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Conocidas firmas en la Prensa de Provincias

Por Narrador - 28 de Marzo, 2006, 9:38, Categoría: General

¿Dice lo mismo Onega en Galicia que en Cataluña? No siempre ha dicho lo mismo el mismo día en dos artículos sobre el mismo tema. José Cavero, una auténtica pena y pensar que este hombre fue director de los Servicios Informativos de Antena 3 Radio. Jáuregui hace mucho tiempo que perdió su careta. Su parcialidad es manifiesta y poco más le voy a decir. Fernando Delgado habla de la cara de Rajoy y Aznar en la fecha que define como ‘gran día’. Gran Día fue el que te perdimos de vista en los noticiarios de Televisión Española, no tardabas demasiado en encontrar ‘exilio’ en PRISA pero en al caja tonta no tuvimos que soportarte más, ese fue un gran día. Por el contrario el día que padecimos ‘La mirada del otro’ fue una pesadilla.

 

“Largo, difícil y duro” por Fernando Ónega

 

 

Al fin. El soñado, esperado, anunciado, por algunos temido, comunicado de ETA se ha difundido. ¿Qué significa eso? Que se ha dado el primer paso hacia el final negociado del terrorismo. Nada más que eso, pero nada menos que eso. A partir de él se abre un período apasionante de la historia: cómo se aprovecha ese paso para conseguir, en palabras de Ibarretxe, que «las armas callen para siempre». O, como dice el británico The Guardian , que desaparezca el último grupo terrorista europeo. La ilusión es mucha, pero las dificultades son inmensas. La memoria histórica recuerda los intentos anteriores de diálogo, especialmente el abordado por Aznar, que terminaron en gran decepción de la sociedad española.

 

En este primer asomo a la nueva situación no se puede hacer otra cosa que dibujar perspectivas. Hay detalles que alientan la esperanza. El fundamental es que ETA se muestra dispuesta a seguir la hoja de ruta que marcó el Congreso en mayo del 2005; es decir, la expresión de un deseo inequívoco de abandonar la violencia. Pero hay también detalles, e importantes, que fuerzan toda cautela. Son las que podríamos considerar condiciones políticas, aunque el comunicado no las defina como tales: la creación de un «nuevo marco político»; el reconocimiento de los derechos que a Euskadi «corresponden como pueblo», que suena algo a Plan Ibarretxe; la referencia implícita a la autodeterminación, y la inclusión del Estado francés en el proceso. Estos serían los precios políticos, expresión satanizada, que podrían abortar todas las perspectivas que se abren.

 

Si ese panorama es difícil, no son más fáciles las actitudes políticas. Ahí tenemos a un Partido Popular que ahora se enfrenta a su propio discurso habitual. Hasta ahora ha mantenido una oposición frontal al final dialogado. Cree, después de su experiencia de gobierno, que al terrorismo se le derrota, no se le ofrece una salida. Y ahora, en el proceso psicológico que vive este país, le resultará muy complicado negarse a dar su apoyo a la iniciativa que dirige Zapatero. De hecho, esas contradicciones se vivieron ayer: Matas dijo que estábamos ante una «muy buena noticia»; María San Gil expresó sus recelos, y Rajoy tuvo que elegir una vía que podríamos definir de «insatisfacción moderada»: no es el comunicado que esperan, pero no puede negar su apoyo.

 

Sumado todo, empieza un proceso largo y duro; pero no empieza mal. Son precisas toneladas de calma y prudencia, las palabras que más utilizó Zapatero. Pero el ambiente dice que algo muy importante ha empezado a cambiar en este país. Casi cerrado el proceso catalán, empieza el vasco. El viaje va a ser largo y tenso. Desde el escepticismo, un deseo: ojalá salga bien.

 

 

Publicado en el diario LA VOZ DE GALICIA el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Una gran noticia” por Fernando Jauregui

 

        

En principio, y a salvo de que conozcamos mas detalles, el anuncio de alto el fuego indefinido por parte de ETA parece indiscutiblemente una gran noticia. Ya sabemos, o intuimos, que poner fin a más de 30 años de pesadilla tendrá algún coste, porque toda negociación tiene algún coste. Confiemos en que el precio no sea inasumible para la dignidad de las víctimas de tanto tiempo de terror y para el conjunto de los españoles.

 

El anuncio de ETA debe apuntarse, sin sectarismos y sin echar las campanas al vuelo, como un éxito personal de Zapatero, empeñado en una negociación de la que aún, a la hora de escribir esta crónica, sabemos muy pocos detalles y desconocemos hasta su verdadero alcance.

 

Pero éxito es, en fin y hay que achacarlo a una voluntad decidida del presidente del gobierno por iniciar un periodo decisivo de cambio en muchos aspectos, algo a lo que no puede desconocerse que ha contribuido también la tradicional buena suerte que parece acompañar al actual jefe del gobierno. Tal vez por eso, son muchos los que hablan de que con Zapatero se habría iniciado una segunda transición.

 

Hay mucho debate subterráneo acerca de si Zapatero nos está embarcando, o no, en una segunda transición. Un concepto que agrada poco al Partido Popular, que se niega a comparar al actual presidente del Gobierno con Adolfo Suárez, y gusta aún menos a los socialistas, por lo que tiene de definitorio y absoluto. Y, sin embargo, hay muchas, quizá demasiadas, semejanzas entre lo que comenzó a ocurrir en 1976 y lo que está sucediendo en este 2006.

 

En primer lugar, porque este José Luis Rodríguez Zapatero no está tan, tan, alejado de aquel Suárez que, como ZP, llegó sorprendentemente a la presidencia del Gobierno. Como él, es intuitivo más que reflexivo, temerario más que prudente, algo desarraigado, llegado al poder con las mismas ansias de cambiar (y comerse) el mundo. Como Suárez, Zapatero, llegado al poder a la misma edad que Suárez, no pertenece a los grandes cuerpos de elite ni ha pasado por universidades extranjeras, ni presume de una cultura exquisita. Recuerdo que Suárez decía en ocasiones algo que perfectamente podría atribuirse a ZP: «si me equivoco, que me manden a hacer puñetas». Y entonces actuaba. No parece que en lo relativo a esa extraña negociación con ETA pueda decirse que Zapatero se ha equivocado. Y lo digo, claro, con todas las reservas hasta que sepamos más, mucho más.

 

Esperando que se entienda lo que quiero decir, porque en absoluto hablo de comparaciones exactas, sino de situaciones peligrosas, la aprobación del término nacionalidad para la Constitución fue, en su día, tan polémica como la de nación en el Estatut. Y la legalización del PCE, aquel sábado santo rojo de 1977, casi tan contestada como la presencia de ese fantasmal, y para mí aún algo misterioso, Partido Comunista de las Tierras Vascas en el Parlamento de Vitoria. Eso nos lleva a las negociaciones para el proceso de paz con ETA: un golpe arriesgadísimo el de Zapatero llevando a las Cortes la aprobación para emprender esas negociaciones que ahora parecen haber llegado a un término bastante feliz. Porque, como Suárez, Zapatero ha decidido que los cambios que considera imprescindibles -y que, como Suárez, aún no tiene bien diseñados- hay que hacerlos en la primera etapa y buscando la complicidad de la mayoría parlamentaria, porque, si no, se vuelven imposibles.

 

Muchos paralelismos más encontraríamos en una disección detallada entre las situaciones de 1976 y la de 2006, desde la oposición de algunas instituciones (por ejemplo, la Iglesia) a ciertos cambios sociales hasta la alarma con la que en algunos círculos económicos se contemplan los intentos intervencionistas del Gobierno (como la OPA de Gas Natural, que acaba de sufrir un serio varapalo en un juzgado mercantil de Madrid). El desconcierto de una parte bien pensante de la sociedad ante la rapidez y contundencia con la que se presentan algunos cambios es algo que tuvieron que afrontar ambos jefes de gobierno, lo mismo que la irrupción de nuevos medios (antes, las revistas políticas, la mayor parte de ellas desaparecidas; ahora, algunas web y blogs de Internet) iconoclastas que demandan mayor radicalidad en los intentos regeneracionistas.

 

Y quedan preguntas flotando en el ambiente, como entonces: ¿hasta dónde los cambios en la Constitución? ¿Está la idea monárquica verdaderamente asentada entre los españoles? ¿Cuál ha de ser el papel a jugar por los partidos nacionalistas, ahora beneficiados por una normativa electoral que habría que empezar a pensar en cambiar? En el fondo, es una cuestión de profundización de la democracia, una profundización que ahora, lógicamente, se reclama mayor.

 

Si conocer la Historia es imprescindible para no repetirla en sus errores, Zapatero --que, me parece, sí se ve inmerso en algo semejante a esta segunda transición de la que hablo- debería, acaso, repasar la etapa que transcurre entre 1976 y 1978. Una etapa en la que nace y se desarrolla un cierto bipartidismo, pero que es posible, básicamente, porque la derecha y la izquierda renuncian a sus programas de máximos y llegan a un acuerdo para desbloquear la situación y avanzar. Que es, precisamente, lo que en mayor medida diferencia y distancia esta situación de aquella: no se pueden acometer cambios en profundidad sin al menos contar, hasta donde sea posible, con el parecer de quienes representan a varios millones de españoles.

 

Es el caso del Partido Popular, excluido de manera poco lógica de cualquier negociación sobre el Estatut catalán, sobre el plan de paz con ETA o sobre cuestiones mayores de política exterior o de política social. Acaso debería recordar Zapatero (y probablemente también debería recapacitar sobre ello Mariano Rajoy) que el juego entre Gobierno y oposición, cuando es realmente eficaz, incluye también acuerdos de largo alcance sobre cuestiones que afectarán durante años en temas cruciales a la vida de la nación. Sólo así acaban saliendo del todo bien las cosas.

 

Pero, de momento, lo de este miércoles ha sido, repito, una buena noticia. Cosa que también habría de reconocer la oposición.

 

 

Publicado en el diario LEVANTE el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Un gran día” por Fernando Delgado

 

 

En situaciones como la de ayer lo mejor era escuchar a un hombre de Estado, como lo es, sin duda, Jordi Pujol. Pujol se alegraba del «alto el fuego permanente» de ETA y recomendaba generosidad en la gestión del júbilo. Otro tanto hacía Patxi López desde el País Vasco, que prefería no comentar las palabras de María San Gil, que dijo que a ETA le viene bien tener en La Moncloa a Zapatero, y prefería tomarlas el socialista vasco como palabras del pasado para expresar su deseo de hablar de futuro. Fue Artur Mas el que se ocupó de calificar las palabras de la señora San Gil de repugnantes. Tan repugnantes como hubieran sido las de quien en respuesta a esas palabras se le hubiera ocurrido decir que hay quien prefiere que siga ETA para sacar a Zapatero de La Moncloa. Pero desde La Moncloa llamó Zapatero a Rajoy tan pronto tuvo dispuesta la noticia, y ajeno éste, no ya a la generosidad a la que apelaba Pujol, ni a su responsabilidad, sino ni siquiera a la más elemental cortesía, esperó a que pasarán casi dos horas para contestar a la llamada del presidente. Era previsible saber que a Rajoy la noticia no le gustaba nada, pero hubiera sido deseable que le gustara algo. También a la Conferencia Episcopal le supo a poco, aunque le supo a algo. Bien es verdad que si algo de positivo hubiera en la gestión de Zapatero para conseguir la declaración de ayer no será por las oraciones de los obispos. Pero ayer no era día para escuchar a Zaplana o a Acebes, por ejemplo, y sí dio gusto oír a Jaume Matas, que dijo que era un gran día para la democracia, o a Alberto Ruiz Gallardón, que no temió decir que se trataba de la más importante noticia de los últimos años. Que la vicepresidenta dijera que toda cautela es poca y poca toda prudencia era la propio y que lo de ayer sea el principio del fin es lo esperable. Pero que, mientras llega el fin, nunca se había avanzado tanto, es lo evidente. Y eso, ni es poco, ni para estar tan triste como Rajoy. A Aznar no le vi la cara.

 

 

Publicado en el diario LEVANTE el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Formidable alegría” por José Cavero

 

 

La gran noticia, esperada durante años, llegaba finalmente al mediodía de este miércoles para alegría de una porción importantísima de ciudadanos pero también para proporcionar algunos grados de preocupación a otros ciudadanos que no parecen observar ventajas en la decisión etarra de cesar el fuego de manera permanente. Valga el detalle episódico de un testimonio radical que yo mismo he podido escuchar no sin perplejidad entre los colegas presentes: «Prefiero morir con honra», decía este informador. La mayor parte de los ciudadanos, con mayores o menores cautelas y prudencias, han reaccionado de manera mucho más optimista, con cava o sin él... Incluso los dirigentes de la oposición parecen observar que el panorama ha comenzado a modificarse, y para bien. El Gobierno insiste en su deseo de contar con el apoyo de las fuerzas políticas, ahora que ya es apreciable y visible el principio del fin anunciado por Zapatero. Está por ver que ese apoyo vaya a resultar más generoso que en las anteriores ocasiones en que fue solicitado. Rajoy ha preferido siempre invocar la hipótesis de la derrota final, y hasta de la extinción de la banda armada... Lógicamente, las anteriores ocasiones en que se pudo haber rozado la paz alientan las desconfianzas y las cautelas, y posiblemente todas serán pocas. No se trata de fiarse de un grupo de ilustres caballeros sino de dar un margen de confianza a los autores o responsables de varios centenares de asesinatos a lo largo de cuatro décadas. Pero también debe tener lugar la esperanza o la confianza.

 

Probablemente no es indiferente el anuncio de ETA al hecho de que haya quedado aprobado en la comisión constitucional del Congreso el futuro estatuto catalán, con apoyo del PNV y el voto contrario de EA. La nación-nacionalidad catalana pudiera ser el modelo a imitar en el futuro estatuto vasco que abordará la mesa de partidos que propicia Ibarretxe...

 

Esa es, en definitiva, la mezcla de sensaciones a las que da paso el anuncio de la banda. Será imprescindible esperar y ver, observar la evolución de acontecimientos y comprobar si se abre un tiempo de generosidad, o si hay lugar para alguna clase de precio político.

 

Será una tarea, larga, difícil y dura, había advertido Zapatero. Pero pocos dudan de la trascendencia del momento en que nos encontramos, en el deseable comienzo del fin...

 

 

Publicado en el diario LEVANTE el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.