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EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN por Adolfo Suarez Illana

Por Narrador - 2 de Octubre, 2005, 14:36, Categoría: General

LA RAZON

En mitad de tanto despropósito siempre resulta gratificante leer una opinión tan acertada, máxime cuando dicha exposición se fundamenta en el conocimiento profundo de una realidad.

 

EL MUNDO

 

Domingo, 18 de septiembre de 2005

 

EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

 

Adolfo Suarez Illana

 

El autor de este artículo, hijo del ex presidente Adolfo Suárez, elogia el trabajo de su padre y del entonces Príncipe Juan Carlos para poner en marcha la Transición. Pide que, si se reforma la Constitución de 1978, se haga con la misma mayoría con la que nació

 

 

Mucho he oído hablar del gran homenaje institucional que merece la figura de Adolfo Suárez González -más aún, después del radiofónico que le ofreció Luis del Olmo-, pero hablando y hablando se nos fue pasando el tiempo y se hizo tarde.

 

Hoy, el presidente Adolfo Suárez ya no puede recibir el tan merecido homenaje.

 

Pero esto no es grave -y lo dice su hijo sin el más mínimo atisbo de rencor- por dos razones: primera, porque él jamás tuvo como motor de su actividad política el reconocimiento social, sino el profundo convencimiento de estar obrando en beneficio de todo un pueblo -aun a sabiendas de lo impopular de ciertas decisiones a corto plazo-; más aún, me atrevería a decir que uno de sus grandes aciertos fue no presentarse él mismo como autor de la Transición y favorecer hasta el extremo la autoría colectiva. Segundo, porque todavía estamos a tiempo de rendir el verdadero homenaje que se merece el presidente Adolfo Suárez: el respeto profundo a su obra, la Transición, y lo que ello encierra.

 

El proceso político vivido en España bajo el mandato de mi padre, conocido como la Transición, tenía -y así estaba diseñado desde el año 1968- un objetivo fundamental: elaborar una nueva Constitución en la que cupieran todos los españoles. Ese objetivo quedó plenamente alcanzado con la aprobación de nuestra actual Constitución, el 6 de diciembre de 1978. Es justo, por tanto, considerar esa Constitución como el fruto principal de toda aquella actividad política.

 

La Constitución del 78 no nació con vocación de perfección técnica en ningún aspecto, ni podía acabar siendo el resultado de la imposición de unos sobre otros; simplemente, debía ser el marco de convivencia estable y pacífica entre todos los españoles. Hoy creo poder decir con orgullo que esa Constitución del año 1978 nos ha brindado a todos los españoles el periodo de paz, democracia y progreso social y económico más largo de toda nuestra Historia.

 

¿Por qué un instrumento tan imperfecto ha resultado tan eficaz? En primer, lugar porque tiene su origen en la necesidad común. España entera demandaba a gritos las reformas y hubo una clase política que supo conectar con su pueblo para impulsar esas reformas: ¿recuerdan aquel famoso discurso de «elevar a nivel político de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal? Es toda una lección, tan sencilla como extraordinaria, de conexión entre un líder y su pueblo. Tan sencilla y extraordinaria como el propio Adolfo Suárez. En segundo lugar, porque todo el proceso fue pilotado por un personaje con una cualidad excepcional y vivida en grado heroico: el desprendimiento.

 

El Rey -entonces Príncipe- y Adolfo Suárez diseñaron en Segovia, en los años 68 y 69, todo el proceso de la Transición con una precisión de detalles que sorprendería a más de uno que se ha pasado la vida hablando de la proverbial capacidad del Rey y de Suárez para improvisar. Cuando, unos años más tarde, Torcuato Fernández Miranda -querido y admirado- estaba «en disposición de dar a Su Majestad lo que Su Majestad le ha pedido» y, finalmente, don Juan Carlos I nombra presidente del Gobierno a Adolfo Suárez el día 3 de julio de 1976, el Rey -en palabras de mi padre- «se la juega, pero no hace una apuesta ciega». Los dos sabían perfectamente lo que querían hacer; el problema era si serían capaces y lo fueron.

 

Del profundo empeño en la consecución de ese objetivo -«no quiero que la democracia vuelva a ser tan sólo un paréntesis en la vida política española»- nació el desprendimiento de Suárez, que le llevó a ser inusualmente generoso, respetuoso y leal con toda la oposición. Aun cuando no recibiera el mismo trato a cambio.

 

No he vuelto a ver desde entonces ese respeto hacia el adversario en la vida política. Es más, hoy la mayor parte de la confrontación política se basa en el desprecio y el enfrentamiento personal.

 

En ese clima de enfrentamiento no es recomendable, en absoluto, abordar reformas constitucionales -y mucho menos de forma indirecta, a través de los Estatutos de Autonomía-, ya que más parece que lo que se pretende es imponer, ante una coyuntura favorable, objetivos que no se alcanzaron en el año 1978 por falta de acuerdo. En este sentido, cabe decir que todo aquello a lo que se renunció entonces, bien renunciado está.

 

Permítanme que les cuente una anécdota poco conocida de aquella época. En La Moncloa se había retomado poco antes la figura de los ayudantes militares -hecho no exento de una gran carga política muy necesaria en aquellos tiempos-. Aquel día prestaba sus servicios como ayudante don Joaquín de Ariza y Arellano, comandante del arma de Caballería.

 

Había sido citado Santiago Carrillo. Al llegar Carrillo al palacio de La Moncloa, el presidente Suárez, ocupado todavía en un asunto anterior, le rogó a su ayudante que recibiera al secretario general del Partido Comunista de España (PCE) y que le atendiera mientras él concluía. Eso hizo el ayudante durante largo rato, hasta que el presidente le pidió que hiciera pasar a Carrillo.

 

Finalizado el día de trabajo del presidente, y antes de subir éste a su vivienda oficial, el ayudante le pidió unos instantes de atención para comentarle un asunto personal. El comandante Ariza le dijo: «Presidente, es un honor servir a España a tu lado y estoy convencido del acierto en el camino que has emprendido, pese a la mayoritaria incomprensión de mis compañeros de armas. Te digo esto incluyendo lo que me has pedido esta tarde de atender a Santiago Carrillo».

 

En ese momento, el comandante Joaquín de Ariza cogió su cartera del bolsillo, sacó una foto de su interior y se la enseñó al presidente. En ella se veía el rostro de un hombre de mediana edad que yacía muerto en el suelo, con un tiro en la frente. «Querido presidente: ese hombre es mi padre. Fue asesinado en las tapias del cementerio de La Almudena, de Madrid. Ha sido muy difícil para mí atender a Santiago Carrillo, pero lo he hecho con el convencimiento de que era mi deber y en la seguridad de que estás haciendo lo que España necesita».

 

Aquel hombre, nada docto en política, había comprendido, como la gran mayoría de los españoles, el «espíritu de la Transición». Había sido capaz de superar sus odios y rencores del pasado en aras de un futuro, incierto por aquel entonces, hacia el que se encaminaba su patria.

 

Fundamentalmente, en eso consistió ese mágico proceso: todo el mundo, insisto, todo el mundo, renunció a algo a lo que pensaba que tenía derecho y todos obtuvimos, a cambio, un futuro de paz -el más largo se nuestra Historia- que hoy seguimos disfrutando y cuyo marco fundamental es la Constitución de 1978.

 

Como he dicho al principio, ese mágico proceso histórico resultó un éxito porque nació de la propia sociedad y, en íntima conexión con ella, fue liderada por unos responsables políticos que supieron ceder parte de sus exigencias en aras de un acuerdo global y común.

 

Hoy me preocupa profundamente oír a responsables políticos hablar de «reformas constitucionales», e incluso de «abrir un nuevo proceso constituyente», desde posiciones de partida diametralmente opuestas a las de entonces. Quienes propugnan tales reformas lo hacen primero, desde la exigencia y no desde la necesidad común; segundo, con desprecio evidente hacia los adversarios políticos; y, por último, sus reformas -quitando, quizá, la referente a la sucesión de la Corona- nada tienen de «clamor en la calle».

¿Se imaginan un Adolfo Suárez en la Transición dando la espalda y arrinconando al Partido Socialista, a Alianza Popular, a Convergència i Unió, al Partido Nacionalista Vasco, al Partido Comunista de España o cualquier otro partido, por pequeña que fuera su representación parlamentaria, en la negociación de la Constitución o de los Estatutos de Autonomía?

 

No se dan hoy ni el verdadero talante, ni la altura de miras necesarios para llevar a cabo una reforma de nuestra Carta Magna; ni parece verse en la sociedad la necesidad de una reforma que tiene más que ver con el reparto de poder entre políticos que con la búsqueda de unas mayores cotas de bienestar entre los ciudadanos españoles.

 

La Constitución española del año 1978 no es algo inamovible. Puede ser reformada, pero, habida cuenta del éxito que nos ha propiciado, las reformas que se acometan deben realizarse con la misma mayoría con la que nació y con el mismo respeto hacia todos con el que fue redactada entonces. Eso, por no hablar de la conexión que debiera darse entre la reforma de nuestra Carta Magna y la demanda social, pero eso es tema para otra ocasión.