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Visiones Vascas del Encuentro de ZP con Ibarretxe

Por Narrador - 12 de Septiembre, 2005, 6:39, Categoría: General

La prensa vasca, más de partido que en ningún lugar de España, señala la diferencia de versiones entre las partes que se han entrevistado. Así mismo EL CORREO cuestiona la opacidad que reina en este encuentro.

EL CORREO

Jueves, 8 de septiembre de 2005

ESTÉRIL DISCRECIÓN

Editorial

La entrevista que ayer mantuvieron el presidente Rodríguez Zapatero y el lehendakari Ibarretxe ofreció un resultado confuso. Hasta el punto de que las propias valoraciones sobre el desarrollo de la reunión fueron divergentes: al optimismo contenido del ministro Sevilla le sucedió el laconismo de la nota del Gobierno vasco. La inexplicable incomparencia pública del lehendakari en La Moncloa -atendiendo a una especie de íntimo juramento de discreción- contribuyó sin duda a lo que es probable que frustrara las intenciones del propio Ibarretxe.

El lehendakari había situado su cita con el presidente de Gobierno en el frontispicio de la ronda de conversaciones que hoy mismo le reunirá con Patxi López. Una forma de legitimar institucionalmente y al más alto nivel la iniciativa de procurar una mesa de partidos que incluya a Batasuna en la exploración preliminar. Pero también un modo de recuperar protagonismo político a un nivel análogo al de Rodríguez Zapatero ante el eventual inicio de un 'proceso de paz'. Es precisamente ahí donde reside el problema. La comunicación y el entendimiento entre el Ejecutivo de Vitoria y el de Madrid en materia de pacificación resultan imprescindibles para que se alcance cuanto antes y para siempre el final del terrorismo. Pero ello depende de la orientación que adopte esa sintonía y de que tal coincidencia no mantenga reservas que desaten futuras divergencias y mucho menos que favorezcan la exoneración de los propios terroristas.

Las palabras de Pernando Barrena, emplazando a Rodríguez Zapatero a emprender el camino de la paz con la advertencia de que su oferta tiene fecha de caducidad, refleja hasta qué punto la izquierda abertzale -y detrás de ella ETA- se halla en las antípodas de los postulados democráticos. La paz que evite pudorosamente la derrota política y operativa de ETA se convertirá, indefectiblemente, en una victoria de la banda terrorista, aunque sea parcial. La prolongada ausencia de atentados mortales ha llevado a la izquierda abertzale a la falaz pretensión de erigirse en promotora de la paz emplazando a las fuerzas democráticas y a las instituciones a que demuestren «con hechos» su compromiso con tal fin. Se trata, una vez más, de devolver a la sociedad el emplazamiento que ésta viene reiterando para que ETA abandone el terrorismo y desaparezca. Y se trata de una cruel burla del matonismo etarra que, así, llega a la desfachatez de perpetuar la coacción terrorista en nombre de la paz.

Ni el Gobierno de Rodríguez Zapatero ni el Ejecutivo presidido por Ibarretxe pueden continuar escudándose en la discreción frente a mensajes como los que distintos portavoces de la izquierda abertzale han emitido estos días sin incurrir en la irresponsabilidad de abandonar a la opinión pública en el laberíntico enredo que procuran los mensajes del terrorismo y el eco que estos logran en amplios sectores del nacionalismo vasco. Pero lo que el extraño resultado de la reunión de ayer evidenció es que no tienen credibilidad para hablar de normalización con mayúsculas quienes se muestran incapaces de superar desavenencias que -como la del Cupo- deberían haberse superado hace tiempo.

DEIA

Jueves, 8 de septiembre de 2005

DESEANDO QUE HAYA MÁS 

Editorial

De la esperada reunión en Moncloa entre el lehendakari Ibarretxe y el presidente Rodríguez Zapatero salieron ayer dos interpretaciones diferentes pero no necesariamente contradictorias, aunque lo suficientemente asépticas en materia de pacificación como para albergar la esperanza de que el contenido de la misma haya dado de sí más de lo escenificado. En boca del ministro Jordi Sevilla, lo significativo del encuentro fueron los acuerdos sobre la financiación de la ampliación de la Ertzaintza y el pago del impacto medioambiental del "Prestige" en las costas vascas, así como un inminente cierre de la crisis sobre el Cupo. Elementos todos ellos que constituirían un ejercicio de normalidad institucional y motivo de satisfacción. Si no fuera porque son compromisos arrastrados de un año atrás, cuando el presidente español los asumió cuando precisaba del respaldo abertzale en el Senado para no cosechar una derrota presupuestaria. El hecho de que el contenido de la declaración del ministro fuera anticipado en la mañana de ayer a través de una emisora de radio tampoco aporta la seriedad precisa de la que cabría dotarle. En el fondo del mensaje subyace la conciencia del Ejecutivo español de que debe cerrar esos contenciosos como paso previo para comenzar a negociar sus próximos presupuestos, que precisan del apoyo del PNV en la misma medida.

En materia de pacificación, la discreción exhibida por ambas partes constituye un elemento generador de expectativas, aunque según se deduce de la valoración oficial de Lehendakaritza, era éste el elemento fundamental del encuentro para Ibarretxe. El de la conveniencia de un diálogo sin exclusiones, respetuoso y de mano tendida tanto a la totalidad de las fuerzas políticas como al propio Zapatero en las iniciativas que deba adoptar en favor de la paz. En correspondencia, más allá de un cierto distanciamiento y generalidades, la valoración de La Moncloa parece confirmar que ha empezado el tiempo de la discreción. Es preciso que también sea el de las iniciativas.

GARA

Jueves, 8 de septiembre de 2005

CORTINA DE HUMO SOBRE LO HABLADO EN LA MONCLOA

Opinión

O las idas y venidas del ministro Jordi Sevilla entre la Moncloa, donde se reunían Zapatero e Ibarretxe, y el Ministerio de Economía, donde se daba cita a la misma hora el Consejo de Política Fiscal y Financiera, le llevaron a mezclar encuentros, o por parte del Gobierno español existía un interés expreso de desviar la atención sobre lo tratado entre el presidente y el lehendakari. Las discrepancias sobre el Cupo, el pago de las consecuencias de la tragedia del Prestige o la financiación de la ampliación de la Ertzaintza son cuestiones técnicas, largamente discutidas en los foros pertinentes, que no deben ocupar más que un par de minutos en una reunión de estas características. Por otra parte, el lehendakari ha dicho a todo aquel que ha querido escucharle que su obsesión en esta legislatura es la consecución de la paz y de la normalización política, y que cuestiones como las referidas quedan en manos de Idoia Zenarrutzabeitia. Lo complejo, por lo tanto, es adivinar por qué el Gobierno español no quería que estas cuestiones aparecieran como el eje central del encuentro. Si lo hace por tratar de restar protagonismo al lehendakari en esta materia o porque prefiere que la situación de fondo de Euskal Herria no se sitúe en estos momentos en el centro del escenario político. En todo caso, si lo que ambos presidentes pretendían era trasladar seriedad, no lo consiguieron.

EL CORREO

Jueves, 8 de septiembre de 2005

LA GRAN COARTADA

Kepa Aulesti

El anunciado silencio con el que el lehendakari Ibarretxe se despidió ayer de La Moncloa representa -como tantas otras menciones a la discreción como supuesta virtud suprema de un verdadero proceso de paz- una táctica para alimentar el enigma. Hasta la nada se vuelve algo gracias al enigma. Y el silencio un clamor de voces aseverando que esto marcha y que tiene que marchar en silencio. Pero en realidad son los propios apologetas de la discreción los que se muestran más indiscretos. Cuando alimentan el enigma, porque no hay nada más estruendoso, más propicio a las falsas expectativas, que hacerse el enigmático. O cuando definen, discretamente, las discretas claves del proceso, porque son éstas las que jalonan el camino de la discordia.

Hace unos días Arnaldo Otegi advertía de que el proceso de resolución se haría imposible «si sólo una parte actúa con responsabilidad». Que la izquierda abertzale se atribuya tan honrosa disposición es una colosal demostración de cinismo. A estas alturas bastaría con que no hiciesen nada, nada de nada, para que la inmensa mayoría de la sociedad se diera por satisfecha. Pero lo que los adalides de la discreción tratan de sugerir mediante el enigma es que están haciendo de todo; y que si no hacen más es porque no gozan de un clima de suficiente discreción. Así es como la discreción se convierte en la gran coartada para evitar enfrentarse a preguntas sencillas pero incómodas: qué, cuándo, con quién y cómo.

Los reunidos ayer comparten una de las formas más indiscretas que puede concebirse en la función pública: la identificación del ejercicio de la responsabilidad institucional con las peculiaridades personales de quien la ostenta. Si añadimos la discreción al talante dialogante puede llegar un día en el que nadie se entere de nada de lo que pasa. Incluso puede acabar pasando que no pase nada. Sería la paradoja de aquellos que tanto se empeñan en mostrar su ferviente deseo de que ocurran cosas, una tras otra y sin parar. Sin embargo, puede que también ésta sea una actitud fingida. Puede que en estos momentos hasta los reunidos ayer prefieran soportar un período de calma razonablemente prolongado, para que los cambios vengan dados sin empeñarse en ellos. Al fin y al cabo la discreción es también una buena coartada para esperar que sea el otro -los otros- quien se mueva.