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PRISA se une al consenso

Por Narrador - 29 de Marzo, 2006, 0:33, Categoría: General

PRISA con su buque insignia a la cabeza ejercita la moderación ¡Quién lo diría! Savater muy bien, Ramoneda está prudente en su análisis, no diremos que lo suscribimos pero si reconocemos que es una opinión legítima. Caso aparte es Maruja Torres. Sigue escupiendo a la media España que no vota al PSOE y se permite sumarse al brindis de Elorza, cobarde alcalde de la hermosa San Sebastián. Esta señora lo que debería hacer en vez de insultar a los votantes del PP, llegando a mentar a sus madres, es explicarnos qué hizo en Panamá, qué pasó para que el resultado fuese su ametrallamiento por parte del Comando Sur con el resultado de un fotógrafo muerto, su fotógrafo. Eso es lo que queremos saber y van para 17 años de silencio. Aquellas declaraciones en directo diciendo ‘ha sido un asesinato’ ¿Qué pasó Maruja Torres en Panamá? Esa respuesta interesa mucho más a la ciudadanía que sus opiniones sobre el PP o sobre Rajoy.

 

“¿Qué se debe?” por Fernando Savater

 

 

De vez en cuando nos llaman por teléfono o nos llega una carta con el jubiloso anuncio de que acaba de tocarnos un apartamento con vistas al mar: ¡enhorabuena! Naturalmente, las personas con experiencia sabemos ya que el supuesto regalo no es tal y que aceptarlo nos saldrá a la postre más caro que comprarlo de nuestro bolsillo. Siento una sensación parecida al escuchar el comunicado de ETA (es un detalle tierno que por primera vez sea una paloma, digo una mujer, quien lo lee) en el que anuncia su alto el fuego permanente. Se le viene a uno a los labios la pregunta guasona y legendaria de Josep Pla tras recibir no sé qué condecoración: "¿Qué se debe?".

 

Primero, aclaremos las cosas. Este alto el fuego no es una concesión graciosa de ETA, que finalmente ha comprendido lo abominable de sus crímenes, sino una conquista de la democracia española, que tras una larga lucha policial, legal y cívica, ha logrado arrinconar y desactivar el terrorismo. Es una victoria de la sociedad, pero no de toda por igual: los que han luchado son quienes no se dejaron intimidar ni persuadir por los violentos ni sus portavoces, los que han mantenido la necesidad de cumplir las leyes y de aplicar estrictamente la constitución, los que no fueron engatusados por los embelecos de la "voz del pueblo" y han defendido los derechos de la ciudadanía; es decir, los políticos que firmaron el pacto antiterrorista así como la Ley de Partidos, y no los que se opusieron a ambas cosas, los jueces como Garzón o Grande-Marlaska, y no los que les acusan de intransigencia derechista, los periodistas que tuvieron que irse de Euskadi porque no les dejaban vivir, y no los que se quedaron haciéndose los valientes porque criticaban a la Guardia Civil, quienes salieron a la calle para defender el Estatuto vasco y la Constitución, pero no quienes los denunciaron por crispar a la sociedad, etc. A cada cual lo suyo. Que ahora no se pongan medallas quienes nada han hecho en serio contra ETA: si fuera por ellos, ETA hubiera dejado las armas mucho antes, desde luego, pero por haber ganado ya la partida y no por haberla perdido, como ahora.

 

En segundo lugar, ETA y los nacionalistas que la apoyan (y que se apoyan en ella, no lo olvidemos) pretenden que, ya que acaba la violencia, acabe o quede entre paréntesis también todo lo demás. Mañana en Euskadi no habrá terrorismo; por tanto, admitamos que no hay tampoco instituciones democráticas, leyes ni Constitución española. Hasta nueva orden, todo debe quedar entre paréntesis. Partamos de cero, olvidemos el pasado (sobre todo los crímenes, que suelen tener desagradables secuelas penales) y convoquemos mesas de partidos o de sectas, asambleas de barrio, lo que sea con tal de dar voz en pie de igualdad a quienes han asesinado y a quienes han resistido. Hagamos un referéndum preguntando a la gente con discreción si quieren que vuelvan los de la partida de la porra con la porra en alto o se resignarán mejor a verlos en las instituciones públicas tratados como a próceres. ¿Encarcelar a Otegi o a gente de su bando? ¡Por favor, las circunstancias han cambiado, que se lo piensen los fiscales! Si Al Capone jura que su banda no asaltará más bancos, sería de mal gusto pasarnos la vida recordándole los que ya asaltó. Estamos en la última fase de la imposición mafiosa: ETA extorsiona a empresarios y a eso se le llama "impuesto revolucionario"; ahora, en nombre de la ETA ya caduca, Batasuna y tantos otros nacionalistas tratan de extorsionar al Estado de Derecho, y para llamar a eso tienen otro eufemismo: "diálogo".

 

No deja de asombrar la naturalidad con que hoy todos los medios de comunicación asumen tranquilamente que, claro, Batasuna es el brazo político de ETA. Ayer, decir eso mismo o defender la ilegalización de Batasuna era como ser compañero de armas del general Mola y de Tejero. ¿Cuánto tardaremos en asumir que los nacionalistas, con Ibarretxe a la cabeza, al exigir la supresión de la Ley de Partidos, la mesa petitoria al margen del Parlamento, el referéndum, etc., están solicitando para ETA las concesiones estrictamente políticas que el Gobierno se ha comprometido a No hacer y que la mínima decencia política prohíbe? O sea, que cierto nacionalismo ni sabe ni quiere desligarse de los fines de ETA, como tantas veces hemos dicho algunos despertando santas indignaciones..., y de sus métodos sólo se desligan ahora, cuando ya no dan los resultados apetecidos. Pues bien: no. Ahora es el momento de la firmeza y de la unidad constitucional. Sólo faltaría que lo que hemos defendido ante las armas, lo cediésemos ante la palabrería de quienes no tienen más remedio que renunciar a ellas. Para la pregunta "¿qué se debe?" no hay más que una respuesta: nada de nada de nada. Y el resto, que lo pidan por favor.

 

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

 

 

Publicado en el diario EL PAIS el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Una paz sin pelotazos políticos” por Daniel Innerarity

 

 

Si es ilegítimo el uso de la violencia para conseguir objetivos políticos, también lo debe ser pretenderlos a través de su cese. No tendría ningún sentido que la voluntad de la sociedad fuera forzada ahora de otra manera, por ejemplo, con la amenaza implícita de quienes sólo habrían abandonado el uso explícito de la violencia pero continuaran ejerciendo una tutela sobre la sociedad, o con el oportunismo de quien espera alguna ganancia que no podría conseguir mediante procedimientos estrictamente democráticos.

 

Me parece que es oportuno recordar estas cosas a las puertas de un proceso de paz, porque son tantas las ganas de acabar con la violencia que podríamos estar poco sensibilizados hacia otras formas de imposición más sutiles pero igualmente inaceptables. Las circunstancias que acompañan al abandono de la violencia, el conjunto de expectativas que suscita, las nuevas posibilidades que ofrece, hacen que el proceso que se abre tras el final de la violencia sea un momento especialmente abierto, delicado y confuso, que debe abordarse sin olvidar aquellos mismos principios que sostuvieron el combate de la sociedad contra el chantaje terrorista. Los cambios de función generan siempre un desconcierto que induce al ventajismo en todos los actores políticos. Son momentos propicios para el "pelotazo" político, que consistiría en obtener algún beneficio que sería impensable en otras circunstancias. El terrorismo lo emponzoña todo, hasta el punto de que incluso el momento de su desaparición ofrece posibilidades para alterar lo que sería una confrontación política normalizada. Si hay quien parasita del terrorismo y hasta del antiterrorismo, tampoco faltan quienes esperan de su desaparición lo que no podrían conseguir en un contexto de violencia expresa. Y ya se sabe que en materia de tentaciones los seres humanos, también incluso los políticos, suelen ser especialmente imaginativos.

 

Los primeros aspirantes a beneficiarios del cese de la violencia son quienes la han practicado pero no terminan de aceptar algo elemental: que el final de la violencia es también el final de la coacción que supondría la amenaza de volver si lo acordado por los agentes políticos no coincide con lo pretendido por la organización terrorista. Un proceso de paz que no hiciera valer desde el principio la libertad frente a dicha tutela arrojaría siempre una sospecha de ilegitimidad sobre sus resultados. A los agentes políticos les corresponde cerciorarse de que ETA pone en marcha un proceso de paz y no un proceso para conseguir sus objetivos políticos de otra manera.

 

Las posibilidades de alterar en beneficio propio el proceso de paz son también una tentación para el nacionalismo en su conjunto, aunque sólo sea por el simple hecho de que no es previsible que, en las actuales circunstancias, una revisión del autogobierno tuviera como resultado su detrimento. Por eso es necesario que las eventuales reformas del marco jurídico-político no sean condicionadas, ni puedan ser siquiera consideradas como consecuencia de la amenaza de ETA. Sería democráticamente inaceptable que algo tan deseable como el avance en el autogobierno pudiera atribuirse a la presión de una amenaza violenta o incluso al deseo de ponerle punto final. Una falta de legitimidad que abriría nueva herida donde quería cerrarse otra.

 

Pero no acaba aquí el repertorio de la oportunidad que puede transformarse en oportunismo. Otra ganancia inconfesable que cabe conseguir en medio de este delicado proceso atañe a las expectativas de la oposición, que podría ejercer sobre el Gobierno una presión incomparable a cualquier otra en condiciones de una confrontación democrática normal. Puede resultar una perspectiva irresistible pero tiene el inconveniente de que, si fracasa, se llevará consigo por mucho tiempo todas las posibilidades de conquistar el poder mediante los procedimientos habituales; pero si tiene éxito, sería aún peor a efectos de legitimidad democrática. Si es malo servirse de la paz, todavía es peor beneficiarse de lo contrario, de que la paz se haya truncado.

 

Una última manera de aprovecharse ilegítimamente del proceso de paz puede embaucar a quienes han de gestionarlo directamente. Es cierto que la sociedad reconocerá y premiará a quien lo conduzca con acierto, pero también lo es que se trata de asunto de tal complejidad que nadie puede dirigirlo en exclusiva. Quien pretenda el protagonismo absoluto ha de saber que se cierra el paso a compartir los riesgos y las responsabilidades. El liderazgo de un asunto tan complejo pone a prueba la capacidad para implicar a otros y movilizar a los diversos actores en favor del resultado final.

 

Para dificultar el paso a los ventajismos que pondrían en peligro una paz verdaderamente democrática, no veo otra solución que distinguir bien las "dos mesas" e impedir que se mezcle la resolución del conflicto violento con la discusión acerca de las cuestiones políticas. Y probablemente forme parte de esa diferenciación una cierta separación también en el tiempo. Se trataría de que la primera cuestión estuviera encauzada para poder dar lugar a la segunda con todas las garantías de legitimidad democrática. Pero esa segunda discusión no debería ser dilatada excesivamente, lo que generaría una nueva sospecha de ilegitimidad: que la violencia (en este caso, la violencia "reciente") sirviera entonces de excusa para retrasar arbitrariamente una revisión del autogobierno a la que la sociedad vasca tiene también derecho frente a los monopolizadores de su voluntad.

 

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza, es premio nacional de Ensayo 2003 por su libro La transformación de la política y premio Espasa de Ensayo 2004 por La sociedad invisible.

 

 

Publicado en el diario EL PAIS el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“El contexto” por Josep Ramoneda

 

 

Permanente: que permanece. Permanecer: mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad. No sé si estas definiciones del diccionario de María Moliner sirven para evaluar un mensaje político. Pero, sin duda, la palabra permanente es la que más dará que hablar del comunicado en que ETA declara un alto al fuego. Permanente es más que indefinido y probablemente es menos que definitivo. Del mismo modo que alto al fuego es más contundente que tregua que, por definición, es pasajera. El lenguaje de la declaración de ETA nada tiene que ver con el carácter farragoso y retórico de sus textos habituales. Podría ser perfectamente un comunicado pactado. No hay ninguna amenaza de retorno a la violencia, ETA no se reserva ningún papel especial en el proceso, no hay referencia concreta a los presos y las exigencias son vagas y se mueven en el terreno de los principios. La primera cuestión, sin embargo, será verificar el alcance del alto al fuego. Es decir, asegurarse de que se acabaron los atentados, pero también las extorsiones a empresarios y la kale borroka.

 

Por positivas que sean las señales emitidas por ETA, no hay duda de que la historia obliga a ser extremadamente prudentes. Pero hay algunos factores nuevos que no se pueden desdeñar y que hacen pensar que esta vez las expectativas son algo mejores. Los grupos terroristas se caracterizan por su aislamiento social y por su ensimismamiento. La clandestinidad y la necesidad de seguir motivando a los comandos les conduce a menudo a creerse unas fantasías que nada tienen que ver con la realidad. La violencia además se convierte a menudo en el verdadero motor de estos grupos, hasta el punto de que deja de ser un instrumento para convertirse en un fin. Pero este autismo tiene sus límites. El grupo puede creerse sus mentiras mientras piensa que va ganando o por lo menos que cuenta con un amplio apoyo. Cuando su brazo civil es ilegalizado sin que se produzca ningún terremoto en el País Vasco, cuando los presos pierden toda esperanza, cuando las dificultades políticas y técnicas para hacer atentados son cada vez más grandes, cuando la sociedad se acostumbra a prescindir de ellos y empieza a darlos por amortizados, tarde o temprano acaban entendiendo que nunca conseguirán sus objetivos por la fuerza. Esta es la primera premisa de cualquier fin de la violencia. Si a este contexto añadimos la irrupción del terrorismo islamista internacional, que ha dejado completamente fuera de juego a estas formas de terrorismo local, es indudable que el marco en que se produce el alto al fuego es muy distinto de otros momentos.

 

A esta realidad contextual hay que añadir otro elemento: dígase como se quiera, utilícense los eufemismos que se consideren necesarios, este anuncio de tregua es el resultado de un proceso de negociación que contaba por lo menos con el aval implícito del Gobierno. No es por tanto un gesto que ETA toma por libre para provocar algún efecto calculado sobre la escena. Y se nota en el estilo y tono del comunicado. Si se ha llegado hasta aquí, cabe pensar que de algún modo están definidos los protocolos a seguir. Sin duda, la legalización de Batasuna o de algo plenamente representativo del entorno etarra ocupará las primeras etapas del proceso que se abre ahora. Probablemente la necesidad que Batasuna tenía de poder acudir a las próximas elecciones municipales tenga que ver con el calendario del alto al fuego. ETA en su comunicado en ningún momento pide plaza en las mesas políticas que se constituyan en el futuro. Sin la violencia, de algún modo habrá que encauzar la representación de la izquierda abertzale.

 

Hace tiempo que el País Vasco ha dado por amortizada a ETA. Y realmente ha sido el momento en que la sociedad vasca ha asumido que era posible y deseable derrotar a ETA cuando ha llegado el principio del fin de esta organización. A que este momento llegara ha contribuido tanto el anterior Gobierno del PP como el actual del PSOE. Sería incomprensible, además de irresponsable, que el resentimiento arrastrara a los actuales dirigentes del PP a quedarse fuera del proceso o a ponerle trabas. En la derecha tiene alguna carta de naturaleza la idea de que para preservar la unidad de España más vale una ETA de baja intensidad que la desaparición de ETA, porque, sin violencia, tarde o temprano el País Vasco se irá. Sería una pena que tan perverso argumento impidiera a la derecha compartir con los demás este momento de esperanza.

 

 

Publicado en el diario EL PAIS el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“¿Primavera?” por Maruja Torres

 

 

"De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque termina mal", escribió el poeta Jaime Gil de Biedma. Tampoco yo creo demasiado en los finales felices, pero, por encima de todo, estoy convencida de que los países, los colectivos y las personas, a menudo gozamos de otra oportunidad. Esta España de la historia terrible, que salió del franquismo para recibir el azote de ETA en su versión más despiadada, cruel y gratuita, esta España (con todos sus pueblos y naciones, para que no se pique nadie) necesita abandonar definitivamente el fratricidio. Si el 24 de marzo de 2006 empieza realmente el fin que debe comenzar, en este día de hoy habrá empezado, de verdad, la primavera.

 

Recibido el anuncio por llamadas telefónicas, por mensajes de móvil, amorrada a las televisiones y a la SER, pensé inmediatamente: "Cielos, qué forma de largar, no vayamos ahora a joderla". Prudencia y discreción, en general, pero tuvimos la desgracia de que el asunto pillara a José Bono en directo y a María San Gil con las uñas por delante. En cuanto a Rajoy, mostró la firmeza habitual contra el Gobierno que no usa contra sus jefes. Si el 24 de marzo de 2006 políticos y periodistas empezamos a practicar el silencio en lo especulativo (que nada tiene que ver con el derecho a informar), entonces en este día de hoy habremos ayudado a que empiece, de verdad, la primavera.

 

Pero recuerden a las Brigadas Rojas. Su irracionalidad, sus crímenes y sus delirios utópicos les coloca muy cerca del camino seguido por ETA. Las autoridades, en Italia, hicieron lo que tenían que hacer. Así como los ciudadanos. Se tragaron sapos, se cumplieron condenas, se echó para adelante. Y si aquí, unos y otros empiezan a cumplir, entonces podremos decir que el 24 de marzo de 2006 habrá comenzado de verdad la primavera.

 

Me uno al brindis de Odón Elorza: "Por la paz, y por los ausentes involuntarios". Es importante señalar la falta de voluntariedad de los muertos, porque sólo abarca a las víctimas del insensato sueño de otros, no a quienes se embarcaron en la aventura de asesinar, extorsionar y acobardar, y encontraron la muerte.

 

En todo caso, brindo para que dejemos atrás la pesadilla.

 

 

Publicado en el diario EL PAIS el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.