El Blog

Calendario

<<   Septiembre 2005  >>
LMMiJVSD
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30   

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog

MI PADRE por Alfonso Ussía

Por Sin Pancarta - 7 de Septiembre, 2005, 22:09, Categoría: General

Muchas han sido las ocasiones en que hemos disfrutado las columnas y el ingenio de Alfonso Ussía, muchas veces nos hemos reído con su ironía tan característica, tampoco han faltado textos que nos han indignado, no por Alfonso, sino por el tema que se abordaba. La lectura de hoy no aportará ninguno de los sentimientos expuestos, simplemente le acompañamos de esta forma simple en su dolor por la muerte de su padre, con la lectura de su obituario.

LA RAZON

Domingo, 4 de de septiembre de 2005 

MI PADRE

Alfonso Ussía

Me acaban de llamar para decirme que mi padre ha muerto. Era un vasco recio, un hombre leal. Lo pudo tener todo y todo lo entregó. No admitía fisuras ni debilidades en las lealtades. Mi padre fue leal con España, leal con quien fue su Rey durante tres décadas, leal con el Rey, leal con su familia y leal, sobre todo, con su integridad. Hablaba con soltura el vascuence de los viejos guipuzcoanos, y le irritaba el «batúa » inventado por los nacionalistas. Este verano, por primera vez en noventa y dos años, le falló el paisaje. El paisaje para mi padre era el de la bahía de San Sebastián desde la terraza de su casa. Sin apenas vida, quiso ir a su ciudad del alma, a despedirse de Igueldo, de la isla de Santa Clara, del perfil de su «Norte V », el balandro más marinero de San Sebastián, en el que navegó miles de horas sin temor a los nortazos o las galernas. Compartió con su Rey el amor a la mar, en cuyos horizontes depositó sus muchas preocupaciones. Estuvo cuarenta años en el Consejo de Administración y la Comisión Permanente del Banco Central, y se jubiló con menos de lo que tenía cuando ingresó. A quien tuvo que darle todo se lo dio, recibiendo a cambio la más honda de las amistades. Nos enseñó a sus hijos a respetar y querer hasta lo inimaginable la figura del Rey desterrado, la situación del exilio. Fue el español que más veces declaró ante el Tribunal de Orden Público, el célebre y vergonzoso TOP, por reincidente en el delito de la lealtad. En el significado elemental de esa palabra resumo la vida de mi padre. No era extrovertido. Tenía mucho de vasco antiguo. Era amigo de los silencios. Sólo una vez en mi vida vi sus ojos llenos de lágrimas. Cuando murió Don Juan. Probablemente los tuvo también inundados el día que falleció mi madre, Asunción Muñoz-Seca, con quien estuvo casado más de sesenta años. Pero aquel día fui yo el que no quiso fijarse en su mirada. Las penas, siempre hacia dentro. Consideraba que la tristeza no podía manifestarse por cortesía a los demás. Jamás le oí crítica despectiva ni desprecio hacia nadie. Sólo abominaba de una cosa. Del «Barça ». Se hizo socio del Real Madrid en la década de los veinte. Nunca vio jugar al Barcelona, ni por televisión. -Ese club no existe para mí-. Sus hijos hemos heredado también su amor por el Real Madrid y la animadversión hacia el Barcelona, pero sin llegar a tanto. Sabemos que el «Barça » existe. No mucho más.

Un día nos reunió a sus diez hijos con nuestra madre presente. Nos explicó que los cambios políticos sucedidos en España habían dejado en una situación de indefensión al Rey en el exilio. Que personas que estaban con Don Juan habían abandonado al Rey. Que era necesario mantener la estructura de la Casa Real desterrada. Y que todo lo que él poseía, que no era mucho, lo había puesto a disposición del Rey. Nos informaba, no nos consultaba ni nos pedía permiso. Pero se lo dimos de igual manera. Era su compromiso con la lealtad, y lo cumplió hasta el último día y con todas las consecuencias. Después de la renuncia de Don Juan, puso su lealtad al servicio del Rey. Todo en su sitio y en su orden.

Se me nublan los recuerdos y la memoria, y vuelvo a San Sebastián. Allí es donde mejor veo a mi padre. Cuando no estaba embarcado, pasaba horas y horas contemplando su bahía, examinándola. Consultaba con los vientos y las nubes. No reconocía el mal tiempo. -Son dos nubes. Pronto pasarán-. En su vida, como las nubes. Los malos tragos, que los hubo, fueron dos nubes que pasarían pronto, aunque alguna se quedó en su alma resuelta a no marcharse.

Cuando era niño, me parecía un hombre grandísimo, casi un gigante. Se estableció una enorme distancia entre su figura y la mía, tan diminuta. Hablar, lo que se dice hablar con mi padre, lo hice ya con la juventud vencida. Nunca nos trasladó una preocupación ni una angustia. Preocupar o angustiar a los demás era de mala educación. El equilibrio en casa era perfecto y armónico. Mi madre, extrovertida y alegre hasta lo inaudito. Mi padre, reservado y aparentemente distante. No lo era, pero lo quería aparentar. Sonreía. Pocas veces estalló en una carcajada. Era un virtuoso de la medida. Lo desmedido no entraba en sus planes y menos aún, en su carácter. Sólo fue desmedido en su generosidad. Ayudó durante los pasos de su vida a todos los que se lo pidieron, y ahora que duerme definitivamente y aún se halla sobre la tierra que tanto amó, quiero que vuele sobre su cuerpo descansado la frase que justifica su vida. «Sólo tengo lo que he dado».

Seguiremos tu ejemplo, padre. España, el Rey, la lealtad y la honradez. Nos dejas la mejor herencia.