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La Opacidad de Ibarretxe

Por Narrador - 19 de Septiembre, 2005, 6:05, Categoría: Gobierno Vasco

Dos opiniones sobre el ‘secretismo’ de Ibarretxe, sobre la demostración palpable del nulo sentido democrático de este sujeto y los suyos. No somos menores de edad para que un grupo de asalariados actúen a nuestras espaldas sin dar cuentas de su actuación. Es lamentable pero al menos clarificador.

EL MUNDO

Sábado, 10 de septiembre de 2005

EL DISCRETO ENCANTO DEL 'LEHENDAKARI' IBARRETXE

Lourdes Martin Salgado

...«No sólo voy a seguir siendo discreto sino que, además, os pido a los medios que entendáis el concepto de mi discreción como un acompañante indispensable para alcanzar soluciones». - JUAN JOSE IBARRETXE / Palacio de Ajuria Enea (8/9/2005)

El lehendakari Juan José Ibarretxe ha decidido que, cuantas veces le sea posible, va a sustituir sus comparecencias públicas por comunicados. Es otra forma de hacer llegar su discurso. Al fin y al cabo, la elocutio, tercera y última operación del arte discursivo, no exige la expresión oral, sino la búsqueda del modo más conveniente y persuasivo de expresar las ideas.

Y es evidente que al lehendakari le convienen los comunicados: con ellos la forma suplanta al fondo. Puesto que su objetivo es demostrar que se trata de un líder discreto, qué mejor que demostrarlo con hechos: capaz de dialogar con todos, no va por ahí contando lo que le cuentan, y menos aún a esos indiscretos periodistas, integrantes de la brunete mediática tantas veces denunciada por el nacionalismo vasco como obstaculizadora del llamado «proceso».

El comunicado se convierte así en el símbolo de la discreción, y ésta, en el de la responsabilidad y el deseo de lograr benéficos objetivos para todos. Los malintencionados verán secretismo o falta de algo significativo que decir pero las personas de buena fe entenderán la discreción.

Y qué duda cabe de que el comunicado que siguió a la reunión mantenida con Zapatero el pasado miércoles fue discreto, tanto, que perfectamente podría haber sido escrito antes de celebrarse el encuentro. Y si no, lean ustedes: como «no hay recetas mágicas ( ) la búsqueda de soluciones pasa por abrir un proceso de diálogo sincero entre todos, por eso el lehendakari ha ofrecido al presidente Zapatero diálogo sincero y discreto ( ) y le ha transmitido su voluntad de iniciar un proceso de diálogo, igualmente sincero y discreto, con todos ( ) con el fin de generar las condiciones que permitan la puesta en marcha de un instrumento de diálogo que haga posible ( ) poder abrir una fase de diálogo». Puesto que el comunicado íntegro puede ser consultado en la página web del Gobierno vasco, cualquiera podrá comprobar que esto que parece una parodia del texto no lo es en absoluto. Todo él es un bucle colgado del diálogo, con tan sólo tres líneas finales que sirven para negar aquello que simultáneamente estaba afirmando el menos discreto ministro de Administraciones Públicas ante los medios.Y es que, a veces, una demostración de fuerza frente a Madrid le resulta al lehendakari mucho más eficaz que la manida discreción.

Habrá quien piense que no tiene sentido hablar (o emitir comunicados) para no decir nada. Es evidente que, si Ibarretxe estuvo dos horas y cuarto con Zapatero, debió de transmitirle algo más que su propósito de dialogar sobre el diálogo. Pero lo cierto es que tanto lo dicho en el comunicado como, sobre todo, la forma de decirlo, transmite un mensaje cuidadosamente elaborado, un falso silogismo fundamentado en la lógica aparente. Basta con que uno asuma sin más la premisa expresada por el propio Ibarretxe -«el concepto de mi discreción es un acompañante indispensable para alcanzar soluciones»- para, inevitablemente, verse abocado a esta falaz conclusión: cualquier crítica al proceder del lehendakari proviene de quienes no quieren soluciones.

Diálogo y discreción, dos conceptos tótem que el ciudadano debe respetar sin hacer preguntas o permitir que otros las hagan, asumiendo que en la sucesión de encuentros se está cociendo algo que es por el bien de todos. Menuda coartada se han buscado nuestros gobernantes para hacer cualquier cosa o, simplemente, no hacer nada. Siempre que comunicados y comparecencias se encabecen con un canto al «clima de normalidad», asuman ustedes que todo va bien.

El problema es que, en una democracia, resultan imprescindibles tanto la transparencia como el que los gobernantes den cuenta de sus actos y decisiones. Por eso la discreción de Ibarretxe no guarda el habitual significado de reserva y prudencia, sino que responde mejor a la segunda acepción que le da la Real Academia: «Antojo o voluntad de uno, sin tasa ni limitación».

EL CORREO

Domingo, 11 de septiembre de 2005

SECRETISMOS

Opinión

La decisión de mutismo que el lehendakari ha adoptado sobre asuntos de importancia no se aviene con los usos de una democracia de opinión pública

Recuerdo haber dicho alguna otra vez que el lehendakari Ibarretxe no es un político al uso. No van con él las convenciones que rigen el proceder habitual en la política, sino que lo suyo consiste en no atenerse a lo que comúnmente se considera políticamente correcto. Más que de un espíritu de rebeldía se trata, pienso yo, de ese cierto adanismo de quien cree estar inaugurando en cada actuación un tiempo nuevo, en el que nunca nadie antes había dejado la huella de sus pisadas. En esta línea de conducta ha de encuadrarse la última decisión que el lehendakari ha adoptado en el sentido de no dar cuenta a la opinión pública ni de sus reuniones con el presidente del Gobierno español ni de sus contactos con los líderes de los partidos vascos. Así, los dos grandes objetivos que él mismo se había propuesto para la legislatura, la pacificación y la normalización, quedan ocultos a los ojos de los ciudadanos tras el velo de lo que él entiende por discreción y los demás interpretamos como oscurantismo.

Poco convincente resultará para un adanista el argumento de que el secretismo no se aviene con lo que ha venido en llamarse «democracias de opinión pública» ni respeta el derecho a la información de que deben disfrutar los ciudadanos de cualquier sistema democrático. Mejor será, por tanto, recurrir al otro argumento más funcional de que los comportamientos ocultistas de este género se vuelven, a la postre, contra el mismo que los practica. El vacío que deja la falta de información, o bien se convierte en pasto de rumores, o bien es llenado interesadamente por quien, compartiendo la misma información, se siente libre de manejarla a su antojo. Lo que ha ocurrido tras la reciente entrevista entre el lehendakari Ibarretxe y el presidente Zapatero constituye el mejor exponente de lo dicho. La opacidad del primero ha sido aprovechada por el segundo para dar una versión de los hechos que a duras penas habrá podido ser desplazada por las matizaciones que torpe y tardíamente se le opusieron desde la presidencia del Gobierno vasco.

Pero subyace además en todo este asunto -o así es, al menos, de temer- otra razón más de fondo. Cuando un responsable público se niega a dar cuenta de sus actos, cabe siempre pensar, o bien que no tiene nada que decir, o bien que no quiere decir lo que tiene. Las dos cosas a la vez han concurrido, a mi entender, en el caso que nos ocupa. En aquella materia que al lehendakari le gustaría presentar como el asunto exclusivo de su entrevista con el presidente, la de la pacificación y la normalización, el secretismo que se mantiene más parece ocultar, a estas alturas, el vacío de la nada que la plenitud de algún acontecimiento significativo. El silencio no es, en este sentido, el producto de una discreción que vendría recomendada por la natural delicadeza del asunto, sino que se usa simple e interesadamente como alimento de esa creencia tan arraigada entre nosotros de que «algo se mueve en ese mundo», aunque ningún político haya sido nunca capaz de concretar, más allá de lo que ven los ojos del ciudadano avezado, ni qué es lo que realmente se mueve ni en qué dirección lo hace. No se habla, por tanto, porque nada se tiene que decir, pero el silencio sirve para engordar la expectativa.

En las otras materias, en cambio, es decir, en esas que se refieren a la gobernación ordinaria del país y que, en este momento concreto, se llaman diferencias sobre el Cupo, la financiación de la Ertzaintza o el reembolso de los gastos realizados con ocasión del hundimiento del 'Prestige', el secretismo se debe, por el contrario, a que quien de ellas ha tratado no quiere decir lo que sí tendría que decir. No cabe duda de que fueron éstos asuntos que ocuparon algún tiempo de la reunión que el lehendakari Ibarretxe mantuvo con el presidente Zapatero. Ninguna referencia encontramos, sin embargo, a ellos en la nota informativa que emitió la presidencia del Gobierno vasco. En este caso, no es, por tanto, que no hubiera nada que decir, sino que no se quiso decir lo que de hecho había.

La razón de este segundo silencio nada tiene que ver con el secretismo interesado del primero. Delata, más bien, el modo peculiar de entender su función que tiene quien tras de ese silencio se escuda. Ya en la legislatura anterior, pero, sobre todo, desde las elecciones del 17 de abril, el lehendakari Ibarretxe ha dado claras muestras de que los asuntos de la gobernación ordinaria del país no son de su directa incumbencia. No es, por tanto, de extrañar que quien ni siquiera se ocupó, en sus conversaciones iniciales con los partidos, del problema de su propia investidura, no esté ahora interesado en ofrecer explicaciones sobre asuntos que nada tienen que ver con lo único que realmente le importa: la resolución del gran conflicto político de raíz histórica que nos abruma.