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Zapatero convierte su visita en un «recorrido» de tres minutos por una zona deshabitada

Por Narrador - 11 de Agosto, 2006, 8:00, Categoría: Galicia

PONTECALDELAS (PONTEVEDRA). El escenario, esta vez, fue elegido con sumo cuidado. Nada de populosas ciudades, ni de plazas abarrotadas de gente malhumorada e incontrolable abucheando al presidente del Gobierno delante de toda España. Nada de eso. El recuerdo del día anterior en la plaza del Obradoiro, en Santiago, debía de escocer aún bastante como para arriesgarse a repetir la jugada. Mejor ir, esta vez, al medio rural, al monte quemado y yermo, al campo de batalla después de la batalla...

Con más de cien frentes de fuego abiertos en toda Galicia, con miles de hombres jugándose el tipo ante muros ardientes de veinte metros de altura, José Luis Rodríguez Zapatero eligió como fondo para «la foto» las cenizas del monte Gamboa, en la provincia de Pontevedra, entre Pontecaldelas y Soutomayor, una de las zonas más castigadas por las llamas de los incendios durante los últimos días.

Los únicos testigos del evento fueron, esta vez, los soldados de un emplazamiento que alberga, en pleno monte, a los efectivos y medios materiales con los que el Ejército colabora en las labores de extinción de los numerosos focos que surgen a diario casi en cualquier parte. Y, por supuesto, la nube de periodistas, previamente advertidos del acontecimiento, y a cuya disposición la Xunta había puesto un autobús para que no se perdieran ni un solo detalle de la solidaridad presidencial.

Tres minutos de reloj

La visita completa, si es que visita puede llamarse a la fugaz «aparición» del presidente, duró tres minutos de reloj. El tiempo justo para bajar de los coches oficiales la comitiva, de poner orden en la tropa de la Prensa y de hacerse dos fotografías, a saber: un «posado» con el presidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño; y otra departiendo con los mandos militares, con gesto de honda preocupación, en presencia de la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. Y punto. El «recorrido presidencial por las zonas afectadas» se limitó, como mucho, a un paseo de cincuenta metros... Menos de una hora antes, en otra parada aún más breve, José Luis Rodríguez Zapatero se había dejado retratar también junto a los miembros de una brigada de extinción. Los coches oficiales, en fila, se habían detenido todos en el punto previsto: en medio de una cuesta, un camino de tierra batida cuya vista se perdía unos metros más arriba, y junto a los restos calcinados de una pequeña arboleda de fácil acceso, ideal para el propósito para el que había sido concebida la visita.

Nadie se fijó en ese momento en una amenazadora columna de humo que asomaba justo detrás del repecho donde se perdía el camino, a menos de trescientos metros de distancia. Ni reparó en el hecho doloroso y real de que, debajo de ese humo, un nuevo fuego cobraba fuerza; ni en que justo al lado de esas llamas estaban, llorando de rabia, los vecinos de la zona, hombres y mujeres que llevan cuatro días, cuatro, luchando a brazo partido contra un fuego que se dirige hacia sus casas.

A menos de trescientos metros del lugar donde el presidente del Gobierno había llegado casi de incógnito (ni la Guardia Civil ni los alcaldes de los pueblos cercanos tenían la más remota idea de la visita), se repetía otra vez, ironías del destino, la escena de siempre, la del miedo, el dolor, la impotencia y la desesperación.

Con el polvo levantado por los coches oficiales aún en la boca, caminar ese breve trecho fue más que suficiente para toparse de bruces con la tozuda realidad. Allí, en medio de la carretera, armados con ramas y pañuelos, diez personas a punto de perderlo todo maldicen al fuego y a quien lo plantó: «Esto es cosa de los políticos, ellos tienen la culpa de todo. Nosotros pagamos nuestros impuestos. ¿Por qué no nos ayudan?» En menos tiempo del que se tarda en escribir estas líneas, las llamas han prendido en la fila de árboles que bordea la carretera y se elevan ya varios metros por encima de nuestras cabezas. «¡El camión! - exclama un hombre que responde al nombre de Luis Aznar- ¿Dónde está el camión? Hay que impedir que el fuego cruce...»

Actuar con rapidez

Demasiado tarde. Por las copas de esos mismos árboles que está devorando, el fuego ha conseguido, de nuevo, burlar al hombre y cruzar hasta el otro lado de la calzada. Rodríguez Zapatero no ha debido aún tener tiempo ni de llegar al cruce de la general...

Ahora hay que actuar rápido, sin perder un solo segundo. Los vecinos, como pueden, intentan hacer un cortafuegos para que el frente de llamas no se extienda hacia las casas, ya muy cercanas. «Esto es imposible», se lamenta Luis Aznar. «Ayer por la noche acabamos con este fuego, y ahora mírelo, está aquí otra vez». Ni Luis Aznar, ni el resto de los hombres y mujeres que están a su lado, saben absolutamente nada de la recién terminada visita oficial. «¿Cómo? ¿Qué ha estado aquí Zapatero? ¿Aquí mismo? ¿Y con Touriño?». El hombre no sabe si creerlo o no, pero no hay tiempo para eso. Se queda un instante así, como suspendido entre dos mundos, pero decide que, de ser cierto, eso no es importante ahora. Y sigue trabajando.

En medio de la confusión reinante, empiezan a llegar los refuerzos. Dos militares, a pie, suben por el camino. Uno de ellos, con graduación de teniente, habla por el móvil: «...Entonces, ¿las órdenes me las vas a dar tú o quién...?» Detrás de ellos vienen más hombres, y dos palas mecánicas, y efectivos de la Guardia Civil, y un agente forestal... Estaban todos allí abajo, recibiendo al presidente, hace apenas unos minutos. Pero Rodríguez Zapatero ya se ha ido, y aquí hay mucho, muchísimo trabajo por hacer...

   

Una información de José Manuel Nieves publicada en el diario ABC el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.