosivo en el maletero del coche de los islamistas- sólo cabría tachar de imprudente a aquél que se precipitara a proclamar la inocencia de Trashorras. Pero, por otra parte, resultaría mucho más sencillo creer en su culpabilidad -concediendo incluso que no calibró las consecuencias de sus actos- si al menos existiera una explicación de cómo pudo sustraer una cantidad tan enorme de Goma 2 ECO de Mina Conchita, si al menos existiera una sola prueba fehaciente de que la Goma 2 ECO hallada en Leganés procedía realmente de Mina Conchita o si al menos existiera una sola prueba fehaciente de que la dinamita que estalló en los trenes, viniera de Mina Conchita o no, era realmente Goma 2 ECO.

El problema de la versión oficial del 11-M es el de cualquier castillo de naipes: la caída de una sola pieza arrastra encadenadamente a todas las demás. Si no es verosímil que en 12 explosiones no quedaran rastros suficientes como para detectar los componentes del tipo de dinamita empleada -y menos aún que los resultados de los análisis no se pusieran por escrito-, ¿por qué vamos a sentirnos cómodos con la mera deducción de que, puesto que Trashorras hablaba de vender explosivos y tenía contactos en una mina, Trashorras pasó de manera tan abundante de las palabras a los hechos y Trashorras fue quien posibilitó que se desencadenara la matanza del 11-M?

Tres cuartos de lo mismo podemos decir de la mochila de Vallecas. Si ahora resulta que la conclusión policial es que «pudo ser manipulada en el Ifema», eso significa que alguien ajeno a los islamistas pudo colocar allí el teléfono con la tarjeta que, además de propiciar la detención de Zougam, permitió rastrear las llamadas de Ahmidan, Mowgly, El Chino o como quiera que realmente se llamara, con el propósito de acreditar sus contactos con Trashorras y proporcionar así soporte documental a una complicidad precocinada.

Piensa mal y acertarás, pero in dubio pro reo. Yo a este Trashorras no le daría mi confianza ni como vocal suplente de la junta de mi comunidad de vecinos, pero como el escéptico apóstol Tomás, tendría de verdad que ser capaz de meter mullidamente la mano en el costado de su culpabilidad para poder condenarle por 192 asesinatos. Ni antes ni mucho menos después de haber repasado con lupa sus respuestas me ha ocurrido eso.

¿Culpable o inocente? ¿Chivo propiciatorio camino de la Isla del Diablo de una sentencia injusta como el capitán Alfred Dreyfus o frío y calculador criminal sin entrañas como su contemporáneo Henri Desiré Landru que fue guillotinado negando cínicamente su acreditada trayectoria como asesino contumaz? Mi veredicto dista mucho de ser aún definitivo. Mírenle a la cara, léanlo todo y díganme después qué opinan.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 3 de septiembre de 2006. Por su excepcional interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

«Soy una víctima de un golpe de Estado encubierto tras un grupo de musulmanes»

Por Narrador - 3 de Septiembre, 2006, 8:00, Categoría: 11-M

José Emilio Suárez Trashorras, un ex minero asturiano, se convirtió desde el primer momento en el personaje clave de la investigación de los atentados del 11-M. La versión oficial vendió con todo lujo de detalles cómo en la noche del 28 al 29 de febrero de 2004, este joven de Avilés recibió, acompañó y ayudó a tres de los terroristas autores materiales de los atentados, Jamal Ahmidan y otros dos marroquíes procedentes de Madrid, para que pudieran llevarse de Mina Conchita unas mochilas cargadas con explosivos. El propio José Emilio confesó en un primer momento ante el juez que había visto los explosivos en el coche de Jamal. Según la misma versión, José Emilio envió otras tres bolsas con explosivos a Madrid con tres jóvenes amigos suyos en autobuses de línea regular. José Emilio revela ahora cómo todo fue un montaje de la Policía y cómo siguió sus indicaciones en todo momento.

MADRID.- «Soy una víctima de un golpe de Estado que se ha tratado de encubrir detrás de las responsabilidades de un grupo de musulmanes y de los confidentes, cuando estaba todo perfectamente controlado por los Cuerpos de Seguridad. Existen complicidades que el juez no está dispuesto a descubrir; si no, deberían estar detenidos o imputados agentes de varios Cuerpos de Seguridad».

Quien así habla es uno de los personajes clave relacionados con los atentados del 11-M. Nada menos que José Emilio Suárez Trashorras, el ex minero que presuntamente y, según la versión oficial, habría entregado los explosivos para la masacre a los radicales musulmanes en la noche del 28 de febrero de 2004, en Mina Conchita, una pequeña explotación minera asturiana.

EL MUNDO ha conseguido, en rigurosa exclusiva, una entrevista con Suárez Trashorras. Se trata de una larga confesión en la que se dan las claves para entender lo que, hasta ahora, constituían sólo incógnitas. Nuestro periódico publicará, a partir de mañana lunes, todas sus respuestas, que abren nuevas puertas a la investigación.

Suárez Trashorras fue detenido tan sólo seis días después de los atentados, el 17 de marzo de 2004, y lleva en la prisión de Alcalá Meco casi dos años y medio. Se enfrenta a una petición de más de 3.000 años de cárcel.

Aislado en su celda, tuvo un desconcierto inicial por no aceptar una detención que él creía injustificada. Se rebeló por lo que él consideró la traición de Manuel García Rodríguez, Manolón, el responsable de estupefacientes de la comisaría de Avilés, de quien era confidente y a quien consideraba su mejor amigo. Comenzó a serenarse gracias al apoyo incondicional de sus padres y ayudado por la medicación que le ha proporcionado un psiquiatra pagado por la familia.

Ya no espera nada de la Policía, a la que prestó servicios continuados desde el año 2001 a 2004. Se siente traicionado y está dispuesto a contar todo lo que sucedió realmente en su relación con los presuntos autores de la matanza del 11-M, Jamal Ahmidan -para él Mowgli- y varios de sus socios. Ni él ni nadie en su presencia llamó nunca El Chino a Jamal.

Sus transacciones comerciales de drogas con los marroquíes fueron supervisadas siempre por la Policía, a la que proporcionó todos los detalles de esa relación. Nadie mejor que Suárez Trashorras para conocer los manejos anteriores a los atentados de los que más tarde se suicidarían, el 3 de abril de 2004, en el piso de Leganés.

En sus exhaustivas respuestas denota una mente en buen estado, capaz de razonar con un criterio equilibrado. Y todo ello a pesar de que la estancia en prisión, las graves acusaciones que pesan contra él y todo lo vivido en los dos últimos años no han contribuido a la recuperación de su salud mental.

CONFIA EN EL JUICIO

De hecho, en febrero de 2006 Suárez Trashorras salió de prisión para hacerse una revisión médica en un centro de Vallecas donde se le detectó un ligero empeoramiento en su brote esquizofrénico. De una minusvalía de un 57%, por la que él ya cobraba una pensión desde enero de 2003, se ha pasado a una minusvalía del 65%. Los cuidados médicos de su nuevo psiquiatra y la toma estricta de la medicación, una inyección cada 15 días, le han devuelto parte de la serenidad.

Espera confiado la llegada del juicio convencido de que podrá probar su inocencia.

Ha terminado en prisión los estudios de secundaria que tenía pendientes. Ha aprobado la Selectividad y ahora está dispuesto a comenzar una carrera universitaria.

A modo de prólogo de las revelaciones que comenzarán mañana en EL MUNDO hemos querido hoy centrar al personaje, introducirnos en su trayectoria vital. Para ello, nada mejor que repasar su vida de la mano de sus padres, que en todo momento, y a pesar del dolor que les ha producido la situación, han confiado en que al final resplandecerá la verdad y la justicia en la investigación del 11-M y su hijo será exonerado.

Conchita y José Manuel forman un matrimonio de mediana edad bien avenido. Él, asturiano de pura cepa. Ella, mitad asturiana, mitad gallega. Siempre fueron personas de gran temple. Sus vidas se detuvieron el día en que acusaron a uno de sus hijos, el menor, de haber proporcionado los explosivos para la matanza del 11-M.

Emilio para ellos era un chico normal. Se comportaba con mucha vitalidad. Era muy sociable y derrochaba cariño. Su único problema consistía en que era un poco raro con las comidas.

Le gustaba la actividad física y por eso dejaron que se desfogara en las tareas del campo ayudando en la localidad de Cogollo a su abuela. Se hizo así un joven fuerte, de 1,80 de estatura, algo salvaje.

En el colegio nunca tuvo problemas con los compañeros. Cuando ya era adolescente demostró una afición enorme por las motos y los coches. A su hermana mayor y a él les compraron una motocicleta al terminar el bachiller.

CAMBIO DE CONDUCTA

Fue a esa edad, a los 17 años, cuando los padres notaron un cambio en su conducta. Comenzó a hablar en un tono más alto de lo normal. Se excitaba mucho y soportaba muy mal que le contestaran. En los estudios empezó a flaquear. No aprobó la Selectividad. Sus padres pensaron en llevarlo interno a un colegio de los jesuitas. No lo hicieron. Probaron en maestría pero tampoco terminó los estudios.

Los malos tonos fueron a más. Le había cambiado el carácter y su madre se dio cuenta de que aquello no era normal y que no se trataba de una rabieta de quinceañeros. Lo llevaron a un médico y luego a otro. Hasta que encontraron uno que dio en la diana. Emilio tenía un brote esquizofrénico que podía ir a peor. De todas formas podía hacer una vida prácticamente normal.

Su padre, inspector agrario en una buena empresa de productos lácteos asturianos, lo metió a trabajar con él. La empresa pasó por una pequeña crisis y ante la posibilidad de eliminar personal José Manuel prefirió que saliera el chico antes de que mandaran a casa a un padre de familia.

Emilio se libró del servicio militar al poco de incorporarse a filas. Un par de gestos en su comportamiento y un examen médico riguroso hicieron que lo declararan exento.

Quería independizarse económicamente. Tuvo una novia durante dos años que le llevó por la calle de la amargura. Entró a trabajar en la empresa Caolines de Merillés y, de una forma intermitente, trabajó como ayudante minero en Mina Conchita hasta diciembre de 2002.

El padre era el típico empleado trabajador y honrado. Tenía que recorrer Asturias inspeccionando granjas y haciendo nuevos clientes. La madre tenía un empleo en una empresa dependiente de Asuntos Sociales en el Ayuntamiento de Oviedo. Era profesora de bailes de salón. Lo que mejor se le daba era el son cubano y el tango. Por su carácter extrovertido era muy apreciada por los alumnos. Cuando salió a los periódicos el asunto de Emilio prescindieron de sus servicios.

Emilio comenzó con el nuevo siglo una amistad con un joven de Avilés llamado Antonio Toro. Era un muchacho fuerte, con mucho gimnasio encima, que manejaba dinero. Emilio, una persona muy confiada, se dejó fascinar por su personalidad dominante.

Toro tenía una hermana, María del Carmen, y Emilio comenzó a salir con ella siempre con la preocupación de la mala experiencia sentimental que había tenido antes. Ese noviazgo nunca fue bien visto por Antonio.

Los padres no tuvieron demasiado trato con la familia Toro, pero apoyaron al muchacho hasta el punto de llegar a comprarle un piso y un coche. El 14 de febrero de 2004, menos de un mes antes del 11-M, Emilio y María -él nunca la ha llamado Carmen- se casaron en Avilés. Como tantas otras parejas, se fueron de viaje de novios a Canarias.

A su boda no asistió ningún marroquí, a pesar de todo lo que se ha publicado al respecto. Las fotografías y el vídeo de la boda así lo demuestran.

Cuando el padre de Emilio supo que éste tenía amistad con un policía le advirtió: «Tener amistad con un policía es como tener una moneda falsa en el bolsillo».

Y eso que el padre no sabía entonces que el hijo, para ayudar a Toro -que había ingresado como preventivo en prisión por un asunto de drogas en la llamada operación Pípol- se había convertido, desde 2001, en el confidente de ese policía, el inspector que llevaba el tema de los estupefacientes en la comisaría de Avilés, Manuel García Rodríguez.

EL CONFIDENTE

Participó, como confidente en operaciones importantes a lo largo del 2001, 2002 y 2003, que culminaron siempre con la aprehensión de cantidades importantes de drogas, hachís, cocaína y pastillas, y la detención de los traficantes. En este contexto, fue a finales de 2003 cuando Suárez Trashorras, y según su versión por indicación del inspector Manuel García, se introdujo en una banda de traficantes de nacionalidad marroquí, que se acercaban de vez en cuando por Asturias.

Y fue así como llegamos a la fecha del 11-M. Como muchas mañanas, aquel jueves Emilio se acercó a casa de sus padres. Su madre recuerda cómo estaba descompuesto con lo que había pasado. Insultaba a los terroristas y se preguntaba en voz alta cómo podía haber personas capaces de hacer una cosa así.

Después de haber visto varios programas de televisión, de haber escuchado en la Cadena Ser la noticia de que había un suicida islamista en los trenes y de conocer que se habían producido algunas detenciones en Lavapiés relacionadas con islamistas, comenzó a comentar que él conocía a unos moros y que le daba en la nariz que podían tener alguna relación con lo sucedido. Mowgli le había hecho una extraña llamada a principios de marzo para despedirse y decirle que si no se veían en la tierra se verían en el cielo.

El viernes había traído ropa a casa de su madre. Fue precisamente ésta la que le dijo que si creía tener algún dato y tenía un amigo policía lo mejor que podía hacer era comentárselo. Tuvo que insistir mucho y hasta se enfadaron por ese motivo madre e hijo. Emilio terminó por llamar a Manolón, al día siguiente, para contarle sus sospechas. El hijo se disculpó, más tarde, con su madre por haberle levantado la voz.

El 14 de marzo de 2004, la fecha electoral, Emilio fue a votar con sus padres. Tanto él como su padre votarían, como siempre, al Partido Popular. La madre estaba enfada con los políticos y en el último momento quiso testimonialmente abstenerse y se quedó en el coche esperando a que su marido y su hijo votaran.

José Manuel y Conchita se habían decidido en esas fechas a reformar la casa familiar de Cogollo, donde nació el padre y donde aún vivía la abuela. Las obras estaban apalabradas e iban a comenzar en unos días.

El día de San José, el 19 de marzo, el padre había vuelto de madrugada a casa ya que había tenido que trabajar en el turno de noche.

A las siete de la mañana llegó María, la mujer de Emilio, y le pidió a su suegra que despertara al padre. Les contó que a Emilio lo habían llamado de comisaría y que no había regresado a casa. Lo último que supo es que los policías le habían invitado a cenar en el restaurante Joses.

María y sus suegros se acercaron hasta comisaría y preguntaron por Manolón. Conchita y José Manuel era la primera vez que veían al famoso policía amigo de su hijo. Les recibió con cara compungida y les contó que se lo habían llevado a Madrid. No dejaba de repetirles que él quería a Emilio como a un hijo y que estaba muy preocupado. Se interesó incluso por los medicamentos que tenía que tomar y que no le habían permitido llevar consigo a Madrid.

Para los padres de Emilio comenzó una pesadilla de la que aún no se han despertado. Su hijo se encontraba detenido en Madrid y con la acusación de colaborar directamente en los atentados del 11-M.

Manolón les dio un teléfono de Canillas, donde estaba detenido, para que pudieran llamarle. El padre de Emilio cree que ése es el teléfono que encontró la Guardia Civil en casa de su nuera y en el que ponía la anotación Manzano-Canillas. Insiste en que parte de los policías que vinieron a Avilés a interrogar a su hijo pertenecían a la Policía Científica.

Llamaron a ese teléfono y allí les dijeron que Emilio estaba incomunicado y que, por tanto, no podían hablar con él.

PRESION PERIODISTICA

Tres días más tarde, con el estupor aún en el cuerpo, recibieron la llamada de su abogado para comunicarles que contrariamente a lo que le habían dicho en Madrid en un principio, Emilio no sería presentado ante el juez de la Audiencia Nacional el miércoles 24, como estaba previsto, sino ese mismo lunes. Por algún motivo se precipitaba su declaración ante el juez.

Se ofreció para viajar con ellos en avión inmediatamente. En la Audiencia se encontraron con un muro de silencio y con 2.000 periodistas, «un enjambre», según la madre, que buscaban información. Suárez Trashorras estaba aislado y ni siquiera les dijeron a qué prisión lo iban a llevar después de la declaración ante el juez. Tampoco permitieron que lo viera su abogado.

Se presentaron en Soto del Real, pero nadie sabía allí nada de su hijo. Más tarde les comunicaron que estaba en Alcalá Meco.

Los días siguientes fueron para ellos un auténtico caos. Los periódicos publicaban la foto de su hijo historias dispares en relación con su participación en los atentados.

Nadie les daba ninguna noticia concreta, hasta el punto que viajaron hasta Soto del Real porque les dijeron que Emilio estaba allí pero no era cierto. Su mayor preocupación eran las medicinas que su hijo tenía que tomar por su esquizofrenia. El psiquiatra de Emilio estaba ausente de su consulta porque se casaba una hija suya. Consiguieron por fin las recetas adecuadas y las medicinas y las enviaron a Madrid.

Desde entonces no han faltado a los encuentros con su hijo a través de un cristal o en los vis-à-vis que les permiten. El primer encuentro con su madre fue dramático. Emilio le gritaba a través del cristal que lo habían secuestrado y que todo había sido por culpa de ella, por haberle insistido en que llamara a Manolón.

Luego las cosas se serenaron poco a poco. Emilio, aislado en su módulo, ha encontrado cierta paz. La ayuda de sus padres ha sido fundamental para su estabilidad.

El padre de Emilio se quiso poner en contacto con el juez Del Olmo para contarle un dato que le parece esencial. Poco después del 11-M vio a Toro, Iván Granados y El Gitanillo reunidos en una cafetería de Avilés con dos hombres trajeados. Poco después comenzaron las declaraciones coincidentes de El Gitanillo e Iván Granados contra Emilio. El juez le contestó que en lo sucesivo se dirigiera a él a través de un procurador.

La declaración de El Gitanillo -aceptada como buena en sentencia firme- involucró directamente a Suárez Trashorras con la entrega de explosivos en Mina Conchita a los marroquíes acusados de la masacre. El 16 de noviembre de 2004 se celebró el juicio contra el menor, que apenas duró media hora. Su defensor aceptó la propuesta de la fiscal, Blanca Rodríguez, que rebajó de ocho a seis años su petición inicial de régimen cerrado. De ese modo, El Gitanillo no ingresará nunca en un centro penitenciario para adultos. La sentencia fue, pues, de seis años de régimen cerrado y cinco de libertad vigilada. En el año 2007, cuando haya cumplido la mitad de su pena, el juez de menores de la Audiencia podrá revisar la situación y decidir sobre su puesta en libertad.

Iván Granados, imputado también en la causa, declaró que Trashorras robaba explosivos de la mina y que había organizado varios viajes a Madrid con ellos en autobuses de línea.

SIN PRUEBA MATERIAL

La primera declaración de Trashorras ante el juez, en la que reconoció que había visto los explosivos en el coche de Jamal Ahmidan en la noche del 28 de febrero de 2004, fue definitiva. Emilio asegura que estaba convencido de que había llegado a un pacto con la Policía y con el juez, que era testigo protegido y que no iba a haber cargos contra él. Lo más que iba a estar en prisión era un mes.

Al margen de la declaración de El Gitanillo y de Iván Granados nunca pudieron encontrar contra él una prueba material. Efectivos de la Guardia Civil buscaron inútilmente explosivos y drogas en el trastero que tenía Trashorras en el edificio de su anterior domicilio, en la Travesía de la Vidriera. Después de cinco horas de registro, de rascar las paredes y de cambiar varias veces a los perros detectores, llegaron a la conclusión, delante del propio padre de Emilio, de que allí ni había explosivos ni los había habido nunca.

Cuando Suárez Trashorras se dio cuenta de que no se iba a cumplir el pacto con la Policía cambió su declaración ante el juez Del Olmo. Dijo que nunca había visto esos explosivos en poder de Jamal Ahmidan y que todo lo que había dicho era lo que la Policía le dijo que contara. Trató de refutar la declaración de El Gitanillo e Iván Granados con nuevos datos. Pero ya nadie le hizo caso.

Después de dos años se siente como el gran chivo expiatorio y, ante una posible condena que puede sobrepasar 3.000 años de cárcel, ya no tiene miedo. Quiere romper su silencio para desenmascarar a los que considera que le utilizaron y le engañaron.

   

Una información de Fernando Múgica publicada en exclusiva por el diario EL MUNDO el domingo 3 de septiembre de 2006. Por su excepcional interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Una Portada para la Historia

La Xunta cierra parte de la ría de Arosa al marisqueo por un vertido químico sobre el Umia

Por Narrador - 3 de Septiembre, 2006, 6:30, Categoría: Galicia

CALDAS DE REIS (PONTEVEDRA). El lento avance sobre el río Umia de una letal mancha tóxica de productos cancerígenos derivados del petróleo y sulfato de cobre, de 1,5 kilómetros de largo y color azulado blanquecino, amenaza desde el incendio el viernes en la central química de la firma alemana Brenntag los bancos pesqueros de la ría de Arosa. Se trata de una nueva gran tragedia medioambiental en una Comunidad ya castigada por el «Prestige» y los incendios forestales, que ha obligado al Gobierno gallego a cerrar de forma cautelar los bancos marisqueros en la desembocadura del río y prohibir a más de 100.000 personas el uso doméstico de sus aguas, incluso para el riego.

El fuego, declarado pasadas las 14.00 horas del viernes en la central situada en Caldas (Pontevedra), y controlado a las tres horas con la acción conjunta de efectivos de la Policía Local, Guardia Civil y Bomberos de diferentes distritos, pareció, en principio, lo de menos. El tráfico entre Villagarcía de Arosa, Pontevedra y Santiago cortado durante horas; una enorme columna de humo y las primeras tesis del fallo humano -un trabajador pudo manipular erróneamente un disolvente y provocar la deflagración- dieron paso, momentos después, a la incertidumbre de vecinos y personal de las naves contiguas que sufrieron importantes molestias en los ojos por la combustión de los productos corrosivos e inflamables que manipulaba la factoría.

Ya entonces saltó la alarma: el aire podría ser tóxico. Descartada tal posibilidad por los técnicos de Protección Civil que, desplazados a la zona, aseguraban que el nivel de contaminación atmosférica era, definitivamente, cero, el fantasma de una nueva catástrofe ambiental sobrevoló de la mano de los agentes de «Aguas de Galicia», el organismo autonómico responsable de la calidad de las aguas en la Comunidad. Los técnicos observaron que el río Umia tenía una mancha de color azul turquesa, de aproximadamente un kilómetro y medio, que se desplazaba lentamente -a un ritmo de medio kilómetro cada cuatro horas- por el cauce fluvial y que podía provocar, según el consejero de Medio Ambiente, Manuel Vázquez, una «elevada mortandad» a su paso.

El veneno fluyó durante trece horas

Y, lamentablemente, así ha sido. Una simple visita al tramo del cauce por donde el vertido se ha paseado a sus anchas ofrece la triste panorámica de cientos de peces muertos y plantas teñidas del turquesa maldito en los márgenes donde se ha posado la mancha, que, según comentaron testigos de la zona a ABC, no dejó de fluir sobre el río hasta trece horas después de declararse el fuego. Para controlar más «fugas», Pesca ordenó la extracción de muestras de agua del Umia cada 3-4 horas por parte de técnicos del Instituto Tecnológico del Mar. Apenas unos kilómetros río arriba, el personal de la nave de almacenamiento y distribución de productos químicos de Caldas, ataviado con trajes especiales, continuó retirando durante toda la jornada los productos corrosivos aún presentes en la parte posterior de los 5.000 metros cuadrados de instalación que quedaron totalmente chamuscados.

Mientras eso ocurría, en el Ayuntamiento de Cambados, los titulares autonómicos de Medio Ambiente y Pesca «sorprendieron» a los alcaldes de la comarca pontevedresa del Salnés, a las que surte de agua el río Umia, al revelarles el alcance de la tragedia: cortado a última hora de la tarde del viernes, el suministro de agua para el consumo doméstico queda prohibido, incluso para el riego, como «medida de prevención», explicó la consejera de Pesca, Carmen Gallego.

El embalse de Caldas de Reis también quedó cerrado para usar el agua almacenada hasta agotar las reservas. Además, el excedente de los depósitos de la cabecera del río sólo durarán hasta hoy o mañana, como máximo, momento en el que la Xunta dispondrá «una flota de camiones cisterna» para abastecer a los 110.000 residentes en la comarca afectada.

Las caras largas de los regidores se acentuaron cuando se les informó de que la mancha química es altamente volátil y tóxica, hasta el punto de que, a la salida de la reunión, hablaban de «una catástrofe medioambiental sin precedentes, la primera de la historia de la comarca», que se salvó a duras penas del «Prestige» y que rozó la de los incendios de este verano.

   

Una información de Érika Montañés publicada en el diario ABC el domingo 3 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

La Policía británica detiene a 16 sospechosos de reclutar y entrenar a terroristas islámicos

Por Narrador - 3 de Septiembre, 2006, 6:00, Categoría: Al Qaeda

LONDRES. Menos de un mes después de que veinticuatro personas fueran detenidas en el Reino Unido por su presunta implicación en un gran complot para derribar varios aviones con destino a Estados Unidos, la Policía detuvo ayer a otros dieciséis sospechosos de actividad terrorista islámica. La nueva redada, que no está relacionada con la operación del 10 de agosto, se desarrolló en Londres y Manchester.

Las últimas detenciones se produjeron después de que el jefe de la unidad antiterrorista de Scotland Yard y coordinador nacional de las operaciones antiterroristas, Peter Clarke, haya advertido de que «miles» de personas están siendo sometidas al seguimiento de las fuerzas de seguridad e información.

Aunque el MI5, el espionaje interior, cifra en unos ochocientos los elementos más radicalizados de la comunidad musulmana, las fuerzas de seguridad han abierto el círculo ante el temor de que el extremismo pueda extenderse aún más. «Las personas en las que estamos interesados son miles; no se trata sólo de terroristas, sino de gente que puede estar tentada a ayudar o a animar», según Clarke.

«Lo que hemos aprendido -declaró Clarke en un documental de la BBC sobre Al Qaida- es que tenemos una amenaza que está siendo generada desde dentro del Reino Unido». En su opinión, se trata de una situación «muy inquietante». Clarke confirmó que existe una «tubería» que lleva a jóvenes musulmanes británicos a luchar a Irak. «Lo que estamos viendo es que hay individuos con conexiones que están satisfechos de poder organizar los viajes de otros», aseguró.

En una escuela islámica

Precisamente, la mayor parte de las últimas detenciones, practicadas entre la noche del viernes y la madrugada del sábado, según informó la BBC, están relacionadas con la puesta en marcha de campos de entrenamiento en el Reino Unido, con el fin de adiestrar comandos que podrían actuar en el exterior, aunque los ataques también podrían perpetrarse en el propio país.

Sobre las diez de la noche del viernes, cerca de cincuenta agentes de Scotland Yard irrumpieron en un restaurante chino del sur de Londres, donde detuvieron a doce personas, de entre 25 y 35 años de edad, bajo la Ley Terrorista como sospechosos de comisión, preparación o instigación de actos terroristas. Otras dos personas fueron localizadas en otra parte de la ciudad. La operación también llevó al registro de una escuela islámica a las afueras de Londres. Unos cien agentes acordonaron el centro, al que asisten alumnos de entre once y dieciséis años, y mantendrán cerradas las instalaciones varios días mientras comprueban todo el material informático.

Fuentes policiales indicaron que la redada se producía después de meses de investigación, dirigida contra redes sospechosas de «reclutamiento o fomento para que otros tomen parte en actividades terroristas».

Otra acción se desarrolló el sábado por la mañana en Manchester, donde la Policía detuvo a dos personas, sin vinculación con el grupo de Londres.

Esta nueva gran redada no tiene conexiones con la realizada el pasado 10 de agosto, en la que veinticuatro jóvenes pasaron a custodia policial como presuntos organizadores de un plan en avanzado estado de desarrollo para hacer estallar artefactos explosivos en media docena de aviones, en el trayecto entre el aeropuerto de Heathrow y diversas ciudades norteamericanas. Varios de ellos ya han recibido cargos ante los tribunales.

  

Una información de Emili J. Blasco (Corresponsal) publicada en el diario ABC el domingo 3 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.