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13 de Agosto, 2006

"Vulcano non fala galego" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 14:00, Categoría: Opniones

Cuando el pasado 27 de noviembre dediqué una de estas cartas a poner en evidencia el disparate de las Oficines de Garanties Lingüístiques de la Generalitat que incitaban -y siguen incitando- a interponer denuncias anónimas sobre la vulneración del supuesto «dret de viure en catalá» no imaginé que la Xunta de Galicia agregaría pronto una insospechada modalidad al catálogo de actividades amparadas por esta ensoñación jurídica.

«¿Qué es eso del derecho a vivir en catalán?», preguntaba yo entonces. «Muy sencillo, la misma sintaxis lo expresa: vivir en catalán significa convertir una mera herramienta de comunicación como es el idioma en un recinto de pertenencia que no sólo incluye la expresión oral o escrita, sino que a modo de insaciable Gargantúa fagocita todas las demás facetas de la actividad humana. Se habla en catalán, por supuesto, pero también se piensa en catalán, se siente en catalán, se sueña en catalán, se participa en la vida pública en catalán, se juega al fútbol en catalán, se aplaude en el estadio en catalán, se mantienen relaciones privadas en catalán, se ronca, jadea y eructa, se acaricia, golpea y aprieta en catalán. Se vive, en suma, en catalán».

Pues bien: en gallego se hace todo eso y además se apagan incendios. A ver si la nación de Breogán no iba a superar en algo a la de la Moreneta... Sí señor, se apagan incendios en gallego y por eso la titulación lingüística es requisito imprescindible para poder formar parte de las brigadas que luchan contra el fuego. En su grado básico para los bomberos de base y en su grado superior para los mandos, según el decreto publicado en mayo por la Xunta.

El único problema de tan concreta iniciativa es la total indiferencia con que fue acogida en la fragua de Vulcano. Por eso los visionarios del Bloque y el tontorrón compañero de viaje que han encaramado a la Presidencia de Galicia se llevaron a comienzos de semana la mayor decepción de su vida, cuando los funcionarios más fieles empezaron a relatarles lo ocurrido. La falta de éxitos en sus primeros intentos de mitigar las llamas ya les había mosqueado. Luego, a medida que los focos proliferaban y los incendios adquirían mayor intensidad, habían ido probando toda su panoplia de remedios: desde las imprecaciones más duras y obscenas hasta los textos más susurrantes de Rosalía, pasando por los mejores argumentos de Castelao. Todo en vano. No cabía sino una desoladora conclusión: ¡O deus do fogo non fala galego!

De nada serviría, pues, enviar tampoco un ejército de gaiteiros. Puede que la música amanse a las fieras, pero no hay ideología ni folclore que baste para apagar los incendios. En cuestión de horas la impotencia de los nuevos hechiceros de la tribu quedó dramáticamente en evidencia, mediante la recontratación apresurada de aquellos veteranos que habían sido excluidos por no cumplir el requisito de capacitación idiomática. Todas las esperanzas de poner coto a la catástrofe en marcha quedaban depositadas, además, en ese Estado al que el proyecto de Estatuto gallego -a imagen y semejanza del catalán- trata de expulsar de sus fronteras.

Como ya ocurrió hace un año en Guadalajara, el Estado llegó tarde y mal. Mientras las llamas envolvían su ciudad, el alcalde popular de Orense no recibía otro apoyo que las llamadas de solidaridad de los líderes de su partido y de sus colegas de Vitoria y Valencia. Sólo en el quinto día de la crisis habían comenzado a desplegarse medios procedentes de otras comunidades, prácticamente a la vez que se pedía ayuda a la Unión Europea. Rajoy se encontró con la oportunidad a la puerta de su casa y la aprovechó, con su sensatez habitual, para volver a proponer la creación de un Centro Nacional de Gestión de Emergencias. Desde entonces no ha dejado de estar un solo día al pie del cañón.

Zapatero, aburrido en la Mareta tras una selección de lecturas veraniegas apresurada y sin criterio, vio paradójicamente el cielo abierto de un par de jornadas de acción política y se plantó en la encapotada Galicia para responder al envite. Ya lo hizo el año pasado cuando interrumpió sus vacaciones familiares para coordinar desde Madrid las medidas a adoptar tras la muerte de nuestros militares en el accidente de Afganistán. Entonces le sacó varios largos de ventaja al propio jefe del Estado y esta vez casi deja en evidencia a la ministra del ramo. De Zapatero pueden decirse muchas cosas, pero no que esté siendo inconsecuente con su promesa de ser un gobernante cercano a los sentimientos ciudadanos. Su drama es que tampoco con gestos se apagan los incendios.

En Galicia concretó su ya anunciada propuesta de crear una unidad militar de intervención rápida para reaccionar ante este tipo de situaciones límite. La idea de constituir una especie de batallón presidencial, capaz de desplegarse en cualquier lugar de España sólo una hora y media después de que La Moncloa tome la decisión, parece bastante atinada. Sobre todo si se mantiene en estado de alerta no sólo ante los posibles desastres naturales, sino también ante los de índole política que puedan ser algún día fruto de los delirios estimulados por los graves errores del propio Zapatero en relación a la estructura constitucional de España.

Fue todo un símbolo que el mismo día en que el presidente del Gobierno hacía visible su autoridad en Galicia, Maragall proclamara su irrelevancia en Cataluña, en tanto que titular del poder ejecutivo de un Estado que, según él -y ya advertimos que los locos, como los niños, siempre dicen la verdad- se ha convertido en algo «residual» en ese territorio. Según el aún presidente de la Generalitat, Zapatero ya sólo podrá ser percibido como el jefe de Gobierno de una «nación amiga» que ha tenido la amabilidad de renunciar a sus medios de soberanía para que, de ahora en adelante, «Cataluña pueda hacer lo que quiera».

Para que el numerito de Sant Jaume de Frontanya -la localidad más pequeña del Principado en la que por cierto no ganó el sí al Estatuto- fuera completo hay que fijarse en que su censo de 29 habitantes no sólo se vio eventualmente incrementado por todo el cortejo del Molt Honorable President, sino también por los seis jóvenes independentistas que, al desplegar una pancarta con el lema «Maragall, marioneta del Gobierno central», pusieron de relieve que, cuando se insufla artificialmente la vida al fanatismo nacionalista, todo doctor Frankenstein suele figurar entre las primeras víctimas de su monstruosa criatura. Y digo «artificialmente» porque luego, a la hora de la verdad, cuando se producen los asaltos a chalés o cuando los vándalos disfrazados de sindicalistas bloquean las pistas de El Prat a quien se acoge entre cerrados aplausos es a la Guardia Civil.

La gran prioridad para la inmensa mayoría de los ciudadanos es que el Estado funcione y Zapatero es tan consciente de ello que empieza a dar serias muestras de intentar reconstruir con una mano lo que lleva dos años destruyendo con la otra. Aunque un grupo de paisanos le silbara durante la photo opportunity ante los restos boscosos calcinados, en sus dos días en Galicia el presidente ha tenido el subidón de adrenalina propio de quien manda y se siente obedecido. Pero ha sido en cierto modo un espejismo o si se quiere un residuo del pasado: si el Gobierno gallego no estuviera encabezado por un socialista y tuviera ya aprobado un Estatuto a la catalana Zapatero habría sido recibido con tanta deferencia hacia su presencia como indiferencia por sus opiniones.

El voluntarismo mueve a veces montañas y no hay que desdeñar la habilidad de Zapatero para desandar cada noche el camino emprendido durante la jornada. Pero cuando el BOE ha publicado un texto como el que ha entrado en vigor en Cataluña esta semana las tácticas políticas quedan superadas por la realidad flagrante de unas nuevas reglas de juego. Y apenas han bastado 72 horas para constatarlo. Por mucho que el propio interesado lo vaya a camuflar en forma de comparecencia voluntaria, el nada anecdótico episodio de la obligada rendición de cuentas del delegado del Gobierno ante el Parlamento autonómico, sobre su actuación durante la crisis de El Prat, indica hasta qué punto se están invirtiendo los papeles entre controlador y controlado. Desde aquel terrible otoño de 1792 en el que los ministros de la recién nacida República francesa dependían del escrutinio de la Comuna revolucionaria que bajo el yugo soez y terrible de Hebert y sus sans culottes gobernaba el Ayuntamiento de París, no se había detectado un contrafuero parecido.

La presencia, el prestigio y la fuerza del Estado no pueden depender de una fuerza militar de intervención rápida. El Estado no puede ser durante 360 días al año un vergonzante convidado de piedra que ni siquiera se atreve a despejar la pista de un aeropuerto tomado por la turba, por miedo al qué dirán, y encima permite que su representante sea llamado a capítulo por lo que no deja de ser un simple parlamento regional que le echará la bronca por su pasividad igual que se la habría echado por su injerencia.

Para que el Estado cumpla eficientemente su función tiene que estar implantado en todo el territorio de forma uniforme y constante y disponer de autoridad colectiva -no de talante o simpatía personal- para actuar. Las irrupciones espasmódicas en momentos de crisis pueden servir para cubrir las apariencias, pero raras veces resuelven los problemas. Así la súbita llegada a Galicia de un centenar de agentes del Servicio de Información de la Guardia Civil, más el espectáculo de los 400 paracaidistas peliculeramente desplegados, sin tan siquiera saber si existe un enemigo al que combatir, difícilmente van a paliar la falta de efectivos humanos para investigar y controlar durante todo el año las tramas de delincuencia organizada que puedan obtener algún beneficio quemando el bosque.

La sensación de ignorancia y desorientación que a este respecto vienen dando las autoridades no puede ser más elocuente del fracaso de una determinada concepción del Estado. La Xunta dijo primero que se trataba de incendios de «nueva tipología», insinuando ya la existencia de un sofisticado montaje criminal. La ministra Narbona apuntó luego, sin prueba alguna, al «despecho» de las personas despedidas de los propios retenes forestales. Y Rubalcaba, en este su primer gran asunto como titular de Interior, no ha dejado de dar banales palos de ciego hasta culminar el viernes en el sensacional descubrimiento de que los incendios tienen «muy mala intención».

No es de extrañar que en este caldo de cultivo, fruto de la impotencia y la frustración, comiencen a germinar en el entorno gubernamental febriles paranoias encaminadas a achacar la devastación por el fuego a una mano negra movida por el PP para desacreditar a las nuevas autoridades gallegas. Lo verdaderamente curioso es que algunos de quienes ahora se aferran a una alambicada versión del qui prodest, sin indicio alguno que aliente esas pesquisas, figuran entre los más furibundos inquisidores que arremeten contra quienes, furgoneta a furgoneta, vamos logrando demostrar que el 11-M no sucedió como nos lo han contado.

Yo comprendo que, hecha esta comparación, termine pareciendo coherente que un Gobierno cuyas Fuerzas de Seguridad no son capaces de establecer qué tipo de explosivos estallaron en los trenes de la muerte -o al menos eso dicen-, tampoco sea capaz de averiguar quién y por qué quema los montes gallegos. De ahí que antes de seguir con los reproches de fondo, y dejando aparcadas ulteriores responsabilidades, no quepa sino conformarse con un objetivo mucho más modesto: ¿podrían ustedes ser tan amables de apagar de una puñetera vez el fuego? ¿O es que acaso no les pagamos para eso?

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 13 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Nunca máis" por Cesar Vidal

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 13:00, Categoría: Galicia

Lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo. Un conjunto había adaptado la magnífica «Sweet Home Alabama» convirtiéndola en «Minha terra galega» para la despedida de un programa de humor. El protagonista del evento aprovechó la patada en el trasero que le había propinado la cadena de TV para atacar al Gobierno de Aznar valiéndose del «Prestige». En primera fila estaban si no recuerdo mal aquel muchacho que escribió una canción en honor de Franco para luego terminar en la izquierda de moqueta y chalet; su esposa, que saltó a la fama en la época del dictador como niña prodigio, y otros personajes parecidos. Era un episodio más de todo un culebrón en el que hubo presentadoras de TV realizando un programa de fin de año en la costa gallega en solidaridad con los damnificados del «Prestige». Sobre aquel ejercicio de demagogia vibraba un lema no por estúpido menos eficaz: Nunca Máis. No dudé entonces de que todo aquello no pasaba de ser un montaje más sucio que el chapapote. De hecho, cuando se produjeron las negras jornadas entre el 11-M y el 14-M me percaté de que todo había sido un ejercicio de preparación. Por eso no me ha extrañado que el Nunca Máis haya brillado por su ausencia durante estos días en que Galicia está sufriendo un desastre ecológico (muertos incluidos) que sobrepasa de manera apocalíptica lo que fue el «Prestige». Y entonces el Nunca Máis se queda en casita. Ahora Galicia no necesita ser salvada; ahora no hay que movilizar a los jóvenes ni a las ONG; ahora no hay que cargar contra la Moncloa ni contra la Xunta. En un gesto bochornoso de intentar tapar las vergüenzas del emperador Nunca Máis, dos de sus componentes han escrito sendos artículos señalando que sí que se van a movilizar, pero contra el PP, que es el culpable de todo. No me sorprende porque de los dos sujetos uno es el consejero áulico de ZP, con lo que ya queda dicho todo, y el otro ha sido definido, con bastante justicia, como una versión cursi de Antonio Gala. No me extraña, pero desearía creer que Nunca Máis vamos a existir a espectáculos bochornosos como los del «Prestige» o el 13-M llevados a cabo por esos pesebreros de la izquierda que cuando mueren inocentes en Guadalajara o en Galicia callan porque las responsabilidades son del PSOE y de los nacionalistas; que se desgañitan contra la intervención en Irak para derribar a un tirano, pero no dicen ni mu ante el genocidio sufrido por los saharauis; que aullan contra los Estados Unidos, pero aplauden la rendición ante los asesinos de ETA o que acusan a Israel de nazi simplemente porque se defiende contra la peor forma de terrorismo, la islámica, que hasta la fecha hemos conocido. No han sido, no son ni serán la conciencia de la sociedad. Son meras correas de transmisión de algunas de las formas de pensamiento más liberticidas y totalitarias de la Historia. Rebosantes de orgullo y ávidos de recompensas, deciden cuándo gritar y cuándo callar aunque haya muertos inocentes por medio. Nunca mais.

   

Publicado en el diario LA RAZON el domingo 13 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Nunca Mais" por José Apezarena

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 12:00, Categoría: Opniones

La catástrofe de Galicia con los incendios va a castigar políticamente a la Xunta. Pero también al Gobierno de Zapatero, que empieza a acumular errores. Y en España, las elecciones no se ganan, las pierde el Gobierno de turno

Es un lugar común que en España las elecciones no se ganan, sino que las pierde el Gobierno de turno. Que, cuando se produce un vuelco en las urnas, ello no sucede por los méritos del partido aspirante, sino que se debe casi exclusivamente a la acumulación de fallos por parte de quien ostentaba el poder.

La hipótesis parece que tiene fundamento sólido. Así, la derrota de UCD a manos del PSOE, en 1982, vino precedida de un auténtico derrumbe político, con un país destrozado económicamente, acosado por las huelgas, que llegaron a paralizarlo todo, y ensangrentado por el terrorismo. A lo que se unió la lucha fratricida y la fractura interna del partido, que llevó a la muerte política de su fundador, Adolfo Suárez, incapaz de enderezar el rumbo.

La victoria del PP en el año 1996 hay que atribuirla sobre todo a la corrupción socialista, que tumbó —aunque por muy escaso margen, hay que decirlo— al PSOE de Felipe González, estigmatizando, de paso y seguramente de por vida, al líder socialista. La anomalía, absolutamente excepcional, puede ser la derrota de los populares en 2004, provocada por el imponderable de los atentados del 11-M, un auténtico shock nacional que movilizó el voto del miedo y del irracional rechazo al Gobierno, al que se quiso castigar como culpable de la catástrofe por haber enviado tropas a Irak.

Con estos precedentes, hay que suponer que la permanencia de Rodríguez Zapatero en La Moncloa está segura, mientras no acumule un cargamento suficiente de errores, de destrozos, como para que la ciudadanía decida desalojarlo del sillón presidencial.

Lo que viene ocurriendo estos días en Galicia podría ser uno de esos factores que conduzca a un cambio de Gobierno. Desde luego, contribuirá de forma decisiva. Porque el espectáculo, por así llamarlo, de los incendios de estos días es patético.

Un país como España, una de las 10 potencias económicas e industriales del mundo, no puede ofrecer el panorama de incompetencias y desastres de gestión como las que hemos presenciado. Estamos dando la talla de un partir tercermundista. Con el añadido sarcástico de unas decisiones previas de la Xunta que desmantelaron el anterior aparato antiincendios por razones de sectarismo político y hasta de tontería lingüística.

Todo eso lo ha percibido la ciudadanía, aunque esté de vacaciones. Así que, unas cuantas jornadas más con los fuegos incontrolados, y el efecto sobre la credibilidad del Gobierno puede resultar mortal.

El presidente del Gobierno ha estado lento en la reacción, confirmando esa pérdida de toque, de instinto político, que apuntábamos la semana pasada. Pero, al final, ha ido. Ha visitado Galicia, aunque a medias. Es decir, cumpliendo un plan diseñado con mucho miedo por sus colaboradores. Miedo al abucheo del personal, que está soliviantado porque nunca se ha visto en otra igual: defendiendo en solitario sus casas, y hasta la vida de su gente, con cubos de plástico y mangueras de jardín, porque las autoridades se muestran incapaces.

Esta vez, Rodríguez Zapatero ha huido de la gente. Así se ahorró escuchar lo que no quería oír. Pero los gallegos se han dado cuenta. “¿Dónde está?”, se preguntaban en voz alta los paisanos desalojados, los vecinos movilizados como retenes contra el fuego, los habitantes de Vigo, Orense o Santiago, amenazados por las llamas como nunca han conocido.

Los expertos anuncian una nueva marea negra en Galicia. La enorme superficie arrasada (más de 50.000 hectáreas), cubierta ahora de ceniza, originará en cuanto caigan las primeras lluvias un inmenso aporte de aguas ennegrecidas, que bajarán hasta dar en la costa, en las rías, convirtiendo sus aguas en un enorme charco de tinta. Así que, casi como una broma macabra, al espectáculo que provocó el Prestige le va a suceder el cuadro oscuro que van a pintar los fuegos de estas semanas. Con lo que el imaginario popular volverá a revivir la congoja de aquellas fechas, pero con otro inquilino en La Moncloa.

¿Y dónde están, por cierto, los llamados artistas, los intelectuales, que esgrimieron sus pancartas del “Nunca Mais” para desgastar el Gobierno de Aznar?

   

Publicado en el diario LA GACETA DE LOS NEGOCIOS el sábado 12 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

"Alianza de civilizaciones" por M. Martín Ferrand

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 11:00, Categoría: Alianza de Civilizaciones

Cuando, va para dos años, José Luis Rodríguez Zapatero lanzó al mundo su propuesta de una «alianza de civilizaciones», torpe remedo del muy anterior «diálogo de civilizaciones» propuesto por Muhammed Jatami, los expertos miraron al infinito, como la buena educación aconseja cuando el orador desconoce la entraña de su propio discurso. Aquí, en casa, los potentes servicios de propaganda, empeñados en presentarnos al presidente del Gobierno como un estadista de rango universal, jalearon la vaciedad y Kofi Annan, que algo tiene que hacer el hombre para justificar el empleo, lució una sonrisa -está en los archivos de la LIX Asamblea General de la ONU- que lo mismo sirve para la compasión que para el desdén.

Una «alianza» entre nuestro mundo, el occidental, y el musulmán para combatir al terrorismo internacional, fundamental y fundamentalistamente islámico, es como pretender una ONG, codirigida por Caperucita Roja y el Lobo Feroz en defensa y beneficio de las abuelitas desamparadas. Es una de esas ideas huecas que quedan bien en los salones internacionales en donde, si alguien tiene algo que decir, que no es el caso de Zapatero, no suele disponer del poder y la influencia precisos para proyectar su voz y hacerse oír.

Las últimas actuaciones de Scotland Yard en el Reino Unido, tan oportunas como reveladoras, han sacado a la luz los verdaderos frutos de una alianza de civilizaciones. Los sujetos islámicos que preparaban una múltiple y espantosa ceremonia asesina a bordo de aviones en vuelo hacia los EE.UU. y que, felizmente, han sido detenidos habían dialogado hasta el hartazgo y, mayoritariamente, son hijos de emigrantes paquistaníes integrados en la clase media. Uno, incluso, es hijo de un militante del partido conservador y otro, del encargado de seguridad de Heathrow. No estamos ante unos fanáticos sin formación, azuzados por la miseria tras una dramática travesía en patera.

Europa, nuestra casa, no es el fruto de una casualidad, sino un proceso histórico complejo que se sustenta en el pensamiento griego, el derecho romano y la ética cristiana. Podría haber sido de otro modo, pero es así y a ello ha contribuido esencialmente el enfrentamiento sistemático con los enemigos islámicos que nos acechan desde el sur. La Reconquista española, las Cruzadas o la defensa de Constantinopla son, además de acontecimientos históricos, nutrientes para la formación del alma europea de la que decimos sentirnos orgullosos. No seré yo quien propugne una especie de guerra santa como respuesta a la que nos tiene declarada el fanatismo islámico. Sólo propongo el olvido de los eslóganes efectistas con los que los líderes como Zapatero rellenan la oquedad de su pensamiento y la prudente defensa -juntos, pero no revueltos- de los principios y esencias que arman nuestra cultura y nuestro modo de ser. No se puede despilfarrar una civilización milenaria en aras de una frase vacía y una posturita resultona.

  

Publicado en el diario ABC el domingo 13 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Contraórdenes, novatos y voluntarios en pantalón corto

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 8:30, Categoría: Galicia

MADRID.- «Esto es un desastre, alucinamos, no puede haber más descoordinación». Así se echaba ayer las manos a la cabeza X., un piloto que lleva nueve días trabajando en la extinción de los fuegos de Galicia y que, por miedo a represalias, no da su nombre.

X. contó que las órdenes se sustituyen constantemente por contraórdenes; que los hidroaviones llegan a un lugar y no encuentran ninguna brigada terrestre que les apoye; que los trabajadores tienen que presionar y presionar hasta que les dan, como única comida, un bocadillo frío; que los helicópteros de coordinación se dedican a observar e informar de los nuevos focos y a los pilotos de las aeronaves no les queda más remedio que coordinarse entre ellos...

«Y encima, este año esto está lleno de novatos. La premisa de la Xunta para contratar ha sido ser mujer, hablar gallego y estar en paro. Una de las emisoristas no sabe ni cambiar el canal de la emisora, otra está siempre borracha, algunos retenes se olvidan de ponerse las botas... Un despropósito», decía.

Sus críticas las secundaba Miguel Angel Lema, un peón de la brigada antiincendios de Fisterra (La Coruña) que también denunció a Europa Press la «descoordinación» y la «precariedad de medios, de ropa y de todo tipo», con la que trabajan.

Como muestra, aseguró que hacen la extinción «con el 20% de los camiones autobombas», porque los restantes «tienen tantos años que no aguantan este ritmo». Otro ejemplo: los voluntarios que fueron a ayudarles aparecieron «en mangas de camisa y pantalón corto».

  

Una información de O. R. S. publicada en el diario EL MUNDO el domingo 13 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Galicia pierde en 8 días tantas hectáreas como en todo 2005

Por Narrador - 13 de Agosto, 2006, 8:00, Categoría: Galicia

Expertos y ecologistas afirman que en los dos últimos años se ha duplicado la superficie quemada respecto a la media de los 15 anteriores. «Todos los agostos hay 700 incendios semanales, pero antes se sabían apagar», dice un ingeniero forestal

Madrid - A las tres de la tarde de ayer la Xunta informaba de que había 103 incendios, 54 de ellos activos. A esa misma hora, Emilio Pérez Touriño, su presidente, afirmaba, optimista, que «la situación ha mejorado»; que el 91 por ciento de los fuegos estaba controlado. En otro comunicado, el Gobierno gallego aseguraba que no había estimación de hectáreas quemadas. Su consejería de Medio Rural aseveraba, a los pocos minutos: «Ya van decenas de miles. Pueden ser dos decenas, cuatro u ocho». Narbona habló de sólo 5.000. Touriño elevó hasta 10.000. Y los expertos y ecologistas, a sábado día 12, -sólo ocho días después de que comenzase la oleada de incendios- hablan ya de 60.000. Las informaciones son dispares; las cifras no cuadran tras una semana de «psicosis incendiaria». «No podemos hacer cálculos hasta que no se extingan las llamas», dicen fuentes gubernamentales gallegas. «Yo he oído 40.000, por lo menos», farfullan, con la boca pequeña, desde el gabinete de Prensa de Medio Ambiente.

Galicia arde. Sus cuatro provincias han sufrido la embestida de las llamas. Más virulentas han sido en La Coruña y Pontevedra. La plataforma ecologista Adena alertaba anteayer con un dato: se triplica o cuadruplica la superficie quemada en Guadalajara el año pasado. Esto significa que, si en Guadalajara ardió un área equiparable a 12.000 campos de fútbol, en Galicia ya se han quemado, como mínimo, 60.000 estadios. Tal hipótesis -fundada en una serie de cálculos en los que se tienen en cuenta el número de incendios que se producen cada día y el tiempo de extinción, entre otras cosas- es sustentada por Greenpeace. «Parece claro que si en agosto del año pasado se quemaron 33.000 hectáreas, esta semana ha ardido el doble de superficie», asegura Miguel Ángel Soto, responsable de la campaña de bosques. Ingenieros forestales gallegos suscriben la estimación: «Van, tirando por lo bajo, 60.000 hectáreas en una semana. Es decir, más que en todo el último año en Galicia», dice Andrés Novo, profesor de Ingeniería Forestal de la Universidad de Vigo y secretario general de «Silvanus», una asociación dedicada al cultivo y al estudio de los bosques. Se muestra tajante en su valoración: «Todos los años en agosto hay una media de 700 incendios semanales, igual que ahora. Que no nos digan que lo extraordinario este año es el elevado número de incendios porque es mentira. Y que, por favor no intenten contarnos que es que este año los fuegos son provocados, porque siempre ha sido así. El problema es la falta de efectividad de la Xunta. Esta administración es incompetente y no sabe como manejar un servicio de extinción».

10.000 incendios. Novo que, por su trabajo, conoce a la perfección el monte gallego y maneja una serie de estadísticas de los últimos años habla, sin titubeo, de 60.000 hectáreas quemadas. «Desde 1991 hasta 2004 había alrededor de 10.000 incendios al año en nuestra comunidad. Y la superficie media quemada era de 30.000, con las variaciones, claro está, de cada año. El año pasado, en el que BNG y PSOE llegaron al Gobierno e hicieron frente a la campaña de incendios de agosto, las hectáreas quemadas ascendieron a 57.000», afirma.

¿Pero, cuál es el problema? Si hay el mismo número de incendios, ¿por qué se están quemando más hectáreas? El ingeniero forestal afirma que la respuesta está en la maniobra de la Xunta de desmontar toda la cúpula directiva y toda la organización del servicio de defensa contra incendios. «Un servicio -asevera- que ha funcionado a la perfección en los últimos 15 años». La Xunta, según Novo, ha reducido el número de efectivos y carece de planificación y de mando. «Antes, el servicio de extinción tenía un objetivo: acabar con el incendio ante de que quemase tres hectáreas -una, si era en zona arbolada-. Al final, se consiguió que sólo el dos por ciento de los fuegos que se producían en Galicia superaban las 25 hectáreas. «Ahora, en los fuegos que comenzaron hace una semana, hay algunos que han arrasado hasta 12 kilómetros. Vamos, que debe haber algunos que hayan quemado casi 2.000 hectáreas».

Otra de las diferencias que cita este ingeniero es que en Galicia, en años anteriores no se recurrió nunca a decretar el nivel 1, con peligro para la población, y este año muchos han sido de este nivel o incluso del superior -2- con intervención del Ejército. «Lo importante en la extinción es el principio, atajar el incendio desde el inicio, pero esto ha fallado. Por poner un ejemplo, he de decir que un día de marzo de hace unos años se declararon casi 50 focos en una misma jornada. En 24 horas estaban apagados. Y, ahora, la Xunta no es capaz de acabar con el centenar de incendios en una semana. Se les han descontrolado. «El fracaso no es una palabra que contemplen», apostilla. «Ellos prefieren vender la heroicidad de la sociedad gallega, que pelea contra el fuego. Y eso es su fracaso, porque no han sabido acabar con él; no han sabido frenarlo. La realidad es que han pasado siete, ocho días, y se ha quemado lo mismo que el año pasado. Y el doble de lo que, habitualmente, se quemaba», concluye.

Fiebre incendiaria cada 5 años. Por otra parte, sumidos en plena oleada de incendios, Greenpeace ha llegado a la conclusión que, si se revisan las estadísticas de incendios en Galicia durante los últimos 15 años el fenómeno que devasta los montes gallegos estos días se repite no es nuevo y se la misma periodicidad. Cada lustro, una avalancha de incendios en un periodo corto de tiempo desborda a todas las políticas antiincendios establecidas Por ejemplo, en abril de 1995, la comunidad registraba 600 incendios en apenas tres días. Entre el 25 y el 30 de agosto de ese mismo año se contabilizaron un millar. «Estamos en uno de esos ciclos -añade Miguel Ángel Soto- que siempre presentan las mismas características: se inician en el momento justo, cuando las condiciones meteorológicas son más favorables a la expansión de las llamas. Hay un “chupinazo” incendiario, un desencadenante, y al momento, los focos se cuentan por centenares cada día. Salen los pirómanos, el que quiere limpiar la finca o vengarse del vecino».

Al cierre de esta edición, de acuerdo con datos de la Xunta, en Galicia se registraba un total de 164 incendios, de los que 71 permanecían activos y otros 93 controlados. Por provincias, La Coruña es la sufrió más complicaciones, pese a que se lograron controlar o extinguir el 71 por ciento de los fuegos. Así, a las 20:00 horas había 14 fuegos activos y 35 extinguidos o controlados, y los más graves se registraron en los municipios de Santiago, Abegondo, Pobra do Caramiñal y Cée, donde los vecinos tuvieron que ser desalojados.

   

Una información de C. Trujillo y D. Ruipérez publicada en el diario LA RAZON el domingo 13 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.