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EL MUNDO imprescindible

Por Narrador - 29 de Marzo, 2006, 0:59, Categoría: General

Todos los comentaristas del periódico de Pedro Jota (con la excepción de Umbral) dedican sus columnas al ‘alto el fuego permanente’. Como siempre ha sucedido en este rotativo la pluralidad es su característica más destacada. Para la mayoría no estamos en el prólogo de nada bueno. Muy al contrario se atisban grandes nubarrones en el horizonte ¿Podemos estar en un error? Por supuesto, pero la experiencia nos dice que este ‘deja vu’ nos encamina, irremediablemente, al desastre. Si no es así nuestra alegría y satisfacción será plena y reconoceremos el error así como el mérito a quien corresponda.

 

“Llegó el debate de la autodeterminación” por Jaime Mayor Oreja

 

 

Si algo confirma el comunicado de «alto el fuego permanente» de ETA es la existencia de un largo proceso político, de una ofensiva nacionalista, en la que los dos grandes protagonistas han sido ETA y el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.

 

La organización terrorista en cuanto impulsora de la ofensiva de ruptura y el presidente del Gobierno, como administrador de la misma. No olviden nunca las dos hojas de rutas simultáneas y convergentes que estamos viviendo: la de ETA y la de Rodríguez Zapatero.

 

La hoja de ruta del presidente es una extraña Segunda Transición que tiene dos hitos: el primero, la legalización de ETA -que sería el hecho diferencial de la Primera Transición, que incorporó a todos los actores políticos, pero no a la banda criminal- y el segundo hito, sería el objetivo de aislar y marginar a 10 millones de españoles representados en el Partido Popular.

 

Y la segunda hoja de ruta -la que está encima de la mesa de los partidos nacionalistas vascos, la que se está cumpliendo inexorablemente y paso a paso- es, fundamentalmente, la hoja de la ruptura, la hoja de la autodeterminación, que es la esencia del proyecto de ETA y que consiste en alcanzar el poder en el País Vasco como prototipo de una organización totalitaria.

 

Pero les aconsejo que lean el comunicado y, después de hacerlo, pregúntense: ¿En qué ha cambiado ETA? ¿Es que acaso alguno de sus objetivos es ahora diferente? ¿Es que acaso hay algún arrepentimiento? ¿Es que acaso sus palabras reflejan paz?

 

Pero les ruego que sigan preguntándose. ¿Por qué y para qué ETA tendría que cambiar, si los que están cambiando son los demás? ¿Para qué cambiar, si el que lo ha hecho radicalmente es el Gobierno de España? ¿Por qué cambiar, si Cataluña es ya una nación? ¿Para que cambiar si se ha puesto ya patas arriba la estructura constitucional de España?

 

ETA no puede cambiar porque las organizaciones que, además de terroristas, son totalitarias jamás evolucionan ni se transforman.

 

Pero volvamos al proceso que vivimos. Es una ofensiva nacionalista en toda regla, que ha recibido dos impulsos de ETA: primero, el Pacto de Estella entre PNV y ETA, y después, el Acuerdo de Perpiñán entre ETA y Esquerra Republicana de Cataluña.

 

Los resultados de esos dos impulsos han concluido, por un lado, en el plan Ibarretxe y, por otro, en el reconocimiento de la nación catalana. ETA, en efecto, ha obtenido de Perpiñán lo que necesitaba: la introducción del reconocimiento de la nación catalana en el ordenamiento jurídico español.

 

No es sólo que, curiosamente, hayamos conocido el comunicado de ETA 24 horas después de que la Comisión Constitucional del Congreso haya configurado a Cataluña y -en consecuencia, como se verá después- al País Vasco como nuevas naciones, es que además su contenido confirma que la autodeterminación, una vez más, aparece como el elemento esencial para ETA y para los nacionalistas vascos, y aparece también, en consecuencia, como núcleo del significado y del contenido de la negociación política que va a caracterizar (una vez cerrada la primera fase de la negociación en la sombra) la segunda parte de este proceso iniciado por Rodríguez Zapatero: la parte pública del proceso de acuerdo con ETA. Pero es un paso más, un episodio más, del proceso que estamos viviendo. Este paso, es lógico, viene a fortalecer -quizás tenga esa misión táctica- un proceso puesto en marcha desde hace tiempo, en el sentido de que viene a generar un ambiente de optimismo y de euforia que favorece, a su vez, la negociación política, de manera que el proceso se retroalimenta. Vean ustedes si no las reacciones eufóricas del señor Ibarretxe, del Gobierno vasco, del nacionalismo vasco, tras el conocimiento del comunicado.

 

Desde el momento que el País Vasco y Cataluña ya han asegurado y garantizado su condición de nuevas naciones, se abre el debate de la autodeterminación para esas nuevas naciones. El siguiente escenario político, por tanto, exigirá el debate, no ya de los derechos de las autonomías, sino de los derechos de las recién estrenadas naciones. En otras palabras: ha llegado el debate de lo que los nacionalistas dicen «debe ser la libre decisión de los vascos», es decir, el debate sobre la autodeteminación. No estamos en un proceso de paz: estamos ante un proceso de autodeterminación en toda regla.

 

A la nación catalana impulsada desde Perpiñán se le une el plan Ibarretxe impulsado por el Pacto de Estella, un proyecto hibernado -que no muerto- pero que como la nación nos conduce también al debate sobre el derecho de autodeterminación.

 

Entre el día de hoy y el debate político de fondo que describo, es decir, entre la tregua y la autodeterminación, llegarán, eso sí, la exigencia del cambio de la política penitenciaria, la formalización de las conversaciones públicas entre ETA y el Gobierno, y la legalización final de Batasuna para su posterior toma de poder en los ayuntamientos vascos. Desde el Gobierno oiremos hablar permanentemente del proceso de paz, pero otros van a exigir el derecho a la autodeterminación.

 

En esta primera reacción quiero subrayar que nada de lo sucedido me sorprende. Nada debe sorprendernos, porque es la consecuencia lógica de un proceso que ha recorrido ya su primera parte (la oculta, la inconfesable) y en la que lamentablemente el Gobierno ya ha pagado, sin atreverse a decirlo, un primer precio político a la organización terrorista: la garantía -y ahí el Estatuto catalán es meramente instrumental del proceso negociador- de que el País Vasco será reconocido como una nación. El siguiente paso, ya digo, es la autodeterminación, y la inevitable territorialidad (Navarra).

 

Termino. La impecable declaración política de Mariano Rajoy en la tarde de ayer, al marcar la posición de nuestro partido en tan grave cuestión, define el terreno de juego y el papel de nuestra fuerza política en un momento en el que más que nunca vamos a ser -tenemos la obligación de ser- una referencia esencial para la sociedad española.

 

Jaime Mayor Oreja es eurodiputado del PP y era ministro del Interior cuando ETA anunció su anterior tregua en 1998.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Vichy-Perpiñán” por Federico Jiménez Losantos

 

 

Es difícil dudar sobre la relación estrechísima del nuevo Estatuto de Cataluña, que supone el reconocimiento de otra nación dentro de España y la cancelación de la propia España como proyecto nacional, y esta decimotercera tregua de la ETA que, con las peculiaridades gangsteriles que le son propias, seguirá la misma vía de sus socios de Perpiñán. Se trata de hacer un Estatuto que, en rigor, sea la Constitución de otro Estado, independiente, intervencionista hasta el delirio y rabiosamente antiespañol. En el caso catalán, el Estatuto que deroga la Constitución; en el caso vasco, un nuevo Plan Ibarreche corregido y aumentado por la ETA que incluya, con calendario fijo, la autodeterminación. La banda, con la colaboración de ERC y PNV, se reserva el papel tutelar de este doble proceso separatista al no renunciar ni al chantaje ni a las pistolas. Porque si la ETA no ha anunciado su disolución, está claro que quiere rehacerse, aprovechar la traición del Gobierno ZP y dirigir el proceso de demolición de España.

 

En el caso catalán lo fundamental era que el Parlamento español aceptase el Estatuto como lo que es: un acto de soberanía irreversible que, además, anula la Constitución Española de la que emanaban el Estatuto anterior y los demás Estatutos. Ahora es la Constitución la que emana en sus límites del Estatuto de Cataluña. Y todo ello se perpetra de forma ilegal e ilegítima, abiertamente anticonstitucional, privando al pueblo español de su soberanía y de su condición de referente legitimador de cualquier cambio legal según marca la Constitución. No es que a los españoles no se les consulte, es que se les impide directamente opinar sobre su supervivencia. Y es comprensible: ni los corderos guardan siempre silencio cuando van a liquidarlos. Tampoco las ovejas.

 

En el caso vasco, lo fundamental no es blindar un Estado de hecho para que la legalidad española no pueda nunca alterarlo. Tampoco existe la vocación de colonizar económicamente al resto de España, como en el nacionalismo catalán. Para los etarras lo esencial es tomar las riendas de un proceso revolucionario y separatista cuya pieza clave, además del trato de favor a los terroristas presos, debe ser un referéndum para la separación de España del País Vasco y Navarra. Por supuesto, la banda terrorista habrá pactado con Zapatero esta secesión sin garantizar a cambio absolutamente nada. En cualquier momento puede volver a matar, sea para asesinar más vascos y españoles, sea para eliminar al PNV de la dirección política del proceso separatista. ¿Y esperan algo más los separatistas catalanes y los terroristas vascos? Sí. Que la sociedad española, gracias al PRISOE, acepte este nuevo régimen de Vichy: un Estado supuestamente libre pero, en realidad, bajo estricta tutela nazi. Vichy duró poco; el envilecimiento aún dura.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Hacia un nuevo diseño de España” por Victoria Prego

 

 

Imposible no moverse en la más áspera contradicción de sentimientos y pensamientos. Imposible no sentir la esquizofrenia de quien primero sonríe y abre los brazos y a continuación pega la espalda a la pared, convencido de que va a recibir, otra vez, una puñalada. Imposible no celebrar el anuncio de la banda terrorista de que se han terminado los asesinatos y no recordar al mismo tiempo que eso ya lo dijo otras veces y siempre fue mentira. Imposible no tener en cuenta que la situación de ETA ha ido haciéndose cada vez más insostenible porque, azotados como hemos estado por el terrorismo islamista, incluso los suyos se ven incapaces de soportar un programa de más asesinatos continuados. Pero igual de imposible es no recordar que la última vez que anunció una tregua, la banda dedicó ese tiempo a rearmarse y a planificar nuevos crímenes.

 

De momento, lo único claro del comunicado de ayer es la primera línea, la que dice que a partir de mañana ETA deja de matar. Pero no sabemos por cuánto tiempo y tampoco sabemos bajo qué condiciones. Luego viene la segunda parte del comunicado, donde son posibles todas las interpretaciones, dependiendo de la voluntad política de quien lo lee. Y aquí ya todo son preguntas. Esto que dicen los terroristas de que su objetivo es impulsar un proceso democrático en el que les sean «reconocidos los derechos que como Pueblo nos corresponden» ¿significa que nos están planteando paz a cambio de autodeterminación? Porque en ese caso, la duda la tenemos resuelta desde ahora mismo: de ninguna manera vamos a pagar el precio que llevan décadas reclamando y por el que casi 900 personas, niños incluidos, han muerto asesinadas. ¿O significa, como dicen los optimistas, que lo del derecho de autodeterminación no sólo ha desaparecido de su lenguaje sino también de sus intenciones? Porque en ese caso, estaríamos ante un avance y un fortalecimiento del Estado a la hora de abordar unas inevitables conversaciones con los líderes de la banda terrorista.

 

Esto de que, al final, los ciudadanos vascos deben tener la palabra y la decisión sobre su futuro ¿significa que nos quieren encalomar otra vez el plan Ibarretxe, incluido aquel referéndum unilateral con el que nos amenazó el lehendakari durante años, o significa que, como viene dicho en la Constitución, una modificación estatutaria de las comunidades que se rigen por el articulo 151 requiere ser ratificada en referéndum en la comunidad de que se trate? Porque son dos escenarios perfectamente opuestos que el texto que conocimos ayer, con un lenguaje ambiguo y espeso, de ningún modo aclara.

 

Eso de que ETA hace un llamamiento para que las autoridades respondan de manera positiva a la nueva situación «dejando a un lado la represión» ¿significa que pretenden que la ley deje de aplicarse, que los jueces dejen de juzgar y condenar y que los presos salgan a la calle en tropel, o significa que el asunto de los presos deberá estar en el orden del día de las conversaciones que el Estado habrá de celebrar con los representantes de la banda una vez que esté perfectamente claro que jamás volverán a matar? Porque lo primero es un chantaje inadmisible y lo segundo forma parte, amarga pero ineludible, de la generosidad de los demócratas frente a quienes han sido verdugos de tantos inocentes.

 

Ahora mismo hay sobre la mesa demasiadas preguntas que, de momento, están sideralmente lejos de obtener respuesta. Y eso es precisamente lo que obliga a todos, al Gobierno el primero, a no dar por buena ni una sola conjetura. Ni una sola. Y obliga desde luego -la memoria de las víctimas obliga- a, en caso de duda, inclinarse mucho antes por la radical desconfianza que por la peligrosa ingenuidad o el voluntarismo miope.

 

Desde el punto de vista político, también es imposible ignorar que la aprobación del nuevo Estatuto en el que el Parlamento ha reconocido a Cataluña como nación -y vamos a dejarnos de pamplinas porque eso es lo que ha ocurrido y es por lo que el nacionalismo ha batallado hasta la extenuación- ha abierto una vía clarísima a la posibilidad de abordar en la misma línea la reforma del Estatuto vasco. Lo que ha sucedido en Cataluña, que tiene una importancia extraordinaria porque la potencialidad del nuevo Estatuto es muy grande, es lo que va a suceder, previsiblemente, en el País Vasco.

 

Sin un anuncio constatable de que los terroristas dejaban de asesinar, resultaba imposible para el Gobierno abordar el más mínimo cambio en la autonomía vasca. Con el anuncio de ETA -si es que se comprueba su cumplimiento- lo probable es que se entre en un proceso negociador similar al abordado en Cataluña. Pero en este caso hay una dificultad añadida: bajo ningún concepto esa reforma puede abordarse fuera del Parlamento vasco, como ha pretendido Batasuna en su propuesta de Anoeta. Ahora que ETA dice que no va a matar, habrá que ver si Batasuna es capaz de ganarse la legalización. Y si lo es, cosa que ahora mismo de ningún modo puede afirmarse, quien tenga interés en que esta formación participe en el proceso, tendrá que esperar a que entre en el Parlamento después de haberse presentado a unas elecciones. El presidente dice que será un proceso difícil que durará varias legislaturas. Razón de más para no precipitarse en lo importante.

 

Ahora bien: si, después de Cataluña, acaba por abordarse una reforma del Estatuto del País Vasco, que incluirá por descontado su reconocimiento como nación -y lo será en plenitud, puesto que ya tiene autonomía económica-, lo que tendremos delante será nada menos que el rediseño de España, que pasará a ser un ente compuesto de «naciones» y «autonomías». Si eso sucede, habremos resucitado el viejo intento del privilegio y la diferencia, un esquema indigerible para la mayoría. Y mucho menos si semejante proyecto pretende imponerse sin el acuerdo de todos.

 

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“La agonía de la serpiente” por Raul del Pozo

 

 

La serpiente ha abandonado el hacha, se ha desenroscado sin estrangular la libertad. A las 12.30 horas saltó el notición por Radio Euskadi; 10 minutos antes, Zapatero hablaba con Miguel Angel Fernández Ordóñez sobre temas económicos de la próxima cumbre europea; el CNI le informó del alto el fuego permanente. Después de 40 años de la costumbre de la sangre, la noticia le supo a aceite nuevo y, aunque no es creyente, se acordó de Isaías: «Busca la paz y síguela».

 

La primera llamada fue para Mariano Rajoy, que estaba presentando un libro con Fraga (Los orígenes y la evolución del PP). A las 13.30 horas, por fin, dialogó con el presidente popular. En todo momento, un Rajoy firme le ofreció apoyo sin pagar precio político y con el pleno funcionamiento del Estado de Derecho, sin retorcer las leyes.

 

La conversación entre el líder de la oposición y el presidente del Gobierno pudo desarrollarse así:

 

- Rajoy: «Esto no es lo que esperábamos».

 

- Zapatero: «No será lo que esperábamos, pero no podemos quedarnos sentados, tenemos que seguir el camino. Esto es por lo que hemos luchado».

 

Era una traducción libre del mandato de Gandhi: «No hay camino para la paz, la paz es el camino». Los dirigentes del PP relacionaron el anuncio de ETA con el Estatuto de Cataluña.

 

El ministro de Justicia me explicó: «Blair tuvo el coraje de prometer en una campaña electoral la paz en Irlanda y la logró». Cuando le pregunté si ha estudiado la solución de los presos en los Acuerdos de Viernes Santo, me contestó: «Lo hemos estudiado con mucha atención». (Los presos del IRA cumplen condena en sus casas). Aunque Zapatero ha dado la orden de cautela, humildad y prudencia, el fiscal del Estado ya ha anunciando que el proceso de Otegi ya no tiene sentido.

 

En el jazz y en el teatro, y hasta en la poesía, es buena la improvisación, pero en política la improvisación es letal. El 22 de febrero anunció el presidente en los pasillos del Congreso: «Estamos dando pasos lentos, pero decisivos». Zapatero sabe que lo del IRA lo empezó Major y lo acabó Blair, pero ya soñaba, antes de llegar a La Moncloa, con el día del principio del fin. «Si algún día soy presidente», anunció antes de la campaña electoral, «acabaré con ETA».

 

Ayer, en el Congreso estalló la distensión, después de dos años de odio de Puerto Hurraco. El presidente habló del PP con respeto, y hasta con admiración. Rajoy dio una lección de prudencia y de firmeza.

 

Pero el cielo pesaba como una manta mojada sobre la alegría; era el peso de las generaciones muertas que oprime el cerebro de las vivas, como pensó el de Tréveris. Bajo la lluvia, cientos de víctimas, con las banderas mojadas, pedían justicia. Zapatero me convenció de que el proceso va ser largo, difícil e inexorable.El mismo controló y revisó el comunicado del Partido Socialista.

 

Insisto: el proyecto de distensión se inició hace meses, mucho antes de que José Bono dijera que los etarras estaban con las manos en alto y que fuentes de la lucha antiterrorista informaran a La Moncloa de que ETA era ya un fantasma sin cabeza. Ayer mismo, portavoces del PSOE estaban convencidos de que «ETA es un enfermo agónico, tan infiltrada que sólo se preocupaban por su seguridad».El cóndor del Estado democrático está estrujando el cuello de la serpiente. Pero ahora empieza lo más difícil: el arte de la política.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

Mirando de reojo a Cataluña” por Casimiro Garcia-Abadillo

 

 

Los nacionalismos vasco y catalán tienen un denominador común. Ambos coinciden en el análisis de que su fortaleza está en relación directa con la debilidad del Estado español. Sin embargo, los dos también compiten históricamente por lograr ventajas comparativas. ETA ha sabido aprovecharse de ello.       

 

ETA ha manejado siempre de forma magistral los tiempos. Por eso no es casual, ni mucho menos, que haya esperado a emitir su comunicado, anunciando un «alto el fuego permanente», a que la Comisión Constitucional haya aprobado el texto del Estatuto en el que se asume la definición dada por el Parlament a Cataluña como una nación.

 

Los nacionalismos vasco y catalán, cuyo resurgimiento se produjo coincidiendo con el desastre del 98, es decir, en plena crisis del Estado central por la pérdida de las colonias, se convirtieron en un elemento determinante de la crisis de una cierta idea de España.

 

Al margen de las raíces históricas y culturales en las que sustentan su ideario, había una base económica que explicaba el hecho de que una gran parte de la burguesía vasca y catalana abrazara la causa nacionalista. No en vano, se trataba de las dos únicas regiones españolas en las que la revolución industrial había generado un cierto grado de riqueza y permitido alcanzar un nivel cultural similar al de los países europeos más desarrollados.

 

Por tanto, hay una coincidencia sustancial en los objetivos de los dos nacionalismos: su deseo de distanciarse de España, a la que consideran causante de todos sus males y lastre para su modernización.

 

Pero también hay algo que los separa necesariamente: se trata de dos nacionalismos competitivos. Unos y otros se miran siempre de reojo respecto a las conquistas arrancadas al Estado español.

 

No hay más que recordar cómo se negociaron los estatutos de Gernika y de Sau y los modelos de financiación que se pactaron al comienzo de la Transición para el País Vasco y Cataluña, para percibir esa competencia no sólo por alcanzar un nivel de soberanía sustancialmente mayor que el del resto de las comunidades autónomas, sino también sensiblemente diferente entre ambas.

 

ETA ha sabido interpretar a la perfección esa dinámica centrífuga y, al mismo tiempo, competitiva que representan los dos nacionalismos para sacar ventajas políticas impensables en función de su propia capacidad como máquina del terror.

 

Cuando en enero de 2004 ETA se reunió con Carod-Rovira en el sur de Francia estaba haciendo una apuesta estratégica. En esos momentos se pensaba que el PP volvería a ganar las elecciones, pero Cataluña era una especie de reserva de la izquierda y el nacionalismo y a ETA le interesaba enviar un mensaje maquiavélico: donde no gobierna la derecha, no matamos.

 

El sorpresivo triunfo del PSOE, tras el atentado del 11-M, supuso una revalorización de su opción catalana.

 

En definitiva, ya no se trataba de sellar una alianza defensiva frente al centralismo del PP, sino de llevar adelante una auténtica ofensiva contra el modelo de España que había quedado establecido en la Constitución de 1978.

 

En noviembre de 2005, justo tras la reunión de 'Josu Ternera' con la cúpula de la banda en la que se decidió explorar las «vías políticas», ETA emitió un comunicado dirigido a los «agentes y organizaciones internacionales» en el que hacía esta interesante reflexión: «Los principales poderes del Estado español no han superado la crisis abierta con las acciones armadas del 11-M de 2004, y la mayoría de los partidos políticos y medios de comunicación españoles sufren las consecuencias de las contradicciones generadas por este hecho. En medio de esta crisis, destaca el debate en torno al modelo territorial español, y se evidencia la necesidad que tienen estos poderes de resolver su contradicción principal: el futuro de Euskal Herria y Catalunya y el reconocimiento de los derechos colectivos de estas dos naciones».

 

En ese mismo comunicado, ETA advertía: «La declaración del Congreso de los Diputados español del 17 de mayo de 2005 evidencia la ruptura del Pacto Antiterrorista firmado entre el PSOE y el Partido Popular».

 

Se puede decir más alto, pero no más claro. Según ETA, había que aprovechar la debilidad del Estado tras el 11-M para sacar adelante el reconocimiento nacional del País Vasco y Cataluña.

 

Más recientemente, en una declaración del pasado mes de febrero, dirigida a los «movimientos independentistas de los Paisos Catalans», ETA resaltaba que el alto el fuego en Cataluña había permitido «profundizar en la crisis del Estado español».

 

Está claro que ETA y su brazo político Batasuna quieren jugar un papel determinante en la vida política. El anuncio de su «alto el fuego» ahora tiene ese fin primordial. Es decir, rentabilizar todas las conquistas que se logren a partir de ahora en el autogobierno del País Vasco.

 

Si a Cataluña se le ha reconocido la denominación de nación sin dar un solo tiro, ¿cuánto más logrará el País Vasco con casi 1.000 muertos en su activo independentista?

 

Cuando ETA declaró una tregua en 1998, sus interlocutores fueron los partidos nacionalistas vascos. El Pacto de Lizarra era la consecuencia de un acuerdo previo y secreto que suponía la expulsión del PSOE y del PP de la vida política vasca y que tenía como fin la construcción de una Euskal Herria exclusivamente nacionalista.

 

Pero, en esta ocasión, los interlocutores de ETA no han sido dirigentes del PNV, sino líderes del PSE en representación del Gobierno.

 

Por tanto, la rentabilidad política de lo que suceda a partir de ahora en el País Vasco va a ser reivindicada por ETA-Batasuna en detrimento del PNV.

 

En una jugada de alto riesgo, en la que los terroristas quieren poner en bandeja al Gobierno de Rodríguez Zapatero el triunfo de haber logrado una ansiada paz, ETA quiere para sí la gloria de conseguir lo que el PNV no ha podido alcanzar tras más de dos décadas de gobierno en el País Vasco.

 

Al aceptar un Estatuto como el aprobado por la Comisión Constitucional, el Gobierno ha alentado las esperanzas de ETA de que se puede aspirar a un mayor grado de autogobierno en el País Vasco. En ese proceso competitivo entre nacionalistas, ETA quiere sacar más que Cataluña. Según su propio análisis, ahora es el momento de hacerlo. ¿Caerá el Gobierno en el señuelo de ETA, cediendo a sus aspiraciones políticas? Ese sería un precio demasiado alto por la paz.

 

PRECIO POLITICO

 

Cuando ETA se reunió con Carod-Rovira en enero de 2004 hizo una apuesta estratégica: donde no gobierna la derecha, no matamos.

 

En un comunicado emitido en noviembre de 2005, ETA dijo que había que aprovechar la crisis tras el 11-M para debilitar al Estado.

 

ETA quiere obtener rentabilidad política a cambio de no matar. Es decir, quiere lograr más de lo que Cataluña ha conseguido sin pegar un solo tiro.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“¿Cuánto nos costará la libertad?” por Isabel San Sebastian

 

 

Este domingo podré salir a pasear sin escolta y abrir el buzón. Conducir mi propio coche y aparcarlo en la calle. Abrir la puerta de casa sin comprobar las cámaras de seguridad. En otras palabras: recuperar la libertad que me robaron los asesinos de ETA hace ya más de seis años. La libertad que secuestraron de la cuna de la democracia española los mismos terroristas que ahora nos anuncian un «alto el fuego permanente»; es decir, destinado a permanecer mientras ellos así lo quieran. ¿A qué precio? Esa es la madre de todas las preguntas.

 

¿Debemos festejar que una banda criminal aislada y derrotada policial y políticamente, con un millar de muertos sobre la conciencia, proponga terminar en tablas una partida que tenía perdida? ¿Hemos de ser generosos y abonar la factura que nos presentan? ¿Cabe negociar para llegar a un acuerdo razonable; a un ni pa ti ni pa mí que salve la cara de unos y otros y acabe en apretón de manos? Para ese viaje no hacían falta alforjas, aunque todo parece indicar que eso es exactamente lo que se prepara.

 

Las exigencias terroristas aparecen claramente enumeradas en su comunicado: demolición del marco constitucional y estatutario («para construir un nuevo marco en el que sean reconocidos los derechos que como pueblo nos corresponden»); legalización de Batasuna («asegurando de cara al futuro la posibilidad de desarrollo de todas las fuerzas políticas»); autodeterminación («los ciudadanos vascos deben tener la palabra y la decisión»), e interrupción de todos los procesos judiciales en curso («dejando a un lado la represión»). Es evidente que las Fuerzas de Seguridad, la firmeza del juez Grande-Marlaska y la decisión del Supremo sobre las condenas les han hecho daño, pero, en lugar de pedir árnica, confían en la debilidad del Gobierno para viajar en primera clase en éste su último tren a Katanga. Tienen motivos para abrigar esperanzas. No en vano, Zapatero ha pagado ya mucho por adelantado con ese Estatuto que reconoce a Cataluña como nación (la coincidencia en el tiempo es todo menos casual), con esa disposición del fiscal general a cambiar «los parámetros» de la acción de la Justicia (como el probable ingreso en prisión de Otegi) en función de una tregua, y con la declarada voluntad del PSE de participar en esa mesa de partidos, patrocinada por Ibarretxe, que ha de trazar el camino hacia la autodeterminación.

 

Probablemente no lleguemos tan lejos, y ellos lo saben. Pero si el nuevo Estatuto del País Vasco va más allá del término nación -que irá-; si se produce un traslado masivo de presos etarras a cárceles vascas y, desde allí, a la calle, por la vía de la progresión de grado -que se producirá- y si Batasuna concurre a las próximas elecciones municipales -que concurrirá- habrán merecido la pena 30 años de asesinatos. ¿Podremos decir lo mismo de 30 años de resistencia?

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“A cambio de qué” por David Gistau

 

 

En unas declaraciones publicadas hace algún tiempo, Pérez-Carod confesaba cierta envidia antigua por la estatura vindicativa que a ETA había concedido la lucha armada. Como si, desde la Transición, el asesinato en serie y la naturaleza montaraz hubiesen constituido una herramienta de presión más eficaz que los cauces democráticos para imponer las condiciones con las que reparar el mito del agravio colectivo -ya justificado como cierto por las concesiones semánticas de Zetapé- en el que se amparan por igual ambos secesionismos. La aprobación del Estatuto por parte de la Comisión Constitucional del Congreso, trance histórico en el que se ofrendaba al nacionalismo catalán un punto de apoyo desde el cual completar la aspiración de Estado en tan sólo una generación más, parece haber logrado que la envidia cambie de bando.

 

ETA, que vigilaba el proceso para comprobar si iba a quedar abierta una brecha política por la que colar sus propias pretensiones, constató el pasado martes que el Gobierno actual tiene tal inclinación a la dádiva a cambio de poder que la lucha armada, más ahora que ha cargado de fatiga incluso a su propio entorno social, resulta menos útil como vehículo de presión que la, por así llamarla, vía catalana. El alto el fuego -que no rendición- recién decretado no supone, por tanto, la renuncia a una sola de sus reivindicaciones clásicas, sintetizadas en el derecho a la autodeterminación y en la tendencia expansionista hacia Navarra y el País Vasco francés. Sino que tan solo muda esas mismas reivindicaciones hacia un sendero político que, favorecido por la circunstancia de debilidad en Moncloa, ya ha acercado al éxito a sus cofrades de la Hermandad de Perpiñán. ETA se da y nos da un tiempo para comprobar si la trocha abierta por el Estatut le conviene. Si es posible ahora remedar en el norte un tripartito con Batasuna que postergue hasta la siguiente generación la obtención del Estado propio. Y, mientras tanto, amplía el margen de negociación contribuyendo a la victoria electoral en 2008 de Zetapé, de momento salvado de que las expectativas creadas acaben en fiasco. Pero, ¿a cambio de qué?

 

Sería harto peligroso que la política nacional sucumbiera ahora a una suerte de síndrome de Estocolmo, a un agradecimiento a ETA por el indulto colectivo que obligase a corresponder haciendo concesiones relativas a su lista de la compra: el famoso precio político, el ¿inminente? premio a más de tres décadas de crímenes. Ojalá que los dos partidos mayoritarios sean capaces de superar sus odios mutuos y sus miserias para responder juntos, desde el sentido de Estado, a esta encrucijada en la que ETA marca los tiempos y los lenguajes. De lo contrario lo hará Perpiñán, y entonces no nos lavaremos nunca la vergüenza de haberles permitido ganar.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“La tregua de nunca acabar” por Martín Prieto

 

 

Estas cosas suenan como a déjà vu, a recocido ya degustado, a asunto vivido y frustrado. La lógica del PSOE de Zapatero y sus asistencias parlamentarias (el voto socialista es más respetable, aunque se equivoque) impele a considerar partidarios de «cuanto peor, mejor» a todos los que no cifran sus esperanzas en treguas permanentes y volátiles de ETA. Ya somos mayores para tanta tregua. Cuando elijan ciudad para el bla-bla-bla, ¿soltarán a Belén Peñalva para que aparezca otra vez en un camarote de los hermanos Marx? Si los archivos secretos no ilustran a Zapatero, Belén, la novia de Antxón el entomólogo, podría avivarle el seso relatando las conversaciones de Argel o Ginebra.

 

Felipe González, durante la tenida en la capital argelina, odiaba más a los periodistas que a los etarras, y es que era de broma saber que la banda exigía la presencia del Rey o en su defecto del Jefe del Estado Mayor del Ejército, dado que España era una dictadura militar. Aquel diálogo de besugos dio hasta para que Rafael Vera intentara retomarlo a espaldas de su ministro Asunción, para hacerse imprescindible y blindarse ante los jueces. Argel dio como fruto la destitución de Pedro J. Ramírez como director de Diario 16.

 

Vivir para ver. Cuando anunció las conversaciones de Ginebra, Aznar compareció exultante hasta cometer el lapsus linguae (o la excesiva cortesía) de llamar a ETA «movimiento de liberación nacional vasco». Zarzalejos o el brujo del PP, Pedro Arriola, podrán dar fe de lo que da de sí una negociación con estos caballeros.

 

Zapatero no puede (aunque quisiera) ofrecer la autodeterminación o la territorialidad sobre Navarra y las Encartaciones de Cantabria. A lo más que puede llegar es el cambalache de un estatuto de la nación vasca siguiendo los pasos perdidos del catalán. Así que, o ETA ha rebajado mucho sus pretensiones o el optimismo histórico del presidente es más delirante que voluntarista. Jon Juaristi no es el ensayista favorito de La Moncloa porque, conociéndola, sabe que ETA no contempla su fin y seguiría imponiéndose violentamente aun en el seno de una república vasca, porque no van a acumular tantos años de muerte para que siga gobernando la carcundia del PNV.

 

ETA sabe lo que hace. Con un mero comunicado, sin contrapartida alguna, dejándolo todo a la fe en su buena disposición, ha desactivado todos los mecanismos policiales y judiciales que la pudieran trabar. Alto el fuego de ETA, alto el fuego del Estado. Los voceros gubernamentales insistían en que sólo se negociaría con quien abandonara la violencia y aceptara la democracia. ¿Y? Lo peor de las treguas es que siempre acaban con otro asesinato.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Puente de plata” por Javier Ortiz

 

 

«No pasa de ser otra tregua más», dicen algunos. Pero no tienen razón. Es la primera vez que ETA habla de un «alto el fuego permanente», y no ha utilizado el adjetivo «permanente» al buen tuntún. Todo el comunicado que ayer dio a conocer da prueba de su voluntad de permitir que la política pase a primer plano, sin volver a interferir en ella con su acción violenta. Hasta ayer, había declarado treguas a plazo fijo -incluso de una semana-, treguas sectoriales -para tal o cual sector de la población, o para una u otra zona geográfica- e incluso una tregua que llamó «indefinida», pero dejando claro que cesaría de no concretarse determinadas condiciones. Ahora no dice que el alto el fuego esté condicionado a nada.

 

«Pero no dice que se disuelve», objetan. Ya. Obviamente. Aspira a negociar las condiciones de su disolución. Porque una cosa es reconocer que los problemas políticos deben ser discutidos entre las fuerzas políticas y otra rendirse de pies y manos, sin más. Lo primero era lo esencial, y ya está sobre la mesa. Lo siguiente habrá que propiciarlo. Cuando ayer muchas personas dijeron que esto puede ser «el comienzo del fin», reconocieron que se va a necesitar un tiempo y no pocos esfuerzos para precisar las modalidades que habrá de tener la autodisolución de ETA. Porque quizá sea exagerada la máxima que asegura que «a enemigo que huye, puente de plata», pero no parece insensato deducir que algún puente habrá que ponerle, sea de plata, de bronce o de aluminio. Porque lo que sí resultaría insensato es cerrarle las salidas hasta hacerle imposible la huida. A no ser que uno desee que la pendencia continúe, con su secuela de sufrimientos.

 

«¡Mucho cuidado con traicionar a las víctimas!», advierten.

 

Yo he oído a víctimas que opinan que estamos en la buena vía y otras que consideran lo contrario. En todo caso, me permito señalar que hay otras víctimas a las que es urgente no traicionar: las que todavía no se han producido. Porque la paz no es sólo un modo de cerrar una etapa del pasado. Es también, y sobre todo, en muy buena medida, una manera de preparar otro futuro, que no conozca más muertes violentas, más extorsiones, más secuestros, más torturas, más enfrentamientos civiles, más negación a los derechos de las mayorías y de las minorías.

 

He escrito aquí mismo que Rodríguez Zapatero hizo dos grandes apuestas al inicio de su trayectoria como presidente del Gobierno: el Estatut y la pacificación de Euskadi. La primera le ha quedado un tanto descompuesta. Pero la segunda acaba de dar un paso importantísimo. De seguir su recorrido hasta llegar a la meta, el actual jefe del Gobierno español se habrá ganado un lugar en la Historia, lo que no sé en qué medida le obsesiona, pero, muy específicamente, se habrá colocado en una excelente posición para obtener su reelección. Y eso es evidente que les obsesiona a muchos otros.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Nace una esperanza” por Joseba Arregi

 

 

La experiencia nos ha enseñado a ser precavidos. ETA nos ha enseñado que es muy lista y que sabe jugar con nosotros. Nos ha demostrado a lo largo de su historia que sabe jugar perfectamente con nuestras esperanzas. Y que nos ha hecho sufrir mucho con las esperanzas frustradas. Se entiende muy bien que se mantenga la prudencia ante el último comunicado de ETA. Pero también enseña la Historia que grandes imperios han caído, lenguas poderosas han desaparecido, culturas completas han sido tragadas por el tiempo. Y en la Historia reciente de Euskadi, de España, también se han producido cambios. Y uno de los cambios fundamentales ha sido la caída del mito de la imbatibilidad de ETA: del ni Franco pudo con ETA se ha pasado a discutir el cuándo de su desaparición, el cómo de su desaparición. Pero sin poner en duda que es un hecho cantado que ha sido batida.

 

A ello han contribuido todos los poderes del Estado, el compromiso acordado de los dos grandes partidos. Si ETA se encuentra en la situación de anunciar un alto el fuego no es porque se hayan convertido de repente a la democracia. Es porque se ven sin salida, porque perciben con bastante claridad que su camino sangriento ha fracasado.

 

No lo dicen así, ni probablemente lo dirán jamás. Pero un alto el fuego es más que una tregua. Un alto el fuego permanente no implica ni condiciones ni limitaciones de tiempo. Es, ciertamente, menos que el anuncio de la disolución de sí misma. Pero es mucho más que el temido anuncio de una tregua con posibilidad de mil interpretaciones que hubiera supuesto ahondar aún más en la división entre los partidos.

 

Una ETA débil, una ETA que ve que no puede constituirse en el vigilante del resultado de las negociaciones en la mesa de normalización política de Euskadi, una ETA que tiene que reconocer que su decisión tiene como objetivo sólo impulsar un proceso democrático. No puede hablar siquiera de condicionar el proceso. No reclama garantías de que el resultado de la mesa de partidos políticos vascos para la normalización política conduzca a lo que ETA y Batasuna siempre han reclamado: respeto al principio de territorialidad y respeto al derecho de autodeterminación.

 

Existe una esperanza razonable de que ETA desaparezca. De hecho, y aunque en el comunicado se diga que la paz vendrá al final del proceso, el que no vaya a haber actos violentos, actos de terror, con carácter de permanencia, es decir, nunca más, significa que ya podemos vivir en paz. Lo que no significa que no queden cuestiones serias a resolver. Pero el anuncio de alto el fuego permanente les hurta la posibilidad de condicionar el desarrollo de estas cuestiones. Queda, pues, mucho camino por recorrer.

 

Pero es importante que los responsables de dirigir la política en esta situación interioricen que el alto el fuego significa poder hacer política con y en libertad. Y hacer ahora política en libertad significa que se debe tomar muy en serio la separación de la desaparición de ETA por un lado, y la discusión de los problemas políticos que siempre existen en todas las sociedades, por otro.

 

La gestión de la oportunidad de hacer política sin el condicionante de la violencia de ETA conlleva una gran responsabilidad: si la violencia no ha tenido premio, tampoco lo puede tener la devolución de lo que nos habían robado. La segunda mesa propuesta en Anoeta por Batasuna, la segunda mesa a la que Ibarretxe llama de normalización, esa segunda mesa rechazada por el PP y asumida por el PSE, deberá ser considerada en cualquier caso con calma, con distancia, sin prisas, con la mayor libertad y desapego del mundo.

 

Es evidente que Ibarretxe va a decir que es para tratar el problema que plantea el nacionalismo, para quien el marco jurídico actual supone un conflicto, y no el problema que ha planteado ETA. Pero ambos planteamientos coinciden: por eso es preciso actuar con mucha prudencia en todo lo que afecta a esa segunda mesa.

 

Y la mejor manera de ejercitar la prudencia puede venir de la mano de lo que en estos momentos es necesario: la unidad de todos los partidos políticos, pero especialmente la unidad del PP y del PSOE, la unidad del Gobierno y del PP. Con visión de Estado. Por encima de partidismos: ni pretendiendo que la oportunidad le sirva al Gobierno para afianzarse en el poder. Ni sospechando el PP que el apoyo al Gobierno va en contra de sus expectativas electorales y por ello lo debe evitar. En la medida en que ambos partidos actúen con criterios comunes, con transparencia y lealtad mutua, será el Estado de Derecho el que salga ganando. Y ese fortalecimiento del Estado de Derecho es la mejor respuesta a ETA.

 

Pero la mejor guía para conducirse en el bosque de dificultades que sin duda va a acompañar a esta oportunidad es fijar los ojos en la memoria de las víctimas. Lo peor que puede suceder es que nos invada una euforia que nos haga olvidar que ha existido ETA, que han existido las víctimas asesinadas, que han existido los verdugos. No se trata de una memoria masoquista ni vengativa. Se trata de justicia. Y se trata sobre todo de que se respete el significado político de las víctimas: ETA las asesinó porque eran un estorbo para la consecución de su proyecto político. Por eso la definición jurídico-política de Euskadi, de la sociedad vasca, no puede llevar el sello del que fuera, y sigue siendo, proyecto político de ETA. Equivaldría a enterrar de nuevo a los asesinados. La memoria de ese significado político debe ser la guía que evite tropezar en los muchos escollos que aún pueden aparecer.

 

Joseba Arregi fue militante del PNV y portavoz del Gobierno vasco en tiempos del lehendakari Ardanza. Es autor de los ensayos Ser nacionalista y La nación vasca posible.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Qué tregua” por Erasmo

 

 

España, en la desaforada pugna gramatical en torno a dos vocablos: nación y permanente. Los dos, apoyados en la misma monserga: los derechos históricos, que González inició con aquello: «Soy partidario del ámbito vasco de decisión» (autodeterminación. León, en las universidades anglosajonas: «El primer parlamento democrático de Europa (siglo XII) fueron las Cortes leonesas».Vuelve el Medioevo.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Alto el fuego permanente” por Antonio Gala

 

 

La paz es el más viejo sueño de los hombres. Despertar y encontrársela, el más alto don de la esperanza. Pero los pacíficos no son los que se oponen a la guerra, sino mucho más: los que hacen la paz; por eso son los únicos que pueden ser llamados hijos de Dios. Hace casi 40 años que lloramos muertos comunes y nos han ensordecido explosiones y bombas. Este es el momento para recordar a las víctimas: ellas han sido sus predecesoras. Cuando ETA dice en su comunicado que pide y colaborará en una paz basada en la justicia tiene razón. Sólo queda ponerse de acuerdo en lo que tales palabras significan, y confirmar que coincidimos. Así como solicitar a los políticos que no están en el Gobierno que se unan a los que sí están en la alegría de todos, que brota de la sangre derramada. Compartámosla hoy.

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.