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"Edipo en Moncloa" por Gabriel Albiac

Por Narrador - 14 de Agosto, 2006, 21:00, Categoría: Opniones

Con media España ya de vacaciones, debería olvidarme del presente, naufragar en la displicencia que sólo me otorga el mar, y sólo el mar muy lejos. No lo consigo. Es, sin duda, el peor de mis pecados éste de estar al borde del infinito sin tiempo que es la playa, y dejar que los engranajes que componen mi mente sigan marcando el tictac de una amenaza al acecho. No he aprendido gran cosa de la vida. De otra manera, hubiera abandonado este país cuando aún era tiempo. Ahora que la locomotora se abalanza sin maquinistas hacia el precipicio, poco puede uno hacer. Salvo seguir mirando lo que viene. Seguir contándolo, mientras sea posible. Hasta la hora misma del naufragio. Pero estaría bien poder hacer como que nada pasa. Con media España ya de vacaciones, escribir de lo único que nos es de verdad importante: el sol que nos convierte en piedra y en felices, la perezosa piel adormilada; la displicente piel que aprende la esencial lección solar, que nada es preciso querer, nada que no sea nada. Estaría tan bien ser sólo soledad y lejanía, vacaciones, cielo ajeno, ajeno mundo inmenso e ignorado, ilusión de que nunca nada suceda. Nada. No lo consigo. La necesaria ficción de todos los veranos se torna esta vez ceniza entre mis dedos.

Todo ha quedado abierto y a la espera. Y, a la vuelta de tres semanas como mucho, vendremos a dar de bruces contra el horizonte más inquietante. La Constitución del 78 ha dejado de estar vigente. Queda, como una hojarasca muerta, la formal pervivencia de su texto. No rige ya en Cataluña. Ni en el País Vasco. Dejará de regir en Navarra en pocos meses, tras la anexión que todo dice concertada. La extrañeza de no haber derogado una Constitución que dejó de aplicarse, nada tiene de inocente. Cambiar la Constitución exige un trámite complejo que el Gobierno se sabe sin recursos para llevar a cabo: ni posee mayoría parlamentaria de dos tercios, ni se hace ensoñaciones sobre un referéndum con las independencias vasca y catalana como envite. Deja, pues, en la vitrina la Constitución. Sencillamente, no la aplica. Y una legalidad vicaria va ocupando los espacios vacíos. Se llama «doble poder», y todo estudioso de la política conoce sus riesgos. Prologa la crisis global del Estado. Luego de eso, nadie sabe lo que viene.

El mar. Debería abandonarme a su infinito, que borra el tiempo, ese extravío humano. Fracaso. Tomo de su anaquel el libro loco de entrevistas que concedió Zapatero a un complaciente periodista italiano. Leo: «No es que yo me sintiera predestinado..., pero creo que mi padre empujó a uno de sus dos hijos a que entrara en la vida pública para, de algún modo, rehabilitar con su comportamiento y trayectoria la figura de su padre». No está en el manicomio. Y ni siquiera el mar borra de mí esta glacial certeza: lo peor aún no ha llegado.

  

Publicado en el diario LA RAZON el lunes 14 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.